CUENTO DE NAVIDAD

domingo, 15 de enero de 2017

Iba sintiendo como la nariz perdía su horizontalidad y se deslizaba hacia abajo ladeándose en un gesto de hastío. Su cara adquiría un aspecto de fiereza que no encajaba con él, uno de sus ojos se había desprendido y casi alcanzaba la altura de la nariz. Ya no quedaba ninguna sonrisa en su boca. Lo que la Navidad le había regalado estaba llegando a su fin. Seguía manteniendo su sombrero sobre la cabeza y la bufanda ocultaba un poco aquel rostro roto, pero ya nada podía ser igual. La lluvia tenue pero persistente sustituyó a la nieve e iba socavando su figura. La lluvia siempre triste como el llanto.

Aquel muñeco que los niños levantaran con puñados de nieve, edificado sobre ilusiones, carreras, disputas y risas. Ese muñeco que nació alegre y vivió la felicidad de ser el centro de los juegos, al que dedicaron tiempo y amor sus hacedores, ahora se había convertido en una ruina. Nadie saldría a verlo cuando se disolviera en aquella lluvia que embarraría los caminos y mancharía su blanca nieve. Sólo quedarían de él pedazos de hielo informes. ¿Y sus brazos para que le servían si no podían defenderle de aquel desastre? Si en vez de una escoba le hubieran puesto un paraguas tal vez lograría ponerse a cubierto, pero irremediablemente estaba condenado a la muerte, al olvido que es peor que la muerte.

Los niños lo miraban ahora desde la ventana, tras los cristales empañados por el calor del hogar, él los veía asomarse y hablar entre ellos señalándole. Estarían pensando que el muñeco se estaba desmoronando y acertaban porque en su ánimo no quedaba sino la resignación de haber llegado a su fin. Nada podía hacerse, todo estaba perdido. Se derrumbaba por dentro.

El vagabundo de la Navidad pasó por su lado (siempre hay un vagabundo en las Navidades, es el que nos muestra lo real frente al ensueño de un mundo imaginario cargado de purpurinas y estrellas de cristal), vio su sombrero y su bufanda y pensó que él lo necesitaba más que aquel desecho de muñeco. Llevaba su cabeza descubierta, hacía tiempo que había perdido parte de su pelo mugriento y por las calvas se colaba el frio. En cuanto a la bufanda bien que le venía para taparse en el frio de la noche. Para arrebatarle el sombrero se valió de la escoba, desarmó al muñeco, golpeó su testa para tirar el sombrero y con el cayó el botón/ojo que ya había iniciado su viaje. Tiró de la bufanda y dejó allí desnudo las dos bolas de nieve que formaban el cuerpo y la cabeza del muñeco de nieve. Quedaban sólo los botones que abrochaban una chaqueta invisible sobre su prominente barriga.

Él al verse tan descubierto, tan vulnerable emitió una especie de suspiro, casi inaudible, tan sutil como una caricia del viento.

El vagabundo creyó oírlo pero pensó que aquello no era sino fruto del vino malo que había tomado. La duda se apoderó de él, se acercó más a la boca del muñeco y quedó estupefacto al oír:

-Llévate la bufanda y el sombrero a ti te van a hacer más falta que a mí, no creo que pase de esta noche, mi nieve se mezclará con el agua y correré por las alcantarillas.

El vagabundo no podía creerlo, el muñeco le había hablado y le regalaba sus escasas pertenencias. Nadie había sido tan generoso con él en los últimos tiempos. A la sorpresa le siguió el miedo, la duda de si estaba siendo engañado.

-Apresúrate, la lluvia te calará y de nada te van a servir mi sombrero y mi bufanda.

-Pero entonces ¿Qué pasará contigo?. No puedo consentir que te derritas, no dejaré que un amigo sufra tan infausto destino. – Así habló el vagabundo que en otro tiempo fue letrado y las tornas de la vida lo habían sumido en la pobreza, pero no en la indiferencia.

Anduvo raudo a su banco, la entrada con los cajeros automáticos eran su vivienda nocturna, su refugio, donde pasaba las noches y tenía su morada en los días de frío. Tomó los cartones que hacían de colchón y corrió hasta el muñeco de nieve para construirle una pequeña cabaña que lo pusiera a salvo de la lluvia. Clavó la escoba por el rabo, usó el pincho con que rastreaba en los contenedores de igual manera y fue acumulando los cartones para formar un pequeño porche que resguardara al muñeco. Se sintió satisfecho por la obra, le devolvió su sombrero y le colocó la bufanda como si un hombre de nieve pudiera necesitarla. Pero como ocurre en la vida, no existe la felicidad completa y cuando admiraba su obra se dio cuenta que los cartones se mojaban y acabarían dejando que el agua venciera.

Todo aquel proceso fue seguido atentamente por muchas miradas, que atentas desde los cristales observaban como el mendigo ayudaba al muñeco. Se conmovieron o quizá les indujo el espíritu de la Navidad, ese falso pretexto para hacer cosas buenas. Lo cierto es que un numeroso grupo de hombres, mujeres y niños dejaron por un momento sus comidas navideñas, abandonaron el calor de hogar que calentaba árboles luminosos y bajaron a la calle para construir un verdadero refugio al muñeco de nieve. Ayudaron al vagabundo. Colocaron de nuevo su nariz de zanahoria, aseguraron los ojos/botón en su lugar adecuado, colocaron un paraguas en su mano y buscaron entre los restos de nieve la más blanca para reconstruir las partes más deterioradas.

El muñeco agradecía cada gesto, alababa la bondad de sus salvadores, loaba sus virtudes, en fin que se deshizo en halagos para todos ellos. Quedaron todos satisfechos y contentos con el resultado y volvieron a sus hogares, vieron como anochecía cantando villancicos y se asomaban a la ventana para comprobar que el muñeco seguía a resguardo. Durmieron felices.

Todo hubiera acabado bien, como debiera en un cuento de Navidad, pero la vida no entiende de fechas, no se para a contemplar los duendes buenos, sigue su ritmo indiferente, inmisericorde a veces.

El agua que se acumuló bajo la acera hizo un gran charco y durante la noche, mientras todos dormían soñando con Reyes y pesebres, los coches iban pasando por la calzada y cada uno salpicaba al muñeco con el agua sucia encharcada, los camiones de reparto y hasta el autobús fueron lanzando andanadas de agua al muñeco hasta deshacer su corpachón y reducirlo a pedazos de hielo no reconocibles. A la mañana siguiente encontraron el sombrero y la bufanda empapados, los botones y la zanahoria esparcidos por el suelo. Empezaba a nevar de nuevo, algunos de los que se acercaron aseguran que oyeron desde alguno de los pedazos de hielo:

-No importo yo, el que importa es el mendigo.


EL PESO DE LA VIDA

lunes, 26 de diciembre de 2016

   A veces la vida te hace pensar que se trata de un engaño, que el mero hecho de vivir no es un regalo, si no una especie de prueba en la que debemos sortear los obstáculos y regatear las penas. Cargamos con el encargo de vivir, sin saber bien que peso soportaremos en la mochila. Si bien es verdad que en la mayoría de los casos la juventud pasea por el jardín de las Hespérides comiendo la fruta fresca de sus manzanos, llegados a las fronteras de la madurez en nuestro saco hay suficientes piedras como para que cualquier subida nos parezca una empinada cuesta. Arrastras su peso con la determinación de quien todavía siente joven el corazón y con la valentía del “no me dejaré vencer por el desánimo”. Cuando tras la subida viene el llano crees que has vencido a la vida, que derrotaste los malos augurios de los funestos hados. Sin embargo nunca una cuesta costara tanto si no viniera con otras de la mano. Subes laderas arrastrando las piedras como Sísifo y descansas a respirar, si acaso miras el paisaje mientras recobras el aliento. Cada mañana emprendes el castigo de subir tu carga sabiendo que si cae rodarán los cantos hasta la base ¿Cuánto peso soporta una espalda, cuánto dolor un cuerpo?

   Debemos entender que el mero hecho de vivir viene aderezado con la sal y con la miel, con la olorosa canela y con la pimienta negra. Aceptemos que las piedras que vayamos subiendo por la cuesta pueden ayudarnos a construir nuestro refugio arriba en la cima. Piedra a piedra, golpe a golpe, verso a verso, con cada fracaso construir un muro a la tristeza, con cada enfermedad un ungüento, con cada desilusión un sueño. Porque si no, nuestro empeño es baldío, nuestra existencia un vacío que en nada representa lo que somos. Estamos hechos de barro y fuego, el barro es nuestra materia y se resiente con los vientos, pero el fuego que poseemos alimenta nuestra inmaterial esencia y el viento no puede si no hacerla más grande. Podemos bajar la rodilla al suelo por el peso de nuestra carga, tropezar con las piedras del camino, pero si miras hacia la cima, si piensas el paisaje que te espera tras la subida no puedes entregarte a la desesperanza. Hay que vivir cada momento como semilla irrepetible de la que florecerá el futuro. La vida es demasiado valiosa para arrojar la toalla ante un contratiempo, debemos ascender sin miedo, sin mirar lo que queda, sin volver la vista para valorar lo que ya subimos. Cada paso es una reafirmación de que estamos dispuestos a llegar hasta la meta. El peso de la vida siempre dependerá de la atención que le prestemos. Se soporta mejor con la cabeza erguida, con el cuerpo enhiesto. Relativizar el concepto de sufrimiento, el dolor es objetivo, real, duele lo que lesiona, pero el sufrimiento es la interpretación que hacemos de los hechos que nos causan dolor, depende de el enfoque con que los miremos. Una herida nos duele, pero no tiene porque hacernos sufrir. La soledad, un rechazo, un miedo, una duda pueden hacer sufrir nuestra alma sin lesión aparente.

   No necesitamos ser duros como la piedra, porque la piedra puede romperse con el golpe del cincel, es frágil. Debemos ser fuertes, que significa moldeables, positivos, invencibles, dueños de nuestro futuro, resilientes.

Palabras para Julia de Paco Ibáñez y José Agustín Goytisolo
 

LA HUMILDAD DE LO GRANDE

martes, 15 de noviembre de 2016

Lo inmenso.
Lo infinitesimal.
El universo contenido en un átomo.
Una vida reducida a un segundo, la del niño que nace y apenas emite un gemido.

Lo humilde, lo sagrado, lo breve, lo eterno. La historia del mundo y el día de un pobre.
La miseria, el exceso, lo minúsculo y lo grandioso.

Un pájaro y un horizonte. La luz que rompe las tinieblas. El relámpago y el trueno.
La voz y el susurro, un beso, un te quiero que conquista al corazón más fiero.
Un ejercito derrotado, un cobarde triunfador.
La velocidad y el descanso, la pereza y el trabajo.

Todo cabe en este instante, en cada rincón del mundo sucede todo mientras nada acaba de suceder, porque el mundo no es más que una mota de polvo en el Universo y el momento apenas una gota en el océano del Tiempo.

Sólo aquello que es poderoso, lo que contiene la fuerza de la que emerge la vida puede ser Eterno, con la simplicidad de lo que parece innecesario.

Así funciona el mundo, los dioses que lo habitan se sienten empequeñecidos, a veces tiemblan, se les ensombrece el rostro, arrastran la humildad como una pesada cadena. Sin embargo los hombres, seres insignificantes en la Historia, que no representan más que el aliento de un moribundo, emprenden misiones heroicas, grandes aventuras, guerras, empresas de Titanes y creen tener el poder de Dios, que agacha la cabeza afligido.

Lo definitivo, lo verdadero, los axiomas y las certezas se convierten en humo.
La duda en la escarcha de la sospecha.

Lo excelso se hace ordinario porque nadie lo entiende como sublime.
Lo profundo superficial, si nadie lo piensa.
Lo grosero parece refinado y lo descortés amable si se pronuncia con voz fingida.

La vida confunde los sabores de lo amargo y lo dulce como un postre mal cocinado. Se equivocan los dioses dando mucho a quien todo lo desea. Yerran al darle valor a los temerarios y honor a los engreídos.
Sólo de la humildad saldrá el Hombre generoso, el que reparta su pobreza entre los miserables.

En lo pequeño reside la magia.
De lo simple surge la Verdad, de la ternura el Amor.

¿Qué encierra lo grande si no pequeños fragmentos del Todo?

India . Bathalapalli . noviembre 2016


"Slumdog Millionaire. Jai Ho "

Escenas de Slumdog Millionaire (2008). Película romántica, drama. Un joven huérfano que vive en una barriada pobre de Bombay, decide presentarse a la versión india del concurso: "¿Quién quiere ser millonario?".    

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

domingo, 30 de octubre de 2016

Estamos ciegos. Nos dejamos llevar de la mano por gobernantes que están tuertos o en sus mejores días los ojos les hacen chiribitas. Ellos nos dicen que son visionarios, dicen tener los remedios de todos nuestros males y sin dudarlo les creemos. A pesar de que llevan engañándonos durante años, que nos han mentido de forma constante, nosotros seguimos cogiéndonos de su brazo. Nos han metido en tantos charcos que nuestros pies no salen del barro pero nuestra ceguera nos impide verlo. Tozudos como mulos seguimos estrellando nuestra cabeza contra el muro de la mentira y la corrupción, depositando nuestro voto como si fuera una ofrenda a los que utilizan la papeleta como papel higiénico. 

Definitivamente el miedo o la comodidad nos ha cegado, vamos dando palos de ciego en el mundo oscuro de la política y caemos siempre en las enmarañadas redes de la propaganda. A pesar de que no estamos sordos, nuestra ceguera nos impide oír los avisos de nuestra conciencia que nos dice que aquellos imbéciles ya nos la dieron con queso otras veces, ya nos estafaron con los mismos argumentos. Seguimos como borregos por la senda que nos marcan, nos aterra que se acabe el camino o caernos en el barranco de la miseria desde el que otros gritan. Para no ser como esos desgraciados que han sucumbido a la pobreza nos agarramos con fuerza a la cuerda que nos tienden sin apercibirnos que está también arrollada a nuestro cuello y que conforme vamos tirando la apretamos un poco más.

Nos comportamos como los ciegos de José Saramago buscando nuestra supervivencia a costa de renunciar a todos los principios que una vez nos parecieron los fundamentos de la ética. Acabaremos degollando a un pobre para quitarle su mendrugo mientras el rico come el bocadillo de chorizo en su chalet protegido por guardias de seguridad privada.

Como los murciélagos, nos dejamos llevar por las ondas de la radio y las tertulias, por los titulares de la prensa, por los eslóganes de los pasquines y tropezamos una y otra vez contra las mismos obstáculos, caemos en manos de los rufianes de siempre. Hacemos oídos sordos a las voces de algunos que se pierden en el ruido mediático. Como niños no atendemos a razones, desoímos los consejos de quienes nos previenen sobre los males de lo venidero y nos prestamos al engaño de lo que parece más fácil.

¿De verdad estamos tan ciegos? O nos hacemos los tontos ¿Hemos perdido la cordura? O queremos pasar por locos. ¿Nos ha adocenado esta sociedad del bienestar? O deseamos vivir así.

Niñas ciegas en la Fundación Vicente Ferrer

UNIVERSOS PARALELOS

sábado, 24 de septiembre de 2016

El viejo murió de pronto, estaba mirando por la ventana y se quedó allí, como pensando, o quizá ni siquiera pensaba ya porque la muerte le había alcanzado un minuto antes. Quien sabe, pero lo cierto es que quedó allí delante de la ventana, donde lo habíamos dejado olvidado o simplemente donde le correspondía estar por su decrepitud. Era ya sólo un recuerdo antiguo, de los que no representan ningún momento glorioso de la vida de nadie. Era un desecho, un estorbo, una molestia ingrata. Cuando babeaba o cuando dejaba correr el cálido orín por la entrepierna, sin inmutarse, como si lo hiciera a propósito para molestar, yo mismo lo hubiera matado. Pero mi falta de valor me lo impedía. No porque pensara que debía vivir, aquello ya no era vida. Esa casa en derribo, ese traje hecho jirones no podía ser ya otra cosa más que pasto de gusanos. Hizo bien la muerte en venir a buscarle.

La sabia Muerte vestida de blanco hizo su entrada y el tiempo se detuvo para siempre. No existe dama más poderosa. Nadie es capaz de detener el mundo como ella, ni Dios mismo. Ella arregla los despropósitos del Creador, los allana, iguala a los Hombres. Hasta los más viles la temen, incluso los que son su mano ejecutora temen su sentencia. Los poderosos, los pobres, los miserables, los alegres, los cenizos, todos se rinden ante sus argumentos y ceden su bien más preciado.

El viejo ya no le temía a la muerte, creo incluso que la estaba llamando. Si hubiera podido hablar le hubiera dicho: “Ven hija de puta, no te lleves a los niños, no te aproveches de los desgraciados, si tienes cojones llévame a mi que no te temo” Pero eso era imposible porque el viejo ya hacía muchos años que no hablaba, ni gemía, ni reía, sólo miraba indiferente a su Universo situado tras la ventana. Su mundo perdido en el vacío de los Tiempos. Le mirabas a los ojos y parecía verte, pero si te fijabas bien en su pupila no había reflejo, no estaba tu imagen en espejo, sólo existía un negro desvaído que es el color de la Nada. Aunque le pellizcaras no asomaba a su rostro el menor atisbo de dolor, ni te maldecía, nada de lo que ocurría a su alrededor le importaba, le éramos tan indiferentes como nos resultaba ya su figura inerte. Habitábamos mundos distintos, podría decirse que vivíamos en Universos Paralelos. ¿Cuántos mundos diferentes coexisten? Nosotros mismos, asomados a la ventana del televisor, indiferentes, mudos, parece que vivimos en un Universo Particular. Miramos con ojos atónitos la pantalla contemplando los mundos de los otros que nos son tan extraños. Permanecemos sentados, impávidos, impertérritos ante el terror de sus vidas, cuando apenas se nos conmueve el alma suena el timbre del microondas y nos devuelve a nuestra realidad, sacamos las verduras que teníamos cocinándose y comemos ajenos al dolor y al hambre que llena aquellos mundos. ¿Acaso no estaremos muertos? Somos tantos los muertos que vivimos absorbidos por nuestra cotidianidad que podría casi decirse que existen más muertos que vivos. Miramos las realidades de otros como si no nos pertenecieran, somos tan extraños para ellos como lo son ellos para nosotros. Debe existir algo de chispa todavía en nuestro cuerpo porque a diferencia del viejo, de tanto en tanto se nos asoma una lagrimita en el ojo o haciendo un esfuerzo supremo movemos el dedo para cambiar de canal.

Somos los náufragos de nuestra propia isla, los reyes de un imperio de nada, amos de los mundos ajenos y esclavos de nuestro Universo Particular.

Dejemos de mirar hacia la ventana como el viejo, abrámosla y salgamos afuera a buscar a los habitantes de los Universos Paralelos, o estamos muertos.


Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?
Insomnio
Damaso Alonso
Hijos de la ira


"Rodrigo Leao. Carpe diem"

LA MATERIA DE LOS SUEÑOS

viernes, 9 de septiembre de 2016

El barro, hombres y mujeres nacimos del barro. Tierra y Agua amasados por un Dios omnisciente o por una Naturaleza que indefectiblemente llevaba a la vida. Nuestra agua, el sudor del trabajo y del miedo son los humores del pobre, el llanto de los miserables que bregan con la tierra para vencerla.

Llenamos ríos de lágrimas y dejamos que la corriente se lleve la pena. Lágrimas que se perderán en la lluvia. La alegría apenas forma pequeños regueros frente a los torrentes que el dolor crea.

Si la materia de la carne es el barro, la del alma es el aire.

No el viento, que mueve los molinos de los sueños. Es el aire quieto, la esencia que proviene del aliento de Dios vertido sobre el barro, el neuma que constituyó el espíritu vital del hombre. En la tristeza el vacío se adueña del alma entregada a la Nada. En la alegría la luz de gas de neón de la vida incendia el alma.

Si la carne es barro y el alma aire.

¿Cuál es la materia de los sueños?

Sólo el Fuego puede producir los sueños. El fuego que provoca la ebullición de nuestra materia acuosa, de sus burbujas surge el aire, que no es sino alma evaporada. En su calor se cuece el barro convirtiéndolo en vasija, allí se contienen los sueños. Por ese fuego se fraguan esperanzas e ilusiones, en el rojo brillante se templa nuestro acero moldeándose como la arcilla. Cada una de las brasas, azuzadas por el viento creador se convierte en llama y hace que el aire se eleve, que crezca y nos haga gigantes. El fuego nos lleva hasta donde los dioses habitan. Junto al fuego nos sentimos poderosos y nuestra sombra se hace grande y baila. Donde la llama no alcanza sólo cabe el frio y el miedo, los fantasmas de la negra noche.

No podemos dejar que se apaguen las ascuas que alimentan nuestros sueños.
La ceniza es como la muerte.

“¡Oh tiempo que ves pasar todos los destinos humanos, dolor y alegría; la suerte a la que hemos sucumbido, anúnciala a la eternidad!”
Epitafio a los guerreros atenienses caídos en la batalla de Queronea.


Blade Runner: "Como lágrimas en la lluvia"

Escenas de Bade Runner (1982). Película de ciencia ficción dirigida por Ridley Scott basada parcialmente en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?