capítulo 4 "El amargo don de la palabra"

domingo, 26 de abril de 2015

            Seguí cayendo en un abismo oscuro y profundo que no parecía tener fin. Mi cuerpo caía con un movimiento helicoidal como el agua cuando se vacía en un desagüe, imparable. No hubo colisión en el fondo, sólo silencio y calma. La mente extraviada y perdida. Todo resultaba aparentemente tranquilo, como si en el impacto hubiera muerto de forma instantánea y no pudiera sentir. Notaba un frío que emanaba desde mis entrañas congelando el espacio y el tiempo. Todo estaba perdido, apenas tenía fuerza para abrir los ojos, ni lo deseaba. Pensé que quizá estaba en el cielo y podría ver a mi madre al despertar. Cuando los abrí frente a mí había dos ojos grandes mirándome, mientras unas manos se afanaban en mover mi cuerpo para evitar que me perdiera en las tinieblas y volviese a este mundo que ya nada tenía para mí. No era mi madre. Trini estaba allí, llorando. Yo no entendía por qué. No podía imaginar que dolor había traspasado su tierno corazón y qué desafortunado amor era el responsable de su pena. Trini hablaba, empecé a oír sus palabras de ánimo que estaban dirigidas a mí.

            - “Vamos amor, despierta, sé que la querías, pero nosotros te vamos a cuidar” 

            Nunca volví de aquella crisis, aunque desperté y mi cuerpo reinició su actividad parecía un autómata al que se había agotado la batería y de nuevo pusiera en marcha sus mecanismos, sus engranajes. Tras la crisis no volví yo mismo, había atravesado un agujero del espacio y había salido a una realidad diferente, que ya no era la mía. El mundo había perdido el color, ni siquiera aquella cara de ángel con sus lágrimas en los ojos consiguieron rescatar al pájaro que había sido abatido en pleno vuelo. Era un despojo de mi propia existencia, un recuerdo, una sombra.

            Me incorporé sobre las patas, tambaleándome, mi cuerpo había entrado en un estado de parálisis. Traté de recordar, buscando las posibilidades que quedaban de que aquello no hubiera ocurrido. Ahora entiendo a las personas que tratan de negar la evidencia y viven encerrados en una falsedad que les protege ante la verdad, ante la dolorosa realidad que les hirió en lo más profundo. 

            Yo era un zombi, un muerto viviente, un alma rota en tantos pedazos a la que no era posible arreglar. Todos se esforzaron en ayudarme a salir del agujero, pero era inútil, yo no deseaba salir. No deseaba nada. Estaba acabado. 

            Los perros, el hámster, los conejos, los pájaros y hasta la cacatúa me dirigían palabras de consuelo, de ánimo. Trini me dedicaba las más dulces de sus sonrisas, las que yo conocía de sus momentos de amor. Nada era suficiente, cada día me consumía  la angustia  vital. No comía, no encontraba el aire cuando mis pulmones aspiraban, no percibía dolor ni miedo a un final hacia el que corría desesperado. Buscaba la muerte como único remedio a mi futuro huero.

            No fueron las mascotas de la tienda, ni Trini, los que cambiaron el curso de estos oscuros presagios. Aristóteles que parecía ausente de la realidad, ajeno al mundo, transitando como un fantasma por la tienda, tomo un día la jaula y me llevó a su casa. Sólo dijo: 

            - “Me llevo a Pericles, yo cuidaré de él. Díselo a Javier”

            Durante el trayecto hasta su casa, fui dando tumbos en la jaula, agarrado al barrote trasversal. Se movía como un gigante incapaz de manejar su altura, como un barco en medio de la tormenta, en cada momento a punto de perder el equilibrio.

            Nadie me había llamado Pericles hasta ahora, pero en ese momento absorto en mi dolor, no me reconocí como el sujeto de aquel nombre. Aquel paseo por las calles de la ciudad que otrora hubieran sido un regalo para mi inquietud en conocer el mundo, era ahora un molesto transito desde el vacío a la nada. Me era indiferente, no me interesaba el destino, sólo hubiera deseado volver a mi celda y vivir el resto de mis días ajeno a la vida. 

            La muerte es un concepto biológico. En la enfermedad, en el dolor, la mente puede reclamarla. Pero la muerte es un fenómeno sobrevenido, que llega como final de unas funciones vitales, de un agotamiento de los órganos que mantienen esas constantes. El cuerpo se apega a la vida y mantiene su pulso siguiendo los automatismos creados a lo largo de los tiempos por la biología. La muerte es un acontecimiento no esperado  que el cuerpo intenta esquivar. Sólo en la mente, en el pensamiento, la muerte puede hacerse realidad aun con una frecuencia cardiaca presente, incluso con un electroencefalograma normal. La muerte como desaparición del hálito vital, como ausencia de la fuerza del espíritu para tirar del cuerpo. Ese es el misterio que esconde el alma, el arcano oculto en el reverso de la vida. Yo sentía aquella realidad, aquella paradoja, sin tristeza, con la certeza de que mis días ya habían acabado, sólo quedaba por concretar el momento en que mi cuerpo se apercibiese de la inutilidad de sus esfuerzos, de la banalidad en seguir oponiéndose a la verdad. 

            El suicidio nunca fue una opción. No podía forzar al cuerpo a matarse a sí mismo. Es antinatural y absurdo. Yo ya sabía de mi defunción, no podía exigir a mi organismo que se rebelase contra su propia naturaleza a seguir vivo. Veía ridículo las opciones que podía adoptar para llevar a cabo aquella postrera acción. ¿Qué iba a hacer? ¿Arrojarme desde el palo hasta el suelo de la jaula? ¿Negarme a respirar, a alimentarme o a beber? ¿Meter la cabeza en el agua del bebedero? Todo ello me parecía tan pueril que dejé que la inercia me arrastrase sin oponerme, sin pensar en ello.

            Este letargo, mi estado de hibernación, duró hasta la llegada a la casa de Aristóteles y a que éste recuperase el aliento. Desde el otro mundo me llegó una voz ronca y profunda como las que un día imaginé era la voz de las encinas que rodeaban mi pajarera. 

            -Sé que puedes entenderme, sé que puedes hablar. Te oí gritar:
             “¡No os la podéis llevar!” cuando se llevaron a tu compañera.

            Yo os veía todos los días llenaros de arrumacos, confesaros secretos, unir vuestros picos. Cada momento, desde el principio vi como vuestros corazones eran uno sólo. Vi también como te rompiste por la impotencia de no poder evitar aquel final. Siento ahora la fragilidad de tu cuerpo abandonado a la desesperación, al vacío. Puede que tú aun no seas consciente de esa capacidad, pero sé que me hablarás, voy a recomponer tu alma y tú llenarás de sentido mi tiempo de descuento. Cada vida tiene un tiempo asignado en el que caminamos por caminos de rosas o sobre espinos. Existe un tiempo de descuento en que el camino acabó y no sabemos adónde dirigir los pasos, no sabemos siquiera si debemos caminar, porque ninguna senda nos conduce a ningún lugar. Es el tiempo en que la vida terminó y el cuerpo sigue vivo. Sólo existe una salida a este tiempo, encontrar un motivo para vivir, una razón que nos apegue a la inevitable realidad de nuestra existencia. Tú eres mi salida, mi última meta, mi regalo final.

            Cómo era posible que existiera esa sintonía en los pensamientos, cómo se había introducido en mi mente y había visto el abismo que se abría ante mí. Acaso estaba ante la presencia de un mago, ante un ser supremo que me hablaba desde el Olimpo. Cómo se podía entender que un hombre buscara la salvación rescatando a un perico naufragado en otros mares, en otros mundos. No sabía si aquello que estaba diciendo era verdad. ¿Yo podía hablar? O acaso este viejo ajado por el tiempo, desposeído de sus capacidades por la edad lo había imaginado. Intenté articular una palabra, pero no se me ocurría ninguna, no sabía que decir.

            Me sorprendió de nuevo el viejo, al que en otro tiempo vi como un mueble más de la tienda, dirigiéndose a mí con el propósito de sacarme del ostracismo en el que él había permanecido hasta ahora. El mudo recriminando a otro mudo por su silencio.

            -Te llamé Pericles porque siempre sospeché que en tu interior se alojaba el alma de un orador, de un líder. Veía como dirigías las conversaciones con los otros animales que te escuchaban, imaginaba en esos trinos, discursos, palabras de ánimo, explicaciones. Veía también como mientras los demás se divertían con juegos, tú permanecías atento al televisor o a los clientes, podía ver como escuchabas cada palabra, imaginaba que entendías todo aquello y ansiabas aprenderlo. Podía ver como contemplabas a Trini, pendiente de sus palabras, de sus gestos. No eras como los demás. Incluso tu compañera era diferente. Ella estaba pendiente de ti, esperando que le contases aquello que veías y oías. Háblame de ella, dime como la conociste, como te enamoraste, que os unía, cuales fueron vuestros sueños, dime su nombre.

            - Quica -dije-
            ¿Había hablado, o quizá sólo había sido un canto?

            No podía  creerlo, despertaba de un sueño con la resaca de un borracho, con el embotamiento de una noche de insomnio y de pronto descubría que alguien había estado viviendo pendiente de mí en la sombra, de incógnito. Yo que creía a salvo mi secreto, oculto tras la inocente figura de un pájaro anónimo y de pronto me veía descubierto por un personaje salido de las novelas negras, el más sigiloso de los detectives, el más perspicaz de los espías, que había descubierto el doble juego de un intruso como yo.  A mí que estaba resuelto a pasar el resto de mi vida oculto en las sombras del mundo. Hablarme de Quica, recordar su existencia, su ausencia, era poner el dedo sobre la llaga que seguía sangrando. Pero repetí:

            -Ella se llama Quica.
            -Te dije que podíamos salvarnos juntos, ahora estoy seguro. 

            No podía haber imaginado una situación más absurda, un hombre al que sólo le quedaban inviernos en su vida, un pájaro que despertaba de una pesadilla, iniciaban una conversación. La naturaleza abría una puerta nueva a las relaciones que hasta ahora parecían imposibles y convertían lo extraño en normal. De la misma forma que se iniciaron mis recuerdos cuando me precipitaba desde el nido en los primeros vuelos, el terror a perder a Quica había despertado el lenguaje. 

            En nosotros duermen capacidades que ignoramos. Están allí escondidas, en los rincones de nuestra alma, esperando un disparo, un golpe que las despierte. 

            El miedo y el amor, el dolor y la pasión, el fuego del espíritu y el frío de la duda son los verdaderos motores de nuestra vida. La ignorancia es el mayor estímulo para el saber, como la muerte es el mayor aguijón para vivir. La certeza de que existe un final permite señalar el camino, darle sentido. Cada muerto proporciona un hálito vital a quienes le rodean. Puede que esa pérdida sea dolorosa, pero el dolor es una prueba de vida. Los que quedan hacen conscientes  su existencia  por comparación con el muerto. El marchito cuerpo que se perderá en el espacio, se introduce en los vivos que lo conocían, perpetuando su tiempo. Los mártires engendran millares de almas nuevas imbuidas de su espíritu. Sólo los muertos anónimos son almas en pena que esperan un recuerdo que los resucite, un gesto de las generaciones que le sucedieron, que los rescate del olvido, que les dé sentido. Debemos honrar a los muertos porque en ellos reside la esencia de nosotros mismos. Somos pequeños fragmentos de los que nos precedieron, tenemos sus átomos, sus genes pero también sus ideas. Hombres y mujeres, civilizaciones y culturas, pájaros y árboles forman el caldo donde hirvieron con el fuego sagrado, subieron por los serpentines del alambique de la creación, destilando gota a gota cada nuevo individuo.

            
         Mi lenguaje era el resultado de millones de hombres y de pájaros que habían estado antes juntos sin dirigirse la palabra, de mis recuerdos de la pajarera, de mis ansias por aprender del mundo, pero sobre todo era el doloroso tributo a la pérdida de mi amor, a haberme vaciado en aquel momento en que Quica desapareció de mi vida. Por ello no resultaba un regalo sino una carga. Era el pago a mi sufrimiento. No lo quería, no lo había pedido. Puede que alguna vez lo hubiera imaginado como un sueño inalcanzable, pero no deseaba su posesión a costa de la pérdida de mi mayor bien. No tenía nada que decir.

final del capítulo 3

miércoles, 8 de abril de 2015

     
            Trini, la empleada de la tienda, era el anverso de Javier y su padre. Era la que más tiempo pasaba con nosotros. Una veinteañera jovial y simpática que nos trataba con verdadero interés. Cada vez que alguno de los animales era vendido le suponía un pequeño esfuerzo despedirse de él y le agasajaba y animaba para que no emprendiera su nuevo destino con pena. Su cara era pecosa y se escondía bajo una melena encendida por los rojos brillantes de su cabello, los ojos proyectaban la belleza que residía en su espíritu y la nariz tímida apenas se insinuada en el rostro. Fue mi amor humano, mi segunda dama. Quica se burlaba un poco de mí por ese sentimiento extraño que cruzaba la barrera imposible del amor entre un pájaro y una mujer, que yo atravesaba con la naturalidad de un necio.  No entendía que aquello fuera sólo una relación de amor hacia la mascota que está en una jaula, casi una relación de piedad y compasión. Pensaba que podía existir una especie de unión cósmica, que llegaba del reconocimiento de nuestros espíritus en otra dimensión del espacio. Me enamoré de ella como lo hice de Quica, aún sabiendo en el fondo de mi alma que nunca sería capaz de materializar ese amor. Cada vez que su presencia estaba cerca de la jaula se me alborotaba el corazón y cuando alguna vez me cogió en su mano para darme los mimos que repartía entre los animales de la tienda, estuve a punto de sufrir un colapso. Era como la sensación de vértigo que precedía a mis ataques. 

            Pese a las burlas de mi compañera a la que no le ocultaba mis sentimientos, no podía ni quería evitar esta unión mística con mi cuidadora. Los humanos le llamarían síndrome de Estocolmo, quizás en los hombres no sea posible el amor entre el carcelero y su preso, entre el dominador y el sometido, pero que saben del amor de un periquito.

         Con ella entendí parte de ese complejo mundo del amor humano, los novios que sucesivamente nos visitaron y que arrastraban a Trini a la trastienda o que tras el mostrador dejaban volar las manos, nos hicieron pensar que el amor era una sucesión de arrebatos y luchas, de batallas y acuerdos de paz que se sucedían en el tiempo y que copiaban la historia de la humanidad. Los tiempos de paz nos trajeron escenas de calor casi tórrido. El invierno llegaba con las trifulcas más disparatadas, por los motivos más insospechados, dejándonos heridos a todos nosotros, espectadores de aquellos finales llenos de llanto desesperado de nuestra Trini que parecería acabaría en el suicidio. Pero a base de guerras incruentas, de batallas perdidas, nos fuimos endureciendo y dejamos de preocuparnos tras cada fracaso, esperando que saliese el sol de nuevo. No podíamos consolarla, pero cuando caía en esos arrebatos de pena nos comportábamos con un silencio solidario hasta que se recuperaba.

            Trini era el alma más pura. Veía la vida a través de unos ojos trasparentes, sin el velo que la vida nos coloca en la cara. Sólo la ingenuidad de los jóvenes los acerca a los dioses. Les permite ser libres, libres de convencionalismos, libres de ataduras. Miran la vida de frente,  con la determinación de los valientes, de los convencidos, los que creen en sí mismos. Actúan con atrevimiento, con osadía, sin premeditación, con inconsciencia, pero a pecho descubierto. Con el espíritu desnudo, con  la franqueza del que está haciendo lo que cree adecuado. Esto los hace merecedores del respeto, necesitan una oportunidad para equivocarse. Porque se necesita tiempo para forjar un alma y sólo los errores propios  moldean el espíritu, con los golpes de la vida sobre la carne al rojo vivo, vamos tomando forma. 

            Esto es lo que veía en Trini, el fuego, la pasión en lo que hacía, la rabia de vivir, la energía propia de los héroes, la fuerza de existir, la juventud. Oigo en la tienda a veces comentarios de clientes que conversan con Javier sobre los jóvenes. Aparecen siempre como alocados irreverentes, malgastadores de la vida sin previsión para el futuro, sin atender los consejos de los viejos sabios. Sólo los jóvenes pueden gastar a manos llenas el tiempo, para ellos existe un ingente capital, ¿Acaso de viejo se puede dilapidar el escaso tiempo que queda? Si no son osados, libertinos, derrochadores cuando poseen la riqueza, que podemos esperar cuando les apremien las parcas, cuando el hilo de la vida se ha ido devanando sobre el huso y la tijera esta presta a cortarlo. Creo en los jóvenes, dejaría sin dudarlo mi futuro en sus manos, porque son manos poderosas, no tiemblan, no dudan y aunque yerren son capaces de enmendar la falta. No puedo entender a aquellos que reclaman para los viejos el poder, la exclusiva dirección del mundo sin escuchar el clamor de la vida en la boca de los jóvenes. 

          En Trini veía esa fuerza, la entrega absoluta en su verdad. En cada amor, en cada desengaño, en cada sueño, en cada proyecto ponía toda su alma, se vaciaba. 

          Todo se sucedía en plena armonía, el mundo giraba sin sobresaltos, al menos para nosotros. 

          Hubo cambios en la tienda, ya conocéis la pérdida del ruiseñor, el jilguero y los gatos. Llegaron nuevos animales, un pequeño gatito solitario ocupó la jaula de sus anteriores congéneres y el amor de los perros, que a su vez perdieron uno de los compañeros, el dálmata fue comprado por una pareja joven. Uno de los hámsteres también había sido adquirido por otra pareja con un niño pequeño que lo deseaba como regalo. Su compañero había sentido la pérdida, pero era tal la actividad que tenía que la pena se fue amortiguando poco a poco. Dejamos de oír aquella conversación con ecos de resonancia donde alternaban los dos acróbatas de la tienda, para escuchar unos monólogos entrecortados que dejaban casi sin aliento a su autor. Sentimos pena por él, pensábamos que aunque no lo manifestaba el dolor estaba en su corazón. Los conejos también perdieron uno de los miembros, pero fue sustituido por un conejo gris al que miraban con ojos rojos. El extraño supo ganarse su afecto y les infundió el valor que nunca tuvieron. No se volvieron feroces ni atrevidos, pero eran capaces de alzar la mirada, de vernos, de mirar el mundo que existía más allá de su caja. Dejaron de esconderse en los rincones al menor ruido, con el sonido de las voces humanas que entraban en la tienda.

            Nosotros seguíamos viviendo una apacible existencia de día y la noche nos regalaba la intimidad necesaria para compartir el amor. Un amor que había ido pasando del fuego, a la mansedumbre de un animal domado y que nos ofrecía mayores placeres. Uníamos la pasión del sexo siempre fugaz, con un prolongado estado de equilibrio. Un equilibrio que consistía en la percepción del otro como parte indispensable del todo. La necesidad de la existencia compartida para ser completa. La seguridad de que el orden natural requería de la unión de las dos almas para seguir siendo orden y no caos. La inexplicable certeza de la indivisibilidad de ambos en dos mitades que pudieran coexistir por separado. La fusión de nuestras conciencias en un único hálito vital. Este era el estado de nuestro amor, elevado a la categoría de un sentimiento sagrado, divino, inalienable.

            Pero la vida tan dura y tan frágil, tan fuerte y a la vez tan voluble me tenía preparada aquella mañana soleada de una primavera fatídica, la peor de las pruebas. 

            La puerta de entrada a la tienda tenía unas campanillas que hacían sonar su dulce melodía al abrirse, aunque para todos nosotros aquel sonido siempre producía el aleteo de unas mariposas en el estómago. 


            Los clientes, dos personas mayores entraron charlando entre ellos, fue Trini la que los atendió y nos mostró. Nosotros callamos de inmediato nuestra conversación que en ese momento versaba sobre la agradable sensación del calor del sol en primavera, su luz, sus colores que hacían destacar más nuestras plumas. Oí como Trini trataba de ofrecerles que nos acogieran a los dos porque éramos una pareja estable. Ellos ya tenían más pájaros y deseaban sólo una hembra. No podía creer aquello, empecé a agitarme en la jaula a tratar de decirles que aquello no era  posible, no podían llevarse sólo a Quica. Queríamos permanecer allí pero al menos si nos íbamos debía de ser juntos. Trini insistía y yo apoyaba sus argumentos, pero finalmente al introducir la mano en la pajarera, Trini , mi amor humano, tomo a Quica con cuidado y la extrajo de la jaula. Yo seguía mi alocada carrera tropezando con los barrotes, con el columpio, con los palos, dejando un reguero de plumones en el aire, mis gritos eran cada vez más desesperados. Empecé a notar como la negrura se apoderaba de mi mente, como se paralizaban mis alas, se agarrotaban mis patas y antes de caer en el pozo de la desesperación, en el tormento de la convulsión, grité: “¡No os la podéis llevar!”

CAPÍTULO 3

sábado, 21 de marzo de 2015

“Cuando te sientes, aprovecha para pensar dónde quieres ir al levantarte”

            En los largos meses que pasamos en la tienda después de estos acontecimientos la vida pasaba como un río tranquilo desfilando mansamente por nuestros ojos. El verano fue fatigoso por el calor, llegado el otoño el día se iba acortando, la luz desaparecía y llegaba el tiempo de las confidencias, de los susurros. Cuando los tonos rojos de la tarde se iban convirtiendo en sombras, el frío hacia que nuestros cuerpos se buscaran, que sin pretenderlo nuestros picos chocaran. En el silencio de la tienda tras cerrar su persiana y sus ventanas, comenzaba para nosotros el paraíso. Comíamos de la fruta prohibida, rogábamos al firmamento que no trajera de nuevo al sol. Nos amábamos y conversábamos en voz baja. Volvimos a tener largas charlas sobre la libertad, sobre el mundo exterior que ahora materializábamos a través de las imágenes que nos ofrecía el pequeño televisor de la tienda. A pesar de ver como nuestros sueños eran sólo burdos bocetos de este mundo maravilloso, ahora no sentíamos la necesidad de volar fuera de aquel recinto. Allí parecía estar todo lo que necesitábamos. Nos teníamos uno al otro. Habíamos forjado unas cadenas con nuestro amor y nos aferrábamos a ellas como si pudieran soltarse y dejarnos libres. Ahora esta cárcel de conveniencia era un refugio seguro.  
        
            Habíamos renunciado a todos aquellos sueños que predicamos en la pajarera. Nos dábamos cuenta que aquel discurso ardiente que nos emocionaba y nos daba sentido, estaba huero. Las palabras, los mensajes, las ideas son inmortales, perduran en el tiempo, persisten  sus resonancias a través de los recuerdos, pero son capaces como los camaleones de adaptarse, cambiar de forma y acomodarse a nuestras circunstancias. Pronunciamos sentencias que parecen definitivas, inamovibles, decimos que son los cimientos de nuestra conciencia. Luego el viento de la vida les lima las aristas, les cambia la forma hasta casi no poder reconocerlas y sin embargo pensamos que no hemos modificado nuestro discurso, que sólo introdujimos matices que son propios a la experiencia, a la madurez. Las palabras son como obras inacabadas de un artista, las vamos creando día a día, cada segundo les añadimos una pincelada para que encajen en nuestra vida, como un traje a medida que vamos remendando, sacando dobladillos y sisas, para que nos acomode aunque crezcamos o engordemos. 

            La palabra, siempre vuelvo a ella como a mi dios. La venero como el bien más preciado. Contiene nuestra esencia y va madurando con nosotros. Cada palabra pertenece a su dueño, al que la pronunció, porque además de su significado, lleva impreso los detalles que le imprime su señor, su amo. Van creciendo con nosotros, nos acompañan en el viaje de la vida cambiando a nuestro antojo. 

            Madre, amor, libertad, cobran significados diferentes en un niño que en un anciano. La pronuncian igual, pero cada una de ellas encierra una infinidad de matices propios. El niño abre los ojos mientras llama a su madre, la busca como un refugio en la montaña, como al calor del hogar en una noche de invierno. El viejo cerrando los ojos, pronuncia la palabra madre con un lamento, buscando en el recuerdo su imagen para que lo acompañe en ese tránsito solitario hacia la muerte. Hay palabras que tienen tanto poder que invocan por sí mismas los demonios del mundo o abren las puertas del paraíso. 

            Todas las palabras aprendidas en la televisión, todo el conocimiento adquirido en esa puerta abierta al mundo, no era la única fuente de la que bebí. Aprendí a conocer a los hombres a través de nuestros cuidadores. 

            Me identificaba más con Javier, un ser solitario que no acababa de encontrar su sitio en el mundo. Un soñador que vivía una existencia ajena al conflicto. En paz con el mundo y con sus ocupantes, preocupado en vivir su soledad repleta de seres de ficción, porque ellos no le exigían una posición, un compromiso. No estaba casado, tenía pocas amistades, o por lo menos no se les veía por la tienda. No recibía llamadas, no quedaba para cenar o para fiestas. No era un hombre triste, no se le veía amargado por su condición de excluido, no anhelaba que cambiase su suerte. Había elegido su forma de vivir, no quería ser salvado para la causa de los individuos bien adaptados. Los animales y los libros eran su compañía y las pocas personas que poblaban su universo casero le sobraban para sentirse acompañado. Con los vecinos mantenía relaciones cordiales, con los clientes tenía una afabilidad que lo convertía en un hombre educado, con Trini el trato era el de un jefe compresivo, con su padre había poco trato. Era un individuo corriente que ocultaba una personalidad nada convencional. Su vida social se reducía a la tienda pero su vida íntima se extendía hasta los confines de su espacio imaginario. La felicidad puede estar dentro de uno mismo y no se necesita ir a buscarla en los demás. La filosofía de Javier se basaba en la simplicidad, la belleza estaba en la luz, la armonía en el silencio. Le gustaba admirar los paisajes y las ciudades de los documentales, pero no se planteaba ni por un instante viajar hasta ellos, le vencía la pereza de romper el curso calmado de su vida, la confortable cotidianidad, el monótono tic-tac del segundero que adormece los sentidos. No le conocimos ninguna pareja, hombre o mujer que acompañase sus días. A sus cuarenta y nueve años había establecido un modus vivendi que no era ya fácil de cambiar. No es que lo hubiera planificado, había surgido así, la vida había tomado sus propias decisiones sin consultarle y él las había aceptado con naturalidad. No existía imposición en su soledad. En parte su actitud de ermitaño, esa profesión de fe hacia la vida solitaria lo dejaba en el lugar que eligió del mundo. Su familia éramos nosotros, su padre, Trini y los animales de la tienda. Cuando traspasaba las fronteras de la realidad para adentrarse en su reserva natural, los libros, le esperaban el resto de los seres que constituían su universo.

            Su actitud de inquebrantable ecuanimidad ante los vaivenes de la vida me permitió forjar una imagen de hombre que más tarde vi que poco tenía que ver con el común de ellos. Ante la adversidad los hombres son más propensos a buscar soluciones, culpables, razones que justifiquen sus primarias reacciones. Javier dejaba que el problema se desvaneciera en el tiempo, se disipara como la niebla. No necesitaba convencerse que el sol saldría de nuevo en su vida, se limitaba a seguir su propia inercia, ninguneando el contratiempo, aceptando estoicamente su sino. “No hay mal que dure cien años” este era su lema, su égida. Los reveses de la vida quedaban al margen de su atención. 

            Si los sinsabores le eran indiferentes, los regalos de la buena fortuna no conseguían despertar emociones intensas, los aceptaba con idéntica frialdad. Era inmune al bien y al mal. Podría pensarse que no era humano, pero había aprendido a defenderse haciéndose el muerto. Había colocado las fronteras de su territorio alrededor de su persona. Tenía una fértil vida interior y realizaba escasas incursiones en territorios ajenos. Abría las puertas de su fortaleza a pocos extraños porque le suponía un esfuerzo tener que compartir con ellos su tiempo.

            Conocí otros hombres y mujeres que vivían siempre rodeados de una multitud, de conocidos y extraños a los que deseaban conocer. Necesitaban estar junto a otros para dar sentido a su existencia, eran ellos porque formaban parte del grupo. Como si no fueran capaces de existir por sí mismos, como si su propio yo requiriera de la presencia de otros que levantaran acta notarial de su presencia en el mundo. A ellos les resultaba capital estar en sintonía con el medio, cualquier adversidad era un desastre que había que remediar de inmediato para retomar su vida compartida. De la misma manera los triunfos requerían el aplauso , el reconocimiento general. No eran más sociables que Javier, porque en esa interrelación con los demás tenían que existir víctimas y verdugos, deudos y deudores. Esa intensa vida social provocaba que unas veces fuera el depredador y otras la presa. 

            El ser social compite, busca un lugar destacado en su nicho ecológico desplazando a sus rivales, el sentido de su vida está en alcanzar la cima de su pirámide. El ser individual se basta consigo mismo, no porque esté satisfecho, orgulloso, o porque haya alcanzado la gloria por su capacidad, le es suficiente sentirse vivo. Es posible que estemos predestinados a comportarnos como depredadores de nuestros semejantes y el éxito biológico consista en alcanzar esa supremacía frente a otros en el medio. Pero la evolución fruto de errores que favorecen la adaptación, debería ver una ventaja evolutiva en la individualidad. El individuo que piensa para sí mismo y cuyo fin no es medrar sobre los demás, persiguiendo la propia felicidad puede servir a otros. En el ser individual hay tanta sociabilidad como en el ser social, liberándose del principio de la causalidad de la Naturaleza y elevando a categoría de principio la razón. Esta era la cualidad que yo veía en Javier, en su capacidad para vivir una vida plena, en paz con su entorno, sin batallas espurias. Este fue el modelo que yo admiré en los hombres y que como pájaro envidiaba y deseaba imitar. También aquí llegué a la conclusión de que aquellos que aparecían como escalón evolutivo más alto estaban lejos todavía de la perfección.

            Aristóteles, el padre de Javier, era viejo y venía a menudo a visitarnos, cuando lo vi por primera vez inmóvil, mirándonos, creí que siempre había estado allí como parte del mobiliario de la tienda, como una mascota más expuesta para su venta. No podía imaginar que aquel hombre que arrastraba el cuerpo y el alma tirando de ellos porque no querían seguirle, iba a ser el más importante de los maestros en mi vida. Merece capítulo aparte la profunda relación que adquirí con aquel viejo en apariencia inane y silencioso, que se movía entre las sombras de la tienda y cuya presencia no alteraba el orden natural de las cosas, como si su existencia no supusiera una mayor carga para el mundo, como si todo lo que pudiera hacer o decir hubiera sido ya hecho y dicho, siendo innecesaria su presencia.  Aquel espectro me reveló las profundas verdades de la  vida, la esencia de la existencia, convirtiéndose para mí en el mayor actor de mi vida después de Quica. Cómo podría haber imaginado que un hombre, que los vestigios de un ser decrépito, los restos de una vida ya apartada para el olvido, serían quien abriera la luz de mi pequeña cabeza y me convirtieran en dios de mi propio universo.

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