FIN DE LA HISTORIA

jueves, 20 de agosto de 2015

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Subimos en el autobús que a esas horas estaba casi vacío. Aristóteles metió la mano en el bolsillo donde yo me encontraba y me asomó a la ventanilla. Veía una ciudad pasar por delante de nosotros. No ya una ciudad como Huesca, que era un pueblo grande. Esta era una ciudad inmensa (vista desde la perspectiva de un periquito). Pasamos por calles anchas con un jardín central, con grandes edificios en sus laterales, el hospital y la facultad de Medicina, me decía Aristóteles, la facultad de Farmacia, los jardines de Viveros... Allí mirando aquella ciudad a través de la ventana del autobús por un momento sentí mi insignificancia. Me sentí más pequeño que nunca.
            Llegamos al museo San Pio V,  un edificio con cúpula azul que destilaba majestad, pero su exterior era nada comparado con lo que contenía, según decía mi compañero, un templo del arte. Pinturas que habían desafiado el paso de los siglos, de artistas admirados en todos los rincones del mundo, este mundo que a cada paso veía más lejos del mío. Lo sublime del arte es algo que solo he llegado a entender más tarde. La pintura, la escultura, la música transcienden del mundo real al mundo de lo onírico, al territorio de los sentidos, donde la realidad se trasmuta.
            La palabra y su escritura, para mi en algún tiempo los bienes supremos del hombre, sus grandes logros en la Naturaleza, quedan casi empequeñecidas al lado del poder del color en un lienzo. Cada trazo, cada mancha, se convierte en una alegoría, necesitaría ser traducido por miles de palabras. Como cada nota de una sinfonía contiene mil matices imposibles de describir. Aquellos templos del arte se erigen para gloria de la grandeza del hombre.
            Para mí, que nunca llegué a entender un poema, el doble fondo de las palabras, su lenguaje subliminal, el mensaje oculto entre los versos, el profundo silencio que sucede a la música, me sumergía en un mar de pensamientos. La música que el hombre compone es un milagro sonoro, imposible de crear en ninguna garganta animal, o quizá sólo en la voz del propio hombre.
            Desde mi visión de pájaro, aquellas cualidades para las que estaba vedado me llenaban el alma, mi alma de periquito. No entendía pues como a las puertas de aquel templo del arte no se agolparan miles de personas tratando de entrar, disputándose el privilegio de saborear las imágenes, de llenarse los ojos y los corazones con aquel inagotable caudal de vida que habitaba las pinturas. Sus puertas estaban vacías, recibiendo el sol de la tarde.
            Descendimos del autobús y vimos sus puertas de cristal tras la que se adivinaba un patio, esperando ser abiertas para mostrar sus encantos. Dimos la espalda como el resto de los mortales a aquel santuario para dirigirnos a nuestro objetivo. No sabía que aquella primera tarde en Valencia iba a poder saciar mi capacidad de sorpresa. Veíamos antes de cruzar el puente, unas torres magníficas, puertas de otrora magnífica ciudad, que se levantaban como cerrándonos el paso o quizás invitándonos a adentrarnos en lo que se escondía tras ellas. Al pasar bajo los arcos, franqueados por la torres, miraba hacia arriba y veía las gárgolas donde extraños seres emergían abriendo sus bocas, un fraile agarrado a una cruz o un león sosteniendo un niño. Pero sin duda en aquellas torres lo que más me inquietaba era la figura de aquel pájaro de alas extendidas sobre la corona, en piedra y en hierro lo vería más veces repetido a lo largo de la ciudad. Su emblema, un murciélago. ¿Porqué las ciudades donde llegaba me hacían guiños de complicidad? Mi mundo de pájaro tan distante de la ciudad, convergía con ella por allí por donde pasaba.
            La calle Serrano arrancaba desde las torres para serpentear luego y abrirse en callejones, esquinas, casas nuevas y viejas que convivían en aparente armonía. Aunque en aquella calle lo viejo y lo nuevo no siempre parecían pertenecer a la misma música. Había notas discordantes, blancas y negras, donde deberían haber existido silencios. Tiendas de recuerdos fabricados en China, bares de tapas y de paella valenciana junto a pizzerías, edificios ruinosos, callejones sucios y fachadas sublimes. Todo vale, porque el tiempo permite que crezcan juntos los opuestos y acaben pareciendo hermanos. Llega el presente y los encuentra lógicos aunque nacieron en tiempos tan distantes que ni llegaron a conocerse. Caminamos adelante hasta encontrar nuestra referencia. La calle Perdiz, un callejón por el que apenas penetraba el sol y allí sobre un almacén la casa  donde estaba Quica. Habíamos llegado a nuestro objetivo. Me salí del bolsillo sin poder evitarlo y volé hacia los balcones, trataba de mirar a través de las ventanas, ignorando a Aristóteles que se deshacía en la calle moviendo los brazos y llamándome. Un espectáculo propio de quien no quería llamar la atención.
            Cuando regresé lo encontré enfadado. Él quería estudiar el terreno antes de actuar. Por hoy había sido suficiente localizar la casa, ya volveríamos con la jaula y mi ficción de periquito deprimido.
            Aristóteles me metió en el bolsillo dónde Quico estaba, necesitaba hablar con alguien y él que le hablasen. Poco acostumbrado a paseos por espacios abiertos escondido en los bolsillos de una chaqueta, se encontraba totalmente desorientado. Me preguntaba que había sido todo aquel griterío. Cuando le conté que habíamos encontrado el lugar dónde vivía su hermana no entendía porqué no íbamos a buscarla. Traté de hacerle entender que dependíamos de la estrategia de Aristóteles, que no podíamos actuar por nuestra cuenta.
            Con él me daba cuenta del verdadero lugar que ocupaba en la historia. Éramos simples acompañantes, espectadores de primera fila de nuestra propia representación. Actores secundarios de nuestra propia realidad. Pero con todo estábamos allí, en una ciudad extraña, tratando de recuperar a una periquita por amor. Cuantos humanos, dueños de sus propias existencias podían decir lo mismo. Cuántas vidas se desgastaban sin un objetivo loable, sin un fin que mereciera la pena ser contado. En cambio nosotros éramos escuderos de un Quijote nuevo, de un enajenado que luchaba contra los molinos del tiempo y se levantaba tras cada golpe que lo abatía, un viejo extraño que perdía sus últimos años de vida rescatando a una Dulcinea con plumas de colores. La nuestra era una historia digna de ser contada, aunque no fuéramos mas que los teloneros del verdadero protagonista, aquel viejo un poco huraño y solitario, que se dejaba ver en las calles llamando a gritos a un pájaro al que guardaba en su bolsillo como si fuera el monedero. Nuestro cuento no era de hadas, pero tenía la magia de lo paradójico, la certeza de ser imposible, la duda de si acaso ocurrió sólo en nuestras mentes. Quizá como la vida todo fue un sueño de un poeta o de un loco.
            Regresamos a casa por donde habíamos venido. Ya no salí del bolsillo, donde pase el viaje hablando con Quico. Sólo callábamos cuando recibíamos un golpe desde fuera. Aristóteles nos decía con ello:
            -Ya está bien cotorras, que tengo a todo el público mirándome.
            El día siguiente volvimos a la casa muy temprano. Aristóteles quería controlar los movimientos de sus ocupantes en un día normal para poder decidir la estrategia. A las nueve de la mañana salió el primer inquilino de la vivienda que por la edad y características podrían coincidir con el hijo de los viejos. Media hora más tarde salía de la casa una chica joven, embarazada. Es posible que los dos se hubieran marchado a trabajar. Esperamos dos horas más cambiando de posición para no llamar la atención, moviéndonos a lo largo de la calle si perder de vista la puerta. Salieron dos personas más, un hombre mayor acompañando un niño y una mujer de mediana edad que tampoco podía ser la nuera de los viejos. El hombre mayor volvió sin el niño. La casa se mantenía tranquila, sólo el cartero llamó a los timbre para dejar el correo.
            Aristóteles no lo dudó y se acercó al portal, llamó primero al timbre de la casa dónde vivía el hijo de los viejos de Huesca. No había ninguna duda, el apellido se repetía en el timbre del portal, era el primer piso de un edificio de tres plantas. Tras repetidas llamadas no obtuvo respuesta. Casi estaba confirmado que sus dueños no podían estar y habían salido esa mañana. En el segundo piso contesto la voz de una anciana:
            -¿Quien es?
            -Propaganda -contestó mi compañero.
            -No queremos nada -cortó sin abrir.
            El 2º piso estaba pues habitado por una anciana, al parecer. Probó entonces con el tercer piso.
            -¿Quien? -sonó esta vez una vez más fuerte.
            -Publicidad -gritó Aristóteles.
            Se abrió el portal tras oír un sonido de abejorro. Sin dudarlo ni un momento mi compañero se adentró en el portal un tanto sombrío. Las paredes estaban pintadas en su parte más baja de una pintura plástica de color marrón que contrastaba con el color más claro de la parte superior. Unas paredes que no parecían haber limpiado a fondo en mucho tiempo. Al pulsar el interruptor se encendieron las luces que iluminaban la entrada. Un primer rellano que daba acceso mediante tres escalones a un segundo espacio donde estaban los buzones. Arrancaba desde allí la escalera con barandilla de madera. Yo estaba aterrado en el bolsillo, me asomaba con miedo, como quien se asoma a un precipicio. A pesar de la soledad de aquel espacio no me atrevía a más. Quico permanecía en el fondo del bolsillo como si hubiera sido cosido al forro, inmóvil. Me atrevía a preguntar:
            -Nos vamos ya.
            -Pues si que tenemos un aguerrido paladín. Creía que ibas a ser tu el que me empujara escalera arriba.
            -¿No pensarás subir? ¿Y si nos ven?
            -Será si me ven. ¿Y qué? Diré que me he equivocado, que venía a visitar a los hijos de un amigo que viven en el primer piso.
            -Tienes contestación para todo.
            -El que quiera saber, mentiras con él, dice la sabiduría popular.
            -¿Es la filosofía de un sabio o de un necio?
            -Es la vida en sí. Y a callar, que si me ven hablar contigo no se me ocurrirá nada para excusarme.
            -Lo dudo.
            -Eres una mosca cojonera.
            -No conozco esa especie.
            No me contestó y siguió subiendo hasta la primera planta. Tomó aliento y llamó al timbre. Yo me sumergí en el bolsillo, como si hubiera hecho una inmersión en el agua. Quico y yo ni respirábamos. La puerta seguía sin abrirse y finalmente Aristóteles tras pegar el oído a la puerta, inició la bajada al portal. Salimos del edificio y se adelantó un poco mirando de nuevo el edificio. Yo le miraba a él. ¿Qué tramaba?
            -Nos vamos a la Plaza de la Virgen, tenemos tiempo.
            -¿Tiempo para qué?
            -Está claro que nuestros chicos se han ido a trabajar, probablemente no volverán hasta mediodía o es posible que hasta la tarde, así que tenemos tiempo para pasear y comer. Hay allí una fuente famosa porque todos los pájaros que visitan Valencia cagan sobre ella. Es una fuente dedicada al Rio Turia. Te gustará y puedes contribuir a decorarla. El toque de un perico siempre le dará distinción. Casi todas las que cagan son palomas.
            -Tenemos que rescatar a Quica y tu piensas en pasear y hacer el indio.
            -No podemos hacer otra cosa hasta que lleguen. Esta tarde yo vendré para hablar con ellos y tratar de recuperar a tu novia. Deberías estarme agradecido.
            -Es que sentir que está tan cerca y no entrar, me produce dolor. Podría acercarme a la ventana del balcón, es posible que se vea algo.
            -Sobre todo, sé discreto y no me montes un numerito si la ves.
            ¿Cómo se siente un niño cuando le dicen que va a ir al zoo por primera vez? ¿Cómo puede sentirse alguien que nunca vio el mar cuando se acerca a la playa? La primera vez que se besa, el momento antes de abandonar la casa de tus padres, la llegada de un hijo... En aquel momento yo me sentía tan poseído por la emoción que no recuerdo que pensaba, pero seguro que todos los sentimientos que rodean a la esperanza estaban en mí. Volé desde el bolsillo de Aristóteles hasta aquel balcón como si fuera a sumergirme en las aguas del mar que acababa de descubrir. Quizá esperaba encontrar a Quica allí mismo, quizá temía que se hubiera ido o probablemente nada de ello estaba en mi mente.
            Llegué al balcón y me asomé a la ventana. Quería ver a través de las cortinas que estaban corridas. Sólo el movimiento de las telas dejaba pequeños resquicios para ver el interior de la casa iluminada por el sol. No conseguía distinguir con claridad en el interior y me apoyaba sobre las puertas de cristal. Noté que se movían levemente. Estaban abiertas pero sólo dejaban una pequeña abertura por la que notaba la fina corriente de aire que venía del interior. Traté de abrirla más, pero sólo podía empujarla con mis patas. La puerta se abría hacia fuera y yo no podía abrirla. Metía mi pico en la abertura, pero el peso de la puerta era demasiado para mi fuerza. Miraba y no podía estar seguro de si Quica estaba allí. Insinuaba mi pico por el pequeño espacio y llamaba a mi amada. ¿Qué locura se apodera de los enamorados? ¿Acaso estaba dispuesto a entrar en aquel recinto donde podía encontrar peligros que ignoraba? Por supuesto, no lo dudaba. Hubiera entrado si hubiera podido, pero cuando oí la respuesta de mi amada, entonces ya no tuve fuerzas. Sentí como el cuerpo se aflojaba. Si antes me sentía incapaz de abrir la ventana, ahora la empujaba, la golpeaba con la cabeza como si pudiera derribarla. Empecé a llamar a Aristóteles, le decía que subiese, como si él también pudiera volar. Me trastorné, lo reconozco. No me daba cuenta de que estaba llamando la atención. Mi amigo desde abajo, no sabía cómo disimular, me gritaba que callase. Pude ver como algunas personas miraban al viejo y miraban hacia el balcón. Seguían su camino. Todos tenían cosas más importantes, sólo éramos un instante robado para ver la anécdota del día, una sonrisa que destilaba compasión por un anciano demenciado.
            Empecé a hablarle a Quica, a decirle que la quería, que íbamos a sacarla de allí, le gritaba que estuviera tranquila cuando mi paroxismo invitaba más al miedo que a la tranquilidad. Quien había perdido el juicio era yo. Ella no podía entender nada. No sabía de la existencia de Aristóteles, de mi odisea. Yo gritaba explicándole todo, como un loco. Afortunadamente para las personas que pasaban por la calle, aquel discurso sólo era el griterío de un pájaro, un canto más o menos estridente.
            Aristóteles viendo que la situación derivaba en un espectáculo grotesco, en el que más pronto o más tarde alguien se daría cuenta que él estaba implicado, tomó la iniciativa. Como siempre su iniciativa no era necesariamente la de un hombre cuerdo, no acostumbraba a trazar planes previsibles ni lógicos. Pero al fin y al cabo era nuestro plan. El suyo, pero que servía a mi propósito. Un despropósito visto con la óptica de cualquier ser medianamente razonable.
            Entró en el almacén que existía en los bajos y pidió una escalera. Su perico se le había escapado y estaba en el balcón  de arriba. Lo miraron como a un perturbado, pero era tanta la angustia que traducía en sus palabras que no pudieron evitar asomarse. Eran un chico joven, el dependiente, y una mujer madura, quizá la dueña. Me encontraron a mí golpeando el cristal, aunque desde abajo no me veían bien, escuchaban mis gritos. Se miraban sin decidirse a aceptar su propuesta disparatada. Permitir a un anciano trepar por la escalera hasta el balcón de un vecino no parecía una proposición muy sensata.
            -Mire, usted y yo sujetaremos la escalera y subirá Fran, él puede bajar a su perico -contestó la mujer, intentando solucionar aquel problema casi de orden público a las puertas de su negocio.
            -Le agradezco el ofrecimiento, pero si sube el chico el perico se escapará. A mí me conoce y puedo recuperarlo. No me voy a caer, trabajé muchos años en la obra y estoy acostumbrado a subir escaleras. Sólo necesito que alguien la sujete.
            -Si se cae nos pone en un compromiso.
            -Le aseguro que subir por aquí es para mí un juego. Limpiaba cristales colgado de arneses en los edificios de Nueva York cuando era joven.
            La mujer y el chico miraban a Aristóteles con cara de una mezcla de admiración e incredulidad. Mi compañero no tenía mesura en la mentira, cuando se arrancaba era imparable.
            -Me fui a trabajar a América en los años sesenta y estuve encargado de la limpieza de los edificios más altos de la gran manzana. Me llamaban el Spiderman español porque me descolgaba enganchado por cualquier pared.
            Esto lo decía mientras tomaba el mando de la escalera que habían acercado y la apoyaba contra la pared. Entretanto iba poniendo las manos del chaval sobre la misma haciéndole entender que debía sujetarla fuerte. Tendría que haber cerrado sus bocas, aquellas dos personas sujetando la escalera mientras mi compañero subía hacia el balcón, mirando hacia arriba con las bocas abiertas podía provocar un accidente, que algo entrase en esos orificios desde arriba. Aristóteles ya se encontraba agarrado a la barandilla del balcón y no habían reaccionado. Se asustaron un poco al ver la dificultad con que el Spiderman español conseguía remontar la altura de la barandilla, que no era mucha. Ya dentro no podían verlo, la profundidad del balcón y el ficus que sobresalía  conferían un diseño de selva urbana poco agraciado.
            Aristóteles vino hacia mí y me atizó lo que los humanos llaman pescozón, pero que en mi caso era un golpe de karateka contra toda mi persona. Consiguió el milagro de callarme por un momento y tras recuperarme de la conmoción cerebral me di cuenta de que él ya estaba dentro de la casa abriendo la jaula de Quica para cogerla.
            -¡Quica no te preocupes es mi amigo! -coincidió mi grito con el de Aristóteles, que ya había recibido el mordisco de mi amada.
            -¡La madre que parió a los periquitos!¿Quién me manda a mí juntarme con estos plumíferos? -decía sin soltar a Quica.
            -¡Cuidado no le hagas daño! Quica no tengas miedo, es mi amigo -dije en un perfecto bilingüismo humano-aviar.
            -Dile que a mi también me duele si me pican. Será muy dulce como periquita pero el pico lo tiene duro como una piedra.
            Abrió la mano por el dolor y Quica salió volando hacia la ventana, yo por supuesto fui detrás intentando calmarla. Salimos como una exhalación por el balcón y metimos por la calle Perdiz hasta otro balcón donde Quica se paró. Lo demás no puedo contarlo, todavía me emociona el recuerdo. Volver a rozar aquellas plumas, restregarnos el pico, besarnos como si fuera la primera vez, en aquel callejón, como dos amantes que no pueden contener sus impulsos.
            Tras ese arrebato inicial, empecé a explicarle un poco las novedades que a ella le parecían cada vez más inverosímiles. Quico, su hermano, ella y yo otra vez juntos, todo ello gracias a un viejo, que ahora era nuestro amigo. Necesitaría como mínimo unos día para asimilar aquella locura.
            Entre tanto Aristóteles bajaba reptando por la escalera, como si nunca hubiera descendido por una de ellas. Agarrado como garrapatas que tanto había quitado en los perros, mirando hacia abajo como si aquellos tres metros de altura fueran un abismo.
            -Está un poco oxidado ya ¡Eh viejo! -dijo el muchacho que veía a aquel hombre bajar como si temiera perder la vida en un traspiés.
            -Vaya con cuidado que no tengamos un disgusto -expreso la señora que ya había dejado de creer en el águila voladora de Nueva York y volvía a ver a un viejo carcamal, más loco que una cabra, al que habían consentido subirse a una escalera.
            Con alivio para todos llegó al suelo sin problemas, salvo la fatiga y el miedo que no se podía ver, si acaso se adivinaba en la palidez de sus facciones.
            -Se ha volado su perico, pero me ha parecido que iban dos.
            -Sí, eran dos periquitos que llevaba y no sé porqué han iniciado una pelea, estaban riñendo arriba y por eso quería bajarlos. Bueno muchas gracias por su colaboración, voy a buscarlos, no sea que causen alguna desgracia. ¿Por dónde se han ido? -preguntó con total descaro
            -Se han metido en la Calle la Perdiz -dijo Fran.
            El chico y la mujer se miraban como diciendo, este hombre no esta bien, pero menos mal que no ha pasado nada y como no ha habido problemas, mejor no digamos nada a nadie. Corramos un estúpido velo, como dicen ahora los modernos, pensarían.
            Nunca supimos que pensaron el hijo de los viejos y su mujer embarazada cuando regresaran a casa y vieran la jaula abierta sin la periquita. La buscarían por la casa y quizá concluyesen que la habían dejado mal cerrada y que había conseguido escapar por la ventana que dejaban entornada para que se ventilase la casa. Nadie les contaría el espectáculo de circo que aconteció en su casa donde el gran Spiderman mostraba sus dotes de escalador. Nunca les llegaría noticias de el viejo que sus padres le habían dicho que tenía un periquito triste y que quería emparejarlo con la suya. Si viniera ahora tendrían que decirle que ya no la tenían. Tenían otros problemas de los que ocuparse, sobre todo de la paternidad que ya les llamaba.
            En la calle Perdiz, entre las sombras de aquel callejón. En los soportales viejos con olor de orines, entre los restos de la basura y algunas botellas vacías de pasadas noches, sucedió el milagro de la unión entre el mundo de los humanos y el de los pájaros. La conjunción de astros que se encontraban a años luz, confluyendo en el espacio, alineándose para dar lugar a un hecho nuevo. Aquel viejo cínico y tres pericos se unirían tanto como lo hicieran dos amantes. Fijarían su destino como uno solo, establecían una relación que trascendería la de amo y esclavos, la de deudos y padre protector, para convertirse en amigos.
            No sé si es excesivo el término, me sonroja usarlo de esta manera. Pero no es acaso amistad la relación establecida entre dos o más, cuyos intereses confluyen, dónde las necesidades de unos se convierten en ayuda incondicional por los otros. Donde las diferencias se aparcan para encontrar los puntos comunes. Donde no existe más que el deseo de tenerse como amigos, sin necesidad de poseerse. El lema famoso de los tres mosqueteros: “Uno para todos, todos para uno” . Aristóteles era nuestro D´Artagnan y nuestro héroe.
            Allí en la calle Perdiz, cuando bajamos del balcón hasta donde estaba nuestro amigo y sacó del bolsillo a Quico que asustado permanecía quieto en su fondo. Tuvimos un momento de felicidad plena. De esos momentos en que miras a la vida y le das gracias, despacio, evitando romper el encantamiento, temiendo quebrar la fragilidad de esa felicidad tan esquiva. Revoloteábamos por encima de la cabeza de Aristóteles, chocábamos entre nosotros, gritábamos de alegría por un reencuentro impensable. Algo tan imposible que no podía ni ser pensado. En la soledad del callejón ahora podíamos afirmar que habíamos sido felices al menos una vez en al vida. Y quizá pudiera ser que aquel estado de gracia se prolongara en el tiempo.
            Aristóteles propuso no quedarnos allí, podíamos llamar la atención. Deberíamos caminar hacia lugares concurridos y confundirnos con el gentío. No creía que la mujer y el chico del almacén nos estuvieran mirando, pero había que ser prudentes. Aquella si que era una palabra chocante en boca de nuestro amigo. Nos metimos los tres en uno de sus bolsillos en donde fuimos hablando bajito todo el camino. Aristóteles caminó hasta la calle Cavallers y después nos acercó a la Plaza de la Virgen en donde desde un lugar discreto nos dejó salir del bolsillo. Era mediodía, el sol calentaba, pero la euforia era tal que nada nos importaba. La única realidad que percibíamos era la nuestra. Salimos de nuestro dulce enclaustramiento al son de las campanadas de las doce.
            -Esta es la plaza y la catedral, aquella torre que se levanta al fondo es el Miguelete, de allí provienen las campanadas que habéis oído. Se llama así por la campana de San Miguel, dedicada al arcángel San Miguel, una especie de hombre pájaro de la mitología cristiana. Allí está la fuente dedicada al río Turia con una figura recostada sosteniendo el cuerno de la abundancia con los frutos de la huerta y a su alrededor las ocho fuentes que representan las ocho acequias de la huerta de la Vega de Valencia.
            Verdaderamente la imagen de la plaza daba idea de la grandeza de aquella ciudad. Traduje como pude a mis compañeros lo que Aristóteles me había contado. Les explique la tradición que parecía existir en aquella ciudad, todos los pájaros que visitaban la plaza dejaban su cagadita sobre la fuente. Habitualmente lo hacían sólo las palomas que eran las aves más numerosas en aquel espacio, pero Aristóteles insistía en que la aportación de tres periquitos era como mínimo enriquecedora. Aunque tenía mis sospechas de que aquello pudiese ser una burla más de mi compañero no vi ningún inconveniente en explicarlo a Quico y Quica. Valencia nos había dado mucho y debíamos devolver ese regalo con todo lo que en nuestra mano estuviese. En este caso no era la mano, que no teníamos, pero si prescindíamos de la “m” , estaba todo arreglado.
            Yo fui el primero para dar ejemplo y le cagué al Turia en el ojo, como prueba de buena fe. Quica hizo a continuación lo mismo pero en lo alto de la cabeza, le parecía más higiénico. Quico se  resistía a rendir homenaje a la estatua y le insistimos:
            -Hazlo por Aristóteles y por la ciudad, es lo menos que podemos hacer.
            -Pero es que he cagado hace un momento en el bolsillo de Aristóteles, cuando estaba intentando subir a por ti. Me asusté y no pude evitarlo.
            -¿Que has cagado en el bolsillo de Aristóteles? Se va a poner hecho una furia cuando se lo diga. Y como meta la mano  y se entere por sí mismo, aún será peor. Bueno ya veremos como solucionamos eso, pero ahora cumplir con la fuente.
            El esfuerzo de Quico se vio recompensado con un hermoso detalle sobre la naranja que salía del cuerno sostenido por el Dios.
            Concluidos los ofertorios, aliviados y más contentos revoloteamos por la plaza. Era un hermoso día de verano.
            La gente transitaba aquel espacio sin detenerse demasiado debido al calor. Buscaba las sombras y los bares de la plaza. Había oído decir a Aristóteles que en Valencia se tomaba un refresco hecho a base de chufa, una bebida del color de la leche que resultaba deliciosa. Sólo muy pocos estaban en el espacio abierto de la plaza ofreciendo comida a las palomas, pensé que lo hacían para que estas pudieran luego adornar la fuente debidamente. Sin embargo se reunía un nutrido grupo de turistas alrededor de unos hombres vestidos con blusón negro. Estaban de pie delante de la puerta de la catedral, los hombres de negro estaban sentados tras la reja del pórtico. Al finalizar un ritual en que el portador de una larga vara acabada en un gancho preguntaba si había alguna denuncia, se disolvió el grupo y los turistas que los fotografiaban.
            Aristóteles que parecía saber de todo nos dijo que aquello era un tribunal. El Tribunal de Las Aguas de Valencia. Allí se juzgaban los conflictos entre los regantes de la huerta. El tribunal emitía sus sentencias que tenían valor jurídico a pesar de que sus componentes eran sólo labradores, hombres que tenían la confianza de sus iguales, sin estudios pero con la sabiduría que da el sentido común. En definitiva, un grupo de hombres buenos ponían paz a los conflictos de una comunidad. O yo no había entendido bien lo que ocurría en los tribunales de los hombres o nada de aquello sucedía en las grandes salas de los juzgados. Aquellos hombres togados no parecían tener pese a sus estudios el mismo respeto de los ciudadanos que juzgaban. Entonces se puso serio y nos dijo trascendente:
            -La justicia humana dista mucho de ser un arreglo sensato entre iguales para convertirse en un disputa de poder donde lo importante era ganar. Ganar el pleito teniendo o no razón, mintiendo o sobornando, practicando intrincados discursos con una dialéctica falaz. ¿Tan extraña es la ley que requiere intérpretes de la misma, chamanes que consulten las fuentes del saber para emitir la sentencia? Recuerda mucho a la justicia divina, al Credo en sí. ¿Cómo un mensaje tan simple como amar al prójimo requiere sesudos teólogos para interpretarlo? Quizá porque lo que desean no es trasmitir el mensaje, si no manipularlo, utilizarlo en su beneficio. Aquel Tribunal de la Aguas resultaba anacrónico pero esclarecedor de la naturaleza de la Justicia, de su esencia y de como el tiempo la había devaluado.
            -Por cierto Aristóteles -dije yo, sacándole de ese estatus trascendente- ¿Cuál crees que es el castigo por cagarse involuntariamente en el bolsillo de tu chaqueta?
            -¿Que os habéis cagado en el bolsillo?¿Será posible? Eso me pasa por juntarme con pájaros -esa era su frase favorita.
            -Acabas de decirnos que no crees en los hombres. ¿Porqué no convertirte a la Fe de los periquitos?
            -Porque yo ya no puedo pertenecer a ninguna Fe. Pero si te sirve de consuelo, no me importa que os hayáis cagado en mi chaqueta. La vida me ha cagado otras muchas veces y no he podido reprenderla. Estoy contento porque mi misión está concluida. Ya estáis juntos. ¿No era ese el trato? Ahora necesito descansar.
            Volvimos en taxi, Aristóteles estaba muy cansado. Nos metimos los tres en el bolsillo limpio y fuimos callados hasta aquella pensión que era nuestra casa en Valencia. No hablábamos porque sabíamos que nuestro viejo amigo necesitaba tomarse un descanso de pájaros y ya había tenido muchas emociones aquel día. Al llegar a la pensión comimos alpiste de la jaula, bebimos agua y dejamos que Aristóteles se tumbase en la cama.
            Fue una tarde y una noche completa donde revivimos todos los detalles de nuestras vidas pasadas. Como si hubiéramos tomado café. Una vez lo había tomado seducido por el aroma intenso que desprendía, Aristóteles me lo había advertido:
            -Veras la luz.  Se te llenarán los ojos de luz y no podrás cerrarlos. Es la planta del saber, ese era el árbol del Edén que Eva no podía tomar. Porque el café te da la clarividencia, te despierta el espíritu y la vida entra a raudales. No lo tomes porque te robará el sueño y la voluntad.
            Con aquella advertencia, no podía sino tomarlo, a pesar de su sabor amargo. Yo era así, siempre dispuesto a aceptar un desafío.
            En la noche de nuestro reencuentro no necesitábamos el café, el frenesí de los acontecimientos tenía nuestro ánimo bastante perturbado, como para necesitar un estimulante. Nos pusimos al día de lo sucedido en esos años que parecían décadas. Como en la pajarera, después de nuestra aventura, seguíamos pensando que el mundo de los hombres era maravilloso. Un lugar lleno de sorpresas, de contradicciones, pero lleno de posibilidades. Esa era la verdadera libertad.
            La seguridad del hogar no es suficiente para prescindir de la apasionante sensación de estar vivo, equivocándose y acertando, pero viviendo. Seguía siendo un perico, pero me sentía cada vez más cerca de aquellos hombres. Mis compañeros aunque no compartían mi pasión por los humanos, pensaban como yo que había valido la pena salir de aquel recinto sagrado de la pajarera que ahora sólo viviría para siempre en nuestra memoria. De aquella jaula magnífica protegida por encinas, que había contenido todo lo necesario para una vida tranquila, nos quedaba el dulce recuerdo de nuestros seres queridos, refugio de los días que nos quedaban por vivir. Si hubiéramos permanecido en ella, sin duda todo sería ahora diferente, pero con sin nuestra presencia el cambio se habría producido. No estarían allí nuestros familiares, quizá tendríamos hijos, algunos de ellos nos hubieran sido arrebatados y veríamos en los hombres seres extraños. La misma realidad vista desde la lejanía parecía diferente. La realidad es la que es, ajena a nosotros, indiferente al cristal con que la queramos mirar. Somos nosotros quien pretendemos cambiarla, transformarla a nuestro gusto, pero el mundo gira sin tenernos como eje.
            Permanecimos en el baño para no molestar a Aristóteles. Nuestro viejo amigo tomó algo en la tarde y se sentó a leer.  Se dormía en la silla y cuando la luz se apagó y las sombras inundaban la habitación a pesar de las bombillas del techo, Aristóteles dijo que iba a acostarse.
            -Mañana pensaremos la vuelta a casa. Si preferís quedaros aquí no hay problema, pero me gustaría que me acompañarais.
            -Les he contado a mis amigos lo que has hecho por nosotros. Queremos estar contigo. Gracias a ti nos hemos reencontrado y en ningún lugar nos tratarán mejor que en tu casa. Déjanos acompañarte.
            -Ahora estáis juntos podéis construir una vida nueva, no os hago falta. Vosotros ya estáis completos. A mi me queda poco, también tengo ganas de reunirme con los míos, con los que me esperan. Sois  libres.
            Se metió en la cama vestido. Realmente estaba cansado o quizá ahora estaba verdaderamente en paz. Se durmió y nosotros seguimos nuestra velada de historias que parecían nacidas de la imaginación o de un sueño.
            Al amanecer la luz entraba cegadora por las ventanas que habían quedado abiertas, el día nos invitaba a recorrerlo. A pesar de nuestra vigilia, estábamos radiantes, éramos pájaros nuevos, almas llenas de vida, dispuestas a vivirla intensamente.
            Me acerqué a mi viejo maestro para despertarlo, para llamarlo perezoso, para invitarle a salir al mundo que nos esperaba. Pero él permanecía en una posición rígida, con los ojos abiertos mirando hacia la eternidad, ausente y presente a la vez, quizá llegando en brazos de la muerte a su otra vida, a su amada, su complemento. Estaba en aquella cama con los brazos estirados sobre el abdomen, las piernas un poco encogidas. Los pies cubiertos por unos calcetines finos que mostraban un agujero por el que asomaba el blanco del dedo gordo. La cara pálida, con una barba blanca de dos días, con una mueca a medio camino entre la sonrisa y el fastidio. Parecía un Papa Noel antes de vestirse con el traje rojo. No mostraba signos de dolor, la muerte no le había pillado desprevenido, quizá habían llegado a un acuerdo. Conociendo a Aristóteles la parca habría perdido la apuesta aunque pensara que había ganado. Dormía y soñaba con su querida Inés, soñaba que iba hacia ella. La encontraba en una casita de secano de su tierra de Aragón, esperándolo en la puerta, con una gran pajarera llena de periquitos que rompían con sus cantos la quietud del momento. Seguro que en ese momento caminaba ligero, casi corriendo hacia los brazos que lo esperaban desde hacía años. Su cansancio se había disuelto, de repente había rejuvenecido y su pelo blanco había tomado otra vez el color del carbón. Ella con su sonrisa lo llamaba y su voz era la voz de un pájaro, pero él parecía entender ahora a los pájaros. Comprendía por fin sus cantos, sus lamentos, las quejas por no tener manos con las que acariciar. Él si tenía unas manos dispuestas a dar todas las caricias que en estos años se habían perdido y una boca que no deseaba otra cosa que besar a Inés. Creo que era feliz.
            Pero yo, me veía por primera vez huérfano, despechado por la vida, abandonado a mi suerte, sólo a pesar de estar ahora de nuevo con mis amigos. No había conocido la muerte de mis padres pero desde este momento podía imaginarla. La sensación de ser el único testimonio de su existencia, la responsabilidad de cargar con su memoria y de trasmitirla par evitar que la muerte ganara su batalla.
            Por eso no salió un llanto de mi pico sino un grito que era una palabra:
            -¡Padre!
            Mis compañeros acudieron desde el baño para ver lo que ocurría. Ellos que hasta no hacía mucho vivían al margen de los hombres, se sintieron igualmente abatidos. Toda la energía que la noche nos había dado nos la robaba ahora aquella imagen de un viejo tendido sobre la cama. Un hombre que se había convertido para nosotros en el salvador, en el héroe, que había ganado el título de padre.
            No hablamos más, el silencio era nuestra oración, nuestro reconocimiento ante aquel ser que  nos había salvado de ser unos pájaros más en las jaulas de otros. Nos situamos en los bordes de la cama, como escoltando su tránsito. Éramos ahora los guardianes de su descanso. Yo estaba en la cabecera de la cama y mis compañeros a ambos lados de los pies. Formábamos un triángulo, una pirámide, tres puntos de apoyo que impedían su caída, que le ayudaban en el viaje, que le proporcionaban la inmortalidad.
            Así nos encontró el casero cuando entro en la habitación a limpiar.
            Se echó las manos a la cabeza y comenzó una sarta de exclamaciones, de quejas, que parecía un deudo del difunto. Le fastidiaba este giro del destino, un muerto en su miserable pensión la hacía más miserable si cabía. Era un inconveniente ahora explicar a la policía que hacía aquel viejo allí con tres pájaros. Vino a por nosotros con la escoba que portaba, lo esquivamos, pero volvimos a nuestra posición, trató de echarnos por la ventana, hasta que finalmente nos fuimos a por él, le arañamos la cara y le picoteamos el brazo. Cuando desapareció, seguramente para avisar a la policía, volvimos a nuestro sitio. Aquel era nuestro homenaje y nadie se interpondría en nuestro camino.
            Cuando llego la guardia civil, con sus tricornios de charol y sus trajes verdes, seguíamos siendo los vigías de aquella barca que cruzaba el río del reino de Hades. Sus timoneles y sus grumetes, sus hijos solícitos en aquel viaje. Los guardias que se miraron extrañados, intentaron apartarnos con las manos, dulcemente, como si comprendieran nuestro dolor. Cuando comprobaron que siempre regresábamos a nuestra posición nos dejaron. La policía, el forense, todos trataban de apartar aquellos pericos que daban a la escena un aire surrealista, añadiendo un dramatismo a la imagen de un hombre muerto, sólo, rodeado únicamente de sus periquitos. Así aparecimos en las fotos que la policía había tomado de la escena.
            La  juez que vino al levantamiento del cadáver, no se molestó en apartarnos. Su mirada era indiferente, era el rostro de una joven de aspecto virginal, de facciones pulidas y un brillo azulado en los ojos. La muerte no la conmovía, el hábito de su visión en todas las versiones que la violencia ideaba, la había esculpido en mármol.
            Fue la guardia civil la que le explicó a la juez que se había procedido a avisar al hijo del finado y que ellos se encargarían de entregar a éste las pertenencias del viejo, incluyendo sus periquitos. Lo dijo para que ésta aceptara, pero no recibieron respuesta. El silencia valía tanto como una afirmación.
            Sin embargo yo acepté su trato. Pertenecíamos a Aristóteles, él nos había dado la libertad pero nos había dejado huérfanos. Podíamos ser ahora adoptados por Javier.

            Les explique a mis compañeros la conversación, de la guardia civil con la jueza. Les anuncié las condiciones de la rendición, nos dejaríamos coger y encerrar en la jaula que permanecía abierta. Iríamos con Javier. Se iniciaba ahora una nueva aventura. Estábamos juntos. Todo saldría bien ahora.

CAPÍTULO 9 (el último)

sábado, 15 de agosto de 2015

Capítulo 9
“No está tan lejos el infinito, ni se tarda una eternidad.
Se alcanza en apenas un sueño”

            El día siguiente amaneció como de costumbre, el sol salió por Levante, sus rayos que aparecieron tímidamente pronto se hicieron potentes y cegaban a quien osara mirarlos. Era una mañana de verano como lo habían sido las de los días anteriores. Pero por un momento hubiera pensado que se había producido algún cambio profundo en la estación, que el tiempo había virado ciento ochenta grados, que nos habíamos trasladado a otra dimensión del tiempo. Sin embargo todo seguía igual, pero diferente, la calle mostraba la misma gente pero la veía de otra manera.
            Miramos el mundo con los ojos del alma. Ya dije que la vista era sólo una mala consejera, en realidad los ojos sólo sirven para ver. Sin embargo miramos con otros ojos, profundos, invisibles, quizá ocultos en el fondo del cerebro. Porque los objetos, las personas, los hechos nos parecen distintos dependiendo de la forma de mirarlos.
            Yo entonces había despertado a un mundo de esperanza dónde cualquier cosa podía ser posible. Abierta la mirada a un Universo positivo, que me sonreía, que me había rescatado de las tinieblas y como la luz del sol me cegaba. Me sentía radiante, invencible.
            No sé si estuve la noche en vela o en ese duermevela de los pájaros, pero lo que es seguro que esa noche fue eterna y dichosa. Deseando que amaneciera pero viviéndola como una noche de luna de miel, embelesado en la dulzura del momento.
            La mañana en que de nuevo emprendíamos la aventura de la búsqueda, confiaba  tanto en Aristóteles que casi nada me importaba. Sabía que lo que fuéramos a hacer tendría éxito. Miraba satisfecho a mis compañeros, ahora uno de ellos de mi condición y el otro elevado a rango de semidiós en mi personal visión del mundo.
            Quico en la jaula de dónde le costaba salir pese a tener la puerta abierta y el viejo dormido en el sillón dónde la noche anterior se había sentado rendido por el esfuerzo. Seguramente tan feliz como yo. ¿Porqué es tan complicada la naturaleza humana? ¿Porqué un anciano que puede vivir sus últimos años en paz, emprende la huida hacia ninguna parte junto a un perico?
            Es posible que el único cuerdo en aquella habitación fuera Quico. Sobrepasado por los acontecimientos, por aquella inverosímil historia, reposaba tranquilo, agarrado por sus patas a la barra de la jaula. Asido al único bastión que le quedaba en pie. Sin perder su verdadera condición de pájaro. Era el único que representaba su verdadero papel en la obra. El único que podía reclamar para sí la autenticidad de su personaje. Los demás interpretábamos guiones de ficción o nos metíamos en la piel de otros seres que en realidad nos eran ajenos. Yo allí esperando que un hombre me llevara a su lado como a un igual, pretendiendo igualarme a su superior naturaleza. Él descendiendo a los oscuros designios de un sueño absurdo, intentando recuperar a su mujer a través de la locura de un pájaro. Ciegos en un proyecto que nos había hermanado, nos había unido en una simbiosis de intereses que rayaban en lo extravagante, en lo disparatado. Algo tan irracional que sólo podía ser cierto o fruto de una mente enajenada.
            Vi abrir los ojos a Aristóteles y entonces empezó para mí la mañana. Aquella mañana de verano que parecía otra cualquiera pero que era la más especial de mucho tiempo. El despertar a un tiempo nuevo. O quizá sólo el abrir los ojos a una realidad menos luminosa que la que en mis ojos profundos veía.
            -¡Hombre! Si el pájaro ya está despierto - esas fueron las primeras palabras de mi compañero que me devolvían al presente.
            -Te recuerdo, no sé si te lo he dicho antes, que los pájaros no dormimos como vosotros, que parece que habéis abandonado este mundo cuando os entregáis al sueño.
            -No te creo. Me desperté esta madrugada y estabas ahí quieto, dormido delante de la ventana.
            No sabía si era cierto o mentía, para mi amigo la mentira, era mentira. Es decir que en su boca no existía y si lo era, cuando la hacía suya, cobraba carta de verdad. Decía que ya había dicho tantas mentiras en la vida, que las verdades eran tan falsas como las invenciones y las mentiras se habían convertido en su verdad. Que sobrepasado un cupo determinado de falsedades ya no importaba lo que se dijera porque la realidad no podía adivinarse.
            No entendía esos obtusos razonamientos porque en mi calidad de ave, las paradojas me resultan ininteligibles. Pero trascribo lo que él decía. Había hablado muchas veces con él acerca de lo real.
            ¿Qué es la realidad? Podemos decir que la realidad es lo que existe, pero encontramos siempre el mismo dilema. ¿Cómo podemos estar seguros de que lo que percibimos existe y lo que no está al alcance de nuestros sentidos es irreal? Él y yo vivimos en el mismo mundo, incluso diría que vivimos en la misma porción del mundo, sin embargo ambos veíamos y sentimos realidades diferentes. ¿Cuál de las dos versiones es cierta? A los hombres les gusta responderse a estas dudas, plantearse incógnitas. La Filosofía, la posibilidad de ahondar en el saber les resulta casi una necesidad. Mi amigo quiso en un tiempo enseñarme Filosofía, quiso que entendiera el reto de comprender el pensamiento humano. Decía que necesitaba la visión de un pájaro para ver con otros ojos el mundo, para conocer al hombre. Hablaba de ello como si él mismo abandonase su propia condición de hombre y adoptara el papel de biólogo estudiando una especie nueva.
            Con Aristóteles nada era como se esperaba, jugaba conmigo a la confusión, me convencía de una cosa y de la contraria. Argumentaba con entusiasmo en favor de una idea y defendía a continuación la opuesta. Al principio pensé que era un juego, pero acabé convencido de que lo hacía por verdadero interés en aprender.
            Me decía que para saber era necesario desprenderse de todo conocimiento. Cuestionar lo establecido, desnudarse de los ropajes de lo aprendido. Descender a la pureza de mirar sin apriorismos. Él se consideraba un cínico, como Diógenes, el hombre que buscaba al Hombre. Desde su barril, con su linterna intentando encontrar un hombre entre los humanos. Ese absurdo aparente, esa contradicción, era su argumentario básico. La Filosofía se había pervertido, trataba de encontrar al Hombre fuera del hombre. Los grandes pensadores, los creadores de escuelas, los próceres del saber basaban su visión del mundo en lo irreal. El mundo de las ideas, el pensamiento creativo, el bien y el mal. Todo conocimiento filosófico se basaba en la búsqueda de lo que reside en las profundidades de la mente. Para dar sentido al mundo, necesitaban que el hombre, sus ideas, fueran más allá de la única realidad evidente, su cuerpo. La naturaleza humana no es más que biología, tan básica como la de los perros, como la de los gusanos. Pero para justificar la superioridad de la condición de humanos buscaban el pretexto de trasmutar esa naturaleza en una mezcla de corporeidad y espíritu. En realidad nadie había dado fe de la existencia del espíritu, del ánima creadora. Ese era un concepto tan hipotético como todos los que crecían a su alrededor, incluido el propio Dios. ¿Porqué teníamos la necesidad de inventar lo que no podíamos comprobar? ¿Porqué aferrarnos a esos mitos y abandonar la única evidencia cierta, el propio hombre? Los humanos emprenden cruzadas heroicas, empresas titánicas para penetrar las profundidades del pensamiento y dejan morir a sus congéneres de hambre. Establecen complejas sociedades que se basan en conceptos como la democracia y la moral, pero explotan a sus semejantes. Inventan religiones que hablan de amor, de fraternidad, pero vejan a sus hermanos, los humillan viviendo en la miseria.
            No es necesaria la Filosofía, no son necesarios los mundos ideales creados por los líderes y los sabios. Si diéramos valor a la vida como acontecimiento biológico, sería suficiente. Sólo los Cínicos y los Epicúreos sitúan al Hombre por encima de su ánima. Eso me decía Aristóteles. Él ya no creía en la bondad, en la mentira, en el amor, su única máxima era no hacer daño. Se burlaba de todo porque con el sarcasmo, con la burla, podía seguir despierto ante el dulce encantamiento de la adulación. Prefería ser un bufón que un farsante.
            Yo podía dar fe de esa contradictoria personalidad. A pesar de que la vida ya lo había vencido, de que no albergaba esperanzas en un futuro prometedor, no se había entregado al egoísmo, a la autosatisfacción, seguía siendo un hombre bueno por encima de todas las cosas. Debajo de la crítica feroz, de la ironía más cruel no había nunca maldad ni intención de dañar.
            -Bueno amigos, es hora de hablar del viaje. Por cierto ¿Cómo nos entenderemos con tu amigo, vas a hacer de traductor simultáneo? Va a parecer esto una Torre de Babel o una jaula de grillos con vosotros dos hablando.
            -Yo trataré de explicarle a Quico lo que digas.
            -Saldremos de viaje pasado mañana, tengo que solucionar primero cuestiones de orden monetario y personal, como avisar en la tienda que voy a estar ausente.
            -Vas a decirles que nos vamos a Valencia para buscar a Quica.
            -¡Tu estas chalado! Piensas que puedo decirle eso a mi hijo y que no pida mi incapacidad mental en el juzgado. Voy a contarles una mentira como una casa, cuando más grande más creíble.
            -En eso eres ya un especialista.
            -Gracias a mis mentiras estáis juntitos y una más nos permitirá irnos sin levantar más sospechas de las necesarias.
            -Gri,.. Gri...Priii – intentó intervenir Quico
            -Ya tenemos al otro pájaro en escena. A ver que quiere- interrumpió Aristóteles.
            -Me pregunta que está pasando.
            Le explique a Quico lo que hablábamos y le dije que no se preocupara que ya le iría contando todo cuando estuviéramos solos, pero era mejor que no interviniera si no era necesario.
            -Pues dile que nos hemos vuelto locos a la vez y que nos iremos de viaje de novios los tres.
            -¿Vamos a ir en tren?
            -No tengo ganas de cargar con una jaula con dos pericos por las estaciones y la ciudad. Iremos en coche.
            -¿Con quién vamos a ir, quién conducirá?
            -¿Cómo que con quién? Vamos los tres, conduzco yo, a no ser que vosotros tengáis carnet. Tengo un coche que hace tiempo que no uso y me gustaría airearlo.
            -¿Estás seguro de que es una buena idea?
            -No, estaba esperando que tu me dieras otra mejor.
            -Pues no se hable más, iremos en coche – dije con fingida ilusión.
            -Ya he trazado el itinerario, es fácil llegar a Valencia desde aquí, es todo autovía y sólo me resta buscar un lugar para quedarnos en la ciudad mientras raptamos a tu prometida.
            La idea del rapto me parecía muy sugerente. También del rapto me había hablado Aristóteles. Una ingente cantidad de criaturas que ni podían imaginar formaban parte del elenco de personajes que habían sido objeto de rapto en la mitología clásica. Dioses del Olimpo, sátiros, ninfas, héroes, mancebos y mujeres de una belleza magnética habían sido tomados por la fuerza, por el engaño. Me había mostrado imágenes de pinturas y esculturas, el rapto de Helena, el rapto de Europa, el de las Sabinas. Todos ellos con una fuerza escénica que sobrepasaba la propia acción. La pasión, la violencia, la fuerza, el erotismo. De esta manera quise enfocar la aventura que emprendíamos. Si bien carecía de héroes fantásticos, no estaba falta de una historia menos imaginativa. El viaje, la gran búsqueda de un perico en el mundo de los hombres. Orfeo buscando a Eurídice, atravesando el inframundo, cantando para emocionar a Hades y Perséfone. Esa sería ahora mi historia, no un cuento vulgar de un viejo y un perico, sino la gran odisea de un caballero en busca de su amada.
            -Parece que te has caído del guindo. No te habrá afectado lo del viaje.
            Estas palabras me devolvían al mundo real, a nuestro mundo. Aristóteles sabía cómo hacerme volver de mis fábulas, de mis sueños. Me despertaba con un cubo de agua en la cara. Pero siempre lo hacía con la sonrisa de un granuja simpático.
            -No. Estaba sólo ensimismado con la idea de la próxima partida. Pero quiero que sepas que no estoy nervioso. Confío totalmente en ti.
            -Me consolarían tus palabras, si no fuera porque vienen de boca (de pico mejor) de un pájaro loco y necesitado.
            -Sabes que soy sincero cuando digo que confío en ti.
            -Fíate de ti mismo y a lo sumo de tu madre, el resto no son de fiar.
            -¿Cuando dices que hablarás con tu hijo? -Dije para cambiar el tono de la conversación que sabía que no tomaba buen camino.
            -Mañana iré a la tienda.
            -¿Sabes ya lo que le vas a contar?
            -Por supuesto. Tengo un amigo de la mili en Valencia que se está muriendo y ha conseguido contactar conmigo por teléfono. Soy la única familia que le queda y me ha pedido que le acompañe en estas sus últimas horas.
            -¿Cómo puedes bromear con la muerte de esa manera? ¿Acaso no le temes?
            -No. La espero desde hace tiempo. Ya me ha hecho alguna visita. He quedado con ella que nos veríamos después de arreglar lo tuyo.
            -No imagino tu conversación con la vieja de la guadaña.
            -Pues no creas, ha sido muy amable y comprensiva.
            -Gri, cri … Brii..
            -Ahora sí que estamos todos.
            -¿Qué vas a hacer esta mañana?
            -Llevaré el coche al taller para que lo revisen. Tengo un amigo mecánico. Después iré al Banco, allí también tengo un amigo, que me dará un dinero para sufragar la empresa. Me vas a costar un dineral.
            -Tu hijo sin duda te creerá. Tu vida está llena de amigos. Quién lo diría...- dije con sorna al estilo de mi buen maestro.
            -Si tengo pocos amigos es porque los muertos no cuentan. Pero pese al carácter que tengo, he cosechado más amor que odio.
            -Estoy seguro de ello y puedes contarme entre uno de ellos.
            -Tu serás mi deudor. A ti te tengo preparada una misión especial.
            -¿Qué tengo que hacer?
            -Lo sabrás a su debido momento.
            Con esas crípticas palabras nos dejó y salió de la casa.
            -Cri.. Gri. Pii..
            -Vamos Quico, volaremos por la ciudad. Te voy a enseñar los lugares que he conocido y te contaré sus historias.
            Los dos días que quedaban hasta nuestra partida le mostré a Quico todos los rincones de Huesca que habían significado algo en mi historia. Iniciamos nuestro primer vuelo juntos desde la ventana de casa, como lo hiciera yo la primera vez. Aquel primer lanzamiento al vacío lleno de incertidumbre recién recobrada la libertad, fue entonces un punto de no retorno a los acontecimientos que luego habían sucedido. Ahora mi amigo miraba la ciudad con desconfianza, con el miedo de estrenar una libertad que tampoco él había pedido. Para los dos era ahora más fácil, estábamos juntos y compartíamos un proyecto.
            Visitamos la Catedral, San Pedro el Viejo, la ventana donde una noche me perdí en la Posada de la Luna. Le mostré  a Salomé y le conté su historia. Quico no parecía entender el significado, pero aceptaba con resignación mis largos monólogos, como lo hace un amigo con un alma que necesita desahogarse. Otra vez los mundos paralelos, las realidades cambiantes. Para él la historia de Salomé rozaba el absurdo, una mujer enamorando a un rey y exigiéndole en pago la cabeza de otro hombre. No podía reprocharle que no compartiera mis emociones. La emoción que despiertan los lugares, los hechos, como la que despiertan los olores, es tan intransferible que tratar de explicarla es vano.
            Tras la segunda tarde en que llegábamos agotados de volar, encontramos a nuestro anfitrión sentado con los brazos caídos, como renunciando a cualquier esfuerzo suplementario. Cada vez me sorprendía menos ver en Aristóteles el cansancio ganándole la partida. Era viejo, ¿Qué podía esperarse? Sin embargo cada vez que lo veía así no podía evitar que el corazón me diera un vuelco, que latiera desacompasadamente durante un segundo. Porque necesitaba de sus fuerzas y de sus recursos para cumplir nuestro objetivo. Sin embargo cuando entrábamos por la ventana y se apercibía de nuestra presencia recuperaba parte de su ánimo. Sacaba fuerzas de flaqueza. Y yo lo agradecía porque no quería imaginar otro revés de la fortuna.
            -¿Ya vienen los tortolitos de su paseo?
            -Hemos estado recorriendo por última vez las calles. Le he enseñado a Quico los lugares que visité en estos meses.
            -Mañana salimos temprano, necesito viajar de día.
            Al amanecer estaba Aristóteles dispuesto, con dos bolsos de ropa y comida, que había estado preparando durante toda la tarde. Lo hacía en un estado de concentración tal, que no quise si quiera preguntarle, sabía que no le gustaba ser interrumpido. Bajó primeros las bolsas y volvió finalmente a por nosotros, que nos metimos dentro de la jaula como si hubiera existido una orden mental para hacerlo. Cuando llegamos al coche aparcado frente a la puerta, estaba todo a punto. Iniciamos el viaje por la Calle del desengaño y cuando llevábamos ya un rato circulando en aquel vehículo, salí de la jaula para mirar desde el respaldo del asiento a través de la ventanilla. Para mí era un  recorrido desconocido, una sucesión de calles y rotondas que nos llevaban poco a poco hasta la gran carretera que nos alejaba de la ciudad. Circulábamos por una gran senda de asfalto. Aquella autovía, como mi amigo la había llamado, era un camino común donde muchos otros vehículos se movían a la vez. Algún claxon sonaba a nuestra espalda haciéndose momentáneamente más agudo, para pasar a nuestro lado y volver a apagarse su tono conforme cobraba distancia. Coches, camiones, motos con su vibrante sonido. Las motos siempre me habían recordado al sonido de algunos loros, o al rugido de una fiera que huyera de nosotros.
            Mirar por la ventana resultaba hipnótico. Se sucedían primero las casas, luego las carreteras dibujadas entre algunos espacios verdes. Luego el paisaje se convirtió en una sucesión de campos, salpicados de casas o fábricas. A veces con animales que pastaban sus campos, otras huérfanos de seres que hollasen su tierra. Se me cerraban los ojos viendo pasar aquel sinfín de recortadas siluetas que de pronto cobraban forma para al momento perderse de nuevo sustituidas por otras nuevas. ¡Que grande es el mundo! Este es apenas un minúsculo grano de arena de la inmensidad del planeta. Sólo las golondrinas o las palomas en su migración, son capaces de apreciarlo. Yo me sentía como un ignorante sobrepasado por la grandiosidad de aquel milagro. Miraba por la ventana absorto en nada. Ni las bocinas, que de tanto en tanto pitaban con ese sonido bitonal al pasar por nuestra izquierda me sacaban del mutismo. Hasta que después de un tiempo indeterminado de viaje me despertó Aristóteles.
            -¡Ostias!¡Los picoletos!
            No sabía que ocurría, algo estaba pasando en aquel monótono sueño de pastos escasos y tierras yermas. La velocidad del coche aminoró y percibí entonces un sonido nuevo, como un quejido, un lamento estridente, acompañada de una luz azul que iba y venía. Un coche nos adelantaba y su ocupante hacía señas a mi compañero para detenerse.
            -¡Métete en la jaula! Es la Guardia Civil y si te ve suelto por el coche se nos puede caer el pelo. Estos no se andan con chiquitas, son capaces de emplumarnos a todos.
            No sabia que significaba aquello de las plumas para todos, pero realmente parecía que nos enfrentábamos a un peligro real, los picoletos. Serían una especie de hombres perversos que vigilaban los caminos y exigían el peaje a sus caminantes. Imaginaba que de ese coche situado delante de nosotros vería descender unos gigantes malcarados, que sólo con verlos nos haría dejar escapar aquello que desde nuestro intestino ya pugnaba por salir. El miedo, el sentimiento que precede a lo que pensamos que va a causarnos daño, es a veces más terrible que la propia realidad.
            Cuando vi salir aquellos dos hombres de verde, no parecían gigantes, no eran tampoco seres extraterrestres (como los hombrecitos verdes de las películas).  Impresionaba  la marcialidad de su vestimenta y su porte, con unos extraños objetos negros y picudos sobre sus cabezas. Uno de ellos portaba en el rostro un hermoso bigote que infringía en su cara una línea divisoria, la frontera natural entre dos territorios. El superior donde asomaban unos ojos despiertos atrapados entre la ancha nariz y las pobladas cejas. Por debajo al socaire de aquella magnífica mata de pelo quedaba la boca y el mentón. La seriedad del semblante contrastaba con la expresión más templada que tomó tras ver a Aristóteles bajando los cristales de la ventanilla haciendo girar la manivela.
            El que habló fue el otro picoleto más joven. Un chaval apenas de veinticinco años pero con un rostro aniñado al que el extraño sombrero daba un aire de cómico. Vino hasta la ventanilla del coche y tras llevarse la mano al rostro, en un saludo marcial y automático, que seguramente realizaba como si se tratara de un tic, nos dirigió la palabra. Su voz desentonaba con la expresión de su rostro, educada y formal era potente y pedregosa, pero no tenía la intención de intimidar. Se diría que era una especie de reproche formal, como de un padre a un hijo desobediente. Aunque en la presente situación los papeles parecían invertidos.
            -No se da cuenta de que está circulando muy despacio. ¿Tiene algún problema en el vehículo? ¿Podemos ayudarle a encontrar un taller en Daroca?
            -Lo siento agente. Es que el coche y yo somos ya un poco viejos. Trataba de no correr para no causar problemas. Vengo desde Huesca y es posible que esté un poco cansado. Pararemos en Daroca para tomar un café.
            -¿Pararemos? Si va usted sólo.
            -En realidad viajo con mis periquitos. Son mis mascotas. Vamos a ver a un amigo a Valencia que se está muriendo.
            -Vaya, lo siento mucho. - dijo el chico, con una expresión de perplejidad al ver tomar cuerpo de acompañante  los dos periquitos que estaban dentro de la jaula.
            Saludó de nuevo y se dirigió a su compañero que ya mostraba bajo su mostacho una sonrisa burlona. Se dirían algo así como: “ El viejo está chalado, pero es inofensivo, va de viaje a Valencia con sus dos pericos” “ Sí, ya me he dado cuenta, por eso no soltaba el arma, por si había peligro” diría burlándose de el otro.
            Subieron a su coche y nos facilitaron la salida. Durante un rato estuvo Aristóteles callado. Yo no me atrevía a intervenir, porque percibía una cierta tensión en su expresión. Cuando tomó la salida de la autovía, relajó un poco su mirada y le dije:
            -No parecen tan terribles los picoletos.
            -Tu que sabrás. Tienen aire de inocentes pero a mala leche no les gana nadie.
            -Habremos topado con los mejores, porque se han ofrecido incluso a ayudarte a buscar un taller.
            -A la Benemérita no la acompaño yo ni a misa.
            No quise insistir más en el tema, porque estaba claro que existía una clara aversión a la Benemérita como él decía. En cualquier caso, a mí personalmente, me habían causado una grata impresión.
            Cuando alcanzamos las primeras casas de Daroca pude ver que aquella no era una población cualquiera. Un formidable castillo y sus murallas y una calle principal que se abría ante nosotros. Me apetecía conocerla. Aunque esta vez mis apetencias no iban a ser tenidas en cuenta.
            -Voy a tomarme un café. Vuelvo enseguida. Vosotros os quedaréis aquí. No puedo ir paseando por el pueblo con la jaula. Quiero estirar las piernas y despejarme.
            Allí nos quedamos Quico y yo contemplando la imponente figura de las murallas de aquella magnífica ciudad. Yo trataba de explicarle a mi amigo que era aquello que veíamos, le contaba lo que sabía de los castillos. Me di cuenta entonces de la gran distancia que nos separaba a pesar de haber compartido una gran parte de nuestra vida. Yo había aprendido a mirar el mundo de los hombres con la mirada de quien quiere aprender, de alguien que desea entrar en aquel mundo nuevo. A Quico le era indiferente, los hombres seguían siendo para él, extraños fuera de su interés. Tras mi larga perorata acerca de las fortificaciones humanas, me preguntó:
            -¿Falta mucho para llegar?
            Y eso me hizo entender que ese no iba a ser un tema de conversación posible entre los dos. Hablamos eso sí, de cómo buscaríamos a Quica al llegar a Valencia. Mi amigo me preguntaba como si yo fuera un sabio que conociera todas las respuestas.
            No tardó mucho en llegar nuestro conductor, que vino a rescatarme de una conversación que me cansaba. Era un mañana que empezaba a ser calurosa y como había dejado el coche al sol y con las ventanillas cerradas, empezaba a sentirse el sofoco dentro de aquel invento rodante de lata. Nos sacó del coche para ponernos un rato a la sombra y dejó la jaula en el suelo. Desde allí se podía ver la antigualla en la que estábamos viajando. Su aspecto se parecía mucho al dueño. Las abolladuras y desconchados no eran los detalles que mejor mostraban su antigüedad. Era sobre todo ese diseño de caparazón de tortuga. Como media nuez sobre ruedas cuyos únicos adornos eran las molduras de los faros. Unos ojos redondos que sobresalían de su frente, en cuyo fondo se adivinaba una bombilla. Se parecía a los ojos de algunos hombres que llevan lentes de aumento y que se ven empequeñecidos en el fondo del vidrio.
            Estuvimos poco tiempo allí hasta que iniciamos de nuevo el viaje. Aristóteles sí miraba las murallas, yo intuía lo que ahora pasaba por su mente. Me veía extrañamente más cercano a él que a mi congénere. Los tres guardábamos silencio, cuando el coche reemprendió la marcha. De nuevo veía como tres mundos distintos convivían en un mismo espacio. Tres destinos unidos por el albur de los dioses. Tres realidades que contraponían sus similitudes y su diferencias. Aristóteles y yo compartiendo un mundo más cercano al humano que al de mi propia especie, sin embargo con naturalezas tan distintas que parecía un quimera su comparación. Quico y yo que pertenecíamos al mismo género animal, pero distantes como los polos de la Tierra. Yo en medio de aquel trío, como elemento de unión de  una mezcla no miscible. Una solución inestable cuyo precipitado era la pura necesidad. Cada cual la suya propia. Los tres embarcados en una empresa con intereses divergentes, reunidos en el interior de aquel seiscientos, como lo llamaba nuestro conductor.
            Volvimos a la carretera, iniciamos el tránsito por caminos de asfalto, rodeados de coches que nos sobrepasaban. Algún claxon de tanto en tanto. Las cunetas que corrían en dirección contraria a la nuestra nos mostraban tierras yermas, casas, fábricas, ganado. Pero ninguno miraba nada. Teníamos los ojos mirando al interior. Nuestras mentes enfocaban otros objetivos que no eran el paisaje, ni el entorno. Aristóteles y Quico viajaban por caminos diferentes. Yo trataba de meterme en sus paisajes, hubiera dado parte de mi vida por saber que pensaban en aquel momento.
            Recorrimos aquellos caminos, Aristóteles salía a veces de su encantamiento para  pronunciar el nombre de algunas ciudades por las que pasábamos, nombres que me sugerían lugares magníficos, añadía en ocasiones algunos datos de aquel pueblos que parecían atributos de la propia ciudad. Hablaba de sus vinos, de sus jamones, del arte mudéjar como si dos pericos pudieran valorar todo aquello que relataba. Cariñena, Calamocha, Teruel.. Dejábamos su tierra Aragón para entrar en la Comunidad Valenciana.
            Como en la ocasión anterior, se desvió de la carretera para buscar un nuevo descanso. Pensaba yo que necesitaba tomar otro café, pero al entrar al pueblo se dirigió a una gasolinera. Me dijo: “el coche necesita alimento y yo vaciar mi vejiga y estirar las piernas” imaginaba a aquel viejo coche hambriento por la carrera soportada, como un caballo que llevara la carreta y ahora recibía su ración de pienso y agua. Aunque por la rapidez en que se dirigió al baño, intuyo que tenía él más necesidad que el auto.
            -Los viejos tenemos que mear con frecuencia. La próstata no perdona. El café que me tomé en Daroca, estaba reclamando salir. Además el motor del seiscientos se calienta y hay que añadirle agua al radiador de tanto en tanto.
            Aunque no comprendí todos los matices, pude entender que los viejos tienen un defecto llamado próstata que les obliga eliminar líquidos. Quizá por eso estaban arrugados como pasas, sería por la deshidratación. Puede ver también como al coche le abrían el capó delantero que parecía una boca de par en par y el portón trasero donde estaba el motor, era como levantar la cola de un pájaro. Por aquellos enigmáticos portales probablemente le alimentarían y le darían el agua necesaria.
            No parecía aquella ciudad tan importante como las que había nombrado, pero cuando subimos de nuevo al seiscientos, ya más aliviado de sus necesidades, me describió una ciudad que maravillaba. Como Huesca poseía catedral, algo inusual para una ciudad pequeña. Había tenido un castillo, un acueducto que había llevado el agua hasta la alcazaba árabe y una historia de la que destacaba a María de Luna. Aragonesa como él, casada con el rey de Aragón Martín el Humano. Una mujer noble, elegante y austera, amante de la música y la lectura, adelantada a su tiempo. Una mujer que pese a su alcurnia, casada con el rey y de la misma familia que el Papa, era una mujer cercana al pueblo, que siempre intento ayudar a los desfavorecidos, les eximió de impuestos y defendió tanto a payeses cristianos como a moros y judíos de las aljamas de Calatayud y Daroca. Por la forma en que a ella se refería parecía que veneraba su persona. No sé si por su origen aragonés o por sus seguramente notables virtudes como mujer.
            Pero lo que más me sorprendió de aquella ciudad es la fiesta que nos contaba que cada año reunía a los segorbinos. Una manada de toros bravos era conducida por diez jinetes entre una multitud de personas que iban abriéndose al paso de los caballos y los toros. No dudo que aquello debía de ser un espectáculo emocionante, pero desde mi visión de pájaro esas no eran emociones para mi. Yo sólo había visto en la televisión corridas de toros. Un hombre se enfrentaba a un toro bravo en una plaza, alrededor de la cual las gradas se llenaban de gente que aplaudía y silbaba los pases del torero. Nunca entendí aquella pasión por un espectáculo en que el toro sufría y bramaba tras las puyas o banderillas que le clavaban. Era cruel bajo mi visión animal, no dudo que la estética o el arte no puedan llevar aparejada la sangre o la muerte, pero veía un sacrificio inútil el de aquel toro. Aristóteles me decía que había estado en Segorbe en su juventud y que vivir los toros desde la calle, sin barreras, dejando pasar los caballos y los toros a escasos metros como en una avalancha que se viene sobre la multitud, vaciaba los depósitos de la adrenalina y daba paz. Imaginé una carrera de gatos pasando veloces ante una pajarera abierta de periquitos y la emoción me descargaba los intestinos más que la adrenalina, que no sé si existía también en las aves. Mundos distintos, ya lo dije. Pero ahora que Aristóteles hablaba con emoción, volvía a sentir que nos habíamos recuperado de la tristeza que el viaje había dejado en nuestros ánimos. Parece que el aire de las tierras de Valencia, el verde que flanqueaba la carretera apretada de campos de naranjos, el perfume de sus flores blancas, había empezado a penetrar por las ventanillas de aquel seiscientos que iba ha transportarnos a nuestro destino.
            Si los campos de naranjos que se sucedían sin fin en el camino a Valencia me impresionaron, que os puedo contar de el efecto que en mi causó el mar. Nunca había visto mas que en imágenes aquella maravilla. Ese espacio inmenso que se perdía en el horizonte. Azul, infinito, inabarcable ni siquiera para un pájaro como yo. Quizá mis amigas las golondrinas podían ver en aquel manto azul un territorio que únicamente había que atravesar, pero a mí me produjo la sensación de ser pequeño, ínfimo. Viajar con la vista puesta en el mar que aparecía y desaparecía por la ventanilla de nuestro coche, producía en mi ánimo un estado de embriaguez. Quico que hasta ahora había permanecido al margen, impasible a lo que pasaba junto a nosotros también quedó con su mirada atrapada en los azules que se unían en el fondo del paisaje, cielo y mar. Azules en movimiento. Un mar que movía sus olas como lenguas que llegan a la orilla y se deshacen en espuma, un cielo que movía sus nubes como espuma disuelta en un azul oscuro y brillante. Una luz casi cegadora los iluminaba ambos. No existía otro lugar donde dirigir la mirada. El mar era el centro y todo lo demás una orla que lo envolvía. Cada vez que la carretera cambiaba la dirección y por un momento desaparecía, se rompía el encanto para recobrarlo agrandado en el instante después al resurgir de nuevo. No supe cuanto tiempo pasé mirando por la ventanilla, hasta que en una de aquellas momentáneas desapariciones el mar ya no volvió y aparecieron las casas, la entrada a la ciudad que esperábamos nos devolviera a Quica, nos recompusiera de nuevo.
            Los semáforos, el tráfico, las avenidas nos daban una extraña bienvenida. Un cálido abrazo que exhalaba un aliento cargado de humos, un aire caliente salía de los pulmones de aquella ciudad y nos sofocaba dentro del seiscientos. La brisa del mar que nos había refrescado momentos antes, se volvía humedad, nos mojaba como si hubiéramos soportado el agua de un chaparrón de verano. Pero nos sentíamos bien. La emoción que despiertan las novedades junto con el miedo que producen esas nuevas experiencias, nos mantenían alegres. Aristóteles hablaba, nos había estado contando los planes, que no había podido escuchar por estar atendiendo al soliloquio de mi pensamiento. Ahora de vuelta al mundo de los mortales escuchaba como me reprendía.
            -Lo mismo me da viajar contigo que con un pájaro bobo. Estás en la inopia, espero que espabiles.
            -Lo siento, estaba pensando en el mar.
            -¡Vaya, que romántico! El enamorado nos va salir poeta. Valencia, la ciudad de las flores, su amada, el mar... Te estaba diciendo que tengo una pensión cerca del estadio de fútbol. No quería cogerla en el centro porque no sé llegar. Desde aquí en autobús podremos movernos al centro. Primero inspeccionaremos el área y luego ya pensaremos la forma de atacar el problema.
            -Bueno en realidad, no parece que haya problema. Decías que tienes una carta de sus padres, contándole la historia.
            -No sé si el hijo va a ser tan panoli como los padres. Tenemos que estar preparados para todo.
            No sabía que quería decir con “para todo”, ¿Pensaba en un asalto al piso para rescatar a Quica? Yo creía que aquello sería un paseo.
            Pronto llegamos a la pensión en la calle Aragón. No podía esperar otra con mi compañero, mañico hasta los cimientos, como el decía. No fue difícil aparcar muestro coche, en una calle lateral. No había peligro de que lo robasen, desde luego. Bajó primero las bolsas, después la jaula con nosotros dentro y cerró el seiscientos. No describiré la pensión, ni su habitación, ni al conserje, ni las escaleras, ni la suciedad, ni el nulo paisaje que se dominaba desde la ventana. Pasaré de puntillas (de patitas en mi caso) por la atención, las miradas y las preguntas, pero no obviaré el comentario sobre nosotros que el propietario nos dispensó, con ello se puede intuir el resto.
            -No se permiten el acceso de animales salvajes a la pensión -dijo.
            -No son salvajes, son dos periquitos domésticos.
            -Los loros son animales salvajes. Los perros también son domésticos y tampoco se admiten.
            -No pueden salir de la jaula y no pueden ensuciar nada. No pueden molestar a nadie y son un regalo que traigo para un amigo.
            -No quiero ver plumas por la habitación y cuanto antes de deshaga de esos bichos mejor.
            -Descuide, los dejaré en el baño, dentro de la jaula. Pronto los entregaré.
            Si en ese momento la puerta de la jaula hubiese estado abierta, es posible que la rabia me hubiera sacado afuera y hubiera picado a aquel energúmeno en la frente. Miré a Aristóteles y vi como me cucaba el ojo. Yo había aprendido que aquella era una señal común de complicidad entre los hombres. El gesto además de relajarme, me agradó porque significaba un trato casi de igual a igual. Estuve callado y sólo hablé para decirle a Quico que no alborotase que si no nos echarían a los gatos. Me estaba volviendo como el viejo, un mentiroso inclemente. Quico puso los ojos en blanco y cerró el pico, como si los gatos estuvieran a punto de entrar en la habitación.
            Al llegar a la suite que nos tenían preparada, Aristóteles sacó la comida de su bolsa y comió. Estaba cansado y se sentó en la cama que se hundió con su peso y dejó escapar un sordo quejido que parecía anunciar la muerte de sus muelles .
            -Hace mucho calor, descansaremos un poco y después iremos a ver Valencia. Buscaremos la calle Perdiz. Tenemos que hacer un primer sondeo de la zona.
            Tras acabar de comer y sacudirse las migas, esparciéndolas por la colcha que cubría la cama, se dejo caer en ella. Estaba cansado. Lo veía cada día más agotado, pero no podía hacer nada. Lo necesitaba más que nunca y aunque fuera un pensamiento egoísta deseada que aguantara, al menos hasta que concluyésemos nuestra aventura, por llamarla de alguna manera. El egoísmo es una cualidad intrínseca a la propia vida. Todo ser vivo consciente de su existencia se comporta como individuo, es decir alguien diferente a los demás y por ende un bien a ser protegido, aunque sea a costa de los otros. En mi especie son raros los comportamientos malvados. El mal gratuito que sólo he visto en los hombres, la envidia insana, el deseo del mal ajeno, la venganza, todos ellos son sentimientos extraños a mis congéneres. Pero la necesidad de vivir, de existir, de triunfar frente a otros, forma parte de la competencia entre individuos. Ese pensamiento tan propio de los humanos: “pienso, luego existo” es real pero no sólo aplicable a los hombres como parece que la frase trae implícito. Todo animal piensa (menos los gusanos que comemos a veces). Cuando digo piensa, no me refiero a que elabore teorías metafísicas, profundas elucubraciones filosóficas de las que disfrutan los humanos. Pensar es un proceso mental en que integramos la información del medio y respondemos a ella. A veces con actos mecánicos y otras con procesos más complejos. Si sólo se considerase la existencia de aquellos que cobran conciencia de su propio yo a través de su interacción con los demás. Si la conducta de los humanos fuera regida por un código moral dónde la percepción del ser que es otro, equivaliera a la propia conciencia de individuos, no se entendería algunos de sus actos. Si pensar fuera la capacidad que va mas allá de ser, de vivir, si requiriese más atributos, entonces muchos de los hombres no serían más que muertos. Ser egoísta está inscrito en la naturaleza del ser. Yo quería que Aristóteles estuviera bien porque lo necesitaba, pero ello no se contradecía en que quería que estuviera bien porque lo quería.
            Y en ese pensamiento viajaba mi mente, cuando se incorporó de repente como un vampiro desde su ataúd al llegar la oscuridad.
            -Vosotros dos si que vivís como marqueses. Sin preocupaciones ni obligaciones. En la próxima vida quiero ser pájaro.
            Se refería a nosotros dos, aunque sólo yo podía entenderle, parecía a veces que  ignoraba a propósito el detalle. El pobre Quico no había abierto el pico en todo el tiempo porque aún pesaba sobre él la falsa amenaza de los gatos. Me veía en la obligación de responder por ambos.
            -Espero que así sea y podrás entonces apreciar más mi recuerdo. ¿Qué es lo que más deseas de mi condición, carecer de manos, depender de un viejo chocho o tu eres de los que quiere tener alas para volar en libertad?
            -Menos rollo que era una frase hecha y además tú no te puedes quejar. Explícale a tu amigo que nos vamos a ir de paseo. Si lo dejamos aquí el portero es capaz de comérselo frito. Me voy a llevar una chaqueta de algodón con dos bolsillos para llevaros allí, aunque tenga que aguantar el calor y las miradas. No tengo ganas de llevarme la jaula a todos lados. Iréis en los bolsillos, así que nada de asomarse y llamar la atención, no tengo ganas de dar explicaciones a nadie. Quiero que estéis los dos quietecitos y nada de cagadas en el forro de los bolsillos o el que os freirá seré yo.
            Pasé a explicarle a mi compañero que íbamos a salir metidos en sus bolsillos, que no tuviera ningún temor, pero que se abstuviera de ensuciarlos si no quería que le metieran otro palito por el trasero.
            Salimos a la calle de esta guisa. Yo la verdad estaba emocionado, de Quico no podía decir lo mismo, se refugió en el bolsillo y se negaba si quiera a asomar la cabecita por el. Aristóteles preguntó a un abuelo que paseaba por allí, la forma de llegar a la calle Serranos, era más fácil de lo hubiera parecido. Teníamos que tomar el autobús 79 desde la Avenida de Aragón hasta San Pio V y desde allí cruzar por el puente de Serranos donde estaban las torres del mismo nombre, eso nos dijo el hombre que tenía un extraño acento al hablar.
            -Xe! Aiço es molt fàcil! - Había dicho antes de iniciar la explicación. Y al acabar dirigiéndose a mi compañero le preguntó con curiosidad pero sin sorpresa:
            - Xe redeu! això que portes en la buxaca és un perico? Xe quina gràcia!
            Luego me explico Aristóteles que allí, en aquella tierra los hombres hablaban una lengua un poco diferente, el valenciano. Que decían con frecuencia aquello de “che” como una especie de muletilla para todo. Entre los pájaros también había formas diferentes de comunicarnos, las palomas, golondrinas, gorriones, periquitos, aunque podíamos entendernos emitíamos sonidos diferentes. No me parecía tan extraño que lo mismo ocurriera entre los hombre. Pero lo que más me llamó la atención era la naturalidad con la que aquel hombre se había referido a nosotros. Apenas si asomábamos la cabecita en la luz del bolsillo, al menos yo, para escuchar lo que decían.
            -Haced el favor de esconderos. Ya has visto que la curiosidad mató al gato. No hemos tardado ni un minuto en que te descubran. Ya te diré yo cuando puedes asomarte.

            Cuando le dije a Quico, que uno de los hombres me había descubierto, se metió más abajo si cabía del forro de aquella chaqueta.
.........Continuará