“Haz el amor y no la guerra”. Trasnochado, pero maravilloso. Voz que quiso dejar atrás la violencia de la guerra y abrirse a la esperanza en el ser humano. Acoge los preceptos de cualquier religión que profese amor a Dios y a los Hombres. Resume toda la filosofía humanista y sin embargo, como axioma, ha perdido su actualidad. Amar es de pobres, de débiles. Sólo la flaqueza desciende al amor fraternal. Queda eso sí, el amor egoísta. Amarnos por propio interés, el amor propio contagia el amor al otro. Es un amor con rédito: económico, social o emocional, pero siempre dirigido a la autosatisfacción. El altruismo, la vocación de servicio, el respeto absoluto quedan al margen ante la propia yoicidad.
Ahora lo que se lleva es el odio. Es lo que vende. Lo que aparece en pantallas y debates. Es el resultante de un proyecto basado en la destrucción del adversario para promoción del propio ascenso: social, político, económico, laboral. Convertir al contrario no en oponente, si no en enemigo da mayor rendimiento. Miserables como Vito o Ndongo, no son más que instrumentos y resultados de la política del odio. Los canallas que golpean a sus mujeres y sus hijos, los que desde la ideología ruin pretenden imponer una visión única y polarizada del mundo, sin diferentes. Los que a sueldo esparcen mierda, desde los altavoces de los medios o desde el balcón de su propia vida. Todos los que han renunciado a amar a cambio de ascender, tendrán la recompensa de la misma maldad que mostraron, porque al final si no se siembra amor, el destino es la soledad, el olvido y la indiferencia. En el pecado está la penitencia.