EL DOLOR FORMA PARTE DE LA VIDA, PERO DOLORES ES SOLO UNA HISTORIA

sábado, 25 de agosto de 2012

No me gusta ser pájaro de mal agüero, ni darle a nadie el día. Dolores no es ni la historia de una mujer, ni conozco a nadie así.  Es una forma personal de ver el dolor dentro de una historia. Pero por increíble que parezca, seguro que hay mil formas más de decir dolor. En estos tiempos, también en los pasados y vista la historia sin duda en los futuros. Para compensar en la próxima entrada será más amable, o no. ya sabéis que vuelvo  a Africa y no me sienta del todo bien.

DOLORES

El dolor es nuestro aliado dicen los médicos. Un mecanismo de alarma que nos pone en guardia ante las disfunciones del organismo. El dolor como maestro evita repetir errores que nos ponen en riesgo. El dolor es un acicate para la vida, para arremeter contra ella cuando te pone a prueba. El dolor como ascesis, como medio para llegar a la virtud expía y redime las culpas.

El placer y el dolor a un paso de distancia, a veces superpuestos, casi indistinguibles, excitando nuestras terminaciones nerviosas con impulsos que el cerebro transforma indistintamente en angustia o en goce.

Sentir dolor es sentirse vivo, presente, tener conciencia de estar en el mundo, de ser como individuo. Sufro luego existo, sólo pensar no garantiza estar vivo. En los sueños pensamos, nuestra mente elabora proyectos, discute ideas, sin embargo el dolor nos despierta, nos trae a la vida en ese intervalo que es el sueño. En el sueño eterno, en la muerte no existe dolor, porque el dolor es vida.

Puede que todo esto sirva para el dolor leve, la molestia que embarra el camino, que incordia sin evitar que sigas haciendo tu vida. Incluso para el dolor agudo, punzante, que nos provoca el grito, que nos trae al ser primitivo, al que se defiende , al que lucha, al que se rebela contra esa lacra. Ese puede ser un dolor aceptable, positivo, incluso necesario. Yo he vivido el dolor del parto, la epidural mitigó ese tormento que acompañaba a la maternidad. Pero imagino como nos parieron nuestras madres, con un dolor que viene desde las entrañas, que en cada contracción te arranca un grito. El dolor que te mortifica, que te hace negar hasta a tu propio hijo cuando desgarra tu cuerpo y lo expulsas como si fuera un demonio. Sin embargo tras ese infierno, el fruto permite el olvido y la paz, el sentimiento de haber dado vida a un ser que es parte de nosotras mismas, aplaca el recuerdo del dolor. Algunas mujeres perciben aquella experiencia dolorosa como positiva, gratificante por la recompensa obtenida. La viven como la culminación de un deseo quizá impreso en la memoria de las mujeres, un impulso creador que nace de lo trascendente.

Vemos el dolor como un accidente temporal. Ni por un momento pensamos en el dolor como un continuo. Hay un tiempo después del dolor, una luz al final del túnel. Vemos al dolor en color negro por contraste a los colores brillantes de la felicidad.

Qué me diríais si ese dolor fuera eterno, si cada segundo dolería y le siguiera el dolor del segundo siguiente, de forma interminable. Dolería el tic-tac del reloj porque el propio golpe del segundero desencadenaría ese dolor. Si el dolor fuera la constante, la norma sin excepción, si el dolor se convirtiera en el motor, en la gasolina, en el camino, en la meta. El dolor ocupándolo todo, vistiendo tu vida de un color que ya no podría ser negro, porque no hay contraste.

Yo lo veo blanco, blanco de hospital, de algodones entre los que quisiera dormir, blanco de batas, de fármacos, blanco de luz que molesta sólo con mirarla.

Un dolor que no viene de fuera, que sale de dentro de un cuerpo en apariencia completo, sin desperfectos. Incomprensible para nadie, ni para mí misma. Inimaginable, porque la propia percepción de un dolor tan terrible, tan atroz se hace incompatible con vivir. La paradoja surge porque el daño no se ve, no es una quemadura, un arañazo, un flemón, una herida donde la sangre hace visible el dolor, lo justifica. Cómo creer en la cordura de quien diga que duele el parpadeo, el habla, un beso o una caricia. Cómo entender que el pensar en levantarse de la cama supone un esfuerzo doloroso. Una meta que se debe superar con el valor de un titán, con el sacrificio de un atleta exhausto que consume su último aliento al ver la cinta. No se puede comprender como el dolor puede ser el único pensamiento, la monótona melodía que te acompaña, con escasos instantes en que tratas de distraerlo para que permita no perder el contacto que te queda con el mundo.Todo ello se resume con la brevedad de un diagnóstico. Aséptico, erudito, blanco, tan inmaculado como la pronunciación del médico: “ Usted tiene fibromialgia” .

Al oírlo sólo experimentas el dolor de la palabra, no el consuelo de un pronóstico, no la esperanza de una cura. Duele desde antes de que emitieran aquella sentencia y duele cada momento después sintiéndote marcado por el dolor como su víctima, como una víctima que jamás podrá librarse de él. No maldigo a los médicos, no maldigo al dolor, sólo puedo maldecir mi mala fortuna. Tal vez el responsable de aquel error cósmico es la fatalidad o tal vez estoy pagando el error de un dios imperfecto.

La Escala Visual Analógica (EVA) que se utiliza para valorar su intensidad tiene nombre de mujer, quizá porque el dolor está en nuestra conciencia moral del pecado original o quizá porque sólo una mujer pueda soportarlo.

El dolor genera un respeto sobre la persona que sufre, un reconocimiento de valor infundado, porque el sufrimiento no es voluntario. Es un parasito que se introduce en el cuerpo y en la mente, pasa a formar parte de tu propia vida. Sin solicitar su presencia, sin culpa, sin mérito para ser poseedor de él. Ni siquiera es un castigo divino, el azote de un juez vengador que pretenda infligir un daño, mortificar al reo. No se puede pedir una razón para su existencia, no se explica, no se justifica. No hallo culpables en los que hacer recaer la responsabilidad de mi injusta condena, ni siquiera en mi misma.

Nací como tú con el llanto de la vida, no del dolor. El llanto de la respiración, el grito de gozo por llegar a ser. Estuve libre de dolor – del dolor malvado- hasta los treinta y cinco años. Pasé mi infancia en un sueño de felicidad, claro que lloré, seguro que tuve dolores de barriga, de anginas, de muelas, pero todos fueron olvidados. De la infancia no recuerdo ningún dolor que me haya dejado la más mínima huella. La infancia viene a ser como un referente de recuerdos benévolos. Pero la vida empieza más tarde, cuando empiezas a tener la conciencia de lo que posees y lo que pierdes. En ese transito por la adolescencia también puedo decir que fui feliz. Me dolió el corazón y me estalló de gozo, a veces sin poder precisar en que momentos ocurrió cada cosa. Viví con la pasión que sólo se es capaz de vivir en ese tiempo.

Estudié, aprendí, lloré, reí, amé y hasta seguramente odié con ese odio sin maldad que los jóvenes tienen ante la adversidad. Acabé magisterio y he dado clase en preescolar hasta que escribieron mi sentencia en un informe médico. Los niños fueron mi alegría, mi soporte en los momentos que pudieran ser difíciles. Tuve tiempos de penuria económica, no los recuerdo con pesar. La escuela me dio además a mi alma gemela, un sólido apoyo, una luz en las incertidumbres, aunque como yo no conociera las respuestas. Fue mi gran amor, el amor en mayúsculas. El que me acompaña incluso ahora que transitamos por caminos oscuros, con las tinieblas de mi enfermedad persiguiéndonos.

Con Valentín tuve dos hijos. Ellos son mi estímulo, el asidero al que me aferro para levantarme cada día. Pienso en ellos y despierto del duermevela de cada noche, donde el sueño no llega a vencer a mi dolor. Abro los ojos y me esfuerzo por mantenerlos abiertos para que cuando se vayan al colegio me encuentren despierta, incluso a veces levantada tras hacer acopio de las fuerzas que me quedan. Sonrío con una mueca entre el gozo y el sufrimiento. Los beso aunque me atraviesen agujas en los labios.

El tratamiento que me recomiendan los médicos me alivia, no niego su voluntad de sanar, pero más que quitar el dolor lo adormece, baja la intensidad. El único inconveniente es que también a mí me hacen entrar en un sopor que no deseo. Prefiero a veces el martirio a la ausencia de consciencia. Deseo permanecer junto a mi familia pese al suplicio de soportar a veces el martilleo del mal que recorre mi cuerpo siguiendo cada día rutas distintas. A veces son las articulaciones de los pies al levantarme, a las que siguen las rodillas, caderas y un hormigueo en las manos y las piernas incapaz de controlar, que adquieren movimiento por sí mismas. Otras el dolor se inicia en la cabeza, resulta como un tambor cuya vibración rebotase en cada pared del cráneo y repitiese los ecos.

He probado todos los tratamientos: analgésicos, relajantes, antidepresivos, magnetoterapia, yoga, … me he prestado a cualquier ensayo clínico que pudiera sacarme del abismo, que me devolviera mi vida anterior. Ahora sé que no es posible y lo asumo. No existe un tratamiento para el dolor físico cuando no es objetivable una causa, cuando no se ha producido un error, un fallo del sistema. Los antiprostaglandínicos, los inhibidores de la recaptación de serotonina,.. nada tienen que hacer ante un dolor esencial, inmanente, que sólo podría arrancarse desprendiéndose del propio ser.

Sólo concibo un dolor más intenso que el mio, el de una madre que pierde a un hijo. No sé si podría soportarlo, me aterra sólo la idea. El dolor no viene aquí de ninguna parte del cuerpo, ni está en la mente. Es el dolor de la negación a la vida, la antítesis al propio sentido de estar vivo, de proyectar tu vida finita en tus hijos. Cada vez que veo el rostro de la madre de Dios en el descendimiento de la cruz o en una piedad, siento la brutalidad de la idea de perder un hijo. La impotencia, la desesperación, el querer dar explicación a una muerte que cambiarías por la tuya. La imagen me resulta tan cruel, tan atroz que siento una necesidad de llorar, de verter la hiel que se acumula en el alma ante una visión tan desgarradora. Siempre hay algo más allá del mal, ese puede ser un consuelo, aunque no consigo agarrarme a él.

Pensáis que deseo la muerte. Si así fuera la buscaría y la encontraría, ninguna muerte puede ser más dolorosa que lo que ahora siento. Deseo la vida, aunque admito desearía otra vida, aceptaría un cambalache con Dios o con el diablo y a cambio de este dolor entregaría mi alma.

Amo la vida porque antes de ahora la he vivido. Aunque no siempre la percibí, no siempre fui consciente de que estaba viviendo. La existencia es un tránsito que hacemos a ciegas, sordos a los cantos de sirena, atados al mástil para no ceder a las tentaciones. Ahora echo de menos no haberme dejado llevar por las emociones. Haber realizado las locuras y las corduras que en cada momento me regalaba la vida. Haber sido libre cuando pude. El dolor es una cárcel con barrotes como cuchillas, como alfileres. Es la más atroz de las condenas, infinitamente más cruel que la pena capital. Todos vivimos en el corredor de la muerte, sin conocer cuando llegará el decreto de nuestra ejecución. Disfrutamos de permisos carcelarios, de horas de patio, de taller de trabajo, de salón de actos... No somos conscientes de nuestra mortalidad a cada instante, ello nos permite ser más libres, aunque a veces pasamos por alto el valor de la propia vida. Yo vivo en la humillación permanente de la celda de castigo, con un carcelero sordo a mi pena, que a veces pienso que soy yo misma.

El dolor no tiene dignidad, no merece respeto, no fortalece el espíritu, no ilumina la verdad , aunque a veces te abre los ojos, permite distinguir a quien te quiere. Es verdad que he encontrado a los amigos en el dolor, a mis hijos y sobre todo a mi marido. Es más fácil separar la paja del trigo, distinguir el amor frente al interés, la entrega frente al egoísmo. No hablo del egoísmo o el interés malvados, sino del que emana de la necesidad de buscar el propio bien, la propia felicidad. El egoísmo justificable y entendible, que está en la propia naturaleza de los seres vivos, motor del impulso vital necesario para competir en la Naturaleza.

Con mi marido y mis hijos entablo las batallas de esta guerra pérdida. Formamos un grupo de guerrilleros que vencen en cada escaramuza a sabiendas de que el final será la derrota. Pero en cada pequeña victoria vivimos intensamente nuestra percepción de aliados, de luchadores por la vida, de maquis echados al monte con la rabia de derrotar al que nos arrebató el derecho a la felicidad absoluta.

Mi dolor será un estímulo para crecer en amor a mis hijos, sé que este calvario les engendrará valor, que a través de él verán la vida de otra manera. En el dolor ajeno, fundamentalmente cuando nos afecta, cuando compartimos la carga del sufrimiento, se forja el espíritu del hombre. Nos abre la mente a un sentido de la vida, dónde el valor de los momentos adquiere una dimensión más plena. Cambia nuestra percepción de este mundo donde tasamos lo material y lo inmaterial, la realidad y los sueños,

El dolor será el aliado de mis hijos en su vida. Quizá esa es mi recompensa, quizá este es el propósito de mi existencia.
Lo acepto y afirmo que quiero vivirlo.


UNA DE MIS PREFERIDAS

viernes, 22 de junio de 2012

Esta es una de mis mujeres preferidas, lejos de parecer frágil es poderosa. Puede ser anacrónica pero es un personaje lleno de sensibilidad, lleno de vida. Una vida que dormía en lo profundo de los convencionalismos, pero que no puede ser retenida por ninguna fuerza, que se abre camino siempre.



ROSARIO


Rosario nació con el estigma de los santos. Vino al mundo rodeada de letanías, misales y libros de oración. Cuando abrió los ojos pudo ver un grupo de mujeres enlutadas que alababan su cara de ángel, su inmaculado rostro. Entre las alabanzas se intercambiaban salmos, rezos y rosarios que constituyeron los sonidos fundacionales de aquella alma. Claro está que ella no podía recordar nada de todo esto, pero lo había vivido tantas veces en otros recién nacidos, había participado en tantas ocasiones de aquella liturgia que para ella era como haber asistido a su propio nacimiento.
Su madre era una mujer enjuta, magra, había enviudado tempranamente, tanto que sólo había podido darle a Dios una hija. Había trasladado el luto de su pérdida a todas las facetas de la vida. Si antes había sido una mujer callada, virtuosa, sumisa, ahora se había convertido en una mujer triste y beata. Su condición de viuda requería extremar la virtud que ella creía implícita en la condición de mujer. Esta necesidad de vivir en santidad, en comunión con los más exigentes preceptos de la ortodoxia cristiana, valía tanto para ella como para su hija.
La hija era el legado que Dios le dejó para honrar la memoria de su marido, que tras su muerte había tomado la condición de mártir en su conciencia. Cuando se casaron, ciertamente se querían, pero no hubo pasión ni hubo amor, porque la boda había sido un arreglo de familias. El arreglo entre dos jóvenes que necesitaban la condición del matrimonio para seguir los cánones marcados por la sociedad. Nacer en un pueblo pequeño, en aquellos tiempos en que la moral venía escrita en letras de oro en el libro sagrado y era reinterpretada por los sumos sacerdotes de la teocracia, hacía muy difícil salirse del guión que cada cual estaba destinado a representar.
En su infancia Rosario jugaba con cruces, medallas de la virgen y escapularios, como muñeca utilizaba el niño Jesús de porcelana y corona de hojalata con forma de rayos de sol que en Navidades presidía la entrada de casa. Acudió a la escuela de chicas, donde aprendían a leer, escribir y las cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir) suficiente erudición para una mujer. Además recibían una formación mucho más necesaria para afrontar el matrimonio y las labores propias de su condición de mujer casada: la obediencia, la virtud y la necesaria formación en el arte de la cocina y la costura. A los libros del régimen para mujeres con las historias de héroes y heroínas, se añadían las hagiografías de las santas, mujeres que habían sufrido el martirio antes que renunciar a su castidad o a su entrega a Dios. Con todo ello hubiera sido una mujer preparada para tomar el yugo del matrimonio como una bendición. Pero de tanta misa, de tanto rezo en los velatorios, de tanto recato en las maneras, de tanto luto en las ropas, de tanta seriedad en el semblante sin afeites, sin sombras de ojos ni color de labios, el tiempo la fue apartando de los hombres.
Su madre no encontró un pretendiente digno de la hija. Bien es verdad que económicamente no aportaba una gran fortuna, habían sobrevivido limpiando en casa del cura, cuidando la iglesia y realizando trabajos de costura. Tampoco había fomentado la amistad verdadera, contaba con el reconocimiento de ser una mujer devota, pero no con el aprecio de sus vecinas que veían un lado oscuro en tantos excesos de santidad. El tiempo fue ajando la piel y desojando las margaritas, sin que encontrase un hombre adecuado a su cuerpo y alma sin mancilla. A esta situación había contribuido también Rosario, que no veía en los muchachos del pueblo candidatos a compartir su vida. Encontraba demasiado rudas las maneras de los jóvenes. En la iglesia o en las fiestas, únicos momentos en que existía una proximidad suficiente, se comportaban como machos en celo atrayendo la atención de las chicas y pavoneándose, sin que para ella resultaran atrayentes dichos modales. Es cierto que en los bailes quedaba siempre al margen, sin pareja. Los hombres la temían, había en ella una seriedad excesiva que los ahuyentaba. Rosario había llenado sus soledades de lecturas cuyos protagonistas eran soldados con ademán de caballeros, héroes galanes, hombres de fe cuya erudición asombraba a las damas. Encontraba a los hombres reales como patanes gárrulos sin ningún atisbo de dulzura ni educación.
Cuando la primavera de su vida estaba dando a su fin, sin haber florecido ninguna flor en su jardín, comprendió que debía buscar una alternativa a su vida. Las palabras del confesor y párroco del pueblo la llevaron al convento de Carmelitas para dar allí sentido a su fe. No es que le conminaran a tomar los hábitos, es que parecía la única opción posible dadas las posibilidades planteadas. Una mañana de invierno acudió al convento acompañada de su madre, cuyo luto parecía aún más severo que de costumbre. Las monjas la acogieron con el calor que los rigores de la estación escatimaban. Eran mujeres sencillas, pero durante el tiempo en que vivió con ellas pudo ver como debajo de cada hábito había un mundo rico, un vergel que seguramente sólo florecía en la intimidad de su celda. Cada una contaba una historia que irremisiblemente remitía al cenobio. Todas ellas estaban ya en el otoño de sus vidas, pero en todas ellas las nevadas habían cerrado los pasos, sólo la senda hacia Dios había quedado expedita. Ellas se sabían en un camino sin retorno pero veían en la novicia un proyecto en el que cabían futuros diferentes. Todas se prestaron a darle consejos, cariñosos mensajes que en vez de animarla a seguir la vocación de la oración la llevaban a un vida lejos del retiro de los claustros. Ella escuchaba pero su mente ya se había entregado a una misión, a un fin más alto que cualquiera de los que podría alcanzar en una vida de soledad en el pueblo. Hacía oídos sordos a esos cantos de sirena que la animaban a vivir su juventud. Estaba preparada para entregarse a Dios y nada la podía detener. En sus primeros meses de noviciado era tal su ilusión, que los rigores del invierno y del estricto horario del claustro no logró amedrentarla. La primavera llegó como se había marchado el invierno, pero dejó un clima más propicio para reunirse en el patio, para convivir con aquellas monjas que eran para ellas como madres. En realidad eran aquellas mujeres las que la habían adoptado como la hija que siempre hubieran querido tener, como el regalo que la vida les había hecho en aquel lugar extraño. Todas se habían entregado a la oración, habían tomado los votos con verdadera fe, pero el tiempo les había ido arrebatando sino el amor a Dios, el amor a la vida, a los hombres y sobre todo a su propia comunidad que las retenía en un secuestro voluntario pero cruel. La condición de monja no había podido anular la propia condición de mujer, de persona, de ser sintiente. El claustro no les había arrebatado la vida, si acaso, la había adormecido, limitándola a las actividades que la vida monástica les permitía. Pero a la vez tenía el extraño poder de añadirle valor a todo aquello que no podía ser disfrutado en aquel estado. Para ellas Rosario era un bien a proteger, un alma a salvar de aquel destino. Cada una de ellas a su manera trataba de inculcar esta idea a la novicia, por verdadero amor, sin menospreciar su vocación de servicio a Dios.
Rosario era un alma forjada a prueba del fuego de la tentación y llegó al verano con la firme convicción de profesar los votos tan pronto como la abadesa lo permitiera. La madre superiora que era una venerable anciana, pero con una fuerza y un carácter que no le eran propios por la edad, si bien no la animaba como las otras a renunciar, callaba y le decía místicamente: “ Dios elegirá el momento, el sabe cuando estarás preparada y nos lo hará saber”. El trabajo, la oración, el horario, la seriedad de aquellos muros, el calor, la melancolía que afecta a las jóvenes con frecuencia. Todo ello fue mermando las fuerzas, cambiando el aspecto de aquella muchacha que irradiaba luz y que ahora se veía el gris de su piel como reflejo de una tristeza vaga que la invadía. El otoño fue quien profundizó la brecha que se había abierto en el ánimo de Rosario, el tiempo frío, la luz mortecina de la tarde, la lluvia que siempre parece recordarnos el llanto, acabó por conquistar el corazón de aquella criatura sensible. La tristeza vaga, sosegada, se fue trasformando en un ansia asfixiante que le oprimía el pecho. Empezó a ver el convento como otra realidad que se había trasmutado de un sueño a un purgatorio. Sus monjas a las que quería de verdad y que tenía por verdaderas madres, dejaban de ser celestiales espíritus, para tomar cuerpo y ver en ellas mujeres de carne y hueso, con sus defectos y virtudes, con su pasiones y sus frustraciones. Era una comunidad extraña, se comportaban como devotas siervas de Dios cuando estaban reunidas en el capítulo, pero cuando estaba con alguna de ellas en privado veía como los pecados del mundo estaban presentes también en aquel recinto sagrado. Se acusaban mutuamente de glotonería, envidia, adulación a la abadesa, mostrando a la comunidad tan aparentemente sólida en la Fe como un muro lleno de grietas. Ver en aquellas mujeres entregadas a la salvación de los hombres a cambio de su encierro, como la soledad iba mancillando sus almas puras de novicia, convenció a Rosario que aquel no iba a ser su destino. El invierno la encontró demacrada y delgada, la madre superiora ya había recibido sin duda el veredicto divino para preservar asa alma pura para otro cometido que seguramente la esperaba. La sabiduría de aquella mujer fue para Rosario como una aparición mariana, un chorro de luz que la atravesaba, que la hacía trasparente. ¿Cómo podía aquella mujer callada conocerla tan bien, si ni ella misma podía verse tan claramente? Habló largamente con la abadesa y con el capellán, que si bien vieron en Rosario una mujer con firmes creencias religiosas y buenas dotes para ser monja, entendieron que en el convento se sentía atrapada y que ello minaría su devoción con el tiempo. Le dieron la libertad, el permiso para romper su noviciado. Fue como el renacimiento a la vida, en la penumbra de su celda el alma se iba ennegreciendo, experimentaba pensamientos que nunca antes había tenido. Ni la luz del claustro con su verde ni el sonido del agua que corría con libertad llegaban a devolverle la paz. La salida del convento fue una necesidad y un alivio. La abadesa pudo conseguirle además un trabajo ayudando a una vieja ama que cuidaba del nuevo rector de la parroquia de un pueblo cercano. Acudiría durante el día para realizar las tareas domésticas ayudando al ama y de noche dormiría en las habitaciones de la comunidad que se utilizaban para fines benéficos, la relativa juventud del párroco desaconsejaba cualquier otra opción.
Esta tarea fue para Rosario, más que un trabajo, la realización de un sueño. Sentía como su trabajo tenía una utilidad, dándole además una posición social y lo más importante se desarrollaba entre personas con una educación y sensibilidad que colmaban todas sus expectativas. El ama la trató con cariño desde el momento en que vio en ella las dotes de una mujer de iglesia, cuya devoción la había llevado incluso a las puertas de ingresar en el convento. Ella sabía muy bien que no todas las mujeres eran capaces de dar ese paso, pero las que no lo daban no carecían por eso de virtudes. Lo sabía bien porque ella misma había pasado por aquella situación. El cura era un hombre joven, con una bondad natural y una exquisita educación. Tomaba con Rosario una distancia en el trato que lejos de ser una muestra de desprecio era señal de respeto absoluto, necesario a la vez para evitar cualquier mala interpretación de sus papeles. Si bien es verdad que con el paso del tiempo y con el beneplácito del ama, don Servando accedió a leer para ambas las Sagradas Escrituras, explicando con verdadera erudición los pasajes. Para ella, aquellas lecturas eran como un anticipo de la gloria en el cielo, para la vieja ama eran el sedante perfecto para conciliar el sueño que por las noches era esquivo. De esta manera en la intimidad de la casa pastoral se fue creando el ambiente de familiaridad en que todos encontraban su equilibrio.
Las faenas de la casa eran prácticamente función de Rosario porque la vieja ama no tenía ya fuerzas para realizarlas. Mientras ella cocinaba, Rosario barría, hacía las camas, lavaba la ropa, zurcía algún que otro roto. Cuando manejaba las prendas del cura, Rosario podía sentir la mirada vigilante del ama que la requería a manejar aquellas prendas con indiferencia, pero no podía evitar que en el fondo de su cuerpo se desataran pequeñas tormentas de arena, que le producían calambres y un cosquilleo que la mirada de la vieja no podía percibir. El ama fue empeorando su salud y el trabajo iba recayendo cada vez más en Rosario, que ahora se ocupaba de la casa y del cuidado de la mujer, se vio en la necesidad de pasar a dormir a la casa parroquial para poder atender por la noche si era preciso al ama. Ello no podía comportar ningún perjuicio a ojos de la parroquia que conocía la probada virtud de las dos mujeres que se ocupaban del cura y la progresiva senectud del ama, que requería la ayuda de unos brazos más jóvenes. Además la vieja ama nunca permitiría situaciones que pudiesen dar que hablar en la vivienda más santa del pueblo.
No hubo cambios importantes en la distribución de las tareas, si bien esa vigilancia férrea del ama era a todas luces imposible pero además innecesaria vista la distancia que separaba a los otros dos inquilinos.
Rosario cuidaba de toda la ropa necesaria para los ritos: albas, casullas, estolas, sotanas... eran lavadas y planchadas con la veneración de unas prendas sagradas. Se ocupaba de que no faltase el vino y el agua en las vinajeras y que la provisión de vino de misa fuera suficiente. En la casa se ocupaba también de la intendencia y del cuidado de las ropas del sacerdote. Lavaba con mimo sus prendas, las planchaba, repasaba si existía algún desperfecto. No podía negar que la ropa interior le causaba cierta desazón, más ahora que el ama no la vigilaba y podía lavarla, plancharla y doblarla a su gusto, reconocía para sí que doblaba y desdoblaba varias veces alguna de aquellas prendas.
Todo aquello cambió desde el día en que pudo ver a través de la rendija de la puerta del baño mal cerrada el cuerpo desnudo del sacerdote, que había adquirido por primera vez una dimensión humana, más humana, que cuando lo veía por la casa encarnando el papel de hombre de iglesia. Era la primera vez que veía un hombre desnudo, sólo las pinturas y esculturas de los libros sagrados le habían mostrado aquella anatomía diferente. Pero lo que había podido ver, aquellas formas masculinas que en la figura de Cristo no reconocía por estar siempre cubiertas, le habían trastornado el ánimo. Las tormentas de arena que se despertaban en su interior eran ahora tempestades, cada vez que doblaba aquellos calzoncillos intuía en su interior aquel vello y aquella forma que seguramente el diablo había colocado en los hombres para desafiar la virtud de las mujeres. No podía hacer otra cosa que rezar, pero perdía el hilo en la oración que repetía como un mantra tan automáticamente, que permitía a la mente viajar entre tanto a las imágenes cuyo recuerdo quería evitar. Cuando el cura se bañaba ella procuraba de nuevo pasar inadvertidamente para entrever por los resquicios de la puerta aquellas imágenes que ahora la atormentaban de día y de noche. Cuando ella tomaba su baño semanal, dejaba ahora también la puerta discretamente abierta y cuando se introducía como una vestal desnuda en la bañera pensaba que en ese momento podía devolver el regalo de su desnudez, si por un casual, dios no lo quiera, el cura se encontraba por allí.
En las tardes que leían la Biblia al calor de la chimenea, mientras el ama dormitaba, Rosario sentía que formaba una unión espiritual con el sacerdote, como si ellos dos solos estuvieran ocupando ese espacio, como si la vieja fuera sólo un mueble más.
Ocurrió una tarde en que tras encontrarse fatigada el ama fue a su habitación más pronto de lo habitual. Ellos continuaron la liturgia de la lectura, pero se había creado ya el vínculo, la unión cósmica de sus mentes a través de aquella lectura pausada que los iba acercando en el espacio hasta que quedaron uno junto a otro. Leían el Cantar de los cantares:
“ Levántate, aquilón, avanza, austro, soplad en mi jardín, que corran sus perfumes. Mi amado va venir a su jardín, a comer sus frutos exquisitos.
Yo vengo a mi jardín, hermana mía, esposa, a coger de mi mirra y de mi bálsamo, a comer de mi panal y de mi miel, a beber de mi vino y de mi leche. Comed, amigos, y bebed, y embriagaos de amores...”
No se sabe muy bien de donde partió el impulso, pero se encontraron uniendo sus labios, buscándose en el mar de la noche, en el calor del hogar, con la urgencia y la inexperiencia de algo nuevo que había llegado sin pretenderlo. No había pecado en ello, no existía premeditación, no había voluntad de caer en la tentación del demonio. Ocurrió con la naturalidad de los efectos de la física, el positivo buscó al negativo, el ácido a la base, el masculino al femenino. Se perdieron en esa tormenta de manos, bocas y acabaron vencidos y desnudos sobre la cama. Tanto impulso retenido, tanto deseo acallado, se desató en el preciso instante en que se produjo el milagro y un río de él corrió adentro, en los territorios de ella, anegando todos sus huertos baldíos hasta entonces.
Como en la oración después vino el silencio, un silencio pesado que arrastraba las cadenas del arrepentimiento. Pero en ese silencio había también mucho de súplica de los dos amantes, para que su Dios bendijera aquella unión hecha de amor, de entrega, de verdadera fe en el hombre. En aquel silencio había un ruego mutuo para que aquel regalo de la vida, que era a su vez un regalo divino, no acabara. Hubo un pequeño remanso en los días sucesivos en que los dos se evitaban, pero se notaban próximos. Ambos escrutaron sus almas para ver si aquella unión podía ser vista con comprensión a los ojos de Dios. En ese tiempo de meditación, el rescoldo de la pasión fue tomando fuerza y sus cuerpos encontraron la respuesta inevitable a la pregunta de sus espíritus. Vivieron de nuevo el éxtasis de los ascetas, la unión mística de los cuerpos y decidieron no renunciar a aquel milagro. Se buscaban y se encontraban, se deseaban y se temían, se amaban y les dolía ese amor que era más fuerte que sus temores.
El cristal más bello puede romperse con un sólo impacto, porque la felicidad es frágil como el cristal. Cuando Rosario empezó a contar los días en que le faltaba la menstruación y a temer sus consecuencias, no quiso comunicárselo a su amante. Le rehuía y él la recriminaba por ello, por hacerlo sufrir, como el purgatorio que precede al cielo de su reencuentro. Pero los vahídos y las nauseas que aparecieron en las semanas posteriores despertaron como por ensalmo a la vieja ama, que recobró el ánimo para poner solución a aquel problema del que sin duda ella también se sentía responsable. Habló con Rosario y después con don Servando. No existía otra solución cristiana que no fuera que la mujer abandonara el hogar y con la discreción obligada tuviera su hijo lejos de aquel lugar. Podía dejar en adopción la criatura nacida de una relación que veía dirigida por el mismo diablo. Ya se ocuparía ella de buscar una excusa convincente. No podía asegurar que las malas lenguas no intuyeran la situación, pero no podían dar pábulo a la maledicencia quedándose en la casa mientras el fruto del pecado crecía en su vientre. El sacerdote presa de un dilema que no estaba en su capacidad de hombre el afrontar, dejó hacer, se encerró en la oración para expiar la culpa, mientras Rosario se iba de su vida dejando una herida profunda.
No fue un destierro, ni una expulsión del paraíso por haber tomado la manzana del árbol prohibido. Fue para ella como una penitencia que acataba con humildad. Y su hijo, lejos de parecerle el hijo del mal, fue una bendición, la respuesta de Dios a sus oraciones.
Rosario se fue a la ciudad, al cuidado de una casa de caridad de las monjas carmelitas, al amparo de las malas lenguas. Su vida de madre soltera podría haber sido contada a los niños como los de una heroína cristiana, algunos mártires contaban con pecados en su vida que habían sabido redimir con una ejemplar conducta y una entrega total a la Fe. Pero ella no pasó a la historia de la Iglesia porque escondía un secreto que parecía terrible para algunos. Su hijo era una encarnación del pecado, fruto de la tentación, de la debilidad de la carne y de la pérfida estrategia del demonio para tentar la virtud de los hombres de fe. La prueba irrefutable de que la mujer actúa a veces como instrumento de satanás y debe ser temida porque encierra la semilla del mal.
No guardó rencor a nadie, ni siquiera a su amante, siempre conservó en su recuerdo aquellos momentos donde ambos compartieron la gloria de los elegidos. La dulzura del momento en que quedaron saciados con las manzanas del árbol de la vida.
A su hijo lo llamó Jesús y cuando preguntaba por su padre le decía: “ Hijo mio,Tú eres hijo de Dios ”. Tiempo habría de explicarle lo complejo del amor, la oscura barrera entre el pecado y la virtud.
Ahora sólo debería enseñarle a rezar.

VIRTUDES FUE LA PRIMERA

sábado, 12 de mayo de 2012

La historia se llamó primero "La puta y el ginecólogo" , ya sé que es una porquería de título, pero empecé a escribirla así. Después de las dos o tres primeras páginas la dejé porque no me acababa de gustar. Sólo me gustaba el personaje de Virtudes, el ginecólogo era patético. Quedó en el tintero mucho tiempo y un día retomé la historia pero decidí que se llamase como la protagonista.

El nombre de Virtudes me pareció que escondía perfectamente a la mujer que había debajo de la fachada y resumía su esencia.Bueno elucubraciones que me llevaron a pensar en varios nombres de mujer que me sugerían historias.

VIRTUDES

Virtudes no parecía un nombre muy propio para una puta. Sé que no está bien decir puta así de entrada, meretriz, prostituta, puede sonar mejor. Pero ella no se molestaba, casi se hubiera ofendido si le cambiáramos por recato su condición. Cuando le preguntabas por su trabajo siempre decía “yo soy puta”. En realidad yo admiraba aquella mujer. Virtudes no carecía de virtudes, y no me refiero a las que son propias de su oficio, sino aquellas que le hacían ser en el término más amplio “buena gente”.
Cuando vino a la consulta no tenía una enfermedad venérea que curar para seguir trabajando. Vino pensando en que de igual manera que en los bares es necesario pasar un control de Sanidad para la licencia, ella tenía la obligación de revisar el local. Se había propuesto mantener su lugar de trabajo en perfecto orden, hacer una puesta a punto periódica del mismo.
“Vengo para una revisión, pero yo estoy bien. Además sólo follo sin condón con mi novio”
La primera impresión ya habréis juzgado que no fue tan comprensiva como he expresado al inicio. Qué hacia aquella tipa allí, de esa guisa. Me iba a espantar la clientela mucho más fina que habitualmente acudía a mi consulta. Bien es verdad que no siempre los asuntos que traían a aquellas damas eran tan finos como sus modales. El secreto de “confesión” me impide decirles cuantas gonorreas se convertían en una infección por hongos, o que los papilomas eran simples verruguitas.
“Doctor explíquele a mi marido que esto lo puedo haber cogido en algún baño público” “Por supuesto, pero no mencionaré que en ese baño no estaba sola” pensaba yo.
En cambio Virtudes nunca escondió su condición. La franqueza de su lenguaje, la transparencia de su personalidad fue lo que me cautivó. Acostumbraba a venir cada tres meses, en las primeras visitas el trato era tan aséptico como el material que empleaba en la exploración. Poco a poco sus visitas eran esperadas por mí, incluso reservaba más tiempo para poder hablar con ella de su trabajo, de su vida. Como si todo ello fuera estrictamente necesario para completar la historia clínica o poder garantizar un correcto diagnóstico de: “Está todo bien Virtudes”.
A veces de forma espontánea me traía a la consulta los problemas sexuales de alguno de sus clientes, pensaba que yo podría darle alguna solución. Se sentía en la obligación de ayudarles porque formaban parte de su trabajo, para ella era como llevarse trabajo a casa. Alguno de esos problemas de erección, de eyaculación precoz, de impotencia para los que mi capacidad terapéutica era casi nula, ella poseía un probado método de sanación. Sin embargo siempre quería escuchar la opinión de un profesional, con verdadera disposición a aplicar el consejo que nunca supe darle. Yo le decía: “Virtudes de eso sabes tú más que yo” y no lo decía con fingida modestia, sino con la convicción de que así era.
Me contaba algunas de las historias de esos hombres que no podían tener una erección con sus mujeres, que con ellas no encontraban satisfacción sexual. Hombres atrapados por su matrimonio, por las convenciones sociales, por los tabúes aprendidos y asimilados, que eran incapaces de ser libres en el único ámbito donde deberían serlo que es su propia casa. Virtudes les dejaba hablar, se mostraba comprensiva, les animaba, les hacía pequeñas preguntas para que se sintieran atendidos y mantuvieran el hilo del relato. Finalmente les aseguraba que su problema era de lo más común por lo que ni siquiera era un problema. No había oído hablar de la mayéutica socrática ni de la entrevista clínica dirigida pero sin duda había adquirido una maestría natural en el trato de las penas ajenas. Ellos volcaban en esta desconocida toda su frustración, todo su miedo, como si estuvieran delante del psicoterapeuta. En el sentido más verdadero sin pretender evitar calificativos hirientes, era una verdadera profesional del sexo.
Nunca se quejaba de como la había tratado la vida, el ser puta le venía de herencia. Aunque ella decía que podría haber cambiado su destino no quiso hacerlo, le parecía bien aquello. Nació en un burdel, la criaron otras prostitutas que asumieron el papel de tías adoptivas. No tuvo padre porque aquel que venía de tanto en tanto a pegar a su madre y pedirle dinero, nunca lo reconoció como tal. Tampoco se quejó cuando tras morir su madre de SIDA la internaron en un orfanato y la dieron en acogida a “familias” que no siempre tenían las condiciones de acoger a un huérfano. Siempre pensó que ella era la culpable de ser una rebelde sin causa, que su carácter era el responsable de la mala relación con sus tutores, de sus palizas. Tras liberarse del yugo de la protección social a los dieciocho años no tardó en ingresar en plantilla en alguno de los burdeles en los que trabajaba por horas durante su minoría de edad. Había elegido voluntariamente estar al servicio de los clientes, porque la mayoría de ellos eran pobres diablos que se desahogaban con ella, con lo que le permitían tener un sentido de utilidad en la vida. Se podría decir que se sentía realizada con aquel oficio, denostado en público, pero mantenido en todas las sociedades. Repudiado y perseguido por los “puros” de espíritu, que resultaban ser los mejores clientes de la casa. Me decía, sin ningún ánimo de molestarme : “ Pásese algún día por allí doctor, ya me encargo yo de que tenga un buen servicio. No crea, vienen muchos doctores a visitarnos, también vienen políticos que pagan con VISA del partido, abogados, notarios, artistas y algún que otro hombre de iglesia necesitado de redimir ovejas negras. Todos ellos vienen y se van discretamente, pero mientras están allí dan rienda suelta a sus sueños. Nadie se va descontento, si acaso alguno se lleva los remordimientos que le duran hasta la siguiente visita”
Con toda razón, para ella el suyo era un trabajo honorable, con una importante función pública, que cualquier gobierno sensato debería haber pensado en proteger y alentar, con el fin de mejorar la salud mental de sus ciudadanos. No ignoraba que aquello no ocurriría nunca por la hipocresía de una sociedad que quería mostrar su cara más “correcta” sin permitir sacar a la luz la oscura trastienda, en la que ella se encontraba.
Nunca me contó el origen de los moratones sobre los que la interrogaba. “Usted dedíquese a los bajos doctor, de lo otro ya me ocuparé yo” Sabía que aquellas huellas delataban a un sádico, que lejos de necesitar los favores de una puta, necesitaba la cárcel y asistencia psiquiátrica. Sólo lo supe después de la nota que me llegó disculpándose de que no podía acudir a mi consulta porque debía de cambiar de ciudad. Cuando acudí al club donde ella me había invitado a experimentar la dulzura de su oficio, casi todos me respondieron con evasivas. Tras mi insistencia, se acercó a mí un animal con forma humana y modales de hiena y me dijo: “ ¿Tú que quieres? ¿Porqué preguntas por esa puta? ¿Te has encoñado con ella? Pues se ha ido porque si se queda un día más le habría reventado la cabeza. Así que sal de mi vista si no quieres que te de dos hostias, imbécil”
Tal firmeza en los argumentos me convencieron casi en el acto, pero también me convencieron de que Virtudes, había tenido la virtud de saber desaparecer en el momento preciso en que estaba a punto de ser un número más en los “desgraciados incidentes que ocurren en los círculos de la prostitución”.
Pero a la vez tuve el convencimiento de que por mucho que corriera aquella virtuosa mujer, la violencia de aquellos excrementos de la sociedad que generamos entre todos, acabarían alcanzándola. Sólo deseaba poder decirle que aún estaba a tiempo de escapar de aquel mundo, trabajar en mi consulta por ejemplo de recepcionista. Estuve buscando un tiempo por algunos prostíbulos de las ciudades que visitaba, no la encontré y no recibí más cartas. Este es mi reclamo por si ella pudiera leerlo. Si alguno conoce a Virtudes por favor que se lo diga.