capítulo 5

sábado, 9 de mayo de 2015

Capitulo 5.
“El equilibrio de las moléculas es fruto de la unión de átomos incompletos, inestables”

            -Yo también perdí lo que más quería. Somos como almas gemelas. La mayoría de los hombres consumen su tiempo sin haber descubierto esa otra mitad. Otros no son capaces de reconocerlo aunque esté a su lado, porque pasan la vida mirando hacia sí mismos, no a su alrededor. Pero quien lo descubre no vuelve a poseer otro bien más preciado. Yo lo tuve, lo disfruté y lo perdí. Tú eres ahora mi segunda oportunidad.

            Me encontraba allí escuchando aquel viejo, hablándome de su amor perdido, de nuestra similitud espiritual y no estaba seguro de querer escuchar sus palabras. Es verdad que Aristóteles creaba en mí la extraña sensación de estar conversando con mi pasado, su voz oscura y templada me traía el aroma de mi pajarera rodeada de las encinas a las que creía estar oyendo. Puede que esa fábula de nuestra comunicación astral, de la afinidad de nuestras almas a él le resultase útil, pero a mi no me servía de nada. A mí me sonaba a algunas nociones de química que escuche y nunca acabé de entender, de átomos que se buscan, de moléculas formadas por átomos inestables que tras su unión encontraban el equilibrio, paparruchadas. No podía sin embargo evitar su monólogo, no tenía más palabras que decir, se había secado el pozo de mi manantial y era un erial, sólo polvo y piedra.
           
           -Mira Pericles, yo nací en un pueblo de Teruel. Un pueblo pequeño como muchos de aquellas tierras. Mis padres vivían en una de las casas de las afueras del pueblo, aunque llamarle afueras es absurdo en ese pueblo que todo él, era las afueras del mundo. Tenían un huerto regado con un pozo del que podíamos tener las verduras que eran casi un lujo para los hombres y mujeres del secano. Tierras de siembra y pasto con la que obtenían lo justo para vivir y alimentar una cabaña de ovejas y cabras. Dos hermanas mayores y un hermano también mayor que yo formábamos una familia, como cientos de ellas por aquellos lugares. No sobraba de nada en nuestra infancia, pero no faltó nunca amor, ni siquiera con los malos tiempos que pasaron faltó tampoco comida. Mi padre se ocupaba de trabajar, dejándose el sudor y la vida en cada surco de aquella tierra árida. Nos veía como una bendición de un dios que nunca vino a visitarnos, pero también éramos como los eslabones de la cadena que lo ataban al arado y la fatiga. Nunca se quejó, aunque lo veíamos poco en la casa de pequeños, cuando llegaba nos llenaba de alegría, porque mi madre se ocupaba de anunciarnos a nuestro padre como a un rey mago, como un ser de otra dimensión. A veces incluso nos lo parecía, cuando nos traía en su morral o en el capazo de esparto los primeros higos dulces como la miel, unas manzanas rojas como recién pintadas,  pasteles cuando bajaba a la capital con el carro. Nuestro padre fue siempre como la figura intocable, que por su nobleza había que  reverenciar y obedecer, pero nunca pudo ser la figura de amor y protección que quizá él hubiera querido. Nos quiso a su manera, pero siempre a través de nuestra madre. Ella era la luz de la casa, el calor, la sal. Lo fue para nosotros y lo era también para mi padre que la amó, también a su manera, pero con absoluta entrega. Mi madre nos fue dando el cariño, que la vida nos escatimaba. En aquella pobreza, nos sentimos como príncipes. Las calabazas fueron carruajes, el borrico y la mula dos magníficos corceles y nuestras ropas de los domingos eran brocados a nuestros ojos, todo lo veíamos a través del tamiz de mi madre. No puedo imaginar una infancia más feliz. No desearía cambiarla por la infancia de ningún señorito, como los que veíamos endomingados cuando bajábamos a las fiestas mayores del pueblo cercano a nuestra aldea. Nuestra inocencia no nos dejaba ver, que tras aquella fantasía que mi madre adornaba con sus mimos y sus historias, había un trabajo de sol a sol, un sacrificio de aquellos dos mártires sin otra causa que nosotros mismos. Un trabajo que para mi padre eran el campo y el ganado y para mi madre eran el campo, el ganado, la casa y sus hijos. Un trabajo que lo ocupaba casi todo, que dejaba sólo resquicios pequeños para el solaz, destellos de sol en el invierno. Conforme fuimos creciendo lo fuimos comprobando. Fuimos entendiendo nuestro mundo al despertar del sueño, de la ilusión que nuestra madre había tejido para nosotros. Mis hermanas primero, incorporándose pronto a las tareas de la casa, al cuidado de los animales. Luego mi hermano mayor que acompañó a mi padre al campo tan pronto tuvo posibilidad de llevarle el botijo. “Si tu me traes el agua, ese tiempo que puedo yo aprovechar para seguir trabajando” Esta era la atroz filosofía de un mundo que descubríamos con pena, el mundo de los pobres. Yo también dediqué mi tiempo a los quehaceres del campo y de la casa, pero el amor de mis hermanas que me mimaban como a su fuera su propio hijo, el pequeño, el niño de la casa, me alejaron de muchas horas de sol y sudor.
           
            Siempre fui un niño extraño, diferente a otros niños de la aldea. Cuando era pequeño sorprendía a todos por mis agudas respuestas, por mi agudeza en captar los matices que parecían reservados a los más mayores. Era un solitario aunque me rodease de gente. Me gustaba la soledad, me permitía vivir mi mundo. Pasaba muchas horas con los animales, me gustaba estar con ellos, darles de comer, limpiarlos, sentarme a mirarlos. Ayudaba a mi padre en el pastoreo de las ovejas y me encantaba ir con él cuando vigilaban alguna de las que estaban cerca del parto. Atendimos muchas veces partos difíciles, a veces con el veterinario, pero la mayoría solos. Aprendí pronto a leer en la escuela, cuando descubrí como aquellos signos dibujados significaban palabras y estas componían historias, pensé que todos aquellos libros que me prestaba la maestra estaban escritos sólo para mí.
            
           Mis padres querían que estudiase y me empeñé en que aquel esfuerzo que hacían no fuera baldío, leía todo lo que caía en mis manos, en realidad no me costaba, era un placer adentrarme en los mundos sugerentes de los libros, escapar de aquella realidad que deseaba dejar atrás para buscar otros horizontes. Los niños del pueblo iban al colegio cuando podían o les dejaban. Sólo una niña y yo acudíamos regularmente, éramos los dos raritos de la aldea. Ella fue casi la única amiga, compartía conmigo sus ensoñaciones, alimentábamos la certeza de salir de aquella cárcel dorada. Fuimos construyendo juntos planes de huida, futuros que por fuerza iban a estar lejos de la aldea, en la ciudad que prometía un paraíso de rosas y miel.
          
           Nada fue como esperábamos, pudimos estudiar en el pueblo hasta el bachiller. Pero despertamos el día en que acabamos el curso y supimos que ella no iba a poder seguir porque le habían ofrecido un puesto de secretaria en el Ayuntamiento que su padre no tardó en aceptar en su lugar. Era una oferta inmejorable a los ojos de aquella familia con pocos recursos, cuya hija tendría ahora un sueldo y podría aspirar a conocer quizá a un hombre mejor situado que la sacara del campo.
           
         Mis padres habían hablado con un familiar que vivía en Zaragoza, aceptaron que viviera con ellos a cambio de un pequeño hospedaje. Yo iba a iniciar los estudios de veterinaria. Nuestra separación fue dolorosa, no podíamos creer ser capaces de hacer una vida por separado, cuando todos los planes estaban premeditados para dos. No habíamos hablado de amor o de vida en común sino de una huída juntos, compartiendo sueños. La vida no te pregunta si lo que te corresponde es lo que habías pedido, simplemente discurre por el camino que marca el destino o la fortuna, ajena a tus planes. Emprendimos nuestros caminos como dóciles corderos con la promesa de que nos mantendríamos en contacto a través del correo. Sus cartas fueron el combustible que me daba energía para aquella vida en la capital. La carrera me gustaba, amaba los animales y la perspectiva de poder aprender a sanarlos me animaba, pasaba muchas horas estudiando y no se podía tener queja de mis notas. El estudio además de resultar placentero, me permitía mantenerme sólo en mi habitación. No es que no me tratara bien mi familia, pero yo era poco hablador, poco sociable. La correspondencia con mi compañera llenaba el espacio de relación social que era capaz de soportar. Podía escribir en soledad, podía hablar con ella como si hablase conmigo mismo. En la facultad tuve algunos amigos, pero su amistad se circunscribía a las aulas, a un intercambio de ideas pero no de sentimientos. Nunca tuve capacidad para establecer relaciones personales mas que con gente en la que pudiera unirme la afinidad de caracteres, la identidad de sus proyectos con los propios. La única relación que fue creciendo era la que a través de las cartas y los encuentros durante las vacaciones  tejimos mi compañera y yo.
             
          No me fue difícil acabar la carrera ni encontrar trabajo a través de profesores que vieron en mí, un individuo competente y con verdadera vocación por el trabajo. Conseguí un puesto de veterinario en la Facultad, primero como becario, pero pronto me ofrecieron un puesto fijo que me permitió pagar el  alquiler de un piso y vivir holgadamente.
           
          No tardé en volver al pueblo con el propósito de pedirle a mi compañera que viniera a vivir conmigo. No fue una ardua negociación, no tuve que rogar para que aceptara. Me dijo: “Te estaba esperando” y partimos como dos fugitivos. Comunicamos a las familias que nos íbamos a vivir juntos sin esperar siquiera su aprobación. Vivimos un tiempo en Zaragoza pero los dos sabíamos que este no era el lugar que deseábamos. Los dos exhibíamos en nuestra frente el estigma de los pueblerinos. Buscábamos la tranquilidad del campo o de la ciudad pequeña. Dejé la Facultad ante la perplejidad de mis compañeros. Nos fuimos a Huesca donde abrí una clínica. Allí es donde realmente nos sentimos como una familia y donde tuvimos a Juan. Puedo decir que he conocido la felicidad, toda la felicidad que alguien es capaz de sentir sin romperse. Trabajábamos juntos, ella me ayudaba en la recepción y con los animales. Cuando Juan nació ella supo dividir su corazón a partes iguales y a ninguno de los dos nos faltó amor. Es cierto que la memoria puede traicionarnos cuando hemos idealizado un momento. Lo sé, pero no consigo ver ni un sólo día en el que no me haya sentido dichoso de los muchos años que pasé en la clínica.
           
         No sé como ocurrió pero no pude contener mi pregunta, aquella historia me traía recuerdos de la mía propia, Me devolvió a la realidad de la que había huido herido de muerte, aunque no pudiera devolverme a la vida.
            - ¿Cómo se llamaba tu compañera? -Pregunté yo
            - Inés. Gracias por preguntar. Necesitaba pronunciar su nombre.
            - Me has dicho que lo perdiste todo.
            -Nada es peor que tenerlo todo para perderlo después. Tú lo sabes bien y por eso es por lo que te traje conmigo. Vivimos muchos años en el dulce sueño de la felicidad completa, con la ilusión de que la eternidad nos encontraría en ese estado. Nunca pudimos pensar que en el último momento de dicha no tiene una marca que lo identifica y no podemos agarrarnos a él para evitar que se escape. El día que acudimos al médico para una revisión ginecológica porque desde hacía algunos meses sangraba más cantidad, nos dijo que existía un tumor que había crecido rápidamente y que debía ser extirpado. Ninguno de los dos vio en ello el anuncio de un final. Una cirugía era sólo un contratiempo, incluso cuando esa cirugía se complicó y tras ella nos dijeron que el diagnóstico era un sarcoma. Yo había trabajado mucho tiempo en veterinaria y sabía el significado de ese diagnóstico, pero aún así, no lo quise ver. Nos agarramos a la esperanza como garrapatas, desesperadamente ¡que contradicción asir la esperanza desesperadamente! Cuando murió no sabía qué estaba fallando, dónde estaba el error del sistema. Me convertí como tú en un proyecto inacabado.
            -Pero tú tenías a tu hijo. Yo no tengo nada.
          -Los hijos no son nuestros, no nos pertenecen. Yo tenía a mi cargo a mi hijo y tenía la clínica, que eran lo que más me unía a Inés porque habían sido un proyecto conjunto. No fue suficiente. Como mucho me permitió caminar, no mirar el paisaje.
            -Los hombres tenéis a Dios, que os reconforta en la muerte.
          -Dios no existe. Es una ilusión creada para el engaño. Sólo es útil para el consuelo de los pobres. Dios nunca tuvo vocación para consolar al afligido. Ha habido mil dioses a los que los hombres han adorado. Creaciones místicas que sólo tratan de hacerle olvidar las carencias que tienen en este mundo, confiar en una vida posterior perfecta. En cada religión la mentira es adornada con una escenografía diferente, idílica. Seguramente las carencias de cada sociedad eran lo que ofrecían los paraísos de cada  credo. Creamos espacios donde mirar porque la realidad es oscura y cruel. El Edén, el cielo cristiano, al-Yanna, el Elyseo, Nirvana. Estados perfectos para mitigar el dolor de una vida terrenal imperfecta. Algunos pagan un precio muy alto para alcanzar esos paraísos, el olvido de lo real. Y esos dioses engendran los demonios correspondientes, el pecado, la Inquisición, la jihad, la anulación de las voluntades por los dogmas, la sumisión del hombre a dios, al dios creado por los falsos profetas. Los sacerdotes, los chamanes, los himanes, los Popes, los predicadores de mundos venideros que nadie ha visto. Nadie vino nunca en la historia de la Humanidad para mostrarnos las pruebas de los paraísos prometidos. ¿Cómo puede el cielo ser cierto, si nadie se pone de acuerdo en su forma y sus reglas?
           
               -Dios existe a pesar de tus negros augurios, de tu visión pesimista del hombre. El problema es que buscas a Dios en el lugar equivocado. No está en su trono presidiendo el mundo, no vive en un Olimpo antinatural. Tienes razón en que quienes anuncian su mensaje no hacen mas que desvirtuarlo, dar razones a la lógica del ateísmo o del nihilismo. Pero yo te digo desde mi visión de pájaro, desde lejos de las ataduras de la condición humana, que Dios está en nosotros. Hace posible los milagros de lo cotidiano. Está en este diálogo que mantenemos, en el amor que tuviste a tu esposa y en el que yo viví con Quica. A mi no me hablaron de ángeles ni demonios, de dioses que protegen a los periquitos, no supe nada del paraíso hasta que empecé a vivir con los hombres. Pero descubrí a ese Dios que tu rechazas y vi su obra en la bondad de algunas personas, en los pequeños y grandes gestos hechos en su nombre. ¿Porqué me sacaste de la tienda si no fue por protegerme de mi mismo?
           
             -Mi dios era mi mujer, sólo ella me daba la perfección. Mi cielo estuvo en la Tierra mientras ella vivió. Ahora mi vida ya no tiene sentido. Por eso te rescaté, por eso quise traerte, para que tuvieras la oportunidad de encontrar a tu diosa. Mi mujer murió, pero Quica está esperándote a que vayas hasta donde la llevaron.
             -¿Me ayudarás a encontrarla?
            -Te dije que tú eras mi salida, mi última carta. Mi vida se está acabando y doy gracias por ello. Te ayudaré tanto como pueda hacerlo un viejo moribundo.
            
               Entonces abrió la jaula y me pidió que saliera. Me dio la libertad como un regalo a sí mismo. No lo ofrecía como un presente para mí, era como un sacrificio ritual, una ofrenda en señal de homenaje a su único dios. A Inés. Mi libertad era pues un doble regalo, sin embargo en aquel preciso momento a mi me pareció un acto espurio, vano. ¿Qué era la libertad para un periquito que había estado preso no sólo en la jaula de las pajareras, si no que se veía a sí mismo secuestrado por su condición de pájaro? No sabía todavía si aquel don que se me otorgaba ahora, tenía algún valor, si era en verdad una liberación o sólo un brindis al sol de un viejo que trataba en su postrera voluntad redimir sus pecados. No me atrevía a salir de la jaula. 


            Me quedé un tiempo que ahora no sería capaz de calcular mirando los barrotes como si fueran trasparentes, pero a la vez aquella puerta abierta parecía en realidad un muro infranqueable. 

            Estaba atónito, noqueado por un concepto que no podía asumir en aquel instante. Después de lo que acababa de vivir, de mi caída a los infiernos tras la desaparición de Quica, no era capaz de reconstruir mi existencia como pájaro libre. 

           -Necesitaré que me ayudes. No me siento capaz de pensar, no sé si quiera si puedo apañármelas sólo ahí fuera. Para mí el mundo ha existido a través de la televisión, pero no he vivido nunca en él.
            -No te preocupes, esa ventana siempre estará abierta para ti. Tendrás comida y agua en tu jaula. Me gustaría que me visitaras y me contaras tus historias. Me queda poco tiempo y me gustaría saber que te ha ido bien.
            -No sé por donde empezar. ¿Cómo puedo buscar a Quica en una ciudad que no conozco?
            Como un abuelo comprensivo se dispuso a ayudar a un niño desorientado que necesita de su experiencia, que confía en la sabiduría que se les supone a los viejos.
           -Estamos en la plaza de la moneda. Trini me dijo que conoce a la pareja que compró a Quica y cree que vive cerca de la catedral, aunque no sabe exactamente la calle. En este tipo de negocios no se suele hacer factura, por eso no tengo su dirección. Ven asómate conmigo a la ventana y te orientaré. Luego puedes hacer un vuelo de reconocimiento, para situarte.

            Era absurdo todo o me lo parecía a mi. Un viejo y un perico asomados a la ventana de un segundo piso mirando a lo lejos. El viejo señalando y hablando al pájaro que permanecía atento como si en aquellas explicaciones le fuese la vida. Mostrándole cada calle, haciéndole memorizar la dirección para evitar que se perdiera, tomando puntos de referencia para facilitar el regreso. Había en todo aquel espectáculo un tinte cómico, grotesco, antinatural. Si no hubiera sido por lo ridículo de la escena, si sólo se pudiese oír la conversación, sería la entrañable charla de un viejo y su nieto al que  instruye para no perderse en la ciudad. Pero los dos éramos conscientes de que aquel diálogo estaba más cerca de una comedia de Plauto, que de un cuento para niños. 

            -Esta es la calle desengaño (¡No te rías!), empieza en el edificio de la peña taurina, veras un cartel de una corrida de toros, seguro que has visto antes ¿sabes cómo son?
            -Por supuesto, un torero, vestido con un traje lleno de lentejuelas, ajustado al cuerpo que se enfrenta a un toro. El animal se deja engañar por la muleta, un paño rojo al que embiste. He visto antes corridas en televisión, a tu hijo le gustan y las veía si estaba en la tienda. Te advierto que si los toros tuvieran la inteligencia de los pájaros, no se dejarían engañar así.
            -Y tendríamos que torear en una pajarera para evitar que se volasen. ¡¡Atiende!!- me reñía como lo hubiera hecho con su nieto- siguiendo por la calle a la izquierda está la catedral, verás enseguida su cúpula y su torre. Puedes buscar primero por esa zona, ahora en primavera las familias suelen sacar las jaulas de los pájaros a los balcones o los patios. Puedes encontrarla así. Yo trataré de pasear por la zona y si encuentro a los viejos interesarme por Quica.

            Dijo viejos con desprecio, como si se tratara de traidores que hubieran cometido un delito. Pero yo lo entendía, ahora eran casi nuestros enemigos comunes.

            -Para regresar puedes tomar como referencia la iglesia de San Pedro el Viejo, está aquí mismo y puedes distinguirla fácilmente desde cualquier tejado.

            Tenía pues trazado el plan. Un plan ideado por otro, que lejos de ser un plan era como mucho una idea improvisada, un burdo esquema. Pero en aquel momento, en aquella salita sentí que la vida volvía a tomar sentido. Era una posibilidad entre mil, o entre cien, o quien sabe si era una posibilidad. Pero yo me sentí de nuevo esperanzado. En mi cabeza aún daban vueltas los acontecimientos, como si todo hubiera sido un pesado sueño del que no había despertado del todo. Percibía una densa neblina en mi cerebro, un embotamiento que me inmovilizaba, pero que a su vez me estimulaba a tomar las riendas de la acción. 

            Estaba en el comienzo de una nueva vida. De una búsqueda de la que dependía mi futuro y el de Quica. No sabía que podía hacer, era sólo un pájaro y ahora era plenamente consciente de mi condición y las limitaciones que tenía. Pero en el fondo de mi cerebro pulsaba algo, llamémosle necesidad o instinto que me empujaba adelante.

capítulo 4 "El amargo don de la palabra"

domingo, 26 de abril de 2015

            Seguí cayendo en un abismo oscuro y profundo que no parecía tener fin. Mi cuerpo caía con un movimiento helicoidal como el agua cuando se vacía en un desagüe, imparable. No hubo colisión en el fondo, sólo silencio y calma. La mente extraviada y perdida. Todo resultaba aparentemente tranquilo, como si en el impacto hubiera muerto de forma instantánea y no pudiera sentir. Notaba un frío que emanaba desde mis entrañas congelando el espacio y el tiempo. Todo estaba perdido, apenas tenía fuerza para abrir los ojos, ni lo deseaba. Pensé que quizá estaba en el cielo y podría ver a mi madre al despertar. Cuando los abrí frente a mí había dos ojos grandes mirándome, mientras unas manos se afanaban en mover mi cuerpo para evitar que me perdiera en las tinieblas y volviese a este mundo que ya nada tenía para mí. No era mi madre. Trini estaba allí, llorando. Yo no entendía por qué. No podía imaginar que dolor había traspasado su tierno corazón y qué desafortunado amor era el responsable de su pena. Trini hablaba, empecé a oír sus palabras de ánimo que estaban dirigidas a mí.

            - “Vamos amor, despierta, sé que la querías, pero nosotros te vamos a cuidar” 

            Nunca volví de aquella crisis, aunque desperté y mi cuerpo reinició su actividad parecía un autómata al que se había agotado la batería y de nuevo pusiera en marcha sus mecanismos, sus engranajes. Tras la crisis no volví yo mismo, había atravesado un agujero del espacio y había salido a una realidad diferente, que ya no era la mía. El mundo había perdido el color, ni siquiera aquella cara de ángel con sus lágrimas en los ojos consiguieron rescatar al pájaro que había sido abatido en pleno vuelo. Era un despojo de mi propia existencia, un recuerdo, una sombra.

            Me incorporé sobre las patas, tambaleándome, mi cuerpo había entrado en un estado de parálisis. Traté de recordar, buscando las posibilidades que quedaban de que aquello no hubiera ocurrido. Ahora entiendo a las personas que tratan de negar la evidencia y viven encerrados en una falsedad que les protege ante la verdad, ante la dolorosa realidad que les hirió en lo más profundo. 

            Yo era un zombi, un muerto viviente, un alma rota en tantos pedazos a la que no era posible arreglar. Todos se esforzaron en ayudarme a salir del agujero, pero era inútil, yo no deseaba salir. No deseaba nada. Estaba acabado. 

            Los perros, el hámster, los conejos, los pájaros y hasta la cacatúa me dirigían palabras de consuelo, de ánimo. Trini me dedicaba las más dulces de sus sonrisas, las que yo conocía de sus momentos de amor. Nada era suficiente, cada día me consumía  la angustia  vital. No comía, no encontraba el aire cuando mis pulmones aspiraban, no percibía dolor ni miedo a un final hacia el que corría desesperado. Buscaba la muerte como único remedio a mi futuro huero.

            No fueron las mascotas de la tienda, ni Trini, los que cambiaron el curso de estos oscuros presagios. Aristóteles que parecía ausente de la realidad, ajeno al mundo, transitando como un fantasma por la tienda, tomo un día la jaula y me llevó a su casa. Sólo dijo: 

            - “Me llevo a Pericles, yo cuidaré de él. Díselo a Javier”

            Durante el trayecto hasta su casa, fui dando tumbos en la jaula, agarrado al barrote trasversal. Se movía como un gigante incapaz de manejar su altura, como un barco en medio de la tormenta, en cada momento a punto de perder el equilibrio.

            Nadie me había llamado Pericles hasta ahora, pero en ese momento absorto en mi dolor, no me reconocí como el sujeto de aquel nombre. Aquel paseo por las calles de la ciudad que otrora hubieran sido un regalo para mi inquietud en conocer el mundo, era ahora un molesto transito desde el vacío a la nada. Me era indiferente, no me interesaba el destino, sólo hubiera deseado volver a mi celda y vivir el resto de mis días ajeno a la vida. 

            La muerte es un concepto biológico. En la enfermedad, en el dolor, la mente puede reclamarla. Pero la muerte es un fenómeno sobrevenido, que llega como final de unas funciones vitales, de un agotamiento de los órganos que mantienen esas constantes. El cuerpo se apega a la vida y mantiene su pulso siguiendo los automatismos creados a lo largo de los tiempos por la biología. La muerte es un acontecimiento no esperado  que el cuerpo intenta esquivar. Sólo en la mente, en el pensamiento, la muerte puede hacerse realidad aun con una frecuencia cardiaca presente, incluso con un electroencefalograma normal. La muerte como desaparición del hálito vital, como ausencia de la fuerza del espíritu para tirar del cuerpo. Ese es el misterio que esconde el alma, el arcano oculto en el reverso de la vida. Yo sentía aquella realidad, aquella paradoja, sin tristeza, con la certeza de que mis días ya habían acabado, sólo quedaba por concretar el momento en que mi cuerpo se apercibiese de la inutilidad de sus esfuerzos, de la banalidad en seguir oponiéndose a la verdad. 

            El suicidio nunca fue una opción. No podía forzar al cuerpo a matarse a sí mismo. Es antinatural y absurdo. Yo ya sabía de mi defunción, no podía exigir a mi organismo que se rebelase contra su propia naturaleza a seguir vivo. Veía ridículo las opciones que podía adoptar para llevar a cabo aquella postrera acción. ¿Qué iba a hacer? ¿Arrojarme desde el palo hasta el suelo de la jaula? ¿Negarme a respirar, a alimentarme o a beber? ¿Meter la cabeza en el agua del bebedero? Todo ello me parecía tan pueril que dejé que la inercia me arrastrase sin oponerme, sin pensar en ello.

            Este letargo, mi estado de hibernación, duró hasta la llegada a la casa de Aristóteles y a que éste recuperase el aliento. Desde el otro mundo me llegó una voz ronca y profunda como las que un día imaginé era la voz de las encinas que rodeaban mi pajarera. 

            -Sé que puedes entenderme, sé que puedes hablar. Te oí gritar:
             “¡No os la podéis llevar!” cuando se llevaron a tu compañera.

            Yo os veía todos los días llenaros de arrumacos, confesaros secretos, unir vuestros picos. Cada momento, desde el principio vi como vuestros corazones eran uno sólo. Vi también como te rompiste por la impotencia de no poder evitar aquel final. Siento ahora la fragilidad de tu cuerpo abandonado a la desesperación, al vacío. Puede que tú aun no seas consciente de esa capacidad, pero sé que me hablarás, voy a recomponer tu alma y tú llenarás de sentido mi tiempo de descuento. Cada vida tiene un tiempo asignado en el que caminamos por caminos de rosas o sobre espinos. Existe un tiempo de descuento en que el camino acabó y no sabemos adónde dirigir los pasos, no sabemos siquiera si debemos caminar, porque ninguna senda nos conduce a ningún lugar. Es el tiempo en que la vida terminó y el cuerpo sigue vivo. Sólo existe una salida a este tiempo, encontrar un motivo para vivir, una razón que nos apegue a la inevitable realidad de nuestra existencia. Tú eres mi salida, mi última meta, mi regalo final.

            Cómo era posible que existiera esa sintonía en los pensamientos, cómo se había introducido en mi mente y había visto el abismo que se abría ante mí. Acaso estaba ante la presencia de un mago, ante un ser supremo que me hablaba desde el Olimpo. Cómo se podía entender que un hombre buscara la salvación rescatando a un perico naufragado en otros mares, en otros mundos. No sabía si aquello que estaba diciendo era verdad. ¿Yo podía hablar? O acaso este viejo ajado por el tiempo, desposeído de sus capacidades por la edad lo había imaginado. Intenté articular una palabra, pero no se me ocurría ninguna, no sabía que decir.

            Me sorprendió de nuevo el viejo, al que en otro tiempo vi como un mueble más de la tienda, dirigiéndose a mí con el propósito de sacarme del ostracismo en el que él había permanecido hasta ahora. El mudo recriminando a otro mudo por su silencio.

            -Te llamé Pericles porque siempre sospeché que en tu interior se alojaba el alma de un orador, de un líder. Veía como dirigías las conversaciones con los otros animales que te escuchaban, imaginaba en esos trinos, discursos, palabras de ánimo, explicaciones. Veía también como mientras los demás se divertían con juegos, tú permanecías atento al televisor o a los clientes, podía ver como escuchabas cada palabra, imaginaba que entendías todo aquello y ansiabas aprenderlo. Podía ver como contemplabas a Trini, pendiente de sus palabras, de sus gestos. No eras como los demás. Incluso tu compañera era diferente. Ella estaba pendiente de ti, esperando que le contases aquello que veías y oías. Háblame de ella, dime como la conociste, como te enamoraste, que os unía, cuales fueron vuestros sueños, dime su nombre.

            - Quica -dije-
            ¿Había hablado, o quizá sólo había sido un canto?

            No podía  creerlo, despertaba de un sueño con la resaca de un borracho, con el embotamiento de una noche de insomnio y de pronto descubría que alguien había estado viviendo pendiente de mí en la sombra, de incógnito. Yo que creía a salvo mi secreto, oculto tras la inocente figura de un pájaro anónimo y de pronto me veía descubierto por un personaje salido de las novelas negras, el más sigiloso de los detectives, el más perspicaz de los espías, que había descubierto el doble juego de un intruso como yo.  A mí que estaba resuelto a pasar el resto de mi vida oculto en las sombras del mundo. Hablarme de Quica, recordar su existencia, su ausencia, era poner el dedo sobre la llaga que seguía sangrando. Pero repetí:

            -Ella se llama Quica.
            -Te dije que podíamos salvarnos juntos, ahora estoy seguro. 

            No podía haber imaginado una situación más absurda, un hombre al que sólo le quedaban inviernos en su vida, un pájaro que despertaba de una pesadilla, iniciaban una conversación. La naturaleza abría una puerta nueva a las relaciones que hasta ahora parecían imposibles y convertían lo extraño en normal. De la misma forma que se iniciaron mis recuerdos cuando me precipitaba desde el nido en los primeros vuelos, el terror a perder a Quica había despertado el lenguaje. 

            En nosotros duermen capacidades que ignoramos. Están allí escondidas, en los rincones de nuestra alma, esperando un disparo, un golpe que las despierte. 

            El miedo y el amor, el dolor y la pasión, el fuego del espíritu y el frío de la duda son los verdaderos motores de nuestra vida. La ignorancia es el mayor estímulo para el saber, como la muerte es el mayor aguijón para vivir. La certeza de que existe un final permite señalar el camino, darle sentido. Cada muerto proporciona un hálito vital a quienes le rodean. Puede que esa pérdida sea dolorosa, pero el dolor es una prueba de vida. Los que quedan hacen conscientes  su existencia  por comparación con el muerto. El marchito cuerpo que se perderá en el espacio, se introduce en los vivos que lo conocían, perpetuando su tiempo. Los mártires engendran millares de almas nuevas imbuidas de su espíritu. Sólo los muertos anónimos son almas en pena que esperan un recuerdo que los resucite, un gesto de las generaciones que le sucedieron, que los rescate del olvido, que les dé sentido. Debemos honrar a los muertos porque en ellos reside la esencia de nosotros mismos. Somos pequeños fragmentos de los que nos precedieron, tenemos sus átomos, sus genes pero también sus ideas. Hombres y mujeres, civilizaciones y culturas, pájaros y árboles forman el caldo donde hirvieron con el fuego sagrado, subieron por los serpentines del alambique de la creación, destilando gota a gota cada nuevo individuo.

            
         Mi lenguaje era el resultado de millones de hombres y de pájaros que habían estado antes juntos sin dirigirse la palabra, de mis recuerdos de la pajarera, de mis ansias por aprender del mundo, pero sobre todo era el doloroso tributo a la pérdida de mi amor, a haberme vaciado en aquel momento en que Quica desapareció de mi vida. Por ello no resultaba un regalo sino una carga. Era el pago a mi sufrimiento. No lo quería, no lo había pedido. Puede que alguna vez lo hubiera imaginado como un sueño inalcanzable, pero no deseaba su posesión a costa de la pérdida de mi mayor bien. No tenía nada que decir.

final del capítulo 3

miércoles, 8 de abril de 2015

     
            Trini, la empleada de la tienda, era el anverso de Javier y su padre. Era la que más tiempo pasaba con nosotros. Una veinteañera jovial y simpática que nos trataba con verdadero interés. Cada vez que alguno de los animales era vendido le suponía un pequeño esfuerzo despedirse de él y le agasajaba y animaba para que no emprendiera su nuevo destino con pena. Su cara era pecosa y se escondía bajo una melena encendida por los rojos brillantes de su cabello, los ojos proyectaban la belleza que residía en su espíritu y la nariz tímida apenas se insinuada en el rostro. Fue mi amor humano, mi segunda dama. Quica se burlaba un poco de mí por ese sentimiento extraño que cruzaba la barrera imposible del amor entre un pájaro y una mujer, que yo atravesaba con la naturalidad de un necio.  No entendía que aquello fuera sólo una relación de amor hacia la mascota que está en una jaula, casi una relación de piedad y compasión. Pensaba que podía existir una especie de unión cósmica, que llegaba del reconocimiento de nuestros espíritus en otra dimensión del espacio. Me enamoré de ella como lo hice de Quica, aún sabiendo en el fondo de mi alma que nunca sería capaz de materializar ese amor. Cada vez que su presencia estaba cerca de la jaula se me alborotaba el corazón y cuando alguna vez me cogió en su mano para darme los mimos que repartía entre los animales de la tienda, estuve a punto de sufrir un colapso. Era como la sensación de vértigo que precedía a mis ataques. 

            Pese a las burlas de mi compañera a la que no le ocultaba mis sentimientos, no podía ni quería evitar esta unión mística con mi cuidadora. Los humanos le llamarían síndrome de Estocolmo, quizás en los hombres no sea posible el amor entre el carcelero y su preso, entre el dominador y el sometido, pero que saben del amor de un periquito.

         Con ella entendí parte de ese complejo mundo del amor humano, los novios que sucesivamente nos visitaron y que arrastraban a Trini a la trastienda o que tras el mostrador dejaban volar las manos, nos hicieron pensar que el amor era una sucesión de arrebatos y luchas, de batallas y acuerdos de paz que se sucedían en el tiempo y que copiaban la historia de la humanidad. Los tiempos de paz nos trajeron escenas de calor casi tórrido. El invierno llegaba con las trifulcas más disparatadas, por los motivos más insospechados, dejándonos heridos a todos nosotros, espectadores de aquellos finales llenos de llanto desesperado de nuestra Trini que parecería acabaría en el suicidio. Pero a base de guerras incruentas, de batallas perdidas, nos fuimos endureciendo y dejamos de preocuparnos tras cada fracaso, esperando que saliese el sol de nuevo. No podíamos consolarla, pero cuando caía en esos arrebatos de pena nos comportábamos con un silencio solidario hasta que se recuperaba.

            Trini era el alma más pura. Veía la vida a través de unos ojos trasparentes, sin el velo que la vida nos coloca en la cara. Sólo la ingenuidad de los jóvenes los acerca a los dioses. Les permite ser libres, libres de convencionalismos, libres de ataduras. Miran la vida de frente,  con la determinación de los valientes, de los convencidos, los que creen en sí mismos. Actúan con atrevimiento, con osadía, sin premeditación, con inconsciencia, pero a pecho descubierto. Con el espíritu desnudo, con  la franqueza del que está haciendo lo que cree adecuado. Esto los hace merecedores del respeto, necesitan una oportunidad para equivocarse. Porque se necesita tiempo para forjar un alma y sólo los errores propios  moldean el espíritu, con los golpes de la vida sobre la carne al rojo vivo, vamos tomando forma. 

            Esto es lo que veía en Trini, el fuego, la pasión en lo que hacía, la rabia de vivir, la energía propia de los héroes, la fuerza de existir, la juventud. Oigo en la tienda a veces comentarios de clientes que conversan con Javier sobre los jóvenes. Aparecen siempre como alocados irreverentes, malgastadores de la vida sin previsión para el futuro, sin atender los consejos de los viejos sabios. Sólo los jóvenes pueden gastar a manos llenas el tiempo, para ellos existe un ingente capital, ¿Acaso de viejo se puede dilapidar el escaso tiempo que queda? Si no son osados, libertinos, derrochadores cuando poseen la riqueza, que podemos esperar cuando les apremien las parcas, cuando el hilo de la vida se ha ido devanando sobre el huso y la tijera esta presta a cortarlo. Creo en los jóvenes, dejaría sin dudarlo mi futuro en sus manos, porque son manos poderosas, no tiemblan, no dudan y aunque yerren son capaces de enmendar la falta. No puedo entender a aquellos que reclaman para los viejos el poder, la exclusiva dirección del mundo sin escuchar el clamor de la vida en la boca de los jóvenes. 

          En Trini veía esa fuerza, la entrega absoluta en su verdad. En cada amor, en cada desengaño, en cada sueño, en cada proyecto ponía toda su alma, se vaciaba. 

          Todo se sucedía en plena armonía, el mundo giraba sin sobresaltos, al menos para nosotros. 

          Hubo cambios en la tienda, ya conocéis la pérdida del ruiseñor, el jilguero y los gatos. Llegaron nuevos animales, un pequeño gatito solitario ocupó la jaula de sus anteriores congéneres y el amor de los perros, que a su vez perdieron uno de los compañeros, el dálmata fue comprado por una pareja joven. Uno de los hámsteres también había sido adquirido por otra pareja con un niño pequeño que lo deseaba como regalo. Su compañero había sentido la pérdida, pero era tal la actividad que tenía que la pena se fue amortiguando poco a poco. Dejamos de oír aquella conversación con ecos de resonancia donde alternaban los dos acróbatas de la tienda, para escuchar unos monólogos entrecortados que dejaban casi sin aliento a su autor. Sentimos pena por él, pensábamos que aunque no lo manifestaba el dolor estaba en su corazón. Los conejos también perdieron uno de los miembros, pero fue sustituido por un conejo gris al que miraban con ojos rojos. El extraño supo ganarse su afecto y les infundió el valor que nunca tuvieron. No se volvieron feroces ni atrevidos, pero eran capaces de alzar la mirada, de vernos, de mirar el mundo que existía más allá de su caja. Dejaron de esconderse en los rincones al menor ruido, con el sonido de las voces humanas que entraban en la tienda.

            Nosotros seguíamos viviendo una apacible existencia de día y la noche nos regalaba la intimidad necesaria para compartir el amor. Un amor que había ido pasando del fuego, a la mansedumbre de un animal domado y que nos ofrecía mayores placeres. Uníamos la pasión del sexo siempre fugaz, con un prolongado estado de equilibrio. Un equilibrio que consistía en la percepción del otro como parte indispensable del todo. La necesidad de la existencia compartida para ser completa. La seguridad de que el orden natural requería de la unión de las dos almas para seguir siendo orden y no caos. La inexplicable certeza de la indivisibilidad de ambos en dos mitades que pudieran coexistir por separado. La fusión de nuestras conciencias en un único hálito vital. Este era el estado de nuestro amor, elevado a la categoría de un sentimiento sagrado, divino, inalienable.

            Pero la vida tan dura y tan frágil, tan fuerte y a la vez tan voluble me tenía preparada aquella mañana soleada de una primavera fatídica, la peor de las pruebas. 

            La puerta de entrada a la tienda tenía unas campanillas que hacían sonar su dulce melodía al abrirse, aunque para todos nosotros aquel sonido siempre producía el aleteo de unas mariposas en el estómago. 


            Los clientes, dos personas mayores entraron charlando entre ellos, fue Trini la que los atendió y nos mostró. Nosotros callamos de inmediato nuestra conversación que en ese momento versaba sobre la agradable sensación del calor del sol en primavera, su luz, sus colores que hacían destacar más nuestras plumas. Oí como Trini trataba de ofrecerles que nos acogieran a los dos porque éramos una pareja estable. Ellos ya tenían más pájaros y deseaban sólo una hembra. No podía creer aquello, empecé a agitarme en la jaula a tratar de decirles que aquello no era  posible, no podían llevarse sólo a Quica. Queríamos permanecer allí pero al menos si nos íbamos debía de ser juntos. Trini insistía y yo apoyaba sus argumentos, pero finalmente al introducir la mano en la pajarera, Trini , mi amor humano, tomo a Quica con cuidado y la extrajo de la jaula. Yo seguía mi alocada carrera tropezando con los barrotes, con el columpio, con los palos, dejando un reguero de plumones en el aire, mis gritos eran cada vez más desesperados. Empecé a notar como la negrura se apoderaba de mi mente, como se paralizaban mis alas, se agarrotaban mis patas y antes de caer en el pozo de la desesperación, en el tormento de la convulsión, grité: “¡No os la podéis llevar!”