ROSA

sábado, 30 de marzo de 2013



Emanaba de su cuerpo un perfume suave como el de su nombre. Una sutil fragancia apenas perceptible, como si el aroma fuera un recuerdo del que días atrás había aplicado en su cuello y en sus muñecas. Pero no se trataba del olor de una sofisticada mixtura de extractos florales que venden en esas tiendas exclusivas. Era la quintaesencia de la alquimia, el perfume perfecto que apenas si se percibe. Ese éter purísimo inmanente a su piel y vertido al aire con el movimiento de su anatomía que no deja lugar a la indiferencia, que arrastra tras de sí y domina la voluntad. No era posible resistir su presencia sin subyugar la voluntad a sus deseos. Desde su puesto de directora jefe de una empresa de diseño y publicidad nada escapaba a su control, ni los proyectos ni ninguno de nosotros. Desde que llegó fue moldeándonos a su antojo, creando un mundo propicio para su comodidad, para su disfrute.
Hablo de su perfume pero podría hablar del vértigo que producían sus movimientos, la elegancia de su atuendo, la perfecta combinación de los complementos. Nada quedaba al azar.
Muchos pagaron el tributo de su afecto y muchos perdieron la razón por su causa, al menos yo. Una verdadera femme fatale de película.
No había sido siempre así. Cuando apareció con su curriculum en la oficina, nadie pensó en el abultado book que presentaba, su falda era bastante más llamativa. Ni siquiera las chicas dejaron de mirar las piernas y su contoneo. Entonces parecía una buscona con clase. Quería y podía impresionar, ella lo sabía y lo utilizaba. Hasta ahí ningún reproche se le podía hacer. Muchas otras habían utilizado las armas de mujer en la guerra sin cuartel del trabajo, sobre todo en nuestro trabajo que vivíamos de la imagen.
Narciso, nuestro jefe de marketing entonces, también lo pensó. Pero valía la pena detenerse a paladear aquel movimiento rítmico, el ascenso y descenso de los accidentes de su orografía que no podían ser ignorados salvo que se tuviera la fatalidad de ser invidente. No lo disimuló y disfrutó de la visión de una diosa que había tomado forma humana y que hacía palidecer a Venus misma. Ella no rehuía las miradas, disfrutaba de ser observada, devorada en cada parpadeo.
El que hablara francés e inglés era desde luego un mérito nada desdeñable en aquel oficio, pero el que hablara con aquel timbre sugerente hacía pensar en horas de aprendizaje ante el espejo, o quizá era otro don natural. Creo que supo inmediatamente que tras aquella consabida frase de: “estudiaremos su oferta y la llamaremos” habría una llamada con seguridad. Dos licenciaturas, un máster, varios trabajos previos en empresas del sector y una carta de recomendación de una empresa francesa de cosmética, junto con fotografías de los productos en los que había trabajado eran por sí mismos argumentos consistentes para solicitar un puesto de trabajo en cualquier empresa. Pero tenía el presentimiento o casi la seguridad de que en la mente de aquel narciso engreído figuraba además de los méritos que aportaba, el deseo de disfrutar de aquel otro curriculum intangible que era su cuerpo. Lo sabía perfectamente por la mirada lasciva que recibía sin pudor y que devolvía con una invitación a hacer reales esas fantasías.
Por esa sonrisa de autosuficiencia ya merecía un castigo, por aquella arrogancia que da el poder, merecía un destino de humillación. Antes que ella muchas otras mujeres habían caído en las redes de aquel galán de medio pelo cuyos méritos figuraban en la abultada nómina y el temor a ser despedido. Antes de darse la vuelta para mostrar el reverso de su anatomía, dejó caer uno de los párpados en un gesto que no se sabía muy bien si era casual o premeditado. No pasó desapercibido el gesto para Narciso, él lo tomó como una insinuación, como un: “no sabes lo que te pierdes si no aceptas”.
Antes de una semana Rosa se sentó en la mesa junto a la mía y compartíamos puesto de trabajo. Su entrada esta vez fue algo más discreta. Pantalones de ejecutivo y camisa blanca bien abotonada, pocos complementos y un maquillaje natural que permitían exponer sólo una parte de su potencial.
-¿Cómo te llamas?- Me preguntó con una voz seductora, pero no fingida.
-Juan. - acerté a contestar, sin reparar en que no dejaba de mirarla como hechizado.
No le debió de parecer extraordinario que quedara perturbado en este nuestro primer contacto y tengo que decir que no fue fácil al principio establecer una relación, digamos normalizada entre nosotros. Pero fui tomando confianza en mi mismo y empece a comportarme como correspondería a un compañero de trabajo. Ella necesitaba que le explicase el funcionamiento de la empresa, el modus operandi, los entresijos de aquella compleja maquinaria compuesta por relaciones entre jefes y subordinados, productos y mercados. Me presté con devoción a servir a este ángel que había tenido a bien el permitir que la acompañase en su transito terrenal. Me sentía orgulloso de mí mismo, ante mí y ante los demás, al estar acompañado por aquella vestal que acaparaba todas las miradas, toda la atención. Yo sería su maestro, su escudero o su esclavo si ella lo quería con tal de no perder su compañía. Fuimos alguna tarde a tomar una cerveza tras acabar de trabajar, caminamos juntos por la ciudad y sentía como el tráfico se detenía a su paso para admirarla, como las miradas se posaban en mí con el interrogante en sus bocas : “¿Quien es ese pardillo, que acompaña a aquel monumento?” .
Rosa no era una compañera paciente, quería aprenderlo todo, devoraba la información. Quería conocer el mercado que manejábamos, los productos que estaban en cartera, nuestros proyectos, quién distribuía el trabajo y quién valoraba las propuestas. Era un torbellino, un vendaval de aire que me obligaba a moverme, a plantearme preguntas que nunca me había hecho. Pronto comenzamos a trabajar juntos en algunos proyectos y a presentar ideas. Alternaba el trabajo de día en la oficina, con alguna tarde de copas con los compañeros dónde continuaba su misión de aprenderlo todo de nosotros. Las noches también eran de trabajo, pero de momento a tiempo parcial. El jefe era el beneficiario de su probada dedicación al trabajo y por las atenciones que le prestaba, se diría que no estaba descontento con su tesón laboral. Si Narciso había sido un tipo odiado por todos los componentes de la oficina, ahora lo era un poco más si cabía. En lo que a mí respecta era un engendro abominable que se aprovechaba de su posición de poder. Yo le dedicaba a Rosa parte de mi tiempo, obtenía a cambio sólo el regalo de su compañía y algunas confesiones sobre su relación con la jefatura que para nada quería escuchar. En cambio él disfrutaba de aquello que para mí estaba vedado. Rosa me contó que había iniciado una ofensiva también en la dirección general de la empresa y se había presentado al director general. La palabra presentación en boca de Rosa era difícil de definir y no deseaba indagar en los pormenores de la presentación. Esa relación de confraternidad conmigo dónde no cabía ninguna posibilidad de otras alternativas me sacaba de quicio. Yo no deseaba ser sólo el confidente, deseaba ser su amante o al menos su amigo.
Estábamos trabajando en el lanzamiento de un producto rejuvenecedor facial, en forma de gel y ella ya me había presentado algunas ideas, varios diseños con la palabra Magic haciendo alusión a los mágicos resultados y Ángel por su formato como gel asociado a una imagen de belleza inmaculada. Aunque alguna de las cuidadas presentaciones con su Mac las había hecho en la reunión semanal donde se exponían todos los proyectos de diseño, me confesó que el grueso de la presentación, la definitiva la había presentado en un pase privado a Narciso. Él no se había cansado de admirar la presentación y a la presentadora en aquella velada.
Rosa había organizado una presentación del gel con una puesta en escena fantástica. Un cielo azul sobre el que nubes blancas, cirros como plumas dejaban aparecer un rayo de luz a través del cual descendía un regalo divino ANGEL, el nuevo cosmético en forma de gel que iba a revolucionar la belleza, capaz de trasmitir vida a las pieles apagadas. Todo ello se materializaba en la aparición de una figura imponente envuelta en velos con alas blancas y el rostro de nuestra Rosa convertida en ángel. Una figura que no podía sino captar la idea del espectador asociándola a el nombre del producto. Era una idea sin fisuras. Era la estrategia de una meiga, de una bruja que vertía en los oídos del jefe un bebedizo con el que quedaría hechizado. No sólo vendía el producto, sino que se vendía ella misma, pasando de diseñadora a modelo de marca.
Cuando en la reunión siguiente presentó Narciso el proyecto como una idea propia, había modificado la cara de Rosa por una de las modelos que trabajaban para la agencia. Todos supimos que había robado la idea a nuestra compañera, incluso yo me atreví a decir que el nombre se había presentado antes por nuestra compañera. No era la primera vez que sucedía. Nuestro jefe había compensado en numerosas ocasiones su falta de ingenio con su facilidad por apropiarse del de los demás, sin el más tibio sentimiento de culpa, sin sonrojo. Todos mirábamos a Rosa, pensábamos que después de sus sacrificios acababa como muchas bajo las ruedas del ego del jefe. Creímos que estallaría en cólera y que denunciaría esta canalla apropiación de su idea, pero lejos de inmutarse apoyó el proyecto como un proyecto en el que las ideas de todos habían tomado forma. Narciso se apuntaba el tanto y no sólo había conseguido “beneficiarse” a Rosa, sino beneficiarse de lo más importante, de su idea que le proporcionaba un nuevo peldaño en la escalera interminable del poder. Colocaba a la vez a aquella mocosa en el sitio que le correspondía, bajo su égida, debajo de él, tanto aquí como en la cama. Justificaba su actitud como necesaria porque Rosa había pretendido siendo una recién llegada saltar al estrellato de la fama, necesitaba imponer su autoridad ante la osadía de aquella mujer. Estaba bien que fuera atenta, que le tuviera contento, pero de ahí a dejarse pisar. No había tenido más remedio que actuar y se había hecho justicia, su justicia.
Cuando le llamaron la semana siguiente desde la dirección general ya sabía que le iban a felicitar, que iban a aplaudir aquel talento que le mantenía en su trono. No entendió como al entrar se encontraba el director general con Rosa y le recibían con una cordial sonrisa que nada bueno hacía presagiar. ¿Qué se traería entre manos aquella mujer? ¿No había sido suficiente el correctivo de la semana anterior?
No consiguió entender como el director general le espetaba nada más sentarse que iban a prescindir de sus servicios y que la empresa pensaba demandarlo por apropiación de propiedad intelectual. Además de informarle que ella iba a ocupar su puesto. Había demostrado su valía y tenía dotes suficientes para el puesto. Aquello era demasiado para la capacidad de narciso. No salía de su estupor cuando le mostraron el blog de Rosa con fecha de quince días antes de que él exhibiera la idea y el testimonio de varios de los colaboradores que afirmaban que la idea de aquella promoción no era suya. Lo sé porque entre esos testimonios figuraba el mio, que era además un encendido alegato en contra de la práctica habitual de Narciso hacia nuestras ideas.
Esta vez había rebasado la delgada línea que atravesamos sin darnos cuenta cuando convertimos lo falso en verdad para nuestro interés, cuando perdemos las referencias de lo justo si va más allá de nosotros mismos. Ocurre en muchos ámbitos, el corrupto inicia sus corruptelas y les da valor de dádiva merecida, va trasgrediendo la ley y justificando dispendios cada vez mayores hasta que llega al escándalo. El malvado se inicia simplemente como antipático, pero su aislamiento lo va trasformando en un individuo antisocial, encontrando finalmente satisfacción en el dolor ajeno, hasta que provoca una muerte y se le descubre. El mentiroso es al principio olvidadizo, no recuerda aquellas falsedades descubiertas, pero va adquiriendo la habilidad para crear la mentira, para urdir la trampa de la falsedad hasta que es desenmascarado. Pero a veces existe aquello que podemos llamar “justicia divina” o simplemente que cada pecado lleva aparejada su penitencia. La vida nos devuelve lo que sembramos, es paciente, no tiene un plan prefijado, pero como el bien, la maldad no puede ser infinita. Siempre existe una horma para cada zapato. Siempre hay alguien más listo, más malvado o más afortunado que permite que nos pongamos en el lugar de enfrente.
Lo difícil es ponerse frente al mundo. Lo complicado es sobreponerse a la adversidad. Lo valiente es afrontar el “castigo” y vencerlo. Narciso no podía hacerlo porque le cegaba tanto su propia luz que no vio como venía de frente la arrolladora figura de Rosa. Su arrogancia era tal que no imaginaba que nadie pudiera disputarle su sillón. Cayó desde el precipicio, fue defenestrado sin saber siquiera que su silla se movía. No supo nunca qué había pasado.
Nunca averigüé si Rosa había planeado todo aquello, quizá cayó en la trampa de pensar que su jefe la apoyaría a cambio de su irresistible presencia y le había contado su proyecto. No dejo de pensar si es posible que Rosa podía haber previsto que Narciso se apropiaría de la idea y ya había movido los hilos del director general. No lo sé. Ella era imprevisible y como después pude comprobar era capaz de todo. El director general también lo supo antes de perder el sillón, que había sacrificado por los favores de aquella dama perversa y a la vez divina. Nunca supimos como llegó al puesto de director, pero allí estaba ella repartiendo su aroma para todos nosotros.
Ahora la veo a diario, en la oficina y en las imágenes de aquel rejuvenecedor facial que hay repartidas por toda la ciudad. Su cara de ángel, aquel óvalo de piel oscura , flanqueado por las almendras de los ojos extrañamente azules, glaucos como el fondo de un estanque en el que los hombres perdían todas las miradas. Su pelo moreno oscuro, enmarcando el rostro presido por la boca de la que salían susurros y cálidas palabras de amor.
Cuando la miro tengo cada vez más la certeza de que mi destino es tomarla con fuerza por el tallo a sabiendas de que se clavarán las espinas en mi mano. Pero de momento me conformo con admirarla de lejos. Por eso me llaman sólo Juan, Juan Sólo.


HOY ME HE LEVANTADO Y HE PENSADO EN EVA

sábado, 2 de febrero de 2013

Hoy cuando me he sentado en el Mac dispuesto a estudiar inglés, he visto la manzana mordida y he pensado en Eva. He leído el relato y quería publicarlo.

Eva la transgresora, dulce y divina. 

Me encanta esta mujer.




EVA

Eva no temió nunca ni a Daniel ni a nadie. Decidió morder la manzana del árbol de la vida a pesar de que le costara la expulsión del paraíso. Renunció a ser la primera de una estirpe que iba a cambiar el mundo. Una nueva mujer junto a Daniel que formaría un binomio perfecto, la única pareja que mereciese ser salvada en el arca del diluvio. Abandonó lo que dios, su padre, le ofrecía que era poco menos que la gloria, a cambio de ser ella. Podría haber pedido la luna y la hubieran comprado con tal de que se adaptara al modelo que previamente había sido diseñado para su vida. Fue capaz de atentar contra el mandato divino de poblar la Tierra, por un capricho, por una pulsión insana que todos se esforzaban en hacerle ver.

Nació en una casa de buena familia.

Bueno nació en el hospital, rodeada de los mejores médicos de la ciudad. Dos ginecólogos eminentes que discutieron con profundidad las ventajas e inconvenientes de la vía del parto. Se debatió la conveniencia de un abordaje abdominal que evitara cualquier trauma tanto a la madre como a la criatura. Sobre todo tras la petición de la gestante, que rogaba no pasar por aquel humillante proceso de creación tan necesario como desagradable. Algo tan vulgar como el parto, rodeado de los mitos de comadres y viejas brujas, envuelto en un sórdido ambiente con olor a sangre, a sudor por el esfuerzo. Con instrumentos ideados para la tortura, impregnados del líquido amniótico, del pegajoso meconio. Nada de aquello le atraía y nada de aquello iba a ser para ella. Su clase no le permitía descender al acto más primitivo de la especie, para eso pagaba a aquellos doctores, prohombres de un nuevo concepto de la obstetricia y del propio acto de crear. Ambos llegaron a la conclusión de que aquella dama preclara en conceptos obstétricos había acertado en el diagnóstico y en la indicación para una cesárea.

Todo sucedió en el entorno de la asepsia del quirófano, con elegantes enfermeras y un atento anestesista seleccionado entre los más aventajados de su especialidad que colocó un catéter epidural que se mantendría en las primeras veinticuatro horas para evitar los innobles dolores de aquel tránsito, a la dama. Tan pronto nació Eva fue atendida por un pediatra , un perinatólogo de probada pericia, que dirigía la unidad de cuidados intensivos neonatales en el más exclusivo hospital. No se pensó en el contacto precoz, en el piel con piel, todo aquello quedaba supeditado a que la integridad y la seguridad de quien por entonces iba a ser la destinataria de un imperio, no sufriera menoscabo. Su madre aturdida por el delicado momento que había atravesado no pidió ver a su hija hasta la tarde, cuando ya todas las visitas iban a presentar los respetos y agasajar a la entrañable familia. Una cohorte de acaudalados varones con sus respectivas esposas, lujosamente enjaezadas como las caballerías que aquellos grandes hombres poseían en sus fincas, desfilaron por la suite reservada del hospital. Algunas doncellas y hermosos querubines acompañaban a los ilustres invitados portando regalos, presentes que se iban depositando en los anaqueles de la habitación contigua. Aquel ofertorio, en nada podía diferir del que siglos de pintura habían reflejado en la Sagrada Adoración.

Estas imágenes quedaron en la retina de la niña recién llegada, indiferente a la adulación y a los agasajos que recibía de todos ellos. Quizás ya entonces se iba forjando el ánimo de aquella criatura, con aquellos ritos que no recordaba y que su tata le había contado en las noches al cobijo de la oscuridad. No lo supo nunca. Como tampoco pudo saber si su mimada infancia o el celo que se ponía sobre su persona la hizo como era. Tampoco necesitaba saberlo. Nada de aquello lo había elegido, no se sentía responsable de haber nacido en aquel lugar, en aquel tiempo. Sólo era responsable de lo que hiciera y esa conciencia es lo que la había decido a ser libre. Libre para el acierto, libe para el error. Cometer errores era humano, que los demás tomaran tus decisiones te hacía tan responsable como si las hubieses tomado de propia mano, con el agravante de que no eras dueño de tu propia vida. Desde que empezó a tomar conciencia de ello no había permitido que nadie usurpara su propia identidad. Había personas a su alrededor pagadas para obrar en su nombre asumiendo las consecuencias de los fracasos. No iba a permitir que otra persona se hiciera cargo de sus errores, ni dejaría que otro le indicase el camino a seguir en aquello que era fundamental. No renegaba de los asesores, de los maestros , de los tutores que pudieran mostrarle como acertar en las encrucijadas de la vida, agradecía su aportación y su esfuerzo, pero ella decidiría que camino tomar.

Demasiado tiempo había concedido a quienes manejaron su vida como un negocio que debe ser rentable, como un proyecto personal de otros. Desde su infancia había estado viviendo en un paraíso, en un vergel donde no existía el más mínimo atisbo de peligro para ella. Su crianza a cargo del ama de cría, con biberones para evitar que aquella mujer tuviera otro concepto sobre la niña que el de un empleada en su cuidado. Un pediatra se ocupaba de supervisar la alimentación, el perfecto desarrollo de su organismo. Como el mecánico que supervisa el perfecto funcionamiento del coche favorito del amo. No recordaba nada del pediatra, en cambio de su tata lo recordaba todo, su olor, su pelo cayendo sobre la cara, su sonrisa, las historias que le contaba antes de irse a la cama. Aquella mujer fue su verdadera madre, Gabriela era su nombre. Una mujerona de pelo oscuro y denso, cuyo cuerpo invitaba a acurrucarse contra él. Aquellas carnes redondas eran el refugio de tantos días de soledad en aquel paraíso áureo, lleno de criados y vacío de amor. Sólo el calor de esos pechos grandes que mojaba con el llanto enjugaban su pena. Cuando estaba enferma, sentía como el dolor de su enfermedad traspasaba el espacio e infringía daño en su aya, Gabriela sufría sus noches de llanto llevando su desvelo con naturalidad, sin la obligación de un asalariado. El amor se filtra por los poros de la piel y aparece en la cara descubriéndose sin posibilidad de ser ocultado. El verdadero amor es visible porque pone en sincronía los espíritus. Aquella mujer la quería en lo más profundo de su ser. No necesitaba que le pagasen para hacer aquello que llegó a ser el motor de su vida. Eva era lo que daba sentido a su existencia y se sintió pagada por ello con un amor correspondido.

Su verdadera madre también la quiso, pero su amor tenía algo de labor obligada, de cuidado de la propiedad. Era una mujer muy ocupada en atender su complicada vida social. Los deberes del hogar, la supervisión de las tareas de los criados, los cócteles, las fiestas, las noches de teatro. Todo aquel sin fin de obligaciones llenaba su calendario. Ocupada también en esconder las huellas que el tiempo iba dejando en su cuerpo, aquellas señales inequívocas de la edad que para ella eran una tortura. Vigilaba su progresión con obsesivo celo, no podía dejar de verse como una estatua de mármol cuya belleza debía crecer con el tiempo. Se recordaba a sí misma en su juventud tan deslumbrante como una diosa y había retenido aquella imagen en su memoria sirviéndole como molde para imitar tras el paso de los años. Veía como la juventud de su hija la iba delatando ante los demás, sentía como las formas cada vez más hermosas de Eva no eran si no la prueba de su declive, era como si la belleza que su hija iba mostrando hubiera sido robada y sin apenas pretenderlo sentía que el filo de la envidia le acariciaba la piel. Una piel blanca esmeradamente cuidada por los cosméticos, por los masajes, pero que había perdido el brillo y la tersura de antaño. Ya no conseguía atraer las miradas de los hombres, acaparar toda la atención como antes, cuando el mundo parecía que dejaba de respirar a su paso. Entonces si no hubiese sido por sus fuertes convicciones religiosas, sus escrúpulos morales y la adoración por su marido que le habían hecho renunciar a los hombres se hubiera perdido, ahora quizás necesitaría recurrir a gigolos para sentirse amada y deseada.
Era una mujer esbelta, de apretadas facciones, con una nariz fina, recta, pequeña. La prueba de identidad de un noble linaje de tierras lejanas, hombres y mujeres del norte que le habían dejado también en herencia sus ojos profundamente azules y un cabello otrora rojizo y que ahora parecía de un castaño claro. Su mirada tenía la severidad de una diva, la dulzura de una princesa o la perversa frivolidad de un felino. Era capaz de hablar con los ojos, expresar su deseos con la misma claridad que con su voz. Manejaba con mano de hierro los asuntos de la casa, pero siempre bajo el mandato de su marido, bajo su égida, actuando como un fiel factótum de aquel que era el auténtico patrón del barco. Aunque su concepto de sí misma era tan elevado que cualquiera que alcanzase a su vista estaba por debajo, sentía el peso de su condición de mujer, de ser imperfecto realizado de una parte innoble de los hombres. De una costilla no podía surgir un ser que igualara en inteligencia, en espíritu, en valor al hombre. Esa sumisión implícita en su conciencia la hacía absolutamente dependiente de la ley marcada por él. Los mandamientos impresos por el fuego sagrado, inspirados por el mismo Creador, salían de la boca de su marido y se grababan en su fuero más interno formando parte de su propio deseo, de su propio mandato. Asumía con absoluta normalidad aquel lugar que la Naturaleza le había cedido, sabiendo eso sí, que entre las mujeres no había una de mayor rango que ella misma, que se elevaba por encima de criados y asalariados que parecían pertenecer a una especie distinta no clasificable por los mismos criterios.

La hija era parte de su trabajo, de su propósito en la vida, el de perpetuar aquella posición que ostentaba y si acaso agrandarla. Ser merecedora en su vejez, que la atormentaba, del reconocimiento postrero de haber sido un elemento indispensable en la prosapia familiar de su futuros descendientes. No le cabía ninguna duda que a partir de ella misma se iniciaba una saga de ilustres damas e insignes caballeros que deslumbrarían al mundo. No había otra posibilidad, era el curso natural del mundo que reconocía a los grandes en su grandeza.

Todo ello requería de un arduo trabajo y de una firme dirección. Era su deber, su leitmotiv, su objetivo, su única razón, el dictado que le había sido encargado.

Desde temprana edad Eva tuvo los tutores y profesores necesarios para sacar de ella el máximo partido a sus capacidades. Su madre velaba que aquellos sapientísimos dejaran en su hija el poso necesario para la posteridad. De la misma forma que se ocupaba de la supervisión de la casa, del servicio, del jardín, se ocupaba de su hija. La quería, pero no estaba permitido para una dama mostrar sentimientos de dulzura, de ternura, que pudiesen dejar al descubierto sus debilidades. Eva lo entendía, su cobijo emocional era Gabriela, aunque la madre tuviese prohibido a la criada el tomarse licencias con la señorita.

En cuanto a su padre, puede decirse que no lo conoció. Como Dios en las alturas, habitaba el Olimpo reservado a los elegidos. Sabía de él por los noticiarios y las revistas, más que por su propia compañía. Estaba ausente de todos sus momentos vitales. En cada cumpleaños, en cada celebración, en cada disgusto, su padre debía asistir a importantes reuniones, que en boca de su madre cambiarían el curso de la historia, y que le impedían estar allí. En compensación, nunca faltaban los regalos, tantos regalos que era imposible que no repitiese ninguno. Es posible que su asistente llevase una ordenada cuenta de los detalles regalados a su hija, y es también posible que fuera él mismo quien los eligiese a instancias del padre. Cuando volvía eso sí siempre le daba un beso en la frente, como reconociéndola, dándole rango de vástago, de heredero legítimo. Las reuniones familiares como las Navidades o cuando existían acontecimientos extraordinarios, se convertían en concurridos banquetes, en multitudinarias celebraciones donde sus padres debían ejercer de atentos anfitriones. Eva quedaba al cargo de Gabriela, era presentada a todos los ilustres invitados de la mano de la criada, que lucía a la niña como si fuera suya propia. Tras las presentaciones quedaba con su aya y los demás niños en la habitación de juegos, para que con su algarabía no molestasen a los mayores. Era un momento dichoso para ella, porque podía relacionarse con otros niños, jugar, ser lo que le correspondía por edad. Aunque muchos de aquellos individuos prepúberes habían perdido su condición de niños tras los almidones de sus ropas y de sus almas, impuestos por su exclusiva educación y por los remilgados tics de aristócratas en miniatura.

A Daniel era al único que consideraba compañero de juegos, amigo, aliado, hermano. Era el hijo del socio de su padre y ambas familias habían decidido compartir la educación de aquellos dos vástagos que estaban destinados a heredar el imperio. Y quien sabe si por su proximidad acababan uniendo sus vidas y con ello engrandeciendo más si cabe su obra. Las dos familias veían a Daniel y Eva como el principio de un nuevo tiempo imaginario. En aquel edén de tranquilidad, de suficiencia, rodeados de una exquisita pléyade de maestros se forjarían los destinos del nuevo mundo. No necesitaban nada que no tuvieran, todo estaba ya dispuesto, todo a su disposición. Su educación era perfecta, al modo de la Academia platónica cada tutor impartía su materia. La oratoria, la dialéctica, las lenguas clásicas fueron incluidas de la misma manera que sus profesores de inglés, alemán y francés les introducían en las herramientas necesarias para este mundo global. Tenían tiempo de esparcimiento y juegos que aprendieron a hacer siempre juntos. Eran juegos para dos, como si ellos se bastaran para el mundo.

Daniel un muchacho algo enclenque para su edad, de pómulos marcados, mejillas sonrosadas y una nariz que presidía la cara sin quitar protagonismo a su boca carnosa. Aquella boca que al abrirse mostraba los dientes perfectamente blancos y alineados, pero sobre todo que al abrirse dejaba oír una voz poderosa. La voz de un general, de un carismático líder, con tonos cálidos y profundos, sin estridencias, que no encajaban bien con aquel cuerpo. Era un chico agradable, que no habían conseguido meter en el corsé de las maneras refinadas y los gestos políticamente correctos. Sin embargo se notaba en el la selecta educación recibida. Nunca incumplía los horarios fijados, ni cometía las tropelías que pueden esperarse de un chico de su edad. La relación con Eva era casi fraternal, ambos se sentían profundamente unidos, con la familiaridad que otorga el mucho tiempo compartido, con la confianza de dos amigos que se tienen casi como único compañero. Se podía decir que se amaban, como hermanos. Las dos familias veían en aquella relación un futuro prometedor.

Afianzados estos fuertes vínculos, a los dieciséis años los padres decidieron que era el momento de separarlos para que pudieran completar la formación en prestigiosas universidades. Daniel debía estudiar dirección de empresas, Eva relaciones internacionales. El plan divino, el diseño del futuro de aquellos seres se seguía escrupulosamente hasta en el más mínimo detalle, todo evolucionaba según lo previsto. Aunque iban a estar separados seguirían compartiendo los veranos y los periodos vacacionales, con lo que la relación posiblemente se consolidaría más tras la separación.

En aquel tiempo a Daniel todavía no se le notaban los signos de su evolución hacia la madurez, salvo en su carácter en donde esa transición se había producido con mucha antelación. Ni siquiera el vello de su bigote era visible. Algunas erecciones le habían sorprendido al despertar, incluso algún sueño que no acababa de recordar le provocaba una desazón que le roía durante unas horas, hasta que conseguía olvidarlo.

Eva en cambio ya había empezado a notar el cambio de su cuerpo, con las protuberancias que se habían ido redondeado en su pecho y que ya eran manifiestamente aparentes. Sus caderas y sus piernas tenían ya las proporciones de una joven que prometía alcanzar la belleza de su madre. Tenía además una altura que superaba a Daniel y la hacía tener cierta ascendencia sobre él. La menstruación apareció hacía algún tiempo y había despertado en ella algunas alarmas que no sospechaba que existieran. La regla es para algunas chicas como un punto de no retorno, un amanecer a un tiempo nuevo que va relegando poco a poco los sueños de la infancia y los va cambiando por realidades cada vez más desconcertantes. Tras el impacto inicial llega el temor a un oscuro futuro, preñado de misterios, de anunciados placeres y terribles peligros. Miedo a no controlar esta cadena de acontecimientos que llega a su pesar. Poco a poco van tomando conciencia de un estado de gracia lleno de incógnitas, de dudas pero también de esperanzas, deseos y sentimientos que aparecen como por arte de magia, sin invocarlos, sin solicitar su presencia. El cambio no se limita a asumir una profunda revisión del propio esquema corporal, la mente sufre también un trasformación en sus percepciones que ya no tienen su centro en la cabeza sino que surgen al parecer del abdomen. Quizá como resultado del crecimiento de aquel vello púbico que va creando estímulos ascendentes por el roce, por la suavidad de su contacto. Nuevos impulsos que surgen de una naturaleza que no nos pide permiso para entrar en nuestra vida.

Desde hacía algún tiempo y sin causa aparente en sus juegos ya no entraban aquellos que requerían un contacto, no se peleaban como antes, se abrazaban menos. A veces cuando inadvertidamente rozaba Daniel con su mano los pechos de ella, había como un silencio gestual, un momento de ofuscación aparente, como cuando en el cine la escena se detiene medio segundo y sigue con aparente normalidad. Existía una especie de cortocircuito en el que la chispa eléctrica provocaba un error en el espacio-tiempo, una salto a otra dimensión que no entendían muy bien. Estaban a gusto con su proximidad, se sentían seguros uno con el otro. Necesitaban esa confluencia espacial pero poco a poco fueron evitando el contacto de la piel. El olor, la mirada, el sonido de sus voces seguía uniéndolos pero sin darse cuenta ya no se tocaban.

En la despedida, se abrazaron, se besaron, se prometieron mantener esa unión necesaria para los dos, los dos se sentían ahora abandonados, perdidos uno sin el otro. Internet nos mantendrá juntos, “te escribiré todos los días, chatearemos cada día, te lo prometo” – le dijo Eva – insuficiente consuelo para ambos.

Tras las primeras vacaciones de verano en que volvieron a encontrarse, de nuevo volvieron a sentirse como dos mitades que se habían separado durante un tiempo y que volvían a su posición original. El amor que entre los dos existía era casi indestructible. Se habían escrito casi a diario, se veían en el skipe y el retorno a casa era para los dos una necesidad, mas que para ver a sus respectivos padres, para estar de nuevo juntos. Daniel no se separaba de ella, como si tuviera miedo de que el tiempo pasara más rápido y se la arrebatase. A su lado se sentía seguro, a pesar de ser un chico independiente, capaz de vivir en el entorno del colegio universitario sin problemas, necesitaba de su mitad, de su complemento. La cogía de la mano para llevarla consigo a todas partes. Aquellas fueron las mejores vacaciones de las dos familias que veían como se afianzaba la relación de sus hijos. A Daniel nunca se le escapó un gesto, una palabra que pudiera parecer una insinuación inconveniente. Pese a su complicidad, pese a sentirse tan próximos y tan necesarios uno para el otro, parecía existir una delgada membrana que separaba los dos cuerpos manteniendo unidas sus mentes. Pero no existía la misma naturalidad en los dos para mantener aquel estatus, ese estado de siameses virtuales era una ficción, una ilusión que iba disipándose cada segundo. Eva se sentía cómoda, amaba a Daniel profundamente, pero no sentía el pálpito que el deseo provoca. Su contacto no electrizaba su piel, ni aceleraba su corazón. No sentía su sexo húmedo cuando se abrazaban, ni cuando compartían en la intimidad confidencias de sus vidas ahora separadas. Los sueños que la desvelaban, que la despertaban sudada y excitada, con un deseo de ocupar el espacio que se abría en su virginidad, no eran protagonizados por Daniel. Alguna vez pasó por su mente poder experimentar las sensaciones del contacto de sus bocas, pero no pasaba de imaginarlas juntas, como el beso desapasionado de dos cansados amantes. No podía imaginarse desnuda entre sus brazos, siendo acariciada, sintiéndose vulnerable y a la vez elevada al verdadero paraíso, al estado de perfección que otorga el placer. No podía evitar que aquellas sensaciones fueran sólo posibles en otros brazos, en otras manos que infringían todas las reglas y dibujaban en su piel historias de pasión, de arrebato. Había sido así sin pretenderlo, sin buscarlo, parecía que la Naturaleza le tenía reservada aquellos paisajes y de alguna manera lamentaba no poder incluir a Daniel en ellos.

En cambio a Daniel, sus paseos cogidos de la mano, sus charlas íntimas, sus sonrisas, el aroma de su piel, su proximidad, eran un anticipo de la gloria. Bebía de aquellos arroyos como un animal sediento, sin desperdiciar ninguna gota del agua que su amada le concedía. En su fuero interno pensaba que las emociones eran compartidas, que aquel estado de ingravidez en que el se encontraba era la puerta del paraíso que estaban destinados a compartir y que pronto la atravesarían abrazados, desnudos, sintiéndose los dos únicos seres sobre el planeta.

En sus sueños sentía como se realizaban aquellos presentimientos. Eva desnuda le mostraba todo aquello que sería suficiente para colmar su sed. En aquellos espacios comunes compartidos trascurrían escenas de un amor intenso, desbocado, carnal, primitivo, donde ambos se entremezclaban hasta diluirse, perdían la corporeidad para ser esencia. Sus cuerpos que luchaban entrelazados, se fundían, entraba en ella y se perdía en sus confines, moría y renacía, lloraba de placer al descender a sus llanuras y escalar sus cumbres. Despertaba conmocionado, mojado y con sed. Como si la sequedad de su boca fuera producto de no haber bebido bastante de aquel manantial, de no haber probado realmente la frescura de aquel líquido que parecía ahora más un espejismo en mitad del desierto.

Para Daniel su contacto con Eva era la energía necesaria para moverse, pero a la vez el martirio que lo torturaba. Quería decírselo pero no podía, creía que aquella necesidad era sentida también por Eva y esperaba el momento en que una chispa, un rayo hiciera arder el fuego del amor. Cada vez le resultaba más difícil hablarle, su mente estaba luchando por mantener sujetas las fuerzas maléficas que bregaban por manifestarse. Deseaba besarla, beber de su boca, acariciar sus senos, pegarse a su cuerpo y decirle todo aquello que anegaba su alma a punto de desbordarse.

Él mismo se sorprendía de su perfecta educación, de su sólida adaptación a las reglas sociales aprendidas, ni los impulsos salidos del remoto mundo de las emociones de la especie eran capaces de vencerlas. Pero no faltaba a su mente la duda, porqué renunciar a lo que sentía, porqué contrariar la Ley Natural en beneficio de la Ley Moral, que perversa maldad existía en aquella imposición. Porqué no permitir que el cuerpo liberase a la mente de su cárcel de renuncias. Aquello no era el libre albedrío, no era el caos, no era renunciar al orden. El amor debía ser una excepción que estuviera por encima de todo convencionalismo, por encima de cualquier dictado. No era posible legislar sobre la naturaleza del amor, sería justo mantener un espacio de libertad reservado a aquel sentimiento que venía directamente de Dios.

Eva veía su sufrimiento, sabía que posiblemente ese fuese su último tiempo de comunión de espíritus, porque estaba obligada a declararle la verdad, a confesarle su pecado. Era en otros brazos donde había sentido que la vida se le escapaba entre las manos, que se abría como una grieta en la tierra bajo la acción de las fuerzas que emanaban de su interior. Fuerzas más potentes que los movimientos de placas tectónicas, con mayor poder de atracción que la de los cuerpos celestes. Había en aquellas fuerzas algo cósmico, divino, inmanente, que era incapaz de vencer. Sólo al principio lo intentó, pero fue tal la derrota que tras surgir de la cenizas como Fénix, salió trasformada y más fuerte. Ahora era la nueva Eva, la auténtica Eva, la que deseaba ser y nadie podría cambiar. Tuvo que luchar para conseguirlo. Dejó jirones de su piel, pedazos de su alma en aquella batalla pero tras la victoria todo parecía evidente, como una prueba que el destino había puesto en su camino para ser superada. Quería a Daniel pero debía saber que no existía el futuro que él deseaba, era justo, pero no deseaba su dolor. Sabía que su confesión le provocaría una profunda herida que no podía ayudar a curar. No encontraba el momento y le dolía que aquellos instantes en que se sentían tan unidos fueran rotos por el relato de una pasión ya vivida, dónde él hubiera querido se protagonista a su lado. Sabía que no podía contarle aquello en la impersonal conversación de un chat, aunque la webcam permitiera un simulacro de encuentro. La intimidad de una carta carta podría crear el ambiente para detallar el sufrimiento que aquella revelación le provocaba, pero no había una réplica posible, un intercambio de caricias, de apretones de manos que se entrelazan y permiten aliviar la carga depositada. Debía hacerlo antes de volver a separarse y que la distancia permitiese cicatrizar la herida, rumiar el dolor y quizás el odio que aquella traición no buscada podría provocar a Daniel. No sabía que consecuencias podía tener en su relación, ni el la de las familias pero era inevitable, los dados ya se habían lanzado al aire y el destino debía cumplirse. Fuera cual fuera el resultado ella estaba segura de que no era responsable y no había otro camino en su vida. La reacción de su familia, pasaba a un segundo plano, no le importaba. Sabía sus consecuencias y las asumiría, como ellos deberían asumir su decisión irrevocable.

Pero como contarle a Daniel que la piel que deseaba tocar, los cabellos que con sus manos enmarañaba mientras sus cuerpos desnudos rodaban sobre el suelo no eran los suyos. El placer que había sentido, mezcla de sensualidad y ternura, de amor y sexo, de identificación en otro como la mitad que falta para estar completo. La necesidad de besar la boca , de acariciar el cuerpo hasta sus más recónditos lugares sólo le ocurría cuando estaba lejos de él. Allá en su nuevo lugar, dónde había iniciado su licenciatura encontró el nombre que los misterios de la vida habían puesto en su camino. Sibila. Sólo pronunciarlo la hacía palidecer, se erizaba su vello, se humedecía su sexo, se despertaba el más profundo de los sentimientos que surgía del alma. No sabía ubicarlo en el cuerpo, por ello debía provenir de la inmaterial presencia de lo divino. Sibila que compartía su apartamento en Nueva York provenía de otra familia que deseaba para su hija un brillante futuro y había trazado también un plan que podía verse escrito en su frente. Desde el momento en que se conocieron hubo un sentimiento de identidad, se entabló inicialmente una amistad que surgía de la proximidad, de compartir espacio y estudios. Pero su necesidad de estar juntas empezó pronto, acudían juntas a la universidad y volvían juntas. Iban al teatro o a los conciertos, a veces con sus compañeros otras solas, pero siempre sintiéndose necesarias una a la otra para disfrutar que aquel momento. El relato de sus propias vidas resultaba casi innecesario porque se describían mutuamente. Es difícil a veces saber porqué ocurrió, qué hizo que estallara la tormenta. Lo que no podrían olvidar nunca es cuando el amor estalló como una granada en la habitación, rompiéndolo todo y dejándolas al raso, bajo el único manto del firmamento que las observaba con envidia. Los cuerpos se fueron acercando imperceptiblemente hasta que tras el contacto percibieron como los brazos iban también a cerrar aquella unión en un abrazo eterno, las bocas buscaron su igual y la respiración de pronto se convirtió en un jadeo, el corazón en un caballo desbocado. Aún se sentían lejos, necesitaban estar más unidas. La ropa fue cayendo, las piernas como los brazos se confundían. Como diosas hindúes los miembros surgían de un cuerpo único que había iniciado el proceso de fusión. En sus mentes existía el vacío de lo eterno, la ingravidez del pensamiento, el vértigo del descenso por la montaña sobre la nieve, nada importaba y todo era necesario. La belleza de la eternidad del instante donde te sientes el centro del Universo. La sensación de encontrarse en medio de un tornado, viendo como todo alrededor se desvanece por una fuerza brutal y sigues entero, sin apenas moverse tu pelo pero llevado en volandas a lo desconocido. Nunca olvidarían aquel arrebato que las marcó, que las dejó exhaustas sobre la cama, hasta que amaneció un nuevo día que ya no era el de ese mismo año, era un nuevo día de una nueva era, de un tiempo que no iba a dejar nada indiferente.

Cuando despertaron no hablaron, ninguna de las dos sabía bien qué decir, ni si debía decirse algo. Primero fue Sibila quien se arregló para ir a la universidad. Eva se quedó en la cama, ese día no la acompañó. Cuando se quedó sola, lloró, sentía el dolor inmenso de la culpa. La extraña percepción de haber provocado un agujero en el espacio-tiempo que alteraría el desarrollo del mundo, de haber cometido un error tan grave que no tendría arreglo. El llanto fue su catarsis, las lágrimas corrían por su cara intentando lavar aquel recuerdo. El silencio dónde sólo escuchaba su suspiro, la devolvió a la realidad. Temblaba de miedo por el regreso de Sibila, temía a su vez que no regresará, deseaba que se produjera un fenómeno de amnesia temporal que borrara las huellas de aquel acontecimiento. Pero cuando se abrió la puerta, el cielo de negros nubarrones que ocupaban su cabeza, dejó que se filtrase un rayo de luz a su través. Las dos se abalanzaron para de nuevo permanecer en ese estado de fusión, nada sería ya capaz de separarlas. No necesitaban argumentos, ni precisaban justificar aquella nueva situación, la Naturaleza había unido sus destinos y ellas a ser obedientes a tal mandato. Quizás fue este el momento en que Eva se subió al árbol del amor y comió su fruto, aquellas manzanas rojas de piel brillante y pulpa fresca. Su bocado no estaba envenenado por la perversión, no contenía el dañino, el nocivo germen del mal y el pecado. Su jugo era la mezcla del amor, de la entrega, de la renuncia al propio ser en beneficio del otro. Su sabor dulce y ácido era el resultado de esa materia en que el amor se basa, del placer y el dolor, de lo infinito y lo efímero, de lo inmutable y lo voluble.

Daniel no podía comprenderlo, a sus pies se abría un abismo al que era empujado sin entender porqué. La revelación de aquella noticia lo dejó inerme, sumido en la profunda tristeza de quien ve como se desmoronan los sueños y amanece a una realidad terrible. La abominable verdad que convierte en aire las ilusiones, en polvo los proyectos, en ira el amor, en rencor la fidelidad. En Daniel también se abría un mundo nuevo, pero lleno de dolor y rabia. Ahora era él quien debía renacer de los despojos, refundar su proyecto de vida, abandonar su futuro de diseño para plegarse a los designios de un destino que lo había traicionado. Un desfile de imágenes de horror se sucedían ante él haciéndose más intensas al cerrar sus ojos, resistiéndose a abandonar su mente pese a que no quería verlas. ¿Cómo podía descomponerse el mundo creado bajo los designios de unos artífices como sus padres, que habían calculado hasta el más mínimo detalle? ¿Cómo puede Dios equivocarse? ¿Qué error se había cometido, qué ley se había violado para crear un cosmos tan imperfecto? ¿Acaso Eva no estaba envenenada por algún demonio, su pecado no estaría inducido por el enemigo del alma, por el ángel rebelado?

Daniel cayó en el ensimismamiento del pensamiento reverberante, en la auto compasión complaciente, en la espiral que lleva a la duda absoluta. Se veía ahora desnudo, tomó conciencia de su vulnerabilidad, de la fragilidad del alma. Se aisló del mundo, de aquel paraíso irreal al que estaba acostumbrado. Ese giro insospechado de los acontecimientos, no pasó desapercibido a la madre de Eva que buscaba desesperada el error, el fallo en el sistema. El silencio, el mutismo de Daniel eran como atronadores obuses que impactaban en aquel perfecto edén. La evasiva actitud de Eva, su actitud de arrogancia, la negación de toda culpa, la hacían más culpable.

Cuando la verdad fue revelada, cuando el pecado fue confesado, sólo cabía una penitencia. La expulsión del Paraíso.

La ofensa causada era tal, la humillación tan profunda, que apartar al culpable, esconder su culpa se hacía necesario. El padre de Eva hizo un hueco en su agenda de asuntos que cambiarían la historia para imponer justicia. Sonaron los clarines del reproche, las trompetas de la acusación sin defensa, los timbales de un dios defraudado que rugían y exigía explicaciones. No hubo turno de réplica porque aquella inefable mancha debía ser lavada en el acto.
Eva volvió a Nueva York anticipadamente, a su verdadero edén. Nadie podría ahora cambiar el curso de su vida, ella dirigía sus pasos, ella decidía sus caminos. Su libertad tenía un precio, pero no dudaba que esa felicidad bien valía un paraíso. Se sentía más ligera, más en sintonía con el mundo, como si su revelación hubiera contribuido a que este fuera más justo, más apetecible, más verdadero. Se veía ahora libre de una cárcel de oro, pero no por ello no dejaba de dolerle el daño causado. Sobre todo el dolor provocado a Daniel. Sus padres también la querían, pero en ese amor existía una especie de trueque, de asunto de negocios, de intercambio de intereses que lo devaluaba. En el dolor de Daniel se sentía responsable, había una implicación directa, aunque ya había superado el sentirse culpable aún le costaba olvidarlo. Eso pese a que en un primer momento Daniel no estuvo a su lado. Cuando todos se pusieron en su contra, cuando fue despojada de honores y repudiada como una mujer apestada. Sólo Gabriela se interpuso como un ángel de la guarda, incondicional. Daniel no salió en su defensa, encerrado en su dolor como si fuera la única víctima de aquel seísmo se escondió en su desgracia.

No tenía derecho a sentirse más dañado que ella misma. Ella acababa de ser marcada con el hierro de la vergüenza y había perdido su derecho a compartir aquel mundo lleno de privilegios. Es verdad que poseía el mayor de los tesoros, el amor de Sibila. No lo odiaba, sólo sentía una pena profunda y lástima por perder su amor.

El tiempo cicatrizó las heridas. La memoria en su fragilidad va desdibujando los hechos, va componiendo escenas menos dolorosas.

Cuando se encontraron de nuevo años después, se miraron y se reconocieron como habían sido. Cuando en la cara de él se dibujó una sonrisa, el silencio que había parecido eterno, se rompió como un cristal. Se tomaron de la mano y cerraron un espacio para ambos, para llenarlo de todo lo que no habían podido contarse en todo este tiempo de separación. El tiempo pasó por su lado y ellos no se daban cuenta porque habían vuelto a encontrarse dos mitades que se habían fragmentado.

Eva lloró de emoción cuando Daniel la abrazaba y le decía al oído, gracias por salvarme. No entendió entonces nada, pero aquel niño que había quedado conmocionado, se trasformó en un hombre poderoso. No porque hubiera seguido los dictados de la ley escrita por sus padres. Abandonó los negocios de su familia, ahora trabajaba en una gran empresa de viajes. Vendía paraísos a otros. La renuncia de Eva le había permitido romper las cadenas que le sujetaban, su decisión había sido la salvación de ambos.

  • ¿ Y tú a que te dedicas Eva?
  • Trabajo para la Apple, la de la manzana mordida.
  • Claro. No podía ser de otra manera.

NO ES FACIL SABER LO QUE PIENSAN

domingo, 9 de diciembre de 2012

No es fácil conocer el pensamiento de mujeres y hombres que viven casi en planetas diferentes. Africa no es el tercer mundo o el cuarto, es una concepción distinta de la vida. no es posible interpretarlo y estas dos mujeres no son una interpretación del pensamiento africano. Sería como mucho una ficción de como podrían pensar dos africanas que conocen nuestra sociedad. Una disertación sobre el sentido de la vida desde la óptica de un europeo que pretende pasarse por africano. Bueno una historia, sin más.


HAJO Y MAMITE. LA SOMBRA DE UNA ACACIA ABISINIA



África es una tierra extraña donde lo increíble puede ser real, lo posible inalcanzable, la verdad ficción.
 Lo que voy a contar no sé si lo soñé o sucedió en realidad. Pudo ser un sueño o estaba despierto y aquellas imágenes me parecieron un onírico mensaje. 

La magia de lo extraordinario es en esta tierra el cotidiano regalo a sus criaturas, quizá el único regalo.

Todos los pueblos parecían iguales, caminos llenos de barro flanqueados por casas y pequeños huertos, distribuidas sin orden, sin el propósito de formar un verdadero pueblo, adaptándose a los espacios que la naturaleza les imponía. En aquel pueblo tan alejado de la ciudad que muchos no la habían visitado nunca, había un río que bajaba desde el bosque. El bosque que enmarcaba todo el paisaje, un bosque espeso, de eucaliptos y árboles cuyo nombre sólo conocí en Orómico y no sé reproducir. El río era poderoso, como lo son los que provienen de la montaña, más arriba en medio de aquella selva formaba una cascada, caía como una sonora cabellera que al romper contra el agua se espumaba, formaba blancos rizos y emergía del fondo en vaporoso triunfo perfumando el aire. El río atravesaba el pueblo por su parte norte, sobre él un puente de piedra con barandillas metálicas que rompían lo natural del paisaje. Grandes campos de trigo y de maíz podían verse desde aquel lugar. El camino que discurría a lo largo del pueblo estaba permanentemente embarrado, las lluvias diarias en aquella época del año lo llenaban de charcos que cuando el sol salía de entre los negros nubarrones, brillaban. Una tierra marrón, de chocolate con leche, parecida a la piel de sus hombres y mujeres. El cielo en cambio pasaba del más oscuro de los presagios a un azul limpio que daba la impresión de que nunca más volvería a oscurecerse. En aquel pueblo no existía una plaza, la gran explanada que se hallaba en su centro hacía las veces de campo de fútbol, de espacio público multiuso, de ágora, de merkato los domingos. En ese día se llenaba de puestos hechos con palos de eucaliptos y alguna lona de color indefinido, sucio como la barriga de un borrico. El suelo siempre lleno de barro, un lodazal que no distinguía los días de fiesta de los de diario. Al mercado acudían desde todas direcciones carros tirados por borricos, cargados de sacos de patatas, paja, maíz, kat. Les seguían vacas, cabras, más borricos, niños con varas y machetes conduciendo los animales, hombres, mujeres cargadas con haces de leña, de cañas, niñas acarreando bidones amarillos para el agua, más niños y niñas. Muchos niños y niñas, corriendo descalzos, sucios, chapoteando en el barro sin que ello les importase. Corriendo tras los forangi, pidiéndoles caramela, escriba, birr , fotos. Imposible estar sólo en aquel caos donde todo parecía tener su sentido, donde encajaba como uno más de los objetos, animales y hombres. Pese al blanco de la piel y las ropas de extranjero todo transcurría a mi alrededor con la naturalidad de ser un accidente necesario en aquella cotidianidad. Con los ojos de quien no es capaz de asimilar tanta imagen, tanto movimiento, caminaba dejándome coger de la mano por los niños, tomando fotografías que luego pasaría a sepia como recuerdos borrosos de una realidad extraña.

En la plaza, merkato, se distinguían tres árboles que cerraban el espacio en sus tres esquinas, un trípode que parecía sostener el recinto sagrado dónde se oficiaba la ceremonia de la vida.

El árbol más pequeño era un hermoso flame tree. Su tronco esbelto llegaba hasta la tupida copa, un arbusto crecido por la generosidad del clima y convertido en árbol. De copa redonda, exuberante en el verde pero cuyo misterio venía de aquellas flores rojas que brotaban como llamas entre su follaje. Cálices abiertos al sol, a la lluvia que bendice por igual a hombres, animales y plantas. Si yo fuera pájaro sin duda lo elegiría como hogar, que dulzura cantar entre aquella frondosa espesura de verdes y rojos.

Dejé el árbol encendido para dirigirme al margen derecho de la explanada. Presidía aquel lugar el mayor de los árboles que nunca hubiera visto, como el pilar de una catedral dirigiéndose hacia el infinito en una recta vertiginosa que explota en el cielo abriendo los brazos para abarcarlo. No era posible entrar en aquel recinto y no mirar su imponente figura levantarse, poderosa, honorable, surgiendo del barro para estrellarse en el azul del cielo. A su lado empequeñecían hombres y bestias, parecían pequeñas motas de realidad caídas de su copa, frutos maduros que se desprendían del árbol. Debajo se notaba el frío de aquella sombra penetrando la piel. Ante la lluvia podía ser un buen lugar para resguardarse pero la tibieza del sol se perdía entre sus ramas y no dejaba llegar el calor de la tarde. Como los dioses y los templos gozaba de la grandeza y el valor de lo trascendente, obligaba a rendirle homenaje, pero no invitaba a sentirse cómodo, no era hogar, si acaso refugio. Me alejé mientras miraba a lo alto donde se perdía su copa, el sol ya había llegado a la mitad del camino entre su cenit y el horizonte.

Caminé hasta la tercera esquina donde se levantaba la acacia que reposaba en la parte más alejada del pueblo dando inicio a un campo verde donde pastaban vacas y ovejas en perfecto desorden. Allí ya no llegaba tan fuerte el ruido de la vida, de los niños, de las bestias, de todo aquello que por estar vivo se hace patente a través del sonido. La acacia y su gran copa achatada se recortaba como un gran hongo y dejaba una sombra en que hubieran cabido cien bueyes. Una sombra quebrada por espacios donde los rayos del sol se colaban y dejaban la tierra moteada como la piel del leopardo. Su tronco retorcido, arrugado y lleno de cicatrices que la vida le había ido dejando, ascendía tranquilo. ¿Qué misterio encerraba aquel árbol, que extrañas circunstancias habían moldeado su figura? como una bailarina contoneaba su tronco en curvas inverosímiles para finalmente levantarse y abrir sus brazos al espacio. La caída de la tarde con su sol tibio invitaba a sentarse bajo sus últimos rayos y recibir el regalo del calor. Cerre los ojos, podía oír el murmullo de la vida que transcurría en torno a mí y poco a poco percibí la conversación de dos voces que se hablaban dándose mutua compañía. Creí que escuchaba a dos filósofos, a dos sabios desgranar el sentido de la vida, dar respuestas a las preguntas de los hombres. Al volverme pude ver la figura de aquellas mujeres sentadas junto a los bidones amarillos del agua, con sus coloridos shama, cubierta la cabeza, sus rostros luminosos dónde los ojos presidían el óvalo de la cara. ¿Acaso eran diosas que mi mente había creado? no podían ser un sueño porque oía su voz, percibía su olor, podía ver la escena con total claridad bajo la sombra de aquella acogedora acacia. Cerré de nuevo lo ojos y me dejé llevar por el ritmo de sus palabras a un mundo de imágenes escritas en el aire.
    • No me siento esclava, pero admito que no puede decirse que seamos libres. ¿Acaso alguien lo es? ¿Es la libertad un concepto absoluto? Nadie es totalmente libre, ni totalmente feliz, ni completamente desgraciado. Me siento afortunada en mi vida. Tuve una infancia que recuerdo con cariño. Mis padres, sobre todo mi madre me dio amor, tanto como podía necesitar. Mis hermanos y hermanas fueron compañeros de aquel tiempo y tuvimos grandes y también dolorosos momentos. La vida es como el camino con llanos y cuestas, con piedras y tierra, pero doy por bueno lo vivido. Creo en la suerte de nacer en un lugar como este, dónde la vista se embriaga de verde, poder ver los campos de maíz y tef, los árboles que rompen el horizonte magníficos, el agua que corre alegre por nuestros ríos, el bosque. Todo ello vale suficiente para pagar la escasez. Comemos al menos una vez al día, podemos reunirnos con nuestros amigos para la ceremonia del café. Reunimos a nuestra familia y es una fiesta de voces de niños, de alegría. Nunca salí de aquí y es probable que nunca visite lugares lejanos, no más allá de Naguele o con suerte Arbaminch y sus lagos, pero ¿necesito conocer aquello que no se me dará?¿No es acaso peor desear alcanzar un sueño que nunca estará a nuestro alcance? Yo deseo vivir aquí, con mi marido que no me pega, con mis siete hijos, regalos de Dios, contigo que eres mi amiga. Me conformo con lo que la vida me ha dado, carezco de muchas cosas, pero temo más lo que puede quitarme, que ansío lo que podría haberme dado.
    • Siempre fuiste una ingenua y a veces te envidio por ello. Pero yo me siento atrapada por esta vida diseñada por otros o por un destino malvado. Nacimos en un lugar maravilloso, es cierto, pero sólo en la superficie. Bajo los árboles magníficos viven gentes humilladas, sometidas por la pobreza. No pretendo una libertad total, ni una felicidad absoluta. Admito que he sido feliz a veces, que no me faltó amor cuando era niña, pero ese amor de madre se desvaneció en el recuerdo. Comemos todos los días pero oigo mi estómago pedir alimento y oigo el de mis hijos que comen caña de azúcar para engañar su hambre. Sólo comemos carne los días de fiesta. No deseo paraísos inalcanzables pero veo a las mujeres blancas, doctoras, maestras, que llegan de países lejanos y en sus ropas, en su seguridad veo la libertad. La libertad de haber elegido su destino. Pudieron cambiar el rumbo de sus vidas. Nadie las obligó a casarse, no cargaron de hijos que les atan las manos y las sujetan a la casa, pueden valerse por sí mismas sin necesitar a un hombre que las dirija. Es posible que no sean más felices, pero si más libres. Pueden tomar decisiones sobre su futuro.

    • Hablas como si conocieras a esas mujeres. Ellas son distintas, es verdad. Hablan y se las escucha, mandan y hasta los hombres las obedecen. Tienen el poder que les da su posición y su piel, pero acaso sabes como viven allí en sus tierras. Allí no habrá hombres negros que se vuelven sumisos, seguramente también sus hombres las ignoren. Aquí se sienten seguras, pero carecen de lo esencial en la vida. No tienen hijos, tú dices que eso las hace libres, pero yo te digo que eso las hace esclavas de ellas mismas. Los hijos son una bendición de la naturaleza, te prolongan, ves en sus risas tu niñez, recobras los pretéritos sueños de infancia, ríes porque ríen, lloras cuando les duele. Te dan vida. Sientes la vida en su esencia. Todas esas ropas nuevas que cambian cada día no pueden hacerlas felices, ni sentirse más vestidas que yo con mis descoloridas ropas. Lo único que envidio es su saber. Desearía conocer como ellas conocen, el mundo, los misterios de la vida, la ciencia del cuerpo, eso es lo que me quedaría de ellas.

    • Quieras o no ellas son distintas, en sus cuerpos y en su seguridad se puede ver como estamos lejos de su posición. Son dueñas de su cuerpo, de su placer ¿Cuando es la última vez que sentiste el placer? Aquel que nos prometían antes de casarnos y que probamos ansiosas hace tanto que cuesta recordarlo. Aquel vértigo cabalgando a lomos de un caballo desbocado, aquella explosión que anegó todas nuestras ansias. Fue tan intenso como el dolor del hierro que marca al ganado y casi con su mismo significado. ¿Cuánto duró? Un hijo, dos si acaso. Llegó a su fin tras haber sido poseídas, o mejor, tras haber sido desposeídas del único valor que teníamos, nuestra virginidad. Los amantes se convirtieron en maridos, en amos, perdimos la condición de hijas para ser esposas, nuestro papel de mujer para ser madres. Todo lo que éramos se desvaneció en el tiempo y se diluyó en la realidad que es ahora nuestro hogar. No lo desprecio, pero cuando me miro en el río ya no me veo. Veo sólo una extraña que habita en mi cuerpo. No me encuentro a mi misma, veo a la madre y a la esposa, cargada de todas las tareas de esos atributos e ignorada por el resto del mundo. Apartada a mi lugar. Al que eligieron por mí.

    • Ese placer de que hablas lo recuerdo con tanta viveza como tú, sé que está lejano en el tiempo y lo lamento. Anhelo aquellas batallas, aquellos incendios, su fulgor y su paz, su recuerdo es tan vivo ahora como lo fueron entonces las sensaciones que despertaron. En aquel momento cuando me llevaron a la casa, engalanada con un vestido nuevo, coronada de flores y me dejaron en el lecho me sentí como un cordero que va al sacrificio. Esa fue la entrega breve, la que esperaban todos para demostrar mi virginidad. Pero en las noches siguientes cuando mi marido se acercaba y se iniciaba la hoguera en mi cuerpo, sintiendo el calor de las primeras ramas que arden, notaba el calor del suyo que se acercaba suavemente y dejaba sus manos resbalar por mi cuerpo, levantaba el vestido y me envolvía atrapando mis pechos. Su aliento en mi cuello, su respiración agitada, notando crecer su sexo en mi espalda que encontraba las puertas abiertas para entrar y colmar mi ansia. Iniciábamos aquel viaje donde las llamas brincaban sobre la madera que arde, desbocadas lenguas de fuego en alocado galope que lleva a la cima y después contemplábamos las brasas acompañando al sueño. Es verdad, ahora sólo siento un intruso en mi cuerpo que se sacia, procuro dejarlo que acabe guardando silencio para no despertar a los niños. Yo también lo viví con tanta intensidad como dices, fue sublime y se desvaneció en el tiempo pero no en la memoria de donde lo recupero a veces. Cuando lo hago no me arrepiento de aquella entrega, puede que vendiera mi tesoro por un efímero pago, pero me ha dejado otros regalos a cambio. Otros placeres. El placer de despertar y ver los ojos grandes de mi hija pequeña, de mi nuevo tesoro. El placer de preparar el café y sentir su aroma cuando se tuesta, el olor del carbon mezclado con la humedad de fuera, la caricia del humo de asciende hacia el techo y perfuma la estancia. Siento el placer del agua fría del río, me miro y veo una mujer que se cambió por una madre, pero no perdiendo su valor si no multiplicándolo por cien. ¿Piensas acaso que esas mujeres blancas sienten el placer como nosotras lo sentimos? Puede que lo busquen y encuentran en su tierra un hombre que las ama intensamente un tiempo, pero ¿para siempre? Tampoco en el placer existe el absoluto. Y cuando entregaron su cuerpo por primera vez lo hicieron como nosotras entregándolo todo. Quizás el suyo sea un amor por entregas, a plazos. Es ese el amor y el placer que deseas. Si no tienen un cuerpo pequeño al que abrazar y calentar, si no pueden mirar los ojos de un hijo y verse en ellos es imposible que sientan lo que yo siento. No las envidio.

    • Nuestros hijos son la moneda por la que entregamos nuestro cuerpo. Es verdad que son ellos el motor, el aire que sigue haciendo que arda el fuego de la vida en nuestros corazones. Pero son ellos también los que nos desgarran el alma cundo enferman, cuando lloran de hambre o por la enfermedad. Tú has visto morir a tu hijo y sabes de que hablo. Yo estuve contigo en aquel parto que fue un mal sueño, aquel dolor penetrándo como el humo las paredes de la choza. Pude oír tus gemidos que ahogaban los gritos de tu garganta, aquellos dos días de tortura no fueron una bendición, fueron la maldición de las mujeres de África. Todos temimos entonces que te fueras con los espíritus, que nos dejaras en el río de sangre que salía entre tus piernas. Y te quedaste, pero tu hijo, aquel primero que iba a convertirte en una mujer bendecida, se fue donde los dioses querían tenerlo. En la tierra de los blancos, ese sufrimiento, esa pérdida se ve mitigada por los cuidados de los hombres y mujeres de blancos hábitos. Mujeres y hombres como los que aquí vienen que conocen el arte de curar, que tienen instrumentos y medicamentos para traer a los niños sin tanto dolor. Los envidio y los maldigo por disfrutar de eso que se nos niega. Yo quiero tener hijos a los que poder ver crecer, sanos y felices.

    • El dolor como el placer son efímeros, se sienten mientras nos poseen. Después somos sus dueños, podemos despreciarlos o venerarlos. Pasan a ser de nuestra propiedad y podemos enterrarlos en el oscuro rincón del olvido o traerlos a la memoria para tenerlos de nuevo. Recuerdo aquel invierno como el más frío de mi vida, cuando las contracciones empezaron me sentí la mujer más feliz del mundo. Podía devolver a mi marido el regalo que me entregaba cada noche, era mi ofrenda a la felicidad que como una semilla era plantada en el interior de mi cuerpo. Deseaba tanto aquel niño como la mañana al sol. Era para mí la culminación de mi existencia, lo que daba sentido a mi vida. Sé como se fue debilitando mi voluntad con el dolor, cuando las puñaladas que sentía en mi vientre seguían sin un fruto, sin progreso, me entraron dudas. No sabía si podía estar a la altura y para no defraudar a mi familia y a mi marido ahogué los gritos mordiéndome los labios. Noté como se rompían en mi cuerpo las aguas de la vida y como corrían por mis piernas que ya estaban insensibles. Más tarde cuando la sangre ocupó el lugar del agua sólo sentía un sopor dulce que se parecía a una tarde de sol, cerraba los ojos y veía aquella luz que entraba por mis párpados. Oía las palabras de aliento de la comadrona, los sollozos de mi madre y tuyos que se mezclaban con las voces de la gente afuera de la casa, pero en mi mente sólo había paz. Cuando todo acabó yo estaba dormida y al despertar pensé que encontraría aquel recién nacido a mi lado o en mi pecho, pero me vi en una cama desconocida en una habitación que era la de la maternidad de la misión. Supe de inmediato que algo había ido mal, no oía el llanto de mi hijo, sólo veía caras tristes a mi alrededor y tu sonrisa al saber que había vuelto. A ella me agarré, pero no tenía fuerzas. Me contasteis días después que mi hijo había muerto. Yo ya lo sabía. Dios lo necesitaba porque lo amaba tanto como yo. Sufrí, pero le pedí que ya que el había elegido al primero de mis hijos me dejara el resto para mí, y lo hizo.

    • Dios no existe. Dios nos ha olvidado. Dios se fue de esta tierra hace muchos años. Estamos solos, somos huérfanos. Nos dejó como compañía la pobreza, la miseria, el hambre, la enfermedad, el trabajo agotador y a nosotras nos añadió nuestra propia condición de mujer, de esclavas, de animales sometidos. Si Dios existiera y estuviera aquí no veríamos como nuestros padres mueren jóvenes. Algunos de los hombres blancos que vienen a ayudarnos tienen más edad que nuestros padres y parecen tan jóvenes como nosotras. Porque pueden alimentarse, tienen medicinas para curar las enfermedades, no viven en la humedad de nuestras casas rodeados de pulgas, de sarna, no tosen constantemente. Si Dios te hubiera dado a tus hijos, porqué no les permite crecer como los hijos de otros. Cuando me piden comida y no tengo, maldigo al dios que nos envió a esta tierra estéril. Quizá él me maldijo también a mí, por eso no tuve más que cuatro hijas. Es lo único que podría agradecerle, si él lo ve como un castigo yo lo tomo como una bendición. No quiero parir más hijos en este mundo. Lo que no le perdonaré jamás es que me arrebatara a mi flor, mi rosa, mi alegría, mi hija casi ya en su tiempo de ser mujer. Mi hija mayor era mi sueño, como tu dices veía en ella el rostro de la esperanza, quería vivir en ella mi ilusión perdida. Imaginaba que ese placer que ella sentiría me llenaría de nuevo los poros de la piel y erizaría el vello de mis brazos. La mañana en que despertó con la tos la llevamos a la curandera que le dio unas friegas en el pecho, pero la tos seguía de día y de noche martilleando en mi cabeza, robándome el sueño y la vida. Aquellos golpes que se hacían cada vez más intensos la dejaban extenuada, sólo me decía: “Mamá quiero curarme y conocer a un hombre y tener hijos para ser como tú” poco a poco la tos fue mermando sus fuerzas y se fue convirtiendo en apenas un pequeño estertor. Cuando la llevamos con el carro al hospital de la misión sus ojos ya no miraban, se extraviaban en los sueños. Era la más hermosa y hasta en aquel momento podía verse en ella la pasión por vivir. En esa cara de piel como el ébano, sus grandes ojos y sus cabellos desordenados me pedían poder seguir adelante, pero fue perdiendo la sonrisa en una mueca de aceptación. Yo no podía aceptar perderla, suplique a Dios, le recé, imploré que me llevara a mí a cambio, que no me arrebatara aquella flor que había cultivado con el calor de mi amor. No me escuchó, se fue apagando como la llama de un candil que consume la grasa. Cuando la sacaron envuelta en el sudario fuera del hospital, llevada como una virgen sobre los brazos en alto y todos gritaban para vaciar su dolor, yo callaba, marchaba a su lado en silencio porque ya había agotado el dolor y sólo sentía odio, y el odio es mudo. No perdono a Dios. Nunca le adoraré aunque tenga que hacer como que rezo para que no me repudien. Pero en esos rezos le hablo para mostrarle su verdadero rostro, el de un ser maligno y cruel que abandona a sus hijos a la humillación de esta vida, a estas muertes indignas.

    • Yo iba a tu lado en aquel entierro también en silencio, porque el amor profundo también se guarda en urnas donde el sonido no cabe. El dolor de tu herida, era el dolor de mi herida. Pero es cierto que sólo tú quedaste con esa herida abierta, tu perdiste a tu hija. Dios estaba allí y quizás lloraba como tú, puede que también se hayan secado sus lágrimas de tanto llorar. La vida es un maravilloso don en el que se mezclan la hiel y la miel, el dolor y el placer, a veces tan juntos que no pueden vivir uno sin el otro. Es posible que Él no me quitara mi hijo ni que me diera los otros, pero a quién podía pedir yo aquel favor. Dios está presente para no dejarnos solos. Nos agarramos a su túnica cuando tenemos que decidir en lo esencial de la vida, cuando tropezamos en la piedra del camino y nos vemos en el suelo, esperamos la mano que nos de la paz, la fuerza para seguir existiendo. Le buscamos en los oscuros momentos de desesperación para que nos de luz. Es posible que sólo esté en nuestra mente, que sea fruto del miedo, pero a veces necesitamos una presencia más poderosa que nuestra propia voluntad para darnos confianza, para hacernos seguir adelante. Si Dios no existiese tendríamos que crearlo, lo necesitamos y Él nos necesita a nosotros. No tenemos sentido por separado. Tras la pérdida de mi hijo no hubiera podido seguir adelante sin ese apoyo, sin mi fe, sin la confianza que me daba el pensar que Dios iba a estar de mi parte en el futuro. Pero incluso tú que abominas de Él, que lo niegas, que ignoras su poder, te has valido de ese odio, de esa cruzada en su contra para tener fuerzas y continuar. Las dos hemos necesitado a Dios, cada una a nuestra manera. Y en la hora final, cuando la muerte nos llama, entonces su figura sustituye la de nuestra madre, nos acuna en el lecho, nos da esperanza, nos permite que la muerte sea un tránsito más llevadero.

    • Dios niega la vida, sabe a muerte y esa es la mayor prueba de su inexistencia. Nace de la angustia de enfrentarse al instante final de la vida, a lo desconocido, al miedo como tu dices. En ese instante en que el cuerpo se derrumba surge la fe, la creencia en la magia, en lo irreal. El moribundo se agarra a la esperanza de una vida futura, se arrepiente de lo que cree que son sus pecados. Sus amigos, su familia, sus seres queridos aceptan la quimera de un dios misericordioso, omnipotente, que dará la felicidad a aquel que les abandona y al que aman. La felicidad que no pudo tener en su vida, porque asumen que la vida es un transito por la infelicidad, por la miseria, por el sufrimiento. Los muertos consolidan aquella fe, la extienden como una epidemia, infectando a los vivos. Y sin darse cuenta aquel intruso, aquel germen maligno que es dios, se va apropiando de sus actos, renunciando a vivir. Porque Dios y sus voceros no predican mas que una negación de esta vida para ganar un paraíso futuro. Es pecado el goce, es obsceno el pensamiento que discrepa del credo oficial, abominable el que pretende vivir de espaldas a las normas impuestas por impostores de la moral. Nos pretenden convencer que la vida de privaciones, el hambre de nuestros hijos, nuestro sufrimiento, nos acerca a Dios. Pero sus predicadores viven en la opulencia, abusan de las hijas de los fieles, infringen todas las reglas que la doctrina enseña y se escudan en la debilidad de su carne humana frente a la perfección del creador. A que clase de dios puede agradar que sus hijos vivan en la miseria y ello tenga como recompensa el cielo. Sólo tras la muerte se encuentra la felicidad, esa parece ser la enseñanza de dios. Reniego de esa fe, sólo creo en el hombre, o mejor sólo creo en la mujer, porque sólo las mujeres me han dado muestras de fidelidad, de amor. Mi madre que vivió para sus hijos, mis hijas que son el aliento en la angustia y tú que me escuchas y me quieres. Reniego de Dios, quizás si hubiera sido mujer lo hubiese querido. No temo su castigo, ¿acaso el infierno prometido puede ser peor que el que vivimos? ¿habitaran el cielo sólo los pobres o se habrán reservado un espacio los falsos testigos de la fe, como lo hacen aquí? No temo a la muerte, sólo temo a la muerte de mis hijas, para mí será una liberación, dejaré este mundo sólo con la pena de no veros a ti y a mis pequeñas, mis únicos lazos con la vida ahora que mi madre a muerto.

    • No es verdad que Dios se encuentre en la muerte. Dios es vida. Aunque naciera de los muertos que nos muestran la temporalidad de la materia, nos enseñan también que en nuestro interior vive algo más grande. El pensamiento, el amor, la amistad son pruebas de esa esencia del hombre que trasciende lo corporal. Dios está en los demás, en las cosas bellas, en los momentos felices. Nos da esperanza, ánimo, fuerza, por eso es padre, o madre si lo quieres. No es propiedad de sus clérigos, ni de los devotos, ni de los puros, ni los obispos, ni los santos. Pertenece a los hombres, las mujeres y sus hijos sin distinción. Es el único bien que poseen los pobres, es un bien necesario para que diferenciar la bondad de la maldad, la justicia de lo injusto, el amor de la crueldad. Aunque los injustos se apoderen de Él, aunque los malvados pudieran obrar en su nombre, siempre será el referente, porque Dios es la perfección en el amor. Como tu dices es el amor de una madre, incondicional, silencioso, cálido, necesario. Las dos tenemos dentro a ese Dios maternal.

La tarde iba cayendo en el profundo sueño de la noche, el sol apenas asomaba por el horizonte despidiéndose, alzando sus últimos rayos como si dijera hasta mañana. El frío empezaba a filtrarse por la piel. Aquellas mujeres se abrazaron, cogieron sus bidones amarillos cargados de agua y desaparecieron caminando lentamente hacia sus casas. Me quede aterido, sentado, sin poder hablar, viendo como sus siluetas oscuras se recortaban en el fondo de la plaza y desaparecían. En ese momento no podía pensar, todo el pensamiento ya había sido dicho, no quedaban palabras que añadir. Miré hacia arriba y pude ver la copa de la acacia como una mancha oscura, como una cabellera rizada y alborotada sobre la cabeza de un gigante. Cerré los ojos como para comprobar que seguía despierto, o vivo, y me levanté. No notaba las piernas que se habían acostumbrado a la inmovilidad, estuve quieto todo el tiempo para no romper en encantamiento de aquellas apariciones, para no alterar su discurso que me había cautivado. No sé si he sabido traducir lo que dijeron, si eran esas sus palabras o quizás perdí algún matiz, es posible que con el tiempo haya podido cambiar sus palabras pero no su significado. En aquel lugar bajo la acacia abrí los ojos a un mundo nuevo, vi con otros ojos, me sentí vivo y a la vez extrañamente ausente de mi realidad. Sé con certeza que lo que escuché fue dicho en aquel lugar, son testigos el 
aire y los árboles que allí seguirán incluso tras mi muerte.


cada uno sabe del dolor y la delicia de ser lo que es”
Caetano Veloso