VIRTUDES

sábado, 12 de mayo de 2012

Virtudes no parecía un nombre muy propio para una puta. Sé que no está bien decir puta así de entrada, meretriz, prostituta, puede sonar mejor. Pero ella no se molestaba, casi se hubiera ofendido si le cambiáramos por recato su condición. Cuando le preguntabas por su trabajo siempre decía “yo soy puta”. En realidad yo admiraba aquella mujer. Virtudes no carecía de virtudes, y no me refiero a las que son propias de su oficio, sino aquellas que le hacían ser en el término más amplio “buena gente”.
Cuando vino a la consulta no tenía una enfermedad venérea que curar para seguir trabajando. Vino pensando en que de igual manera que en los bares es necesario pasar un control de Sanidad para la licencia, ella tenía la obligación de revisar el local. Se había propuesto mantener su lugar de trabajo en perfecto orden, hacer una puesta a punto periódica del mismo.
“Vengo para una revisión, pero yo estoy bien. Además sólo follo sin condón con mi novio”
La primera impresión ya habréis juzgado que no fue tan comprensiva como he expresado al inicio. Qué hacia aquella tipa allí, de esa guisa. Me iba a espantar la clientela mucho más fina que habitualmente acudía a mi consulta. Bien es verdad que no siempre los asuntos que traían a aquellas damas eran tan finos como sus modales. El secreto de “confesión” me impide decirles cuantas gonorreas se convertían en una infección por hongos, o que los papilomas eran simples verruguitas.
“Doctor explíquele a mi marido que esto lo puedo haber cogido en algún baño público” “Por supuesto, pero no mencionaré que en ese baño no estaba sola” pensaba yo.
En cambio Virtudes nunca escondió su condición. La franqueza de su lenguaje, la transparencia de su personalidad fue lo que me cautivó. Acostumbraba a venir cada tres meses, en las primeras visitas el trato era tan aséptico como el material que empleaba en la exploración. Poco a poco sus visitas eran esperadas por mí, incluso reservaba más tiempo para poder hablar con ella de su trabajo, de su vida. Como si todo ello fuera estrictamente necesario para completar la historia clínica o poder garantizar un correcto diagnóstico de: “Está todo bien Virtudes”.
A veces de forma espontánea me traía a la consulta los problemas sexuales de alguno de sus clientes, pensaba que yo podría darle alguna solución. Se sentía en la obligación de ayudarles porque formaban parte de su trabajo, para ella era como llevarse trabajo a casa. Alguno de esos problemas de erección, de eyaculación precoz, de impotencia para los que mi capacidad terapéutica era casi nula, ella poseía un probado método de sanación. Sin embargo siempre quería escuchar la opinión de un profesional, con verdadera disposición a aplicar el consejo que nunca supe darle. Yo le decía: “Virtudes de eso sabes tú más que yo” y no lo decía con fingida modestia, sino con la convicción de que así era.
Me contaba algunas de las historias de esos hombres que no podían tener una erección con sus mujeres, que con ellas no encontraban satisfacción sexual. Hombres atrapados por su matrimonio, por las convenciones sociales, por los tabúes aprendidos y asimilados, que eran incapaces de ser libres en el único ámbito donde deberían serlo que es su propia casa. Virtudes les dejaba hablar, se mostraba comprensiva, les animaba, les hacía pequeñas preguntas para que se sintieran atendidos y mantuvieran el hilo del relato. Finalmente les aseguraba que su problema era de lo más común por lo que ni siquiera era un problema. No había oído hablar de la mayéutica socrática ni de la entrevista clínica dirigida pero sin duda había adquirido una maestría natural en el trato de las penas ajenas. Ellos volcaban en esta desconocida toda su frustración, todo su miedo, como si estuvieran delante del psicoterapeuta. En el sentido más verdadero sin pretender evitar calificativos hirientes, era una verdadera profesional del sexo.
Nunca se quejaba de como la había tratado la vida, el ser puta le venía de herencia. Aunque ella decía que podría haber cambiado su destino no quiso hacerlo, le parecía bien aquello. Nació en un burdel, la criaron otras prostitutas que asumieron el papel de tías adoptivas. No tuvo padre porque aquel que venía de tanto en tanto a pegar a su madre y pedirle dinero, nunca lo reconoció como tal. Tampoco se quejó cuando tras morir su madre de SIDA la internaron en un orfanato y la dieron en acogida a “familias” que no siempre tenían las condiciones de acoger a un huérfano. Siempre pensó que ella era la culpable de ser una rebelde sin causa, que su carácter era el responsable de la mala relación con sus tutores, de sus palizas. Tras liberarse del yugo de la protección social a los dieciocho años no tardó en ingresar en plantilla en alguno de los burdeles en los que trabajaba por horas durante su minoría de edad. Había elegido voluntariamente estar al servicio de los clientes, porque la mayoría de ellos eran pobres diablos que se desahogaban con ella, con lo que le permitían tener un sentido de utilidad en la vida. Se podría decir que se sentía realizada con aquel oficio, denostado en público, pero mantenido en todas las sociedades. Repudiado y perseguido por los “puros” de espíritu, que resultaban ser los mejores clientes de la casa. Me decía, sin ningún ánimo de molestarme : “ Pásese algún día por allí doctor, ya me encargo yo de que tenga un buen servicio. No crea, vienen muchos doctores a visitarnos, también vienen políticos que pagan con VISA del partido, abogados, notarios, artistas y algún que otro hombre de iglesia necesitado de redimir ovejas negras. Todos ellos vienen y se van discretamente, pero mientras están allí dan rienda suelta a sus sueños. Nadie se va descontento, si acaso alguno se lleva los remordimientos que le duran hasta la siguiente visita”
Con toda razón, para ella el suyo era un trabajo honorable, con una importante función pública, que cualquier gobierno sensato debería haber pensado en proteger y alentar, con el fin de mejorar la salud mental de sus ciudadanos. No ignoraba que aquello no ocurriría nunca por la hipocresía de una sociedad que quería mostrar su cara más “correcta” sin permitir sacar a la luz la oscura trastienda, en la que ella se encontraba.
Nunca me contó el origen de los moratones sobre los que la interrogaba. “Usted dedíquese a los bajos doctor, de lo otro ya me ocuparé yo” Sabía que aquellas huellas delataban a un sádico, que lejos de necesitar los favores de una puta, necesitaba la cárcel y asistencia psiquiátrica. Sólo lo supe después de la nota que me llegó disculpándose de que no podía acudir a mi consulta porque debía de cambiar de ciudad. Cuando acudí al club donde ella me había invitado a experimentar la dulzura de su oficio, casi todos me respondieron con evasivas. Tras mi insistencia, se acercó a mí un animal con forma humana y modales de hiena y me dijo: “ ¿Tú que quieres? ¿Porqué preguntas por esa puta? ¿Te has encoñado con ella? Pues se ha ido porque si se queda un día más le habría reventado la cabeza. Así que sal de mi vista si no quieres que te de dos hostias, imbécil”
Tal firmeza en los argumentos me convencieron casi en el acto, pero también me convencieron de que Virtudes, había tenido la virtud de saber desaparecer en el momento preciso en que estaba a punto de ser un número más en los “desgraciados incidentes que ocurren en los círculos de la prostitución”.
Pero a la vez tuve el convencimiento de que por mucho que corriera aquella virtuosa mujer, la violencia de aquellos excrementos de la sociedad que generamos entre todos, acabarían alcanzándola. Sólo deseaba poder decirle que aún estaba a tiempo de escapar de aquel mundo, trabajar en mi consulta por ejemplo de recepcionista. Estuve buscando un tiempo por algunos prostíbulos de las ciudades que visitaba, no la encontré y no recibí más cartas. Este es mi reclamo por si ella pudiera leerlo. Si alguno conoce a Virtudes por favor que se lo diga.

PARA LOS QUE SIEMPRE ESTAIS AHÍ

domingo, 18 de marzo de 2012


Tengo escritos varios cortos con nombre de mujer, un nombre que me sugiere una historia. No es la historia de ninguna mujer, ni tiene porque ninguna mujer parecerse a la historia. Es sólo la ficción de buscar unas sensaciones que me trasmiten ese nombre de mujer y con ellas reconstruir un personaje. Casi siempre exagerado e irreal, pero para mí tenía sentido.



La iré publicando de vez en cuando para no cansar y lo haré por el orden en que las escribí. Pero la primera será una excepción. Porque me emociona y porque ocurre en marzo. Se llama Olvido y surgió tras oír una noticia en la radio sobre una familia que reencuentra a su familia.

OLVIDO

Su vida había trascurrido sin sobresaltos, discurría con la tranquilidad de un río cuyas aguas descienden mansamente en tierras llanas. Si se paraba a pensar no recordaba ningún momento especialmente tormentoso. Bien es verdad que su carácter era el de una optimista nata, siempre mirando la vida con un sentido positivo.

Era así y no puede decirse que fuera un mérito, no era una posición ensayada, premeditada o que hubiese cultivado con los años. La vida la había tratado bien y no podía ser desagradecida. Era una mujer afortunada, esto lo decía y lo sostenía ante los agoreros profesionales que se empeñan en lloriquear a nuestro alrededor. Poseía todo aquello que siempre hubiera soñado. Ahora que los tiempos eran grises para mucha gente, ella disfrutaba de una aparente normalidad. Tenía su trabajo, su marido, su hijos y una situación económica que sin ser boyante era bastante holgada.

A pesar de las dificultades de su familia, sus padres habían conseguido darles estudios a ella y sus tres hermanos. Desde pequeña recordaba haber sido una buena chica que no había cometido grandes tropelías. Casi se lamentaba de haber sido tan correcta, tan obediente, no haber cometido alguna pequeña locura que pudiese ahora esgrimir como testimonio de que también había sido joven. Incluso cuando conoció a su marido, el único novio que tuvo, la relación se había mantenido dentro de unos razonables límites en lo que se refería a acercamientos y tocamientos. Tan comedida, tan puritana, resultaba anacrónica incluso para sus amigas. Había estudiado en un colegio de monjas, pero muchas otras chicas que habían compartido estudios con ella, misas, rosarios y doctrina moral en aquel colegio, se habían comportado como auténticas devora hombres.
Después continuó los estudios en el instituto público donde conoció a Vicente y finalmente aprobó unas oposiciones a Secretaria de Juzgado.

Su buen carácter junto con su aplicación en el trabajo le habían granjeado la simpatía de los compañeros, que veían en ella una mujer modélica. Llegaba con puntualidad a su puesto y no le molestaba el trabajo duro entre las montañas de expedientes y de causas que se acumulaban en los despachos. Nunca había puesto objeciones si por necesidad debía quedarse algunas horas fuera del horario laboral.

Las tardes eran para ella un espacio de libertad, compartida con las tareas de la casa y de su hijo aún pequeño. Aquellas obligaciones no le suponían una carga, no veía en ellas la esclavitud del ama de casa, ni se sentía presa por su familia. Quizás había heredado aquello de su madre, una mujer conformada con lo que la vida le había ofrecido y orgullosa de haber hecho que sus hijos fueran más que ella. Su madre siempre decía esta frase, pero ella pensaba que sus padres habían luchado más que ella y tenían más valor porque habían sido capaces de levantar una familia desde cero, con el trabajo duro. Ella limpiando casas y él en la fábrica de calzado, dedicando todo su tiempo a un sólo propósito, los hijos. Se sentía tan orgullosa de ellos como lo estaban ellos de su única hija. Había aprendido de sus padres la prudencia como norma de vida. La contención, la neutralidad, el equilibrio, la virtud del término medio, la evitación de la pasión en el amor, en el discurso, en la opinión. Todo ello la había modelado como una persona incapaz de ofender, con ningún afán por medrar a costa de los demás, sensata, cauta y callada. Como decía su madre de la boca sale antes la necedad que la virtud. Aunque sabía que el mundo no compartía sus principios, estos eran los que inculcaba a su hijo. Esta era su biblia particular, su código moral y también se enorgullecía de ello.

La armonía de la vida es una quimera, vivimos en un sueño tejido con nuestros deseos. Somos lo que creemos ser, olvidando que en nuestro interior existen otros yo, pulsiones que tratamos de esconder porque no se ajustan a nuestra imagen de nosotros mismos. Somos parte verdad y parte ficción. Construimos una identidad compuesta de los retales que vamos tomando a lo largo del camino. Tratamos con esos pedazos que vamos recogiendo de ocultar aquello que no nos gusta que se vea y bordamos con hilos de color las virtudes que nos atribuimos para que todo el mundo las admire. Pero a pesar de todas las precauciones la vida siempre es capaz de sorprendernos.
  • Desearía hablar con doña Olvido Giménez Montes. Le llamo del Ayuntamiento. Hemos recibido una notificación sobre su abuelo.
  • Creo que se han equivocado. Yo soy Olvido pero no tengo abuelos, los dos murieron y no llegué ni a conocerlos.
  • Mire le hablo de Dº Vicente Montes Antón, por los datos que figuran en nuestros archivos su abuelo fue un represaliado de la Guerra Civil. Nos han informado que tras la exhumación de restos de una fosa común abierta tras las investigaciones incoadas por aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, se han hallado los restos mortales de varios hombres y mujeres entre los que están los de su abuelo. En el archivo se encontró el documento que incluye una lista de ejecutados el día 26 de marzo de 1942 y figura el nombre de su abuelo. Sólo queda el trámite de realizar una prueba de ADN para confirmar su identidad.
  • Pero nosotros no hemos solicitado la apertura de ninguna tumba, yo no sabía que mi abuelo había muerto de esa manera, nunca nos lo dijo mi abuela. Además no estamos interesados en lo que pasó hace tanto tiempo.
  • En cualquier caso, estamos en la obligación de ofrecerles la posibilidad de enterrar a su familiar si ustedes lo desean. Nos hemos dirigido a usted porque nos parecía más oportuno comunicarlo a una persona joven de la familia y evitar causar algún daño a su madre con la noticia.
  • Si claro, se lo agradezco sinceramente, hablaré con mi madre y nos haremos cargo. ¿Donde se encuentran los restos?
  • En el cementerio de la localidad de donde procede su abuelo y donde fue fusilado.
Fusilado, aquella palabra sonó como una descarga de fusil sobre ella. Como si se repitiera en sus oídos la escena que ocurrió en aquel oscuro lugar. La despertó a la realidad, estalló en medio de un mar de tranquilidad como el impacto de un obús, formando olas que iban llegando a modo de imágenes que no acababa de perfilar. Cómo podía imaginar que aquel conflicto lejano, que ella no había vivido y que había ido conociendo por libros, documentales, reportajes que siempre acababan aburriéndola, no había estado tan lejos de su familia. ¿Cómo su madre nunca le había contado la verdad de lo sucedido? ¿Porqué se había tejido un manto de silencio sobre la muerte de mi abuelo? ¿Porqué habíamos hecho desaparecer la figura de mi abuelo como el humo de los fusiles que lo mataron?

Cuando le conté a mi madre que se habían recuperado los restos de mi abuelo, su padre al que casi no recordaba, del que había perdido la noción de su existencia, no lloró, no dijo nada. Su silencio fue tan elocuente como lo que más tarde me contó.

Siendo ella niña vivían en una masía a las afueras del pueblo. Eran medieros de un rico terrateniente, cultivaban sus campos por un salario y mantenían la casa ordenada para cuando los amos venían en vacaciones con la familia. Entonces pasaban de la labranza de los campos y el cuidado de los animales, a hosteleros. Cuando acabó la Guerra y los nacionales fueron los vencedores, el trabajo en la casa se multiplicó durante las vacaciones y atendían también a los militares amigos del amo de la finca. Venían con sus familias a pasar algunas semanas, con sus coches nuevos, con sus hijos siempre limpios, con la ropa nueva de los domingos que era para ellos la de diario. Durante el invierno vivían solos en la casa. Sólo recibían la visita ocasional durante la noche de unos hombres que venían de la montaña, sucios, hambrientos, con las armas en los cintos. A ella le daban miedo, sólo los veían a través de las rendijas de la puerta de la habitación donde la encerraban a ellas con sus hermanas. Mi abuela les preparaba la comida, mi abuelo hablaba con ellos mientras cenaban alabando siempre la comida que les preparaban. Cuando acababan, mucho antes de que amaneciera volvían al monte dejándole a mi abuela el dinero por la comida.

“Una mañana vinieron hombres con fusiles, vestidos con camisas azules. Yo pensé que eran amigos del amo de la finca, porque sus amigos vestían igual. Se llevaron a mi padre y no volví a saber nada más de él. Quedamos solas en la finca mi madre y tres niñas pequeñas, no podíamos llevar la carga de trabajo que suponía. La despidieron por haber colaborado con aquellos maquis que venían a cenar a casa, la señora de la casa le dijo que habíamos tenido suerte de que ella creyese en Dios, porque merecíamos otro castigo peor.

Nos fuimos a la ciudad, mi madre pensó que era el único lugar donde podríamos vivir sin ser señalados por ser rojos. Nunca más se habló en casa de todo aquello, ni nos dijo que había sucedido a mi padre. Hubo un pacto de silencio. Nada podíamos hacer para devolver a mi padre, para devolvernos nuestra vida. Era mejor asumir que las cosas habían ocurrido así y debíamos conformarnos. Mi madre nos enseñó a no quejarnos, a trabajar y mirar a delante”.

Tras aquella historia, que para mí surgía del más oscuro de los desvanes de la familia volvió el silencio. El no saber que decir tras despertar a una realidad nueva. Como si el mundo de pronto hubiera cambiado y existiesen nuevos elementos para entender lo que hasta ahora había sido evidente. Sólo dijo: “ Si hija mía, recogeremos al abuelo y le daremos sepultura”.

Quizá ahora que veía más cerca su muerte pensó en la de su padre. Aquel desconocido que había pasado por su vida como un recuerdo fugaz, apenas como un sueño sin haber llegado a tomar forma, a adoptar su papel de padre, porque se fue cuando más lo necesitaban. Había desaparecido y nunca se habían parado a pensar porqué las dejó. No lo hicieron porque su madre les ordenó seguir adelante con la venda en los ojos, ciegos para ser felices, o algo así. Ahora quería verlo, tenerlo en sus brazos, enterrarlo, dejarlo reposar para poder descansar y poder evocar su recuerdo sin dañar a nadie, sin desobedecer el mandato de su madre.

Desde que le tomaron las muestras para el cotejo del ADN hasta que llegaron los resultados se tejió de nuevo un manto de palabras sueltas, de frases convencionales, que trataban de evitar aquel “contratiempo”, aquella incomoda verdad que había dormido esperando que alguien la destapara. No me contó nada más de aquellos días. Pensé que quizá ya lo había dicho todo, que en su memoria no existían más recuerdos porque habían sido borrados. Haciendo honor a su nombre, el olvido había sido su forma de enfrentarse a una realidad impuesta. Se habían convencido que no podían enfrentarse a hechos consumados desde la inferioridad del débil, del perdedor y existía un acuerdo tácito de eliminar aquel tiempo. Pero yo despertaba ahora a aquella verdad que me abría los ojos para entender como éramos, como se había forjado nuestro carácter. Eramos hijos de aquel destino que mi abuelo halló en una fosa común.

Fuimos al cementerio a por los restos. En su entrada tras la empinada cuesta destacaba sobre el muro blanco una frase junto a la cruz “ La vida no termina, sólo se trasforma”

¿Y la muerte, la muerte se trasforma?

Se trasforma en un acto impúdico cuando ocurre a manos de otros. Acaso la muerte no transforma al muerto en víctima y al asesino en verdugo, creando para siempre un vínculo inseparable. La muerte es parte de la vida, pero no todas las muertes son iguales. Hay muertes que son la culminación de una vida, lo que le dan sentido. Engrandecen al hombre que la vivió, hacen perdurar su recuerdo. El recuerdo es nuestro vínculo con el pasado, nos da la eternidad, nos hace dioses inmortales. Otras en cambio sólo sirven para ocultar la existencia de su propietario, borrarlo por siempre. No sólo acaban con su vida, sino con su recuerdo. Lo transforman en humo, en niebla, en una bruma que se desvanece y que sólo se espera de ella que desaparezca para dejar paso a la luz. Se le arrebata la posibilidad de ser y de haber sido. Se muere para siempre sin posibilidad de réplica, sin poder apelar al Dios de los hombres para redimir su causa. Hay muertes que se entierran y como decía la frase del cementerio, la vida se trasforma.

Se transforma en NADA. En silencio, en olvido.

Por eso fuimos a por los restos de mi abuelo, quizá fue por eso o por la necesidad de recuperarnos, de recoger los pedazos de nuestra vida que habían quedado desparramados en el trascurso de nuestro camino ciego hacia la felicidad. Fuimos juntas para honrar la memoria de un hombre que casi no existió, que estaba a punto de desaparecer con el último rayo de esperanza, la de su hija mayor que aún quedaba con vida para dar testimonio de su presencia en el mundo. Fuimos movidas por la inercia del respeto, por la lealtad a la sangre, por el fino hilo que aún nos unía a aquel desconocido. No queríamos con ello devolver al mundo su equilibrio, no pretendíamos instaurar una suerte de justicia divina que cerrase el círculo de nuestra existencia, sólo queríamos recuperar una parte de nosotros mismos perdida en la noche de los tiempos. Nuestro paso no era firme, era una marcha cansina hacia un fin necesario que no habíamos buscado.

Los trámites de identificación y de recepción de los restos no se salieron de un protocolo burocrático que estaba lejos de inspirarnos ninguna emoción. Aquella misión aceptada como una carga, deseábamos que fuera un trámite para retomar nuestra vida, saltando el obstáculo como un contratiempo que no supusiera ningún impedimento para seguir con nuestra normalidad.

La caja era un recipiente de plástico oscuro con cierre de presillas que cabía perfectamente en el maletero del coche y a la que ya habíamos buscado el correspondiente permiso para su enterramiento en nuestra ciudad.

Durante el viaje de vuelta no hablamos, el mismo silencio que se había mantenido durante años nos acompañaba en aquel viaje. Era como si todas las palabras que tuviéramos que decirnos estuvieran contenidas en aquella caja negra. No era dolor, no era tristeza, no era duelo, pena, aflicción. Ni era complicidad en el silencio, ni deseo de callar. Era la imposibilidad de expresar con palabras aquel sentimiento de impotencia, de hurto de una vida que había quedado incompleta.

Al llegar al nuevo cementerio nos cogimos de la mano, juntas abrimos la caja y juntas cerramos los ojos frente a un futuro que no podía ser el mismo después de aquel día. Al abrir la urna vino un escalofrío que sentimos como el abrazo de un muerto, como el reencuentro con quien nos había esperado desde hacía más de 60 años, allí en la tierra húmeda, agarrado a la esperanza de despedirse de su familia. Nos sentamos en el banco de madera, dejamos la caja en el suelo y me adelanté a tomar en mis manos la calavera. Aquel cráneo era como los que había visto muchas veces en la televisión, en el cine, en los libros. Sus órbitas miraban al vacío, la mandíbula desencajada de la articulación se abrió como en una carcajada, como en un grito cuya voz se escuchó quizás en otra dimensión.

Reproducimos a veces algunos actos que puede que residan en la memoria colectiva, porque me vi como Hamlet alzando aquel hueso preguntándome quienes somos. En ese acto quizás mimético se contiene la filosofía de mirarnos frente a frente con nuestro destino, con nuestra esencia. Lo que somos, lo que seremos está en la calavera, en aquella urna que contuvo las ideas, las pasiones, los ideales, todo aquello que nos hace sagrados ante la Creación.

Aquel Sancta Sanctorum de nuestra alma, si es que el alma puede residir en algún lugar, me devolvió a los años en que fue profanado. En aquel cráneo, con paredes suaves y lisas en su bóveda, pude ver como se rompía la armonía del mundo, aparecía un blasfemo orificio que horadaba su hermosura. El agujero de la bala que acabó con la vida de mi abuelo, quizá el tiro de gracia, ese cínico término que ejecuta el verdugo como expiación de su culpa, como último acto de humanidad, de una humanidad violada en el asesinato previo. Ese borrón en la inmaculada blancura de la calavera, ese oscuro círculo que se abría en aquellas paredes, ese disparo, lo percibí en mi propio cráneo.

Se abrió un abismo bajo mis pies y caí en el vértigo del desamparo, me sentí huérfana por primera vez. Sentí la desolación de mi madre, de mi abuela, de mis tías ante un destino al que las llevaron maniatadas, con la venda en los ojos, como un reo ante el cadalso. Como un inocente ajusticiado que aún no sabe como ha podido ocurrir, porqué absurdos designios se ve abocado a la infamia. Fue una caída al vacío, notaba como mi cuerpo perdía la gravidez y descendía en un remolino. Compartí el horror de mi abuelo en aquel instante en que se le privaba de su condición de individuo, anulándolo, impidiendo que su más profundo deseo pudiese albergar alguna esperanza. Quizá en aquella cabeza tiroteada se fijó el instante en que pensaba en la familia que había dejado abandonada, desprotegida. La pena insoportable de no poder verlos, abrazarlos, decirles cuanto los quería, cómo habían sido el único motor de su vida. Esa calavera contenía ahora alojada en su interior la bala y la idea. Era la prueba de vida de un ser que apenas fue y al que arrebataron su derecho a ser. Comprendí que en aquel fusilamiento estábamos también nosotras dos, como espectadoras a distancia. Y que ese aciago día en que fuimos separadas de nuestros orígenes no podía ser barrido por el viento de los tiempos. Lo que en aquella cabeza había sido pensado, amado, soñado, no podía quedarse en el olvido. Decidí recuperar la memoria de mi abuelo, hacerle volver, darle su dignidad mancillada.

Emprendí la búsqueda en los archivos de los expedientes de aquellos hombres y mujeres asesinados. Quería reconstruir sus últimos días, encontrar los motivos que llevaron a mi madre a la orfandad. Las causas que llevaron a aquellos militares franquistas a matar a un hombre. Quería entender como una sociedad basada en preceptos religiosos, dirigida por hombres de profundas convicciones católicas de las que hacían alarde como prueba de su virtud, trasgredían toda ley moral de su religión, golpeaban a su Dios con la culata de sus armas.

Leí la crónica de la guerra contada por unos y otros, las consignas de los mandos militares que animaban a sus correligionarios a la lucha contra la insurgencia, contra el marxismo malévolo. El ideólogo del Golpe de Estado el general Mola decía: Cualquiera que sea abierta o severamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado […] Hay que sembrar el terror, dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a los que no piensen como nosotros”. Y su rival y quizá su verdugo el general Franco arengaba: “Como el caballo de Atila, el bolchevismo seca la hierba, y las ciudades sólo son ruinas, cobardemente calcinadas, y los campos son razzia y abandono. Pero nosotros sabremos reedificarlo todo. Si invocamos las grandezas de la España imperial, es porque nos mueven con sus ideales sus empeños de salvación y fundación” Todo el cinismo de los discursos políticos cabía en la boca de los líderes: “ ...el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestro pecho; del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales por primera vez y en este orden, la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad”.

Escondí la cabeza de vergüenza por mí misma y por mis mayores, por los que desde un ideal equivocado creyeron que las urnas les daba derecho a la violación de las leyes y por aquellos que tras su victoria persiguieron sin miramiento a los vencidos. Yo era la voz de los muertos olvidados, de mis muertos enterrados sin respeto. Los otros muertos ya fueron santificados por la historia de los vencedores, aunque las loas no consiguieran restituirles la vida, al menos glorificaron su memoria. Los nuestros era sólo expedientes marchitos, olvidados en los archivos y tumbas de cadáveres hacinados, enterrados con prisas, muertos como traidores.
Encontré el acta de detención de mi abuelo. El relato de los hechos que llevaron a su asesinato.

ATESTADO DE LA COMANDANCIA DE LA GUARDIA CIVIL

DETENCION DE Vicente Montes Antón
Varon de 37 años, estatura regular, pelo castaño, cejas negras, ojos oscuros. Mediero de la finca “los olivares” del Baron de Rodera. Casado con Olvido Garrido Cerdan con tres hijas, la mayor de 10 años y las otras de 7 y 4 años.
Ha sido detenido por colaboración con los rojos huidos al monte, facilitandoles comida y cobijo en numerosas ocasiones. Por tanto responsable de los desmanes y saqueos cometidos por los maquis.
El comandante del puesto y su ayudante el numero Dº Aureliano Dominguez Rosas siguiendo las instrucciones de la superioridad toman declaración al tal Vicente para practicar diligencias y esclarecer los hechos delictivos de los rebeldes. A las preguntas realizadas contesta como sigue:
Que trabaja para el señor baron desde que era pequeño porque ya su familia trabajo con ellos. Que no conoce a los bandoleros que llaman maquis y que nunca a tenido ideas de izquierdas, que no participo en ninguno de los altercados acontecidos en el pueblo durante el regimen rojo. Que no sabe que fechorias cometian los individuos que se llegaron a su casa en dos o tres ocasiones por la noche. Que les davan de cenar porque llevaban armas y tenia miedo por su mujer y sus hijas. Que es una persona onrada que toda la vida a trabajado en el campo y tiene poca formacion porque no pudo ir al colegio de pequeño”
Interrogado sobre la declaracion de algunos vecinos que aseguran que no acude a misa los domingos y que un tio suyo era republicano refiere:
“Que no va a misa porque tiene que trabajar mucho para mantener la familia, pero que su mujer y sus hijas cumple con los mandamiento de la Iglesia y que en casa se enseña el respeto a la religion y los curas. Que su tio republicano lo es por parte de madre y que no tenia relacion con ellos. Que el no se metia en politica como le abia enseñado su padre y que su tio se fue del pueblo ace mucho tiempo y no abia vuelto a saber nada de el”
El individuo no muestra resistencia ni actitud violenta ante la Guardia Civil, se le informa que pasara a disposicion del juzgado para valorar los hechos y su colaboracion con los rojos.

21 enero de 1942


Tras su detención pasó dos meses en la cárcel junto a otros retenidos. El alcalde del pueblo durante el gobierno republicano era el más antiguo de los presos porque fue detenido en 1940 tras huir al monte con otros dos encarcelados, “el practicante” y Dº Servando el maestro que se entregaron después. Dos mujeres que formaban parte de las milicias populares, la mujer de un sindicalista ya muerto tras la guerra y Mariana una republicana convencida, que había vivido en Francia.

Coincidiendo con la fiesta de San José durante la noche, ocurrió un hecho que decidió el destino de todos ellos, un grupo de la denominada AGLA ,Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, decidió asestar un golpe de efecto al gobierno franquista. Asaltó la Iglesia, matando al cura que opuso resistencia y quemando la Parroquia de San Antonio Abad en lo que llamó una falla popular. Tras iniciarse el incendio se escondieron tras los muros del antiguo camposanto y cuando la Guardia Civil acudió al incendio los tirotearon, consiguiendo matar a dos guardias y el sereno que los había avisado.

En la comandancia del cuerpo de la Guardia Civil los siguientes días fueron un hervidero de mensajes con las autoridades militares, acudieron al pueblo inspectores de policía, policía secreta, el delegado del gobierno y autoridades políticas que fomentaban el honor patrio, la defensa de la Fe cristiana y de los valores del nuevo régimen, toda vez que hacían ver la crueldad de los rojos, aquellos degenerados que no respetaban a Dios y cometían el más atroz de los sacrilegios. Aquellos sucesos que todos los medios de comunicación se encargaron de agrandar y que los escribas del régimen trasmutaban en un acto heroico por parte del señor cura, que había caído defendiendo el cáliz de las hostias y los guardias que habían intentado repeler la agresión de un numeroso grupo de facinerosos. Acabaron convirtiendo la venganza en el único disolvente para aquella mancha, aquella afrenta al pueblo y a Dios. Los rojos encarcelados seguro que conocían los planes de los maquis y la presión sobre ellos no tardó en manifestarse en interrogatorios y palizas que no consiguieron obtener información de unos hombres y mujeres que ya eran sombras. Ante la imposibilidad de encontrar a los responsables, pese a las batidas que el ejercito había realizado en el monte, se optó por culpar de colaboracionistas a los encarcelados.

INDAGATORIA DE Dº Vicente Montes Antón
Preguntado si a sido complice del asesinato del parroco, los guardias y el sereno, dice que no.
Preguntado si conoce quien a sido el responsable de los hechos, dice que no.
Preguntado si conocía los planes de realizar dichos actos o si abia escuchado alguna vez a los maquis hablar de estos planes, dice que no.
Preguntado si han celebrado en la carcel como aseguran los guardias los hechos ocurridos en el pueblo la noche de San José, dice que no.
Preguntado si tiene algo más que manifestar, dice que el nunca a tenido nada que ver con los rojos y manifiesta que quiere ver a su familia para que no sufran por el que se encuentra bien.
Ante la negativa a colaborar y la evidente implicacion en los hechos acontecidos, que demuestra claramente su desprecio por el gobierno actual y su relacion con el marxismo, se le declara culpable de ser colaboracionista con el bando republicano en rebelion.
25 de marzo de 1942

En la mañana siguiente antes de que el sol levantara su mirada en aquellos días aun frescos de la recién estrenada primavera, cinco esclavos eran conducidos por sus amos al altar de los sacrificios. Fueron sacados de la cárcel con la falsa intención de un traslado. Cuando se vieron juntos en la furgoneta, custodiados por un grupo de Guardias Civiles y seguidos por otra camioneta con más guardias, sus miradas ya hablaban el lenguaje de los muertos.

El miedo, la soledad del condenado a muerte, que mira de frente su alma. La mente que vuela para atrapar todas las sensaciones, todos los instantes que prolonguen su tiempo. Los recuerdos agolpándose, tratando de robar protagonismo unos a otros. Al bajar de la camioneta ya no caminaban, volaban como seres ingrávidos, como ángeles que ya han perdido la corporeidad y caminan en el edén. Con un único pensamiento ya afirmado en sus mentes, la imagen de sus seres queridos. Ahí estaba mi abuela, mi madre y mis tías, justo en el momento antes de que se oyera un disparo o muchos o quizá un trueno o la voz del dios del odio, justo antes de caer junto aquella tapia del cementerio. En ese preciso momento nosotras estábamos ahí como testigos de la ejecución, sin saberlo, sin la conciencia de que poco después olvidaríamos aquello durante sesenta años. Hasta que en esa sepultura infame alguien hurgó y de la herida salieron los huesos con una bala en sus calaveras. Una bala que era un mensaje para que recordásemos, para que supiéramos que junto a ella estaba la imagen última, nuestro propio reflejo.



LA CULPA

sábado, 25 de febrero de 2012


Llevo varios días pensándolo, no puedo quitarme la idea de la cabeza. La culpa es como un martillo compresor, como esas máquinas taladradoras cuyo punzón va abriendo la tierra hasta llegar al agua.
Yo siento que este ansia está ya en el fondo de mi cerebro, quiere que mi crimen salga a la luz. No puedo consentirlo.
Mi reputación, mi credibilidad, mi posición… me han costado mucho, debo evitar que se sepa, tengo que apagar estas voces que tratan de revelar mi vergonzoso secreto.
No he sido siempre un soberbio ni un hipócrita. He tenido que esconderme tras estas máscaras para protegerme. ¿Es que acaso tú que estás leyendo no eres a veces un hipócrita? ¿ No existe en ti un lado oscuro donde no quieres mirar, porque hallarías un desconocido?
Debo encontrar una solución antes de que se sepa todo. No tengo miedo a la policía, no van a ser capaces de descubrirlo. Tengo miedo de mí mismo. Este crimen me ha poseído, lo noto recorrer mis entrañas, sube hasta el cerebro, aprieta el corazón hasta el colapso, en el estómago perfora su pared como una úlcera y deja que los ácidos me corroan. Las piernas no las siento y en ese momento sólo deseo correr.
Soy capaz de revelar mi secreto como estoy haciendo contigo lector - no te creas tan importante, este libro sólo está escrito para mí - porque debo escapar del encierro a que me somete mi acción, debo abandonar la prisión que me está derrotando desde dentro, como un troyano que se hubiera metido en mis venas.
Pensé que escribiendo mis pensamientos obsesivos conseguiría expulsarlos. Pero este soliloquio sólo ha conseguido que entre en la espiral del pensamiento único, reverberante, atormentador. Se está alimentando a sí mismo y crece como el alud desprendido por un grito de dolor que saliese del fondo del alma.
Estoy sentado en mi cuarto, casi a oscuras en mi sillón, dejando que el pacharán que trajo mi cuñado vaya matando el intruso.
No es suficiente, ahora lo sé. Tengo que buscar una alternativa, la solución definitiva.
Crees que estoy acabado porque no tengo un plan. No es cierto. Sé cual es el siguiente paso, el que zanjará al fin la cuestión y me liberará para siempre, pero lo reconozco tengo miedo. Hoy no te puedes fiar de nadie, ni de los curas. La confesión es mi plan de salvación. El instrumento que me permitirá expiar la culpa.
Necesito sacar toda esta bilis fuera, me estoy ahogando en ella. Alguien tiene que escucharme. Alguien que no me conozca, al que no le importe mi pecado porque está dispuesto a perdonarlo.
Sí, necesito el perdón, será el remedio a este mal. Si consigo contarlo, el sacerdote me ayudará a llevar la carga, lo involucraré en mi problema y no podrá dejarme sólo con él. Conseguiré al fin que la culpa me abandone.
Estás pensando que debería decírselo a mi mujer, pero eres un ignorante. Ella es el problema. Todo empezó cuando me abandonó con no recuerdo que pretextos vanos y excusas que no convencieron a nadie. Abandonarme a mí, como si fuera un cualquiera. Y además me dejó con él. Ahí empezó el martirio. Se apoderó de mi alma poco a poco, compartir mi vida, mi soledad con él, fue el mayor acto de crueldad que me regaló en nuestra separación. Sé que lo hizo a conciencia. Seguro que lo había planeado.
Ella es inteligente, sólo los inteligentes pueden ser taimados. Me darías la razón si la conocieses. Te encandilaría con sus dotes, acabarías convencido que ella sólo era una víctima. Te enamorarías como yo de su sonrisa. No puedo contárselo a ella porque convencería al mundo de que estoy loco.
Estoy seguro, un sacerdote es la solución. Desde siglos han exorcizado los demonios de los hombres.
Este Lucifer poderoso, ese Leviatán invencible, debe ser expulsado de mi mente para que la luz retorne. Sólo un sacerdote puede arrancar el mal de mi ser y redimir mis pecados.
Para la confesión estoy preparado, repase los preceptos de mi infancia, cuando el catecismo lo aprendíamos de memoria. Dolor de los pecados, propósito de enmienda, cumplir la penitencia. ..
Sé que ya no dudas de mi dolor, de esta agonía lenta que he sufrido desde mi acto. Sé que tú lector, también me exculparías, pero yo no necesito tu perdón. Quiero enmendar mi vida y haré lo que se me pida como penitencia para conseguir la redención.
San Juan Nepomuceno es una iglesia gris, el tiempo ha depositado sobre su estructura el paso de los años. Parece una vieja sentada en un banco que quisiera levantarse pero no tiene fuerza para hacerlo. Vista desde lejos da la sensación de estar deforme. No es altiva y no muestra simetría en sus formas, como quizá lo hizo en otro tiempo. Diríase que la osteoporosis hubiera atacado sus cimientos y la carcoma se hubiera tragado sus crucerías. Quizá la iglesia tuviera también alguna culpa no expiada que poco a poco la ha ido aniquilando.
El padre Benito ejerce allí su magisterio. Es un hombre gris, sin ser excesivamente mayor, aparenta cansado. La iglesia puede haber transmitido su espíritu al padre, o acaso el destino del hombre ha sido escrito para que se encuentren las almas gemelas. En cualquier caso, existe un perfecto maridaje entre la iglesia y su confesor, diría aún más con su parroquia, donde el luto impone el rigor de su reinado .
En su interior se filtra la luz tamizando de azul oscuro el aire. Es un aire espeso por la frialdad del recinto y esa bruma que huele a incienso, para mí resulta placentera. No hablaré de la austeridad del mobiliario ni de sus imágenes abandonadas en la soledad de las oscuras hornacinas. Sólo quiero describir el objeto que me impresionó sobremanera y que sin duda junto con la bonhomía del padre decidió mi elección.
El confesionario que se encuentra en el rincón derecho de la entrada, su madera oscurecida por los años y los pecados oídos. Tallada de forma magistral parece como si dos manos abrieran sus palmas para acogerte en su seno y de allí se pudiera salir limpio de alma hacia la casa de Dios. El reclinatorio almohadillado de un dulce terciopelo rojo, desgastado por las rodillas penitentes, pero con un noble porte que se elevaba hasta mi pecho. La rejilla trabajada como las ventanas de los gineceos árabes, donde las mujeres del sultán se asomaban a la vida sin ser vistas. Así pensaba que aquella ventana me protegía de la mirada del cura, quizá ausente, absorta en el misticismo o en la aburrida cotidianidad que llenaba el alma de aquel desconocido. Al otro lado una puerta daba entrada a un sacro recinto, a modo de celda de un eremita, que sentado iba a escuchar mi relato y darme la salvación.
Fui a las seis de la tarde, esa era la hora de la confesión. Sólo una mujer estaba esperando al párroco. Una mujer mayor, enlutada. ¿Qué pecados podía haber cometido aquella mujer comparado con mi crimen? Acabó pronto, como suponía. Tuve que pensar de nuevo como empezar, infundirme valor, estaba a punto de nacer un hombre renovado. ¡Adelante!
Me acerqué y me arrodillé ( no era tan blando el terciopelo como había imaginado), la madera se clavaba en mi rótula. Lo tenía todo ensayado iba a empezar con un “Ave María Purísima” y pasaría a contarle mi pecado; pero en el último momento el miedo busco una maniobra de distracción e inicie una retahíla de pequeños atentados contra los mandamientos, insulsa, sin personalidad. Percibí un silencio aburrido, condescendiente, que me instigó a descubrir mi verdadero propósito en la confesión: “Padre, he matado a un hombre”. Noté como se estremeció de súbito el sacerdote, oía su corazón cuyo rápido batir se hacía patente en la caja de resonancia de aquel confesionario. Lo había rescatado de la soledad, ese estado donde vagamos lejos del mundo que nos rodea, conversando con nuestro otro yo, viviendo al margen de lo real. El cura seguramente lo hubiera llamado oración. Yo creo que decimos hablar con Dios para no reconocer que hablamos con ese otro que vive en nuestro interior. No queremos reconocer ante los demás su presencia e invocamos lo divino. En cierta forma quizá estemos en lo cierto y exista algo divino, pero también algo diabólico a la vez. Ambos conceptos se necesitan, se complementan. El bien y el mal, el ángel y el demonio son inseparables, constituyen la esencia del hombre y su sublimación.
Ahora sí podía contarle mi historia a aquel sacerdote, porque era mío, lo había traído a mi mundo.
“ La culpa no ha sido del todo mía padre, él me ha provocado ha hecho nuestra convivencia insoportable. Yo no soy violento, nunca pensé que podía matar a alguien, pero poco a poco me fue transformando, fui más él. Al principio sólo percibía su presencia de forma fugaz, pero después se hizo corpóreo, lo veía a mi lado, me observaba, asentía o negaba como si tuviera la obligación de emitir un juicio no verbal de aquello que yo estaba realizando. Me acostumbre a él, casi lo necesitaba porque me daba su aprobación o su disconformidad, me sentía más seguro en mis decisiones cuando estábamos de acuerdo y acabé por darle la razón en muchas de ellas. Todo cambió cuando tomó la palabra, se creyó con derecho a hablar, a intervenir en mi vida, a cuestionar mis actos y hacérmelo saber de la forma más hiriente. Ironizaba con mis decisiones, exponía sus opiniones de forma descarada. El decía que era su obligación que debía ayudar a dirigir nuestra vida. ¿Nuestra vida? ¿Quién le había dado permiso para entrar?¿O acaso siempre estuvo dentro?
Nada fue lo mismo a partir de entonces. Hubo momentos en que pensé que era un sueño del que más tarde o temprano despertaría y no estaría conmigo; pero en lo más profundo sabía que aquello no ocurriría, que quizá tuviera razón y debíamos compartir la existencia porque a ambos nos pertenecía. A veces temía que desapareciera porque dejaba un vacío de soledad, me sentía como un cuerpo estelar en la infinita nada. El anhelo de los hombres de encontrar un alma complementaria es posiblemente la forma de evitar la presencia de este incomodo inquilino que es uno mismo bipartito.
No fue su presencia, ni sus comentarios lo que me llevaron al desenlace final. Lo que me decidió estaba escrito que ocurriera cuando me fue alejando de lo que más quería. Empecé a comportarme como un ególatra, como si todos los que me rodeaban quisieran arrebatarme mi vida. Dejé de compartir con mi mujer los momentos porque tenía miedo de perderlos. Temía que ese ser extraño y próximo a la vez, se adueñara de los tesoros que había ido acumulando en mi existencia. Precisamente así es como fue ganando la batalla, no fueron los demás los que cambiaron, yo hice que quien había estado a mi lado se sintiera rechazado, que quien había confiado en mí, no me la ofreciera de nuevo porque en mi obsesión había empezado a desconfiar de todos. Él ya estaba tan dentro de mí que yo no me reconocía, me había transformado. Cada vez era más el otro y mi yo se desvanecía como la ceniza entre las manos.
No podía consentir que alguien a quien no había dado permiso llevase el timón de mi vida rompiendo mis barcos contra las olas del infortunio. Lo maté llevado por la furia pero después sentí de nuevo la ternura de antaño con él. Era demasiado tarde. Fue un acto cruel conmigo mismo, porque ahora estaba sólo, en esa casa llena de recuerdos con el remordimiento de este crimen que me consume.
Estaba desesperado padre, sé que me perdonará por lo que hice”.
“Hijo mío: No eres dos, si no cien o mil, miríadas de ti mismo habitan tu interior. No se creo al hombre a imagen y semejanza de Dios sino a imagen y semejanza de todo lo creado. Dio un Universo entero a cada hombre para que buscara su destino, para que se encontrara en él. Quizás mi Dios es sólo una de esas estrellas que pueblan el cosmos, puede que tú y yo seamos creadores de hombres, dioses y demonios que se manifiestan en nosotros. No existe la felicidad en la soledad.
¿Acaso estás seguro de que mataste a quien dices? ¿ No es posible que en esa ceguera te mataras a ti mismo?
Yo te digo que mataste aquello que no querías ser y en ello no hay pecado. Tu penitencia es encontrar a los que quieres que te acompañen para vivir la vida sin culpa.

El silencio de las palabras

viernes, 23 de diciembre de 2011


Bonalba es un pueblo del interior, uno de esos pueblos de secano donde se mezclan las áridas tierras amarillas, con los montes que recortan el horizonte de un verde oscuro.
Llegué al pueblo en otoño cuando la pámpana viste de cálidos colores, cuando el viento hace silbar las hojas de los pinos. Llegué por un camino lleno de curvas con mi moto, llevaba el correo desde la oficina del pueblo a todas las pedanías del ayuntamiento.
El polvo y las piedras de los caminos habían tomado aquellos pasos y los hacían más vivos que las enlutadas calles de la ciudad. La moto no pensaba lo mismo, se sacudía como un poseso en plena crisis. Yo me agarraba a sus brazos como para intentar parar aquellas convulsiones. Ese paisaje que mezclaba los verdes con los rojos y púrpuras, que olía a monte, que respiraba vida en cada retazo no logré verlo hasta tiempo más tarde.
Al principio me pareció un pueblo más, las aldeas no son tan diferentes unas de otras. Las casas tienen desconchados y puertas de madera con gatera, las ventanas son estrechas y sólo a veces visten viejos visillos que roban luz a un interior que es sombrío por su desnudez más que por su oscuridad. El corral suele estar por detrás de la entrada principal, por lo que la calle la componen las puertas de unos vecinos que miran a los corrales de los de enfrente.
La plaza y la fuente de aquella aldea no venían en ninguna ruta turística. Los poyos de piedra daban consuelo a los pies y la fuente aliviaba la fatiga del polvo y el calor a hombres y animales. Eran simplemente para lo que servían, sin adornos. Tampoco eran tan diferentes sus olores. Los portales olían a comida de puchero o de brasa, los establos a ganado, la iglesia a incienso, su cura a naftalina, el alcalde a vino, los niños a colonia barata y su médico a éter o a medicinas. Todos los olores se mezclaban en una sinfonía que llenaba las calles e invitaba a pasearlas. Yo aprendí sus secretos y reconocía cada lugar con los ojos cerrados, pero eso fue después de que sucediera aquello.
Nunca pensé que me vendría a vivir a un lugar como este. Los compañeros de trabajo me decían que era absurdo trabajando en el pueblo, ir a vivir a un lugar donde no tenía ninguna posibilidad de divertirme, de hablar con gente que compartiera gustos y aficiones. Pero si yo no tenía otro divertimento que la lectura, para que quería gente con la que hablar. Buscaba la soledad, la tranquilidad, el silencio que me dejara hablar con mis libros.
Bueno no existía un silencio real. Los sonidos ocupaban el espacio y reverberaban en él acompañando a sus habitantes todo el día. Empezaba con el canto de los gallos que aún de noche, antes de que el albor llegara competían entre sí o dialogaban, quien sabe, creando en cada quiquiriquí un eco que era el canto de su vecino. Los pájaros se sumaban más tarde desde sus atalayas en los árboles que compartían lugar con las casas. Como si el pueblo de animales y hombres fuera todo uno, como si no perteneciera más a unos que a otros. Los gatos con sus maullidos y sus llantos, los perros que se molestaban de que cualquiera ocupara su espacio y retaban a sus vecinos en una coral de voces roncas y agudas. Algún asno que emitía su queja por tanto trabajo acumulado en el día. Y los hombres con sus voces y los niños con sus gritos y las mujeres con sus llamadas a los hijos, como campanas que reclamaran la atención, emitiendo una sola nota mantenida. Juannnnnnnn!!!!! A comer !!!!!!!
No había silencio, había bocanadas de vida en cada sonido, pero yo podía seguir leyendo mis palabras porque aquella música no me distraía.
El invierno llegó sin prisa, como la caída de las hojas, sin querer molestar la paz de sus moradores. Venía para dar descanso a las almas cansadas y cubrirlas con su manto blanco. Las tierras y su monte se unieron en ese recogimiento de cementerio, donde la soledad paseaba por las calles visitando cada nicho. La noche vestida de azul oscuro, trajo el frío y se llevó una parte de mis sentidos, que quedaron adormecidos, como congelados. Comencé a notar algunos síntomas de este entumecimiento, lo atribuí al gélido aliento del monte, como si fuera el mal de los alpinistas que dejan de percibir sus miembros por la isquemia. No había dolor, ni ocurrió de repente, fue un transito tan sosegado que no percibí su presencia hasta que me vi en una burbuja de espacio-tiempo donde estaba sólo.
El invierno es un tiempo propicio para las letras, inspira más al recogimiento y por ello quizá necesitamos comunicarnos con los otros para no quedar aislados, trabajaba más. Con mi moto iba casi cada día visitando estos paraísos perdidos para entregar las cartas que traían palabras de otros mundos lejanos a aquel donde moraban los hombres y mujeres que eran ahora mi mundo. Estaba más tranquilo pese al trabajo. Cuando ordenaba las cartas, cada dirección no era un código o unas letras, recorría las calles con la mente me transportaba a la aldea. Percibía los olores, veía a los hombres y mujeres moviéndose como sombras, ahora corpóreas. Mis compañeros me hablaban y seguía absorto en mis pensamientos. Ellos fueron quienes me avisaron que el silencio dormía en mi cabeza. Me estaba quedando sordo.
Cuando se pierde un sentido dicen que los demás se agudizan para compensar. Yo empecé a percibir todo aquello que hasta entonces estaba oculto. Disfruté de los campos incluso cuando el paisaje no ofrecía más que estériles espacios. Sentía mis pasos sobre las calles como percibiendo por primera vez que las pisaba. Saludaba a las personas como cada día, pero veía aquellos seres de otro modo, empecé a entenderles.
Hasta el invierno muere y de sus entrañas renace la vida que fue filtrándose en cada gota de lluvia que esperaba el calor de la tierra. La escarcha se convierte en rocío, el secano en vergel silvestre, el muerto en Lázaro renacido. Hay un manto de colores que un mago hizo brotar de su chistera dorada lanzada al cielo y suspendida en él, dando calor y luz. Pero mi oído no rebrotó, como mata muerta seguía negándose a recibir a los demás. Mis amigos intentaron ayudarme, hablaban despacio y levantaban la voz, como cuando se habla a los viejos. Yo me refugiaba en mi lectura, donde hacía audible las palabras que resonaban en mi cerebro como si fueran pronunciadas.
Esa primavera decidí que debía dejar el trabajo e irme a vivir al pueblo. El médico me dio la baja, quería que fuese a la ciudad, debía verme un especialista, pero pospuse la visita hasta estar instalado en mi nueva casa. La alquilé a Teodoro, él había quedado viudo y ocupaba sólo la parte baja de la casa, no podía subir las escaleras como antaño. Quien vive mucho tiempo, va viendo morir su cuerpo, va acompañando al lento declinar de sus capacidades, va perdiendo sus proyectos, su memoria, el propio dominio sobre su vida. Al menos así lo veía yo. Teodoro no se quejaba de sus limitaciones, no reclamaba a la vida lo que le había ido arrebatando en el tiempo. Se limitaba a vivir, siendo testigo de su propia existencia, sin pedir más de lo que el día le ofrecía. Se sentaba en la silla a la entrada de la casa y veía pasar el mundo, sintiéndose tan vivo como el ejecutivo cuya agenda está completa desde la semana anterior y pasa vertiginosamente por su vida creyéndose imprescindible. Él miraba sin pretender cambiar nada, no le pertenecía el mundo y por tanto no tenía derecho a cambiarlo. Sentía el sol que lo bañaba en la mañana y se retiraba cuando el calor le molestaba. Por la tarde se sentaba en el corral para sentir de nuevo el calor del sol, se sentaba a sus pies el perro que le había acompañado y había envejecido con él. Miraba sus gallinas corretear, picotear la comida que les echaba cada día y que había amasado con la parsimonia y la perfección de las cosas que sólo pueden hacerse de esta manera. Cuando caía la tarde se retiraba con la luz y se refugiaba en la lumbre que debía servirle para preparar su cena. Comía poco, dormía poco, hablaba economizando cada palabra como si tuviera sólo un puñado de ellas para toda la vida. Pero en cada gesto, en cada mirada expresaba páginas enteras de su vida, entregaba un manual de supervivencia, de autocontrol, de esos que ahora la gente necesita para mejorar y para triunfar.
Yo me acomodé en la planta superior donde tenía dos habitaciones, una la ocupaba para dormir y en la otra instalé mi cuarto de lectura. La habitación tenía una estantería que yo había llevado para dejar mis libros, una lámpara que también yo traje de mi piso. Fueron las escasas pertenencias que rescaté en el naufragio de mi vida anterior. Teodoro me dejó una mesa camilla con faldones de tela y con un brasero que en invierno podía rellenar con las brasas del hogar y un sillón de madera, tan viejo que no necesitó decirme que pertenecía a su padre. Estaba reparado varias veces el encordado y sobre el asiento reposaba un cojín plano que lo hacía cómodo. La estancia estaba iluminada por una ventana que daba al patio y que en las tardes el sol calentaba. Esa luz es la que siempre había deseado para acompañar mi lectura, creaba un clima de paz interior, paraba el tiempo. Desde la ventana como en una foto fija podía ver a mi amigo sentado con el perro a sus pies, ambos como figuras de un museo de cera, inmutables.
Compartíamos la planta baja donde el tenía su habitación tan huérfana de muebles como yo de sonidos. La cama de hierro forjado con su somier de muelles que seguramente crujían bajo su escaso peso, un mesita con cajón y un armario tan vacío como la estancia. En el rincón teníamos el espacio que llenaba nuestros momentos de mutua compañía, la chimenea de obra, con un pequeño escalón sobre el nivel del suelo. En su frontal se adivinaba un dibujo que en otro tiempo tuvo colores y dejaba ver unos niños desnudos sobre la arena y un mar tranquilo. Ahora la sombra del humo había dejado una pátina que hacía el efecto de que en aquella playa había caído la noche para siempre. Cuando nos sentábamos en el ocaso de la tarde delante del fuego, hablábamos sin pronunciar palabras, compartiendo la conversación con las caprichosas llamas que bailaban sobre los troncos,
No necesitaba mi oído para escuchar como me mostraba el camino que él había recorrido para llegar al karma, a la perfección de lo simple, de lo evidente que nos empeñamos en convertir en un misterio. Parece que sólo pudiera gozarse aquello que se reviste de finos brocados y complejas experiencias, sin advertir que la belleza y la vida está en lo elemental, en los sentimientos que erizan la piel. En el calor de un sonido, la tibieza de un relato, el frescor del agua, el contacto con una piel, en el perfume del mar se puede encontrar la felicidad, el instante que da valor a la vida.
Dejé pasar el tiempo sin cronómetro, si el sol sabía cuando salir y cuando ponerse, porque debía controlarlo. Viví lo pequeño como si fuera inmenso y lo grande lo convertí en fútil, innecesario. No deseé en este tiempo nada que no fuera vivir sin futuro, ni pasado, Carpe diem.
En el calor del verano los hombres miran el cielo para que no se agosten los trigales vestidos de ámbar y salpicados de encarnados lunares por las amapolas. Vigilan como las vides se van dando a la vida y sus racimos se engalanan de cárdenos colores. Se recogen a la sombra de los pinos y de las higueras en la tarde para dejar que el tiempo pase como la brisa fresca, dejando un regusto de paz.
Cuando finalizaba agosto Teodoro murió, casi como lo había visto vivir, se fue sin hacer ruido. No lo encontré sentado en su portal y supe que esa noche sofocante había adormecido su corazón para siempre. Lo dimos a la tierra sin ceremonias, sin palabras, respetando su deseo, devolviendo a su dueña lo que había prestado, agradeciendo su regalo.
En aquel breve tiempo que compartimos, aprendí que tenía cuanto necesitaba. Disfruté del silencio que me había sido otorgado y oí el sonido de las palabras que iba leyendo y que sin embargo nunca habían sido pronunciadas. Porque de esa doble naturaleza están dotadas las palabras de los hombres, algunos sólo saben oír el sonido de las palabras y viven sometidos a ellas y sus engaños. Los sabios saben descifrar el silencio de las palabras que esconden la fuente de la verdad.  

CUANDO EL DESTINO TE BUSQUE, NO TE ESCONDAS, SONRIE

domingo, 4 de diciembre de 2011


Unos momentos antes acababa de leer un libro, sólo el final fue realmente interesante, pero tras cerrarlo – cerrar un libro es como cerrar la puerta de una habitación de hotel, en el que te alojaste unos días - se despertó la necesidad de escribir algo. Subí al estudio donde tenía el Mac y mientras bajaba por la escalera pisé la bandolera de la bolsa en que lo guardo. Caí rodando, 13 escalones que se convirtieron en la rampa que descendía a las profundidades de mi alma. Una sucesión de imágenes acudieron de repente. Me di cuenta enseguida de que me estaba muriendo. Aquellas eran las imágenes de mi vida pasada y me anunciaban que acababa de consumir mi tiempo. Podría pensarse que estas imágenes son como una despedida o como un regalo, pero son en realidad como una especie de mueca irónica del destino que te muestra lo vivido en el momento en que vas a perderlo todo. Pueden no creerme pero vi como mi padre al rasurar a mi madre en el parto vio como asomaba un cordón caliente y blando y preguntaba a la comadrona:
-“Que és açò?
-Es la guía”
¿La guía? Que respuesta era aquella, acaso la comadrona trataba de mostrar su saber a través de acertijos. Yo que entonces aún no era ginecólogo veía claramente que era mi cordón umbilical prolapsado a través de la vulva. Tendrían que darse prisa en hacer una cesárea. Sólo una situación transversa pudo salvarme de aquello. Atravesado en el vientre de mi madre el cordón se prolapsó al romperse la bolsa pero mi cuerpo no comprimió aquel cordón umbilical. Ahora lo entiendo, en realidad como decía la matrona era la guía, la cinta, el vínculo con la vida.
¿Sería aquello lo que me indujo a hacerme ginecólogo después? No lo creo, pero tampoco nunca antes había sido consciente de mi nacimiento. Seguro que había bromeado alguna vez con mis compañeros sobre la posibilidad de que el feto nos oyese o supiese que estaba pasando. A veces la vida es capaz de sorprendernos con los más absurdos pensamientos pero quien puede decir que no son ciertos. Por si acaso sonríe y no digas nada.