LITERATURA ROBADA

domingo, 21 de abril de 2019

   Es un poema del poemario NAIA de mi hijo, que he leído hoy por casualidad. Domingo de Resurrección. Me ha parecido una oportuna casualidad.


Cristo en la cruz

Las alas abiertas
pues sigo buscando
un lenguaje preciso
entre espigas y pastos.

Busco la postura
exacta del cuerpo,
el gesto imposible
que cierre la herida.

Espero la voz que,
del otro lado del
cielo azul me hable.
Espero el milagro,
su risa lechosa,
como agua de mayo.

Y espero su mano
latente, los dedos
me agarre, me arranque
del suelo y me eleve,
me quite la sombra
y la duda, la nieve
creciente la funda,
los huecos los tape.
Espero y espero
enclavado -a pies
juntillas lo juro-
y temo que nada,
que algo suceda.

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

   Para cerrar el círculo es necesario la continuidad de la vida. Poner en marcha la genética en el sorprendente proceso de la reproducción. Encontrar alguien dispuesto a alojar esos genes y transformarlos en vida.

   Él lo había intentado. No ponía peros a la unión mística, ni a la relación formal, ni al acoplamiento de cuerpos y almas. Ni siquiera habría tenido reparos en una asociación casi comercial, en una transacción de intereses que hubiera dado lugar a una relación. El caso es que estuvo casi a punto de conseguirlo.

   Rebeca había aparecido en su vida de una forma circunstancial, pero desde el momento en que la vio, supo que esa era la mujer que daría continuidad a su vida. Fue un verano, en una de esas tardes tórridas del mediterráneo que aconsejan no salir y quedarse al cobijo de las sombras de la casa. A esa hora, después del mediodía hombres y mujeres se encerraban con el aire acondicionado al máximo, preguntándose quien andaría por la calle a esas horas, con el poniente quemando las pieles y sometiéndolas al despiadado mazazo del sol y el viento caliente que sofocaba la respiración. Él no tenía donde refugiarse en la casa y el parque con las sombras de los plataneros era el lugar más fresco, por así decirlo, del pueblo. Sólo el ruido del agua en la fuente ayudaba a mitigar la sensación de agobio que el sol trasmitía. Allí se iba cada tarde con su cuaderno, donde dibujaba los detalles del entorno. Las hojas de los plataneros y los chopos, junto con los rosales, algún pajarillo que se refugiaba también en la sombra, servían de modelo improvisado a su lápiz de carbón. Captar la luz y las sombras, el movimiento que el aire de solano imprimía a los objetos, como meciéndolos. El sopor de la vida se contenía en aquel movimiento, con su ritmo dulce y cansino.

   Se sentaba en el pequeño rincón que se formaba en la parte norte de la placeta donde estaba la fuente. Allí se sentía resguardado de miradas, los árboles cerraban el cielo con su follaje y parecía ocupar el lugar en el mundo que le correspondía. Lejos de todo. No era muy amigo de las multitudes y cultivaba las amistades como se cultivan las rosas, con mimo, dedicándoles a cada una su momento.

   Rebeca apareció de forma repentina, hizo entrada en escena como una loca. Miraba a cada lado, sin ver, hacia arriba, abajo. No reparó en su figura que parecía la estatua de algún poeta de los que acostumbran a sentar en los jardines. Finalmente paró bajo un ficus imponente al otro lado de donde estaba él. Como la posesa que pareció al principio comenzó a hablarle al árbol, le susurraba al principio, le rogaba, imploraba quizá que diera frutos o que sus flores esparcieran el aroma por el parque. Al cabo de un tiempo se puso a llorar desconsoladamente. Tan tierna y anacrónica era aquella situación que había empezado a dibujarla en su cuaderno y cuando el dibujo estaba casi terminado se dio cuenta que la mujer seguía sentada bajo el árbol llorando. No pudo si no aproximarse. ¿Qué duende la había poseído para que estuviera tan desasosegada bajo el árbol?

   -Mi gato, se escapó y no quiere bajar.

   Él miró hacia arriba y distinguió unos ojos claros mirándolo. Su pelaje gris se mimetizaba con la sombra del follaje. Quedó un tanto defraudado de una resolución tan prosaica del episodio. Trató de consolarla.

   -Bajará, no va a quedarse ahí para siempre.

   Con argumentos como aquel, poco consuelo transmitía. Se sentó finalmente al lado de la chica, en el suelo que ofrecía un cierto frescor reconfortante. El gato los miraba desde arriba.

   Cuando Rebeca se calmó, lo miró de la misma manera que el gato, sin entender qué hacía aquel chico allí. Le dio las gracias, sus mejillas se sonrojaron, no sabía si del rubor de la vergüenza o del calor tras el sofoco del llanto.

   Decidieron sentarse en el banco de él. Le mostró el dibujo, primero se sorprendió de verse en esa actitud de orate, pero después se gustó, parecía la protagonista de un cuento. Miró el resto de dibujos, quedo impresionada y cuando empezaban a surgir las palabras entre ambos, apareció el gato.

   -¿Cómo se llama? –preguntó él.

   -Nunca he sabido ponerle nombre a las mascotas. Simplemente le llamo miso.

   -Llámale fugitiva o libertaria.

   -Es gato.

   -Entonces miso está bien. – Y rieron a la vez por la ocurrencia.

   El gato ya estaba entonces sobre las rodillas de él, había bajado del árbol y se aproximó como hacen los felinos, sigilosamente. Como ninguno hizo el menor intento de rescatarlo de su soledad, había decidido acabar su escapada. A ella le agradó que aceptara tan fácilmente a su amigo. Lo tomó en sus brazos y empezó a acariciarlo y hablarle, reprochándole su actitud.

   Él no podía dejar de mirar la escena, hubiera querido dibujarla, pero no se atrevía. Grabó en su retina la escena, quizá luego la dibujaría en su habitación. Ella con su vestido blanco de tirantes y de hojas verdes.


CUANDO LA POBREZA ENTRA POR LA PUERTA LA RAZÓN SALTA POR LA VENTANA

sábado, 13 de abril de 2019

   Iniciamos el ascenso en medio de un chaparrón, un intenso aguacero que nos despidió como si millones de plañideras lamentaran nuestra marcha. Pero la verdad es que a nadie le importaba, hemos sido como una de esas gotas que caían del cielo en la solución de la gente de Camerún. Cuando el avión empezó a acelerar se oían crepitar sobre la chapa las gotas de lluvia, como balines. Sentimos un poco de miedo, quizá fue la oscuridad, es posible que fuera el cansancio de una semana intensa. Las sensaciones encontradas de la miseria del lugar y la humanidad de la gente que allí trabaja han dejado un poso de tristeza en nuestro ánimo. Lo cierto es que mientras seguimos subiendo no me sentí especialmente feliz. Me asomé a la ventana y contemplé las lucecitas que tintinean desde el suelo, Douala es una ciudad grande, pero de noche no brilla como las ciudades europeas, sólo pequeños grupos de luz dan testimonio de las vidas que abajo se quedan. Tras cada una de esas luces habita una historia y tras cada historia, vidas que contienen algunas alegrías y muchas miserias. Hemos participado de algunas de esas vidas y el resumen de este tiempo sin duda es positivo, pero no se puede olvidar lo que allí dejamos. El avión nos trajo de vuelta a nuestro mundo. Por suerte para nosotros este no es un mundo de privación, el hambre no nos conoce, aquí la enfermedad tiene esperanza, la vida permite sueños futuros y sólo nos queda aprender a soñarlos.

   El camino de ida de Douala a Dschang está lleno de baches, pero se hizo ameno. Hay tanta gente en el camino, todo resulta tan sorprendente y tan lleno de vida que no puedes dejar de mirar por la ventana. Paramos en un puesto de frutas y comimos la mejor piña que se pueda pedir, los aguacates más sabrosos. Fabian, el driver compró dos sacos para la misión.

   Cuando un camino te parezca difícil, piensa que siempre puede ser peor. Así es el que lleva desde Dschang al hospital Notre Dame de la Santé. Menos mal que no llovía, porque subir aquel terraplén con agua debe ser divertido. Iniciado el ascenso, yo al menos, no esperaba que el hospital estuviera tan bien. Nuestra casa era confortable, con un gran comedor y habitaciones compartidas con baño y ducha. Aparte de los edificios y su equipamiento, que como digo no estaba nada mal, el alma del hospital eran sus monjas. Si alguna vez perdiera la Fe en la gente, no tendría más que volver a Camerún y compartir unos días con las monjas que allí conocimos (Sor Pilar, Sor Ángela, Sor Teodora, Anne Marie…) son Siervas de María, pero son las mujeres más libres que pueda conocer. Han renunciado a tantas cosas que sólo les queda el amor. Son buena gente en mayúsculas, y a pesar del lugar en que cada día se levantan, no han perdido su sonrisa y su buen humor. No se entiende el hospital sin sus monjas. Un placer haber trabajado con ellas, mi admiración más sincera a su entrega, a su misión. Las monjas nos cocinaban, no había tocinito de cielo, ni huesitos de santo, pero no faltó la tortilla de patatas y las albóndigas (no sabría decir de qué).

   Trabajamos duro, sobre todo los primeros días. La noche del domingo ya tuvimos una cesárea urgente. La consulta del lunes fue agotadora. Allí vinieron las mujeres que organizamos para la cirugía de los días siguientes. No es fácil sustraerse a la desgracia de aquellos que sabes que no van a tener una solución adecuada como la que acostumbramos a ver en nuestros hospitales. Nos dolieron los cánceres de mama a los que ofrecíamos una cirugía no resolutiva, la quimioterapia o la radioterapia no está a su alcance. Aquella mujer con un cáncer tan avanzado que ni podíamos operar, el dolor y el olor de su enfermedad traspasó nuestra capacidad de soportar lo injusto, pero allí se quedó con su dolor. Nos queda la esperanza de haber ayudado algunas de la mujeres que vimos, a eso nos aferramos, esa era nuestra intención y nuestro deseo.

   Alain el médico que nos acompañó en todo momento también dejó una huella profunda. Nos sorprendió su capacidad para empatizar con las pacientes. Probablemente partíamos de la falsa premisa de que por ser africano respondería a los estereotipos que tenemos de los hombres de África. No es posible conocer a alguien en una semana, pero puedo decir que lo que vi fue respeto, intención de ayudar, capacidad de trabajo, entrega. El machismo está presente en África en grado superlativo, la mujer está lejos de ser un igual, todo ello es cierto. Como lo es que esa misma mentalidad habitaba  entre nuestros abuelos o bisabuelos, y aun persiste en los rincones de nuestra sociedad. Alain estaba por encima del nivel de muchos de nuestros conciudadanos. Tuvo una paciencia infinita, incluso cuando yo estaba ya en ese punto de una consulta en que lo único que quieres es acabar, él siguió explicándoles a las mujeres pacientemente. No contradijo nuestras indicaciones, no creo que todas fueran perfectas, ni pienso que no tuviera preparación para rebatir alguna de ellas. Es un tío inteligente. En alguna de las tardes en que el trabajo nos dejó respirar, sobre todo a partir del miércoles, jugamos a cartas en el comedor. Carmela (la croupier) “inventó” las reglas del CULO, Mario también las conocía y cuando solventaron las diferencias de criterio en algunos aspectos, jugamos como posesos repartiéndonos las presidencias, vicepresidencias, culos y viceculos. Reconozco que yo, que no había jugado a cartas en años me divertí como hacía tiempo. Esas tardes de cervezas, frutos secos y los gritos de ¡¡CULO!! sirvieron para dar color a la noche antes de cenar. Alain que aprendió el juego, no perdió ninguna partida.

   El trabajo y el juego sirvieron para unir a los que allí estábamos, desconocidos reunidos en torno a un proyecto. Mario y Taya gines como Carmela y yo, Rebeca la matrona, Irene y Ariadne las anestesistas. Gente que no se conocía y con la que seguramente nos separan infinidad de cosas, nos unimos como una persona en torno a una idea. Ser felices y vivir un episodio de nuestras vidas en común, trabajando. Les agradezco que fuera tan fácil. Aunque tengo que decir que nunca encontré en los muchos viajes de cooperación a nadie con quien no fuera fácil trabajar.

   El jueves bajamos a la ciudad. A pesar de la lluvia fue un regalo poder pasear por aquel mercadillo repleto de color, olores y barro que traspiraba la esencia de África. De su pobreza, pero también de la grandeza de ver a sus niños y a su gente sonreír, los ojos de los niños africanos son tan grandes que puedes perderte mirándolos. Pasear entre ellos me hace sentir bien. Compramos telas y maderas, nos hicieron gorros para el quirófano. Una visita exprés que fue como las cartas un remanso en la frenética actividad del hospital. Poco más que ver en la ciudad, además de su lago artificial, donde nos encontró el chaparrón.

   Hemos dejado en Dschang personas que han permitido que entremos en sus vidas y hemos obtenido nada más que beneficios. El voluntariado es siempre egoísta, te traes mucho más de lo que puedes dejar. Sin duda el esfuerzo vale la pena. Cuando observo desde la ventanilla del avión las luces perderse y empequeñecer, pienso que en algún momento aquellas luces alumbraron también mi tiempo y hacen que me sienta más vivo. Es un pequeño triunfo sobre la cotidianidad que empaña el cristal de nuestra vida. Pero allí se han quedado las miserias como cuando llegamos, allí siguen las guerras silenciadas, los dictadores sostenidos por el dinero de otros gobiernos interesados, nuestros gobiernos. Tener los ojos cerrados ante la injusticia, no hace que desaparezca. África necesita soluciones que vengan de los Estados, por eso están perdidos. Me duele no poder asumir el compromiso de facilitar el cambio, son necesarios más maestros que médicos. Maestros que los liberen de la dictadura de la ignorancia y maestros que nos enseñen como obligar a cambiar a nuestros políticos para que no mantengan la  cómoda ceguera del status quo.


Depedro - Llorona feat. Fuel Fandango

ALAS DE CRISTAL (microrelato)

viernes, 15 de marzo de 2019

   Esas alas de plástico servían para volar. Así lo creyó sin dudarlo cuando las compró en el mercado de antigüedades. La mujer que se las vendió le aseguró que podría dar rienda suelta a sus sueños y podría alcanzar las más altas cotas de felicidad. Aquellas alas lo elevarían hasta el infinito y más allá. Sólo tenían un inconveniente, cuando quisiera remontar el vuelo tenía que creer firmemente en ellas. Él lo creyó a ciegas cuando ascendió a la torre, lo siguió creyendo cuando descendía como un peso muerto, su último pensamiento fue la imagen del viento batiendo su rostro.


HISTORIA DE NADIE

jueves, 21 de febrero de 2019

   Nadia era una mujer vulgar, una mujer cualquiera, un alma perdida mirando tras los visillos de su ventana ver pasar la vida de otros. Cualquier paseante le servía para hacer volar su imaginación y recrear una historia. Una ficción que inventaba para sí misma y en la que siempre encarnaba un personaje secundario. No deseaba ser protagonista, sólo deseaba existir, vivir en la vida de los demás. Hacía años que no tenía a nadie. Había pasado a ser un ente que podía volatilizarse, alguien que en realidad no existía, que no importaba, prescindible e innecesario.

   Nació como muchos en una familia llena de buenos propósitos. La felicidad parecía estar al alcance de la mano, con sólo extenderla podías tocarla. Se percibía en el aíre la dulzona sensación de que la vida es bella. Sus padres eran jóvenes, estudiantes que habían interrumpido momentáneamente sus estudios por la paternidad, pero llenos de ilusiones, esperanzados en el futuro. A Nadia no le faltó nada. Creció sin estrecheces. No se veía diferente a otros niños en el colegio. Pensaba que eran sin duda más infelices que ella. Nunca podía imaginar que aquellos que la rechazaban en los juegos podían ser la mitad de felices que ella. La adolescencia fue el comienzo de un futuro injusto. No encajaba en el ambiente. No tenía grandes amigos, si acaso algún compañero que ocasionalmente se aproximaba a ella, más por pena que por deseo de conocerla. Algún ser extraño que veía su espejo en Nadia. Esas piezas sueltas le permitieron pensar que era normal, que pertenecía al mundo como los demás, pero en lo más profundo conocía la triste verdad, sólo eran sombras.

   Cuando las chicas se reunían en corrillos para contarse sus amoríos, unas sus fugaces encuentros carnales, que no consistían más que en tormentosos intercambios de un sexo inane; los revolcones sin más propósito que poder ser contados. Manos por debajo de la ropa que excitaban pero no movían el amor. Otras en cambio contaban con pudor de enamorada sus romances rosa, su amor líquido, su pasión y entrega por el que parecía el príncipe azul. Todos los relatos cabían, pero ella no podía aportar su amor, que consistía en un sueño venidero, en una ficción improbable. Si no hubiese sido por su amigo Guy, nadie hubiera tocado sus pechos, ni metido la mano bajo su falda. Pero eso no podía ser contado, era un favor que Guy le había pedido, además todos sabían que Guy era gay.

   El destino le había gastado una mala pasada con el nombre, igual que a Nadia. A Guy sus padres le pusieron ese nombre por Guy de Maupassant. Unos padres “modelo” que sólo podían esperar que la vida les sonriera. El padre psiquiatra conductista y la madre profesora de Filosofía en la Universidad. Altas cumbres escaladas del saber y sin embargo no veían a ras de suelo a su hijo Guy intentando salir del armario. Mentes brillantes incapaces de ver lo evidente. De manera que Guy decidió que iba a cambiar, que su homosexualidad quizás sólo era una cuestión de modificación de conducta (como había oído decir a su padre). Finalmente le propuso a Nadia tener un encuentro sexual, nada podían perder. Él aprendería las maneras de un hetero y ella si todo resultaba bien podía conseguir salir de su menosprecio a sí misma, obtendría la autoconfianza que tanto necesitaba.

   La noche que quedaron estaba todo preparado, habían ido a cenar a un chino. Tomaron vino para facilitar los trámites del intercambio, a la salida y no sin un poco de reparo se besaron en la boca. Como en el cine, sin lengua. Pero era un comienzo esperanzador. Iban a casa de Guy, sus padres estaban en un Congreso. Se sirvieron una copa, como preámbulo o como maniobra dilatoria de un acto que ninguno de los dos sabía cómo empezar. Fue ella la que en el sofá lo besó esta vez con una pasión más propia de unos adolescentes. Comenzó entonces un desnudarse que más parecía un desanudarse por lo complejo de retirar las prendas que los cubrían. Hubo un momento de vacilación en el punto de quitarse la ropa interior, pero Nadia le ayudó tras quitarse el sujetador. Allí estaba, inerte, sin aspiraciones, sin objetivos. Pese a que con cierto reparo lo tomó entre sus dedos, la flacidez hacía improbable que existiera un futuro esperanzador. Guy lo intentó, le bajó las bragas y trató de besarla en los pechos. Nadia empezaba a sentirse claramente excitada, aumentó el empeño por sacar del sueño aquel ariete sin brío, se restregaba sobre él y lo acercó a su sexo para fortalecer el vínculo. Las bocas se buscaban, pero sus mentes ya habían comprendido que aquel intento iba a quedar sólo en un fallido test de cambio de conducta. Finalmente se sentaron y se vistieron en silencio. Guy le dio las gracias, ella le devolvió un de nada, que fue lo más real de toda la velada. Se despidieron y no lo volvieron a intentar.

   Así llego Nadia como las vestales, a su juventud. En la Universidad le fue más llevadero el contacto con sus compañeros, todo era más profesional. Hablaban de trabajo, de contenidos y como además era necesario trabajar en grupos, por un momento se sintió alguien. Tuvo su lugar. En ese periodo fue cuando sus padres decidieron separar sus vidas. Su padre se marchó a Japón, quería aprender cocina japonesa. Parece que lo hizo sólo, aunque su madre siempre sospechó que tenía una amante. Es posible que ambas cosas fueran ciertas y que huyó a Japón como podía haber huido a Australia. Ella se quedó con su madre que cada día estaba más temerosa de perderlo todo, de caer en el pozo de oscuridad de la depresión. Cuando alguien alberga ese miedo, a veces ya está metido en la negrura de la autocompasión y el sombrío desengaño. La depresión es la combinación química de los jugos biliosos que recorren el cerebro y se aderezan con esos sentimientos.

   Fue durante el segundo año que había empezado a trabajar en el colegio como profesora de Francés. Su madre ya estaba mal, la depresión la había llevado a la bebida o al revés, pero ahora estaba ya en un estado de ruina personal que sólo era comparable a la de un demente abandonado en un sanatorio psiquiátrico. Ella no se sostenía en pie, era incapaz de aguantar su cuerpo ni soportar su alma. Todo acabó un modo fatídico. No se supo muy bien si por su propia voluntad o por la inconsciencia que le provocó la borrachera. No debe ser tan fácil confundir la botella de ginebra con el aguarrás. Demasiado doloroso para recordarlo.

   Así fue como comenzó su camino hacia la soledad absoluta, no la de estar sólo, si no la de no esperar a nadie. Su padre sólo había mandado una postal desde Tokio en los primeros meses de su huida, no supo nada más de él.

   Mientras trabajó en el colegio la vida transcurrió como una línea continua. Los fines de semana eran los momentos más aburridos. Nadie esperaba el lunes con mayor ansiedad que Nadia. Pasaba en casa la mayor parte del domingo. Al principio tras la muerte de su madre intentó acudir a misa de domingo con tal de salir y pensando que quizá encontraría allí el sosiego espiritual necesario para mantenerse a flote el resto de la semana. No funcionó, no estaba hecha para la liturgia. Veía en cada parte de la ceremonia una teatralización de su propia soledad. Todas aquellas almas cristianas que compartían Eucaristía se sentían seguramente tan solas como ella, pero su unión a Dios las hacía inaccesibles. Eran espíritus entregados a esa falsa vida espiritual que no le ofreció consuelo. El cura trató de interesarse por ella, de integrarla en algún grupo de catequesis, pero allí sólo encontró iguales. Ella necesitaba quien la salvase de sí misma y en aquellos grupos de oración sólo buscaban la Salvación de sus almas. Nadia sabía que no tenía alma, por tanto nada que salvar salvo su propio cuerpo, del que nadie se hacía allí consciente de su existencia.

   Ahora el domingo era un día de sufrimiento, únicamente bajaba por el periódico y el resto de tiempo lo llenaba con una programación de televisión que cada vez le resultaba más insoportable. Desayunaba en la cocina, con su mantelito de colores, con acuarelas de Paris. Leía entonces el periódico que siempre empezaba por el final, se detenía en la programación de televisión, como si pudiera importarle. Cuando sobrepasaba la cuatro o cinco últimas hojas ya sólo leía los titulares. Conocía todas las noticias, había visto los noticieros de todas las cadenas el día anterior, las tertulias. Caía con frecuencia en los programas rosa, podía estar frente a ellos sin prestarles atención y le permitían pasar el tiempo como si hubiera estado fumando marihuana, embobada en sus griteríos, en los estúpidos comentarios, en las discusiones patéticas que mantenían los contertulios.

   Los lunes en cambio tenía un motivo para salir, era capaz de sentirse en algún momento útil. Preparaba clases y corregía trabajos durante horas, les dedicaba más tiempo del necesario porque era lo único que le sobraba, tiempo.

   Tras los años de trabajo llego su jubilación. Le hicieron incluso una pequeña fiesta a la que acudieron la mayoría de sus compañeros, sin ganas. Fue una fiesta sobria y aburrida, un trámite para despedirla sin deshonor.

    Ahora abría los visillos y empleaba su tiempo en la contemplación ausente del mundo. Metiéndose a veces en la vida de los otros, a escondidas. No cayó en la bebida porque no deseaba acabar como su madre. Cayó en la Soledad y en la Tristeza, que son igualmente dañinas.

   El día que notó como el corazón se le paraba, quiso despedirse del mundo, tomó un papel y sólo acertó a escribir: “Soy Nadie”.

   Cuando la encontraron quince días después, alarmados por el olor del que se habían quejado los vecinos, quienes leyeron la nota pensaron que en su agonía había querido escribir su nombre para que pudieran identificarla.

   ¡Pobres ignorantes!


Buika. No habrá nadie en el mundo


BOCACHANCLAS

jueves, 31 de enero de 2019

   Nos vamos acostumbrando a escuchar en los medios, en los tuits, tonterías, sandeces, toda clase de comentarios maleducados y fuera de tono. Los políticos de turno suelen ser los protagonistas, aunque hay de todo. En la política se instaló desde hace tiempo el “todo vale”. La estrategia de partido, los eslóganes y las banderas ideológicas son más importantes que las ideas. El debate se centra en el "tú más" y en esparcir suciedad, la verdad ha sido relegada al plano metafísico. Personas que pasan por ser líderes, o lo han sido, individuos a los que se les considera inteligentes dejan escapar palabras como eructos, sin sonrojo escupen frases que los descalifican y los envían al corral con los cerdos. Un poco de contención nos haría mucho bien en la política.

   Ejemplos en estos días los hay en todo el espectro político.

   Pablo Echenique, sobre Íñigo Errejón: "Yo si hubiera decidido presentarme por otro partido dimitiría, pero de algo tiene que vivir hasta mayo". Despreciable de un compañero y más viniendo de quienes presumen de haber venido a cambiar la forma de hacer política.

   Pablo Casado "Es lamentable que tengamos un presidente del Gobierno cobarde que no apoya la libertad en Venezuela. España debería liderar la acción de Europa frente a Maduro. Pero sus jefes de Podemos no le dejan. Sólo arremete contra dictadores muertos, pero no hace nada contra tiranos vivos" Después de haberle llamado golpista al Presidente de Gobierno, cobarde hasta parece un alago. El PP ya nos ha acostumbrado al barro.

   Los de ahora y los que parecen cadáveres renacidos como José María Aznar o Felipe González, que ya no se cortan en nada. Vuelven a creer que su voz es el propio Credo. Y eso pese a conocer su viaje del sillón presidencial a los consejos de administración. Aunque otros han hecho viajes espaciales mucho más increíbles, bajo los efectos de sustancias piscotrópicas o que la edad no perdona.

   Alfonso Guerra: "Venezuela está sufriendo una dictadura, además incompetente, porque a veces las dictaduras liquidan la libertad de los pueblos pero al menos tienen eficacia en el terreno económico" y esa saludable dictadura era ni más ni menos que la dictadura de Pinochet.

   Me dejan sin habla los bocachanclas. No sabía que había tantos tontos, pero gracias a Fernando Savater abrí los ojos: "No creía que hubiera tantos tontos en España", "Esos cinco millones de tontos se han ido curando. Hoy desde luego, ya no hay cinco millones de tontos que voten a Podemos”. Es filósofo y pensador. ¡Madre mía!

   Pero si quieres caldo, dos tazas. Ahora llega la estrella.

   EEUU se congela y como iba a defraudar el tuit de su presidente. Donald Trump: "¿Dónde está el calentamiento global? Vuelve por favor, te necesitamos”

   Yo si necesito un descanso de tanta barbaridad.