MEMENTO

lunes, 21 de septiembre de 2020

   En las tardes de solaz me siento a pensar cómo será el recuerdo de estos penosos momentos pasados unos años. Tal vez la pátina del tiempo ayude a suavizar sus aristas y desdibuje su dolor. Quizá cuando todo haya pasado venga un tiempo mejor, entonces ese dolor será apenas un rictus de tristeza. Recordaremos este año como un traspiés y a pesar de la caída, una oportunidad que nos permitió levantarnos con el orgullo del esfuerzo. No penetrará en nosotros el puñal del fracaso porque habremos iluminado la oscuridad con nuestra propia luz. Seremos hombres y mujeres renovados, cargados de la fuerza que da la superación. 

   En esos periodos de ensoñación me veo sonriendo al mundo, mofándome del destino que quiso hundirnos en el pozo de la desesperación y le dimos esquinazo. Trocamos su macabra intención en éxito. Fuimos triunfadores frente al funesto hado. Burlamos a la muerte, no todos, pero si los suficientes para sentirnos ganadores. Ese tiempo venidero asoma como un amanecer que anuncia un luminoso día. 

   Si durante ese tránsito por el futuro, vuelvo un instante al presente, me digo a mi mismo que no tardará en llegar la victoria. A veces incluso calculo cuánto tardará en hacerse realidad aquel sueño y no percibo su lejanía. Olvido por un instante los desastres que nos acompañan. Hablo para mis adentros, maldigo a Trump y sus fanáticos, escupo a la violencia y la intolerancia, niego las estrategias de enfrentamiento sin diálogo. Cierro los ojos para alejarme de aquellos pensamientos indecentes y de aquellos indecentes personajes para borrar sus nombres, sólo Trump, como un diablo maldito persiste en mi mente huidiza. Todas las guerras políticas de ahora, semejan simples escaramuzas sin mala intención, veo sin maldad el manejo de la crisis y sus errores (los del Dr. Simón y los del Gobierno) incluso hasta lo de Ayuso acabo reduciéndolo a un simple error de cálculo y no a su simpleza. 

   Cuando ese nuevo Tiempo llegue beberemos ambrosía en la copa que Ganímedes nos ofrecerá en el Olimpo. Seremos dioses. Hablaremos el lenguaje de los que fueron tocados por la Gloria. Nada podrá ya vencernos, seremos indestructibles, nuestro poder estará en nuestro coraje, en nuestra resolución para enfrentarnos a cualquier problema sabiendo que vamos a ganar. No habrá un después temeroso ni humillante, sólo el honor que obtienen los vencedores. Miraremos con misericordia los errores cometidos, comprenderemos las flaquezas que mostramos como hombres y mujeres, seremos benevolentes con muestras miserias. No veremos en nosotros más que la majestad y esplendor de los que se revolvieron contra la adversidad y la vencieron. 

   A veces mientras sueño con el final de esta tragedia y entreveo la derrota del virus, noto un frio que hiela un segundo mi espalda, un silencio que ensordece mis pensamientos durante un instante. Me digo a mi mismo que pasó un ángel, pero me atraviesa la duda. ¿Y si finalmente no ganamos la batalla? ¡No, hermanos! ¡Esa no es una opción posible! Si perdemos, entonces este aciago momento no será más que el anticipo del dolor más terrible, el comienzo del Fin de los Tiempos.

         Silvio Rodriguez. Ángel para un final.   

VENCEDORES, VENCIDOS, CONVENCIDOS

viernes, 4 de septiembre de 2020

   De nuevo en la encrucijada. En manos de la voluntad, los aciertos, los errores y los intereses de nuestros políticos. La estrategia prima sobre la necesidad. Ante un panorama desolador, nos encontramos una vez más con la desunión. Las alternativas son la crisis o la miseria y visto el comportamiento de nuestros amados líderes me veo más en la segunda de las alternativas. Siento ser pesimista pero no me da el ánimo para más, pese a estar en las vacaciones que casi daba por perdidas a mediados de agosto. Ahora en el borde del precipicio miro al horizonte y no distingo el futuro. Hemos subido de nuevo tan alto que las nubes tapan el suelo.  

   ¿Cómo apelar al interés común si no existe? Cada cual tiene el suyo. Lo que era evidente en la primera oleada, que teníamos que salir todos juntos, ya nadie lo menciona. No habrá vencedores ni vencidos. Habrá muertos y vivos, ricos, pobres y miserables como siempre, pero cuántos, dependerá de cómo lo hagamos. No existen fórmulas mágicas, nadie las sabe, ni gobierno, ni oposición, ni Madrid, Barcelona, Euskadi, Andalucía o Valencia. Todos hemos fracasado estrepitosamente y ya no podemos alegar que no lo esperábamos. Estamos en medio del desastre. El Espíritu de la Transición que tanto llenó la boca a los políticos brilla ahora por su ausencia, ni el más mínimo atisbo de ser invocado como solución. 

   Los políticos no son más que el reflejo de sus sociedades, somos quienes los eligen, para nuestra propia vergüenza. Por esto mi tristeza. También nosotros estamos fallando. No hay un convencimiento de que somos parte del problema y de la solución. Demasiados de nosotros ignoran el riesgo real de lo que nos ha venido. No hablo sólo de los negacionistas. Siempre hay individuos que utilizan como estrategia el defender lo indefendible, porque quieren marcar la diferencia y sacar provecho de ello. No por convencimiento, los perturbados son una minoría. Detrás de negacionistas, teóricos de la conspiración, supremacistas, fascistas o machistas trasnochados hay más interesados que imbéciles. Muchos de ellos no son más que buscadores de admiradores, creadores de falsos mitos, influencers baratos que buscan el protagonismo. El problema es, que su populismo, su llamada a la emoción y a los instintos, se aglutinan desnortados y desheredados de la sociedad, que cada vez son más. 

   En la entrada de los Reales Alcázares de Sevilla hay una inscripción en cúfico que dice: “No hay vencedor sino Alá”. Puedes llamarlo Alá, Dios, Amor, Humanidad, Civismo o como quieras. No habrá vencedores, todos seremos derrotados si no nos convencemos que somos la solución y esa solución pasa por arrimar el hombro todos a una. El virus produce insuficiencia respiratoria, pero no debería atacar a la solidaridad, la empatía, el compromiso que tenemos como Sociedad de salir juntos de esta fatalidad. Si no somos capaces de hacerlo nos esperan tiempos difíciles.

         Sting - Fragile.   

TOMA EL DINERO Y CORRE

martes, 11 de agosto de 2020

    Hubo una vez un personaje que era guardia de seguridad en una empresa de trasportes blindados. Su misión era salvaguardar el dinero y depositarlo en los bancos. Parecía un hombre íntegro (supongo), lo imagino campechano, con su intrigante mirada, acostumbrado a los chascarrillos de la gente, pero se sentía importante. Un buen día aprovechando su posición y la confianza de sus compañeros, se pone al volante del furgón que custodia y se lleva las sacas de dinero. Huye a Brasil con 298 millones de pesetas y cuando la policía lo detiene, ha cambiado su apariencia y se ha puesto peluquín. Vivió a lo grande, gastó el dinero del que sólo se recuperaron 175 millones de pesetas. Su imagen entre lo cómico y lo esperpéntico se popularizó. Todos conocían al Dioni. Fue, puede decirse, un representante más de la tan admitida como autóctona picaresca española. Muchos pensaron que había tenido incluso gracia su aventura. Un Lazarillo estrábico movido por el deseo de disfrutar del dinero y sus ventajas. 

   Es posible que la Historia esté llena de estos personajes que lejos de infundir odio, mueven a la compasión o incluso a la envidia. No sé si la picaresca es un género literario o una cualidad intrínseca de nuestro carácter. Yo no creo que nuestra idiosincrasia nos haga necesariamente tan mezquinos y patéticos a la vez. En el esperpento nos vemos deformados por el espejo cóncavo, pero es nuestra mirada la que nos deforma, no la realidad. 

   Ahora un personaje importante, un individuo que trasciende su propia persona para representar una institución. El máximo representante de la imagen de nuestro país, aprovechando su posición y su inmunidad, nos involucra en un sainete propio del mejor Woody Allen. Unos hechos tan vergonzosos que sonrojan a propios y extraños. Estamos tan perplejos y sobrepasados que los calificativos se quedan cortos y si te pasas en ellos te acusan de injurias a la Corona. Valle Inclán quizá escribió sus Esperpentos tomando como reflejo estas Realidades tan disparatadas y si no cómicas (porque no tienen gracia) si grotescas y ridículas. 

   El Lazarillo actuaba movido por el hambre y la necesidad, El Dioni quizá por el anhelo a ese ideal impuesto por nuestra sociedad de que ser importante consiste en tener dinero. Pero ¿Qué mueve a una persona que tiene la vida resuelta, que sabe que ocupa ya un lugar en la Historia, que no necesita más dinero para satisfacer incluso sus caprichos? ¿La avaricia? Ese afán desmedido por tener más teniendo tanto no me cabe en la cabeza, menos si al final la consecuencia es el deterioro de lo que teóricamente proteges. Seguramente también la sensación de impunidad, la inviolabilidad, la falta de creer en un principio básico de las democracias, que todo ciudadano es igual ante la Ley. 

   El Quijote de Cervantes en su locura nos hizo parecer idealistas, luchadores, honestos. Este episodio nos degrada. No me inspira pena la figura del monarca, sólo rabia, porque nos dibuja en el mundo como un pueblo inculto y sinvergüenza. 

   Debemos limpiar nuestra imagen con democracia y trasparencia. Que cada cual pague por sus culpas. El delito del Dioni llevó a la bancarrota a la empresa. Ahora con el Covid no necesitamos más ayuda para el desastre.


FAST

sábado, 1 de agosto de 2020

   Corre, camina deprisa, vive rápido. El tiempo no se detiene y su paso es tan veloz que apenas lo percibimos. Parece que fue ayer y todo ha cambiado tanto. Miro atrás y veo mujeres y hombres que fueron niños y no dejo de sorprenderme que sea verdad que yo estuve allí cuando nacieron. No puedo entender como ha pasado tanto tiempo sin apenas dejar sabor, ni siquiera dolor, sólo un silencio inmenso donde resuenan algunos ecos de la memoria. En ese vasto prado del recuerdo algunas flores rojas como amapolas rompen la monotonía. Entre esos espacios oscuros pequeñas linternas anuncian lo que fue y se convirtió en una estrella fugaz. 

   Vivimos en una vorágine, todo ocurre sin sucesión de continuidad. Los días corren rápido y escapan sin advertir que la semana cuando empieza, es ya un cadáver que precede a la siguiente. Trascurren los años dejando únicamente pequeños pedazos de vida en la memoria. Todo lo que guardamos en ella, es el pequeño tesoro de este largo trayecto que nos empeñamos atravesar a toda velocidad. La vida es una niña atolondrada, cambia constantemente de dirección y nos lleva a la deriva manejados por vientos y corrientes. Vamos agarrados a una tabla que creemos que es nuestro bote salvavidas pero los rápidos del rio nos llevan sin remedio hacia la cascada. Necesitamos hacer tantas cosas a lo largo de la jornada que el tiempo se vuelve un torbellino de trabajos, obligaciones, actos imprescindibles pero innecesarios. 

   Alcanzar la felicidad no es una carrera de velocidad, es un paseo, con desvíos por el camino equivocado y aguaceros imprevistos, pero con paradas al borde del camino para disfrutar del agua fresca. Tenemos que aprender de nuevo a ser felices por encima de las imposiciones del tiempo, a pesar de la esclavitud que nos confiere la vida. Romper cada día el lazo que nos ata a lo cotidiano y huir al espacio de los placeres simples. No empeñarse en alcanzar sueños pasados o que otros soñaron por nosotros, asirnos a lo tangible. Un buen vino, una agradable conversación, una buena comida, un viaje, una canción o un verso pueden ser un Paraíso. Dejarse emocionar por lo cercano, no esperar en vano que el mundo nos regale imposibles. Hacer de lo posible nuestro sueño y soñar que lo que tenemos vale la pena. Desear mantener nuestros amigos, mantener fresco nuestros amores, viva nuestra memoria, fuerte nuestro intelecto. Es necesario concederse el privilegio de ser libres por encima de ser importantes. Aprender las lecciones de lo pasado, porque el futuro nos sorprenderá en cualquier momento y no podremos pedirle a la vida que espere a que podamos prestarle atención. 

   Tempus fugit. Carpe Diem 

 

   Si tienes mucha prisa puede que lo más recomendable sea que te sientes y esperes a que se te pase. 

  Todos los años hacemos un montón de cosas necesarias y urgentes, que podrían esperar el año siguiente. 

Gaspar Cervera 

Un sabio de los que pueblan nuestro anónimo Universo

 


IN ILLO TEMPORE

sábado, 11 de julio de 2020

   La inviolabilidad del Rey me trae a la memoria la infalibilidad del Papa, conceptos que parecen sacados de un incunable pero que permanecen inamovibles en nuestro tiempo por increíble o inaudito que parezca. Estamos inmersos en el infinito mundo del IN. Me siento rodeado de esta partícula minúscula que todo lo ocupaba (no hablo del COVID). Infatigable, inasequible, inamovible, inabarcable, cada nueva idea que acude a mi mente viene precedida de su inmaterial presencia. 

   Una justicia insobornable, inapelable, independiente, incisiva, inclemente, incognoscible, tan ínclita y tan incontrovertible que resulta a veces increíble, incoherente e injusta. 

   La política insustituible pero insufrible. Incólume a veces, indecente otras. Incendiaria las más, infatigable al diálogo las menos. Adornada de insolentes, de inveterados vicios, con insolventes dispuestos a solucionar insolubles problemas. Con discursos inclusivos pero inanes, repletos de invectivas e inmoderados gestos, de incongruentes o inconmensurables falsedades. Incontinentes verbales, algunos intrigantes, intransigentes e inmaduros y aunque pocos, muy relevantes ineptos. 

   Veo patrias indivisibles con fronteras infranqueables. 

   Inmigrantes inmersos en los mares. 

   Independencias indemorables con inductores invisibles. 

   Individuos indignos, indolentes y con un indisimulado egoísmo, que se sienten indiscutibles pese a los indicios de incompetencia demostrada. 

   Retos inalcanzables por comportamientos insolidarios. 

   Información e intoxicación que sustituyen a la inteligencia. 

   Innecesarias mentiras, injurias, inconfesables intereses. 

   Y la inefable infección que nos infesta, infravalorada en sus inicios e infausta en sus resultados. 

  Esperemos ser capaces de inocular sentido común a nuestros insensatos inviolables, para que abandonen inicuos regios intereses. 

   Pongámonos “in itinere” “in memoriam” de nuestros muertos.


         Could you be loved. Bob Marley   
 

LO QUE EL VIRUS SE LLEVÓ

domingo, 21 de junio de 2020

        La pandemia definitivamente nos ha cambiado. La mínima expresión de vida (si es que se le puede llamar así) que el virus representa, ha supuesto un huracán, un sunami que se ha llevado por delante muchas de nuestras costumbres más propias. 
   Caminamos ahora cabizbajos y embozados, triste el semblante, ocultos tras la mascarilla protectora. Hablamos de FFP2 y FFP3, EPIs, PCR, test serológicos, … hemos hecho un cursillo acelerado de virología y epidemiología, y en cada rincón encuentras un experto capaz de sacar los colores a Fernando Simón.  La distancia social, concepto otrora ofensivo, es ahora Ley escrita con fuego en los mandamientos de la pandemia. Hemos perdido nuestra idiosincrasia, nos definíamos como una sociedad cuya característica distintiva era la proximidad. Éramos tocones, besucones, invasores naturales del espacio personal del otro. A mucha honra nos teníamos por Mediterráneos, especie al parecer ramificada del Homo Sapiens común y mejorada en cuanto a sociabilidad. 
El viento del coronavirus ha barrido esta y otras virtudes que nos diferenciaban del resto de los mortales. Antes bebíamos ruidosamente en las barras de los bares, gritábamos a pleno pulmón en las terrazas de madrugada, golpeábamos los omoplatos de nuestros amigos para saludarlos (como los gorilas cuando defienden su territorio) y de repente nos hemos visto cantando con guitarras el “Resistiré” como si fuéramos el coro de una iglesia, aplaudiendo en manada a los sanitarios desde los balcones. Inventamos excusas para romper el confinamiento y salimos a hurtadillas para tomarnos unas cervezas, casi con vergüenza por si nos ven. 
         ¿Dónde irán los besos que ahora no damos? Todos aquellos que repartíamos con generosidad a diestro y siniestro, aquellos abrazos por un simple encuentro, por unos días sin vernos, … Todos esos símbolos de nuestra amigable forma de relacionarnos se han diluido en el caldo viral. Ahora nos vemos y ensayamos un simulacro de lo que era, amagamos con hacer y nos retraemos a la timidez del miedo, saludando a nuestros amigos con el codo. ¿Qué nos pasa? ¿Va a ser siempre así o habrá que reivindicar de nuevo la libertad del contacto íntimo? Aquello que se dice con un beso y un abrazo no existe forma de expresarlo con palabras. Palabras, que son ahora huérfanas del gesto, amortiguadas por la máscara, escondidas tras la tela y la contención.  El virus se nos llevó el alma y nos ha dejado el nuevo mundo de los abrazos rotos, de los arcos de los abrazos plastificados que nos saben a gloria. Hemos perdido nuestra esencia y permanecemos resignados, obedientes al mandato de los sabios que nos dicen cómo comportarnos en la nueva realidad, normalidad la llaman. 
         Y nadie conoce el final de esta condena a ser esclavos de las formas contenidas. Invocamos a Dios y la ciencia para que nos ayude a encontrar la vacuna, el único remedio que parece que pueda devolvernos el amor más allá de las miradas y las palabras. 
El virus se llevó todo eso y nos ha dejado una crisis política y económica a la que ni Dios ni la ciencia pueden encontrar vacuna. Veo con tristeza un futuro aciago, la pobreza de unos y la miseria moral de otros que siguen pensando en su propia ganancia. No quiero ser equidistante en esta idea. No puede utilizarse esta desgracia como un arma. Puede criticarse lo que se consideré, exigir responsabilidades, pero no formar un frente común en la solución de esta catástrofe, es mezquino. La actitud del PP oficial, que estoy seguro no pueden compartir toda la gente de derechas, unidos a los que quieren las instituciones para anularlas (hablo de Vox), no puede llevar más que a la destrucción. Este guerracivilismo constante, esta política de tierra quemada, sin concesiones ni educación, no está a la altura de las circunstancias. Hay suficientes muertos en todas partes como para no hurgar en ninguna herida, tratar de sanar las que se pueda y evitar que sucedan de nuevo. Lamentablemente el escenario que veo por delante, con mascarilla o sin ella, con besos, abrazos o con miradas de soslayo, tiene mal agüero. Estamos en la cuenta atrás de algo peor que un nuevo brote, la falta de líderes que nos lleven lejos del abismo. Y el miedo es más atroz cuando miro hacia fuera y veo que esas políticas neofascistas ya se impusieron en otros lugares. 
¡Que Dios y la vacuna contra la imbecilidad nos ayuden!



         ¡Ay, voz secreta del amor oscuro!   

F. García Lorca  y Miguel Poveda