LA CONCIENCIA NO ES UNA CIENCIA

domingo, 17 de julio de 2016

“El hombre cuando duerme entra en contacto con los muertos, cuando despierta entra en contacto con los dormidos”
Heráclito

Toc, toc
-¿Quién es?
-Soy tu consciente.
-¿Quién? No existe mi consciente, sólo yo existo. Tú serás un impostor.
-Te equivocas, si estoy aquí es porque me has llamado, pero existen otros como yo, que no son yo (es decir tú).
-Vete, no pienso comprar lo que vendes. Además si eres yo, como que estás afuera.
-Me salí porque te habías quedado dormido, pero antes de que despiertes debo entrar.

-No seas absurdo, ¿quieres decir que te necesito? Yo soy el auténtico yo, no necesito sustitutos.
-Tú no eres más que una pequeña parte de ti.
-Pero ¿Cuál es la verdadera si no yo mismo?
-Eso debes decidirlo tú, cuando las conozcas todas.

La lluvia cayendo calma tiene la propiedad de envolvernos en un ambiente íntimo, como el que produce la enfermedad. La pesadez del aire saturado de agua produce un estado de melancolía, una tristeza vaga y profunda, un sopor que invita a recogerse bajo un manto protector. El cielo nos contagia su llanto silencioso, la tormenta agita nuestro ánimo y despierta los temores, entonces nos damos cuenta de nuestra propia fragilidad.

Había llovido, pero aquella mañana de otoño no había truenos ni relámpagos, ni siquiera se podían ver nubes negras. La luz amarilla, tamizada por las gotas suspendidas iluminaba el campo que veía desde la ventana. En aquel estado casi febril me dejé vencer poco a poco por el sueño, ni siquiera se cayó el libro de mis manos, lo sujetaba y lo mantenía como si continuara leyendo. En realidad no sé si me quedé dormido o únicamente me alejé de aquel espacio en una especie de viaje astral, eso que llamamos experiencia extrasensorial. No sabría decir como pasó pero me vi de pronto en otro lugar frente a la ventana, pero no en mi sillón, ni era un libro lo que portaba en mis manos. El espacio había cambiado y la luz era aquí brillante, como la de los días soleados del verano, con un cielo azul intenso. No estaba sentado sino reclinado sobre una estructura que carecía de materia, no podría decir si era cristal, pero lo confortable del reclinatorio descartaba que se tratase de un material duro, la comodidad era absoluta y mi posición invitaba más a la oración que al descanso. Había desaparecido el fuego del hogar que había encendido por la mañana, no sentía frío, pero la temperatura no era un elemento perceptible ni importante. Ya no llovía, no necesité mirar a través de la ventana porque mi visión era la de un espacio infinito. Estaba en un lugar cerrado, pero sin embargo no podía ver sus límites, no existían paredes. En mis manos seguía aquel libro inmaterial del que las imágenes emergían con tal realidad que parecía la auténtica ventana de aquel recinto. Me concentré en ellas y pude ver astros que a pasaban a gran velocidad adentrándome en una oscuridad rota por nuevos planetas iluminados, cuya presencia duraba un instante para seguir sumergiéndome en otra negra sima de la que brotaban nuevos elementos, puntos de colores, rojos, azulados, violetas que crecían y se perdían. De pronto la imagen quedó sobre una esfera redonda y como en un picado suicida se precipitó sobre ella y empezaron a verse inmensos mares entre los que emergían continentes. Sobre ellos seguía cayendo en aquella alocada carrera que parecía destinada a estrellarse sobre la tierra convirtiéndome en mil pedazos por la colisión. Tomaban forma las imágenes y veía ciudades y de pronto sus calles iluminadas, las casas, sus tejados. Parecían las imágenes que se pueden ver a través de la ventanilla del avión cuando desciende para aterrizar, pero eran ellas las que se precipitaban hacia mí como el zoom de una cámara o el enfoque de un microscopio. Su velocidad provocaba un vértigo que se iniciaba en los pies y se apoderaba de mi cuerpo orante, sin embargo tampoco sentía miedo, nunca pensé que acabaría por impactar sobre el fondo de aquel abismo al que me aproximaba. A la altura del vuelo de un pájaro podía distinguir perfectamente las casas con las ventanas que iluminaban espacios cuadrados donde ya se intuía la vida, también las calles poseían un dinamismo propio de una ciudad. Fue entonces cuando la imagen dejó de venir del fondo directamente hacia mí para tomar un sentido horizontal, como si ahora fuera la visión de un pájaro que planeara sobre la ciudad y se alejara de ella hacia las afueras buscando el campo abierto. Allí pude ver el pino y la higuera de mi patio y mi propia ventana y cuando de nuevo se precipitó hacia el suelo pude entrar por aquella ventana hasta verme en el sillón con el libro en la mano. En ese momento de percepción absoluta nada parecía extraño. Era una especie de sabiduría esencial que permitía entender que todo aquel extraño suceso no era más que una verdad natural y que lo que allí ocurría poseía un significado claro para mí. Dentro de aquel estado de conciencia las verdades parecían correr por mis venas, no necesitaba entenderlas, se revelaban ante mí como postrándose, sólo tenía que mirarlas para que su luz penetrara por mis ojos. En aquel momento me sentía como un Dios, y aquel que seguía sentado en el sillón leyendo no era sino un pequeño fragmento de mi mismo. Pero en realidad ¿Quién era Yo, el ser ingrávido que viajaba en el espacio o el personaje que permanecía estático, dormido?

Nada podía deducirse de aquel instante que apenas existía porque nadie era consciente de el, el dormido seguía en trance y el viajante siguió su viaje a través de aquella pantalla que mantenía en las manos. Esa caída constante que le llevó hasta mi habitación parecía llegar a su fin, allí se encontraban mis dos mundos que habían colisionado por fin. Sin embargo con la naturalidad de quien mira a través de su tercer ojo, aquella pantalla que proyectaba imágenes siguió su viaje a través del libro que tenía en mis manos. El viajero se vio de pronto en una nueva realidad que no sabía si era propia o pertenecía al dormido.

En aquel mundo se encontró de pronto extraño, no podía ya controlar los sucesos, un rey montado en un caballo negro azabache bramaba desde su montura con la espada desenvainada y le retaba a un duelo a muerte. Se vio de pronto montando un corcel blanco que como Pegaso volaba sobre el suelo, tan ingrávido como él mismo y desbocado, se aproximaba hacia el rey loco que seguía con su caballo, haciendo girar su montura, levantando los cascos amenazantes mientras gritaba algo que para él era ahora inaudible. Se aproximaba en vertiginoso galope, de pronto el rey inició la carrera hacia él blandiendo la espada en alto dispuesto a derribarlo. Cuando miró el viajante su mano, había allí una espada de fuego que llameaba con el color del neón. La luna dejaba caer su luz sobre los dos jinetes que se dirigían al mortal encuentro y en instante previo a su cruce vio el viajante en la cara del rey su propio rostro. No hubo tiempo para pensar, no se oyó mas que un grito que era a la vez el de ambos guerreros que habían descargado su mortal mandoble. Cayó la cabeza del rey rodando y con ella derramándose la corona que quedó depositada en el suelo. Un silencio profundo, reverencial, se produjo de repente y tras un segundo o un interminable espacio de tiempo imposible de ser medido, en la pantalla se proyecto la imagen de la cabeza del viajante que rodaba desde su cuerpo etéreo girando para acompañar en el suelo a la del rey decapitado. En la pantalla se proyectaban ahora las dos cabezas mirándose, con un mirada intensa que era a la vez expresión de una perpleja incredulidad y la de resignación contrariada, hasta que los ojos finalmente se cerraron y la pantalla se apagó.

Cuando me desperté o cuando tomé de nuevo conciencia de dónde estaba (no creía estar dormido) me dolía el cuello, pasé mi mano sobre el como para comprobar que seguía unido a mi cuerpo o simplemente para aliviar la tensión de los músculos que habían quedado en una posición forzada. Lo doblé primero hacia atrás y luego moví circularmente mi cabeza, notaba como se aliviaba el dolor y finalmente miré hacia abajo donde seguía sosteniendo el libro con la otra mano. Había unas gotas de sangre sobre la página abierta. Habían caído de mi nariz que aún notaba taponada por el coágulo que se había formado en ella.

¿Me había dormido, había sido todo un sueño? ¿Es posible que el viajante no fuese mas que una alucinación transitoria producida por la pérdida de conciencia? ¿Sería posible que fuera ahora yo el que habitaba en el sueño del viajero? Lo que llamamos conciencia es tan irreal y tan incontrolable como el mundo que existe más allá de la misma y no se puede por más que se quiera probar cual de los dos es el verdadero.
Así pues, no renunciemos a los sueños porque podría ser que estuviéramos dando la espalda a la verdadera realidad.



Pequeño vals vienés  de Poetas en Nueva York. Nadie como García Lorca une lo real y lo onírico en un poema y si lo canta Leonard Cohen, no hay más que decir.

AL VENT DEL MON!!

miércoles, 6 de julio de 2016

La Tierra gira sobre su eje en su ecuador, a 465 metros/segundo y viaja alrededor del sol a 30 Km/segundo, mientras lo acompaña por la galaxia a una velocidad de 220 Km/segundo. Moviéndose en orbitas elípticas, girando siempre, persiguiendo un equilibrio entre las fuerzas de la gravedad y la centrífuga.

En su seno habitamos nosotros, ajenos a tanta carrera, inmersos en nuestro propio universo, girando como la Tierra sobre nuestro propio eje. Damos vueltas como una peonza arrastrados por la inercia de la vida. En esta alocada carrera repetimos los errores de nuestros antecesores, incluso nuestros propios errores. No hay nada nuevo en nuestro recorrido. Parecería que después de miles de años de evolución nuestro camino sería diferente, somos como la Tierra trayectorias elípticas y predecibles. En todo este tiempo podríamos haber cambiado la dirección, haber creado nuevas rutas, pero la Historia es tozuda y repite incansablemente los mismos patrones. Las fechorías que hicieron nuestros ancestros, ocupan ahora los rotativos. Sólo los vientos nuevos podrían barrer los malos sueños de antaño.

El viento libre que viaja sin rumbo, salvaje, a veces brutal y otras suave como la brisa puede renovar el aire, aunque en días de solano trae la niebla densa de los desiertos.

El viento helado del norte y el Levante otoñal otrora renovadores vienen ahora para avivar las sombras de la tristeza, de la maldad que asola nuestro siglo, trae consigo la injusticia, la insolidaridad, la frustración de los ideales rotos. Trae olor de muertos, rumor de olas, ruido de maderas que crujen frente a los embates del mar, gritos inaudibles por la sordera colectiva.

El viento que desde el sur se acerca no es más generoso, su aliento es ardiente como el del dragón y tan destructor como sus llamas. Viene cargado de negras siluetas que no entendemos, su idioma que se remonta al principio de los tiempos habla el lenguaje del hambre y la miseria, por eso es ininteligible, por eso nos es extraño e indiferente. Es un viento salvaje e indomable que viene de agostar cosechas y secar la Tierra, su sonido es doloroso y nosotros corremos a refugiarnos al fresco del aire acondicionado para no escuchar sus gemidos.

Ojala los vientos de la libertad verdadera remuevan nuestras conciencias, agiten las velas de las vidas varadas en la calma chica de la cotidianidad. El viento que sale de nuestra garganta en forma de grito, tan salvaje como un tornado quizá pueda romper ese silencio cómplice, es posible que rasgue el manto de indiferencia y arranque los tejados que parecen protegernos y en realidad nos esconden del mundo.

Desalienta ver como el mundo sigue girando veloz sin conseguir llegar a ningún lado.


Wild is the wind de Nina Simone


RECUERDO, NO ES DOS VECES CUERDO

sábado, 4 de junio de 2016

   ¿Por qué necesitas sentarte ante el escritorio y desgranar tu alma? ¿Qué carencias te empujan a desnudarte frente al papel en blanco? No sé cuál es el significado de la escritura, ni cuál su terapia. Ignoro si es un bálsamo del dolor o un ungüento para las rozaduras de la vida. Escribir es una pulsión que sale del fondo, del oscuro territorio del espíritu. Irreprimible y arrebatadora. La voluptuosidad de las palabras vestidas con las transparencias de tul y la delicada caricia de la seda. Sus significados ocultos tras la belleza, engañando y adormeciendo el entendimiento. 

   Una borrachera de sonidos no pronunciados, sólo susurrados en el oído de quien las dicta. ¿Es posible que sean ellas las que dirigen las manos del que escribe?

   Lo cierto es que aquí sentado otra vez golpeo suave las letras. Se componen frases saliendo a borbotones como el agua de un manantial inagotable. Unas aguas subterráneas que afloran a la superficie formando ríos de tinta. Obras sin pretexto, arte sin propósito, voces sin amo, palabras con alas, ingrávidos mensajes que no poseen destino concreto, huérfanas, bastardas. Ninguna palabra poseyó nunca un padre conocido porque fue nombrada por muchos antes siquiera que el primero la escribiera. Licenciosas, insubordinadas, salvajes, libérrimas, montaraces, dóciles monturas que se encabritan y te descabalgan, plácida compañía de perro pachón que se trasmutan en feroces mastines leales e infieles a la vez. Busco la razón de la escritura pero no existe. Es tanto como buscar el sentido de la vida. Son la misma cosa. Estar vivo, trasmitir los latidos del corazón a las pulsaciones de los dedos sobre el teclado, con su ritmo acompasado, en la arritmia de la fibrilación o en el paroxismo de la parada.

   El perfume del texto sobre la pantalla, una sutil fragancia etérea que traspasa el espacio y se percibe en el cerebro más arcaico.

   De todas las palabras escritas las que invocan los recuerdos son las más aromáticas, las de sabor más dulce y picante. En la memoria viven agazapadas hasta que el recuerdo es capaz de despertarlas y entonces las emociones mueven los dedos imparables sobre las letras. El recuerdo es ese infinito armario polvoriento que esconde los secretos más terribles y los más sorprendentes objetos que poblaron nuestra vida. Sin ellos caminaríamos desnudos. Aunque vivan allí acumulando polvo, cubiertos de telarañas, amontonados sin orden en el arcón escondido del desván, son la materia que nos compone.

   El recuerdo contiene el alma de cada uno, la intangible sustancia que queda tras el paso del tiempo. Es el poso del vino madurado en la barrica. Nuestra propia esencia hecha de imágenes imborrables, de sonidos sordos y olores fragantes, que sólo toman forma por las palabras. Pero si existe un recuerdo capaz de ensombrecer al resto, es el que proviene de la infancia. Allí se alojan las imágenes más sagradas, envueltas en aromas sugerentes y destellos de luz poderosos que anulan el ahora.

   Mi calle blanca, sin asfalto, imponiéndose al tiempo, volviendo al presente desde la lejanía. Recuerdo al niño que fui compartiendo aquel espacio infinito con los otros niños de la calle. Los veo a todos y cada uno de ellos con su edad de entonces jugando en mitad de la calle con nuestras peonzas, corriendo para saltar sobre la espalda de los amigos en el churro, mediamanga, mangotero. Compartiendo con las chicas los juegos que despertaban quizás las futuras sensaciones. También las estoy viendo ahora y recuerdo mis miedos, mis sueños, mis fantasías. Saltando en la comba, dejando volar las faldas y la imaginación en juegos que como mucho permitían un beso en la mejilla. Qué nítidas llegan a mí esas imágenes a pesar de estar en lo profundo de la memoria. Historias para el nodo, secuencias que serían sin duda en blanco y negro pero de las que percibo sus colores apagados por el polvo que acumularon en los cajones.

   Una mujer joven inclinada amasando la harina, las manos impregnadas de masa, arremangada, con el mandil de cuadros, añadiendo el agua y repartiendo a pellizcos la sal, como si bendijera aquella vasija de barro de cantos romos y verdes por el barniz cristalizado en el horno. Aquella mujer que te mira de tanto en tanto mientras sigue dando forma a la masa convirtiéndola en pequeños panes, redondos, con un agujero en medio donde cabe el universo.

-I eixe menudet?

-Eixe és el teu.

   Y de repente eres el centro del mundo, el protagonista de aquella obra que tras ser amasada se cubre de un paño blanquísimo para que duerma, para que crezca por el milagro de la levadura.

"Recordar" viene del latín recordare, que se compone del prefijo re- (‘de nuevo’) y un elemento cordare formado sobre el nombre cor, cordis (‘corazón’).
 Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor.


Homenatje a Teresa de Ovidi Montllor

BON CAP DE SETMANA COMPANY

sábado, 21 de mayo de 2016

(Homenatje al meu amic Manolo)

No escric normalment en Valencià perquè malauradament no domine la llengua que parle, però no sabria escriure açò d’un altra manera. No sé si el corrector de l'ordinador em farà alguna més grossa de les que jo faria sol (no ho tingueu en compte, sols tinc el grau mitja).

El meu amic es deixa la feina de diari (és a dir, es jubila) i reprèn un altre tipus de feina menys convencional. Ell diu que a la seua vida li ha arribat el cap de setmana. Entenent que la infantesa és una mena de dilluns i els següents son una successió de dies de treball fins arribar al moment del cap de setmana. M’agrada molt eixa comparació i eixe estil de viure. És un home amb seny i cal ficar atenció al que diu, per tant vull aplicar me la lliçó.

El temps de la vida acotat pels set dies de la setmana. Passem el dilluns casi sense voler, el dimarts corre com una llebre perseguint un dimecres que fuig de nosaltres. Quan arribes al dijous te'n adones que cal posar el fre, no és que no tingues bons records dels dies que han passat, és que per més que volgueres no tornarien i això et fa seure a la voreta del camí i pensar que vols fer l'endemà. Si la vida t’ha tractat bé potser el dijous es un bon dia per a canviar el ritme, no vol dir renunciar al que has viscut o fer-li costat a tot allò que ha segut el teu món i la teua gent. La qüestió és que el divendres està ahí mateix i no cal esperar a que la vida et done algun avís i de sobte s’encenga la llumeneta taronja abans que decideixes fer allò que alguna vegada havies pensat. El dijous i el divendres tenen que ser els dies del canvi, de les decisions atrevides que encaren el cap de setmana amb ganes i amb un projecte nou. En arribar al dissabte m’agradaria estar com ell, que en quedaren encara moltes coses per fer i sobre tot moltes ganes per fer-les.

Desitge que al cap de setmana faça bon temps i pugem eixir al carrer, no volguera que una mala tempesta llançara a perdre el somnis per complir. Ningú és amo del temps i ja sabem que al nostre poble la pluja no sap ploure (com diu Raimon), encara que t’encomanes a Santa Barbara si et toquen trons t’has fotut.

Per tant com diuen a la terra: Manolo gaudeix molts anys d’aquest cap de setmana merescut i que jo ho puga veure.

Carpe diem.

Namasté.


Elies / Kavafis  "Itaca"   del CD  "La luz de Itaca"


SOMOS COMO ANGELES

domingo, 8 de mayo de 2016

Somos como los ángeles, tan asépticos, tan neutrales y desapasionados como ellos.

Los ángeles que habitan el recinto sagrado de Dios son seres inmaculados, de un blanco casi transparente, seres alados carentes de género que no se embrutecen con el sexo. Ajenos a las pasiones mortales y a la esclavitud de tal mortalidad, por tanto a la necesidad de comer, calentarse, defecar o amar. Son seres ingrávidos, incontaminados, imputrescibles, con ellos el cielo goza de una pulcritud absoluta, incluso sus letrinas esán libres del hedor o las inmundicias, sólo útiles para atender algún visitante todavía no descontaminado de su humanidad.

Nosotros, salvo en lo que impone la esclavitud de la condición humana y su fisiología, somos como ángeles. Imparciales, ecuánimes, estoicos, indiferentes, inalcanzables al desánimo, incorruptibles. Pese a las vicisitudes de la política, del desgobierno, de la injusticia, de la aberrante maldad, de los intolerables desatinos cometidos en nombre de dios y de la patria (cada cual la suya) seguimos incólumes, sin menoscabo de nuestra autoestima, vivimos en la permanente seguridad de estar en lo cierto, de habitar un mundo donde los pecados son cometidos por otros. 

Estamos convencidos de que el mal no proviene de nosotros mismos, que si estuviera en nuestra mano hacerlo, pondríamos remedio a los oscuros presagios de esta sociedad. Vemos la ceguera de los otros, la paja instalada en su córnea, ignorando la viga incrustada en nuestro ojo, que nos parece una simple mota de polvo arrastrada por el viento. 

Estaríamos dispuestos al sacrificio si los demás se unieran como legión a nuestro ofertorio. Aceptamos dócilmente las imposiciones de los gobiernos hechas por el bien común, como prueba de  nuestra generosidad infinita, como la de los ángeles. Pensamos que el mundo se ha vuelto loco por algún desorden natural, una inevitable catástrofe desatada por las fuerzas del Universo, como un terremoto o inundación que en realidad no puede atribuirse más que a los inescrutables deseos de un dios aburrido. Si acaso, reconocemos la presencia de otros seres que no poseen nuestra angelical condición y pueden estar involucrados en la magnitud del desastre. Hay maldad, miseria, injusticia que producen repulsión. La ignominia se ha adueñado del mundo, pero nosotros seguimos en el cielo de los ignorantes, ajenos, ausentes, impasibles, inmutables.

Somos como malditos ángeles, desposeídos de sexo, de voluntad y de ánimo, esperando que el buen Dios venga con su espada a aniquilar al maligno. 

Algún día amanecerá nublado en nuestro cachito de cielo, la ambrosía se convertirá en hambre, la calma en tempestad y aquello que veíamos en el plasma pasará a estar tan próximo que notaremos su frio y su hedor. Entonces sabremos que no éramos como ángeles, éramos necios, ciegos, sordos y mudos.

Ojalá los ángeles despierten de su sueño, abran los ojos y vean.

Silvio Rodriguez. "Ángel para un final"

FULANOS, MENGANOS Y VEGANOS

domingo, 1 de mayo de 2016

El mundo es ahora un lugar apátrida, la sociedad en la que vivimos perdió todos sus referentes y busca nuevos mitos. En el Antiguo Egipto, en la Grecia Clásica y en el Imperio Romano, los dioses dirigían el orden del Universo, marcaban el camino y establecían leyes que servían para dar una base a las conciencias. El Credo estaba escrito y era de todos conocido, representado en los teatros, más o menos respetado, pero constituía la columna vertebral de la sociedad. El Cristianismo y el Islam entre otras religiones monoteístas se apropiaron de los mitos y los convirtieron en los acontecimientos vitales de su Dios, en los hechos de sus profetas, sus enseñanzas pasaron a ser Leyes. Tanto se usó el nombre de Dios en vano por parte de sus voceros, de sus máximos sacerdotes, de sus imanes, que el Dios Perfecto, el molde en que mirarse iba perdiendo brillo, se convertía en un fantasma que asoma en el momento de la muerte pero que ya no nos resulta creíble ni satisfactorio. Buscamos un antidios que destruya la maldad del dios impuesto. Tienen razón los que desde los púlpitos amenazan que el mundo se ha vuelto descreído, que los hombres se han alejado de Dios, es cierto y deberían golpearse el pecho porque gran parte ha sido su responsabilidad.

Pero el Hombre no sabe vivir sin modelos, no somos capaces de transitar el mundo como el cínico Diógenes desprendiéndonos de toda posesión para buscar la verdad. Necesitamos agarrarnos a alguna creencia que sustente nuestra visión del cosmos. Han florecido como en la primavera las nuevas religiones que toman como fetiches los mitos de antaño y los rebautizan. Predicadores, santones, iluminados y estafadores han ideado mil formas de adorar al dios que mejor calentaba su ego o su ambición. A este propósito se han unido también los políticos. 

Junto a estas religiones oficiales han aparecido otros movimientos que son la expresión laica de la adoración a un nuevo dios. Estos modelos ya no fijan la atención en una figura celestial que encarna todas las virtudes con el poder de aniquilarnos o bendecirnos. Son las culturas alternativas que nacieron de la protesta contra el statu quo, los rebeldes contra el sistema, buscadores de una nueva filosofía que no persiga a un líder. Pero hasta en las nuevas filosofías huérfanas de dios, muchos serán nombrados ídolos, símbolos del nuevo concepto. Los movimientos nacidos de la posguerra: Beat, hippie, punk, grunge, incluso los Rastafari nacieron para reivindicar los opuestos, romper con lo convencional, alcanzar un nuevo modelo de perfección o la imperfección absoluta como símbolo de la belleza, que es otra manera de entender lo bello. De todas ellas el movimiento hippie fue el más arrollador por su filosofía libertaria, contracultural, pacifista y naturista. Quizá el que más contenido espiritual y conceptual acerca del Hombre y su relación con el Universo tenía. Esa pulsión hacia la Naturaleza libre, sin prejuicios, sin límites tuvo su propio recorrido y pasó de moda. Somos seres cíclicos, repetimos los esquemas y les cambiamos los nombres, pero mantenemos las conductas. Ahora conviven los pijos reconvertidos en hispter, los hippies transmutados en veganos, mezclados con los nuevos beatos, los agnósticos, los ateos recalcitrantes y los que no disponen de tiempo para plantearse cual es su posición frente al mundo, que son la gran mayoría y corren el peligro de convertirse en manada. 

No reniego de ninguna de las decisiones personales de adherirse a cualquiera de las opciones que tu generación te acerca. Pero disiento profundamente de la filosofías que entrañan la renuncia como norma. Admito que mi filosofía transcurre por los caminos de Epicuro, el hedonismo no es una perversión si se entiende como la satisfacción del Hombre y la búsqueda del placer. El placer de no renunciar a lo que el mundo te ofrece y como único límite el daño a los demás, porque provocaría su negación del placer a otros. El egoísmo ya no tiene cabida en ese concepto, la búsqueda de la propia felicidad puede estar basada en la felicidad del entorno. Epicuro hablaba de algunos deseos como innaturales e innecesarios. La fama, el poder político, el prestigio personal, producen generalmente un placer efímero y que suele acabar en la perversión del fin mismo. Aconsejaba no arriesgar la salud, la economía o la amistad en la persecución de un placer innecesario.

Lo bueno del placer depende de cómo se busca y hasta dónde llega. La felicidad se alcanza cuando se aprende a distinguir el verdadero placer. Me reconozco en estos preceptos. Si puedo, tras cubrir los que son las necesidades básicas que Epicuro llamaba deseos naturales, quiero llenar la vida de placeres. Un vaso de vino con los amigos y la familia, pan, carne, pescado, verduras y frutas, palabras, risas, olores fragantes, tiempo compartido, café interminable, licor que enturbie el ánima y la haga volar convirtiéndonos en nuevos dioses. Todo aquello que la naturaleza nos ofrece tomarlo con la generosidad de compartirlo, tratar de actuar sin causar el mal a otros, viajar, entender, aprender, llenar la vida de contenido, disfrutar de una película tanto como de un esfuerzo, escuchar la música para serenar el alma, leer y escribir para hacerla más sabia. Y con esa sabiduría expulsar a los falsos profetas, a los políticos falaces, a los dioses paganos, a las filosofías de enciclopedia.
El Hombre debe ser el fin de sí mismo.

“EN LA VIDA HAY QUE EVITAR TRES FIGURAS GEOMÉTRICAS; LOS CÍRCULOS VICIOSOS, LOS TRIÁNGULOS AMOROSOS Y LAS MENTES CUADRADAS”
MARIO BENEDETTI