No me gusta ser pájaro de mal agüero, ni darle a nadie el día. Dolores no es ni la historia de una mujer, ni conozco a nadie así. Es una forma personal de ver el dolor dentro de una historia. Pero por increíble que parezca, seguro que hay mil formas más de decir dolor. En estos tiempos, también en los pasados y vista la historia sin duda en los futuros. Para compensar en la próxima entrada será más amable, o no. ya sabéis que vuelvo a Africa y no me sienta del todo bien.
Si ahora no tienes tiempo, déjalo para otro rato. Esto es sólo para los momentos de entrevida.
DOLORES
El
dolor es nuestro aliado dicen los médicos. Un mecanismo de alarma
que nos pone en guardia ante las disfunciones del organismo. El dolor
como maestro evita repetir errores que nos ponen en riesgo. El dolor
es un acicate para la vida, para arremeter contra ella cuando te pone
a prueba. El dolor como ascesis, como medio para llegar a la virtud
expía y redime las culpas.
El
placer y el dolor a un paso de distancia, a veces superpuestos, casi
indistinguibles, excitando nuestras terminaciones nerviosas con
impulsos que el cerebro transforma indistintamente en angustia o en
goce.
Sentir
dolor es sentirse vivo, presente, tener conciencia de estar en el
mundo, de ser como individuo. Sufro luego existo, sólo pensar no
garantiza estar vivo. En los sueños pensamos, nuestra mente elabora
proyectos, discute ideas, sin embargo el dolor nos despierta, nos
trae a la vida en ese intervalo que es el sueño. En el sueño
eterno, en la muerte no existe dolor, porque el dolor es vida.
Puede
que todo esto sirva para el dolor leve, la molestia que embarra el
camino, que incordia sin evitar que sigas haciendo tu vida. Incluso
para el dolor agudo, punzante, que nos provoca el grito, que nos trae
al ser primitivo, al que se defiende , al que lucha, al que se rebela
contra esa lacra. Ese puede ser un dolor aceptable, positivo, incluso
necesario. Yo he vivido el dolor del parto, la epidural mitigó ese
tormento que acompañaba a la maternidad. Pero imagino como nos
parieron nuestras madres, con un dolor que viene desde las entrañas,
que en cada contracción te arranca un grito. El dolor que te
mortifica, que te hace negar hasta a tu propio hijo cuando desgarra
tu cuerpo y lo expulsas como si fuera un demonio. Sin embargo tras
ese infierno, el fruto permite el olvido y la paz, el sentimiento de
haber dado vida a un ser que es parte de nosotras mismas, aplaca el
recuerdo del dolor. Algunas mujeres perciben aquella experiencia
dolorosa como positiva, gratificante por la recompensa obtenida. La
viven como la culminación de un deseo quizá impreso en la memoria
de las mujeres, un impulso creador que nace de lo trascendente.
Vemos el dolor como un accidente temporal. Ni por un momento pensamos
en el dolor como un continuo. Hay un tiempo después del dolor, una
luz al final del túnel. Vemos al dolor en color negro por contraste
a los colores brillantes de la felicidad.
Qué
me diríais si ese dolor fuera eterno, si cada segundo dolería y le
siguiera el dolor del segundo siguiente, de forma interminable.
Dolería el tic-tac del reloj porque el propio golpe del segundero
desencadenaría ese dolor. Si el dolor fuera la constante, la norma
sin excepción, si el dolor se convirtiera en el motor, en la
gasolina, en el camino, en la meta. El dolor ocupándolo todo,
vistiendo tu vida de un color que ya no podría ser negro, porque no
hay contraste.
Yo
lo veo blanco, blanco de hospital, de algodones entre los que
quisiera dormir, blanco de batas, de fármacos, blanco de luz que
molesta sólo con mirarla.
Un
dolor que no viene de fuera, que sale de dentro de un cuerpo en
apariencia completo, sin desperfectos. Incomprensible para nadie, ni
para mí misma. Inimaginable, porque la propia percepción de un
dolor tan terrible, tan atroz se hace incompatible con vivir. La
paradoja surge porque el daño no se ve, no es una quemadura, un
arañazo, un flemón, una herida donde la sangre hace visible el
dolor, lo justifica. Cómo creer en la cordura de quien diga que
duele el parpadeo, el habla, un beso o una caricia. Cómo entender
que el pensar en levantarse de la cama supone un esfuerzo doloroso.
Una meta que se debe superar con el valor de un titán, con el
sacrificio de un atleta exhausto que consume su último aliento al
ver la cinta. No se puede comprender como el dolor puede ser el único
pensamiento, la monótona melodía que te acompaña, con escasos
instantes en que tratas de distraerlo para que permita no perder el
contacto que te queda con el mundo.Todo ello se resume con la
brevedad de un diagnóstico. Aséptico, erudito, blanco, tan
inmaculado como la pronunciación del médico: “ Usted tiene
fibromialgia” .
Al
oírlo sólo experimentas el dolor de la palabra, no el consuelo de
un pronóstico, no la esperanza de una cura. Duele desde antes de que
emitieran aquella sentencia y duele cada momento después sintiéndote
marcado por el dolor como su víctima, como una víctima que jamás
podrá librarse de él. No maldigo a los médicos, no maldigo al
dolor, sólo puedo maldecir mi mala fortuna. Tal vez el responsable
de aquel error cósmico es la fatalidad o tal vez estoy pagando el
error de un dios imperfecto.
La
Escala Visual Analógica (EVA) que se utiliza para valorar su
intensidad tiene nombre de mujer, quizá porque el dolor está en
nuestra conciencia moral del pecado original o quizá porque sólo
una mujer pueda soportarlo.
El
dolor genera un respeto sobre la persona que sufre, un reconocimiento
de valor infundado, porque el sufrimiento no es voluntario. Es un
parasito que se introduce en el cuerpo y en la mente, pasa a formar
parte de tu propia vida. Sin solicitar su presencia, sin culpa, sin
mérito para ser poseedor de él. Ni siquiera es un castigo divino,
el azote de un juez vengador que pretenda infligir un daño,
mortificar al reo. No se puede pedir una razón para su existencia,
no se explica, no se justifica. No hallo culpables en los que hacer
recaer la responsabilidad de mi injusta condena, ni siquiera en mi
misma.
Nací
como tú con el llanto de la vida, no del dolor. El llanto de la
respiración, el grito de gozo por llegar a ser. Estuve libre de
dolor – del dolor malvado- hasta los treinta y cinco años. Pasé
mi infancia en un sueño de felicidad, claro que lloré, seguro que
tuve dolores de barriga, de anginas, de muelas, pero todos fueron
olvidados. De la infancia no recuerdo ningún dolor que me haya
dejado la más mínima huella. La infancia viene a ser como un
referente de recuerdos benévolos. Pero la vida empieza más tarde,
cuando empiezas a tener la conciencia de lo que posees y lo que
pierdes. En ese transito por la adolescencia también puedo decir
que fui feliz. Me dolió el corazón y me estalló de gozo, a veces
sin poder precisar en que momentos ocurrió cada cosa. Viví con la
pasión que sólo se es capaz de vivir en ese tiempo.
Estudié,
aprendí, lloré, reí, amé y hasta seguramente odié con ese odio
sin maldad que los jóvenes tienen ante la adversidad. Acabé
magisterio y he dado clase en preescolar hasta que escribieron mi
sentencia en un informe médico. Los niños fueron mi alegría, mi
soporte en los momentos que pudieran ser difíciles. Tuve tiempos de
penuria económica, no los recuerdo con pesar. La escuela me dio
además a mi alma gemela, un sólido apoyo, una luz en las
incertidumbres, aunque como yo no conociera las respuestas. Fue mi
gran amor, el amor en mayúsculas. El que me acompaña incluso ahora
que transitamos por caminos oscuros, con las tinieblas de mi
enfermedad persiguiéndonos.
Con
Valentín tuve dos hijos. Ellos son mi estímulo, el asidero al que
me aferro para levantarme cada día. Pienso en ellos y despierto del
duermevela de cada noche, donde el sueño no llega a vencer a mi
dolor. Abro los ojos y me esfuerzo por mantenerlos abiertos para que
cuando se vayan al colegio me encuentren despierta, incluso a veces
levantada tras hacer acopio de las fuerzas que me quedan. Sonrío con
una mueca entre el gozo y el sufrimiento. Los beso aunque me
atraviesen agujas en los labios.
El
tratamiento que me recomiendan los médicos me alivia, no niego su
voluntad de sanar, pero más que quitar el dolor lo adormece, baja la
intensidad. El único inconveniente es que también a mí me hacen
entrar en un sopor que no deseo. Prefiero a veces el martirio a la
ausencia de consciencia. Deseo permanecer junto a mi familia pese al
suplicio de soportar a veces el martilleo del mal que recorre mi
cuerpo siguiendo cada día rutas distintas. A veces son las
articulaciones de los pies al levantarme, a las que siguen las
rodillas, caderas y un hormigueo en las manos y las piernas incapaz
de controlar, que adquieren movimiento por sí mismas. Otras el dolor
se inicia en la cabeza, resulta como un tambor cuya vibración
rebotase en cada pared del cráneo y repitiese los ecos.
He
probado todos los tratamientos: analgésicos, relajantes,
antidepresivos, magnetoterapia, yoga, … me he prestado a cualquier
ensayo clínico que pudiera sacarme del abismo, que me devolviera mi
vida anterior. Ahora sé que no es posible y lo asumo. No existe un
tratamiento para el dolor físico cuando no es objetivable una causa,
cuando no se ha producido un error, un fallo del sistema. Los
antiprostaglandínicos, los inhibidores de la recaptación de
serotonina,.. nada tienen que hacer ante un dolor esencial,
inmanente, que sólo podría arrancarse desprendiéndose del propio
ser.
Sólo
concibo un dolor más intenso que el mio, el de una madre que pierde
a un hijo. No sé si podría soportarlo, me aterra sólo la idea. El
dolor no viene aquí de ninguna parte del cuerpo, ni está en la
mente. Es el dolor de la negación a la vida, la antítesis al propio
sentido de estar vivo, de proyectar tu vida finita en tus hijos. Cada
vez que veo el rostro de la madre de Dios en el descendimiento de la
cruz o en una piedad, siento la brutalidad de la idea de perder un
hijo. La impotencia, la desesperación, el querer dar explicación a
una muerte que cambiarías por la tuya. La imagen me resulta tan
cruel, tan atroz que siento una necesidad de llorar, de verter la
hiel que se acumula en el alma ante una visión tan desgarradora.
Siempre hay algo más allá del mal, ese puede ser un consuelo,
aunque no consigo agarrarme a él.
Pensáis
que deseo la muerte. Si así fuera la buscaría y la encontraría,
ninguna muerte puede ser más dolorosa que lo que ahora siento. Deseo
la vida, aunque admito desearía otra vida, aceptaría un cambalache
con Dios o con el diablo y a cambio de este dolor entregaría mi
alma.
Amo la vida porque antes de ahora la he vivido. Aunque no siempre la
percibí, no siempre fui consciente de que estaba viviendo. La
existencia es un tránsito que hacemos a ciegas, sordos a los cantos
de sirena, atados al mástil para no ceder a las tentaciones. Ahora
echo de menos no haberme dejado llevar por las emociones. Haber
realizado las locuras y las corduras que en cada momento me regalaba
la vida. Haber sido libre cuando pude. El dolor es una cárcel con
barrotes como cuchillas, como alfileres. Es la más atroz de las
condenas, infinitamente más cruel que la pena capital. Todos vivimos
en el corredor de la muerte, sin conocer cuando llegará el decreto
de nuestra ejecución. Disfrutamos de permisos carcelarios, de horas
de patio, de taller de trabajo, de salón de actos... No somos
conscientes de nuestra mortalidad a cada instante, ello nos permite
ser más libres, aunque a veces pasamos por alto el valor de la
propia vida. Yo vivo en la humillación permanente de la celda de
castigo, con un carcelero sordo a mi pena, que a veces pienso que soy
yo misma.
El
dolor no tiene dignidad, no merece respeto, no fortalece el espíritu,
no ilumina la verdad , aunque a veces te abre los ojos, permite
distinguir a quien te quiere. Es verdad que he encontrado a los
amigos en el dolor, a mis hijos y sobre todo a mi marido. Es más
fácil separar la paja del trigo, distinguir el amor frente al
interés, la entrega frente al egoísmo. No hablo del egoísmo o el
interés malvados, sino del que emana de la necesidad de buscar el
propio bien, la propia felicidad. El egoísmo justificable y
entendible, que está en la propia naturaleza de los seres vivos,
motor del impulso vital necesario para competir en la Naturaleza.
Con
mi marido y mis hijos entablo las batallas de esta guerra pérdida.
Formamos un grupo de guerrilleros que vencen en cada escaramuza a
sabiendas de que el final será la derrota. Pero en cada pequeña
victoria vivimos intensamente nuestra percepción de aliados, de
luchadores por la vida, de maquis echados al monte con la rabia de
derrotar al que nos arrebató el derecho a la felicidad absoluta.
Mi
dolor será un estímulo para crecer en amor a mis hijos, sé que
este calvario les engendrará valor, que a través de él verán la
vida de otra manera. En el dolor ajeno, fundamentalmente cuando nos
afecta, cuando compartimos la carga del sufrimiento, se forja el
espíritu del hombre. Nos abre la mente a un sentido de la vida,
dónde el valor de los momentos adquiere una dimensión más plena.
Cambia nuestra percepción de este mundo donde tasamos lo material y
lo inmaterial, la realidad y los sueños,
El
dolor será el aliado de mis hijos en su vida. Quizá esa es mi
recompensa, quizá este es el propósito de mi existencia.
Lo acepto y afirmo que quiero vivirlo.
ROSARIO
Rosario
nació con el estigma de los santos. Vino al mundo rodeada de
letanías, misales y libros de oración. Cuando abrió los ojos pudo
ver un grupo de mujeres enlutadas que alababan su cara de ángel, su
inmaculado rostro. Entre las alabanzas se intercambiaban salmos,
rezos y rosarios que constituyeron los sonidos fundacionales de
aquella alma. Claro está que ella no podía recordar nada de todo
esto, pero lo había vivido tantas veces en otros recién nacidos,
había participado en tantas ocasiones de aquella liturgia que para
ella era como haber asistido a su propio nacimiento.
Su
madre era una mujer enjuta, magra, había enviudado tempranamente,
tanto que sólo había podido darle a Dios una hija. Había
trasladado el luto de su pérdida a todas las facetas de la vida. Si
antes había sido una mujer callada, virtuosa, sumisa, ahora se había
convertido en una mujer triste y beata. Su condición de viuda
requería extremar la virtud que ella creía implícita en la
condición de mujer. Esta necesidad de vivir en santidad, en comunión
con los más exigentes preceptos de la ortodoxia cristiana, valía
tanto para ella como para su hija.
La
hija era el legado que Dios le dejó para honrar la memoria de su
marido, que tras su muerte había tomado la condición de mártir en
su conciencia. Cuando se casaron, ciertamente se querían, pero no
hubo pasión ni hubo amor, porque la boda había sido un arreglo de
familias. El arreglo entre dos jóvenes que necesitaban la condición
del matrimonio para seguir los cánones marcados por la sociedad.
Nacer en un pueblo pequeño, en aquellos tiempos en que la moral
venía escrita en letras de oro en el libro sagrado y era
reinterpretada por los sumos sacerdotes de la teocracia, hacía muy
difícil salirse del guión que cada cual estaba destinado a
representar.
En
su infancia Rosario jugaba con cruces, medallas de la virgen y
escapularios, como muñeca utilizaba el niño Jesús de porcelana y
corona de hojalata con forma de rayos de sol que en Navidades
presidía la entrada de casa. Acudió a la escuela de chicas, donde
aprendían a leer, escribir y las cuatro reglas (sumar, restar,
multiplicar y dividir) suficiente erudición para una mujer. Además
recibían una formación mucho más necesaria para afrontar el
matrimonio y las labores propias de su condición de mujer casada: la
obediencia, la virtud y la necesaria formación en el arte de la
cocina y la costura. A los libros del régimen para mujeres con las
historias de héroes y heroínas, se añadían las hagiografías de
las santas, mujeres que habían sufrido el martirio antes que
renunciar a su castidad o a su entrega a Dios. Con todo ello hubiera
sido una mujer preparada para tomar el yugo del matrimonio como una
bendición. Pero de tanta misa, de tanto rezo en los velatorios, de
tanto recato en las maneras, de tanto luto en las ropas, de tanta
seriedad en el semblante sin afeites, sin sombras de ojos ni color de
labios, el tiempo la fue apartando de los hombres.
Su
madre no encontró un pretendiente digno de la hija. Bien es verdad
que económicamente no aportaba una gran fortuna, habían sobrevivido
limpiando en casa del cura, cuidando la iglesia y realizando trabajos
de costura. Tampoco había fomentado la amistad verdadera, contaba
con el reconocimiento de ser una mujer devota, pero no con el aprecio
de sus vecinas que veían un lado oscuro en tantos excesos de
santidad. El tiempo fue ajando la piel y desojando las margaritas,
sin que encontrase un hombre adecuado a su cuerpo y alma sin
mancilla. A esta situación había contribuido también Rosario, que
no veía en los muchachos del pueblo candidatos a compartir su vida.
Encontraba demasiado rudas las maneras de los jóvenes. En la
iglesia o en las fiestas, únicos momentos en que existía una
proximidad suficiente, se comportaban como machos en celo atrayendo
la atención de las chicas y pavoneándose, sin que para ella
resultaran atrayentes dichos modales. Es cierto que en los bailes
quedaba siempre al margen, sin pareja. Los hombres la temían, había
en ella una seriedad excesiva que los ahuyentaba. Rosario había
llenado sus soledades de lecturas cuyos protagonistas eran soldados
con ademán de caballeros, héroes galanes, hombres de fe cuya
erudición asombraba a las damas. Encontraba a los hombres reales
como patanes gárrulos sin ningún atisbo de dulzura ni educación.
Cuando
la primavera de su vida estaba dando a su fin, sin haber florecido
ninguna flor en su jardín, comprendió que debía buscar una
alternativa a su vida. Las palabras del confesor y párroco del
pueblo la llevaron al convento de Carmelitas para dar allí sentido a
su fe. No es que le conminaran a tomar los hábitos, es que parecía
la única opción posible dadas las posibilidades planteadas. Una
mañana de invierno acudió al convento acompañada de su madre, cuyo
luto parecía aún más severo que de costumbre. Las monjas la
acogieron con el calor que los rigores de la estación escatimaban.
Eran mujeres sencillas, pero durante el tiempo en que vivió con
ellas pudo ver como debajo de cada hábito había un mundo rico, un
vergel que seguramente sólo florecía en la intimidad de su celda.
Cada una contaba una historia que irremisiblemente remitía al
cenobio. Todas ellas estaban ya en el otoño de sus vidas, pero en
todas ellas las nevadas habían cerrado los pasos, sólo la senda
hacia Dios había quedado expedita. Ellas se sabían en un camino sin
retorno pero veían en la novicia un proyecto en el que cabían
futuros diferentes. Todas se prestaron a darle consejos, cariñosos
mensajes que en vez de animarla a seguir la vocación de la oración
la llevaban a un vida lejos del retiro de los claustros. Ella
escuchaba pero su mente ya se había entregado a una misión, a un
fin más alto que cualquiera de los que podría alcanzar en una vida
de soledad en el pueblo. Hacía oídos sordos a esos cantos de sirena
que la animaban a vivir su juventud. Estaba preparada para entregarse
a Dios y nada la podía detener. En sus primeros meses de noviciado
era tal su ilusión, que los rigores del invierno y del estricto
horario del claustro no logró amedrentarla. La primavera llegó como
se había marchado el invierno, pero dejó un clima más propicio
para reunirse en el patio, para convivir con aquellas monjas que eran
para ellas como madres. En realidad eran aquellas mujeres las que la
habían adoptado como la hija que siempre hubieran querido tener,
como el regalo que la vida les había hecho en aquel lugar extraño.
Todas se habían entregado a la oración, habían tomado los votos
con verdadera fe, pero el tiempo les había ido arrebatando sino el
amor a Dios, el amor a la vida, a los hombres y sobre todo a su
propia comunidad que las retenía en un secuestro voluntario pero
cruel. La condición de monja no había podido anular la propia
condición de mujer, de persona, de ser sintiente. El claustro no les
había arrebatado la vida, si acaso, la había adormecido,
limitándola a las actividades que la vida monástica les permitía.
Pero a la vez tenía el extraño poder de añadirle valor a todo
aquello que no podía ser disfrutado en aquel estado. Para ellas
Rosario era un bien a proteger, un alma a salvar de aquel destino.
Cada una de ellas a su manera trataba de inculcar esta idea a la
novicia, por verdadero amor, sin menospreciar su vocación de
servicio a Dios.
Rosario
era un alma forjada a prueba del fuego de la tentación y llegó al
verano con la firme convicción de profesar los votos tan pronto como
la abadesa lo permitiera. La madre superiora que era una venerable
anciana, pero con una fuerza y un carácter que no le eran propios
por la edad, si bien no la animaba como las otras a renunciar,
callaba y le decía místicamente: “ Dios elegirá el momento, el
sabe cuando estarás preparada y nos lo hará saber”. El trabajo,
la oración, el horario, la seriedad de aquellos muros, el calor, la
melancolía que afecta a las jóvenes con frecuencia. Todo ello fue
mermando las fuerzas, cambiando el aspecto de aquella muchacha que
irradiaba luz y que ahora se veía el gris de su piel como reflejo de
una tristeza vaga que la invadía. El otoño fue quien profundizó la
brecha que se había abierto en el ánimo de Rosario, el tiempo frío,
la luz mortecina de la tarde, la lluvia que siempre parece
recordarnos el llanto, acabó por conquistar el corazón de aquella
criatura sensible. La tristeza vaga, sosegada, se fue trasformando en
un ansia asfixiante que le oprimía el pecho. Empezó a ver el
convento como otra realidad que se había trasmutado de un sueño a
un purgatorio. Sus monjas a las que quería de verdad y que tenía
por verdaderas madres, dejaban de ser celestiales espíritus, para
tomar cuerpo y ver en ellas mujeres de carne y hueso, con sus
defectos y virtudes, con su pasiones y sus frustraciones. Era una
comunidad extraña, se comportaban como devotas siervas de Dios
cuando estaban reunidas en el capítulo, pero cuando estaba con
alguna de ellas en privado veía como los pecados del mundo estaban
presentes también en aquel recinto sagrado. Se acusaban mutuamente
de glotonería, envidia, adulación a la abadesa, mostrando a la
comunidad tan aparentemente sólida en la Fe como un muro lleno de
grietas. Ver en aquellas mujeres entregadas a la salvación de los
hombres a cambio de su encierro, como la soledad iba mancillando sus
almas puras de novicia, convenció a Rosario que aquel no iba a ser
su destino. El invierno la encontró demacrada y delgada, la madre
superiora ya había recibido sin duda el veredicto divino para
preservar asa alma pura para otro cometido que seguramente la
esperaba. La sabiduría de aquella mujer fue para Rosario como una
aparición mariana, un chorro de luz que la atravesaba, que la hacía
trasparente. ¿Cómo podía aquella mujer callada conocerla tan bien,
si ni ella misma podía verse tan claramente? Habló largamente con
la abadesa y con el capellán, que si bien vieron en Rosario una
mujer con firmes creencias religiosas y buenas dotes para ser monja,
entendieron que en el convento se sentía atrapada y que ello minaría
su devoción con el tiempo. Le dieron la libertad, el permiso para
romper su noviciado. Fue como el renacimiento a la vida, en la
penumbra de su celda el alma se iba ennegreciendo, experimentaba
pensamientos que nunca antes había tenido. Ni la luz del claustro
con su verde ni el sonido del agua que corría con libertad llegaban
a devolverle la paz. La salida del convento fue una necesidad y un
alivio. La abadesa pudo conseguirle además un trabajo ayudando a una
vieja ama que cuidaba del nuevo rector de la parroquia de un pueblo
cercano. Acudiría durante el día para realizar las tareas
domésticas ayudando al ama y de noche dormiría en las habitaciones
de la comunidad que se utilizaban para fines benéficos, la relativa
juventud del párroco desaconsejaba cualquier otra opción.
Esta
tarea fue para Rosario, más que un trabajo, la realización de un
sueño. Sentía como su trabajo tenía una utilidad, dándole además
una posición social y lo más importante se desarrollaba entre
personas con una educación y sensibilidad que colmaban todas sus
expectativas. El ama la trató con cariño desde el momento en que
vio en ella las dotes de una mujer de iglesia, cuya devoción la
había llevado incluso a las puertas de ingresar en el convento. Ella
sabía muy bien que no todas las mujeres eran capaces de dar ese
paso, pero las que no lo daban no carecían por eso de virtudes. Lo
sabía bien porque ella misma había pasado por aquella situación.
El cura era un hombre joven, con una bondad natural y una exquisita
educación. Tomaba con Rosario una distancia en el trato que lejos de
ser una muestra de desprecio era señal de respeto absoluto,
necesario a la vez para evitar cualquier mala interpretación de sus
papeles. Si bien es verdad que con el paso del tiempo y con el
beneplácito del ama, don Servando accedió a leer para ambas las
Sagradas Escrituras, explicando con verdadera erudición los pasajes.
Para ella, aquellas lecturas eran como un anticipo de la gloria en el
cielo, para la vieja ama eran el sedante perfecto para conciliar el
sueño que por las noches era esquivo. De esta manera en la intimidad
de la casa pastoral se fue creando el ambiente de familiaridad en que
todos encontraban su equilibrio.
Las
faenas de la casa eran prácticamente función de Rosario porque la
vieja ama no tenía ya fuerzas para realizarlas. Mientras ella
cocinaba, Rosario barría, hacía las camas, lavaba la ropa, zurcía
algún que otro roto. Cuando manejaba las prendas del cura, Rosario
podía sentir la mirada vigilante del ama que la requería a manejar
aquellas prendas con indiferencia, pero no podía evitar que en el
fondo de su cuerpo se desataran pequeñas tormentas de arena, que le
producían calambres y un cosquilleo que la mirada de la vieja no
podía percibir. El ama fue empeorando su salud y el trabajo iba
recayendo cada vez más en Rosario, que ahora se ocupaba de la casa y
del cuidado de la mujer, se vio en la necesidad de pasar a dormir a
la casa parroquial para poder atender por la noche si era preciso al
ama. Ello no podía comportar ningún perjuicio a ojos de la
parroquia que conocía la probada virtud de las dos mujeres que se
ocupaban del cura y la progresiva senectud del ama, que requería la
ayuda de unos brazos más jóvenes. Además la vieja ama nunca
permitiría situaciones que pudiesen dar que hablar en la vivienda
más santa del pueblo.
No
hubo cambios importantes en la distribución de las tareas, si bien
esa vigilancia férrea del ama era a todas luces imposible pero
además innecesaria vista la distancia que separaba a los otros dos
inquilinos.
Rosario cuidaba de toda la ropa necesaria para los ritos: albas,
casullas, estolas, sotanas... eran lavadas y planchadas con la
veneración de unas prendas sagradas. Se ocupaba de que no faltase el
vino y el agua en las vinajeras y que la provisión de vino de misa
fuera suficiente. En la casa se ocupaba también de la intendencia y
del cuidado de las ropas del sacerdote. Lavaba con mimo sus prendas,
las planchaba, repasaba si existía algún desperfecto. No podía
negar que la ropa interior le causaba cierta desazón, más ahora que
el ama no la vigilaba y podía lavarla, plancharla y doblarla a su
gusto, reconocía para sí que doblaba y desdoblaba varias veces
alguna de aquellas prendas.
Todo
aquello cambió desde el día en que pudo ver a través de la rendija
de la puerta del baño mal cerrada el cuerpo desnudo del sacerdote,
que había adquirido por primera vez una dimensión humana, más
humana, que cuando lo veía por la casa encarnando el papel de hombre
de iglesia. Era la primera vez que veía un hombre desnudo, sólo las
pinturas y esculturas de los libros sagrados le habían mostrado
aquella anatomía diferente. Pero lo que había podido ver, aquellas
formas masculinas que en la figura de Cristo no reconocía por estar
siempre cubiertas, le habían trastornado el ánimo. Las tormentas de
arena que se despertaban en su interior eran ahora tempestades, cada
vez que doblaba aquellos calzoncillos intuía en su interior aquel
vello y aquella forma que seguramente el diablo había colocado en
los hombres para desafiar la virtud de las mujeres. No podía hacer
otra cosa que rezar, pero perdía el hilo en la oración que repetía
como un mantra tan automáticamente, que permitía a la mente viajar
entre tanto a las imágenes cuyo recuerdo quería evitar. Cuando el
cura se bañaba ella procuraba de nuevo pasar inadvertidamente para
entrever por los resquicios de la puerta aquellas imágenes que ahora
la atormentaban de día y de noche. Cuando ella tomaba su baño
semanal, dejaba ahora también la puerta discretamente abierta y
cuando se introducía como una vestal desnuda en la bañera pensaba
que en ese momento podía devolver el regalo de su desnudez, si por
un casual, dios no lo quiera, el cura se encontraba por allí.
En
las tardes que leían la Biblia al calor de la chimenea, mientras el
ama dormitaba, Rosario sentía que formaba una unión espiritual con
el sacerdote, como si ellos dos solos estuvieran ocupando ese
espacio, como si la vieja fuera sólo un mueble más.
Ocurrió
una tarde en que tras encontrarse fatigada el ama fue a su habitación
más pronto de lo habitual. Ellos continuaron la liturgia de la
lectura, pero se había creado ya el vínculo, la unión cósmica de
sus mentes a través de aquella lectura pausada que los iba acercando
en el espacio hasta que quedaron uno junto a otro. Leían el Cantar
de los cantares:
“
Levántate, aquilón, avanza, austro, soplad en mi jardín, que
corran sus perfumes. Mi amado va venir a su jardín, a comer sus
frutos exquisitos.
Yo
vengo a mi jardín, hermana mía, esposa, a coger de mi mirra y de mi
bálsamo, a comer de mi panal y de mi miel, a beber de mi vino y de
mi leche. Comed, amigos, y bebed, y embriagaos de amores...”
No
se sabe muy bien de donde partió el impulso, pero se encontraron
uniendo sus labios, buscándose en el mar de la noche, en el calor
del hogar, con la urgencia y la inexperiencia de algo nuevo que había
llegado sin pretenderlo. No había pecado en ello, no existía
premeditación, no había voluntad de caer en la tentación del
demonio. Ocurrió con la naturalidad de los efectos de la física, el
positivo buscó al negativo, el ácido a la base, el masculino al
femenino. Se perdieron en esa tormenta de manos, bocas y acabaron
vencidos y desnudos sobre la cama. Tanto impulso retenido, tanto
deseo acallado, se desató en el preciso instante en que se produjo
el milagro y un río de él corrió adentro, en los territorios de
ella, anegando todos sus huertos baldíos hasta entonces.
Como
en la oración después vino el silencio, un silencio pesado que
arrastraba las cadenas del arrepentimiento. Pero en ese silencio
había también mucho de súplica de los dos amantes, para que su
Dios bendijera aquella unión hecha de amor, de entrega, de verdadera
fe en el hombre. En aquel silencio había un ruego mutuo para que
aquel regalo de la vida, que era a su vez un regalo divino, no
acabara. Hubo un pequeño remanso en los días sucesivos en que los
dos se evitaban, pero se notaban próximos. Ambos escrutaron sus
almas para ver si aquella unión podía ser vista con comprensión a
los ojos de Dios. En ese tiempo de meditación, el rescoldo de la
pasión fue tomando fuerza y sus cuerpos encontraron la respuesta
inevitable a la pregunta de sus espíritus. Vivieron de nuevo el
éxtasis de los ascetas, la unión mística de los cuerpos y
decidieron no renunciar a aquel milagro. Se buscaban y se
encontraban, se deseaban y se temían, se amaban y les dolía ese
amor que era más fuerte que sus temores.
El
cristal más bello puede romperse con un sólo impacto, porque la
felicidad es frágil como el cristal. Cuando Rosario empezó a contar
los días en que le faltaba la menstruación y a temer sus
consecuencias, no quiso comunicárselo a su amante. Le rehuía y él
la recriminaba por ello, por hacerlo sufrir, como el purgatorio que
precede al cielo de su reencuentro. Pero los vahídos y las nauseas
que aparecieron en las semanas posteriores despertaron como por
ensalmo a la vieja ama, que recobró el ánimo para poner solución a
aquel problema del que sin duda ella también se sentía
responsable. Habló con Rosario y después con don Servando. No
existía otra solución cristiana que no fuera que la mujer
abandonara el hogar y con la discreción obligada tuviera su hijo
lejos de aquel lugar. Podía dejar en adopción la criatura nacida de
una relación que veía dirigida por el mismo diablo. Ya se ocuparía
ella de buscar una excusa convincente. No podía asegurar que las
malas lenguas no intuyeran la situación, pero no podían dar pábulo
a la maledicencia quedándose en la casa mientras el fruto del pecado
crecía en su vientre. El sacerdote presa de un dilema que no estaba
en su capacidad de hombre el afrontar, dejó hacer, se encerró en la
oración para expiar la culpa, mientras Rosario se iba de su vida
dejando una herida profunda.
No
fue un destierro, ni una expulsión del paraíso por haber tomado la
manzana del árbol prohibido. Fue para ella como una penitencia que
acataba con humildad. Y su hijo, lejos de parecerle el hijo del mal,
fue una bendición, la respuesta de Dios a sus oraciones.
Rosario
se fue a la ciudad, al cuidado de una casa de caridad de las monjas
carmelitas, al amparo de las malas lenguas. Su vida de madre soltera
podría haber sido contada a los niños como los de una heroína
cristiana, algunos mártires contaban con pecados en su vida que
habían sabido redimir con una ejemplar conducta y una entrega total
a la Fe. Pero ella no pasó a la historia de la Iglesia porque
escondía un secreto que parecía terrible para algunos. Su hijo era
una encarnación del pecado, fruto de la tentación, de la debilidad
de la carne y de la pérfida estrategia del demonio para tentar la
virtud de los hombres de fe. La prueba irrefutable de que la mujer
actúa a veces como instrumento de satanás y debe ser temida porque
encierra la semilla del mal.
No
guardó rencor a nadie, ni siquiera a su amante, siempre conservó en
su recuerdo aquellos momentos donde ambos compartieron la gloria de
los elegidos. La dulzura del momento en que quedaron saciados con las
manzanas del árbol de la vida.
A
su hijo lo llamó Jesús y cuando preguntaba por su padre le decía:
“ Hijo mio,Tú eres hijo de Dios ”. Tiempo habría de explicarle
lo complejo del amor, la oscura barrera entre el pecado y la virtud.
Ahora
sólo debería enseñarle a rezar.
VIRTUDES FUE LA PRIMERA
sábado, 12 de mayo de 2012
La historia se llamó primero "La puta y el ginecólogo" , ya sé que es una porquería de título, pero empecé a escribirla así. Después de las dos o tres primeras páginas la dejé porque no me acababa de gustar. Sólo me gustaba el personaje de Virtudes, el ginecólogo era patético. Quedó en el tintero mucho tiempo y un día retomé la historia pero decidí que se llamase como la protagonista.
VIRTUDES
Virtudes
no parecía un nombre muy propio para una puta. Sé que no está bien
decir puta así de entrada, meretriz, prostituta, puede sonar mejor.
Pero ella no se molestaba, casi se hubiera ofendido si le cambiáramos
por recato su condición. Cuando le preguntabas por su trabajo
siempre decía “yo soy puta”. En realidad yo admiraba aquella
mujer. Virtudes no carecía de virtudes, y no me refiero a las que
son propias de su oficio, sino aquellas que le hacían ser en el
término más amplio “buena gente”.
Cuando
vino a la consulta no tenía una enfermedad venérea que curar para
seguir trabajando. Vino pensando en que de igual manera que en los
bares es necesario pasar un control de Sanidad para la licencia, ella
tenía la obligación de revisar el local. Se había propuesto
mantener su lugar de trabajo en perfecto orden, hacer una puesta a
punto periódica del mismo.
“Vengo
para una revisión, pero yo estoy bien. Además sólo follo sin
condón con mi novio”
La
primera impresión ya habréis juzgado que no fue tan comprensiva
como he expresado al inicio. Qué hacia aquella tipa allí, de esa
guisa. Me iba a espantar la clientela mucho más fina que
habitualmente acudía a mi consulta. Bien es verdad que no siempre
los asuntos que traían a aquellas damas eran tan finos como sus
modales. El secreto de “confesión” me impide decirles cuantas
gonorreas se convertían en una infección por hongos, o que los
papilomas eran simples verruguitas.
“Doctor
explíquele a mi marido que esto lo puedo haber cogido en algún
baño público” “Por supuesto, pero no mencionaré que en ese
baño no estaba sola” pensaba yo.
En
cambio Virtudes nunca escondió su condición. La franqueza de su
lenguaje, la transparencia de su personalidad fue lo que me cautivó.
Acostumbraba a venir cada tres meses, en las primeras visitas el
trato era tan aséptico como el material que empleaba en la
exploración. Poco a poco sus visitas eran esperadas por mí, incluso
reservaba más tiempo para poder hablar con ella de su trabajo, de su
vida. Como si todo ello fuera estrictamente necesario para completar
la historia clínica o poder garantizar un correcto diagnóstico de:
“Está todo bien Virtudes”.
A
veces de forma espontánea me traía a la consulta los problemas
sexuales de alguno de sus clientes, pensaba que yo podría darle
alguna solución. Se sentía en la obligación de ayudarles porque
formaban parte de su trabajo, para ella era como llevarse trabajo a
casa. Alguno de esos problemas de erección, de eyaculación precoz,
de impotencia para los que mi capacidad terapéutica era casi nula,
ella poseía un probado método de sanación. Sin embargo siempre
quería escuchar la opinión de un profesional, con verdadera
disposición a aplicar el consejo que nunca supe darle. Yo le decía:
“Virtudes de eso sabes tú más que yo” y no lo decía con
fingida modestia, sino con la convicción de que así era.
Me
contaba algunas de las historias de esos hombres que no podían tener
una erección con sus mujeres, que con ellas no encontraban
satisfacción sexual. Hombres atrapados por su matrimonio, por las
convenciones sociales, por los tabúes aprendidos y asimilados, que
eran incapaces de ser libres en el único ámbito donde deberían
serlo que es su propia casa. Virtudes les dejaba hablar, se mostraba
comprensiva, les animaba, les hacía pequeñas preguntas para que se
sintieran atendidos y mantuvieran el hilo del relato. Finalmente les
aseguraba que su problema era de lo más común por lo que ni
siquiera era un problema. No había oído hablar de la mayéutica
socrática ni de la entrevista clínica dirigida pero sin duda había
adquirido una maestría natural en el trato de las penas ajenas.
Ellos volcaban en esta desconocida toda su frustración, todo su
miedo, como si estuvieran delante del psicoterapeuta. En el sentido
más verdadero sin pretender evitar calificativos hirientes, era una
verdadera profesional del sexo.
Nunca
se quejaba de como la había tratado la vida, el ser puta le venía
de herencia. Aunque ella decía que podría haber cambiado su destino
no quiso hacerlo, le parecía bien aquello. Nació en un burdel, la
criaron otras prostitutas que asumieron el papel de tías adoptivas.
No tuvo padre porque aquel que venía de tanto en tanto a pegar a su
madre y pedirle dinero, nunca lo reconoció como tal. Tampoco se
quejó cuando tras morir su madre de SIDA la internaron en un
orfanato y la dieron en acogida a “familias” que no siempre
tenían las condiciones de acoger a un huérfano. Siempre pensó que
ella era la culpable de ser una rebelde sin causa, que su carácter
era el responsable de la mala relación con sus tutores, de sus
palizas. Tras liberarse del yugo de la protección social a los
dieciocho años no tardó en ingresar en plantilla en alguno de los
burdeles en los que trabajaba por horas durante su minoría de edad.
Había elegido voluntariamente estar al servicio de los clientes,
porque la mayoría de ellos eran pobres diablos que se desahogaban
con ella, con lo que le permitían tener un sentido de utilidad en la
vida. Se podría decir que se sentía realizada con aquel oficio,
denostado en público, pero mantenido en todas las sociedades.
Repudiado y perseguido por los “puros” de espíritu, que
resultaban ser los mejores clientes de la casa. Me decía, sin ningún
ánimo de molestarme : “ Pásese algún día por allí doctor, ya
me encargo yo de que tenga un buen servicio. No crea, vienen muchos
doctores a visitarnos, también vienen políticos que pagan con VISA
del partido, abogados, notarios, artistas y algún que otro hombre de
iglesia necesitado de redimir ovejas negras. Todos ellos vienen y se
van discretamente, pero mientras están allí dan rienda suelta a sus
sueños. Nadie se va descontento, si acaso alguno se lleva los
remordimientos que le duran hasta la siguiente visita”
Con
toda razón, para ella el suyo era un trabajo honorable, con una
importante función pública, que cualquier gobierno sensato debería
haber pensado en proteger y alentar, con el fin de mejorar la salud
mental de sus ciudadanos. No ignoraba que aquello no ocurriría nunca
por la hipocresía de una sociedad que quería mostrar su cara más
“correcta” sin permitir sacar a la luz la oscura trastienda, en
la que ella se encontraba.
Nunca
me contó el origen de los moratones sobre los que la interrogaba.
“Usted dedíquese a los bajos doctor, de lo otro ya me ocuparé yo”
Sabía que aquellas huellas delataban a un sádico, que lejos de
necesitar los favores de una puta, necesitaba la cárcel y asistencia
psiquiátrica. Sólo lo supe después de la nota que me llegó
disculpándose de que no podía acudir a mi consulta porque debía de
cambiar de ciudad. Cuando acudí al club donde ella me había
invitado a experimentar la dulzura de su oficio, casi todos me
respondieron con evasivas. Tras mi insistencia, se acercó a mí un
animal con forma humana y modales de hiena y me dijo: “ ¿Tú que
quieres? ¿Porqué preguntas por esa puta? ¿Te has encoñado con
ella? Pues se ha ido porque si se queda un día más le habría
reventado la cabeza. Así que sal de mi vista si no quieres que te de
dos hostias, imbécil”
Tal
firmeza en los argumentos me convencieron casi en el acto, pero
también me convencieron de que Virtudes, había tenido la virtud de
saber desaparecer en el momento preciso en que estaba a punto de ser
un número más en los “desgraciados incidentes que ocurren en los
círculos de la prostitución”.
Pero
a la vez tuve el convencimiento de que por mucho que corriera aquella
virtuosa mujer, la violencia de aquellos excrementos de la sociedad
que generamos entre todos, acabarían alcanzándola. Sólo deseaba
poder decirle que aún estaba a tiempo de escapar de aquel mundo,
trabajar en mi consulta por ejemplo de recepcionista. Estuve buscando
un tiempo por algunos prostíbulos de las ciudades que visitaba, no
la encontré y no recibí más cartas. Este es mi reclamo por si ella
pudiera leerlo. Si alguno conoce a Virtudes por favor que se lo diga.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


