14 DE FEBRERO

domingo, 15 de febrero de 2015

SIN ánimo de parecer cursi,
al publicar los amores de Pericles aprovechando la ocasión





ORACI (Continuación)

  Si bien al principio no estuve totalmente integrado era admitido en el grupo, aunque en un estatus de clara inferioridad. A mi no me importaba porque ello no suponía ningún menoscabo en mi orgullo. Compartía los juegos también con mis hermanas. Aún era demasiado joven para no poder estar con ellas, aunque pronto empecé a recibir  insinuaciones para que dedicara más tiempo a estar con los machos que con ellas. Ya existían suficientes razones para dar que hablar y no necesitaba añadir otras nuevas.

 La relación de los machos con las hembras se admite con permisividad cuando puede iniciarse el cortejo, hasta entonces los machos deben relacionarse entre ellos y lo mismo para las hembras. No voy a deciros que lo comparto, pero es así. No tengo conocimiento de otras sociedades aviares, si esta separación de sexos está tan arraigada, pero en nuestra pajarera esas eran las normas sociales. Convencionalismos de los que espero comprensión por parte de los humanos puesto que son verdaderos especialistas en la segregación de grupos por razones bien distintas. Entre los pájaros, al menos entre los periquitos no existen motivos de exclusión por razón del color de la pluma, la raza, el estatus social y muchos menos por motivos políticos o religiosos que nos son ajenos.

 Así pues pase mi infancia siendo el rarito de la familia. Sólo un hecho cambió mi posición frente al grupo. Cuando entrando en la edad que podíamos decir la pubertad de los periquitos, me veía abocado a la invisibilidad, a ser uno entre la multitud, a ser nadie. Sucedió un hecho que cambió el curso de mi vida.

 Era la primera incursión de los granjeros a la pajarera en varios meses y todos sabíamos cual era el significado de aquella visita. Venían como cada temporada a recoger crías para llevárselas y venderlas. Era como venir a recoger los frutos de un árbol maduro. Esta era una situación asumida por la pajarera, como un mal necesario. El dios de los pájaros lo mandaba de esa manera, o quizás  los dioses humanos dictaban aquella norma. Pero que fuera admitido como necesario, no significaba que alguno de ellos quisiera ser voluntariamente el candidato que se inmolara a ese sacrificio. Cuando el  granjero penetraba en nuestro territorio todos los periquitos volaban alrededor de la jaula para no ser atrapados pero yo no me moví. Sabían que yo deseaba salir de allí, explorar el mundo. Pese a ello mi familia me gritaba: “ ¡Tico, vuela, escóndete!” sobre todo mis padres. Pero en aquel totum revolutum el único que permaneció encaramado a su rama, fui yo. No hacía falta cogerme tan bruscamente, quería ir de buena gana. ¿Acaso no veían mi buena disposición? Mis padres seguían gritando pero yo les miraba condescendiente. Tenía decidido que quería marcharme y ver mundo. Sólo quise liberar una de las alas para despedirme y eso me costó un apretón que a poco me asfixia.

 Entonces sucedió, comenzó mi cuerpo con la particular lucha consigo mismo contrayéndose bajo la presión de la mano. Aquellos movimientos espasmódicos debieron sorprender al chico que vino a buscarnos y abrió la mano, yo no volé, quedé  tendido sobre el suelo y cuando volví  a la conciencia vi aquel muchacho que con los ojos muy abiertos me miraba y empujaba con un dedo mi cuerpo como queriendo reanimarme. Esta vez no había silencio en la jaula, el alboroto de la espantada general se había amortiguado pero no había desaparecido, pero vi como era el objeto de sus miradas casi indulgentes, como perdonando mis deudas ahora que iba a desaparecer. Oí al chico decir:   
  
 -¿Qué te pasa amigo, te asustaste demasiado? Venga arriba que hoy te voy a dejar para que te recuperes.

 No salía de mi asombro, había entendido a aquel hombre, el monstruo que me iba a llevar lejos me había llamado amigo y había tratado de animarme. En ese momento supe que mi vida ya no iba a estar allí, que quería salir, que había un mundo desconocido y nuevo que me estaba esperando.

 Como por arte de magia, a partir de entonces cambió mi posición en la pajarera, pasé de ser un raro a un héroe. Dejé de ser el tocapelotas, preguntatodo, resabidillo, a un verdadero valiente que no necesitaba colgarse de las patas bocabajo para demostrar que era un macho. Se me miraba con respeto, casi con envidia por parte de mis amigos. Era como si hubiera regresado del otro mundo sin llegar a haber salido siquiera. El haber sido tocado por la mano de dios, por la mano del hombre y continuar allí inmutable, me otorgaba un estatus de elegido. Desde entonces resultaban más interesantes mis aspiraciones para vivir en el mundo exterior, como las propias de un iluminado, de un ser especial que podía y tenía derecho a plantearlas por su especial condición. No necesitaba reclamar la atención con piruetas acrobáticas o cantos insinuantes a las hembras de la pajarera. Cuando me acercaba a su territorio cantando, me sentía estudiado, perseguido con la mirada. Me pavoneaba ufano, haciendo gala de ese halo de grandeza que me otorgó el contacto con el granjero. Puedo decir que no desaproveché esa ventaja, entonces joven como era no percibía lo efímero del triunfo, la ironía que la vida suele dar al destino y no esperaba que se volviese contra mí. La ignorancia nos hace atrevidos y estúpidos a la vez, pero quien no haya cometido estupideces en su juventud murió antes de tiempo.

 Pasé algún tiempo como un casanova casquivano, filtreando con todas las periquitas disponibles. Sus padres comenzaron a tomarme por un peligro porque no me mantenía fiel a ninguna de ellas. Había un interés especial en emparejar a los hijos porque los granjeros respetaban algunas parejas con el fin de poder mantener el criadero. De forma que el emparejamiento podía ser un salvoconducto a la deportación forzosa que de tanto en tanto se producía. Pero yo no buscaba una compañera, volaba de flor en flor, tomaba un poco de su néctar vertía en sus oídos la miel de mis fabulaciones, de mis cantos de sirena. Les susurraba aventuras en el mundo exterior como si fuera un conocedor del mismo, como si hubiera corrido libre y hubiese regresado para trovar sus misterios, para descubrirles la emoción de vivirlos. Mi verbo fue convincente un tiempo, el suficiente para que mi tránsito a la juventud de los pájaros fuera bajo los acordes de la lira, del amor vano, de los romances fútiles. Desperté la envidia de mis amigos, que pasaron a ser mis contrarios, que dejaron de verme como el elegido, para despreciarme como al egoísta, engreído que acaparaba todas las miradas y atenciones.

 Empecé a despertar de ese sueño de grandeza cuando vi lo patético que resultaba en esa actitud de galán de medio pelo, de truhán de pacotilla y ese fogonazo lo recibí de quien menos lo esperaba. Quica era la más tímida de las hermanas de uno de mis mejores amigos (aunque ahora Quico había empezado a rehuirme por mi torpe comportamiento). No era la periquita más llamativa, pero era bonita. Sus plumas de un azul cielo, más intenso en su espalda sobre las alas moteadas y ese rayado en la cabeza tenue que acababa cerca de sus grandes ojos que parecían abarcarlo todo. Miraba sin pretender llamar la atención, como disculpándose por si molestaba, pero si recalabas en la profundidad de los ojos, esa negrura te trasportaba, te absorbía. Su pecho de finas plumas azules, con pequeñas motitas blancas, como si fuera pecosa, la hacia aún mas graciosa.

  Ya veis lo que me pasó, después de ser el príncipe de vacuos cuentos de arrope y miel, con princesas que me adulaban, me fascinó la indiferente presencia de alguien que no prestaba oído a las paparruchadas de un fatuo engreído. Me colgué ya no de las ramas de la pajarera, sino de sus ojos, de lo que decía sin abrir el pico, de la sabiduría de su silencio frente la verborrea de mis discursos vanos.

  A veces el amor es un reto, surge de la provocación o del desafío. El amor puede surgir de una chispa, de una llama, de un relámpago; pero también puede surgir de un susurro, de una caricia, de un llanto apagado o un suspiro. Puede aparecer tras una ilusión, hacerse fuerte tras un desengaño, un dolor, un desgarro, una palabra. No creo que Quica tuviera una actitud estudiada en su indiferencia para captar mi atención, más bien le aburría la superficialidad de mi conducta. Ella era en aquel mundo mi igual, mi espejo y desde ese momento mi objetivo. Causó gran decepción (en mi club de fans) y a la vez alivio (en padres y pericos) mi extraña decisión de iniciar el cortejo de Quica abandonando las anteriores conquistas. El conquistador conquistado pasaba a ser un pobre diablo que renunciaba a la gloria por una plaza que carecía de valor, a lo sumo era un pequeño fortín frente a los impresionantes castillos cuyas murallas había escalado anteriormente. Pero estaban ciegos, no veían en Quica más que a una tímida e introvertida joven, cuando era una diosa que aún no había despertado y no era consciente de sus poderes.

 Tuve escaso éxito en mis primeros acercamientos puesto que de tanto usar las armas del amor cortés en mis anteriores batallas, siempre con acierto, no entendía como no producían el mismo resultado en el caso que me ocupaba. Quise desprenderme de los ropajes de galán para cambiar de estrategia, pero ya no resultaba creíble. Me odié por haber dejado de ser quien había sido, por haber renunciado a mi verdadera personalidad, por haberme perdido en otra vida que no era yo y que no deseaba prolongar.

 Pasamos la vida buscándonos y a veces somos tan evidentes que nos pasamos de largo. Siempre esperamos encontrarnos en lo fascinante de los demás, creemos que merecemos destacar y que el brillo que emanamos nos permitirá reconocernos fácilmente. A veces bastaría mirar en lo trasparente para vernos tratando de llamar la atención agitando los brazos. En la vida buscamos un lugar en que colocarnos, siempre nos parece que el que ocupamos no es el nuestro, que quizá nos hemos equivocado. Cuando dejamos ese lugar nos asalta la duda si no era acaso el que nos correspondía. Quizá dejamos libre el lugar que nos estaba destinado y esa duda nos desasosiega.

  La vida se vive en presente, no se puede pretender controlar todas sus variables, conocer todas las respuestas, basta con vivirla. Debemos aprender a valorar lo que tenemos sin renunciar a nuevas metas. La avaricia, la ambición no son motores del progreso, si no de la destrucción del individuo. La iniciativa, el hambre de saber que da el reconocerse ignorante, es lo que realmente nos hace grandes.

 Esa repetida aseveración de que la vida es la búsqueda de uno mismo no es más que un artificio, un sin sentido. No necesitamos buscarnos, ya nos tenemos, estamos ahí mismo, no hay que buscarnos en otras vidas. Somos quienes somos aunque no por ello permanezcamos inmutables. Es la propia vida quien nos va haciendo, nos va dando forma, vamos tomando en el camino los ropajes, los adornos, los útiles que nos conforman. Perder el tiempo en la búsqueda de un ser ajeno es renunciar a la propia existencia, es negarnos a nosotros mismos.

 Es lo que hice buscando parecerme a los que creía eran los ganadores, los triunfadores del mundo y no conseguí mas que el fracaso. Porque yo ya no deseaba ser el donjuán, yo deseaba ser yo. Sólo así me sentía capaz de llegar a ella, que permanecía en su torre mirando con condescendencia mis intentos de escalar sus murallas.

 Hacemos difícil lo fácil, complejo lo simple cuando aspiramos a llegar hasta los demás, porque queremos deslumbrarlos. Queremos demostrarles lo valiosos, lo importantes que somos y para ello no es suficiente el aproximarnos y ofrecernos, resulta más impactante el asalto, la toma por sorpresa. La forma más fácil de entrar en un castillo no es por sus murallas, es atravesando su puente levadizo y llamando a la puerta.

  Quica me abrió y ese fue el más feliz de mis logros en la pajarera, porque en ella encontré la correspondencia a mis preguntas, a mis dudas, con más preguntas y con más dudas, no con falsos axiomas, no con certidumbres inventadas. Con ella pude compartir el deseo de volar fuera de ese pequeño mundo seguro de la pajarera, en cuyo interior todo ocurría de una manera prefijada, como pactada, sin sobresaltos. Salvo cuando los granjeros venían a recolectar sus frutos, para arrebatar los hijos a las madres, para romper la paz. Eso era el tributo necesario a la armonía de aquel universo pequeño y limitado que nosotros ya habíamos decidido que no deseábamos como destino.

 Fue el tiempo más feliz porque en el enamoramiento inicial, en el despertar del amor, hay una entrega total. Todo lo que salía de su pico, todo lo que me cantaba al oído era para mí la verdad más exquisita, como si se abriera una ventana en mi mente y entrara la luz a raudales, todo cobraba sentido. Cada idea era como el nacimiento de un nuevo concepto, aunque hubiera pensado en él muchas veces, me parecía recién estrenado. Yo escuchaba sus palabras como si en ellas estuviera el alimento que necesitaba, la medicina que espera el enfermo para poder sanar. Después el placer de escuchar y ser escuchado fue para ambos el único deseo, la única necesidad, nos costaba separarnos en la noche porque nos quedaban muchos temas de los que hablar, demasiados para tener que esperar a que amaneciera.

 He sabido después como ese amor pierde el lustre de la emoción intensa y se cubre con la pátina de la cotidianidad. A veces escapa del aburrimiento o incluso del desamor o del odio, pero sin excepción pierde el brillo casi cegador de sus inicios. He podido amar con la virulencia de la juventud, con la pasión de la madurez, con la intensidad del amor verdadero. He vivido también el desengaño y el dolor que genera la pérdida de un ser amado. Ahora más cercano a mi final aún amo, si cabe con más intensidad todo lo vivido, cada momento, aferrándome a los días que me quedan, amándolos en cada segundo.

 Cuando nuestras almas o nuestras mentes se encontraron no quisieron separarse más, hablábamos de los proyectos que podríamos emprender afuera, de la grandeza de lo que alcanzábamos a ver desde nuestro pequeño mundo enrejado, de la libertad.

 Nadie es libre, ahora ya lo sé, lo aprendí en todos estos años. Desde que naces el peso de las circunstancias marcan tu vida, nadie decidió dónde empezar su camino. Pero en el camino si puedes elegir tu paso, las sendas, las veredas, cambiar la dirección  o el  destino al que deseas dirigirte. Sólo en ese contexto somos libres. La libertad como fin no tiene sentido, es inalcanzable además de innecesaria. No se puede esperar a gozar de la libertad completa a través de un camino de dolor, de castigo voluntario, de sacrificio, para un supuesto premio final que nos traiga la felicidad que no tuvimos. Y si ésta llega, que sea cuando ya no la necesitamos porque somos incapaces de disfrutarla. La libertad debe ser el medio, la brújula que dirija nuestros pasos.

 Disfrutarla en el trayecto no en la meta.

 Cada camino plantea unas dificultades y en algunos realmente pedregosos es difícil progresar. Nosotros no veíamos obstáculos en el camino, si caminábamos juntos creíamos que seríamos los dueños de nuestro destino. La libertad estaba afuera y salir era nuestro sueño.

 Al principio vivimos en la soledad del amor, la soledad necesaria y suficiente de los amantes que no necesitan al resto del mundo, que les bastan sus propios cuerpos, sus propias palabras. La ceguera del amor. Después fuimos abriendo los ojos a nuestro entorno. Entonces fuimos para toda la pajarera unas rara avis dentro de aquel mundo ordenado. Nada de extrañar para la mayoría que nos veía como dos peculiares seres que de forma natural se habían encontrado en su rareza. Decidimos que debíamos compartir nuestras ideas con los amigos. Especialmente con Quico que pasó a ser nuestro aliado, nuestro defensor ante el mundo. Nos reuníamos en la mañana y a primera hora de la tarde para conversar. Era cuando la pajarera tenía más vida, cuando los cantos de todos se convertían en una algarabía, en una fiesta sonora que atraía a veces a los niños de los granjeros, nos señalaban y parloteaban entre ellos también como si quisieran participar de nuestra conversación. Eran un elemento más de aquel cuadro que nadie pintó pero que aún persiste en mi retina, es el que viene a alegrarme las mañanas de sol que me quedan y que voy apurando sorbo a sorbo.

 Recuerdo aquel sol brillante de la mañana que proyectaba las sombras de las encinas sobre la pajarera, perfumándonos el aire de un frescor limpio, resaltando el verde profundo de esos árboles que siempre recordaré como los más bellos. Nos rodeaban cuatro de ellas, grandes, impresionantes, con unos troncos que se diría indestructibles, elevándose y extendiendo sus ramas, protegiéndonos como ángeles guardianes. Majestuosas siempre, cuando florecen y cuando regalan su fruto encapuchado. Me hubiera gustado poder entender también las palabras de las encinas, sus voces centenarias. Las imaginé siempre solitarias, calladas, acostumbradas a un soliloquio profundo consigo mismas, como los sabios filósofos que debaten para sí los misterios de la vida. Pero estoy seguro que en las tardes de siesta del verano, tras el bochorno, cuando se tiñen de rojo los verdes del campo o en invierno cuando esos mismos rayos son el último aliento cálido que anuncia el frío,  las encinas iniciaban largas charlas con sus voces quedas, roncas, tranquilas. Me hubiera gustado entenderlas,  hablar con ellas como quien pregunta a un profesor que ha vivido tanto, que todo lo conoce, que todo lo debe saber.

 En aquellos días todo tenía un brillo especial, cualquier detalle que apreciábamos fuera de las rejas de la pajarera  parecía maravilloso, como un adelanto de lo que nos esperaba afuera. No todos los pericos compartían nuestra meta de salir al mundo exterior. Algunos nos escuchaban embobados, asintiendo a lo que íbamos contando como si fuéramos expertos conocedores de ese mundo. La mayoría escuchaba nuestros relatos, nuestros planes como quien escucha a un contador de historias, por el divertimento de su narración, por la intriga del desenlace; pero no se planteaban participar de aquellas propuestas descabelladas en que perdían la supuesta libertad de la pajarera, la ilusoria seguridad.   
      
  Un tiempo pasamos ideando la fuga de la pajarera, aprovechando los momentos en que venían a traer comida o a limpiar la pajarera, pero todos los planes resultaban infructuosos, los cuidadores tenían mucho cuidado en no dejar puertas abiertas. No sabían que salvo nosotros nadie hubiera escapado de aquella cárcel. Finalmente decidimos que la única manera segura de salir era ofreciéndonos cuando nos vinieran a buscar.

 Cuando nos fuéramos se compadecerían de nosotros, pensarían lo afortunados que eran de no haber sido los elegidos y de permanecer en aquella jaula dorada. La compasión, la piedad, son sentimientos contradictorios, con un doble filo. Hablan del amor, de la capacidad de querer a alguien que padece, sentir su dolor y compartirlo. Pero a la vez es un sentimiento malvado por que consagra esa situación de dolor ajeno, la da por buena y nos coloca por encima, en una situación de privilegio, dejando al que padece con su pasión. Compadeciéndonos, aliviamos el peso de nuestra conciencia, pero no liberamos de su carga, ni aniquilamos la causa que la provoca al atormentado.

 El día en que el granjero volvió para recoger la nueva cosecha de pájaros, nos encontró dispuestos, eramos las víctimas propiciatorias que aceptaban de buen grado el sacrificio. Los tres nos dejamos atrapar con facilidad, casi nos precipitamos hacia la mano que a otros les parecía la del verdugo y a nosotros la del libertador que nos ofrecía un mundo nuevo.

  Tres fuimos los afortunados y siete los desgraciados que lamentaban su mala suerte, diez pájaros que unimos nuestro destino en un punto. La misma situación provocaba sentimientos opuestos en los dos grupos. Tratamos de tranquilizar a nuestros amigos y compañeros de fuga forzada. Estaban asustados, angustiados por el futuro que les esperaba, fuera de su hogar, lejos de sus seres queridos. No es que nosotros no echáramos de menos a nuestros familiares, pero habíamos idealizado tanto aquel momento que no podíamos sino disfrutarlo. Eramos ingenuos pero felices, tontos llenos de ilusiones, ignorantes que creían saberlo todo, pájaros llenos de vida, seres que podían saborear el paso de cada segundo porque permitía acercar el futuro, nuestra nueva vida.

Continuara..... 


POR SI HAY ALGUIEN AL OTRO LADO

sábado, 31 de enero de 2015

Por si alguien sigue el blog, como ahora escribo poco, iré publicando por capítulos la historia apasionante de un periquito que habla. Se llama Pericles. Su historia es extraña y por paradójica que parezca completamente real. O casi. 

Buenobromas aparte por si alguien quiere perder tiempo leyendo las aventuras de Pericles iré añadiendo capítulos semanalmente.

ME LLAMO PERICLES. Introducción

            Para ser sincero, hubiera querido escribir la historia de mi vida ocultando mi condición de pájaro. Contar mis sentimientos sin tener que dar explicaciones sobre mis limitaciones y la forma de percibir la realidad que me rodea. Pero no era posible, no hubiera podido relatar lo vivido si lo hubiera encerrado en una mentira. Por ello quiero empezar explicando para que nadie se llame a engaño, que no soy un hombre, soy un periquito. Me llamo Pericles. Tico para los amigos.

            Quizá os sorprenda o quizás os sintáis decepcionados. ¿A quién puede interesar la historia de un pájaro?

            Sabéis que los pericos hablan. Es verdad que no escriben. Estoy dictando estas notas a Javier. Entre Javier y yo existen obstáculos biológicos insalvables que me impiden llamarlo mi amigo, pero ambos nos queremos y nos necesitamos.

            Nuestra relación está basada en la palabra.
            ¡Cuanto he llegado a amar la palabra!   
       
            La palabra puede curar o herir, hacer posible una guerra o evitarla, se puede matar o amar con ella. Su poder es mayor que ningún otro que poseamos, pero su incorporeidad, su naturaleza etérea, la efímera persistencia del sonido en el aire la hace también frágil, voluble. La palabra necesita el acto para hacerse realidad, para adquirir forma debe ser trasformada en un hecho.

            El lenguaje no es sólo comunicación, a través del lenguaje nos conocemos y nos damos a conocer, es un método de exploración interior. Ejercitar el lenguaje es ejercitar nuestra alma, es descifrarnos y mostrarnos.

            Es el don que más le agradezco a mi Dios.

            Si existe el dios de los pájaros sin duda vivirá en el cielo y poseerá unas grandes alas blancas.

            ¿Creen que puede caber el alma en este pequeño cuerpo de perico? Yo les digo que sí. El alma está en la palabra. Porque ella es la expresión del pensamiento y éste la trasmutación del alma. Así es como lo incorpóreo se transforma en realidad, así es como lo divino que reside en nosotros se hace presente.

            Pero la palabra a la que tanto debo, no me hizo libre, me considero un preso. No es la jaula mi prisión, puedo salir de ella porque nunca está cerrada la puerta. Soy esclavo de mi condición de pájaro. Mi naturaleza me ha secuestrado bajo este cuerpo y estas plumas. Me río de los que quieren tener alas para volar, para ser libres. Yo les regalaría las mías con las que sólo les llevaría a la soledad. La palabra es el amargo don que ha dado sentido a mi vida y me convirtió en señor de mis pensamientos, pero no es suficiente para hacerlos realidad. Me faltan las manos para darles forma. Ahí radica la esencia de mi dolor.

            Nunca aprendí a leer a pesar de que lo intenté. Seguramente mi pequeño cerebro carece de la capacidad de interpretación de signos gráficos. Con esfuerzo conseguí diferenciar algunos nombres, por asociación de su sonido con la forma. Escribir ya era una meta imposible. Dirán que pude intentarlo con el pico, pero me vi a mí mismo como un inválido, un idiota que trazaba burdas imitaciones de las letras. Cuando vi el resultado de mi primer intento decidí que no era posible expresar las palabras con garabatos, de uno en uno, sin alineación ni belleza. ¿Qué palabra merecería ser escrita por alguien que no fuera capaz de darle una forma coherente, de hilvanar una frase que contuviera no sólo la belleza de la idea, sino la del propio trazo? Tampoco pude aprender el manejo del ordenador. He visto como hombres sin manos escriben sobre pantallas táctiles o dictan a un ordenador a través de los movimientos de sus ojos. Admito que los humanos sois superiores. A esto me refería cuando os decía que me considero un esclavo de mi condición de pájaro.

            No deseo los brazos de un atlante que soporte el peso del mundo, ni las manos de un artista, me conformo con dos brazos vulgares y dos manos capaces de crear lo que hablo, lo que siento. Dios no pensó que al darme este presente me estaba dando a la vez mi condena. Cielo e infierno, luz y sombra, dulce y amargo, como la vida, como el tiempo. Sin embargo reconozco que  poseerlo es mejor que desearlo.

            Está en mi naturaleza amar a los hombres, quizá por compartir con ellos ese amargo pero maravilloso don que poseo. He vivido todo mi tiempo junto a ellos. Un día me di cuenta que podía entenderles, mejor dicho, que podía entender sus palabras. Les oía parlotear, casi siempre conversaciones vanas. Cuando se dirigían a mí, me trataban como a un niño, querían que hablara con sus palabras, que repitiera las bobadas que se les ocurría, como si se tratase de un deficiente mental o un niño de pecho. Si entonces hubiera dicho lo que pensaba, las cosas hubieran sido distintas.

            Con Javier ha sido diferente. Es un hombre solitario, poco hablador, quizá un poco huraño. Me acogió sin demasiado entusiasmo, por obligación, pero no supo decir que no a su padre. Los primeros días fueron muy aburridos, me ponía comida y agua pero no me dirigía la palabra. Yo había decidido no volver a hablar con nadie. Ese don que la vida me había ofrecido me había dado también no pocos problemas. Javier me regaba como a una planta. No me molestaba ser una carga, una obligación impuesta. Me molestaba ser ignorado, tomado por un objeto inane. Entonces decidí hablarle.

            En un primer momento quedó sobrecogido al oírme. Me miraba con desconfianza, como si se tratasen de voces salidas de su conciencia. Pensó en un primer momento que serían alucinaciones auditivas. En su personalidad podían haber cabido perfectamente esas voces interiores que llenaban el espacio de soledad que compartía en el mundo. Después de mirarme fijamente y comprender que no había nada sobrenatural, entró en mi conversación y me contestó como si estuviera hablando con un compañero de trabajo. Supongo que a partir de ese momento empezó a entender a su padre, a ver con otros ojos su vida. Nuestras conversaciones no eran sólo charlas sobre lo humano y lo divino, sino que se referían a nosotros mismos. Empezaba a comprender a su padre y a conocerse a sí mismo. Se sorprendía al ver que pese a mi condición tuviera conocimientos tan precisos sobre la vida.

            Lo que aprendí, ha sido fruto de la observación y la reflexión. De la observación de los hombres y mujeres que han vivido a mi alrededor, de la reflexión que me permite el tiempo que paso en esta jaula. Aprender de la vida es distinto que la vida te enseñe. En el primer acto hay una voluntad, intencionalidad, avidez por tomar algo nuevo. En el segundo se es pasivo, permeable, como un monje o un filósofo que dedicara su vida a la contemplación de la vida que trascurre delante de él, sin casi rozarle.

            La vida ha sido generosa conmigo en experiencias ajenas, de las que aprendí sin dolor porque eran otros los que sufrían pero mezquina en mis propias vivencias que fueron breves episodios de luz. Momentos a veces dolorosos, otras dulces bocados de este milagro de estar vivo y saberse partícipe de la energía del mundo, de sus revoluciones.



            Javier es mi escriba, él dejará constancia de mi existencia. Después de un tiempo de iniciada nuestra relación accedió a recoger mi biografía, mi testamento, mi legado, que era también el suyo. La asociación de hombre y pájaro, Ícaro de nuevo volando hacia el sol.

ORACI "El pájaro que quiso ser hombre"

Capítulo 1. 
“No hay principios fáciles, ni finales felices, sólo caminos irrepetibles”

            Nací en un criadero que estaba en el campo de Extremadura. En una primavera que no recuerdo, pero que imaginé mil veces en mi mente. El paraíso de los pájaros debe ser algo así. Los verdes salpicados por el color de las flores, las fragancias, el ruido del agua en los estanques donde acudían a beber las vacas. Todo está en mi cabeza como un tesoro que he ido acumulando a lo largo de los años. Mi infancia en la granja, con mis padres, hermanos y las otras familias que compartíamos jaula fue puede decirse que feliz. ¿ Quien piensa que su infancia ha sido desgraciada? La infancia es como el refugio de los momentos en que la vida se pone perra, nos acogemos a ella, a su recuerdo como demostración de que hemos sido dichosos al menos una vez. Es el puerto donde amarramos la barca cuando el mar es peligroso y el viento azota las velas con fuerza, su recuerdo evita el naufragio. Los recuerdos nos ayudan a seguir adelante como compañeros de viaje, para decirnos que no estamos solos, que nos protegen todos aquellos que estuvieron y que de alguna forma siguen a nuestro lado, vivos y muertos, presentes y ausentes. Hemos traído a  la memoria mil veces esos momentos, que por mor de los años y por la manipulación sutil del tiempo se han ido convirtiendo en el baluarte de nuestra felicidad. Son imágenes, puntos de luz que nos atraen una y otra vez y en cada ocasión añadimos un detalle, nimio, insignificante, pero que va dando forma a la imagen, transformándola, trasmutando su crudeza por tonos más cálidos, envolviéndola en algodones para que no nos duelan, para que nos reconforten. La niñez (este no es un buen termino, pues nunca fui niño) nos arropa con dulces recuerdos que acaban siendo tan comunes a todos, que llego a pensar si los viví o acaso los aprendí de las vidas contadas por otros. Pero su nitidez pese a la lejanía es tal y la necesidad de sentirlos como propios es tanta, que no renegaría de ellos aunque la duda me asaltase. Quien no tiene recuerdos de la infancia está desnudo, el pasado no lo arropa y el futuro que siempre es incierto se muestra como una amenaza que puede desposeerlo.

            Algunos inventan o roban de otros los breves fragmentos que completan su existencia, que dan solidez a los cimientos de su vida. Para ellos es fácil tomar prestadas las fotografías de un pasado ajeno que se ajusta a nuestra historia, las toman en sepia y les van dando color, pintando los detalles para que se les parezcan; pero nunca llegan a ser verdaderas, dejan siempre el rastro del pincel, la prueba de su falsificación. Otros emborronan su pasado con trazos negros para esconderlo, para olvidarlo, niegan su presencia.

            Tampoco es posible huir del pasado, no se puede dar la espalda a la propia existencia, porque posee una fuerza vital tan potente, tan ajena a nosotros mismos; que hace que incluso los hechos enviados al desván de la memoria, se paseen a veces por nuestro dormitorio cuando el sueño adormece la conciencia.

            Me entristecen quienes no tuvieron el remanso de la infancia para usarlo como refugio en su vida, porque están  incompletos, a medio terminar, arrastran siempre esta pérdida y a veces no son capaces de sustituirla.

            Es posible que mi memoria haya convertido la pajarera en un paraíso. Puede que con el tiempo pueda haber dado brillo a recuerdos vagos, difusos, transformándolos en verdades irrefutables. No tengo dudas de que he ido manipulando esos momentos hasta convertirlos en una realidad idealizada. Pero es tan bello ese tiempo donde no faltaba nada ni nadie, donde todo lo que creía necesitar lo tenía, todos los que deseaba ver vivían conmigo. Incluso algunos momentos malos que tengo presentes, los veo ahora necesarios para dar sentido a la vida.

            Mi infancia comenzó cuando empecé a volar. No es que antes no existiera, pero del mismo modo que nadie recuerda su parto o los biberones que le dieron en la cuna, tampoco yo tengo conciencia de ese tiempo pasado en el nido, seguramente bajo el cálido peso de mis padres. Mis recuerdos comienzan el día en que al borde del nido me precipité o me empujaron al vacío. Tengo todavía presentes esos primeros aletazos, incoordinados, desesperados, que amortiguaron la caída pero que no me hicieron remontar el vuelo. Creo que fue el miedo lo que despertó mi conciencia, el vértigo, la angustia de ver como mi pequeño cuerpo se precipitaba al vacío. Quizá presentí mi final, un final que llegaba sin haber empezado. No sé cual puede ser el motivo de que en mi cabecita todavía con plumón y casi sin color, saltasen las alarmas que despertaron mi mente.

            Nunca fui un pájaro como los demás, ninguno de mis hermanos me contó que pasase un trance similar, ni mis primos, ni amigos, nadie parecía entender aquel miedo a volar que a partir de entonces me paralizaba al borde del abismo desde el que me lanzaban. Aprendí a volar, pero no aprendí a ver en aquel vuelo mi realización. Volar fue una necesidad para no morir en la repetida caída desde las alturas.

            No creáis que aquello me traumatizó, no necesito tumbarme en un diván y verter en él mis frustrantes vuelos como expiación de mis problemas. Mi recuerdo de esos días pese al miedo que pase, es bueno. El vuelo que tanto me angustió también me permitió el juego con mis amigos, la relación con mis congéneres. Entonces el vuelo fue una liberación, puede que el momento en que más libre me he sentido. Los días consistían en un continuo ajetreo que se prolongaba desde el alba hasta la caída del sol. Un parloteo constante, gritos, arrumacos, cortejos y conversaciones se fundían para conformar un sonoro ritmo que reunía todas nuestras vidas en un canto único. Desde fuera podía resultar ensordecedor, molesto. He oído como os quejáis a veces de lo ruidosos que son los pájaros. Creéis que un trino aislado es bello, armonioso y adoráis escuchar el canto de los pájaros en sus jaulas porque pensáis que os lo dedica a vosotros. No es más que una ilusión producto de vuestra pretensión de ser el centro del Universo. El canto de los pájaros es la llamada a otros, la necesidad de comunicación, el deseo de ser oído y de que alguien responda a esa petición. Son súplicas, invitaciones, ruegos para compartir emociones con los demás. La soledad es la más vil de las condiciones, la peor de las esclavitudes. Por eso en la pajarera la música constante de nuestros cantos, la mezcla de nuestras alegrías y tristezas, desengaños y esperanzas, es lo que nos daba la vida. Me sentía seguro, como si el mundo no fuera a acabar nunca y aquellos instantes perdurarían hasta el infinito en una dicha permanente.

            Nunca he hablado con un niño, pero pienso que debe ser parecida la sensación que trasmite su hogar. Puede que en la cabeza de un niño o una cría de cualquier animal no quepa otra posibilidad que creer que esos momentos sublimes serán eternos. Ni las pequeñas frustraciones diarias pueden empañar aquella sensación de inmunidad, de inmutabilidad.

            Con el paso del tiempo se aprende a incorporar la duda y finalmente se adquiere la certeza del sentido trágico de la vida. Pero por aquel entonces yo sólo estaba pendiente de mi pequeño mundo, que se reducía a mi familia y mis amigos.

            Es verdad que ellos siempre me vieron como un bicho raro, porque yo hacía preguntas incomodas y soñaba con salir de aquella jaula. Mi familia trataba inútilmente de infundirme miedo al mundo exterior, diciéndome que había peligros insospechados, monstruos comedores de periquitos y hombres que no eran como nuestros granjeros amables y generosos. Pero me aceptaban con mis peculiaridades porque quizá intuían que no era como los demás, que había algo en mí que para bien o para mal me haría diferente.

            Mi madre sufría pensando en mi destino, nunca lo dijo, pero yo se lo notaba. Siempre estuvo más pendiente de mí que de mis hermanos. Ello generaba celos y protestas por mi situación de privilegio. Ella siempre se excusaba en mi salud, decía que no es que me quisiera más a mí, sino que por ser el más débil, el de más frágil salud, necesitaba estar más pendiente. Es cierto que tuve algunos problemas de salud, algo parecido a una epilepsia. Tenía ataques en que  revoloteaba de forma alocada, quedando luego en una situación de parálisis que me agarrotaba y me impedía mover las alas y las patas. Cuando el episodio comenzaba yo lo intuía, notaba un vértigo inicial y entonces las imágenes de la pajarera formaban como el cono de un huracán cuyo vórtice se metía sobre mi cabeza. A partir de este momento perdía la conciencia. En muchas ocasiones la recobraba durante la parálisis y notaba como todos me miraban de un forma extraña, se había producido un silencio casi absoluto, lo que resultaba aún más desconcertante y yo sólo podía mover los ojos y contemplar aquella escena grotesca. De repente todo estaba paralizado, no sólo yo, todos mis congéneres se habían detenido y miraban calladamente como yacía en el suelo después de un vuelo suicida. Parecía como si hubieran disecado la jaula en su totalidad o que hubieran reproducido en cera una fotografía de la pajarera. Yo solía recuperarme y empezaba a mover primero la cabeza y poco a poco despertaba como de un largo sueño. Como si de una clave se tratara ese movimiento de mi cabeza ponía en marcha de nuevo la actividad frenética de todos.

            Era como una pausa, como un agujero en el tiempo que por momentos había absorbido toda la energía paralizando el mundo y que con la misma rapidez con la que el rayo abre el cielo e ilumina la noche, dejando como único recuerdo de su paso el trueno que le sigue, así ocurría en mis tormentosos ataques. En mi caso el trueno no venía en forma de ruido, sino de miradas de soslayo, de comentarios en voz baja, cuando yo ya salia del sueño para incorporarme de nuevo al mundo como si me hubiera tomado unas cortas vacaciones. A mi vuelta, siempre encontraba el rostro de mi madre con ojos de preocupación (los pájaros no lloramos, eso es algo que también hubiera deseado poder hacer) que me preguntaba como estaba. Muchas veces he echado de menos ese rostro al despertar en los tiempos en que me alejé de aquel edén.

            Ahora que tengo pocos ataques pienso que desearía tenerlos si al despertar pudiese encontrar de nuevo el rostro de mi madre.

            Estos espectáculos involuntarios con los que alteraba el orden del grupo, que deberían haberme agradecido porque daba pábulo al cotilleo y ofrecía posibilidades nuevas de conversación, sólo provocaron que fuera visto todavía más como un bicho raro.

            Mi padre nunca mencionó mis problemas, me trataba con cariño pero con cierta deferencia. No sé si se avergonzaba de ello ante los demás o se sentía responsable y por ello evitaba culparme de mi enfermedad. Era un perico bueno, trató siempre de educarnos en el respeto a los demás, a las diferencias. Quizá en eso le ayudé yo.

            Estaba profundamente enamorado de mi madre. Aunque sus hijos eran para él lo más importante como objetivo en la vida, mi madre siempre fue su motor, su ánima. Si mi madre murió primero, él tuvo que seguirla en el mismo momento por el dolor, sería incapaz de soportar su ausencia, ni siquiera por nosotros. Nunca lo sabre, pero esa certeza me ha hecho a veces desear que fuera él quien primero se muriese, para evitarle ese sufrimiento atroz. Mis hermanos y yo comentábamos a veces el amor de mi padre, sus constantes arrumacos, su permanente atención a ella. No por celos, ni por sentido de posesión, sino por necesidad. Ella le correspondía pero repartía su amor con todos nosotros, que eramos muchos. Incluso con aquellos de mis hermanos que no llegué a conocer porque se los habían llevado. Mi madre se empeñaba en describirnos como habían sido. Éste era tan alto, este otro tan galante, las plumas de aquel habían sido la envidia de toda la pajarera y el objeto de todas las periquitas no emparejadas e incluso de alguna con pareja... Nos describía sus plumas como si las conociese todas, nos hablaba de sus virtudes, nunca mencionó ningún defecto de los hijos perdidos. Creo que esto la ayudaba a superar las ausencias, porque con cada hijo que se llevaban, se iba consumiendo. Por eso siempre temí que ella fuera la primera en morir, porque perdía un poco de vida cada vez.

            Cuando nos contaba como habían sido nuestros hermanos, sus historias, sus proezas, atendíamos como los alumnos a su maestro, con el pico entreabierto y sin piar. La mayoría de veces lo hacía al atardecer, la actividad de la jaula iba bajando en intensidad todos se dirigían a los lugares dónde pasarían la noche, agrupándonos la familia para protegernos durante la oscuridad y sentirnos fuertes.

            Entonces iniciaba los relatos con la voz suave y un canto melódico que resuena en mi cabeza en los momentos más tristes. Es como si ese canto me recordara que  estoy sólo y quizá  mi madre también contó a otros hermanos como fui. Mi madre ya estará muerta, ha pasado demasiado tiempo para que pueda estar viva. Siempre estuvo en mi mente el deseo de volver a la granja, de reencontrarme con mi madre, de rozar nuestros picos. La incertidumbre sobre la muerte es más dolorosa que la muerte misma. Cuando se pierden a los seres queridos, el dolor,  el desconsuelo pueden hacer gran mella en nuestra vida, pero nuestros ojos miran al frente y nuestra mente hacia el futuro. Existe un tiempo venidero que vemos en ese momento oscuro, quizá podemos pensar que todo pierde sentido, que deberíamos desaparecer con nuestro ser amado; pero el imparable reloj del mundo nos va conduciendo a otros destinos, entregándonos a otra gente, mientras que ese dolor va entrando en el territorio del recuerdo. Ahí en donde vamos dándole forma, limando sus aristas, cambiándolo hasta hacerlo casi irreconocible. La certeza de esa ausencia como algo definitivo, de la imposibilidad de volver a tenerlo cerca, nos va conformando. Cuando ese ser amado desaparece de tu vida de una manera brusca, pero no por la muerte sino por la separación forzosa, no existe la certidumbre de la muerte, la inapelable verdad de que la separación va a ser definitiva. Entonces los recuerdos no pueden adornar esa última imagen que tuvimos, porque sabemos que no es su imagen definitiva, que siguió viviendo en tu ausencia, que ambos habéis ido cambiando con el tiempo y puede que ya no os reconocierais. Es por ello que es más doloroso, menos reconfortante traerlos a la memoria. Mi madre y Quica han sido los recuerdos más deseados y más tristes de mi vida (ya sabréis de Quica más adelante).

        La relación con mis hermanos era buena, es verdad que ellos también me miraban como a alguien diferente. Yo prefería las conversaciones a los juegos. No me gustaba participar en las demostraciones de valor que las crías de periquito intentan para impresionar a los otros o a sí mismas. Lo de colgarme de una pata cabeza abajo no era una de mis aficiones favoritas, ya conocéis mi aversión a las alturas desde pequeño, pero ellos lo convertían en la prueba definitiva de hombría (no sabría decir como se traduce esto para los periquitos). Si no pasabas esa prueba quedabas claramente al margen.   ............... 

(Continuara)