ESPERANZA

sábado, 8 de febrero de 2014

Es la última de los nombres de mujer.



ESPERANZA

 Esperanza no es la mujer que espera en la estación. No es Penélope tejiendo un futuro inalcanzable. No sueña con héroes venideros o príncipes de humo. Es una mujer libre. Liberada por el tiempo, por el devenir de las circunstancias.

   Verde, clara, transparente. Esperanza vive en el momento, es pasado cada segundo que atraviesa. No mira atrás o adelante, ve únicamente el reflejo que le devuelve el espejo. Verse a sí misma como objetivo. No por el egoísmo del autocomplaciente, es una lucha por salvar al yo.

   Vivir el presente es hacer posible el día después, allanar el camino para la siguiente jornada.

   La conocí en la sala de espera de un hospital cualquiera, en el Departamento de Oncología. Un espacio donde la sobriedad asusta. Paredes blancas, imágenes colgadas en los muros que en nada invitan al consuelo. Sillas de plástico alineadas como en los autobuses. Hombres y mujeres sentados sin mirarse, sin hablarse.

¿A dónde lleva el viaje? Pasajeros de un tren que avanza con el monótono canto de sus ruedas metálicas, el silbido agudo, el humo negro que sale de su maquinaria. ¿Quién diseñó aquellos lugares para el dolor? La presión de aquel recinto huero de humanidad ahoga el alma. Aún con el frío del aire acondicionado se percibe una sensación sofocante, como el calor húmedo durante el monzón.

   Sin mirarse, sin verse, sin pronunciar más palabras que los suspiros, aquellos viajeros forzosos, esperan sin esperanza. ¿Qué dicen aquellos silencios? Soliloquios mudos, pensamientos que no logran salir de la boca que pueblan el mundo oscuro de los que se quejan.

   Esperanza brilla con luz propia. Es un farolillo encendido en la oscuridad de la noche. Sonríe y rasga el silencio con su palabra. Frases que parecen desentonar en aquel lugar, notas discordantes de un requiem, alegres comentarios que hieren el alma de los moribundos. Muere quien no vive.

   Pregunta a sus compañeros de asiento por su enfermedad, se sienten incómodos ante aquella franqueza. Casi siempre encuentra respuestas esquivas, evasivas que pretenden sin ser descortés recuperar la quietud del silencio. Mira con ojos vivos a sus compañeros, pero sólo encuentra unos ojos que le responden, que sostienen la mirada, que no la rechazan.

   José siempre se sienta al fondo, en el último banco de asientos. Por timidez, por pudor o quizá porque se siente protegido en el rincón, cercano a la pared. Como los toros arrimados a las tablas, buscando la puerta de chiqueros. José la mira porque es la única luz, en ella ve el verde sobre la tierra árida, el agua corriendo sobre la arena, el horizonte. La mirada le penetra con intensidad, pero se esfuerza por mantenerla y en su cara sin pretenderlo asoma una sonrisa. Ella entreabre los labios mostrando sus blancos dientes, agradecida. Resulta casi impúdico para el pasaje aquella manifestación de complacencia. Como si se quebrase el pacto de dolor que asumieron al llegar a ese recinto. A Esperanza no le importa, porque allí a tres filas de asientos esta la vida latiendo, abriéndose camino en otro navegante. No conoce otra respuesta que sonreír a la vida.

   Tras el encuentro visual, tras compartir la sonrisa como si hubieran compartido un postre después de la cena, cada uno vuelve a su mundo. Los dos están leyendo el libro que les acompaña en la espera. Los dos leen novelas de amor. No del amor frugal que se consume con el sexo. Si no del amor que emerge del fondo del alma, que incluye la pasión, la veneración, el odio, el miedo o la traición, pero que siempre surge de la sensación de estar vivo.

Él tiene en sus manos La vieja sirena, ella relee con deleite los capítulos de No digas que fue un sueño. La redención a través del amor, la consecución de la inmaterialidad que otorga el placer, la inmortalidad al ocupar al otro.

   No se conocen, no saben que comparten gustos literarios, no imaginan lo que les une, pero reconocen en la mirada que existe alguien tras los ojos y los labios. Sólo saben que están allí porque comparten un destino, tienen en común un diagnóstico. Para ella un destino que es aún futuro, para él un diagnóstico es casi como un recuerdo porque parece haber sido derrotado. No saberse sólo es un consuelo. Encontrar un paisano en un país extraño, reconocer un amigo entre la multitud nos reafirma como individuos y nos infunde ánimo. Incluso cuando el mundo se empeña en empañar el futuro, los demás pueden hacernos fuertes.

   Esperanza no perdió ese ánimo ni siquiera cuando el diagnóstico de cáncer le fue anunciado. Cuando el ginecólogo con su bata blanca, llevando en las manos su expediente, leyó el resultado de la biopsia, cruzó por su cabeza la imagen de la Anunciación de Fra Angélico. Un mensaje divino remitido a través de intermediarios que no podía rechazar. Se veía como aquella Virgen resignada, sumisa, en cuyo rostro la aceptación del destino y la altura de la misión creaban una mueca de incredulidad. La palidez de aquella joven envejecida por el anuncio de su próxima maternidad se reflejó también en su cara, pero el símil con la Virgen le hizo esbozar una sonrisa. El ángel de blanco, confuso por su reacción, trató de explicarle el significado del resultado. No pretendía asustarla pero debían tomarse decisiones para solucionar el problema. Esperanza no le contó lo que había cruzado por su mente. No estaba asustada, sabía que aquel diagnóstico no era una sentencia, era sólo un nombre, un obstáculo en el camino, no un muro infranqueable.

- No se preocupe doctor, lo superaremos.

  No es difícil afrontar un cáncer en la consulta, delante de un desconocido. Lo complicado es aceptarlo en la intimidad de tu habitación, frente al espejo. Allí donde el dialogo no puede tener trampa, donde es transparente, porque tu interlocutor eres tú mismo. Decirte:

- Voy a vivir, no me quitarán aquello que quiero.

   Desnudo, mirándote a la cara, siempre ves a alguien más débil que el que sale al ruedo del mundo. Pero Esperanza se veía con la seguridad de estar delante de una ganadora. Animaba a su imagen reflejada, le transmitía la seguridad que sus treinta años le ofrecían. “Este cuerpo no nos va a fallar, saldremos victoriosas. Estoy segura”. Su percepción del mundo siempre había estado teñido de verde, positivizándo lo ambiguo. Los fracasos eran tropiezos, nunca caídas. Los obstáculos sólo un aliciente para correr más y burlarlos. Su filosofía era la de disfrutar el regalo de ser. Su único principio no hacerse daño y no dañar a los demás.

   Estaba decidida a aliarse con su cuerpo y combatir al enemigo que les acechaba. Mirar al enemigo a la cara y hacerle frente. Aquel tumor no eran mas que unas células rebeldes al sistema, furtivas, que desafiaban al cuerpo y querían vivir. Les movía su naturaleza, pero no podían combatir con una estrategia, sólo su errónea genética las hacía perversas. En cambio ella, su cuerpo y ella formaban un equipo ganador. Había un pacto de mutua ayuda en contra de aquel intruso. Si el tumor hubiera podido hablar, lo habrían convencido sin duda de su inútil propósito, hubieran propuesto un pacto de paz. Pero este enemigo no entendía de razones. Por ello se entregaría a la cirugía y a la quimioterapia, eran el lenguaje que el cáncer podía entender.  

   A veces cuando el cuerpo parecía ceder a la tentación del abandono, Esperanza lo animaba. Le contaba las veces que habían sentido el amor, que habían gozado viajando, bebiendo un vino, comiendo un plato con placer, vibrando en cada latido. No podían renunciar a todo lo que les quedaba por vivir, por conocer.

   La enfermedad puede ser el mayor aliado de la vida. Une a los dos habitantes del mismo individuo. El cuerpo y la mente se encuentran. Permite que se reconozcan como pareja de hecho, como compañeros inseparables, con un vínculo tan necesario que no puede ser roto sin su destrucción.

  El ángor, el íctus, el virus, la neoplasia no son más que revulsivos, reconstituyentes de un estado nuevo, de un ser más poderoso. Son el adhesivo de las dos mitades que nos habitan.

La fiebre que enturbia la visión, el dolor que ennegrece el alma, el miedo a la muerte que nubla el futuro, despiertan al hombre. Le muestran su vulnerabilidad, pero le otorgan la humanidad. Cuando somos capaces de hacer que la experiencia del dolor permita el disfrute del placer y la fiebre abra los ojos a la vida, renacemos. Cambiamos de identidad, mudamos nuestra piel escamosa por una nueva que percibe mejor las vibraciones del mundo. Cuando la visión de una muerte futura no ensombrece el futuro si no que ilumina el presente, despertamos al verdadero individuo, al que es capaz de vencer. No siempre somos vencedores pero hasta en la derrota hay honor si se ha luchado con valentía.

“Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla.

Antiguamente, los guerreros expertos se hacían a sí mismos invencibles en primer lugar, y después aguardaban para descubrir la vulnerabilidad de sus adversarios.

La invencibilidad está en uno mismo, la vulnerabilidad en el adversario. Por esto, los guerreros expertos pueden ser invencibles, pero no pueden hacer que sus adversarios sean vulnerables.” 
Sun Tzu
El arte de la guerra

   El arte de la guerra consiste en vencer sin pelear, pero si es necesaria la lucha, hay que entregarse a ella.

   Aunque la primera vez que nos vimos fue en aquella sala de espera, donde nuestras miradas se cruzaban. No fue hasta más tarde que hablé con ella. Una mañana la encontré sentada en el lugar que habitualmente yo ocupaba. Aquello no era casual. Vino a buscarme porque necesitaba no sólo mi sonrisa si no mi aliento. Las palabras que llevan en su sonido la terapia del alma. Porque en el pneuma están el alma, el espíritu, pero también el soplo, el hálito. Esperanza acababa de salir de su primera batalla. Había sido operada.

   Una mastectomía sólo es una técnica quirúrgica en un informe médico, es un término descriptivo que en nada contiene su significado. Aquella amputación va mucho más allá de la eliminación anatómica de un mama. Rompe el esquema corporal que vive en la mente. Destruye la imagen que nos devolvía el espejo, como si el azogue hubiera sufrido una grieta en su lisura. Mirarse y no reconocerse, verse y no creer en ello. Se necesita valor para enfrentarse a esa nueva fotografía. El valor que da el miedo. El coraje de los desesperados, de los necesitados de una victoria. Pero no había tristeza en su mirada, había dolor. Dolor físico y mental. Me habló de ello como si nos conociéramos de siempre. Dejó salir el pus de la herida para que cicatrizara. Me contó sus pensamientos en el quirófano antes de la anestesia, entregando su cuerpo a los cirujanos, me contó como iba perdiendo también la consciencia por los anestésicos. Entonces se prometió no dejar que la muerte la encontrara durmiendo. Cuando llegara quería mirarla a la cara, enfrentarle la mirada. Pasamos el tiempo hablando de nuestra vida, apoyados los libros en las piernas sin reparar en que acabábamos de iniciar algo que podía ser una vieja amistad.

   No puede ser testigo de la batalla en el quirófano. Pero viví con ella el resto de la guerra. Vimos juntos como en la lucha se perdían otros pasajeros de aquella extraña consulta, como quedaban asientos vacíos que podía llenarse con dolorosas historias. Como con el tiempo volvían a ocuparse los lugares abandonados.

   De todas las historias sólo la de Lucía ha quedado sepultada en nuestros silencios.

   Lucía tenía quince años y una leucemia. Pero tenía mucho más que eso, poseía la sonrisa más hermosa que hayamos imaginado nunca y la piel más blanca que nunca hayamos podido recordar. Su mata de pelo rojo, sus pecas, sus ojos de un azul casi transparente y su aire de muñeca. Frágil y poderosa, tierna y rebelde. Nos miraba cuando hablábamos desde el asiento de al lado con el descaro de un adolescente, con la dulzura de un niño. Y poco a poco entró en nuestra charla a pesar de que su madre le indicaba lo inadecuado de interrumpir a dos desconocidos. La enfermedad no sólo es capaz de unir las dos mitades de cada individuo. Es también el punto de unión de seres hasta entonces extraños. Eso ocurrió con Esperanza y conmigo. Esto nos llevó a conocer a Lucia. La enfermedad, el temor implícito en el diagnóstico de cáncer, la necesidad de encontrar a otros que luchen en la misma batalla nos reunió en aquel momento.

   Lucía nunca dejó de ser una niña alegre, parecía incluso feliz. Era la protagonista de la historia, la heroína. Aunque sabía que ser el punto de atención de su familia no era bueno en esas circunstancias. A los quince años no se puede ver el túnel oscuro que conduce a la muerte, si acaso alguna sombra que desaparecerá con la luz del día siguiente. Su simpatía natural, su espontaneidad le permitían crear vínculos que podrían parecer imposibles.

   Cuando nos veía en la consulta arrastraba a su madre hasta nuestro lado. Escuchaba atenta y aportaba algún comentario, como si la conversación fuera verdaderamente entre tres. No fue difícil dejarla entrar en un círculo de confraternidad extraña.

   Por entonces Esperanza había iniciado su primer ciclo de quimioterapia. El veneno que se dejaba administrar dócilmente con la finalidad de derrotar aquel extraño ser que la invadía. Aquel cuya muerte significaba la vida y que sin embargo en cada dosis parecía crecerse, porque ella quedaba más débil. Ese invierno fue el más frío de todos. Temblaba como una llama que se apaga, un hielo que surgía de las entrañas la invadía. Como si en el gotero perfundieran nitrógeno líquido. Imaginaba aquel fármaco fuera del envase de vidrio, humeando, escarchando los tejidos que alcanzaba a través de las venas. Congelando sin duda aquellas células malignas que convertía en frágiles cristales. Este era su consuelo para resistir el hielo en su sangre. Su insoportable fragilidad de copo de nieve, se convertía en fuerza, en resistente témpano. Cada escalofrío, cada espasmo del vómito, le infundía el valor de una batalla ganada. Así vivió su primer ciclo, aferrada a la esperanza del triunfo.

   Lucia le pedía con la naturalidad de los inocentes que le contase sus sensaciones. Su madre ya no le recriminaba hablar con nosotros, como si intuyera que eramos seres afines, necesarios para que su hija entendiera la lucha que le esperaba. No reflejaba en sus ojos azules el miedo a un futuro incierto. En aquellos mares profundos se veía la fuerza de las olas, la inmensa riqueza que se atesoraba tras su mirada. Porque en las pupilas se reflejaba el deseo de luchar contra la leucemia, contra la inmoral injusticia del dolor de los niños, la antinatural razón de la vida para rebelarse contra la vida. En su sonrisa fresca se dibujaba el sarcasmo del destino. Todos los porqués podían preguntarse cuando un cáncer habita un niño. Y todas las respuestas parecían imposibles. No podía explicarse que maldito hado era responsable de aquella abominación, de aquel contrasentido. Sin embargo en su boca no aparecía ninguna de esas preguntas. Sólo quería conocer que sentimientos despertaba aquella quimioterapia vencedora. No veía en el tratamiento un castigo necesario, sino la salvación. Belerofonte derrotando a Quimera, Perseo decapitando a Medusa, el Quijote que se batiría por Dulcinea, por ella. La eterna lucha del Bien contra el Mal.

   Siempre pensamos en nosotros mismos como el bien máximo, somos el fin de la propia Creación. El mal es aquello que atenta contra nosotros. Pero a quien se puede hacer responsable de la enfermedad sobrevenida. No podemos culpar a la Naturaleza, no hay un error en la misma, es la autora tanto del virus como del hombre. Es la que genera tanto la vida como hace posible la muerte. Y la muerte es necesaria para la propia vida. No existe contradicción en el diseño. Lo que genera un sentimiento de rechazo es la percepción de una suerte de injusticia. No es posible asimilar con naturalidad ser marcado por el azar, ser elegido para sufrir sin nuestro consentimiento. Nadie eligió participar en el sorteo de la salud y la enfermedad. Pero desde el momento en que iniciamos el camino de la vida, aceptamos las reglas del juego. Vienen escritas sobre las tablas de la Ley, no sobre piedra, sino sobre materia orgánica. Escritas en ese código extraño de los cromosomas, la piedra roseta de la genética, la herencia de nuestros ancestros impresa en la lengua más arcaica. No se trata de una Ley Moral, no castiga a los pecadores y premia a los santos. No entiende de bondad o de compasión, no hay caridad pero tampoco maldad en sus actos. Es lógico abjurar de la rectitud de la Naturaleza cuando atenta contra los inocentes, repugna su proceder. Pero olvidamos con frecuencia los milagros que nos regala. Mirar alrededor es descubrir lo que nos da frente a lo que nos quita. La aceptación puede ser entonces la respuesta. Aceptar no significa resignarse, quiere decir no perderse en la autocompasión y plantar cara a la adversidad.

   Lucia y Esperanza, dos mujeres separadas hasta entonces por un abismo generacional, por un mar de experiencias diferentes, por vidas paralelas, colisionaron como dos estrellas. De su choque no surgió una nube de planetas sino un único cuerpo celeste que brillaba aún mas. Una mixtura de sus dos cuerpos y mentes, en simbiosis, en armonía. Por momentos temí quedar cegado por su luz, barrido por la fuerza, pero en aquella fusión como en el Bing Bang se creó la gravedad, el tiempo, el espacio. La gravedad que las unía y me unía a ellas, el tiempo que empezaba a contar desde aquel momento y un espacio que era ahora distinto, nuevo. Las veía contarse sus sesiones de quimioterapia como quien comenta las últimas noticias del corazón, riéndose de las nauseas, imitando los vómitos con muecas que provocaban ahora espasmos de risa y llanto. Se mostraban sus cabezas calvas e intercambiaban los pañuelos para cubrirse. Se animaban mutuamente para la próxima sesión de quimioterapia. A pesar de que con cada ciclo las fuerzas menguaban y los análisis demostraban como la sangre perdía su naturaleza viva, ellas se empujaban hacia adelante. Sufrían y se rebelaban ante el que había pasado a ser ya un objetivo común, las dos saldrían de aquel trance, juntas, más unidas si cabía, más fuertes.

   Yo sufría con ellas las penurias en la salud y disfrutaba de sus alegres charlas casi como un espectador, sentado en la primera fila del mundo. Participaba de aquellos momentos aunque nunca como actor principal, como telonero destacado de aquel espectáculo. Ellas eran las guerreras, yo el general victorioso que venció en anteriores batallas y que merecía el puesto de asesor, de consejero. No me sentí nunca rechazado. Al finalizar los seis ciclos y tras un periodo de recuperación llegaron los primeros resultados alentadores. Analítica, marcadores tumorales, resonancias, un lenguaje al que ya nos habíamos acostumbrado y que en aquellos momentos resultaba como una música agradable a nuestros oídos. Todas las pruebas nos reconfortaban, sonaban a ilusión. Eran una canción de fiesta, no una balada o una melodía cadenciosa sino un estruendo que revolvía el ánimo y te empujaba a la pista de baile. Al baile de la vida. Salíamos a cenar y al cine. Lucía era una más en la extraña pareja que ahora constituíamos Esperanza y yo. Compartíamos piso desde hacía unas semanas. Que sentido tenía vivir juntos y habitar separados. Algo que podría decirse amor, o quizás más grande que el amor, había nacido en nuestra unión. Lucía no era un añadido, era un elemento de cohesión, como una hija nacida de nuestra relación. Compartía con nosotros incluso los secretos que podría haber compartido con compañeras de colegio, sus amores, sus temores, sus deseos. Todo aquello que no es posible contar a los padres biológicos nos era confiado. A los quince años hay una turbulenta vida interior que es imposible guardar para uno mismo. Son demasiadas las sensaciones que se agolpan en la cabeza, demasiados los impulsos que nacen del cuerpo para guardarlos en una caja. Lucía necesitaba liberar aquellas historias y había encontrado en Esperanza la amiga adecuada.

    La enfermedad tiene un efecto extraño sobre el tiempo, acelera su efecto, como un sol potente que hace madurar la fruta. La enfermedad madura la mente. Ayuda a replantear prioridades, ayuda a crecer. Cuando era pequeño cada vez que enfermaba y quedaba postrado por la fiebre, al salir del trance, recuperado pero débil, mi madre siempre decía: “ José has crecido, vas a ser más alto que tu padre”. Yo nunca entendí porque el crecimiento tenía que ir ligado al dolor, al sufrimiento. Ahora que ya he superado muchas convalecencias lo sé. La enfermedad es el motor del propio cuerpo, el estímulo necesario para el cambio, para adaptarse. La enfermedad permite distinguir lo cotidiano de lo necesario, como la lluvia aclara el horizonte, limpia el alma de impurezas. Cuando no estamos enfermos no somos conscientes de nuestra vulnerabilidad y vivimos ajenos a nosotros mismos.

   En esos meses en que el cielo de nuevo se abrió a la luz, la vida floreció. Podíamos percibir cada segundo, paladearlo y escupir las semillas que a veces ocupan ese dulce fruto. Llenamos de proyectos el mundo. Lucía pudo incorporarse de nuevo al instituto, venía a contarnos sus amores y sus temores algunas tardes. Siempre acabábamos riendo. A ellas les gustaba acariciar los cabellos que al principio como finas puntas poblaban su cabeza y que después podían peinar. No fue hasta el séptimo mes en que la vimos más decaída y cansada. Supimos por sus padres que la enfermedad había reaparecido. Ella se lo había ocultado a Esperanza para no preocuparla, la reconfortaba la sensación de libertad que le daba sentirse sana al menos en nuestra casa.

   Ambas decidieron que aquello iba a ser de nuevo temporal. No iban a permitir que la sombra de la duda las alejara de aquel deleite que había sido el tiempo pasado. Se entregarían a la lucha pero entre las batallas ignorarían al enemigo. Esta vez la opción era un trasplante de médula, había un donante compatible del banco de células madre de cordón y esta posibilidad abría un pronóstico más prometedor que el autotrasplante. No hubo dudas, a qué esperaban, ella estaba dispuesta.

   Debían primero administrar fármacos inmunosupresores que evitaran el rechazo.

   Que absurda es a veces la medicina, viola cualquier principio de la guerra. Producir primero una enfermedad mayor, eliminar todas las defensas para combatir al enemigo. El trasplante era como un caballo de Troya en cuyo interior estuvieran los aliados y desde dentro reconquistar el cuerpo. Pero primero debían eliminar a todos los guerreros, ni Pirro había perdido tanto en sus batallas. No obstante ellos eran los sabios, en sus manos y en su ciencia estaba la estrategia.

   Reconozco que aquello era demasiado para mi entendimiento y sobre todo no soportaba la presión de pensar que teníamos que iniciar de nuevo la lucha. La posibilidad de que a Esperanza pudiera recidivar también el tumor hacia que las lágrimas anegaran mis ojos por esas dos mujeres que eran ahora mi presente y quería tener en mi futuro. Las lágrimas siempre son egoístas. Lloramos por nosotros mismos. Aunque sean los demás quienes sufren, es nuestro dolor el que hace surgir el agua en la mirada. Incluso en la compasión vemos al otro como a nosotros mismos, tememos poder estar alguna vez en su lugar y ello nos conmueve.

Esperanza no lloraba, porque ella creía firmemente en la curación de Lucía. No hubiera permitido que yo dudara lo que era una evidencia, una certeza absoluta. Sin embargo yo hubiera pedido ocupar el lugar de Lucía y habría sentido menos temor. Mi naturaleza era débil, menos positiva. Me consolaban y me animaban ante la certidumbre del éxito y me convencieron de que aquella duda que yo podía albergar no tenía sentido.  

   Los primeros días fueron duros para todos. Sólo su madre iba a estar en la habitación aislada en que debía permanecer hasta que las defensas permitieran de nuevo las visitas. El teléfono nos permitía conocer como estaba. Al principio nos hablaba su madre, Lucía estaba demasiado cansada para mantener una conversación. No verla y no oírla era insoportable, como si fuéramos nosotros los enfermos.

   Cuando pudimos entrar en la habitación y vimos aquel cuerpo magullado, debilitado, hubiéramos caído en el desconsuelo si no hubiese sido por su sonrisa. En la blancura de su rostro, con aquellos pómulos ahora prominentes y los ojos claros hundidos en el pozo de las órbitas, emergía como un relámpago su sonrisa. Los dientes blancos, la boca abierta, sus palabras débiles pero llenas de fuerza nos permitieron ver una luz al final del túnel. La luz de la esperanza. Nos agarramos a su risa como ella se agarraba a la vida. Fue como una ilusión, un engaño de mago, un truco vulgar que la muerte empleaba para ser la protagonista. Los días posteriores, la sonrisa se fue apagando, los ojos abiertos al mar, se hundían en las cavernas de la órbita y se cerraron. No existía dolor, sólo un sueño, el sopor de la muerte que los médicos llamaron coma. Un estado donde la vida cede el testigo o quizá donde la muerte va abrazando a la vida y la deja descansar de su lucha. Aquel estado vegetativo que humaniza y deshumaniza a la vez al individuo. La percepción de que quien ocupaba el cuerpo ya no está y nos mira desde fuera. Lucía ya no brillaba en la habitación, su luz se había apagado y había dejado sólo una vela cuyo pábilo se ennegrecía por momentos. Una débil claridad emanaba de la blancura de su cuerpo, bajo las sábanas blancas, bajo el blanco de la muerte. Supimos que la habíamos perdido cuando se derramó por su boca un pequeño hilo de saliva que resbalaba por la comisura de sus labios hasta manchar la cara. Como si en su intento por emitir la última palabra, su boca hubiese llorado. En cambio a nosotros se nos secaron las lágrimas, la rabia las había destruido, en su lugar de nuestra boca salían espumarajos en forma de palabras de odio al mundo, a la medicina. La impotencia se convierte en violencia contra el aire. La serenidad es una utopía si no se comprende el significado de lo que ocurre. No somos seres racionales, somos seres emocionales. La emoción nos hace humanos, no la razón. La Razón sólo es la que luego viene a tratar de consolar, a tratar de recuperar la posición perdida. Explicar lo inexplicable es su fuerte, dar sentido a los sinsentidos, entender lo incomprensible, aceptar lo injusto, comprender lo absurdo. Nos permite seguir vivos ante el dolor.

   Los médicos nos dijeron que su hígado no había podido superar el esfuerzo. La inmunosupresión requería fármacos potentes que tenían efectos secundarios. El fallo hepático y luego el fallo multisistémico habían acabado con la vida. Palabras tan profundas, tan llenas de ciencia que no podíamos rebatir, pero que no nos daban consuelo. Sólo encontramos ese consuelo en las palabras que nos dejó Lucía. Había escrito en un cuaderno los días antes de entrar en coma una frase que llenaba casi la hoja. Con su letra marcada por los signos de la debilidad, con trazo irregular y letras grandes nos escribió: “Vivid por mí” .

   No era una imposición, no era una orden, no lo decía como un grito sino como un ruego. No renunciaba a la vida, sólo pedía vivirla a través nuestro. Que fuéramos quienes la mantuviéramos viva, ese era su legado.

   El duelo, ese espacio en el tiempo en que se necesita reencontrarse, buscar entre las cenizas los restos de la persona perdida y de nosotros mismos. Ese duelo fue doloroso, pero cuando encontramos la salida, cuando vimos la puerta abierta, nos precipitamos a ella para cumplir lo que se nos había pedido.

   No somos conscientes de que cada día debemos dar gracias por verlo. El mañana no nos espera. Si estamos o no estamos le es indiferente. Sólo el ahora es nuestro. La fragilidad del tiempo se descompone en un pasado que se aleja y un futuro incierto, sólo el presente tiene corporeidad. Aprendimos a vivir en ese momento permanentemente. Nos ayudaba ver en el hospital, vidas a las que de repente tenían que cambiar el paso. Personas que vivían su vida ajenas a su propia existencia. Su presente estaba tan ocupado que olvidaban su pasado y confiaban en el futuro esperanzados. Gente que vivía con la cotidianidad que arrastramos en la vida como una carga. De lunes a viernes con la ferocidad de llegar al fin de semana que se acaba fugaz, imponiéndose el objetivo de las vacaciones próximas. El trabajo, las reuniones, la necesidad de estar sin la obligación de ser.

   Y llega un día que perciben un bulto, notan un chasquido, un ruido extraño en su maquinaria, podrían ser imaginaciones, se dicen. Pero al llegar al médico les anuncian: esto es grave. Y se hunden. No por miedo. Es porque no les ha dado tiempo a vivir y piensan que aquello es el final. Un final que aún no estaba previsto que llegase. La desesperación por agotar los días les hace huir desorientados.

   Hay que acumular vida para que cuando la noticia llegue no nos pille desprevenidos. El cambio llega a veces sin aviso previo. No te piden que lo aceptes, es tuyo. No siempre existe un antes y un después de la noticia. Puede quedar sólo el antes y un recuerdo de lo que fuiste. La vida es como una montaña rusa con sus ascensos angustiosos y los descensos que encojen el alma, siempre esperamos que la vagoneta llegue a su destino en un territorio llano, que pare su velocidad de vértigo. El éxito de vivir consiste en disfrutar del viaje. Cada instante tiene el valor de ser único, irrepetible.

   Es cierto que no se puede vivir únicamente en ese estado de reafirmación existencial permanente. Es necesario trabajar, estudiar, realizar actos inútiles pero imprescindibles. Pero no se puede renunciar a que en cada día no exista un momento en que se perciba que se está vivo.

dum loquimur, fugerit invida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero. 
Horacio, Odas, I, 11, 7-8

Mientras hablamos, huye el envidioso tiempo. Aprovecha el día, y no confíes lo más mínimo en el mañana.

   Esperanza no tuvo nuevas recaídas, ni en su mente estaba que las hubiera. Había pasado un año de la muerte de Lucía y en ese aniversario no celebrado ocurrió un hecho inesperado.

  La quimioterapia había producido una amenorrea. La regla desapareció por efecto de la acción de los quimioterápicos sobre el ovario. Los fármacos atacaban a las células tumorales en crecimiento, pero no distinguían a las propias células en desarrollo. La población ovocitaria que es numerosa en las mujeres, más de medio millón de óvulos disponibles para la edad fértil, es atacada por la quimioterapia. Apenas quinientos de ellos serían necesarios para producir un óvulo cada mes durante cuarenta años. A Esperanza le habían ofrecido hacer una reserva de corteza ovárica para un trasplante posterior que conservara la fertilidad. Ella lo rechazó para no retrasar el tratamiento. Cuantas decisiones se nos exigen a veces en aspectos que nunca habíamos siquiera imaginado.

   Ahora, sin esperarlo, había empezado de nuevo a tener la regla. Y fue tan sorpresa como seguramente lo había sido la primera vez. Pero al contrario que entonces, en que la regla la percibió como una amenaza, algo inquietante. Ahora se convirtió en un acontecimiento celebrado. Yo tenía miedo de que significase que existía un trastorno y la obligué a acudir al ginecólogo.

- Está todo bien. Incluso en la ecografía se puede ver una reserva folicular suficiente - nos dijo el ginecólogo- Ha tenido suerte porque es usted joven- afirmó la ginecóloga-

- Eso quiere decir que no hay ningún problema. Que no hay riesgo de que el tumor no se haya destruido, igual que ha pasado con el ovario.

- No podemos asegurarle que no haya una recidiva del tumor, pero el hecho de tener la regla no significa que la medicación no haya hecho su efecto. Ahora bien lo que es importante es que deben ustedes tomar medidas para que no se quede embarazada. Es demasiado pronto para plantearse un embarazo en este momento.

¿Plantarse un embarazo? En que estaba pensando aquel médico. No se me había pasado ni por la imaginación. La posibilidad sólo de su pensarlo me producía escalofríos y más ahora sabiendo que podría perjudicar a Esperanza.

   Está claro que los hombres y las mujeres somos diferentes. No es un problema físico. Nos componemos de los mismos elementos y seguimos las mismas leyes naturales. Pero existe un proceso mental que sigue vías nerviosas distintas. Quizás sólo las neuronas tienen sexo, las sinapsis deben contener neurotransmisores diferentes o las conexiones se realizan según patrones femeninos o masculinos. Debe existir una explicación razonable para que al llegar a casa Esperanza me dijera: “Cierra los ojos, escucha, quiero decirte algo importante. Quiero que lo pienses y no me des una respuesta hasta haberlo meditado”.

   No sabía qué me iba a contar y ya me temblaban las piernas. El miedo se percibe, por eso me habló con dulzura, con una voz suave: “Quiero tener un hijo”.

   Esta vez la imagen de la Virgen de la Anunciación se reflejaba en mi rostro.

   ¿Se había vuelto loco el mundo? Ella había estado allí, había escuchado al médico y me pedía que hiciéramos justo lo contrario de lo que nos había aconsejado. ¿Era por rebeldía? ¿Quería demostrar algo? Yo no podía darle la razón porque tenía miedo a poder perderla. No me dejó hablar, me pudo un dedo en los labios y los selló. “Mañana me darás una respuesta”.

   No pude concentrarme el resto del día, no concilié el sueño en la noche y si dije que sí no fue por valentía. Fue por amor, por el amor inmenso que sentía por aquella mujer que no aceptaba imposiciones, que buscaba los imposibles. Dije que sí porque sabía que un no hubiera sido un portazo a nuestra relación y era lo único que no estaba dispuesto a perder. Dije que sí porque sabía que los motivos que la habían llevado a aquella decisión era también el amor. El amor a la vida.

    Vivimos aquel embarazo como una viaje, el viaje que nos llevaría a la felicidad. Sin miedos, sin la angustia de pensar en el tumor, sin diagnóstico prenatal, sin pretender hacer un niño perfecto. ¿Acaso nosotros no eramos también imperfectos? Teníamos errores genéticos que nos habían llevado al cáncer y sin embargo la enfermedad nos había abierto la puerta de la felicidad. Sólo pretendíamos hacer un hijo. Alguien que iba a vivir por nosotros. Y cuando en la ecografía de las 20º semanas nos dijeron que era una niña. Supimos que su nombre sería Lucía y que esa niña viviría también por ella. No sería ella. No pretendíamos sustituirla. No existe ningún duplicado de otro ser. No podemos ser los demás. Cada individuo es único y tiene su propio tiempo. Pero en nuestros hijos nos perpetuamos y nos reflejamos como en los espejos.

   Esperanza nunca perdió la fuerza, nunca el deseo de seguir adelante, de traspasar las metas. Ahora que somos ancianos y pasamos nuestras vidas saboreándolas, disfrutando de lo poco y de lo mucho, viendo crecer a Lucía. Viendo como se convertía en una mujer y estudiaba Medicina. Ahora que es médico oncohematóloga, ahora que nos dio el mayor de los regalos, una nieta a la que llamó Esperanza. Ahora podemos decir que valió la pena no perder el pulso de la vida, que no se puede renunciar al futuro sin batalla, que no se puede perder la esperanza por un tropiezo.

   Sólo le pido algo más a la vida. Que me permita dejar el mundo antes que ella, que pueda dejar mi lugar estando a su lado, porque así la despedida sera dulce y calma.

Antonio Machado . Al olmo viejo

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.


SOLEDAD

viernes, 27 de diciembre de 2013

Es larga la historia.
Tomadla con paciencia.


SOLEDAD


   A esa hora la ciudad estaba tranquila. Las calles vacías y los sonidos del silencio componían una sinfonía espectral. Era el momento que deseaba para asomarse a la ventana de su duodécima planta. Desde allí se apoderaba del inmenso espacio de apartamentos, calles y plazas punteados por las luces del alumbrado. De tanto en tanto se veían los ojos amarillos de los coches desplazándose a lo largo de la calle, sorteando las luces rojas, verdes o anaranjadas que colgaban en el aire ingrávidas.

   A veces se quedaba allí fascinada por el espectáculo de cine mudo donde apenas nada ocurría y cada pequeño objeto que adquiría movimiento se convertía en protagonista del escenario. Sumergida en sus pensamientos, pero a la vez con la mente en blanco, se dejaba llevar por aquel silencio, por la oscuridad rota, por las luces apagadas, por la vida oculta tras los muros infranqueables de las paredes. Los apartamentos de enfrente tenían sus cortinas corridas, pero en ocasiones se encendía la luz en su interior y se adivinaban figuras moverse como fantasmas. Sombras que atravesaban espacios cuadrados, desaparecían y volvían a entrar en escena dejando imaginar lo que había ocurrido en la habitación contigua. Uno o más personajes que se movían sin parecer conocerse, pasaban sin apenas rozarse y en ocasiones colisionaban para batallar o amarse.

   Todo sucedía lejos como si fuera un decorado ajeno a su propia vida, ocurría en otros lugares, en otros mundos que no eran el suyo porque en aquel momento que tanto amaba, su mundo estaba a salvo, allí de pie junto a la ventana. Desnuda o con el albornoz si había disfrutado de la lluvia de agua caliente que saboreaba cada mañana al levantarse. En las manos el café con leche humeante que sorbía como la vida a pequeñas dosis, calentando las manos y el espíritu. La noche incluso vista desde la ventana le producía escalofríos, subían desde los pies atravesando su espalda hasta la nuca y allí erizaban el vello. Aquello era sentirse viva. Sentir como el mundo provocaba en su cuerpo sensaciones, despertaba territorios, abría senderos en la mente apagada por el sueño y la devolvía al estado de consciencia que perdería luego en la vorágine de la vida cotidiana.

   Cada detalle de aquellas madrugadas, era lo que quedaba en el recuerdo que le permitía mantenerse a flote; eran los momentos que le daban impulso para el salto; que servían de amortiguador para los golpes, de refugio para el resto del día.

   Desde aquel palco presidia el teatro del mundo.

  Cuando descendía por el ascensor, ya amanecido, bajaba a escena y era sólo uno más de los títeres que poblaba la vida de otros. En la mayoría de los casos era un personaje secundario y en otros pocos el director de la obra. En muy pocas ocasiones se veía como actriz, como protagonista del acto. No sentía el calor del público cuando bajaba al escenario, sólo el frío de representar un papel ajeno. Incluso cuando el aplauso estallaba en mitad del espectáculo lo vivía como extraño a sí misma, impuesto, artificial.

   Cada mañana a las seis y cuarto sonaba el despertador, ponía en marcha el disco de música que la hacía retornar del seguro mundo de los sueños. Música suave, nunca las estridencias le habían gustado. Tonos delicados, armoniosos, de clásicos o modernos, pero siempre suaves melodías que le dieran el primer impulso para montarse en el carrusel de la vida. Se quedaba un rato en la cama, dejándose acariciar por la suavidad de las plumas encerradas en la funda nórdica, tapándose hasta el cuello y arrebujándose, tratando de huir del mundo que la esperaba. Deseaba seguir durmiendo, a pesar de que a esas horas ya estaba saciada de sueño. Tampoco era pereza, esa resistencia a incorporarse era un ritual más de disfrute de esa soledad que amaba. No se encontraba aislada en el mundo, pero sólo ella misma se hacía verdadera compañía. Su cuerpo necesitaba sus propias caricias, sus ritos solitarios. Su soliloquio interior le llenaba el depósito de gasolina, suficiente combustible para viajar después a los lugares comunes dónde se relacionaba con los demás. Existía ella y el resto del mundo, en ese orden y con una distancia tan grande entre ambos que requería un esfuerzo llegar hasta el otro lado del abismo.

   La música primero, las caricias del edredón, el café con leche, la ventana eran como la oración que cada mañana repetía, el mantra que movía los engranajes de la voluntad para superar los miedos.     Se vestía despacio alargando los tiempos, lo hacía siempre ante el espejo del armario en su habitación. Mirándose, acompañándose en aquel tránsito, admirando aquel cuerpo aún lleno de vida y a la vez huero de deseos. Se acariciaba un instante al ponerse las bragas y el sujetador como si fuera un amante saciado, elegía cuidadosamente las prendas que vestiría. Colores sobrios, pastel, prendas rectas, elegantes, con clase, sin estridencias (como sus músicas). Se miraba, comprobaba el efecto, le hablaba al espejo como si conversara con una amiga a la que pidiera consejo, prolongaba aquellos tiempos para tomar aire antes de la inmersión.

   A las siete y media salía por la puerta, no empezaba a trabajar hasta las nueve pero acostumbraba a ir a pie hasta la oficina con una parada en un café que hacía esquina entre la calle del paraíso y la calle del infierno, el bar se llamaba el purgatorio. Allí tomaba su desayuno de tostadas con mantequilla y mermelada y un café, observando el mundo desde la cristalera. 

   Era una voyeur profesional. Cada mañana la excusa del desayuno le permitía escrutar la vida de otros, desde primera línea, desde el palco proscenio del tablado en que nos movemos a diario. Su aire distraído, su actitud indiferente, su natural mimetismo la hacían transparente. Creía ocultarse envuelta en su capa de normalidad, pensaba que era invisible, que espiaba el mundo de incógnito desde aquella mesa del bar. Miraba como sin pretenderlo a la pareja que se sentaba enfrente, a la mujer que pasaba a buen paso por la acera, al viejo insomne que paseaba el perro desde hacía una hora y ya volvía a su casa. Entraba en la vida de todos ellos e imaginaba sus historias, las creaba como si fueran personajes de su propia vida. Les daba forma, los relacionaba, los movía por el escenario de su imaginación y los hacía sus compañeros mientras bebía el café.

   Aquellos dos jóvenes que veía a menudo siempre sentados en la mesa del fondo, donde la ventana se trasformaba en muro. Allí los veía casi a diario sonriéndose, diciéndose cosas al oído, murmurando palabras de amor que aunque no le llegaban, podría repetir casi con la certeza de no equivocarse. “ Cariño te esperaré en el parque cuando acabe la clase de inglés, tengo una sorpresa para ti – venga dime que es – imposible, no sería una sorpresa, pero se que te va a gustar- porfa – no insistas- venga... porfi” y se besaban suavemente en los labios y él la besaba en la mejilla, llegando hasta el lóbulo de su oreja, dejando allí una mezcla de beso y mordisco. Un escalofrío, un erizarse el vello, una sonrisa cómplice y un reproche en los labios y en la mirada de ella.   Aquellos estudiantes que gastaban su pequeño presupuesto en aquel desayuno y compartían no sólo el café con leche, si no la ilusión de lo que está por construir. Esos dos jóvenes que dejaban testimonio de su amor o su ternura o quizá del deseo aún no realizado de yacer en una cama, de arrancarse la ropa, de comerse a besos, de saciarse de placer. Y en preciso instante en que se besaban pasaba la mujer cargada de bolsas, captaba ese gesto, detenía apenas el paso y pensaba para sí donde quedaron sus besos.   Los que su marido le daba en el parque, el mismo parque donde se habían citado los amantes. Por un momento aparecía en su rostro la sonrisa del deseo, del recuerdo cálido de una boca sobre sus labios. Apretaba después de nuevo el paso pensando en que tenía que entregar aquellos paquetes y volver a casa para llevar a los niños al colegio. Ojalá su marido los tuviera ya vestidos y desayunados. Y el viejo con su perro que tironeaba de la cinta para poder oler el tronco de un árbol y depositar después su señal, volvía la cabeza justo en el momento en que veía sonreír a la mujer. Ya era madura pero que cintura, que garbo al andar, quien tuviera treinta años menos para decirla un requiebro, con educación pero con intención. Porque se veía claramente como esa mujer era de las que hacen feliz a un hombre, con sus caricias, con sus susurros. Ahora él se conformaba con las carantoñas y los ladridos de Linda, pero la vista no envejece y él sabía distinguir una buena hembra.

   Todo transcurría delante de ella, para que pudiera verlo con la claridad con que se pueden ver los sueños, en la intimidad de sus tostadas y su café. Dejando que los ojos pudieran llenarse de imágenes, pero permaneciendo al margen, en el anonimato de la soledad. Pagaba su desayuno y salía de nuevo a la calle para acabar su trayecto hasta la oficina. En este segundo tramo el paso era más lento, como si no hubiera repuesto energía sino que la hubiera perdido en algún esfuerzo titánico. Atravesaba el parque en que más tarde los amantes se verían, los árboles de siempre, testigos mudos de tantas historias. Caminaba por la acera observando a su alrededor, a veces se encontraba con alguna mirada furtiva de otro andante solitario de la vida. Había sido sólo una impresión o puede que aquella pareja de jóvenes estaban hablando de ella. Imposible. Ella era de cristal, su persona una entelequia, su figura un sueño. Su cuerpo era lo único que podía despertar alguna atención a su alrededor, quizá el viejo también la había visto mover su cintura y amagaba su piropo de hombre.

Retrasaba su llegada al trabajo, aunque nunca había llegado tarde. Era metódicamente puntual, se podría decir que siempre entraba en escena en el momento que le correspondía. Cuando atravesaba el vestíbulo de aquel edificio nuevo, de pulidas paredes de mármol, comenzaba su representación diaria. Se levantaba el telón de su espectáculo. El portero la saludaba.
-Buenos días señora directora
-Buenos días.

   Y atravesaba aquel espacio vacío, resonando sus pasos en el aire, hasta llegar al ascensor. Se abría la puerta metálica con el sonido del timbre y la luz que iluminaba el número cero. Aquella escena que repetía cada mañana no dejaba de producirle cierta angustia. Entrar en aquella caja vertical que ascendería hasta la última planta, le producía la sensación de haber penetrado en un ataúd que se elevara hasta el nicho que tenía asignado. La voz femenina que anunciaba la planta no mitigaba su angustia, con un tono monocorde y un acento extranjero, la hacía sentirse incomoda. Cerraba los ojos, respiraba una vez más y se cargaba de fuerza antes de que la voz grabada anunciara su planta y se abriesen las puertas dejándola en medio del verdadero escenario, donde debía interpretar su papel.

   El espacio al que accedía era su jurisdicción, su dominio. En él era la dueña absoluta, ostentaba el título de reina, de directora gerente. Todo aquel lugar que se llenaba de mesas y estantes, de hombres y mujeres, de ordenadores, fotocopiadoras, faxes, todo estaba bajo su égida. Aquel territorio compuesto por tabiques incompletos que delimitaban cubículos abiertos, formaba un largo pasillo que llevaba directamente a su despacho. El recinto último, el sancta sanctorum donde el sumo sacerdote impartía los preceptos de la fe. Allí se decidía qué sería publicado en el semanario, qué temas de la actualidad eran noticia y cuales pasarían al anonimato, al silencio del olvido. Ella recorría el pasillo con una amplia sonrisa, repartiendo saludos, respondiendo a los buenos deseos para el día. No es que le molestara su presencia, pero su único deseo era atravesar aquel lugar y resguardarse tras su muralla. En su despacho, cerrado al espacio interior de la planta, se abría un ventanal hacia el mundo. Un nuevo cristal por el que poder ver la vida, a salvo de lo externo, en la intimidad de su única compañía. Allí se sentía como en una isla. No una isla pequeña de naufrago en la que sentarse a esperar señales del cielo o del agua. Su isla era grande y salvaje, en medio de un inmenso océano en el que perder la mirada. Con unos acantilados desde donde escuchar el bramido del mar rompiendo contra la roca, se imaginaba paseando desde lo alto cerca del precipicio, sintiendo el viento sobre la cara, invitando a dejarse llevar hacia el vacío. Esa era para ella la percepción de estar viva, la sensación de estar sola, abandonada en la naturaleza, defendiéndose de la vida y aferrándose a la vez a ella.

   En su despacho, la mesa estaba de espaldas a la ventana. Cuando trabajaba necesitaba ausentarse del mundo real e introducirse en otra ventana al mundo inmaterial que aparecía en la pantalla de su ordenador. Donde se sumergía y buceaba, donde convertía las noticias en historias. Desde donde la realidad toma forma en escritos y fotografías, en pruebas de vida. Nada existía si no era noticia, al menos nada importante para el mundo. Ella pensaba que sólo aquello que era protagonista de la actualidad era una realidad palpable. Sólo lo que se podía ver impreso en los rotativos, lo que era filmado en los documentales o grabado en los estudios era real. Esa realidad era regurgitada después de ser digerida y remodelada por la maquinaria de la prensa para ser entendida y asimilada. Ella formaba parte de ese proceso trasformador, parte del engranaje, del inframundo necesario para dar cuerpo a la realidad. Los protagonistas eran siempre otros. Vivían en un mundo ajeno al suyo.

   El ordenador era la ventana al mundo sustancial, al presente verdadero. El gran ventanal de cristal un mirador en el que perderse y crear una ilusión, una fantasía, un ensueño. Era la ventana de un futuro incierto e irreal. Pero en aquel despacho de directora gerente existía una tercera pequeña ventana en la que podía asomarse, y pese a su reducido tamaño era donde con más facilidad acababa perdiéndose. La ventana del pasado.

    La fotografía de Carlos enmarcada en plata, labrada con motivos florales, rompía la estética funcional y minimalista de aquel recinto. Se veían dos jóvenes abrazados, sonriendo y mirando a la cámara, esperando el disparo del flash, desafiando el tiempo, ajenos a todo lo que estaba fuera de ellos. Podía recordar perfectamente los detalles de aquella imagen. Su viaje a Praga en pleno invierno, decidido en el último minuto con la excusa increíble de tomar las fotografías y cubrir la noticia de la Revolución de Terciopelo y una entrevista con el mismo Václav Havel. En su viaje no se plantearon ni por un momento la dificultad de acceder al escritor ya convertido en líder de aquel Foro Cívico.

   Nada más llegar se vieron inmersos en el movimiento reformador de un sistema caduco, fracasado. Un elefante que se movía ya a trompicones, y se sintieron partícipes del momento. Aquella era la realidad, el presente que ocupaba las portadas de los diarios, los titulares. Y lo mejor es que compartían ese protagonismo con su amor, su inagotable amor, su indestructible amor. En el frío de las calles, pisando la nieve, sentían el calor de sus cuerpos jóvenes capaces de derretir el acero del muro que dividía Europa. Su ideología intacta, beligerante. El heroísmo de los ilusos, la fuerza de los que creen en la razón, el sueño de los que ven un futuro nuevo. Todo les indicaba que aquel viaje sería el punto sin retorno de un cambio que afectaría también a sus vidas. Les daría el impulso para meterse de lleno en el mundo del periodismo en que andaban bregando como becarios, como periodistas de ocasión y como freelancer de escaso éxito. Vivieron en la segunda Primavera de Praga como su propia primavera. Carlos disparaba carretes de instantáneas en blanco y negro que llenaron después los cajones, pero que en aquel momento parecían estar destinadas a ser como el disparo que acabaría con la tristeza de una sociedad con deseos de abrirse. Aquellas fotografía que revelaban juntos y miraban en la cama después de amarse. Fotografías que pasaron a ser imágenes de su propia vida, porque en aquel cuarto de pensión que alquilaron cerca de la plaza Wenceslao tomaban cuerpo, se hacían reales. El frío de la habitación, no congelaba sus ansias, no era suficiente para mantenerlos vestidos. Entraban en su habitación tras haber asistido a una asamblea o una manifestación, tan entregados a la lucha que iniciaban un combate que siempre finalizaba en tregua o en victoria y cuyos únicos vencidos eran los cuerpos yacientes, agotados. Fueron tiempos de pasión y fueron tiempos de acción.  Cada mañana se encontraban con otros periodistas, con corresponsales de medios de comunicación de todas partes del mundo que como ellos se habían congregado en aquel país para dar testimonio de la verdad. Buscaban contactos en los círculos literarios, en los cafés, en las redacciones, para encontrar la ocasión que les brindase la noticia, la exclusiva. Durante el mes mas intenso, durante el más cálido invierno que recordaban, habían trabajado incansablemente sin asomo de agotamiento. Soledad escribía artículos, entrevistas callejeras con los protagonistas del movimiento. Carlos fotografiaba aquella realidad única y veía a través de su objetivo un mundo esperanzador. Enviaban las crónicas y fotografías al periódico con la misma pasión que los intelectuales escribían las cartas y los discursos. Algunas veces veían parte de su reportaje publicado y eso les daba renovada fuerza, una inagotable energía para seguir en la búsqueda de la noticia definitiva. En aquel tiempo también creían que sólo lo que aparecía en las primeras páginas podía decirse que era real. Lo que las cámaras mostraban era lo auténtico. Nada de lo que ocurría fuera de la noticia tenía interés, no era relevante. Ellos se sentían en el vórtice del mundo, ahí donde todo cobraba vida. Praga estaba cubierta de nieve, pero el frío no helaba las sangres, hervían los estudiantes, cantaban y gritaban en aquellas calles blancas. Podía olerse el perfume de la revolución, un olor acre y dulzón que impregnaba todo, incluso las palabras. Vivieron en el huracán de la emoción y las Navidades en aquel lugar fueron el tiempo más fructífero de sus existencias.

   A veces en la vida buscamos el sentido de nuestra existencia en las calles que atravesamos, en las avenidas y las plazas; y nos sale al encuentro cuando estamos doblando la esquina de un callejón al que no habíamos prestado atención. A veces lo que habíamos anhelado, el sueño que siempre perseguimos, nos es ofrecido casi sin merecerlo, sin disputarlo. Porque la vida no lleva la cuenta del esfuerzo, no esta pendiente de cada uno de nosotros, transcurre a su ritmo y sin detenerse. A su paso va dejando pedazos y algunos encajan en nosotros como la pieza que nos faltaba, como si fuéramos un puzzle incompleto.

   En aquella cervecería donde la cerveza negra hizo que las lenguas y las almas se unieran. Aquel tipo que llevaba su cámara, como tantos otros, cambió sus destinos de repente. La fotografía lo aproximó a Carlos, ambos se mostraron las instantáneas tomadas como reliquias, como trofeos y en aquel cambalache de emociones regadas por la espuma de la cerveza, endulzada por su sabor a regaliz, se fueron haciendo uno. En aquel duo cabía perfectamente Soledad. Tres en uno, la divina trinidad que conjuraba todos los dioses y los convertía en la unidad. Igual que ocurría en la calle, una multitud que se resumía en una idea, mil corazones que latían a un mismo ritmo, millones de individuos convertidos en un sólo hombre, en una mujer; con el deseo profundo de cambiar la maquinaria estropeada, monstruosa y pestilente que era aquel régimen caduco.

   Petr no era periodista, era un filósofo o quizá intelectual o sólo un hombre, un político comprometido, disidente, traidor, le habían llamado de tantas maneras que ni él mismo sabía que era. Un idealista que desde dentro había conocido la perversión del sistema y quería cambiarlo. Amigo personal del líder y que les franqueo el paso hasta la misma médula de la revolución. Les invitó a ser espectadores de primera fila de aquellos hechos históricos. Le prometió a Soledad una entrevista con Václav y a Carlos fotografiar el momento desde la mejor perspectiva. Aquel final de año, el 31 de diciembre de 1989 iba a ser el comienzo de una nueva época, se abrían caminos nuevos y fascinantes.

   Tomaron las uvas en su cuarto sintonizando radio nacional que retransmitía las campanadas. No pudieron dormir, se amaron como si el día siguiente fuera el fin del mundo. Quedaron embriagados, adormecidos bajo los efectos de la emoción y el alcohol.

El uno de enero, estaban allí formando parte de la historia, en medio de todo aquella multitud, en el epicentro del mundo. No había un día de Año Nuevo en otro lugar que tuviera el significado de aquel. Y ellos como destacados corresponsales se encontraban en el lugar asignado a los elegidos para trasmitir el mensaje revolucionario de un visionario, de un hombre harto de oscuridad. Un líder ahíto de una Creación al servicio del hombre y no del estado, convencido de la necesidad de recuperar los valores de la Humanidad, nuestra relación con la Eternidad y el Infinito. Una revolución en la esfera del espíritu humano, universal, regeneradora. Oyendo como Václav Havel pronunciaba quizá su mas importante discurso tuvieron la sensación de que ellos tenían también un lugar en el conjunto de hombres y mujeres, de jóvenes, de niños que se agolpaban en la plaza del Castillo, frente a aquellas verjas de hierro fundido. Se sintieron integrados en aquel Universo, como individuos pero a la vez como parte de un todo. Una pieza de la máquina humana que ahora se encargaría de romper las viejas y corruptas instituciones para hacer surgir un proyecto renovador.

“Vivimos en un entorno moral contaminado. Nuestra moral enfermó porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos sólo por nosotros mismos.

Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan sólo singularidades psicológicas. Nos parecían recuerdos extraviados de una época ancestral, algo ridículos en la era de las computadoras y las naves espaciales.

Sólo unos pocos fuimos capaces de alzar nuestras voces para gritar que los poderes nunca deberían haber sido todopoderosos; que las granjas especiales, que producen alimentos ecológicamente puros y de la mejor calidad sólo para esos poderes, deberían haber enviado sus productos a escuelas, hogares infantiles y hospitales, ya que nuestra agricultura era incapaz de ofrecérselos a todo el mundo.
.......
No nos equivoquemos: el mejor gobierno del mundo, el mejor Parlamento y el mejor presidente no pueden lograr mucho por sí solos. Sería igual de erróneo esperar un remedio general que tan solamente procediera de ellos. La libertad y la democracia implican la participación y, por tanto, la responsabilidad de todos nosotros. Si somos conscientes de esto, todos los horrores que heredó la nueva democracia checoslovaca dejarán de parecernos tan terribles.”

   Luego vino su entrevista con Vlácav Havel en quien el mundo tenía fija su mirada. Se vio frente a un semidios que fascinaba con sus palabras, que embriagaba con sus ideas. El presidente era ahora, merced a la casualidad, a Carlos, a Petr, a la paradoja del destino, su medio para ser escuchada por todos. Su exclusiva la proyectó por encima de sus propios sueños. Inicio un viaje cuyas consecuencias no podía prever. Soledad se convirtió en una periodista de nivel. Carlos consiguió vender también sus fotografías.

   Pero en marzo cuando la primavera daba su comienzo, la noticia de la nueva Primavera de Praga ya no ocupaba las portadas. El sueño de una realidad dormida para la prensa, aunque en la calle siguiera tan viva como lo estuvo en enero, hizo a Soledad innecesaria en aquel lugar. Le habían ofrecido un puesto en un prestigioso periódico español.

   Carlos tenía que quedarse, aún veía muchas imágenes que retratar    de aquella realidad, que pese al silencio de la prensa internacional, palpitaba con furia. No era una separación, sólo era una pausa en el tiempo. Nada podría robarles ese amor desbocado que se tenían y que en Praga se había convertido en roca.
   La niebla que ya sólo en las mañanas inundaba la ciudad, vino esa tarde a despedirlos en el aeropuerto. Una niebla oscura, mojada, fría como un mal presagio. Una niebla que dejaba tras de sí el silencio porque lo absorbía todo. Un manto de llanto gris que les encogía el alma. Se encontraron por primera vez solos, abandonados en aquel lugar ajeno. Se descubrieron mirándose y una sombra de duda atravesó el espacio. No supieron si era un rayo de luz o un parpadeo, pero se les erizó el vello y sintieron el escalofrío del miedo. Aquella tarde sufrieron la primera puñalada del desamor sin poder darse cuenta de ello.

   En aquel aeropuerto de pasillos sucios, papeleras llenas y oscuras manchas en las paredes y hasta en los cristales, pasó el fantasma de la desolación. Soledad llevaba un traje pantalón con un abrigo hasta las rodillas, de corte clásico. Él siempre informal, con su vaquero, camiseta, cazadora militar y su palestina al cuello. Parecían tan diferentes que no costaba pensar que la vida les llevaba por caminos paralelos, que sólo convergían en los cruces. Sin embargo su beso de despedida, interminable, agónico, contradecía aquella apreciación. No deseaban separarse, temían que ese amor sagrado que compartían pudiera desvanecerse cuando sus labios se alejaran. Su abrazo era un grito de rabia frente al destino que les impedía seguir unidos. Permanecieron pegados sin hablarse, sintiendo el calor, el aliento de ambos sobre el rostro, un tiempo indefinido que se prolongaría en sus mentes hasta el último de sus días.

   Hay momentos en la vida donde el tiempo se detiene, tomamos una imagen, una fotografía del instante y la añadimos al álbum de recuerdos imborrables que nos acompañan siempre. Esos olores, esas sensaciones, esas imágenes son el equipaje con el que llegamos hasta las puertas de la muerte. Son las verdaderas riquezas que acumulamos a lo largo de la vida. Estas instantáneas que algún día parecieron intrascendentes, como puntos de luz en un día claro, se hacen imprescindibles. Es el azar, el capricho de un dios perverso o una conexión eléctrica neuronal reverberante lo que las hace imperecederas, lo que las consagra a la eternidad. La inmaterialidad de lo eterno, aquello que nos es insustituible, lo que para cada cual es la esencia misma de la vida, es sin embargo insignificante en el cosmos. Somos tan pequeños, tan poco relevantes en el Todo, que nos debería bastar vivir para sentirnos satisfechos. Sin pretender dejar huella de nuestro paso. Pero qué sentido tendría el Universo si cada una de sus criaturas no fuera única, un universo en sí misma. El tiempo que vivimos es para cada uno el único tiempo, nuestro mundo es el único mundo real y por ello no podemos dejar de vernos como dioses o quizá verdaderamente lo somos. Todo gira en torno a nosotros porque ese momento nos pertenece.

   Ninguno de los dos podía renunciar a la oportunidad que la vida les brindaba, pero maldecían que fuera necesario alejarse, caminar en direcciones opuestas.

-Piensa en mí
-A cada momento, mi amor.
-De verdad no crees que debería quedarme.
-En absoluto, tu sitio está allí, tienes que ir y demostrarles cuanto vales, yo iré en cuanto pueda.
-Por favor no tardes, te necesito. Somos un equipo, somos los ojos y la palabra.
-Tu eres la voz y yo sólo tus ojos. Quieren escuchar lo que tienes que contar.
-Pero lo que yo cuento no tiene sentido sin tus imágenes. Van juntas, ensambladas son la verdad, por separado sólo una opinión.
-Cuando llegue tu estarás ya situada y podrás ayudarme a hacerme un lugar. Te necesito allí, no puedo irme ahora, hay demasiadas fotografías que aún no he tomado.

   Las palabras fluyen como el agua de un torrente cuando existe el amor. El desamor, el olvido, levanta un muro de silencio. No se encuentran las sílabas que deben ser pronunciadas, se pierde el impulso para decirlas. Por eso ni un momento dejaron de hablarse mientras Soledad se alejaba y entraba en el control policial.    Cuando atravesó la puerta que daba acceso a las salas de embarque se desmoronó como un castillo de naipes. Cayeron de sus ojos las lagrimas de la soledad. Allí acudió el desconsuelo a hacerle compañía. Habían emprendido aquella aventura juntos, la habían vivido como una luna de miel inolvidable. Ahora sin embargo debían separarse porque el sueño que perseguían parecía indicar que aquel era el camino. Pero acaso el sueño podía obrar contra natura y romper aquella unión que era la esencia misma del proyecto. En cualquier caso había dejado que Carlos la convenciera de la necesidad de responder a la propuesta de trabajo más que generosa y en la que de momento sólo cabía ella. Carlos tenía razón, ella sería el agua que abriría el camino de ambos. Su trabajo consistía en crear un espacio suficiente para los dos y en aquel espacio construir luego la habitación común en la que serían de nuevo felices.

   Nada es lo que parece, o no sabemos verlo. Quizás miramos y nos engañamos porque nos interesa, puede que la vida se disfrace a veces de hada cuando no es más que la bruja mala. La verdad está oculta y vive en los subterráneos de la mente pero no siempre encontramos las antorchas que iluminen los pasadizos y las oscuras celdas. El trabajo, la cotidianidad, la mecánica existencia adormece los sentidos y permite el paso monótono de la vida. Sólo las piedras del camino son a veces capaces de despertarnos. El dolor de la caída es un estímulo mayor que el goce del beso, que si acaso, anestesia los reflejos. En aquel nuevo trabajo no tenía tiempo para mirar atrás porque había un futuro prometedor. Había surgido una oportunidad imposible de rechazar. Ella escribía y pensaba en esa realidad que se cruzaba por delante, describiéndola, llenándola de adjetivos, de frases brillantes que la hacían más creíble y real. El periodismo es como la novela de la vida cotidiana, consiste en contar aquello que ocurre, recreando los detalles, dándole a los personajes un papel que interese, que atraiga al lector y lo someta a la acción. La noticia debe ser un obra literaria de consumo rápido, porque se diluye rápidamente en el tiempo. Su presencia es casi siempre efímera, pasa con rapidez su frescura, por ello debe ofrecerse ya digerida para que al público no le empache. Así cada día necesitaba reinventarse construyendo verdades vendibles. Soledad miraba el mundo con ojos rapaces, atrapando todo lo que ocurría. Enfrascada en la misión de ser testigo, no podía abstraerse de su propio mundo.

Se perdía en el tiempo y se alejaba de sí misma. Praga quedaba cada vez más lejos y con ella Carlos, que se había convertido en una voz al otro lado del teléfono. Al principio no podían cortar la conferencia, era demasiado doloroso dejar de oír el sonido del amor, las palabras de la esperanza.

-Cuando vienes mi amor
-Yo quisiera estar ahí a tu lado acariciando tu cuerpo, pero debo acabar mi trabajo
-Necesito tenerte pronto o me moriré
-Aguanta un poco y estaremos de nuevo juntos.
Pero con las semanas, con los meses las palabras se convertían en dardos, en reproches.
-No me quieres, sino volverías
-Porqué dices eso, acaso tu podrías renunciar a tus crónicas, esas que leo ahora desde el otro lado de Europa
-Estoy intentando buscar un lugar para ti, aquí podríamos estar juntos y vivir de momento con mi sueldo. La separación hace más daño del que podía imaginar.
-Yo siento ese mismo dolor, pero espero que dure ya poco.
-No sé si podré resistirlo.

   El tiempo que trascurre parsimonioso o veloz, cansado o apresurado, fue abriendo el espacio que los separaba y casi sin darse cuenta se encontraron en las orillas distantes de dos océanos, en dos precipicios enfrentados, separados por un abismo. Se gritaban sin oírse, sólo sus propias palabras eran devueltas por el eco. Cada semana afrontaban el castigo de hablarse, casi como el fastidio de un rito que cumplir y que a ninguno de los dos les era ahora propicio. No porque pensaran que no se amaban, sino porque las palabras ya no eran capaces de establecer la conexión, el nexo que otrora apenas con un murmullo obtenían. Quizás una mirada, un abrazo podría devolver la llama a aquel fuego que se apagaba, pero las voces en el teléfono no daban ningún consuelo y les sumían en la confusa sensación de no poder saber que sentían. La desesperanza de no poder apartar el miedo que intuían de que aquellos seis meses hubieran hecho mella en el amor incorruptible que tuvieron, teñía los días de septiembre de un gris más profundo que el del otoño. De pronto como una tormenta que descargara su fuerza en un aguacero, se hallaron en el definitivo momento de la verdad.

-Cariño, voy a volver la semana que viene, el miércoles a las siete 
   Un silencio de sorpresa, la conmoción de lo esperado y lo temido, la fuerza de la duda que apaga la voz.
-¿No te alegras?
-Claro, es que no me habías dicho nada y me he quedado muda. Te esperaré en el aeropuerto y te prepare un cena. Tengo una reunión pero ya la cancelaré.
-Si tienes que ir puedo acudir directamente a tu casa y allí nos vemos.
-Vale, pero lo de la cena sigue en pie.

   Llegar a un aeropuerto, a una estación y no encontrar a nadie, mientras ves abrazarse a los demás, es una amarga sensación si llega después de un tiempo de ausencia. Carlos sintió el frío del otoño como si la estación hubiera ya cambiado al invierno. Pero era un hombre fuerte que no dejaría que aquel aire húmedo enfriase su reencuentro. Cuando pensaba en buscar un taxi para ir a casa la vio, Soledad había llegado corriendo, viendo que el tiempo la traicionaba y no podría encontrar a Carlos. Allí de pie, separados por la gente, pero juntos, dejaron de percibir nada a su alrededor que no fuera al otro. Se miraban, perdiéndose momentáneamente cuando se cruzaban los viajeros, como si fuera un parpadeo, y se disiparon todas las dudas. Él estaba allí, de nuevo su mitad le era devuelta por el destino. Caminaban ya con los brazos abiertos, sin importarles el mundo, por un momento se creyeron solos. No necesitaban más. Se abrazaron como lo habían hecho en Praga al despedirse, sin poder separarse, ahora sin hablar. Había demasiadas cosas que decirse y no cabían en una frase, si acaso en una mirada, puede que en aquel beso. Ella lo llevó directamente al apartamento, tenía preparada la cena, pero antes sus cuerpos tenían cientos de caricias que darse, besos que habían guardado en el cajón de la esperanza. Después ya llegarían las palabras a rescatarlos de un silencio que ahora era necesario. La cena, el vino, la charla, el verse allí de nuevo juntos los hacía verse como aquel equipo ganador que fueron al llegar a Praga.

   Soledad había conseguido que en la redacción accedieran a ver las fotografía que traía Carlos y a valorar la posibilidad de escribir un artículo retrospectivo sobre aquello que sucedía en otro lugar y que por un momento parecía olvidado por el restos del mundo. Después de aquello, Carlos peregrinó por los templos de la información, buscando su lugar, ofreciendo sus ojos, su mirada detrás del objetivo. No es el rechazo lo que duele. A veces un golpe que te derriba hace que te levantes más fuerte, desafiante, pero la indiferencia carcome las entrañas y te destruye. - Ahora no tenemos nada para ti, pero quizás más adelante. - Ese tema no es ahora noticia, quizás si nos trajeras otro tipo de trabajo. - De momento tenemos bastantes fotógrafos en nómina, pero déjanos tus referencias y no dudes en enviarnos tus fotos, si nos interesara algo te llamamos.

   No es fácil vivir sólo en el amor. Vivir al lado del éxito, a su sombra duele tanto como sentirse despreciado. Es posible que sea incluso peor, porque el desprecio no viene ya de los demás si no de uno mismo. Carlos se veía cada vez más como una carga. Al lado de Soledad que ya contaba como un activo fijo, reconocido, imprescindible para su redacción, que gozaba del prestigio en el oficio, estaba él, un don nadie.

   Como convencer a alguien que se ve hundido en el lodo que debe caminar firme, que existe un camino más allá.

   Empezó retratando hombres solos, aquellos que transitan por la vida como muertos vivientes, los que pueblan los bares de los barrios periféricos, los desheredados del nuevo siglo a punto de comenzar. En sus rostros, en sus arrugas, en las barbas por afeitar y las cicatrices encontraba algo parecido a un bálsamo para su vacío. Empezó a beber con ellos para conocerlos, poco a poco dejó de verlos como personajes singulares y le parecían más sus iguales. Soledad se empeñaba en que dejase aquel mundo, que buscase otros objetivos, porque aquellos hombres iban apoderándose de su propio yo, transformándolo en un extraño. Fue quedando atrapado en las redes de la soledad, la del hombre que no ve remedio a su situación, la soledad del vencido que rumia su derrota consigo mismo, porque a nadie le interesa. El alcohol le permitía encontrar en aquellos desechos de la vida aliados, le devolvía la dignidad del caído y le infundía el valor de insultar al mundo que lo había traicionado. Se fue perdiendo en el engaño de la compasión que siempre se vuelve en contra, convertida en humillación. Cayó en aquello que llamamos depresión y que en realidad es la abdicación ante la vida, el sometimiento a un fin irremediable, la renuncia a seguir luchando, a plantarle cara al destino.

   Soledad no se dio cuenta de ese descenso a los infiernos, porque estaba demasiado ocupada trabajando, buscando también una salida para él, que cada vez era más difícil porque Carlos se había trasmutado en otro. Su cámara ya no buscaba retratar la realidad, describía el mundo oscuro en el que caminaba. Soledad se preocupaba por él, le animaba, le protegía. Pero sólo podía protegerlo de los demás, no podía hacerlo de sí mismo.

-Venga cariño algo saldrá, me han prometido que verán tus fotos.
-Nada me importa, ni mis fotos, ni siquiera tú.
-Tienes que poner de tu parte para salir adelante, tienes que dejarte ayudar.

   Nadie sabe como llegará el día de su muerte, no se escuchan las trompetas del juicio final, no se percibe un olor especial en el aire. La parca que nos corta el hilo de la vida, que nos arrebata nuestro mayor bien, es a veces liberadora. O eso piensan los suicidas, los que cogen de la mano a la vieja hilandera y manejan su cuchillo. Pero la muerte siempre guarda su sarcasmo, su ironía mordaz para firmar aquel acto de renuncia como propio. Así lo vio Soledad cuando en su apartamento encontró a Carlos colgado de la correa de su propia cámara. Aquella bandolera de la que hasta entonces pendía su máquina, su compañera, se había convertido por una sangrienta burla del destino en el arma. Y la cámara sobre el aparador dispuesta con el disparador automático había tomado la última fotografía, convirtiéndose en testigo. Aquella escena macabra era el testamento, el legado que ella heredaba. No había cartas de despedida, no había súplicas de perdón, ni siquiera palabras de reproche. El silencio. El mudo testimonio de una fotografía, que parecía una acusación directa.

   Nunca hubiera permitido que aquella escena degradante saliera a la luz, pero no se sabe muy bien cómo, llegó a la prensa. Carlos que llevaba un año sin poder publicar ninguna de sus fotografías era el autor de la imagen más publicada. Se convirtió en autor, en artista. Las fotografías que había enviado a los periódicos y habían sido olvidadas, eran ahora obras póstumas de un incomprendido genio. Su último acto le convirtió en un autor de culto. Las imágenes en blanco y negro de Praga eran iconos de la libertad, gritos de rabia contenida que nadie había escuchado. El mundo lamentaba ahora su sordera, el haber ignorado a ese hombre magnífico que vivía bajo la piel de un perdedor. El mundo redimía con ello su muerte y rendía culto a su memoria.

   Y Soledad para poder seguir adelante, tuvo que llenar el tiempo de actos mecánicos, de gestos vacíos que la mantuvieran en pie.

   Cuando se pierde la ilusión por la vida, cuando ya nada importa, necesitamos seguir aparentando estar vivos. Reproduciendo los actos de los demás, con la inercia que proporciona lo cotidiano, repitiendo los mismos gestos. En este ritual de la vida, de la ficción de la vida, encontramos el consuelo a la tristeza existencial, hacemos tiempo hasta que vuelva la primavera. Cada día debía levantarse, tomar su desayuno, ir al trabajo, dar los buenos días, sonreír, hacer como que se interesaba por los artículos de los demás, aceptar los pésames con fingida tristeza. Porque ya no se sentía triste, no estaba deprimida, no le dolía la muerte o el abandono. Se sentía únicamente sola. Era la soledad lo que anegaba su alma.

   Esa soledad que había perseguido a todas las generaciones de mujeres de su familia, a las tres Soledades. Su abuela Sole que había perdido a su hombre cuando aún apenas había disfrutado de su compañía. La guerra se lo llevó pronto, poco después de su boda. Lo llevaron a Marruecos para salvar a la patria, defenderla, honrarla. dejándole como único recuerdo el vientre que creció y le dio a su hija Soledad. La llamó así, no porque tuviera el nombre de su madre si no porque con ella vino la soledad de quien tiene que plantarle cara a la vida, sin pistola, sin coraza, sin escapatoria. Ella si había sido una combatiente, una miliciana. Su abuela que recordaba lo efímero del amor, que casi no le dio tiempo a conocer. Se había casado enamorada, o eso creía, aunque no podía estar segura. No le hubiera importado descubrir que había sido sólo necesidad y un cierto grado de atracción, si al menos la vida le hubiera dado la oportunidad. Su desapego por esa vida que la había traicionado, no era por haber tenido que luchar sola en un tiempo difícil para sacar adelante a una hija siendo la viuda de un soldado caído en acto de guerra. La abuela Sole se sentía abandonada. Su soledad venía de la ausencia, de la rabia de haberle arrebatado su tiempo por un juego absurdo de hombres. Era la soledad del desposeído, del que contra su voluntad es expulsado del mundo, sin haberlo merecido. Un castigo sin crimen, una penitencia sin pecado. Esa es una soledad rancia, que sabe a sal y huele a orina en un callejón. Es la soledad de los pobres, la que tienen los desahuciados, la que sufren los enfermos, los nacidos en los barrios miserables, los hijos de padres alcoholizados, de madres ausentes. Una soledad en gris azulado.

   Su madre Soledad, decidió vivir todo aquello de lo que había carecido la abuela. Se casó enamorada, tampoco llego a saber si era necesidad, pero acabaron necesitándose como la sed al agua. El marido y su única hija, a la que puso el nombre en recuerdo de su madre, fueron los ejes, los objetivos. Su vida la dedicó al cuidado de ambos, como si hubiera sido un mandato divino que debía ser cumplido. Pero no lo hizo con pena, no era una renuncia a sí misma. Ella sólo podía reconocerse en su familia, en sus dos referentes y no podría haberlo hecho de otra manera. A su hija pronto tuvo que dejarla volar, porque no era como ellas, era una mujer libre cuyo vuelo era irrefrenable. Y a pesar de la renuncia a su cuidado cuando se fue a estudiar periodismo, entendió que nada podría separarlas, que el vínculo ya se había creado, además le quedaba su marido. Antonio que siempre se conformaba con todo, que era un hombre feliz al que la vida le había regalado lo que podía esperar de ella. Trabajaba en la compañía eléctrica y a la vuelta del trabajo su familia lo era todo. La hija había sido su debilidad, cualquier momento que podía lo pasaba con ella, como decía su mujer acabaría desgastándola de tanto tocarla y besarla. Fue feliz hasta su muerte, porque murió en la inocencia del enajenado. Aquel extraño que fue penetrando en su cabeza y que fue creando lagunas en su cerebro. Primero olvidos triviales, luego algunas acciones inexplicables que parecían fruto del despiste.
-Tienes la cabeza no se donde.

   Le decía Soledad sin reproche, mientras arreglaba aquello que había roto o corregía el equívoco. Hasta que el huésped que habitaba en su cabeza fue más poderoso que el amor, más fuerte que la voluntad. Hasta que dejó de ser él y se convirtió en nadie, porque el extraño que lo habitaba destruía, no creaba una identidad. Su mujer y su hija cuando empezaron a comprender que esos cambios no eran por descuidos sino que algo se había estropeado en su mente lo llevaron a los mejores médicos. El diagnóstico siempre fue el mismo, Alzheimer, la tan temida enfermedad que llevaba inexorablemente al silencio, a la ausencia. No sabían combatirla, pero Soledad pensó que el mejor remedio era el amor y de ese elixir ella estaba llena. Antonio fue entrando en una postrera infancia, poco a poco lo convirtió en un muñeco roto que había que vestir, lavar, dar la comida y acompañar para los paseos con cada vez menos percepción de lo que le envolvía. A Soledad le llamaba mama y a su hija, el ser más metido en el alma de aquel hombre, la miraba mientras buscaba en sus recuerdos un nombre, a sabiendas de que aquellos ojos los había visto antes. Nunca lo encontraba, se quedaba mirando con aire bobalicón, ensimismado, y ese gesto hacía brotar a Soledad las lágrimas del dolor, de la pérdida. Su madre sin embargo le hablaba con tanta normalidad que parecía que olvidaba que no la entendía, que las palabras volaban por el aire como pavesas y caían convertidas en ceniza. Nunca ni en los peores momentos de la enfermedad se quejó. Dedicó todo el tiempo a su cuidado, lo aseaba, lo alimentaba, le daba conversación en largos soliloquios que la hacían parecer a ella la enferma. Incluso cuando estuvo postrado y el fin corría en su busca, aceptó de la vida sus decisiones. Sólo cuando Antonio murió lloró de rabia, sin duda se hubiera cambiado por él.

   Cuando Soledad visitaba a su madre la encontraba siempre sentada en la mesilla camilla, con la televisión encendida a la que no prestaba atención. La veía con las manos cruzadas, los dedos alargados y nudosos por la artrosis, lamentando no haber prestado más atenciones a su marido. Fuera ya del mundo, al que no parecía pertenecer, sólo aguardaba su hora. Al faltarle su marido se derrumbó en el abismo de la soledad, pera la suya venía de la pérdida. La soledad del abandonado, del que queda en la cuneta sin entenderlo. El huérfano, el exiliado que no puede volver, el que pierde al amigo. Todos ellos saborean aquella soledad de agrio sabor que deja un regusto ácido en el fondo del paladar, que huele a humo. Una soledad de colores lilas tornasolados.

   Y ahora cuando Carlos se había ido, cuando el tiempo se había detenido con el fogonazo de un disparo ensordecedor, ya no podía sentir lástima más que por sí misma. Navegaba en un mar de dudas, habitaba en el dolor de sentirse culpable de su destino. ¿Era verdadero el amor que había sentido por Carlos? ¿Le dolía su recuerdo sólo porque su muerte la señalaba con el dedo? Estaba segura de haberlo amado. El amor es la emoción que nos aparta de la soledad, es sentir en nosotros a otra persona que habita nuestra vida. Él había estado en su interior, tan adentro que no hubiera podido desprenderse de su presencia. Pero de repente decidió irse, abandonarla. Por eso su soledad era insoportable, la soledad del repudiado, del reo que merece su condena. Era una soledad de color negro y un olor pestilente, de un sabor tan amargo como la bilis. Sentía que la suya era la peor de las soledades, más cruel que la de su abuela, más atroz que la de su madre. Caminaba en un mundo del que se creía el único habitante y lo que la rodeaba no era más que un sueño, un escenario. Se sentía tan cansada como un condenado obligado a contestar a la demanda de sus últimas voluntades, cuando el acto final era ya su único anhelo, encontrar la soledad de la muerte.

   Desde aquella mesita del bar se veía reflejada en el cristal y percibía la tristeza de su rostro. Al levantar la mirada que había posado en el fondo de la taza de café, vio aquellos ojos que había creído que eran los suyos. Ese hombre desconocido hasta entonces. se encontraba en otra mesa del bar. Ahora le resultaba familiar, como si lo hubiera conocido en otro lugar, como si formara parte de su paisaje cotidiano. No apartó la mirada. Ella bajó los ojos. ¿Acaso no era invisible como creía? Es posible que no seamos dueños de nuestra propia soledad, ni nos pertenezca nuestro tiempo.

   Estamos inevitablemente unidos a los demás, la vida nos reúne en un momento, en un espacio. Siempre existirá alguien que nos mira desde su isla como a extraños, sin saber que formamos parte de su propio mundo.

   La soledad puede que sea sólo una ilusión, la hermosa fantasía de los hombres.