Un mes sin escribir nada. Puedo decir que tenía pereza, espesura mental, desidia o simplemente el calor había achicharrado la mente y no fluía el verbo ni la tinta (verba volant scripta manent). No es que piense que la pereza no es en sí una virtud. El dolce far niente es el mayor de los estados trascendentes del Hombre, donde encuentra su verdadera Naturaleza y su hastío e inapetencia son opuestos a la indolencia o indiferencia del vago. Estaba de vacaciones y eso sirve como excusa para casi todo.
¿No había ocurrido nada en todo el mes para condenar el teclado al silencio? Nada despertó al duende de la poesía, ni a Clio, la musa de la Historia. Quizá la fuente de la inspiración se había secado por el calor, si es que su estado es fluido y no etéreo como parece. El caso que nada se escribió porque nada tenía que decir de los vaivenes de Trump o los perversos crímenes de los genocidas. El mundo rodaba en su alocada carrera, con sus temblores sangrientos (un abrazo a Venezuela y Colombia) y mis manos permanecían quietas, paralizadas o perplejas.
Vuelven ahora confusas y vacilantes a correr sobre las teclas del ordenador, para ordenar algún pensamiento o simplemente para decir: “no he muerto, sigo aquí ”.
Ahora sé que nada de lo enunciado era el motivo del silencio cómplice, de la palabra cautiva o el mutismo alarmante que se había instalado en mi ánimo. Como en el resto del país, o del mundo, era el influjo de los astros. Este acontecimiento que al que hoy asistiremos y que quizá nos defraude o nos transforme o simplemente nos deje en un estado catatónico como el que ahora estamos. El eclipse solar.
Tengo mis gafas preparadas, ansío experimentar eso que en milenios no va a volver a ocurrirnos, como si eso fuera a importarnos en nuestro raquítico protagonismo en el Planeta y el Universo, hormigas en el desierto.
Dicen que los animales sufren un cambio de comportamiento, presienten o huelen el cataclismo cósmico, como si la luna y el sol fueran a chocar y no superponer sus cuerpos. Los perros no dejan de aullar y los pájaros callan, se instala en el ambiente un pesado silencio de muertos y la oscuridad precedida por un sombrío presagio de desgracia nos conmueve. Tras un minuto, la luna que es faro, desiste de ser negrura y se aparta para que de nuevo el sol venza a la penumbra y el desasosiego.
Se esperan atascos por una especie de pulsión a ver el fenómeno desde los puntos más insólitos y los agoreros auguran funestos futuros, como siempre, sus predicciones no son más que parte de la catástrofe colectiva que vivimos.
Estoy convencido de que, como yo, todos estamos bajo el influjo de este acontecimiento y sufrimos una parálisis que dura ya años porque somos animales que presintiendo el final nos empeñamos en acelerarlo. No podemos evitar que no se cumpla el fatídico sino que como especie nos depara la selección natural o simplemente la idiotez inherente a tan desarrollada inteligencia, incluida la artificial. El eclipse vendrá y no tendremos que esperar otros tres mila años para verlo, ya habremos cumplido nuestro anhelo.
Eso me deja más tranquilo. “callo, luego existo”