Si ahora no tienes tiempo, déjalo para otro rato. Esto es sólo para los momentos de entrevida.
LO QUE SE DE LA VIDA
lunes, 29 de abril de 2013
Alguno diréis que ya no
escribo. ¿No tengo nada que contar?¿Se agotó la inspiración? Lo que ocurre que es difícil
traducir la vida a palabras. Aquí se puede aprender a vivir, no en
mayúsculas, si no en letra arial tipo 6 (la más pequeña), no quiero dar lecciones de la vida.
Como no se como empezar primero os cuento lo que hago.
Como no se como empezar primero os cuento lo que hago.
Os adelanto que estamos de
lujo, nos cuidan como a marahas y no es broma. Nos trajeron a
Anantapur (la sede de RDT-Fundación Vicente Ferrer) y fuimos a
visitar la tumba de Vicente. Aquí le llaman pather Vicente o pather
gaalu que en Telugu que es la lengua autóctona de Andhra Pradesh, el
estado donde está Anantapur es un término de gran respeto. Ser de
la RDT te abre corazones, si eres doctor (en inglés) ya es la pera,
la gente te saluda con la manos juntas, como cuando de pequeños
hacíamos como que rezábamos y dicen Namasté. Es decir aquí si
tienes un ego alto, en India puede llegar a superlativo. Desde RDT el
lunes nos llevaron a Kalyandurg que está a unos 60 km, una hora y
cuarto de espectáculo en la carretera. Vivimos en unos chaletitos
individuales con aire acondicionado y ventilador, que anejo tiene la
spanish kitchen con nevera (llena de cervecitas, mangos,
plátanos,...) en el pack viene Narcimulu, un hindú que habla inglés
mejor que yo (of course) aunque con el acento de aquí que ya no sé
que diría que es peor, y que nos atiende en todas nuestras
necesidades (las mundanas se entiende). Sabe hasta hacer tortilla de
patatas con aceite de oliva y sólo a veces le pone zanahoria. Nos
prepara el desayuno y la cena, la comida la hacemos en la Canteen.
Cada mañana tras el desayuno vamos a trabajar, Bea todos los días
en eco y yo los lunes y martes en eco y el resto en quirófano. Las
tardes también se trabaja hasta las cinco, los dos en la eco. ¿Es
cansado? Si, el lunes pasado vimos 95 ecografías. Y en el quirófano
opero con un residente y una enfermera, no voy a negar que da un poco
de mal rollo porque la cirugía no es fácil y piensas en que si
tienes un problema se queda aquí (venimos para quitar no para dar
problemas, que tienen muchos). Hemos hecho alguna cirugía de
urgencia, de momento todo bien. Las tardes después del trabajo
cogemos un rikshaw (las motos amarillas) y nos bajamos a la “ciudad”.
Kalyandurg es una city, pero sobre todo es un teatro. Un escenario
completo, lleno de actores, figurantes, atrezzo, vacas, perros, donde
a cada sitio que mires interpretan un acto distinto y a cual más
peculiar. Ya sabéis como son los personajes de este país,
llamativos en los colores, las caras, sus maneras. Todo lo envuelve,
porque no decirlo un halo de suciedad (iba a escribir mierda pero no
queda bien). El olor acompaña a la imagen no sólo por la suciedad,
las especias y las cebollas en los mercados, la contaminación, todo
encaja. Un calor pegajoso y sofocante pone la puntilla. Pero si hay un sentido que
queda anulado es el oído. Cláxones, motos, coches, gritos en un sin
fin de tonos y disarmónicas sinfonías. Os ha pasado que después de
algo muy ruidoso el silencio da paz. Pues al volver a la habitación
dentro del complejo hospitalario la sentimos. Y que sería de la paz
sin una cerveza fresquita, allí en la terraza, ¡Cheers! Alguien ha
dicho lástima, que valientes por ir a esos sitios.... Valientes son
los hippies que vienen por aquí como cooperantes y se quedan 6
meses, dos años (en los últimos hippies del siglo XXI ya os lo
conté, pues me reitero) cada año que salgo de cooperante vuelvo
empequeñecido por estos gigantes. Hombres y mujeres grandes en
cuerpos de chicos y chicas geniales.
Y después de la semana, viene
un coche a recogernos para llevarnos de nuevo a la RDT a pasar el
finde. Ayer visitamos Bucaraya y Kuderu, son proyectos de la
Fundación. La primera es un taller de estampación para mujeres
discapacitadas. Las mujeres son en este país elementos sociales de
segundo orden, la familia prefiere hijos porque no tiene que estar
acumulando dote para casarlos. Pero si además naces con una
minusvalía (sordera, cojera, déficit intelectual..) entonces te
conviertes en una carga. No las alimentan bien, no les dan educación
y acaban malcasándolas o peor. En Bucaraya la mujeres de las aldeas
cercanas hacen una especie de internado y aprenden a realizar tareas
de estampación de telas o trabajos con papel reciclado, cestas...
cuando han aprendido llevan a casa el trabajo y la Fundación lo
vende en las tiendas que tiene en España. Les pagan un sueldo
pequeño y entonces se convierten en individuos que aportan al núcleo
familiar ingresos, por tanto aumenta su valor. La FVF ha intervenido
en infinidad de proyectos, sobre todo en procurar una mayor
integración de la mujer y en proteger a los más desfavorecidos.
Cuando volvimos estuvimos en el
centro de apadrinamiento y corregimos traducciones al español de las
cartas de los niños apadrinados que traductores hindúes traducen
para enviar. No se lo recomiendo a nadie, el trabajo más pesado de
los últimos años. Es gracioso como los traductores utilizan giros
españoles con la estructura del lenguaje del hindi o del Telugu.
Allí dentro todos nos hablaban en español y cuando supieron que
veníamos de Valencia algunos en catalán, si habéis oído bien. Con
saris y en catalán.
He comprado el libro de Ana Ferrer “un pacto de amor” en que cuenta la vida con Vicente, si alguno quiere leerlo me lo pedís.
He comprado el libro de Ana Ferrer “un pacto de amor” en que cuenta la vida con Vicente, si alguno quiere leerlo me lo pedís.
Lo de Kuderu es más heavy. Es
el centro de parálisis cerebral de la FVF. No os lo pienso describir
pero estuve todo el tiempo con el estómago en un puño, de buena
gana hubiera llorado para desahogarme. Bea lo mismo. Si a las mujeres
discapacitadas las rechazan imaginaros como acabarían estos niños
si no lo cuidaran aquí. La chica que nos acompañó Rada que habla
español y catalán y que estuvo el año pasado en España y vuelve
este haciendo campaña de apadrinamiento para FVF, no explicaba el
funcionamiento y nos contó que tiene un hijo con hidrocefalia, que
no habla, no camina (tiene 12 años) por un eclampsia que hicieron
parir.
Menos mal que el domingo nos ha
compensado, hemos bajado pronto a old town y al mercado. Un festival
de color, una locura colectiva, un vendaval de sensaciones y luego en
un ritchaw al cine porque el calor era sofocante para caminar. En el
cine hemos estado en balcony (preferente) como los guiris. La sesión
a las 11 de la mañana, el cine a rebosar, gritan, silban cuando
salen los protas. Las chicas espectaculares, las coreografías a mi
me erizan el vello de la emoción, Bea se descojona. Pero el ambiente
era para saborearlo. Hay un descanso a mitad porque la película (en
Telugu, pero con una historia que se entiende por que es más simple
que una patata) dura 3 horas, nos hemos salido un poco antes y de
vuelta al hospital. Mañana arranca la segunda semana. Ya veis que no
me aburro y además nunca he wasapeado tanto. ¿Quien dijo que
aquello del whatsapp estaba mal? La verdad que echo de menos a todos
y sobre todo a mi familia y el teléfono es como mi conexión con
todos. Bienvenida la ciencia si se utiliza para lo que vale.
Así que lo que sé de la vida
es:
Que no a todos reparte cartas con la misma suerte, pero eres responsable de como jugarlas.
No es fácil porque las reglas del juego son complicadas, no siempre vas de mano y ya se sabe que la banca siempre gana.
Pero que si con una buena mano no te diviertes es que aún no has aprendido nada.
Tampoco necesitas desplumar a los demás jugadores. Si eres tan bueno que siempre ganas, nadie querrá jugar contigo.
Perder a propósito sólo está permitido si existe una buena razón, como dejar ganar al perdedor empedernido.
Divierte, gana lo suficiente y que los de la mesa sigan siendo tus amigos al levantarte.
Que no a todos reparte cartas con la misma suerte, pero eres responsable de como jugarlas.
No es fácil porque las reglas del juego son complicadas, no siempre vas de mano y ya se sabe que la banca siempre gana.
Pero que si con una buena mano no te diviertes es que aún no has aprendido nada.
Tampoco necesitas desplumar a los demás jugadores. Si eres tan bueno que siempre ganas, nadie querrá jugar contigo.
Perder a propósito sólo está permitido si existe una buena razón, como dejar ganar al perdedor empedernido.
Divierte, gana lo suficiente y que los de la mesa sigan siendo tus amigos al levantarte.
Si tiene remedio ¿porqué te quejas?
Si no tiene remedio ¿porqué te quejas?
Proverbio Hindú .
ROSA
sábado, 30 de marzo de 2013
Emanaba
de su cuerpo un perfume suave como el de su nombre. Una sutil
fragancia apenas perceptible, como si el aroma fuera un recuerdo del
que días atrás había aplicado en su cuello y en sus muñecas. Pero
no se trataba del olor de una sofisticada mixtura de extractos
florales que venden en esas tiendas exclusivas. Era la quintaesencia
de la alquimia, el perfume perfecto que apenas si se percibe. Ese
éter purísimo inmanente a su piel y vertido al aire con el
movimiento de su anatomía que no deja lugar a la indiferencia, que
arrastra tras de sí y domina la voluntad. No era posible resistir su
presencia sin subyugar la voluntad a sus deseos. Desde su puesto de
directora jefe de una empresa de diseño y publicidad nada escapaba a
su control, ni los proyectos ni ninguno de nosotros. Desde que llegó
fue moldeándonos a su antojo, creando un mundo propicio para su
comodidad, para su disfrute.
Hablo
de su perfume pero podría hablar del vértigo que producían sus
movimientos, la elegancia de su atuendo, la perfecta combinación de
los complementos. Nada quedaba al azar.
Muchos pagaron el tributo de su afecto y muchos perdieron la razón
por su causa, al menos yo. Una verdadera femme
fatale de película.
No
había sido siempre así. Cuando apareció con su curriculum en la
oficina, nadie pensó en el abultado book
que presentaba, su falda era bastante más llamativa. Ni siquiera las
chicas dejaron de mirar las piernas y su contoneo. Entonces parecía
una buscona con clase. Quería y podía impresionar, ella lo sabía y
lo utilizaba. Hasta ahí ningún reproche se le podía hacer. Muchas
otras habían utilizado las armas de mujer en la guerra sin cuartel
del trabajo, sobre todo en nuestro trabajo que vivíamos de la
imagen.
Narciso,
nuestro jefe de marketing entonces, también lo pensó. Pero valía
la pena detenerse a paladear aquel movimiento rítmico, el ascenso y
descenso de los accidentes de su orografía que no podían ser
ignorados salvo que se tuviera la fatalidad de ser invidente. No lo
disimuló y disfrutó de la visión de una diosa que había tomado
forma humana y que hacía palidecer a Venus misma. Ella no rehuía
las miradas, disfrutaba de ser observada, devorada en cada parpadeo.
El
que hablara francés e inglés era desde luego un mérito nada
desdeñable en aquel oficio, pero el que hablara con aquel timbre
sugerente hacía pensar en horas de aprendizaje ante el espejo, o
quizá era otro don natural. Creo que supo inmediatamente que tras
aquella consabida frase de: “estudiaremos su oferta y la
llamaremos” habría una llamada con seguridad. Dos licenciaturas,
un máster, varios trabajos previos en empresas del sector y una
carta de recomendación de una empresa francesa de cosmética, junto
con fotografías de los productos en los que había trabajado eran
por sí mismos argumentos consistentes para solicitar un puesto de
trabajo en cualquier empresa. Pero tenía el presentimiento o casi
la seguridad de que en la mente de aquel narciso engreído figuraba
además de los méritos que aportaba, el deseo de disfrutar de aquel
otro curriculum intangible que era su cuerpo. Lo sabía perfectamente
por la mirada lasciva que recibía sin pudor y que devolvía con una
invitación a hacer reales esas fantasías.
Por
esa sonrisa de autosuficiencia ya merecía un castigo, por aquella
arrogancia que da el poder, merecía un destino de humillación.
Antes que ella muchas otras mujeres habían caído en las redes de
aquel galán de medio pelo cuyos méritos figuraban en la abultada
nómina y el temor a ser despedido. Antes de darse la vuelta para
mostrar el reverso de su anatomía, dejó caer uno de los párpados
en un gesto que no se sabía muy bien si era casual o premeditado. No
pasó desapercibido el gesto para Narciso, él lo tomó como una
insinuación, como un: “no sabes lo que te pierdes si no aceptas”.
Antes
de una semana Rosa se sentó en la mesa junto a la mía y
compartíamos puesto de trabajo. Su entrada esta vez fue algo más
discreta. Pantalones de ejecutivo y camisa blanca bien abotonada,
pocos complementos y un maquillaje natural que permitían exponer
sólo una parte de su potencial.
-¿Cómo
te llamas?- Me preguntó con una voz seductora, pero no fingida.
-Juan.
- acerté a contestar, sin reparar en que no dejaba de mirarla como
hechizado.
No
le debió de parecer extraordinario que quedara perturbado en este
nuestro primer contacto y tengo que decir que no fue fácil al
principio establecer una relación, digamos normalizada entre
nosotros. Pero fui tomando confianza en mi mismo y empece a
comportarme como correspondería a un compañero de trabajo. Ella
necesitaba que le explicase el funcionamiento de la empresa, el modus
operandi, los entresijos de
aquella compleja maquinaria compuesta por relaciones entre jefes y
subordinados, productos y mercados. Me presté con devoción a servir
a este ángel que había tenido a bien el permitir que la acompañase
en su transito terrenal. Me sentía orgulloso de mí mismo, ante mí
y ante los demás, al estar acompañado por aquella vestal que
acaparaba todas las miradas, toda la atención. Yo sería su maestro,
su escudero o su esclavo si ella lo quería con tal de no perder su
compañía. Fuimos alguna tarde a tomar una cerveza tras acabar de
trabajar, caminamos juntos por la ciudad y sentía como el tráfico
se detenía a su paso para admirarla, como las miradas se posaban en
mí con el interrogante en sus bocas : “¿Quien es ese pardillo,
que acompaña a aquel monumento?” .
Rosa
no era una compañera paciente, quería aprenderlo todo, devoraba la
información. Quería conocer el mercado que manejábamos, los
productos que estaban en cartera, nuestros proyectos, quién
distribuía el trabajo y quién valoraba las propuestas. Era un
torbellino, un vendaval de aire que me obligaba a moverme, a
plantearme preguntas que nunca me había hecho. Pronto comenzamos a
trabajar juntos en algunos proyectos y a presentar ideas. Alternaba
el trabajo de día en la oficina, con alguna tarde de copas con los
compañeros dónde continuaba su misión de aprenderlo todo de
nosotros. Las noches también eran de trabajo, pero de momento a
tiempo parcial. El jefe era el beneficiario de su probada dedicación
al trabajo y por las atenciones que le prestaba, se diría que no
estaba descontento con su tesón laboral. Si Narciso había sido un
tipo odiado por todos los componentes de la oficina, ahora lo era un
poco más si cabía. En lo que a mí respecta era un engendro
abominable que se aprovechaba de su posición de poder. Yo le
dedicaba a Rosa parte de mi tiempo, obtenía a cambio sólo el regalo
de su compañía y algunas confesiones sobre su relación con la
jefatura que para nada quería escuchar. En cambio él disfrutaba de
aquello que para mí estaba vedado. Rosa me contó que había
iniciado una ofensiva también en la dirección general de la empresa
y se había presentado al director general. La palabra presentación
en boca de Rosa era difícil de definir y no deseaba indagar en los
pormenores de la presentación. Esa relación de confraternidad
conmigo dónde no cabía ninguna posibilidad de otras alternativas me
sacaba de quicio. Yo no deseaba ser sólo el confidente, deseaba ser
su amante o al menos su amigo.
Estábamos
trabajando en el lanzamiento de un producto rejuvenecedor facial, en
forma de gel y ella ya me había presentado algunas ideas, varios
diseños con la palabra Magic haciendo alusión a los mágicos
resultados y Ángel por su formato como gel asociado a una imagen de
belleza inmaculada. Aunque alguna de las cuidadas presentaciones con
su Mac las había hecho en la reunión semanal donde se exponían
todos los proyectos de diseño, me confesó que el grueso de la
presentación, la definitiva la había presentado en un pase privado
a Narciso. Él no se había cansado de admirar la presentación y a
la presentadora en aquella velada.
Rosa
había organizado una presentación del gel con una puesta en escena
fantástica. Un cielo azul sobre el que nubes blancas, cirros como
plumas dejaban aparecer un rayo de luz a través del cual descendía
un regalo divino ANGEL,
el nuevo cosmético en
forma de gel que iba a revolucionar la belleza, capaz de trasmitir
vida a las pieles apagadas. Todo ello se materializaba en la
aparición de una figura imponente envuelta en velos con alas blancas
y el rostro de nuestra Rosa convertida en ángel. Una figura que no
podía sino captar la idea del espectador asociándola a el nombre
del producto. Era una idea sin fisuras. Era la estrategia de una
meiga, de una bruja que vertía en los oídos del jefe un bebedizo
con el que quedaría hechizado. No sólo vendía el producto, sino
que se vendía ella misma, pasando de diseñadora a modelo de marca.
Cuando
en la reunión siguiente presentó Narciso el proyecto como una idea
propia, había modificado la cara de Rosa por una de las modelos que
trabajaban para la agencia. Todos supimos que había robado la idea a
nuestra compañera, incluso yo me atreví a decir que el nombre se
había presentado antes por nuestra compañera. No era la primera vez
que sucedía. Nuestro jefe había compensado en numerosas ocasiones
su falta de ingenio con su facilidad por apropiarse del de los demás,
sin el más tibio sentimiento de culpa, sin sonrojo. Todos mirábamos
a Rosa, pensábamos que después de sus sacrificios acababa como
muchas bajo las ruedas del ego del jefe. Creímos que estallaría en
cólera y que denunciaría esta canalla apropiación de su idea, pero
lejos de inmutarse apoyó el proyecto como un proyecto en el que las
ideas de todos habían tomado forma. Narciso se apuntaba el tanto y
no sólo había conseguido “beneficiarse” a Rosa, sino
beneficiarse de lo más importante, de su idea que le proporcionaba
un nuevo peldaño en la escalera interminable del poder. Colocaba a
la vez a aquella mocosa en el sitio que le correspondía, bajo su
égida, debajo de él, tanto aquí como en la cama. Justificaba su
actitud como necesaria porque Rosa había pretendido siendo una
recién llegada saltar al estrellato de la fama, necesitaba imponer
su autoridad ante la osadía de aquella mujer. Estaba bien que fuera
atenta, que le tuviera contento, pero de ahí a dejarse pisar. No
había tenido más remedio que actuar y se había hecho justicia, su
justicia.
Cuando
le llamaron la semana siguiente desde la dirección general ya sabía
que le iban a felicitar, que iban a aplaudir aquel talento que le
mantenía en su trono. No entendió como al entrar se encontraba el
director general con Rosa y le recibían con una cordial sonrisa que
nada bueno hacía presagiar. ¿Qué se traería entre manos aquella
mujer? ¿No había sido suficiente el correctivo de la semana
anterior?
No consiguió entender como el director general le espetaba nada más
sentarse que iban a prescindir de sus servicios y que la empresa
pensaba demandarlo por apropiación de propiedad intelectual. Además
de informarle que ella iba a ocupar su puesto. Había demostrado su
valía y tenía dotes suficientes para el puesto. Aquello era
demasiado para la capacidad de narciso. No salía de su estupor
cuando le mostraron el blog de Rosa con fecha de quince días antes
de que él exhibiera la idea y el testimonio de varios de los
colaboradores que afirmaban que la idea de aquella promoción no era
suya. Lo sé porque entre esos testimonios figuraba el mio, que era
además un encendido alegato en contra de la práctica habitual de
Narciso hacia nuestras ideas.
Esta
vez había rebasado la delgada línea que atravesamos sin darnos
cuenta cuando convertimos lo falso en verdad para nuestro interés,
cuando perdemos las referencias de lo justo si va más allá de
nosotros mismos. Ocurre en muchos ámbitos, el corrupto inicia sus
corruptelas y les da valor de dádiva merecida, va trasgrediendo la
ley y justificando dispendios cada vez mayores hasta que llega al
escándalo. El malvado se inicia simplemente como antipático, pero
su aislamiento lo va trasformando en un individuo antisocial,
encontrando finalmente satisfacción en el dolor ajeno, hasta que
provoca una muerte y se le descubre. El mentiroso es al principio
olvidadizo, no recuerda aquellas falsedades descubiertas, pero va
adquiriendo la habilidad para crear la mentira, para urdir la trampa
de la falsedad hasta que es desenmascarado. Pero a veces existe
aquello que podemos llamar “justicia divina” o simplemente que
cada pecado lleva aparejada su penitencia. La vida nos devuelve lo
que sembramos, es paciente, no tiene un plan prefijado, pero como el
bien, la maldad no puede ser infinita. Siempre existe una horma para
cada zapato. Siempre hay alguien más listo, más malvado o más
afortunado que permite que nos pongamos en el lugar de enfrente.
Lo
difícil es ponerse frente al mundo. Lo complicado es sobreponerse a
la adversidad. Lo valiente es afrontar el “castigo” y vencerlo.
Narciso no podía hacerlo porque le cegaba tanto su propia luz que no
vio como venía de frente la arrolladora figura de Rosa. Su
arrogancia era tal que no imaginaba que nadie pudiera disputarle su
sillón. Cayó desde el precipicio, fue defenestrado sin saber
siquiera que su silla se movía. No supo nunca qué había pasado.
Nunca
averigüé si Rosa había planeado todo aquello, quizá cayó en la
trampa de pensar que su jefe la apoyaría a cambio de su irresistible
presencia y le había contado su proyecto. No dejo de pensar si es
posible que Rosa podía haber previsto que Narciso se apropiaría de
la idea y ya había movido los hilos del director general. No lo sé.
Ella era imprevisible y como después pude comprobar era capaz de
todo. El director general también lo supo antes de perder el sillón,
que había sacrificado por los favores de aquella dama perversa y a
la vez divina. Nunca supimos como llegó al puesto de director, pero
allí estaba ella repartiendo su aroma para todos nosotros.
Ahora
la veo a diario, en la oficina y en las imágenes de aquel
rejuvenecedor facial que hay repartidas por toda la ciudad. Su cara
de ángel, aquel óvalo de piel oscura , flanqueado por las almendras
de los ojos extrañamente azules, glaucos como el fondo de un
estanque en el que los hombres perdían todas las miradas. Su pelo
moreno oscuro, enmarcando el rostro presido por la boca de la que
salían susurros y cálidas palabras de amor.
Cuando
la miro tengo cada vez más la certeza de que mi destino es tomarla
con fuerza por el tallo a sabiendas de que se clavarán las espinas
en mi mano. Pero de momento me conformo con admirarla de lejos. Por
eso me llaman sólo Juan, Juan Sólo.
HOY ME HE LEVANTADO Y HE PENSADO EN EVA
sábado, 2 de febrero de 2013
EVA
Eva
no temió nunca ni a Daniel ni a nadie. Decidió morder la
manzana del árbol de la vida a pesar de que le costara la expulsión
del paraíso. Renunció a ser la primera de una estirpe que iba a
cambiar el mundo. Una nueva mujer junto a Daniel que formaría
un binomio perfecto, la única pareja que mereciese ser salvada en el
arca del diluvio. Abandonó lo que dios, su padre, le ofrecía que
era poco menos que la gloria, a cambio de ser ella. Podría haber
pedido la luna y la hubieran comprado con tal de que se adaptara al
modelo que previamente había sido diseñado para su vida. Fue capaz
de atentar contra el mandato divino de poblar la Tierra, por un
capricho, por una pulsión insana que todos se esforzaban en hacerle
ver.
Nació
en una casa de buena familia.
Bueno
nació en el hospital, rodeada de los mejores médicos de la ciudad.
Dos ginecólogos eminentes que discutieron con profundidad las
ventajas e inconvenientes de la vía del parto. Se debatió la
conveniencia de un abordaje abdominal que evitara cualquier trauma
tanto a la madre como a la criatura. Sobre todo tras la petición de
la gestante, que rogaba no pasar por aquel humillante proceso de
creación tan necesario como desagradable. Algo tan vulgar como el
parto, rodeado de los mitos de comadres y viejas brujas, envuelto en
un sórdido ambiente con olor a sangre, a sudor por el esfuerzo. Con
instrumentos ideados para la tortura, impregnados del líquido
amniótico, del pegajoso meconio. Nada de aquello le atraía y nada
de aquello iba a ser para ella. Su clase no le permitía descender al
acto más primitivo de la especie, para eso pagaba a aquellos
doctores, prohombres de un nuevo concepto de la obstetricia y del
propio acto de crear. Ambos llegaron a la conclusión de que aquella
dama preclara en conceptos obstétricos había acertado en el
diagnóstico y en la indicación para una cesárea.
Todo
sucedió en el entorno de la asepsia del quirófano, con elegantes
enfermeras y un atento anestesista seleccionado entre los más
aventajados de su especialidad que colocó un catéter epidural que
se mantendría en las primeras veinticuatro horas para evitar los
innobles dolores de aquel tránsito, a la dama. Tan pronto nació Eva
fue atendida por un pediatra , un perinatólogo de probada pericia,
que dirigía la unidad de cuidados intensivos neonatales en el más
exclusivo hospital. No se pensó en el contacto precoz, en el piel
con piel, todo aquello quedaba supeditado a que la integridad y la
seguridad de quien por entonces iba a ser la destinataria de un
imperio, no sufriera menoscabo. Su madre aturdida por el delicado
momento que había atravesado no pidió ver a su hija hasta la tarde,
cuando ya todas las visitas iban a presentar los respetos y agasajar
a la entrañable familia. Una cohorte de acaudalados varones con sus
respectivas esposas, lujosamente enjaezadas como las caballerías que
aquellos grandes hombres poseían en sus fincas, desfilaron por la
suite reservada del hospital. Algunas doncellas y hermosos querubines
acompañaban a los ilustres invitados portando regalos, presentes que
se iban depositando en los anaqueles de la habitación contigua.
Aquel ofertorio, en nada podía diferir del que siglos de pintura
habían reflejado en la Sagrada Adoración.
Estas
imágenes quedaron en la retina de la niña recién llegada,
indiferente a la adulación y a los agasajos que recibía de todos
ellos. Quizás ya entonces se iba forjando el ánimo de aquella
criatura, con aquellos ritos que no recordaba y que su tata le había
contado en las noches al cobijo de la oscuridad. No lo supo nunca.
Como tampoco pudo saber si su mimada infancia o el celo que se ponía
sobre su persona la hizo como era. Tampoco necesitaba saberlo. Nada
de aquello lo había elegido, no se sentía responsable de haber
nacido en aquel lugar, en aquel tiempo. Sólo era responsable de lo
que hiciera y esa conciencia es lo que la había decido a ser libre.
Libre para el acierto, libe para el error. Cometer errores era
humano, que los demás tomaran tus decisiones te hacía tan
responsable como si las hubieses tomado de propia mano, con el
agravante de que no eras dueño de tu propia vida. Desde que empezó
a tomar conciencia de ello no había permitido que nadie usurpara su
propia identidad. Había personas a su alrededor pagadas para obrar
en su nombre asumiendo las consecuencias de los fracasos. No iba a
permitir que otra persona se hiciera cargo de sus errores, ni dejaría
que otro le indicase el camino a seguir en aquello que era
fundamental. No renegaba de los asesores, de los maestros , de los
tutores que pudieran mostrarle como acertar en las encrucijadas de la
vida, agradecía su aportación y su esfuerzo, pero ella decidiría
que camino tomar.
Demasiado
tiempo había concedido a quienes manejaron su vida como un negocio
que debe ser rentable, como un proyecto personal de otros. Desde su
infancia había estado viviendo en un paraíso, en un vergel donde no
existía el más mínimo atisbo de peligro para ella. Su crianza a
cargo del ama de cría, con biberones para evitar que aquella mujer
tuviera otro concepto sobre la niña que el de un empleada en su
cuidado. Un pediatra se ocupaba de supervisar la alimentación, el
perfecto desarrollo de su organismo. Como el mecánico que supervisa
el perfecto funcionamiento del coche favorito del amo. No recordaba
nada del pediatra, en cambio de su tata lo recordaba todo, su olor,
su pelo cayendo sobre la cara, su sonrisa, las historias que le
contaba antes de irse a la cama. Aquella mujer fue su verdadera
madre, Gabriela era su nombre. Una mujerona de pelo oscuro y denso,
cuyo cuerpo invitaba a acurrucarse contra él. Aquellas carnes
redondas eran el refugio de tantos días de soledad en aquel paraíso
áureo, lleno de criados y vacío de amor. Sólo el calor de esos
pechos grandes que mojaba con el llanto enjugaban su pena. Cuando
estaba enferma, sentía como el dolor de su enfermedad traspasaba el
espacio e infringía daño en su aya, Gabriela sufría sus noches de
llanto llevando su desvelo con naturalidad, sin la obligación de un
asalariado. El amor se filtra por los poros de la piel y aparece en
la cara descubriéndose sin posibilidad de ser ocultado. El verdadero
amor es visible porque pone en sincronía los espíritus. Aquella
mujer la quería en lo más profundo de su ser. No necesitaba que le
pagasen para hacer aquello que llegó a ser el motor de su vida. Eva
era lo que daba sentido a su existencia y se sintió pagada por ello
con un amor correspondido.
Su
verdadera madre también la quiso, pero su amor tenía algo de labor
obligada, de cuidado de la propiedad. Era una mujer muy ocupada en
atender su complicada vida social. Los deberes del hogar, la
supervisión de las tareas de los criados, los cócteles, las
fiestas, las noches de teatro. Todo aquel sin fin de obligaciones
llenaba su calendario. Ocupada también en esconder las huellas que
el tiempo iba dejando en su cuerpo, aquellas señales inequívocas de
la edad que para ella eran una tortura. Vigilaba su progresión con
obsesivo celo, no podía dejar de verse como una estatua de mármol
cuya belleza debía crecer con el tiempo. Se recordaba a sí misma en
su juventud tan deslumbrante como una diosa y había retenido aquella
imagen en su memoria sirviéndole como molde para imitar tras el paso
de los años. Veía como la juventud de su hija la iba delatando ante
los demás, sentía como las formas cada vez más hermosas de Eva no
eran si no la prueba de su declive, era como si la belleza que su
hija iba mostrando hubiera sido robada y sin apenas pretenderlo
sentía que el filo de la envidia le acariciaba la piel. Una piel
blanca esmeradamente cuidada por los cosméticos, por los masajes,
pero que había perdido el brillo y la tersura de antaño. Ya no
conseguía atraer las miradas de los hombres, acaparar toda la
atención como antes, cuando el mundo parecía que dejaba de respirar
a su paso. Entonces si no hubiese sido por sus fuertes convicciones
religiosas, sus escrúpulos morales y la adoración por su marido que
le habían hecho renunciar a los hombres se hubiera perdido, ahora
quizás necesitaría recurrir a gigolos para sentirse amada y
deseada.
Era
una mujer esbelta, de apretadas facciones, con una nariz fina, recta,
pequeña. La prueba de identidad de un noble linaje de tierras
lejanas, hombres y mujeres del norte que le habían dejado también
en herencia sus ojos profundamente azules y un cabello otrora rojizo
y que ahora parecía de un castaño claro. Su mirada tenía la
severidad de una diva, la dulzura de una princesa o la perversa
frivolidad de un felino. Era capaz de hablar con los ojos, expresar
su deseos con la misma claridad que con su voz. Manejaba con mano de
hierro los asuntos de la casa, pero siempre bajo el mandato de su
marido, bajo su égida, actuando como un fiel factótum de aquel que
era el auténtico patrón del barco. Aunque su concepto de sí misma
era tan elevado que cualquiera que alcanzase a su vista estaba por
debajo, sentía el peso de su condición de mujer, de ser imperfecto
realizado de una parte innoble de los hombres. De una costilla no
podía surgir un ser que igualara en inteligencia, en espíritu, en
valor al hombre. Esa sumisión implícita en su conciencia la hacía
absolutamente dependiente de la ley marcada por él. Los mandamientos
impresos por el fuego sagrado, inspirados por el mismo Creador,
salían de la boca de su marido y se grababan en su fuero más
interno formando parte de su propio deseo, de su propio mandato.
Asumía con absoluta normalidad aquel lugar que la Naturaleza le
había cedido, sabiendo eso sí, que entre las mujeres no había una
de mayor rango que ella misma, que se elevaba por encima de criados y
asalariados que parecían pertenecer a una especie distinta no
clasificable por los mismos criterios.
La
hija era parte de su trabajo, de su propósito en la vida, el de
perpetuar aquella posición que ostentaba y si acaso agrandarla. Ser
merecedora en su vejez, que la atormentaba, del reconocimiento
postrero de haber sido un elemento indispensable en la prosapia
familiar de su futuros descendientes. No le cabía ninguna duda que a
partir de ella misma se iniciaba una saga de ilustres damas e
insignes caballeros que deslumbrarían al mundo. No había otra
posibilidad, era el curso natural del mundo que reconocía a los
grandes en su grandeza.
Todo
ello requería de un arduo trabajo y de una firme dirección. Era su
deber, su leitmotiv, su objetivo, su única razón, el dictado
que le había sido encargado.
Desde
temprana edad Eva tuvo los tutores y profesores necesarios para sacar
de ella el máximo partido a sus capacidades. Su madre velaba que
aquellos sapientísimos dejaran en su hija el poso necesario para la
posteridad. De la misma forma que se ocupaba de la supervisión de la
casa, del servicio, del jardín, se ocupaba de su hija. La quería,
pero no estaba permitido para una dama mostrar sentimientos de
dulzura, de ternura, que pudiesen dejar al descubierto sus
debilidades. Eva lo entendía, su cobijo emocional era Gabriela,
aunque la madre tuviese prohibido a la criada el tomarse licencias
con la señorita.
En
cuanto a su padre, puede decirse que no lo conoció. Como Dios en las
alturas, habitaba el Olimpo reservado a los elegidos. Sabía de él
por los noticiarios y las revistas, más que por su propia compañía.
Estaba ausente de todos sus momentos vitales. En cada cumpleaños, en
cada celebración, en cada disgusto, su padre debía asistir a
importantes reuniones, que en boca de su madre cambiarían el curso
de la historia, y que le impedían estar allí. En compensación,
nunca faltaban los regalos, tantos regalos que era imposible que no
repitiese ninguno. Es posible que su asistente llevase una ordenada
cuenta de los detalles regalados a su hija, y es también posible que
fuera él mismo quien los eligiese a instancias del padre. Cuando
volvía eso sí siempre le daba un beso en la frente, como
reconociéndola, dándole rango de vástago, de heredero legítimo.
Las reuniones familiares como las Navidades o cuando existían
acontecimientos extraordinarios, se convertían en concurridos
banquetes, en multitudinarias celebraciones donde sus padres debían
ejercer de atentos anfitriones. Eva quedaba al cargo de Gabriela, era
presentada a todos los ilustres invitados de la mano de la criada,
que lucía a la niña como si fuera suya propia. Tras las
presentaciones quedaba con su aya y los demás niños en la
habitación de juegos, para que con su algarabía no molestasen a los
mayores. Era un momento dichoso para ella, porque podía relacionarse
con otros niños, jugar, ser lo que le correspondía por edad. Aunque
muchos de aquellos individuos prepúberes habían perdido su
condición de niños tras los almidones de sus ropas y de sus almas,
impuestos por su exclusiva educación y por los remilgados tics de
aristócratas en miniatura.
A
Daniel era al único que consideraba compañero de juegos, amigo,
aliado, hermano. Era el hijo del socio de su padre y ambas familias
habían decidido compartir la educación de aquellos dos vástagos
que estaban destinados a heredar el imperio. Y quien sabe si por su
proximidad acababan uniendo sus vidas y con ello engrandeciendo más
si cabe su obra. Las dos familias veían a Daniel y Eva como el
principio de un nuevo tiempo imaginario. En aquel edén de
tranquilidad, de suficiencia, rodeados de una exquisita pléyade de
maestros se forjarían los destinos del nuevo mundo. No necesitaban
nada que no tuvieran, todo estaba ya dispuesto, todo a su
disposición. Su educación era perfecta, al modo de la Academia
platónica cada tutor impartía su materia. La oratoria, la
dialéctica, las lenguas clásicas fueron incluidas de la misma
manera que sus profesores de inglés, alemán y francés les
introducían en las herramientas necesarias para este mundo global.
Tenían tiempo de esparcimiento y juegos que aprendieron a hacer
siempre juntos. Eran juegos para dos, como si ellos se bastaran para
el mundo.
Daniel
un muchacho algo enclenque para su edad, de pómulos marcados,
mejillas sonrosadas y una nariz que presidía la cara sin quitar
protagonismo a su boca carnosa. Aquella boca que al abrirse mostraba
los dientes perfectamente blancos y alineados, pero sobre todo que al
abrirse dejaba oír una voz poderosa. La voz de un general, de un
carismático líder, con tonos cálidos y profundos, sin
estridencias, que no encajaban bien con aquel cuerpo. Era un chico
agradable, que no habían conseguido meter en el corsé de las
maneras refinadas y los gestos políticamente correctos. Sin embargo
se notaba en el la selecta educación recibida. Nunca incumplía los
horarios fijados, ni cometía las tropelías que pueden esperarse de
un chico de su edad. La relación con Eva era casi fraternal, ambos
se sentían profundamente unidos, con la familiaridad que otorga el
mucho tiempo compartido, con la confianza de dos amigos que se tienen
casi como único compañero. Se podía decir que se amaban, como
hermanos. Las dos familias veían en aquella relación un futuro
prometedor.
Afianzados
estos fuertes vínculos, a los dieciséis años los padres decidieron
que era el momento de separarlos para que pudieran completar la
formación en prestigiosas universidades. Daniel debía estudiar
dirección de empresas, Eva relaciones internacionales. El plan
divino, el diseño del futuro de aquellos seres se seguía
escrupulosamente hasta en el más mínimo detalle, todo evolucionaba
según lo previsto. Aunque iban a estar separados seguirían
compartiendo los veranos y los periodos vacacionales, con lo que la
relación posiblemente se consolidaría más tras la separación.
En
aquel tiempo a Daniel todavía no se le notaban los signos de su
evolución hacia la madurez, salvo en su carácter en donde esa
transición se había producido con mucha antelación. Ni siquiera el
vello de su bigote era visible. Algunas erecciones le habían
sorprendido al despertar, incluso algún sueño que no acababa de
recordar le provocaba una desazón que le roía durante unas horas,
hasta que conseguía olvidarlo.
Eva
en cambio ya había empezado a notar el cambio de su cuerpo, con las
protuberancias que se habían ido redondeado en su pecho y que ya
eran manifiestamente aparentes. Sus caderas y sus piernas tenían ya
las proporciones de una joven que prometía alcanzar la belleza de su
madre. Tenía además una altura que superaba a Daniel y la hacía
tener cierta ascendencia sobre él. La menstruación apareció hacía
algún tiempo y había despertado en ella algunas alarmas que no
sospechaba que existieran. La regla es para algunas chicas como un
punto de no retorno, un amanecer a un tiempo nuevo que va relegando
poco a poco los sueños de la infancia y los va cambiando por
realidades cada vez más desconcertantes. Tras el impacto inicial
llega el temor a un oscuro futuro, preñado de misterios, de
anunciados placeres y terribles peligros. Miedo a no controlar esta
cadena de acontecimientos que llega a su pesar. Poco a poco van
tomando conciencia de un estado de gracia lleno de incógnitas, de
dudas pero también de esperanzas, deseos y sentimientos que aparecen
como por arte de magia, sin invocarlos, sin solicitar su presencia.
El cambio no se limita a asumir una profunda revisión del propio
esquema corporal, la mente sufre también un trasformación en sus
percepciones que ya no tienen su centro en la cabeza sino que surgen
al parecer del abdomen. Quizá como resultado del crecimiento de
aquel vello púbico que va creando estímulos ascendentes por el
roce, por la suavidad de su contacto. Nuevos impulsos que surgen de
una naturaleza que no nos pide permiso para entrar en nuestra vida.
Desde
hacía algún tiempo y sin causa aparente en sus juegos ya no
entraban aquellos que requerían un contacto, no se peleaban como
antes, se abrazaban menos. A veces cuando inadvertidamente rozaba
Daniel con su mano los pechos de ella, había como un silencio
gestual, un momento de ofuscación aparente, como cuando en el cine
la escena se detiene medio segundo y sigue con aparente normalidad.
Existía una especie de cortocircuito en el que la chispa eléctrica
provocaba un error en el espacio-tiempo, una salto a otra dimensión
que no entendían muy bien. Estaban a gusto con su proximidad, se
sentían seguros uno con el otro. Necesitaban esa confluencia
espacial pero poco a poco fueron evitando el contacto de la piel. El
olor, la mirada, el sonido de sus voces seguía uniéndolos pero sin
darse cuenta ya no se tocaban.
En la
despedida, se abrazaron, se besaron, se prometieron mantener esa
unión necesaria para los dos, los dos se sentían ahora abandonados,
perdidos uno sin el otro. Internet nos mantendrá juntos, “te
escribiré todos los días, chatearemos cada día, te lo prometo” –
le dijo Eva – insuficiente consuelo para ambos.
Tras
las primeras vacaciones de verano en que volvieron a encontrarse, de
nuevo volvieron a sentirse como dos mitades que se habían separado
durante un tiempo y que volvían a su posición original. El amor que
entre los dos existía era casi indestructible. Se habían escrito
casi a diario, se veían en el skipe y el retorno a casa era para los
dos una necesidad, mas que para ver a sus respectivos padres, para
estar de nuevo juntos. Daniel no se separaba de ella, como si tuviera
miedo de que el tiempo pasara más rápido y se la arrebatase. A su
lado se sentía seguro, a pesar de ser un chico independiente, capaz
de vivir en el entorno del colegio universitario sin problemas,
necesitaba de su mitad, de su complemento. La cogía de la mano para
llevarla consigo a todas partes. Aquellas fueron las mejores
vacaciones de las dos familias que veían como se afianzaba la
relación de sus hijos. A Daniel nunca se le escapó un gesto, una
palabra que pudiera parecer una insinuación inconveniente. Pese a su
complicidad, pese a sentirse tan próximos y tan necesarios uno para
el otro, parecía existir una delgada membrana que separaba los dos
cuerpos manteniendo unidas sus mentes. Pero no existía la misma
naturalidad en los dos para mantener aquel estatus, ese estado de
siameses virtuales era una ficción, una ilusión que iba disipándose
cada segundo. Eva se sentía cómoda, amaba a Daniel profundamente,
pero no sentía el pálpito que el deseo provoca. Su contacto no
electrizaba su piel, ni aceleraba su corazón. No sentía su sexo
húmedo cuando se abrazaban, ni cuando compartían en la intimidad
confidencias de sus vidas ahora separadas. Los sueños que la
desvelaban, que la despertaban sudada y excitada, con un deseo de
ocupar el espacio que se abría en su virginidad, no eran
protagonizados por Daniel. Alguna vez pasó por su mente poder
experimentar las sensaciones del contacto de sus bocas, pero no
pasaba de imaginarlas juntas, como el beso desapasionado de dos
cansados amantes. No podía imaginarse desnuda entre sus brazos,
siendo acariciada, sintiéndose vulnerable y a la vez elevada al
verdadero paraíso, al estado de perfección que otorga el placer. No
podía evitar que aquellas sensaciones fueran sólo posibles en otros
brazos, en otras manos que infringían todas las reglas y dibujaban
en su piel historias de pasión, de arrebato. Había sido así sin
pretenderlo, sin buscarlo, parecía que la Naturaleza le tenía
reservada aquellos paisajes y de alguna manera lamentaba no poder
incluir a Daniel en ellos.
En
cambio a Daniel, sus paseos cogidos de la mano, sus charlas íntimas,
sus sonrisas, el aroma de su piel, su proximidad, eran un anticipo de
la gloria. Bebía de aquellos arroyos como un animal sediento, sin
desperdiciar ninguna gota del agua que su amada le concedía. En su
fuero interno pensaba que las emociones eran compartidas, que aquel
estado de ingravidez en que el se encontraba era la puerta del
paraíso que estaban destinados a compartir y que pronto la
atravesarían abrazados, desnudos, sintiéndose los dos únicos seres
sobre el planeta.
En
sus sueños sentía como se realizaban aquellos presentimientos. Eva
desnuda le mostraba todo aquello que sería suficiente para colmar su
sed. En aquellos espacios comunes compartidos trascurrían escenas de
un amor intenso, desbocado, carnal, primitivo, donde ambos se
entremezclaban hasta diluirse, perdían la corporeidad para ser
esencia. Sus cuerpos que luchaban entrelazados, se fundían, entraba
en ella y se perdía en sus confines, moría y renacía, lloraba de
placer al descender a sus llanuras y escalar sus cumbres. Despertaba
conmocionado, mojado y con sed. Como si la sequedad de su boca fuera
producto de no haber bebido bastante de aquel manantial, de no haber
probado realmente la frescura de aquel líquido que parecía ahora
más un espejismo en mitad del desierto.
Para
Daniel su contacto con Eva era la energía necesaria para moverse,
pero a la vez el martirio que lo torturaba. Quería decírselo pero
no podía, creía que aquella necesidad era sentida también por Eva
y esperaba el momento en que una chispa, un rayo hiciera arder el
fuego del amor. Cada vez le resultaba más difícil hablarle, su
mente estaba luchando por mantener sujetas las fuerzas maléficas que
bregaban por manifestarse. Deseaba besarla, beber de su boca,
acariciar sus senos, pegarse a su cuerpo y decirle todo aquello que
anegaba su alma a punto de desbordarse.
Él
mismo se sorprendía de su perfecta educación, de su sólida
adaptación a las reglas sociales aprendidas, ni los impulsos salidos
del remoto mundo de las emociones de la especie eran capaces de
vencerlas. Pero no faltaba a su mente la duda, porqué renunciar a lo
que sentía, porqué contrariar la Ley Natural en beneficio de la
Ley Moral, que perversa maldad existía en aquella imposición.
Porqué no permitir que el cuerpo liberase a la mente de su cárcel
de renuncias. Aquello no era el libre albedrío, no era el caos, no
era renunciar al orden. El amor debía ser una excepción que
estuviera por encima de todo convencionalismo, por encima de
cualquier dictado. No era posible legislar sobre la naturaleza del
amor, sería justo mantener un espacio de libertad reservado a aquel
sentimiento que venía directamente de Dios.
Eva
veía su sufrimiento, sabía que posiblemente ese fuese su último
tiempo de comunión de espíritus, porque estaba obligada a
declararle la verdad, a confesarle su pecado. Era en otros brazos
donde había sentido que la vida se le escapaba entre las manos, que
se abría como una grieta en la tierra bajo la acción de las fuerzas
que emanaban de su interior. Fuerzas más potentes que los
movimientos de placas tectónicas, con mayor poder de atracción que
la de los cuerpos celestes. Había en aquellas fuerzas algo cósmico,
divino, inmanente, que era incapaz de vencer. Sólo al principio lo
intentó, pero fue tal la derrota que tras surgir de la cenizas como
Fénix, salió trasformada y más fuerte. Ahora era la nueva Eva, la
auténtica Eva, la que deseaba ser y nadie podría cambiar. Tuvo que
luchar para conseguirlo. Dejó jirones de su piel, pedazos de su alma
en aquella batalla pero tras la victoria todo parecía evidente, como
una prueba que el destino había puesto en su camino para ser
superada. Quería a Daniel pero debía saber que no existía el
futuro que él deseaba, era justo, pero no deseaba su dolor. Sabía
que su confesión le provocaría una profunda herida que no podía
ayudar a curar. No encontraba el momento y le dolía que aquellos
instantes en que se sentían tan unidos fueran rotos por el relato de
una pasión ya vivida, dónde él hubiera querido se protagonista a
su lado. Sabía que no podía contarle aquello en la impersonal
conversación de un chat, aunque la webcam permitiera un simulacro de
encuentro. La intimidad de una carta carta podría crear el ambiente
para detallar el sufrimiento que aquella revelación le provocaba,
pero no había una réplica posible, un intercambio de caricias, de
apretones de manos que se entrelazan y permiten aliviar la carga
depositada. Debía hacerlo antes de volver a separarse y que la
distancia permitiese cicatrizar la herida, rumiar el dolor y quizás
el odio que aquella traición no buscada podría provocar a Daniel.
No sabía que consecuencias podía tener en su relación, ni el la de
las familias pero era inevitable, los dados ya se habían lanzado al
aire y el destino debía cumplirse. Fuera cual fuera el resultado
ella estaba segura de que no era responsable y no había otro camino
en su vida. La reacción de su familia, pasaba a un segundo plano, no
le importaba. Sabía sus consecuencias y las asumiría, como ellos
deberían asumir su decisión irrevocable.
Pero
como contarle a Daniel que la piel que deseaba tocar, los cabellos
que con sus manos enmarañaba mientras sus cuerpos desnudos rodaban
sobre el suelo no eran los suyos. El placer que había sentido,
mezcla de sensualidad y ternura, de amor y sexo, de identificación
en otro como la mitad que falta para estar completo. La necesidad de
besar la boca , de acariciar el cuerpo hasta sus más recónditos
lugares sólo le ocurría cuando estaba lejos de él. Allá en su
nuevo lugar, dónde había iniciado su licenciatura encontró el
nombre que los misterios de la vida habían puesto en su camino.
Sibila. Sólo pronunciarlo la hacía palidecer, se erizaba su vello,
se humedecía su sexo, se despertaba el más profundo de los
sentimientos que surgía del alma. No sabía ubicarlo en el cuerpo,
por ello debía provenir de la inmaterial presencia de lo divino.
Sibila que compartía su apartamento en Nueva York provenía de otra
familia que deseaba para su hija un brillante futuro y había trazado
también un plan que podía verse escrito en su frente. Desde el
momento en que se conocieron hubo un sentimiento de identidad, se
entabló inicialmente una amistad que surgía de la proximidad, de
compartir espacio y estudios. Pero su necesidad de estar juntas
empezó pronto, acudían juntas a la universidad y volvían juntas.
Iban al teatro o a los conciertos, a veces con sus compañeros otras
solas, pero siempre sintiéndose necesarias una a la otra para
disfrutar que aquel momento. El relato de sus propias vidas resultaba
casi innecesario porque se describían mutuamente. Es difícil a
veces saber porqué ocurrió, qué hizo que estallara la tormenta. Lo
que no podrían olvidar nunca es cuando el amor estalló como una
granada en la habitación, rompiéndolo todo y dejándolas al raso,
bajo el único manto del firmamento que las observaba con envidia.
Los cuerpos se fueron acercando imperceptiblemente hasta que tras el
contacto percibieron como los brazos iban también a cerrar aquella
unión en un abrazo eterno, las bocas buscaron su igual y la
respiración de pronto se convirtió en un jadeo, el corazón en un
caballo desbocado. Aún se sentían lejos, necesitaban estar más
unidas. La ropa fue cayendo, las piernas como los brazos se
confundían. Como diosas hindúes los miembros surgían de un cuerpo
único que había iniciado el proceso de fusión. En sus mentes
existía el vacío de lo eterno, la ingravidez del pensamiento, el
vértigo del descenso por la montaña sobre la nieve, nada importaba
y todo era necesario. La belleza de la eternidad del instante donde
te sientes el centro del Universo. La sensación de encontrarse en
medio de un tornado, viendo como todo alrededor se desvanece por una
fuerza brutal y sigues entero, sin apenas moverse tu pelo pero
llevado en volandas a lo desconocido. Nunca olvidarían aquel
arrebato que las marcó, que las dejó exhaustas sobre la cama, hasta
que amaneció un nuevo día que ya no era el de ese mismo año, era
un nuevo día de una nueva era, de un tiempo que no iba a dejar nada
indiferente.
Cuando
despertaron no hablaron, ninguna de las dos sabía bien qué decir,
ni si debía decirse algo. Primero fue Sibila quien se arregló para
ir a la universidad. Eva se quedó en la cama, ese día no la
acompañó. Cuando se quedó sola, lloró, sentía el dolor inmenso
de la culpa. La extraña percepción de haber provocado un agujero en
el espacio-tiempo que alteraría el desarrollo del mundo, de haber
cometido un error tan grave que no tendría arreglo. El llanto fue su
catarsis, las lágrimas corrían por su cara intentando lavar aquel
recuerdo. El silencio dónde sólo escuchaba su suspiro, la devolvió
a la realidad. Temblaba de miedo por el regreso de Sibila, temía a
su vez que no regresará, deseaba que se produjera un fenómeno de
amnesia temporal que borrara las huellas de aquel acontecimiento.
Pero cuando se abrió la puerta, el cielo de negros nubarrones que
ocupaban su cabeza, dejó que se filtrase un rayo de luz a su través.
Las dos se abalanzaron para de nuevo permanecer en ese estado de
fusión, nada sería ya capaz de separarlas. No necesitaban
argumentos, ni precisaban justificar aquella nueva situación, la
Naturaleza había unido sus destinos y ellas a ser obedientes a tal
mandato. Quizás fue este el momento en que Eva se subió al árbol
del amor y comió su fruto, aquellas manzanas rojas de piel brillante
y pulpa fresca. Su bocado no estaba envenenado por la perversión, no
contenía el dañino, el nocivo germen del mal y el pecado. Su jugo
era la mezcla del amor, de la entrega, de la renuncia al propio ser
en beneficio del otro. Su sabor dulce y ácido era el resultado de
esa materia en que el amor se basa, del placer y el dolor, de lo
infinito y lo efímero, de lo inmutable y lo voluble.
Daniel
no podía comprenderlo, a sus pies se abría un abismo al que era
empujado sin entender porqué. La revelación de aquella noticia lo
dejó inerme, sumido en la profunda tristeza de quien ve como se
desmoronan los sueños y amanece a una realidad terrible. La
abominable verdad que convierte en aire las ilusiones, en polvo los
proyectos, en ira el amor, en rencor la fidelidad. En Daniel también
se abría un mundo nuevo, pero lleno de dolor y rabia. Ahora era él
quien debía renacer de los despojos, refundar su proyecto de vida,
abandonar su futuro de diseño para plegarse a los designios de un
destino que lo había traicionado. Un desfile de imágenes de horror
se sucedían ante él haciéndose más intensas al cerrar sus ojos,
resistiéndose a abandonar su mente pese a que no quería verlas.
¿Cómo podía descomponerse el mundo creado bajo los designios de
unos artífices como sus padres, que habían calculado hasta el más
mínimo detalle? ¿Cómo puede Dios equivocarse? ¿Qué error se
había cometido, qué ley se había violado para crear un cosmos tan
imperfecto? ¿Acaso Eva no estaba envenenada por algún demonio, su
pecado no estaría inducido por el enemigo del alma, por el ángel
rebelado?
Daniel
cayó en el ensimismamiento del pensamiento reverberante, en la auto
compasión complaciente, en la espiral que lleva a la duda absoluta.
Se veía ahora desnudo, tomó conciencia de su vulnerabilidad, de la
fragilidad del alma. Se aisló del mundo, de aquel paraíso irreal al
que estaba acostumbrado. Ese giro insospechado de los
acontecimientos, no pasó desapercibido a la madre de Eva que buscaba
desesperada el error, el fallo en el sistema. El silencio, el mutismo
de Daniel eran como atronadores obuses que impactaban en aquel
perfecto edén. La evasiva actitud de Eva, su actitud de arrogancia,
la negación de toda culpa, la hacían más culpable.
Cuando
la verdad fue revelada, cuando el pecado fue confesado, sólo cabía
una penitencia. La expulsión del Paraíso.
La
ofensa causada era tal, la humillación tan profunda, que apartar al
culpable, esconder su culpa se hacía necesario. El padre de Eva hizo
un hueco en su agenda de asuntos que cambiarían la historia para
imponer justicia. Sonaron los clarines del reproche, las trompetas de
la acusación sin defensa, los timbales de un dios defraudado que
rugían y exigía explicaciones. No hubo turno de réplica porque
aquella inefable mancha debía ser lavada en el acto.
Eva
volvió a Nueva York anticipadamente, a su verdadero edén. Nadie
podría ahora cambiar el curso de su vida, ella dirigía sus pasos,
ella decidía sus caminos. Su libertad tenía un precio, pero no
dudaba que esa felicidad bien valía un paraíso. Se sentía más
ligera, más en sintonía con el mundo, como si su revelación
hubiera contribuido a que este fuera más justo, más apetecible, más
verdadero. Se veía ahora libre de una cárcel de oro, pero no por
ello no dejaba de dolerle el daño causado. Sobre todo el dolor
provocado a Daniel. Sus padres también la querían, pero en ese amor
existía una especie de trueque, de asunto de negocios, de
intercambio de intereses que lo devaluaba. En el dolor de Daniel se
sentía responsable, había una implicación directa, aunque ya había
superado el sentirse culpable aún le costaba olvidarlo. Eso pese a
que en un primer momento Daniel no estuvo a su lado. Cuando todos se
pusieron en su contra, cuando fue despojada de honores y repudiada
como una mujer apestada. Sólo Gabriela se interpuso como un ángel
de la guarda, incondicional. Daniel no salió en su defensa,
encerrado en su dolor como si fuera la única víctima de aquel
seísmo se escondió en su desgracia.
No
tenía derecho a sentirse más dañado que ella misma. Ella acababa
de ser marcada con el hierro de la vergüenza y había perdido su
derecho a compartir aquel mundo lleno de privilegios. Es verdad que
poseía el mayor de los tesoros, el amor de Sibila. No lo odiaba,
sólo sentía una pena profunda y lástima por perder su amor.
El
tiempo cicatrizó las heridas. La memoria en su fragilidad va
desdibujando los hechos, va componiendo escenas menos dolorosas.
Cuando
se encontraron de nuevo años después, se miraron y se reconocieron
como habían sido. Cuando en la cara de él se dibujó una sonrisa,
el silencio que había parecido eterno, se rompió como un cristal.
Se tomaron de la mano y cerraron un espacio para ambos, para llenarlo
de todo lo que no habían podido contarse en todo este tiempo de
separación. El tiempo pasó por su lado y ellos no se daban cuenta
porque habían vuelto a encontrarse dos mitades que se habían
fragmentado.
Eva
lloró de emoción cuando Daniel la abrazaba y le decía al oído,
gracias por salvarme. No entendió entonces nada, pero aquel niño
que había quedado conmocionado, se trasformó en un hombre poderoso.
No porque hubiera seguido los dictados de la ley escrita por sus
padres. Abandonó los negocios de su familia, ahora trabajaba en una
gran empresa de viajes. Vendía paraísos a otros. La renuncia de Eva
le había permitido romper las cadenas que le sujetaban, su decisión
había sido la salvación de ambos.
- ¿ Y tú a que te dedicas Eva?
- Trabajo para la Apple, la de la manzana mordida.
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