Si ahora no tienes tiempo, déjalo para otro rato. Esto es sólo para los momentos de entrevida.
LOLITA
sábado, 21 de septiembre de 2013
¿Te vas
ya? ¿Porqué no te quedas esta noche? Salir ahora con el frío que se mete en el
cuerpo, deberías quedarte conmigo.
Sabes
que no me voy a quedar. En casa me esperan y además ya llevo el cuerpo
caliente.
¿Quien
te espera en casa?
A ti
que te importa. Mi tiempo contigo se limita a estas horas, acéptalo o vete de
mi vida.
Lolita dejaba aquella habitación como quien
se levanta de la mesa tras una pantagruélica comida. Se prometía a sí misma no
repetir aquel banquete porqué sin duda no podía ser bueno para la salud. Sin
embargo repetía los mismos ritos en cada encuentro con Luis. La llamada
telefónica, la negativa inicial a la que ambos sabían que iban a ceder y el
encuentro, siempre en su casa, con una escueta cena y un buen vino que iniciara
los trámites de aquel desenlace conocido. La tormenta estallaba siempre
mientras en el sofá se tomaban la copa.
¿Qué trayectos recorrería el huracán, qué
estragos podría causar y dónde finalmente acabarían rodando?, lo decidía sólo
el destino y los obstáculos que encontraran en su camino. Ya había habido
muchas víctimas de estos arrebatos de pasión, de lujuria o de aquel sexo
brutal, sea cual sea su verdadero nombre; figuritas, ceniceros, copas, hasta la
televisión encontró el suelo y lo compartió con los amantes.
Después sucedía un tiempo de relajación en
el dormitorio. Desnudos, agitados, exhaustos, encerrados cada uno en sus
pensamientos, hasta que un roce o un nuevo deseo despertase al demonio que los
habitaba y de nuevo se lanzaban a nuevas acometidas de aquel furor. Siempre las
segundas partes resultaban menos agitadas, con un espacio más neutral que era
la propia cama. Si bien este espacio disminuía el desplazamiento y el ruido que
provocaban los objetos que caían en su alocada carrera hacia el placer; de sus
gargantas seguían emergiendo voces unas veces agudas y otras ahogadas que
convertían el escenario en un concierto de ayes y aes.
La casa formaba parte de un adosado, los
vecinos algunas veces dudaron sobre el tipo de batalla que sucedía en aquel
lugar. Ahora con el tiempo ya sabían que no debían de preocuparse por los resultados.
Si se encontraban con Luis lo miraban con despecho, envidia, curiosidad o el
oculto deseo de probar aquellos placeres salvajes.
Cuando Lolita se levantaba de la cama para
marcharse, se repetían también los clichés, las frases hechas, las maneras.
Emergía del lecho desnuda como la Venus de Boticcelli, podría decirse que
incluso rodeada de ninfas que veneraran su belleza. Desaparecía dando la
espalda a su amante que sentía de nuevo el aguijón de ver marchar aquel cuerpo
que deseaba poseer, dominar y que siempre abandonaba el campo de batalla
vencedor. Lolita buscaba la ropa dispersa, se vestía sin prisa, sin mirar a la
habitación dónde había abandonado a otro cuerpo y salía con el pensamiento
extraviado, lejos ya de aquel lugar. No había amor en su mirada, no había
remordimiento, ni pena, ni dolor, sólo indiferencia, saciedad y un cierto
abotargamiento de los sentidos.
Abandonaba a Luis como abandonaba a otros amantes como un despojo útil
que en otro momento podría ser usado para una emergencia.
Cada día despertaba temprano, con la luz de
la ventana. No necesitaba el despertador, no había ningún reloj en su
dormitorio, sólo en la cocina una esfera de fondo azul y adornos marineros
marcaba el paso del tiempo. Debía preparar el desayuno y el almuerzo de su
hija. Ella era el motor, el mecanismo que movía su vida, que marcaba sus horas.
Se duchaba y vestía sin dedicar mucho tiempo a su armario ni a su maquillaje.
Cuando todo estaba listo acudía a la habitación de Ángela , entraba con el
sigilo de una sombra para despertarla con un beso en la mejilla, para que
aquella criatura abriera los ojos al mundo y pudiese percibir el regalo de un
nuevo día con los ojos de su madre mirándola. Para la niña los aromas de su
madre recién bañada oliendo a jabón y a un sutil perfume de rosas, que a
continuación se mezclaban con los olores del café y el pan tostado eran la
bienvenida al mundo. Pensaba que nunca podría despertar sin aquellas
sensaciones. El tacto de las manos y la voz dulce que le preguntaba por los
sueños y escuchaba con ternura las imágenes que recordaba y que se traía aquel
otro paraíso nebuloso. Su madre sentada en su cama y reclinada le parecía un
ángel que tanto podía habitar en este como en el mundo que acababa de
abandonar. La ayudaba a levantarse la besaba, le acariciaba el rostro y tras
lavarse Ángela la cara acudía a la cocina donde desayunaban juntas. Nunca había
su madre faltado a esa cita y en su mente de niña, aún ahora ya adolescente
casi ya una mujer, pensaba que sería así para siempre. Su madre trabajaba
mucho, incluso algunas veces sabía que podía llegar tarde, por ello no se
preocupaba, se acostaba tranquila sabiendo que al abrir de nuevo los ojos ella
estaría allí.
A ver,
cuéntame que has soñado.
No sé
mamá. Me tratas igual que cuando era una niña.
Para mí
siempre serás mi niña.
Su hija intentaba huir de aquellos
interrogatorios que antes le parecían casi como confesiones. Siempre le contó
sus sueños, los que recordaba. Le hablaba de árboles parlantes, de animales o
ciudades. Ahora en sus sueños existían parcelas prohibidas para una madre,
aunque fuera como la suya. Había chicos, manos, miradas que no se podían contar
porque a ella misma la ruborizaban y porque eran ya su patrimonio personal.
¿Qué ha
pasado con aquel árbol enorme, como las encinas que vimos en Cáceres, que te
decía algo de una ciudad que quedaba muy lejos?
No me
acuerdo. No eran palabras claras como las que tu y yo hablamos, era como si
susurrase, como el sonido que el viento hace al pasar por los pinos, pero con palabras.
De eso ya hace mucho tiempo.
Ahora los susurros venían de bocas como la
suya, las palabras que escuchaba eran dulces pero impronunciables, porque
escondían el misterio que se descubre sólo una vez. Como la verdad de los Reyes
Magos, primero a través de frases, de gestos que las compañeras, de los amigos
que las pronuncian para ganarse la atención, después los hechos las van
haciendo verdad. Para cuando los padres quieren contarlo, es ya una certeza
conocida. Ángela había dejado de ser
una niña. Los resortes internos que movían las hormonas, las sensaciones, los
impulsos, ya hacía tiempo que se habían puesto en marcha y aceleraban la
cascada de acontecimientos de la vida de forma imparable. De la vida en
mayúsculas, porque no existe ningún momento en que se esté más vivo. A pesar de
lo ignorado, a pesar de lo desconocido, en ese tránsito se perciben a la vez
tal cantidad de emociones que en cada instante suceden una tras otra. Por eso
la vida pasa tan deprisa, ocurren tantas cosas que parece que el tiempo se
acorta, menguan los minutos como si fueran segundos, las horas a minutos. En el
ocaso de la vida, viendo su final, no existe lo nuevo, miramos hacia atrás para
poder vivir, lo pasado llena parte del futuro y el tiempo camina despacio, sin ganas.
Acábate
el desayuno que tienes que arreglarte y nos vamos.
Sólo somos conscientes de nuestra vida, el
tiempo de los demás nos es ajeno, lo percibimos de forma irreal. No vemos
crecer a nuestros hijos, los vemos grandes y nos sorprendemos. Vemos como se
han convertido en hombres y nos llama la atención, como si existiese todavía la
posibilidad de ser un espejismo. Lolita no veía a su hija como podía verse a sí
misma. A su edad ya era madre y su vida había pasado por el infierno. Sin
embargo en Ángela aquella realidad no era visible. La veía como una niña
grande.
La llevaba cada mañana al instituto,
mientras ella se dirigía al trabajo. La empresa de software veía en Lolita una
mujer extraña. Nadie la llamaba Dolores o Lola, nadie se atrevió nunca a
cambiarle el diminutivo con el que ella se presentó, pese a resultarles difícil
al principio. Ella no era una mujer baja, ni su figura se empequeñecía por su
timidez o una cándida apariencia. Llamaba poderosamente la atención y no sólo a
los hombres. Su figura se imponía en cualquier reunión, aunque nunca pretendía
ser el centro de las miradas. Hablaba cuando deseaba exponer una idea, directa,
sin ambigüedades, incluso aunque contradijese a su superior. Callaba y sabía
escuchar. Era franca, educada pero sin faltar a la verdad, podía endulzar una
respuesta para no ser hiriente, pero nunca mentía para complacer. Todos lo
sabían y les gustaba aquel carácter rebelde pero trasparente. Nadie le preguntó
nunca sobre su situación personal, y si lo hizo no repitió y sirvió como aviso
a los demás.
Su vida privada era suya. El trabajo era su
medio, podía decirse que le gustaba, pero no era su vida y no deseaba que lo
fuera en el futuro. Con su trabajo incluía al personal del mismo. Había estado
con ellos muchas veces en reuniones, cenas, despedidas y demás eventos propios
de la empresa. Se divertía con ellos y se mostraba habladora, divertida, pero
nunca dejó que aquellas reuniones la llevaran a un terreno personal. Quizá con
quien más relación tuvo, fue con Javier, su compañero de despacho, compartían
proyectos y lugar.
Ella sabía que Javier no tuvo la culpa, pero
tenía unas reglas y no iban a ser cambiadas. Su espacio no iba a ser invadido
por nadie que ella no hubiera invitado. Comprendía que ejercía sobre los
hombres una atracción especial, su aura de misterio era posiblemente un reclamo
para ellos, todos creían que podrían franquear la muralla de su mundo y acceder
a los jardines que escondía e imaginaban suntuosos.
Podríamos
quedar esta tarde a tomar algo. Nunca nos vemos fuera de este cubículo. Creo
que podríamos hablar de otras cosas que no fuera del trabajo.
Tengo
cosas que hacer esta tarde.
No me
refiero a esta tarde en concreto, podríamos quedar mañana si te viene mejor.
Mañana
también estaré ocupada.
¿Porqué
eres tan esquiva conmigo Lolita?
No lo
soy. Solo que no quiero quedar contigo fuera de aquí. Mi vida personal es mía.
¿Estás
casada?
No.
Entonces
porqué motivo no podemos vernos y conocernos mejor.
Mira
Javier, seré clara y lo voy a decir sólo una vez. No quiero salir contigo ni
con nadie de aquí. Te aprecio como compañero, trabajo a gusto contigo, pero no
vamos a conocernos ni a formar una feliz pareja, ni ninguna historia que te
hayas montado.
Necesitas
compañía o te volverás una huraña. Te lo digo con cariño.
Si lo
que quieres es follar conmigo ve haciéndote a la idea de que no va a ser. Si
tengo necesidad de follar para no volverme huraña ya me buscaré yo la vida. En
cuanto a lo del cariño, ahórratelo y procura hacer feliz a otra.
No quería hablar de esta manera, ni era su
deseo hacerlo con Javier, al que realmente apreciaba, pero mantener su reino a
salvo, su bastión inexpugnable eran más que un deseo, una necesidad.
Las necesidades como mujer sabía como
solucionarlas. No deseaba hombres para compartir su vida. El amor, la pareja
eran conceptos que no estaban en su punto de mira. No creía en esa unión que
hacía de dos uno, pensaba que aquello era una estupidez. Los individuos son
uno, las sumas y reducciones al absurdo que planteaban los defensores del amor
platónico y el matrimonio eran paparruchadas propias de procesos mentales no
racionales. Los seres vivos y en especial los animales pueden tener un sentido
de grupo que les sea útil, beneficioso, pero son sobre todo egoístas. El
egoísmo ha permitido el progreso de los humanos, la lucha contra el hábitat, la
adaptación al medio, la superación de los obstáculos. Cada uno debe afrontar
sus retos por sí mismo, sin esperar que los demás sean de ayuda, incluso
pensando que el otro buscando su propio beneficio puede ser tu oponente. El
instinto de supervivencia, el placer del triunfo, el disfrute en el fracaso de
la competencia, son sentimientos humanos positivos. Cuando desde el
adoctrinamiento moral de las religiones o las políticas se han estigmatizado
como conductas malvadas, no se ha querido otra cosa que someter al individuo
frente al grupo. Precisamente aquel era el discurso de las personas que
lideraban ese colectivo, para de esta manera aumentar su poder, aumentar su
propia ventaja de individuo. Uno mismo es el único valor que cabe defender, los
demás son la comparsa que nos acompaña en el mundo como relleno, el atrezzo del
teatro de la vida.
Ella ya había aprendido aquello desde muy
pequeña cuando la educaban en la obediencia, en la estricta norma impuesta por
un padre amoral y malvado. Su madre era una criatura inocente, dedicada a sus
hijos, sometida a aquel tirano, déspota y cruel, cuyo único propósito era su
placer. Un sádico cuyas caricias dolían más que las palizas. Consiguió tenernos
engañados un tiempo con el argumento de que su estricta norma era una garantía
de nuestra formación. Mi madre le creía porque cayó en las redes de ese
artículo vendido como amor que predicaban en las revistas y en las iglesias.
Ella se perdió a sí misma para entregarse a un manipulador perverso, y cuando
llegamos nosotras fue demasiado tarde para huir. Había caído en la celada que
la tendría siempre sujeta a su marido, a su verdugo. Y aunque nunca supo o
quiso verlo, al maldito que consiguió poner a sus hijas, sus tesoros, en su
propia contra.
Su padre había encarnado para ella todas las
cualidades que el mal podía tener. La casa no era el refugio, no era la paz si
no la trampa en donde el diablo las tenía encerradas para su personal disfrute.
En ella podía perpetrar con impunidad sus veleidades, sus caprichos. Lo fue
hasta que ella, la más rebelde o quizás la más sensata, valiente, temeraria, la
más dañada, dejó todo atrás cerrando los ojos y corriendo lejos acompañada de
su hija en el vientre.
Los hijos son el único defecto de la
naturaleza del hombre como individuo. La pulsión de hombres y mujeres a
perpetuarse, a prolongar su especie, su estirpe, su ego, los hace vulnerables.
Esa transmisión genética que garantiza la única inmortalidad real, encierra una
trampa, un peaje al transito solitario de cada individuo. Obliga por un lado a
la unión a otro, dejando una parte de sí mismo en depósito y constituye la
mayor cesión de libertad que una mente racional sería capaz de aceptar. Es
cierto que todos los animales tienen ese instinto reproductor, la necesidad de
mantener una herencia genética, unos caracteres. En el mundo animal ese
instinto actúa en los machos mediado por el placer. El acto reproductivo, la
cesión del esperma, es a cambio de un orgasmo. ¿Es el deseo de experimentar
aquel intenso colapso de los sentidos o es el fin impreso en los orígenes de la
especie lo que mueve al sexo? Quizá sean ambos. ¿Y en la hembra? ¿Cuál es el
mecanismo escondido en la mente que la somete a un macho permitiendo que
deposite en ella una semilla que la ha de condicionar para siempre? Si el
placer no es el motor, quizás existe un implante de algo que sea parecido al
amor, a la entrega total a su descendencia, lo que la hace acceder al coito. El
origen de la vida como continuidad responde a esos escondidos resortes en el
arcaico cerebro. Seguramente no existe en los animales voluntad en el acto. Es
un proceso instintivo no mediado por la conciencia. Sin que ello desmerezca en
el resultado del proceso y en la entrega a su fin. La ternura es manifiesta en
los animales en tan alto grado como en las personas.
En los orígenes de la especie los mecanismos
fueron idénticos. ¿Y en nuestro propio mundo cuantos animales pueblan aún
nuestra ciudad? En el proceso evolutivo fuimos capaces de modificar nuestro
cerebro, de crear nuevos caminos sinápticos que dieron lugar a la conciencia de
nosotros mismos y de los otros. Pero en esa modificación evolutiva hacia la
propia percepción han existido errores del sistema, vías aberrantes,
cortocircuitos que han permitido sentimientos nuevos. El amor incondicional, el
odio, la pasión, la indiferencia al dolor ajeno... La maldad como capacidad de
dañar por placer es una condición específica de la especie, el exponente máximo
de la individualidad, acaso el mayor de esos errores de programación. Pero puede
que algunos errores hayan conducido a ventajas evolutivas. Los malvados han
sido en ocasiones quienes mejores condiciones tenían para reproducirse. Su
desprecio a los demás, su conciencia autoreferencial, su egolatría les permitía
verse como único bien a salvar y por tanto no arriesgaban su persona. En ellos
el motor no es el instinto procreador si no el placer. El goce propio como
camino, como meta, como objetivo, esta es su divisa. En su universo son el
centro y único valor, el resto sus víctimas. ¿Pero y aquellos no afectos de
esta aberración, que les mueve a sacrificar su individualidad por sus hijos?
¿Es el amor el motor reproductivo inherente a lo humano o queda el instinto de
la especie impreso en el paleocortex?
A los hijos se llega de distintas maneras.
Las mujeres se quedan embarazadas en el marasmo del sexo donde el animal que
somos pierde su capacidad de control o en el acto sumiso de aceptar el deseo
genésico del varón. Otras mujeres son madres por el deseo de completar la
propia existencia con el concepto de la maternidad o en la voluntad de concebir
los hijos como elementos integradores de una relación de pareja. Incluso la
violación, el alquiler, la ignorancia...muchos son los caminos que llevan al
embarazo. Otros tantos son los caminos que se recorren en esa maternidad y
paternidad. Aceptar o no esa condición como voluntad de entregar parte de la
libertad a un individuo depende de cada hombre y mujer y sus propias
circunstancias.
Lolita había llegado a la maternidad
involuntariamente. Aquella hija no se concibió por placer, ni por amor. Pero el
dolor causado en su cuerpo y en su mente no habían sido suficientes para
rechazar aquel nuevo ser. Aquella semilla plantada por el mal en su cuerpo y
que en un principio provocó un rechazo, le dio luego el valor necesario para
salvarse. Las nauseas que eran la prueba irrefutable de que el demonio estaba
dentro de ella y que a escondidas intentaba vomitar como si pudiera expulsar
por la boca aquel intruso, poco a poco fueron pasando y nuevas sensaciones la
invadían. A veces pensaba que estaba poseída y deseaba un exorcismo, otras
percibía señales de placer, un goce que relajaba su espíritu y la dejaba
confundida. Cuando a los cinco meses de ocultar su situación, incluso de
negarse a sí misma su presencia, empezó a notar la vida moverse en su interior,
nació una nueva Lolita. Se juró a sí misma salvar a aquella criatura de los que
la rodeaban y le dio valor para huir, para denunciar su estado, para pedir una
ayuda que nunca hubiera buscado de otra manera. Su hija la había salvado hasta
de sí misma. Por eso la llamó Ángela, había sido su ángel redentor, el ángel de
la guarda que la cogió de la mano en su caída. Porque ella habría acabado
asumiendo aquella situación como un inevitable error del destino, un miserable
infortunio. No hubiera salido de aquel encierro y se hubiera podrido en la
rabia contenida, en el odio cronificado, en una vida mezquina de sumisión como
la que había arrastrado a su madre. Sin embargo aquellos piececitos que
empujaban su tripa, aquellos movimientos rítmicos que asemejaban el hipo la
devolvieron a la vida. Ni siquiera en el momento del parto, sintió el deseo de
desprenderse de esa criatura. Le insistieron en que era bueno para ella
renunciar a su crianza, dejar en adopción el fruto manchado del desamor. Ya no
entendía aquellas palabras. Su hija era ahora lo más importante en su vida,
quizá lo único importante, no podía rechazar el sentido de su existencia. Aquel
ser pequeño que aún no conocía era su nuevo centro de gravedad. No renunciaría
a ella pasase lo que pasase. En aquel paritorio frío, desprovisto de imágenes
que pudieran aportar paz a su atormentado cuerpo, selló un pacto con su hija,
por grande que fuera el dolor lo resistirían, se tendrían una a la otra por
encima de las circunstancias. Cuando las contracciones se hicieron más
dolorosas empujó con la rabia de un animal herido. Su hija que venía sentada
empezó a mostrar la blanca nalga a través de su vulva dilatada. Le decían: “ya
falta poco” cuando había sobrepasado ya el límite de sus fuerzas. Pero
aferrándose a un valor que provenía de su propia hija empujó hasta que las
nalgas quedaron totalmente expuestas y en siguiente envite consiguió sacar el
cuerpecito hasta las rodillas. La imagen era como un cilindro, un proyectil que
surgiera de su vagina, las nalgas eran la punta, la espalda y las piernas
extendidas plegadas una contra otra, colgando en una situación grotesca. La
matrona rompió aquella armonía al doblar las rodillas de su hija y sacar los
pies, mientras traccionaba un poco del cordón umbilical para evitar que se
comprimiera. Sólo quedaba un empujón que dejo los hombros visibles y en aquel
momento Lolita pudo ver como aquel cuerpo lo empujaban hacia su vientre y como
por arte de magia, en una voltereta propia del circo salia la cabeza de Ángela
para acabar sobre la barriga de su madre. Desapareció el dolor, nada de lo
pasado le parecía suficiente como pago a tener aquella criatura. La blanca piel
manchada de sangre y grasa, aquellos brazos y piernas que como por resorte se
pusieron en marcha acompañando al llanto débil al principio e intenso después.
Las caras de todos los presentes que
parecían asistir a un funeral se relajaron de repente, esbozaron una sonrisa.
Ella se sintió en aquel paritorio frío, con su cuerpo roto, la mujer más feliz
del mundo. En esos momentos recién estrenados los dieciséis años tomó la
decisión. Había elegido ser madre antes que nada, antes que mujer y antes que
persona, pero sin renunciar a vivir. Quería vivir para hacerlo por y para su hija.
Cada instante tendría ahora sentido. El tiempo adquiría valor porque ellas dos
iban a ser ahora sus propietarias, su destinatarias.
Aquella decisión que había tomado siendo aún
casi una niña seguía manteniéndola a sus casi treinta años. No significaba eso
que renunciaba a su vida, ni a sus necesidades como mujer. Los procesos
fisiológicos que como persona necesitaba se los proporcionaba el trabajo, el
estudio y su relación con la única que podía llamarse amiga, Carmen. Juntas
iban en busca del sexo, como una droga que sustituía cualquier otra necesidad
biológica. Su amiga, una ex-todo (ex-toxicómana, ex-presidiaria, ex-esposa,
excluida del mundo y sus entornos) había conseguido agarrarse a Lolita en el
último momento, cuando descendía en vertical al abismo de la nada y desde
entonces como si hubiera sido su salvadora, la seguía como una sombra. Se
entendían, podían contarse sus penalidades, liberarse. Ahora Carmen había
conseguido un trabajo en una empresa de mensajería y había sido rescatada del inframundo
para vivir en este teatro que llamamos sociedad. Tragicomedia, serial,
telenovela o novelón, regado de mentiras y medias verdades, de personajes y
medias personas, con un final tan previsible que la pérdida de algunos
capítulos no supone perder el hilo de la historia. Siempre el mismo, tan manido
y vulgar, repitiéndose a través de los tiempos, con nuevos protagonistas pero
con viejas historias, anécdotas gastadas y chistes que incitan al llanto. Ellas
eran una idea nueva del guionista, al menos diferente en sus formas. Ni mucho
menos habían sido las primeras, ni tampoco lo pretendían. Sólo se limitaban a
vivir, a interpretar su papel.
Aunque esa identidad de excluidas, esa
simbiosis en la vida hubiera podido llevarlas a conocer el amor de mujer a
mujer, nunca probaron de aquel placer. Habían coqueteado con esa posibilidad,
no veían en ella una perversión, no existían en el sexo reglas que no pudieran
ser traspasadas fuera de las del dolor. Habían sentido como las caricias mutuas
las reconfortaban, como los besos dados con tanta ternura como abrazos de amor,
eran cálidos, incluso las lenguas en un juego de provocación habían luchado por
vencerse. Las palabras que se pronunciaban podían ser las que un amante dijera
a otro, pero no encontraron en el cuerpo de su compañera el alimento que
saciara su sed. Pensaban que en el amor femenino existe verdadera entrega, una
dulzura que en el amor de los contrarios sólo se consigue cuando la fiebre del
enamoramiento confunde los sentidos y este instante siempre es fugaz en el
tiempo. Ellas se amaban por pura necesidad de compartir los sentimientos más
profundos, porque en el otro se vaciaban, desnudaban el alma y renacían como
mujeres. Era un amor interesado pero con el interés de que ambas resultaran
beneficiadas. Hubieran podido prescindir de esos amantes que rendían culto a su
propio cetro, aquel falo alrededor del que parecía girar su propia visión del
sexo. Pero aunque el espíritu surgía reforzado de ese amor mutuo, el cuerpo
quedaba huérfano de sensaciones. Ambas deseaban sentirse completadas en la
anatomía, penetradas, habitadas por aquel estandarte que sólo los hombres
podían darles. La pasión dulce o el arrebato carnal que requiere llenar los
espacios que se esconden tras los verticales labios. El hombre les servía para
ese propósito, no deseaban el amor del opuesto, no necesitaban su espíritu,
sólo su cuerpo. Aquel apéndice extraño que definía su anatomía.
Esa misma tarde al salir de la oficina había
quedado con Carmen para salir de caza. Ya tenían experiencia en este tipo de
excursiones carnales, podría decirse. Empezaron hace tiempo cazando en los
bares donde acudían trabajadores en pequeñas cuadrillas a tomar la cerveza
después del trabajo y antes de regresar a sus casas. Habitualmente hombres
casados que reparaban en ellas nada más aparecer en el umbral de la puerta. No
llevaban luminosos que indicasen su finalidad, pero aquellos cuerpos
entallados, sus caras maquilladas con un cierto exceso, buscando a propósito la
atención, no pasaban inadvertidos. Tenían mucho que enseñar y mostraban lo
justo para desear querer ver el resto. Habían perfeccionado la técnica, o quizá
era innata en ellas, pero los corrillos empezaban a puntuar a aquellas “gatas”.
Al principio se dejaron llevar por hombres
rudos, varoniles, un poco brutales en sus ademanes. Eran generalmente gañanes
que hacían presumir un sexo duro, que les parecía iba a dejarlas saciadas
durante días. Pero encontraron hombres cansados, aburridos en su vida, que
veían en ellas un punto brillante en la monótona oscuridad del día a día. Su
precipitación, su ímpetu se perdía en las primeras acometidas y finalizaba en
un orgasmo solitario que para nada les colmaba. Era un sexo de pensión barata o
almacén entre palés y herramientas. Aquellos no eran los hombres que deseaban,
se aburrieron a los pocos meses.
El siguiente objetivo fueron hombres de
traje, corbata y barriga incipiente cuyos blancos rostros reflejaban la luz de
las lámparas de oficina en las que se enterraban durante el día. Hombres que
antes de ir a la nueva sepultura del hogar, regaban sus penas en un garito
buscando quizá la emoción que en todo el día no habían ni tenido tiempo de
soñar. Resultaba igual de fácil el hacerlos caer en el engaño, su atuendo era
más elegante, un maquillaje más sutil, mimetizando el modelo de las secretarias
que pululan por los despachos sólo al alcance de los jefes.
Eran solícitos, atentos, invertían en ellas
el tiempo que les robaban a sus esposas tras la consabida llamada: “cariño me
ha surgido un trabajo y llegaré tarde de la oficina”. Eran menos egoístas, las
llevaban a cenar y a un hotel para hacerles el amor con un aire de ensoñación,
con la incredulidad en sus ojos: “No me puede estar pasando esto a mí”
Invertían su capital y su celo en hacerlas sentir bien. Sin duda eran amantes
complacientes que deseaban antes su goce que el propio, siempre las esperaban antes
de correrse. Intentaban con ello asegurarse que habría una segunda vez, que
luego nunca llegaba. Ellas nunca repetían, aunque les daba la impresión de que
aún cambiando de hombre, estaban siempre con el mismo. Estos hombres copiaban
los clichés que veían en los seriales televisivos o que oían contar a otros
compañeros. Eran tan previsibles como aburridos. Intentaban impresionarlas con
historias de éxito, con conocimientos profesionales que parecían reservados a
hombres con proyección, con un futuro prometedor aún por llegar quizá por la
mala fortuna y el esquivo destino. Cuando alguna vez las veían con otros no
podían entender qué habían hecho mal, cual había sido el error cometido para
que no volvieran. No sabían que el error estaba en su vida, en esa falsa
identidad que adquirían cuando las seducían, engañando a sus mujeres, faltando
a la imagen que pretendían hacer ver al mundo de su probidad. De alguna forma
ellos intuían ese reproche, porque veían como reflejado en sus ojos y en su
respuesta la mentira de sus vidas.
No mereces follar conmigo más de una vez. En
tu casa tienes cena y hay otros que están muertos de hambre.
No les guardaban rencor, no pretendían
ofenderles, no sentían repugnancia hacia ellos ni hacia sus insípidas
existencias. Unicamente que esos libros tenían un sólo capítulo. Habían sido
leídos y abandonados. No eran obras para ser veneradas, ni siquiera
necesariamente recordadas, dieron el placer de la lectura y tras el final,
buscaban otro.
Esta doble vida de Lolita parecía contener
una personalidad compleja, poliédrica, difícil de entender para personas con
una continuidad en sus existencias, apenas alterada por los avatares de la
vida. Ella en cambio reconocía su doble identidad, veía claramente el Hide
oculto que la habitaba. Pero no se percibía como una mujer compleja. En su
análisis existían dos componentes que trataba de encajar de la mejor manera
posible, así pensaba que eran muchos hombres y mujeres, como un cristal de dos
facetas. Algunos duermen al animal que llevaban dentro para vivir de acuerdo
con las reglas o lo convierten en un animal doméstico, convencional. Otros en
cambio lo liberan de sus cadenas para que corra. Los hay que son poseedores de
un animal cazador o carroñero, fuerte o débil, grande o diminuto, pero nadie
puede esconderse de la naturaleza oculta en nosotros y que a veces aparece a
nuestro pesar. El cuerpo y la mente, la carne y el espíritu, el fuego y el
aire, el bien y el mal, todo se reunía en un individuo y podía ser separado con
un fino cuchillo para que los antagónicos no se mezclasen, aunque cuando la
vida te agita, te sacude con fuerza, los dos pueden unirse, convertirse
transitoriamente en uno.
Esta era su filosofía, la simpleza o
profundidad de su razonamiento. Vivía cada capítulo de su vida vestida de ángel
o demonio, pero siempre con un objetivo, con un valor que emergía sobre todas
las cosas, su hija. Nada podía poner en riesgo la única criatura que de verdad
amaba. Todo era prescindible, todo podía ser relegado al olvido, abandonado, eliminado,
incluso ella misma podía renunciar a vivir como Lolita si fuera necesario para
salvaguardar a Ángela.
Ahora el coto de caza había cambiado, la
confianza que tenían en ellas mismas en sus sugerentes cuerpos y sus
capacidades de seducción, les había incitado a buscar presas jóvenes,
estudiantes de universidad. Llenarse de aquellos cuerpos jóvenes era recargarse
de vida. El placer de la seducción, para el que habían cambiado su look. Ahora
se mimetizaban transformándose en jovencitas universitarias, con sus pantalones
de pitillo ajustados o sus faldas cortas, camisetas con mensajes provocadores
(“no soy virgen ,pero puedo hacerte un milagro “ ) que nadie leía por estar más
pendientes de su escote que de su significado. No les resultaba difícil atrapar
aquellos hombrecillos que estaban llenos de futuro. En ellos podían encontrar
aún el brillo que pone la vida en los ojos de los que tienen esperanza, en los
que creen en sí mismos. Aquella energía sin límites, el entusiasmo, la prisa,
la vehemencia y el furor de sus actos. Con su rebeldía pretendían cambiar el
mundo, transformar antiguas costumbres en nuevos conceptos pero sometían sus
almas a las viejas artes del amor. Caían en las redes de aquellas dos mujeres
con la docilidad de los cachorros. Ellas creían haber encontrado ahora el
objetivo que habían estado buscando en todos los años de “cacería”. Les
satisfacía aquel calor vivo, su llama pura quemaba y las hacía arder en un
fuego reconfortante. Su conversación, su voz varonil, grave, en la que a veces
asomaban tonos agudos que trataban de disimular como si se les hubiera escapado
un eructo en lugar inapropiado. Eran entrañables, dulces. Acariciar sus
cabellos enmarañados o trenzados, despertaba sensaciones perdidas, el amor de
madres que escondían en la profundidad de sus almas. La piel de esos chicos no
tenía el tacto rugoso de los trabajadores, ni la fofa blancura de los
ejecutivos, estaba tersa como su sexo, suave como sus caricias, olorosa y
sensual. Una vez probada la ambrosía, cualquier comida parece vulgar, no se
desea comer de otro plato. De hecho
desde que iniciaron el contacto con los jóvenes, no había vuelto a telefonear a
Luis y no había contestado a ninguna de sus llamadas que quedaron sepultadas en
la memoria del móvil. Navegaron por aquel mar de sirenas durante mucho tiempo
cambiando de compañeros pero manteniendo relaciones más duraderas que nunca
antes. En estos contactos se entregaban más auténticas, más verdaderas, con la
necesidad de perderse en los cuerpos de sus amados, de encontrar en esos
momentos un instante de placer que las transportara. Porque esos cachorros de
hombre aún no tenían el alma manchada, eran proyectos que podían todavía ser
encauzados. Y sobre todo eran sabrosos manjares llenos de sabor, como el bocado
del limón salado que se toma con el tequila capaz de poner en marcha todos los
sentidos, de romper el equilibrio por unos instantes y ascender en voluptuosos
espasmos hasta el cerebro. No iban a permitir que otros sentimientos
sustituyeran el verdadero sentido de sus relaciones, sólo tenían que servir
para desahogar el ansia que las devoraba como esclavas de su condición de
hembras, pero alguno de aquellos chicos las atrapaban a ellas también en las
redes del placer.
Abel surgió como un reto, un chico extraño y
bello. Ausente de los demás, al margen del mundo, que no se prestaba al juego
erótico de Lolita, porque ni siquiera entraba en su órbita. Resultaba todavía
más excitante llegar al corazón de aquel ser perdido en su propio mundo. No
quería demostrarse nada, sólo que se sentía excitada por poseer un alma que
vivía en el limbo, esperando ser rescatada o redimida. Cuando se acercó a él lo
hizo con la sutileza de quien sólo desea un pequeño favor, sin pretender
molestar. Los apuntes de programación no se habían publicado pero ella
necesitaba preparar un trabajo sobre lenguajes de programación y las relaciones
entre Pascal, Delphi y Dylan.
¿Por
qué me los pides a mí?
Porque
veo que eres un chico que se relaciona muy poco y por eso debes tener tus
propios apuntes. Pero no quiero molestarte. Si prefieres no compartirlos
conmigo no me lo tomaré a mal. A cambio si necesitas algo que yo pueda ayudarte
lo haré encantada.
No
necesito nada de momento. Te dejaré los apuntes y un artículo que tengo sobre
ese tema.
No le resultaba difícil a Lolita aproximarse
a los estudiantes de informática porque por su trabajo dominaba la jerga y los
contenidos de las materias. Abel no se prestó tan fácilmente al juego de
escotes insinuantes y faldas cortas, se mostraba más interesado en la mujer
misteriosa, en el arcano escondido en aquella bella y extraña mujer que se le
acercaba.
¿No
tienes amigas?
Tú en
cambio tienes muchos amigos.
¿Te
molesta que tenga amigos o lo dices como algo que te parece inadecuado?
Yo no
juzgo cuantos amigos son necesarios para ser normal. Los amigos te eligen o te
aceptan si eres tú el que eliges, pero no forman parte de ti. Son si acaso una
prolongación de uno mismo. Aunque creo que no puedo dar lecciones en un tema
del que tengo poca experiencia y que sin duda tu que eres más mayor conocerás
mejor.
No sabía Lolita si aquella expresión de
“mayor” era un intento de ofenderla para que lo dejara tranquilo, o era la
expresión de la naturalidad y transparencia con que Abel se relacionaba con el
mundo, lo que seguramente no le había dejado muchos amigos. Ella no se ofendía
tan fácilmente y en cualquier caso aquello era un desafío que lejos de hacerle
perder el interés, resultaba un acicate en sus propósitos.
¿Tan
mayor te parezco?
Unos
treinta, aunque la verdad es que los llevas muy bien.
¿Eso
quiere decir que te gusto o que para ser una chica mayor no parezco muy vieja?
Tu no
eres una vieja y lo sabes. Tienes un cuerpo bonito, eres una mujer muy
interesante, incluso algo misteriosa, lo que te hace aún más interesante.
Vaya.
Es decir que puede que te guste por una combinación de mi cuerpo y los secretos
que parecen esconderse en mi vida. ¿y que crees que escondo?
No lo
sé. ¿Porqué estás estudiando informática?
Trabajo
de informática, pero carezco de títulos oficiales y con esto pensaba mejorar mi
curriculum ahora que los más “jóvenes” entrareis en el mercado de trabajo con
referencias académicas mejores que las mías. ¿Y tú porqué estudias informática?
Por que
entiendo mejor a los ordenadores que a las personas. No tengo muy buena
relación con el medio, eso ya lo vistes desde el principio. El lenguaje binario
es más simple que la comunicación con los demás.
Pues
conmigo te expresas muy bien. Además que sepas que tú también resultas
interesante por ese aura de chico “raro”. ¿Las chicas no se te acercan para ver
que se esconde detrás de esas gafas de empollón y esa mirada extraviada, que
oculta su miedo y a la vez su deseo de conectar para sentirse menos raro?
Porque a ti no te gusta ser raro.
¿Me has
dicho que eres informática o psicóloga? Aunque admito que eso que dices no es
incierto, sólo dejo entrar en mi campo de visión aquellos que realmente me
parecen interesantes.
Entonces
yo estoy en esa lista. ¿ Me dejarás ir a tu apartamento para seguir
psicoanalizando tu personalidad a través de los lugares que habitas?
No es que resultase fácil, es que los dos
tenían necesidad de conocerse. No era sólo la unión de dos cuerpos y dos almas.
Era la fusión del fuego de Lolita con el calor de Abel. El deseo con la
sensibilidad, el descubrimiento del sexo y el florecer al amor, el cambio, la
revolución, los motores que mueven nuestras tripas y los sentimientos que
alimentan el espíritu. Todo ello colisionó en aquel apartamento, donde apenas
si habían entrado sobraron ya el vestido de ella y los pantalones de él. No
hubo psicoanálisis, no hubo necesidad de hablar, sólo el sexo ocupó el espacio.
Entablaron la batalla tantas veces repetida en la historia, la lucha del cuerpo
a cuerpo, donde las manos, las bocas seguían caminos distintos, destinos
diferentes, cambiantes a cada momento. Donde el placer era viento y el vendaval
abría todas las ventanas entrando demoledor por los corredores y las
habitaciones, revolviendo muebles, rompiéndolo todo. Hasta los prejuicios eran
abatidos, los gritos liberados y los músculos tensos hasta entonces, quedaban
flácidos, satisfechos. Tras la tormenta llegó una calma tensa con las bocas
llenas de sabores, los ojos y los sexos húmedos, pero con las mentes buscando
una explicación a lo que no se puede explicar con la razón. Sólo el cuerpo y
sus instintos pueden dar sentido a los turbadores sentimientos despertados.
Ambos sentían el miedo de que aquello que había surgido fuera sólo un
relámpago, la fuerza de la naturaleza desatada y que tras el impacto los
separara. Pero también en ambos existía el convencimiento de que esa relación
no podía ni querían que acabase ahí. Quedaron tendidos en el suelo, en
silencio. No podían encontrar la palabra que venía a continuación. Quizá sólo
el silencio podía llenar ese espacio. Permanecieron así un tiempo indefinido,
el suficiente para ser conscientes de sus cuerpos y la necesidad de volver a
juntarlos. Con la calma de quien come tras estar saciado, por puro placer de
saborear la comida, fueron paladeando sus cuerpos, apreciando los matices que
el vértigo anterior había borrado, sirviéndose poco a poco el vino de la
verdad. Comenzaron como si fuera un paseo en el otoño cogidos de la mano con la
tarde señalando tormenta, fueron acelerando el paso y cuando las primeras gotas
comenzaron a caer ellos ya corrían en un galope de placer como el que les había
traído al apartamento.
¿Estás
seguro de que no conoces más que el lenguaje binario? Parece que este idioma no
se te da nada mal.
Será
porque tu eres una buena traductora y entiendes todo lo que digo.
Creo
que me has estado engañando y me tirabas los tejos tú a mí y no al contrario.
No.
Siempre estuve seguro de que no tenía ninguna posibilidad contigo. Te veía como
un objetivo inalcanzable y eso que memoricé todos los escritos de las camisetas
que venían sobre estos dos argumentos que ahora tengo en mis manos.
¿ Y
cual te parecía más interesante?
No sé,
pero no veía muy claro el significado de: “Soy vegetariana pero me lo como
todo”
Es que
soy vegetariana ovolactea. ¿Quieres una demostración?
Creo
que lo que quiero es seguir comiendo contigo hasta que necesite ponerme a
régimen.
Pues
para hoy tendrás que cenar sólo. Yo tengo que irme.
Este fue el primer encuentro de muchos otros
que se sucedieron, cambiando las clases de informática por las sesiones de
cuerpo a cuerpo. Los arrebatos se convirtieron en caricias, los mordiscos en
besos, los gritos en susurros, pero con la misma intensidad que antes sentían
la urgencia de saciarse, ahora deseaban prolongar aquel instante hasta el
infinito, sin prisas, siendo dueños del tiempo que parecía inabarcable. El
interés mudó en necesidad, el cariño se fue tiñendo de algo parecido al amor.
“ Es
hielo abrasador, es fuego helado,
es
herida que duele y no se siente,
es un
soñado bien, un mal presente,
es un
breve descanso muy cansado....”
Francisco
de Quevedo
Los cambios movidos por las fuerzas del
amor, como el fuego, van transformando el hielo en agua que se sublima a su vez
en vapor. Los principios sólidos en los que basamos nuestro modus vivendi ,
aquello que parecía inmutable, que era el principio vital, irrenunciable, van
perdiendo fuerza con esa enfermedad mal curada que se resiste a cualquier
remedio. La libertad se somete a la disciplina de un dulce encarcelamiento, se
muda la tranquilidad por el paroxismo, la clara visión del mundo por una
realidad tamizada por el velo de la pasión. Caemos en el agujero que vimos caer
a los demás y que siempre pensamos que no estaría nunca a nuestros pies.
Lolita de forma imperceptible, fue dejándose
atrapar por aquella seguridad que le trasmitía Abel. Se dejó envolver por la
ternura de esos nuevos sentimientos, abandonando su pretérita obsesión por no
dejar entrar a ningún hombre en su vida. La poderosa luz que la cegaba no le
permitía ver como Abel que se entregó totalmente a aquella relación, poco a
poco se encontraba prisionero en ella. No deseaba abandonarla porque en sus
encuentros estallaba su virilidad, sentía abrirse caminos nuevos en su deseo, pero
cuando la pasión se vuelve rutina, cuando el objetivo está ya al alcance de la
mano sin esfuerzo, entonces pierde emoción. Él sentía que aquella mujer lo
había transformado, pero ahora necesitaba y deseaba explorar más horizontes.
Ella había recorrido muchos caminos, la mayoría de ellos embarrados, tortuosos
y este valle le parecía el Edén. Él había vivido inmerso en un caparazón
protector que lo aislaba del mundo y había conseguido romperlo gracias a ella,
pero existía un futuro donde todo aquel mundo nuevo estaba por explorar. Ella
había transitado por el sexo de oportunidad, carnal, que sólo saciaba el
cuerpo, con hombres que nunca le interesaron, ahora disfrutaba el éxtasis de
los ascetas, con su cuerpo y su alma en armonía. Él con su yo siempre escondiéndose
del mundo, ahora a flor de piel, sentía el impulso de anidar en otras almas, en
otras mujeres, sin renunciar a la que le dio el bautismo. Lolita a sus treinta
y pocos años resultaba sorprendentemente atractiva, pero aquellas chicas de
instituto y de los primeros cursos de la facultad le parecían vestales nacidas
para amar y él podía enseñarles aquella disciplina, iniciarlas en ese
arte. Poco a poco los caminos que
recorrían tenían sendas divergentes, aunque luego acabaran encontrándose. Ella
entregada ahora a la misión de recuperar el tiempo perdido, cegada de amor , no
se veía más que a sí misma. Carmen trató de abrirle los ojos cerrados a la
realidad, pero no podía y no quería escuchar.
En ese encantamiento tampoco podía ver como
Ángela crecía, se trasmutaba en una mujer. Las dos evolucionaron a la vez,
inmersas en sus propios cambios, sin ver los que sucedían a su alrededor. Los
padres no ven crecer a los hijos, sólo los ven hacerse más grandes, perciben
los cambios físicos, pero no alcanzan a entender la profunda transformación que
el cuerpo y la mente experimenta en ese inevitable camino que todos recorremos.
Ángela había descubierto una nueva dimensión
del amor que iba mucho más allá del que su madre le daba. Un amor nuevo que se
vive en futuro, en proyecto, en la nebulosa de los sueños alimentados por
emociones que trascienden de lo físico, desconocidas, que anegan el espíritu.
El amor de los jóvenes, la búsqueda de la mitad complementaria, el sexo fresco
como de fruta recién cogida del árbol, la fiebre del deseo y de la contención,
el marasmo del encuentro. Todo ello era incapaz de contárselo a su madre, a la
que amaba, pero los hijos no son amigos, son hijos. Por ello lo contaba a su
diario, lo escribía en papeles que guardaba en los libros.
Cuando lo conoció a él todo el torbellino de
sensaciones que se agolpaban en su pecho vinieron a recibirlo y lo colmaron de
ternura, lo regaron de agua fresca y perfumada con el olor de la belleza y él a
cambio la llenó de proyectos, de nuevas ideas. En su apartamento conoció el
secreto de la vida, en su pelo enmarañado se ensortijaba los dedos, en sus ojos
miraba al infinito. Escribía poemas sobre su rostro, adornaba sus fotografías
con besos. Abel le abría un camino inexplorado que quería recorrer con él.
Fue casual, no hubo maldad en los hados, no
fue una traición del destino, ni quiso la vida castigarla, nadie era culpable
de buscar la felicidad, ninguno era responsable de que aquellas fotografías
estuvieran en la mesa cuando Lolita llegó de trabajar. Las miró, las estrechó
contra su pecho, abrazando aquellos a los que más amaba y lloró con un llanto
silencioso y amargo. Carmen fue el paño en que enjugó sus lágrimas. Aquellas
lágrimas le ayudaron a ver, a mirar, a entender que el mundo giraba sin el
propósito concreto de dañar, que la vida no la estaba juzgando y que había
batallas que no podía disputar.
Dejó de acudir a las clases de informática,
no odiaba a Abel, seguía queriéndolo y no podía culparlo de lo ocurrido. Se
entregó a su trabajo y a la mañana siguiente invitó a Javier a cenar. Sólo
quería hablar con aquel compañero siempre atento que nunca dejó entrar en su
vida y que el tiempo recondujese los sentimientos al lugar que corresponden,
sabiendo que ser feliz consiste en vivir aceptando los regalos de la vida y los
fracasos, disfrutando del viaje de vivir, exigiéndote sólo a ti mismo no a los
demás. Porque no podía dejar de amar a quienes eran motor de su vida, porque
sólo amando se puede alcanzar la felicidad y había pasado demasiado tiempo de
espaldas a esa verdad.
LA REALIDAD SUPERA LA FICCION
domingo, 21 de julio de 2013
Ayer acabé de escribir la última de mis historias de mujer (quiero parar ahí). La número 11 porque quería que fuera un número indivisible, con carácter, mejor que el 10.
No era Malena, a ella hace tiempo que la escribí.
Era Esperanza. Pero tocaba publicar a Malena por seguir un orden. Me acorde de ella hace poco cuando lo del accidente en la planta de confección clandestina en Bangladesh. Y me he acordado de ella en algunas de las noticias más recientes, incluso en nuestro país, que hablan de trabajo clandestino, casi esclavo, de miseria. De la pobreza mental y social.
Veo que pese a que Malena es un despojo de la sociedad, no es el más sucio.
Como en el tango : "Vivimos rebolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos... " Cambalache.
Os sugiero leer Malena oyendo los tangos de Malena y Cambalache. No me hago responsable luego de la mala leche.
Ni Esperanza me ha quitado el mal sabor al releerla, pero que le vamos a hacer.
Hay un agrio en escribir, que sólo se quita escribiendo.
MALENA (ES UN NOMBRE DE TANGO)
MALENA
Revolcada
en el barro, gritando de rabia, royendo la ruina de la vida, rodando,
riendo, arrastrada como un tango. Agarrada a la botella,
emborrachando la razón, regada con lágrimas que resbalan por el
rostro. Corrompida por la pobreza de los arrabales, derrotada por el
tópico de ser Malena.
Sorprendida
por una vida sórdida, ausente de la sociedad, sola, fuera de sitio,
insatisfecha, sorbiendo poco a poco la salud. Salvándome de mí
misma, sabiéndome sabia en ningún saber, sirviendo de excusa,
soltando lastre sin salida. Me excuso por ser Malena.
Cuando
el mundo te deja a un lado, cuando te aparta de su órbita, cuando te
excluye, entonces sólo quedan dos opciones: morir o cagarte en él,
vomitar sobre él toda tu bilis.
Nadie
le explicó que iba a acabar en un infierno. No vivía en un edén,
pero al menos tenía a los suyos. Sus puntos de referencia, los que
tomas de niño cuando todo parece eterno estaban allí. Su mar, su
barrio, su música, su madre. De su padre mejor ni acordarse, él fue
el culpable de aquella huida a ninguna parte. Sus amigos de la
taberna le dijeron que allí, en la otra parte del mundo, una chica
como Malena, con su carácter, con su belleza, sería la reina del
tango.
No
recuerda cuantas palizas le costó dejarse convencer para marchar.
Cuantas heridas curadas en el silencio de la casa por su madre
mientras su padre dormía la borrachera. La fuerza de la ira la
movió, la desesperación, la remota esperanza de que fuera cierto y
la necesidad de salir antes de perecer a la brutalidad. Partía con
la condición de ser la que mantendría la casa desde la madre
patria. Aquel país que a ella le sonaba a Tombuctú. ¿Qué podía
saber ella de España?¿Qué sabía ella de la vida?¿Qué sabia de
aquellos que la esperaban para ofrecerle un futuro?
No
necesitaba otro futuro en una tierra extraña. Necesitaba un
presente, poder vivir su presente. Pero partió en aquel mugriento
barco que antes de partir ya olía a vómito. Un barco de mercancías
que bajo mano trasportaba pasajeros, polizones que pagaban un pasaje
y a cambio recibían una litera y la manutención. Cuánta mentira
disfrazada, qué falsedad preside el mundo. La falacia toma forma de
verdad y con docilidad nos dejamos llevar al matadero. Aún cuando
las señales están claras, se ven los estigmas, las rastros de
sangre de los corderos que nos precedieron. Cerramos los ojos,
pensamos que no puede ser. Tan cruel no puede ser, tan ruin es
imposible, debe haber alguna explicación. Sólo cuando el cuchillo
se hunde en el cuello te das cuenta de que estás perdido, los demás
vienen empujando como si estuvieran ansiosos de descubrir que todo
había sido un error y ya no hay vuelta atrás.
Somos
ganado. En aquel barco ya eramos ganado. Nos marcaron como a la
ganadería, con el hierro candente de la necesidad. La necesidad de
comer, de agua, de dormir. Cambiamos nuestra dignidad por estos
manjares. El capitán se acostó conmigo a cambio de una ducha y unas
manzanas. Yo que había preservado mi flor para mi amado y que la
había entregado por amor. Por un amor ciego, pero verdadero, nacido
de la pasión del cuerpo, de la ansiedad del alma. Él me entrego a
cambio el único presente que consiguió retenerme en este mundo, que
me mantuvo unida a la vida, que preservó la cordura en aquel
aquelarre de humillaciones. Un corazón de corteza de pino que había
tallado con su navaja con nuestras dos iniciales M
y G. Antes de partir le di todo
lo que tenía, para que lo recordase, para que me esperara a la
vuelta y darle mucho más. En ese barco rebaje el precio de mi
tesoro a una baratija. Dejé manosear mis pechos por un mendrugo.
Acaricie flácidas carnes, las besé por unas galletas.
¿En
que puerto puede atracar ese barco sino en el propio infierno ?¿Cuanta
humillación es capaz de soportar un cuerpo, hasta cuánto es posible
doblegarse para mostrar la espalda dispuesta a recibir la fusta? ¿Cómo
no somos capaces de arremeter contra aquellos que nos convierten en
despojos? Clavarles las uñas, morderlos hasta arrancarles la carne,
hundir nuestras manos en sus entrañas, esa debería ser la única
respuesta. Sin embargo callamos, lamentamos, lloramos, nos consolamos
en el mal de otros que comparten el mismo destino, incluso uno más
aciago. No tenemos sangre en las venas, se derramó toda en el parto.
Somos cobardes porque pensamos que el mayor valor que poseemos es la
vida. No es cierto, el más grande es el orgullo para defenderla de
las injusticias, el honor, la dignidad.
Después
de un mes de travesía descargaron la mercancía y el rebaño al que
esperaban sus nuevos amos, que tomaron posesión de los nuevos
animales de carga. Descubrieron que eran tan dóciles como los
anteriores, en la travesía la mansedumbre había sustituido la
voluntad. Nos habían convertido en esclavos abandonando la capacidad
de rebelión, los objetivos personales, la propia humanidad. Así,
como un rebaño de corderos entramos en la furgoneta que nos iba a
trasladar al lugar de trabajo. Allí nos fue contando un hombre
malcarado, desfigurado por las cicatrices de algún cuchillo, que
ahora se había convertido en el señor del miedo. Mientras hablaba
nuestras mentes aún permanecían adormecidas por el dolor. Todo lo
que dijo, aquellas condiciones impuestas, la letra pequeña del
contrato que ahora nos era leída en voz alta, siguió tan oculta
como antes de partir. No había temor, era la conmoción de no
comprender como habíamos llegado hasta allí, porqué empezábamos
nuestro viaje, aquel que iba a permitir mantener a nuestras familias,
con una deuda. Aquellas personas eran nuestros dueños mientras no
devolviésemos el dinero que al parecer nos habían prestado para el
viaje. Nuestro trabajo tenía que servir para pagarles.
Eramos
diez personas, diez despojos, diez niños a los que poder robar su
infancia, diez mandamientos que incumplir. Ninguno de nosotros tenía
más de quince o dieciséis años. Los tres chicos eran delgados pero
fuertes, sin embargo parecían peleles sin alma, juguetes de hojalata
movidos por un mecanismo o marionetas con algunos hilos rotos. Ningún
recuerdo de su ímpetu, de aquel coraje con el que seguramente se
embarcaron para conquistar el mundo, para poner a sus pies a la
humanidad y llenar los bolsillos de oro. Yo pensaba en mi amor, en
aquel que me dejó su recuerdo de madera, con ese cuerpo fuerte,
capaz de derrotar un gigante. Con el corazón tan potente que cuando
estaba acostada junto a él parecía que podía salirse de su pecho.
Seguramente estos niños-hombres habían yacido con muchachas de mi
ciudad, las habían convencido de que volverían siendo importantes,
cargados de poder. Ellas habrían soñado a su lado y habrían
pensado que en ese momento estaban forjando su futuro al unirlo a
este David de brazos fuertes y voluntad inquebrantable. Se habrían visto a sí
mismas como las diosas que un día acompañarían a sus hombres
cogidas por el talle, dominadas por la majestad de estos héroes.
Habían gozado de ese sueño juntos, se habrían prometido mundos de
azúcar y miel, mientras se deleitaban con la ambrosía de sus
jóvenes cuerpos. Ellos eran ahora una sombra, un recuerdo oscuro de
los hombres que quisieron ser.
Las
siete rosas marchitas que ahora formábamos un ramillete avejentado
por la tristeza y el desaliento, habíamos perfumado el aire antaño
con nuestra presencia. Con esa fragancia de los cuerpos limpios, con
el aroma de la juventud, la esencia de la pureza del alma no
mancillada. Sólo los jóvenes son capaces de emanar el perfume
elemental de la vida. Pero allí ya no eramos aquellas muñecas que
salieron de sus casas con muda limpia y su mejor vestido. Nos habían
convertido en muñecas de trapo descosidas, amputadas, con el cabello
de estropajo y las manchas de suciedad emborronando el color de
nuestros vestidos. También nosotras habíamos abandonado nuestro
mundo con un sueño, en algún momento habíamos acabado por creer en
él. Volcamos en ese viaje hacia el fin del mundo la esperanza, el
anhelo de volver redimidas de la pobreza, convertidas en princesas.
No debería estar prohibido soñar, pero a los pobres nos debería
estar vetado ese privilegio. El despertar es atroz, la caída tan
brutal que no permite que quien se levanta sea ya el mismo individuo.
En el abismo, se perdió su rastro y al volver a la realidad es
incapaz de reconocerse. Los sueños son una perversión para los
desposeídos, para los desheredados. Ellos no tendrán el cielo, no
se les resarcirá del mal, no tendrán un lugar al lado de dios. Son
tan pobres que dios no los vio, están lejos de su penetrante
mirada. El dios omnisciente los olvidó, los borró de su objetivo.
Son el relleno necesario para dar vida al mundo, para moverlo, el
atrezzo que
los personajes principales necesitan para que la historia sea real.
Nosotras volvíamos a la verdad del
mundo convertidas en mujeres marcadas, nuestra adolescencia se pasó
en el barco. Fue un viaje en el tiempo donde envejecimos
prematuramente. Eramos escupidas por la sociedad en aquel agujero
donde nos llevaron. Nuestro lugar de trabajo, nuestra casa, nuestro
parque, nuestro retrete. Todo nuestro mundo se redujo, como la cabeza
del enemigo que los jíbaros empequeñecen para dominarlo, para
evitar su venganza. Aquella nave subterránea, donde dos tragaluces
que no conseguían iluminar mas que nuestras penas, nos mostraban
como el tiempo pasaba. Las horas, los días dejaron de tener sentido,
no había medida del tiempo porque no había proyectos, ni presente,
ni objetivos. La fuente de los sueños estaba seca, el futuro era un
erial, un desierto sin oasis. Sólo el corazón de madera latía en
mi mano cuando lo apretaba para agarrarme a la vida. En él
encontraba la fuerza de seguir a delante, aspiraba su olor acre y me
devolvía a aquel bosque, bajo los árboles, sobre las hojas de pino,
con los aromas de la humedad y la resina, en que me dejé llenar de
gozo. Sólo era un instante, el último suspiro de un moribundo, el
instante previo al caos, pero sentía que me llenaba de vida, volvía
a tomar fuerzas para resistir.
Vivíamos
en aquel túnel del tiempo trabajando desde que asomaban los primeros
rayos por las diminutas claraboyas del techo. Bajo el ruido de
aquellas máquinas que cosían telas que nunca nos vestirían,
pantalones, faldas, vestidos para otros. La humedad y el frío nos
acompañaban en todas las estaciones. Aquel era un lugar siniestro
donde las sombras habían vencido a la luz e imponían una
temperatura constante que helaba los huesos. Allí
quizá tomo mi voz de alondra ese oscuro tono de callejón.
O quizá fue el alcohol que a modo de premio de productividad
repartían y al que nos fuimos acostumbrando como a una droga. Aquel
bebedizo que nos ayudaba a adormecer los sentidos, a acallar las
ilusiones, a dominar los impulsos y a resignarse de nuestro destino.
Treinta mujeres y hombres desdibujados por la indiferencia al mundo,
trabajábamos, comíamos, dormíamos, orinábamos, defecábamos, todo
bajo la vigilancia de nuestros amos. Hablábamos poco entre nosotros,
sólo las noches de vigilia, donde la necesidad de pegarse a los
cuerpos de las otras chicas para calentarse, despertaba nuestras
conversaciones. Conocí a las otras Malenas, calcos casi perfectos de
mí misma. Ada, Belay, Galatea nacidas en la miseria, arrastradas
como yo a este sueño ajeno, sacadas de la cuna para ser carnaza.
Habíamos vivido juntas sin conocernos, en nuestro país eramos
vecinas y nos ignorábamos. Aquí eramos extrañas y habíamos tejido
una relación necesaria para preservar algo de lo que poseíamos
cuando vinimos. Sin embargo a pesar de que nuestra mala fortuna nos
unía, todas guardábamos una parte íntima, un secreto que no
podíamos compartir. Hasta en la situación más desesperada
escondemos una carta bajo la manga, porque pensamos que la suerte
puede cambiar. Aunque sepamos que la suerte no existe, que nuestro
hado está marcado por oscuros seres alienados de toda humanidad.
Ninguna desveló su tesoro escondido, pero todas abrimos nuestro
diario para consolarnos. En todas ellas habían escritas palabras de
dolor, palizas, hambre, pobreza. Desgranamos el fruto de nuestras
penas y con ello aliviábamos el amargo sabor que deja la frustración
de saber que los sueños murieron en aquel sótano. Pero también nos
infundíamos valor, inventábamos futuros posibles. Pagábamos
nuestra deuda y adquiríamos la libertad, salíamos de nuestro
encierro para redescubrir el mundo que habíamos perdido. En algunos
momentos ideábamos planes de fuga, nos organizábamos como
guerrilleras, emulando al Ché, invocando su espíritu para que nos
ayudase.
Maldigo el día en que decidimos que
había llegado el momento de rebelarse, aunque gracias a ello pueda
estar escribiendo. El valor reside en el fondo de nuestras almas y
sólo sale a la luz cuando estamos con los demás. Solos seriamos
cobardes, vigilando nuestro bien, evitando entrar en zonas de
peligro. Con los demás adquirimos el coraje, sacamos el héroe que
está escondido. Desenterramos el hacha, defendemos la bandera,
arriesgamos nuestra vida porque el otro forma ya parte de ti mismo.
Da sentido a tu existencia y por tanto hay que protegerlo. No lo
hacemos de una manera solidaria, no hay altruismo, ni generosidad.
Nos ponemos de su parte, porque ese otro al que eres capaz de
reconocer como un bien necesario, comparte tu destino. Somos
valientes egoístas, solidarios interesados, pero verdaderos Aquiles,
Hércules, Dido, Zenobia capaces de enfrentarnos a ejércitos con
nuestro escudo, por nuestra gloria.
Maldigo el momento en que invocamos
el héroe que yacía en su lecho para enfrentarnos contra aquellos
demonios que nos secuestraban. Ella se levantó como un trueno
haciendo resonar su voz potente y oscura, la voz de una niña que
había madurado deprisa, que se había agriado como el vino joven que
se introduce en una barrica estropeada. Se elevó como una diosa
blandiendo la única arma que podía ser arrojada contra Goliat,
conminándonos a seguirla para acabar con nuestra esclavitud.
Consiguió el milagro de despertar nuestras mentes dormidas, levantó
un vendaval de protestas. Todos nos pusimos en pie con ganchos y
palos en las manos. Los chicos antes mansos como perros adiestrados
se trasformaron en mastines, se dirigían hacia los guardianes
dispuestos a arrebatarles la llave de nuestro destino.
Aquel siniestro sótano se convirtió
por un momento en un mundo donde la esperanza tenía ahora una
oportunidad. La luz de las claraboyas parecía tener ahora un brillo
de espada, de rayo divino que viniera a vencer al mal. Sonó un
doloroso ruido que restalló en el aire como relámpago, como la
furia de una ola gigante que rompe en el arrecife y se detuvo el
tiempo. Se paralizó el espacio, hubo una tregua en el cosmos para
ver como una flor roja surgía del pecho de ella. Ese disparo acalló
todo el alboroto, cercenó el brote que había empezado a geminar,
destruyó la muralla que apenas habíamos empezado a levantar. Yo
corrí hasta ella desoyendo los gritos que amenazaban con matarme,
corrí para vengar a la muerte o para morir, para oír de sus labios
cual debía ser el siguiente paso, la consigna. Quería ver en sus
ojos que no nos iba a dejar, pero me encontré con un mirada que se
perdía y una mano que me entregaba un regalo escondido. Pensé que
me entregaba el testigo, la mágica poción para conjurar la venganza
y lo guardé antes de sentir como me apartaban de un empujón, como
me pataleaban la espalda. Puede ver desde el suelo como nos dejaba,
como sonreía, quizás feliz por abandonar aquel infierno.
Nos encerraron conmocionados,
aterrados, silenciosos, de nuevo amansados por el miedo. Permanecimos
encerrados en nuestras habitaciones un tiempo indefinido, hasta que
nos permitieron de nuevo salir con amenazas, innecesarias todavía
porque la rabia no había sido capaz de devolvernos la condición de
humanos.
No supimos nada de ella hasta que un
día entró la policía en aquel recinto y nos liberó, como si
fuésemos presos de un campo de exterminio. Salimos de allí como
despojos, flacos, demacrados, cegados por la luz del sol que hacía
más de un año que no veíamos. No sentimos alivio por la
liberación, sólo un vacío. Acostumbrados a no vivir no sabíamos
como seriamos capaces ahora de retomar nuestro camino. Todos juntos
estuvimos en un centro de acogida hasta que fuimos distribuidos. Nos
animábamos, había palabras de fingida alegría, interpretábamos el
papel de víctimas liberadas de un calvario. Ninguno mencionaba a
nuestra compañera muerta. La policía nos informó que un pastor la
había encontrado cuando su perro olfateaba en un campo mientras
pacía el ganado. La encontraron cubierta de barro, tirada, apenas
enterrada, envuelta en un saco de los que traían la tela con la que
trabajábamos, como se tira a un animal muerto. A través de la
investigación del crimen habían llegado hasta alguno de los
carceleros y con ello habían descubierto el tráfico de personas.
Una red de mafiosos que esclavizaban a niños que eran traídos con
la excusa de un trabajo. Callaban a sus familias enviándoles
pequeñas cantidades de dinero junto con cartas falsificadas donde
les decían a la familia que se encontraban bien y que eran felices,
aunque tenían que trabajar mucho. Eso hacía que nadie reclamase a
sus hijos, que el dinero que llegaba silenciase las sospechas,
acallase las dudas.
La pobreza tiene una cara cruel, la amarga verdad
que encierra hace que huyamos de ella como necios. Cerramos los ojos
para no verla en los demás, no queremos que nos implique. El pobre
es ciego también para el sufrimiento ajeno porque su dolor le basta
como argumento.
Viví en casas de acogida hasta mi
mayoría de edad, allí me enseñaron a leer y a escribir mejor.
Aprendí lo que en mi la escuela de la vida me había negado.
Trabajé en un hotel de asistente,
después en un periódico, estudié, leí, escribía alguna nota para
el periódico. Les gustaba mi carácter agrio, desencantado con la
vida, derrotista. Mi notas eran siempre tristes pero quemaban las
conciencias, pese a que me empeñaba en ser una agorera impenitente,
en mis escritos había más de amor que en algunas novelas rosas.
Gané dinero suficiente para volver a mi país dónde ya nada fue lo
que había soñado. No volví como una triunfadora aunque para
algunos así fuera. Volví como una perdedora. Había perdido mi
adolescencia, mi juventud, mis amigos que ya casi no me reconocían y
los que encontré me trataban como a una extraña. Viví aquella
existencia que consideraba de prestado, pegada siempre al recuerdo de
aquella que murió en el sótano gritando con voz ronca libertad para
todos nosotros.
Me
llamo Galatea, pero soy también Malena, porque tengo de ella su
esencia, me cedió su secreto, aquel corazón de corteza de pino
grabado con dos iniciales M
y G.
Quiero pensar que la G
era
mi nombre que fue escrito por la diosa del destino.
Escribo con él agarrado en mi mano,
como ella cuando murió. Escribo como venganza, como revancha contra
el mundo que convirtió a Malena en un desecho, en una mercancía de
usar y tirar.
Escribo por ella porque en su muerte
nos devolvió la vida.
IMPRESIONES DE BEA
lunes, 6 de mayo de 2013
¿Cómo es posible sentirse tan ajeno a algo?
Cuando llegué a India, ésta fue mi primera sensación. Como llegar a otro planeta. Ni siquiera anatómicamente parecemos iguales, pero lo somos.
Lo somos a pesar de las apariencias. Somos todos seres humanos, cada uno con su propia historia, cada uno sintiéndose único e importante en este mundo.
Al principio la euforia se te apodera. Es un país de gente dulce y amigable que hace todo lo posible por agradar. Saben que has llegado para intentar ayudar y el respeto que muestran llega a ser veneración. El calor humano es algo que abunda. Eso a 8000Km de distancia es algo que también nosotros debemos de agradecer y mucho.
Los saris que llevan la mujeres son preciosos, ellas guapas me sonríen con la complicidad implícita entre las del mismo sexo. Te sientes bien entre ellas.
Los niños, qué ojos, Dios cómo me gustan. Los fotografío a todos, además aquí a todo el mundo le gusta que le hagan fotos, cuantas más mejor. Después se las enseñas y sonríen felices. Es una pasada.
El calor es insoportable y alguien comenta “huele a India”, ya en el aeropuerto. Yo pienso, no huele a nada, sólo a noche de verano. Pero es que no tengo ni idea de lo que me espera. Cuando coges un rickshaw y te lleva a la “ciudad”, entonces te das cuenta: India huele a India. Es un olor ácido, a excremento, a especias, a sudor humano y a humos que exhalan los miles de vehículos que encuentras a tu paso. Caos de tráfico tanto de motores como de animales y personas. No esperes carriles, semáforos, señales o normas no, aquí todo vale. Vigilo el frente, la espalda, los costados, vienen por todas partes en un claxon infinito que te mantiene alerta. Nadie para, todos pasan primero y yo acongojada, sigo a mis compañeros.
El mercado es imposible, contraste, color, calor, olor todo mezclado. Tengo cuidado y miro al suelo a ver si piso lo que no debo. Porque India es un país que acumula restos fecales en cada uno de sus poros, cómo es posible tanto excremento, tanta basura, tanto desperdicio, escombro y putrefacción acumulada. Nadie mueve un dedo por sacarlo de su lado. Da igual que vivan en medio de tanta inmundicia, lo hacen ajenos a ella, como si no existiera, inmunes, descalzos.
La vida diaria en el trabajo empieza a pesar. Comprendo la dificultad para acceder realmente a personas tan distintas, vidas distintas, formación distinta y cultura distinta.
La jerarquía es la religión aquí, ancestral pero vigente al cien por cien. Nadie se atreve, todos quietos, paralizados, bloqueados; sólo uno manda, dirige, da, quita y decide cómo, cuánto, cuando y sin por qué.
Hay que asumirlo, interiorizarlo y practicarlo. Pero es algo que cada día va pesando un poco más, tendiendo en cuenta que ser mujer es un infravalor añadido.
La inequidad sexual está patente en todas partes sin tener que aludir a la violencia de género, que la hay y mucha.La mujer es siempre el actor de reparto, el protagonista es de otro género. Pero eso no impide que las labores más pesadas sean de ellas, mientras sus cónyuges las vigilan tranquilamente a la sombra de un árbol. Es desbordante ver tanta dominación y ellas, tan dóciles, tan sumisas, tan guapas, tan jóvenes pareciendo tan viejas. Porque sí, son guapas pero no hay mujeres maduras, hay niñas que paren niños desnutridos y viejas de 40 años.
Me han llegado a estimar casi 20 años menos de los que tengo. Qué alegría, dirían algunos; pero no es para alegrarse, aquí da pena porque no existen mujeres de 40 años con el aspecto que se debería tener a los 40. Tanto castigo, tanta represión, tanto trabajo provoca que envejezcan prematuramente sin ninguna opción.
Aquí está prohibido decir el sexo del feto a las madres que sólo quieren parir varones y son capaces de interrumpir la gestación si supieran que van a dar a luz una niña. Las niñas son sólo una carga familiar a la que hay que preparar una dote aceptable para casarla pronto y que se vaya a casa de su marido apalabrado con sus suegros y su dote. Allí, desde prácticamente la adolescencia, tiene que servir a su familia política y parir los hijos de un perfecto desconocido.
El hospital donde trabajo es una bendición para la zona. Las mujeres pueden dejar de parir en sus casas y hacerlo allí. Una media de 30 partos diarios. Muchas de ellas no llevan un control adecuado y el único contacto con el hospital es el momento del alumbramiento. Eso es lo prioritario en este momento. La educación sanitaria, la vigilancia antenatal, el tratamiento de la desnutrición y el control intraparto.
El control adecuado intraparto es otro caballo de batalla. La parálisis cerebral infantil es un gravísimo y gran problema aquí. Además, la Fundación es especialmente sensible con estos niños que sin ella no existirían o estarían moribundos en sus casas. Es impresionante visitar el proyecto de niños con parálisis cerebral. Se me vuelve a poner un nudo en la garganta sólo de escribirlo.
Cuando acaricias a alguno, responde inmediatamente cómo diciendo: esto me gusta, dame más. Sonríen y levantan la mirada y yo casi no me puedo aguantar, por favor qué pena tengo. En algunos de los casos sería evitable que estos niños, por lo demás preciosos, nacieran en este estado y estuvieran encarcelados de por vida en unos cuerpos enredados, espásticos, ciegos y sordos.
Da gusto ver a las personas que trabajan con ellos. El ingenio y el trabajo duro y bien hecho, mejora sus vidas. Toda mi admiración para ellos.
Los fines de semana han supuesto una válvula de escape a la olla a presión en la que está mi cabeza. Hemos visitado Hampi, un lugar absolutamente precioso en medio de todo esto. Los templos son impresionantes, la vegetación cambia por completo y se hace frondosa, los cultivos fértiles y los animales bien alimentados.
La tarde está cayendo y hace un calor pegajoso. Tengo ganas de volver mañana al hospital donde vivimos en Kalyandurg. Allí nos dejan tomar la cerveza que allá por donde vayas está prohibida. Yo mataría por una ahora mismo. Además qué lujo, nos han puesto un router y tenemos wifi, podemos conectar con nuestra vida, el whatsapp, mail, facebook. Acceso libre a tu entorno, sabes que te está esperando.
Nos queda una semana de trabajo y regresamos a casa. No me gustaría olvidarme de todo y por eso lo he escrito.
Beatriz Marcos
Beatriz Marcos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

