LA REALIDAD SUPERA LA FICCION

domingo, 21 de julio de 2013

 Ayer acabé de escribir la última de mis historias de mujer (quiero parar ahí). La número 11 porque quería que fuera un número indivisible, con carácter, mejor que el 10. 

No era Malena, a ella hace tiempo que la escribí.

Era Esperanza. Pero tocaba publicar a Malena por seguir un orden. Me acorde de ella hace poco cuando lo del accidente en la planta de confección clandestina en Bangladesh. Y me he acordado de ella en algunas de las noticias más recientes, incluso en nuestro país, que hablan de  trabajo clandestino, casi esclavo, de miseria. De la pobreza mental y social. 

Veo que pese a que Malena es un despojo de la sociedad, no es el más sucio.

Como en el tango : "Vivimos rebolcaos  en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos... " Cambalache.

Os sugiero leer Malena oyendo los tangos de Malena y Cambalache. No me hago responsable luego de la mala leche.

Ni Esperanza me ha quitado el mal sabor al releerla, pero que le vamos a hacer. 

Hay un agrio en escribir, que sólo se quita escribiendo.


MALENA (ES UN NOMBRE DE TANGO)


MALENA


Revolcada en el barro, gritando de rabia, royendo la ruina de la vida, rodando, riendo, arrastrada como un tango. Agarrada a la botella, emborrachando la razón, regada con lágrimas que resbalan por el rostro. Corrompida por la pobreza de los arrabales, derrotada por el tópico de ser Malena.

Sorprendida por una vida sórdida, ausente de la sociedad, sola, fuera de sitio, insatisfecha, sorbiendo poco a poco la salud. Salvándome de mí misma, sabiéndome sabia en ningún saber, sirviendo de excusa, soltando lastre sin salida. Me excuso por ser Malena.

Cuando el mundo te deja a un lado, cuando te aparta de su órbita, cuando te excluye, entonces sólo quedan dos opciones: morir o cagarte en él, vomitar sobre él toda tu bilis.

Nadie le explicó que iba a acabar en un infierno. No vivía en un edén, pero al menos tenía a los suyos. Sus puntos de referencia, los que tomas de niño cuando todo parece eterno estaban allí. Su mar, su barrio, su música, su madre. De su padre mejor ni acordarse, él fue el culpable de aquella huida a ninguna parte. Sus amigos de la taberna le dijeron que allí, en la otra parte del mundo, una chica como Malena, con su carácter, con su belleza, sería la reina del tango.

No recuerda cuantas palizas le costó dejarse convencer para marchar. Cuantas heridas curadas en el silencio de la casa por su madre mientras su padre dormía la borrachera. La fuerza de la ira la movió, la desesperación, la remota esperanza de que fuera cierto y la necesidad de salir antes de perecer a la brutalidad. Partía con la condición de ser la que mantendría la casa desde la madre patria. Aquel país que a ella le sonaba a Tombuctú. ¿Qué podía saber ella de España?¿Qué sabía ella de la vida?¿Qué sabia de aquellos que la esperaban para ofrecerle un futuro?

No necesitaba otro futuro en una tierra extraña. Necesitaba un presente, poder vivir su presente. Pero partió en aquel mugriento barco que antes de partir ya olía a vómito. Un barco de mercancías que bajo mano trasportaba pasajeros, polizones que pagaban un pasaje y a cambio recibían una litera y la manutención. Cuánta mentira disfrazada, qué falsedad preside el mundo. La falacia toma forma de verdad y con docilidad nos dejamos llevar al matadero. Aún cuando las señales están claras, se ven los estigmas, las rastros de sangre de los corderos que nos precedieron. Cerramos los ojos, pensamos que no puede ser. Tan cruel no puede ser, tan ruin es imposible, debe haber alguna explicación. Sólo cuando el cuchillo se hunde en el cuello te das cuenta de que estás perdido, los demás vienen empujando como si estuvieran ansiosos de descubrir que todo había sido un error y ya no hay vuelta atrás.

Somos ganado. En aquel barco ya eramos ganado. Nos marcaron como a la ganadería, con el hierro candente de la necesidad. La necesidad de comer, de agua, de dormir. Cambiamos nuestra dignidad por estos manjares. El capitán se acostó conmigo a cambio de una ducha y unas manzanas. Yo que había preservado mi flor para mi amado y que la había entregado por amor. Por un amor ciego, pero verdadero, nacido de la pasión del cuerpo, de la ansiedad del alma. Él me entrego a cambio el único presente que consiguió retenerme en este mundo, que me mantuvo unida a la vida, que preservó la cordura en aquel aquelarre de humillaciones. Un corazón de corteza de pino que había tallado con su navaja con nuestras dos iniciales M y G. Antes de partir le di todo lo que tenía, para que lo recordase, para que me esperara a la vuelta y darle mucho más. En ese barco rebaje el precio de mi tesoro a una baratija. Dejé manosear mis pechos por un mendrugo. Acaricie flácidas carnes, las besé por unas galletas.

¿En que puerto puede atracar ese barco sino en el propio infierno ?¿Cuanta humillación es capaz de soportar un cuerpo, hasta cuánto es posible doblegarse para mostrar la espalda dispuesta a recibir la fusta? ¿Cómo no somos capaces de arremeter contra aquellos que nos convierten en despojos? Clavarles las uñas, morderlos hasta arrancarles la carne, hundir nuestras manos en sus entrañas, esa debería ser la única respuesta. Sin embargo callamos, lamentamos, lloramos, nos consolamos en el mal de otros que comparten el mismo destino, incluso uno más aciago. No tenemos sangre en las venas, se derramó toda en el parto. Somos cobardes porque pensamos que el mayor valor que poseemos es la vida. No es cierto, el más grande es el orgullo para defenderla de las injusticias, el honor, la dignidad.

Después de un mes de travesía descargaron la mercancía y el rebaño al que esperaban sus nuevos amos, que tomaron posesión de los nuevos animales de carga. Descubrieron que eran tan dóciles como los anteriores, en la travesía la mansedumbre había sustituido la voluntad. Nos habían convertido en esclavos abandonando la capacidad de rebelión, los objetivos personales, la propia humanidad. Así, como un rebaño de corderos entramos en la furgoneta que nos iba a trasladar al lugar de trabajo. Allí nos fue contando un hombre malcarado, desfigurado por las cicatrices de algún cuchillo, que ahora se había convertido en el señor del miedo. Mientras hablaba nuestras mentes aún permanecían adormecidas por el dolor. Todo lo que dijo, aquellas condiciones impuestas, la letra pequeña del contrato que ahora nos era leída en voz alta, siguió tan oculta como antes de partir. No había temor, era la conmoción de no comprender como habíamos llegado hasta allí, porqué empezábamos nuestro viaje, aquel que iba a permitir mantener a nuestras familias, con una deuda. Aquellas personas eran nuestros dueños mientras no devolviésemos el dinero que al parecer nos habían prestado para el viaje. Nuestro trabajo tenía que servir para pagarles.

Eramos diez personas, diez despojos, diez niños a los que poder robar su infancia, diez mandamientos que incumplir. Ninguno de nosotros tenía más de quince o dieciséis años. Los tres chicos eran delgados pero fuertes, sin embargo parecían peleles sin alma, juguetes de hojalata movidos por un mecanismo o marionetas con algunos hilos rotos. Ningún recuerdo de su ímpetu, de aquel coraje con el que seguramente se embarcaron para conquistar el mundo, para poner a sus pies a la humanidad y llenar los bolsillos de oro. Yo pensaba en mi amor, en aquel que me dejó su recuerdo de madera, con ese cuerpo fuerte, capaz de derrotar un gigante. Con el corazón tan potente que cuando estaba acostada junto a él parecía que podía salirse de su pecho. Seguramente estos niños-hombres habían yacido con muchachas de mi ciudad, las habían convencido de que volverían siendo importantes, cargados de poder. Ellas habrían soñado a su lado y habrían pensado que en ese momento estaban forjando su futuro al unirlo a este David de brazos fuertes y voluntad inquebrantable. Se habrían visto a sí mismas como las diosas que un día acompañarían a sus hombres cogidas por el talle, dominadas por la majestad de estos héroes. Habían gozado de ese sueño juntos, se habrían prometido mundos de azúcar y miel, mientras se deleitaban con la ambrosía de sus jóvenes cuerpos. Ellos eran ahora una sombra, un recuerdo oscuro de los hombres que quisieron ser.

Las siete rosas marchitas que ahora formábamos un ramillete avejentado por la tristeza y el desaliento, habíamos perfumado el aire antaño con nuestra presencia. Con esa fragancia de los cuerpos limpios, con el aroma de la juventud, la esencia de la pureza del alma no mancillada. Sólo los jóvenes son capaces de emanar el perfume elemental de la vida. Pero allí ya no eramos aquellas muñecas que salieron de sus casas con muda limpia y su mejor vestido. Nos habían convertido en muñecas de trapo descosidas, amputadas, con el cabello de estropajo y las manchas de suciedad emborronando el color de nuestros vestidos. También nosotras habíamos abandonado nuestro mundo con un sueño, en algún momento habíamos acabado por creer en él. Volcamos en ese viaje hacia el fin del mundo la esperanza, el anhelo de volver redimidas de la pobreza, convertidas en princesas. No debería estar prohibido soñar, pero a los pobres nos debería estar vetado ese privilegio. El despertar es atroz, la caída tan brutal que no permite que quien se levanta sea ya el mismo individuo. En el abismo, se perdió su rastro y al volver a la realidad es incapaz de reconocerse. Los sueños son una perversión para los desposeídos, para los desheredados. Ellos no tendrán el cielo, no se les resarcirá del mal, no tendrán un lugar al lado de dios. Son tan pobres que dios no los vio, están lejos de su penetrante mirada. El dios omnisciente los olvidó, los borró de su objetivo. Son el relleno necesario para dar vida al mundo, para moverlo, el atrezzo que los personajes principales necesitan para que la historia sea real.

Nosotras volvíamos a la verdad del mundo convertidas en mujeres marcadas, nuestra adolescencia se pasó en el barco. Fue un viaje en el tiempo donde envejecimos prematuramente. Eramos escupidas por la sociedad en aquel agujero donde nos llevaron. Nuestro lugar de trabajo, nuestra casa, nuestro parque, nuestro retrete. Todo nuestro mundo se redujo, como la cabeza del enemigo que los jíbaros empequeñecen para dominarlo, para evitar su venganza. Aquella nave subterránea, donde dos tragaluces que no conseguían iluminar mas que nuestras penas, nos mostraban como el tiempo pasaba. Las horas, los días dejaron de tener sentido, no había medida del tiempo porque no había proyectos, ni presente, ni objetivos. La fuente de los sueños estaba seca, el futuro era un erial, un desierto sin oasis. Sólo el corazón de madera latía en mi mano cuando lo apretaba para agarrarme a la vida. En él encontraba la fuerza de seguir a delante, aspiraba su olor acre y me devolvía a aquel bosque, bajo los árboles, sobre las hojas de pino, con los aromas de la humedad y la resina, en que me dejé llenar de gozo. Sólo era un instante, el último suspiro de un moribundo, el instante previo al caos, pero sentía que me llenaba de vida, volvía a tomar fuerzas para resistir.

Vivíamos en aquel túnel del tiempo trabajando desde que asomaban los primeros rayos por las diminutas claraboyas del techo. Bajo el ruido de aquellas máquinas que cosían telas que nunca nos vestirían, pantalones, faldas, vestidos para otros. La humedad y el frío nos acompañaban en todas las estaciones. Aquel era un lugar siniestro donde las sombras habían vencido a la luz e imponían una temperatura constante que helaba los huesos. Allí quizá tomo mi voz de alondra ese oscuro tono de callejón. O quizá fue el alcohol que a modo de premio de productividad repartían y al que nos fuimos acostumbrando como a una droga. Aquel bebedizo que nos ayudaba a adormecer los sentidos, a acallar las ilusiones, a dominar los impulsos y a resignarse de nuestro destino. Treinta mujeres y hombres desdibujados por la indiferencia al mundo, trabajábamos, comíamos, dormíamos, orinábamos, defecábamos, todo bajo la vigilancia de nuestros amos. Hablábamos poco entre nosotros, sólo las noches de vigilia, donde la necesidad de pegarse a los cuerpos de las otras chicas para calentarse, despertaba nuestras conversaciones. Conocí a las otras Malenas, calcos casi perfectos de mí misma. Ada, Belay, Galatea nacidas en la miseria, arrastradas como yo a este sueño ajeno, sacadas de la cuna para ser carnaza. Habíamos vivido juntas sin conocernos, en nuestro país eramos vecinas y nos ignorábamos. Aquí eramos extrañas y habíamos tejido una relación necesaria para preservar algo de lo que poseíamos cuando vinimos. Sin embargo a pesar de que nuestra mala fortuna nos unía, todas guardábamos una parte íntima, un secreto que no podíamos compartir. Hasta en la situación más desesperada escondemos una carta bajo la manga, porque pensamos que la suerte puede cambiar. Aunque sepamos que la suerte no existe, que nuestro hado está marcado por oscuros seres alienados de toda humanidad. Ninguna desveló su tesoro escondido, pero todas abrimos nuestro diario para consolarnos. En todas ellas habían escritas palabras de dolor, palizas, hambre, pobreza. Desgranamos el fruto de nuestras penas y con ello aliviábamos el amargo sabor que deja la frustración de saber que los sueños murieron en aquel sótano. Pero también nos infundíamos valor, inventábamos futuros posibles. Pagábamos nuestra deuda y adquiríamos la libertad, salíamos de nuestro encierro para redescubrir el mundo que habíamos perdido. En algunos momentos ideábamos planes de fuga, nos organizábamos como guerrilleras, emulando al Ché, invocando su espíritu para que nos ayudase.

Maldigo el día en que decidimos que había llegado el momento de rebelarse, aunque gracias a ello pueda estar escribiendo. El valor reside en el fondo de nuestras almas y sólo sale a la luz cuando estamos con los demás. Solos seriamos cobardes, vigilando nuestro bien, evitando entrar en zonas de peligro. Con los demás adquirimos el coraje, sacamos el héroe que está escondido. Desenterramos el hacha, defendemos la bandera, arriesgamos nuestra vida porque el otro forma ya parte de ti mismo. Da sentido a tu existencia y por tanto hay que protegerlo. No lo hacemos de una manera solidaria, no hay altruismo, ni generosidad. Nos ponemos de su parte, porque ese otro al que eres capaz de reconocer como un bien necesario, comparte tu destino. Somos valientes egoístas, solidarios interesados, pero verdaderos Aquiles, Hércules, Dido, Zenobia capaces de enfrentarnos a ejércitos con nuestro escudo, por nuestra gloria.

Maldigo el momento en que invocamos el héroe que yacía en su lecho para enfrentarnos contra aquellos demonios que nos secuestraban. Ella se levantó como un trueno haciendo resonar su voz potente y oscura, la voz de una niña que había madurado deprisa, que se había agriado como el vino joven que se introduce en una barrica estropeada. Se elevó como una diosa blandiendo la única arma que podía ser arrojada contra Goliat, conminándonos a seguirla para acabar con nuestra esclavitud. Consiguió el milagro de despertar nuestras mentes dormidas, levantó un vendaval de protestas. Todos nos pusimos en pie con ganchos y palos en las manos. Los chicos antes mansos como perros adiestrados se trasformaron en mastines, se dirigían hacia los guardianes dispuestos a arrebatarles la llave de nuestro destino.

Aquel siniestro sótano se convirtió por un momento en un mundo donde la esperanza tenía ahora una oportunidad. La luz de las claraboyas parecía tener ahora un brillo de espada, de rayo divino que viniera a vencer al mal. Sonó un doloroso ruido que restalló en el aire como relámpago, como la furia de una ola gigante que rompe en el arrecife y se detuvo el tiempo. Se paralizó el espacio, hubo una tregua en el cosmos para ver como una flor roja surgía del pecho de ella. Ese disparo acalló todo el alboroto, cercenó el brote que había empezado a geminar, destruyó la muralla que apenas habíamos empezado a levantar. Yo corrí hasta ella desoyendo los gritos que amenazaban con matarme, corrí para vengar a la muerte o para morir, para oír de sus labios cual debía ser el siguiente paso, la consigna. Quería ver en sus ojos que no nos iba a dejar, pero me encontré con un mirada que se perdía y una mano que me entregaba un regalo escondido. Pensé que me entregaba el testigo, la mágica poción para conjurar la venganza y lo guardé antes de sentir como me apartaban de un empujón, como me pataleaban la espalda. Puede ver desde el suelo como nos dejaba, como sonreía, quizás feliz por abandonar aquel infierno.

Nos encerraron conmocionados, aterrados, silenciosos, de nuevo amansados por el miedo. Permanecimos encerrados en nuestras habitaciones un tiempo indefinido, hasta que nos permitieron de nuevo salir con amenazas, innecesarias todavía porque la rabia no había sido capaz de devolvernos la condición de humanos.

No supimos nada de ella hasta que un día entró la policía en aquel recinto y nos liberó, como si fuésemos presos de un campo de exterminio. Salimos de allí como despojos, flacos, demacrados, cegados por la luz del sol que hacía más de un año que no veíamos. No sentimos alivio por la liberación, sólo un vacío. Acostumbrados a no vivir no sabíamos como seriamos capaces ahora de retomar nuestro camino. Todos juntos estuvimos en un centro de acogida hasta que fuimos distribuidos. Nos animábamos, había palabras de fingida alegría, interpretábamos el papel de víctimas liberadas de un calvario. Ninguno mencionaba a nuestra compañera muerta.  La policía nos informó que un pastor la había encontrado cuando su perro olfateaba en un campo mientras pacía el ganado. La encontraron cubierta de barro, tirada, apenas enterrada, envuelta en un saco de los que traían la tela con la que trabajábamos, como se tira a un animal muerto. A través de la investigación del crimen habían llegado hasta alguno de los carceleros y con ello habían descubierto el tráfico de personas. Una red de mafiosos que esclavizaban a niños que eran traídos con la excusa de un trabajo. Callaban a sus familias enviándoles pequeñas cantidades de dinero junto con cartas falsificadas donde les decían a la familia que se encontraban bien y que eran felices, aunque tenían que trabajar mucho. Eso hacía que nadie reclamase a sus hijos, que el dinero que llegaba silenciase las sospechas, acallase las dudas.
La pobreza tiene una cara cruel, la amarga verdad que encierra hace que huyamos de ella como necios. Cerramos los ojos para no verla en los demás, no queremos que nos implique. El pobre es ciego también para el sufrimiento ajeno porque su dolor le basta como argumento.

Viví en casas de acogida hasta mi mayoría de edad, allí me enseñaron a leer y a escribir mejor. Aprendí lo que en mi la escuela de la vida me había negado.

Trabajé en un hotel de asistente, después en un periódico, estudié, leí, escribía alguna nota para el periódico. Les gustaba mi carácter agrio, desencantado con la vida, derrotista. Mi notas eran siempre tristes pero quemaban las conciencias, pese a que me empeñaba en ser una agorera impenitente, en mis escritos había más de amor que en algunas novelas rosas. Gané dinero suficiente para volver a mi país dónde ya nada fue lo que había soñado. No volví como una triunfadora aunque para algunos así fuera. Volví como una perdedora. Había perdido mi adolescencia, mi juventud, mis amigos que ya casi no me reconocían y los que encontré me trataban como a una extraña. Viví aquella existencia que consideraba de prestado, pegada siempre al recuerdo de aquella que murió en el sótano gritando con voz ronca libertad para todos nosotros.

Me llamo Galatea, pero soy también Malena, porque tengo de ella su esencia, me cedió su secreto, aquel corazón de corteza de pino grabado con dos iniciales M y G. Quiero pensar que la G era mi nombre que fue escrito por la diosa del destino.

Escribo con él agarrado en mi mano, como ella cuando murió. Escribo como venganza, como revancha contra el mundo que convirtió a Malena en un desecho, en una mercancía de usar y tirar.

Escribo por ella porque en su muerte nos devolvió la vida.


IMPRESIONES DE BEA

lunes, 6 de mayo de 2013

   ¿Cómo es posible sentirse tan ajeno a algo?

 Cuando llegué a India, ésta fue mi primera sensación. Como llegar a otro planeta. Ni siquiera anatómicamente parecemos iguales, pero lo somos.

   Lo somos a pesar de las apariencias. Somos todos seres humanos, cada uno con su propia historia, cada uno sintiéndose único e importante en este mundo.

   Al principio la euforia se te apodera. Es un país de gente dulce y amigable que hace todo lo posible por agradar. Saben que has llegado para intentar ayudar y el respeto que muestran llega a ser veneración. El calor humano es algo que abunda. Eso a 8000Km de distancia es algo que también nosotros debemos de agradecer y mucho.

   Los saris que llevan la mujeres son preciosos, ellas guapas me sonríen con la complicidad implícita entre las del mismo sexo. Te sientes bien entre ellas.

   Los niños, qué ojos, Dios cómo me gustan. Los fotografío a todos, además aquí a todo el mundo le gusta que le hagan fotos, cuantas más mejor. Después se las enseñas y sonríen felices. Es una pasada.

  El calor es insoportable y alguien comenta “huele a India”, ya en el aeropuerto. Yo pienso, no huele a nada, sólo a noche de verano. Pero es que no tengo ni idea de lo que me espera. Cuando coges un rickshaw y te lleva a la “ciudad”, entonces te das cuenta: India huele a India. Es un olor ácido, a excremento, a especias, a sudor humano y a humos que exhalan los miles de vehículos que encuentras a tu paso. Caos de tráfico tanto de motores como de animales y personas. No esperes carriles, semáforos, señales o normas no, aquí todo vale. Vigilo el frente, la espalda, los costados, vienen por todas partes en un claxon infinito que te mantiene alerta. Nadie para, todos pasan primero y yo acongojada, sigo a mis compañeros.

   El mercado es imposible, contraste, color, calor, olor todo mezclado. Tengo cuidado y miro al suelo a ver si piso lo que no debo. Porque India es un país que acumula restos fecales en cada uno de sus poros, cómo es posible tanto excremento, tanta basura, tanto desperdicio, escombro y putrefacción acumulada. Nadie mueve un dedo por sacarlo de su lado. Da igual que vivan en medio de tanta inmundicia, lo hacen ajenos a ella, como si no existiera, inmunes, descalzos.

   La vida diaria en el trabajo empieza a pesar. Comprendo la dificultad para acceder realmente a personas tan distintas, vidas distintas, formación distinta y cultura distinta.

   La jerarquía es la religión aquí, ancestral pero vigente al cien por cien. Nadie se atreve, todos quietos, paralizados, bloqueados; sólo uno manda, dirige, da, quita y decide cómo, cuánto, cuando y sin por qué.
   Hay que asumirlo, interiorizarlo y practicarlo. Pero es algo que cada día va pesando un poco más, tendiendo en cuenta que ser mujer es un infravalor añadido.

   La inequidad sexual está patente en todas partes sin tener que aludir a la violencia de género, que la hay y mucha.La mujer es siempre el actor de reparto, el protagonista es de otro género. Pero eso no impide que las labores más pesadas sean de ellas, mientras sus cónyuges las vigilan tranquilamente a la sombra de un árbol. Es desbordante ver tanta dominación y ellas, tan dóciles, tan sumisas, tan guapas, tan jóvenes pareciendo tan viejas. Porque sí, son guapas pero no hay mujeres maduras, hay niñas que paren niños desnutridos y viejas de 40 años.

   Me han llegado a estimar casi 20 años menos de los que tengo. Qué alegría, dirían algunos; pero no es para alegrarse, aquí da pena porque no existen mujeres de 40 años con el aspecto que se debería tener a los 40. Tanto castigo, tanta represión, tanto trabajo provoca  que envejezcan prematuramente sin ninguna opción.

   Aquí está prohibido decir el sexo del feto a las madres que sólo quieren parir varones y son capaces de interrumpir la gestación si supieran que van a dar a luz una niña. Las niñas son sólo una carga familiar a la que hay que preparar una dote aceptable para casarla pronto y que se vaya a casa de su marido apalabrado con sus suegros y su dote. Allí, desde prácticamente la adolescencia, tiene que servir a su familia política y parir los hijos de un perfecto desconocido.

   El hospital donde trabajo es una bendición para la zona. Las mujeres pueden dejar de parir en sus casas y hacerlo allí. Una media de 30 partos diarios. Muchas de ellas no llevan un control adecuado y el único contacto con el hospital es el momento del alumbramiento. Eso es lo prioritario en este momento. La educación sanitaria, la vigilancia antenatal, el tratamiento de la desnutrición y el control intraparto.

   El control adecuado intraparto es otro caballo de batalla. La parálisis cerebral infantil es un gravísimo y gran problema aquí. Además, la Fundación es especialmente sensible con estos niños que sin ella no existirían o estarían moribundos en sus casas. Es impresionante visitar el proyecto de niños con parálisis cerebral. Se me vuelve a poner un nudo en la garganta sólo de escribirlo.

   Cuando acaricias a alguno, responde inmediatamente cómo diciendo: esto me gusta, dame más. Sonríen y levantan la mirada y yo casi no me puedo aguantar, por favor qué pena tengo. En algunos de los casos sería evitable que estos niños, por lo demás preciosos, nacieran en este estado y estuvieran encarcelados de por vida en unos cuerpos enredados, espásticos, ciegos y sordos.

Da gusto ver a las personas que trabajan con ellos. El ingenio y el trabajo duro y bien hecho, mejora sus vidas. Toda mi admiración para ellos.

   Los fines de semana han supuesto una válvula de escape a la olla a presión en la que está mi cabeza. Hemos visitado Hampi, un lugar absolutamente precioso en medio de todo esto. Los templos son impresionantes, la vegetación cambia por completo y se hace frondosa, los cultivos fértiles y los animales bien alimentados.

   La tarde está cayendo y hace un calor pegajoso. Tengo ganas de volver mañana al hospital donde vivimos en Kalyandurg. Allí nos dejan tomar la cerveza que allá por donde vayas está prohibida. Yo mataría por una ahora mismo. Además qué lujo, nos han puesto un router y tenemos wifi, podemos conectar con nuestra vida, el whatsapp, mail, facebook. Acceso libre a tu entorno, sabes que te está esperando.

   Nos queda una semana de trabajo y regresamos a casa. No me gustaría olvidarme de todo y por eso lo he escrito.

Beatriz Marcos


LA REVOLUCION PENDIENTE

  ¿Porqué una revolución, si todo parece tan apacible?


  India es un país dónde cada cual tiene su lugar, y el dios que eligió aquel espacio para las personas y las cosas, lo hizo con tanta sabiduría que nada debería ser cambiado. Bajo el intenso ruido de las calles, el desorden, la suciedad, se esconde el espíritu del orden, la paz del alma. ¿ O quizás no?

   ¿Que se esconde en las mentes de estos hombres y mujeres? ¿Quién sabe que pensamientos pueblan sus mentes?¿Viven en paz con su tierra, aceptan aquella imposición del mundo? Porque a veces pienso que bajo esos rostros conformados, esas actitudes de amabilidad, de sumisión, viven espíritus turbulentos. 

   ¿Cómo escrutar bajo las miradas? ¿Se puede ver más allá de los ojos? No sé si podría entender el significado de las palabras que no se dicen, o ver en los gestos la llamada de auxilio de lo que se esconde. Puede que en fondo de aquellas pausadas maneras exista un agitado mar de dudas, un deseo de ser descubiertos en el engaño.

   Y aquellos seres más lastimados, los más débiles, los dalits, los pobres y sobre todo las mujeres que son en sí mismo una casta inferior ¿Que sienten? ¿Cómo viven esa condición de marginados? Las mujeres ricas seguro que disfrutan de un estatus muy superior a los hombres pobres. Y aún así ¿ Sienten la presión de las ataduras que les impone el matrimonio? ¿Qué piensa cuando su marido las golpea? Quizás piense que es su culpa y se siente responsable, o es posible que una rabia oculta salga silenciosa por las heridas. La sangre no habla. Toda mujer por el hecho de serlo es inferior, está supeditada. Su suerte depende de su familia, de los hombres que siempre estarán por encima de ella. ¿Acaso bajo la mirada sumisa, bajo la aceptación de su condición de seres de segunda clase exista un espíritu rebelde que espera ser despertado? 

   Imagino por un momento a las mujeres de la India con un alma oculta tras su rostro sumiso. Como el cuerpo de las mujeres escondido tras los chador y los burkas, con los ojos mirando el mundo por la rejas de su velo. No puede adivinarse su cuerpo, escondida su belleza para no provocar a los ojos de los hombres que todo lo vigilan, como dioses sabios. Pero bajo aquellos vestidos negros que forman figuras rectas carentes de materialidad. ¿No se esconde una mujer? ¿No tendrán aquellas mujeres la percepción de su feminidad? Quiero pensar que sí. Una mujer es más que un cuerpo. Es un espíritu sabio capaz de criar un hijo, de hacer un hombre, aunque ese hombre pueda convertirse en su verdugo. Los vestidos pueden ocultar el rostro pero no pueden cegar la luz de las mentes que viven en su interior. Por más oscura que sea la tela, por más tosca, por más oculto que quede el rostro, debajo siempre habrá un pensamiento. Algo que nadie puede descubrir sin ser revelado.

   Veo a las mujeres de la India con sus alegres saris, de colores chillones y sus caras sonrientes bajo el burka de su condición de mujer. No sé si lo sufren con dolor o anestesiaron sus sentidos con la educación segregada y machista. Ellas mismas son responsables de esa educación que imparten a sus hijos. Unos hijos que paren con dolor, como nuestras abuelas lo hicieron, o peor, porque a veces lo hacen lejos de donde pueden ser atendidas. Ha mejorado sin duda, pero veo en el paritorio el sufrimiento de quien no puede alegar nada en su defensa, en su ayuda. Su sociedad aún no ha entendido el valor de las mujeres. Su valor depende tanto de esos hijos, que necesitan parirlos a cualquier precio, pero se devalúan en ese trabajo, envejecen, mudan sus caras de niñas tristes por viejas cansadas.

   Esa es la revolución pendiente, la que convierta a las mujeres en personas. La que dé estatus de ciudadano de primer orden a quien es el principio. El cambio de valor de cero a infinito, igual que el hombre. A su lado, a su altura, compartiendo no sirviendo, sumando esfuerzos. Entonces los hijos verán a sus madres como madres no como criadas. Entonces los hombres verán a sus mujeres como sus amadas y ellas dejaran de sentirlos como sus amos. Entonces los padres dejarán de ver a sus hijas como una carga para la que tiene que reunir una dote. Porque sólo entonces el valor de cada uno se medirá por sus capacidades, por sus oportunidades. Cuando en ésta y otras sociedades se imponga la lógica de la igualdad, se multiplicarán las posibilidades de progreso. La revolución debe conseguir erradicar el estigma de ser mujer. Sólo entonces podrán cambiar los principios de una realidad equivocada. En todas las sociedades son necesarios cambios pero sin duda aquí, se debe empezar por esta revolución pendiente.

   Esta semana se publicó en el periódico que en el estado de Andhra Pradesh se ha decretado que las mujeres no puedan estar en los bares después de las 10 p.m. para “evitar problemas”.
Todavía hay mucho camino que andar.

Nunca olvides que la más larga caminata empieza siempre con un primer paso”
                                (Proverbio Hindú)