fin del capítulo 2

sábado, 14 de marzo de 2015

   La cacatúa era el elemento más ajeno al grupo, su jaula era la mayor y más sofisticada, con columpios, barras, un bebedero y comedero de diseño y dos espejos en los que continuamente se miraba, como asegurándose de ser la más bella representación del mundo animal. “Espejo, espejito mágico, dime la verdad, no soy acaso la más bella de este vulgar recinto”. Esto imaginábamos que preguntaba cada vez que susurraba ante el espejo. Cuando nos dirigía la palabra, como para ilustrar a unos pobres paletos con quien, por un error del destino había tenido que compartir espacio, nos contaba su glorioso pasado y su sin duda maravilloso futuro. Se veía en una casa donde los señores pertenecieran poco menos que a a la nobleza y disfrutaría de las atenciones propias de su rango. Era motivo de burla por parte de todos nosotros porque su pretendida belleza, el embrujo que creía producir en quien la miraba se rompía cuando abría el pico y emitía aquella especie de graznido, de grito histérico que espantaba al más patán de los mortales.

            Conocí personas como ella, egocéntricas, que no veían más allá de su propio yo. Tan embelesadas consigo mismas, que acababan arrinconadas junto a su recuerdo en la mayor de las soledades. Presintiendo que el mundo las había traicionado por un error de los dioses  o pensando que la maledicencia de los demás los había colocado frente a un destino que no les correspondía. Son los seres más tristes, porque partiendo de virtudes naturales, acaban convirtiéndolas en sus defectos. Transforman la admiración ajena en compasión o rechazo por que son víctimas de sí mismos. Lo más doloroso es que la compasión es el peor de sus remedios. Pueden entender que otros sientan admiración, envidia, celos hacia su persona. No conciben ser objetos de lastima, su autoestima los sitúa en un plano superior, no por debajo, ni siquiera al mismo nivel que los demás. Por ello niegan la realidad y crean una ilusión, una vida paralela, hasta que el tiempo acaba sorprendiéndoles mirando en un espejo a alguien que no existe. Para entonces ya no hay retorno, sólo el refugio en el rincón del pasado donde creyeron ser importantes, donde construyeron la persona que ahora está definitivamente muerta. 

            Otros en cambio parece que nacieron ya muertos, con los astros conjurados para hacerlos infelices desde el primer momento que ponían los pies en la tierra. Los jilgueros eran de esa clase de pájaros que pasan su existencia lamentando existir. Se muestran siempre en contra de  cualquier  atisbo de felicidad. Reniegan de su estado, de su forma, de su color, de su suerte. Son incapaces de reconocerse ninguna virtud, aunque no permiten que nadie más se atreva a decirles que son unos pájaros de mal agüero. Se mostraban siempre malhumorados, disconformes con cualquier propuesta, contrarios a toda opción que les pudiera llevar a la alegría. Desdichados profesionales, cargados por el peso de las penas del mundo entero. Se disputaban entre ellos cual de los dos era mas desafortunado, cual arrastraba la desgracia con mayor entereza. Discutían por ser el más desgraciado de los seres que pueblan el universo y sólo conseguían alegrarse cuando el destino les favorecía con un aciago acontecimiento. El día que el mayor de ellos comenzó a notar como bajo su lengua comenzaba a crecer un pequeño tumor, que le dificultaba comer, manteniéndole la boca permanentemente abierta, pensó que tenía ganada la batalla del perdedor. Fueron los días en que la vida parecía darle la razón y  él se sentía agradecido por primera vez a un infausto futuro. Su compañero en cambio buscaba bajo su pico otro nuevo tumor que permitiera disputar la guerra de desgracias con ciertas posibilidades. Cuando el dueño de la tienda llegó una mañana con un hombre que parecía un cliente interesado. Ambos miraron con atención a nuestro amigo y tras intercambiar algunas frases en unos términos para mí desconocidos. El hombre metió la mano en la jaula, los cinco iniciaron una frenética huida hacia ninguna parte. Aquel hombre después descubrí que era el veterinario, cogió el jilguero, le sujetó la cabeza y tomando unas pinzas sujetó la lengua de nuestro amigo. Cerrábamos los ojos por no ver el martirio al que íbamos a asistir y gritamos cuando vimos como con un instrumento maléfico cortaba dentro de la boca el tumor. Limpiando luego con un bastoncillo el lecho de la herida. Le habían arrancado el tumor, pero había perdido el único motivo que lo hacía imbatible en su combate por ser el más desafortunado de los mortales. Fue perdiendo el poco ánimo que tenía, inane, lamentándose de su mala fortuna. No nos llamó la atención su enfoque de la cura del tumor, era lo habitual, pero cayó poco a poco en un círculo de tristeza vital que acabó postrándolo y una mañana nos dejó, para seguir sufriendo en el cielo de los pájaros toda la eternidad. 

            Su compañero vio en esta muerte una señal, una bengala de luz en el cielo oscuro que le permitió encontrar un nuevo camino. Pensamos equivocadamente que la muerte le serviría como argumento para su consabida mala estrella. No fue así, en los primeros días mantuvo un estado de trance de donde temimos nunca saldría, pero pasado un tiempo de reflexión, quizás de recapitulación sobre su anterior condición, lo vimos aparecer renaciendo del dolor a la vida. La muerte como maestra nos imparte lecciones magistrales a las que no querríamos asistir pero que son de obligada presencia. La mortalidad es posible que sea una de las experiencias más terribles y más generosas de las que la vida nos impone. En la muerte podemos ver la verdad, la certeza absoluta de la vida. Su tiempo limitado, pero también su tiempo infinito. El valor del tiempo, su fragilidad y su terrible fuerza. Aprendemos que cada segundo es una oportunidad para hacer aquello que no debemos guardar para el futuro, porque el futuro llega el instante después. Adquirimos la conciencia de lo inmediato, de vivir el preciso momento que trascurre, con el dulce o el amargo que lo acompaña. Disfrutar del ahora. El reloj no se detiene, pero cuando llega tu hora cesa para siempre de marcar el tiempo.  El antes está cada vez más lejos y el después quizá no llegará. Es bello sufrir por lo que se tiene, sintiéndolo perecedero, así adquiere más valor si cabe. Saber que llegara un día en que no debas preocuparte por la comida, por acicalarte las plumas, por soñar con la libertad. ¡Vive con hambre cada momento, devora con ansiedad el segundo que te corresponde porque nació sólo para ti y sólo tu puedes disfrutarlo! Así es como nuestro amigo volvió a la realidad, un instante le enseñó más que su vida pasada. Empezó a querer ver el sol por las ventanas, decidió vivir su vida por él y por su amigo. Le llamamos Fénix. 
          
 Los hámsteres hiperactivos, continuamente en movimiento, recorriendo los artilugios que poseían en el pequeño circo montado para mostrar su “increíble” destreza. Hasta cuando paraban a hablar seguían moviendo los bigotes, emitían una verborrea, un torrente de palabras que parecía habían estado pensando mientras corrían de un lado a otro. Las conversaciones con ellos eran pequeñas charlas con paradas intermitentes, donde descargaban su comentario con prisas sin casi necesitar esperar a la réplica y respondían de nuevo en la siguiente parada. Era esperpéntico hablar con ellos, hablaban secuencialmente, se pisaban las respuestas, como si la conversación fuera común para los dos. A mí me ponían nervioso, sin embargo a Quica le divertía esa hiperactividad, ese desenfreno, dónde uno parecía ser la estela del otro. Esa ansiedad por correr como para ser capaces de adelantar al tiempo, de hacer más largo el instante por haberlo llenado de movimiento, la divertía; sus conversaciones a dos, entrecortadas y carentes a veces de sentido le parecían de lo más estimulante. Entre ellos nunca discutían, no se peleaban, si acaso competían por realizar sus acrobáticas piruetas con mayor destreza, con el menor tiempo. Este ese su objetivo. Alguna vez quisimos hacerles ver la inutilidad de aquellas demostraciones circenses. Estaba en su condición respondían. Es posible que sea así, que cada cual sea un poco esclavo de su condición, de sus genes, estamos programados. Yo siempre pensé que pese a esas limitaciones que nos impone nuestra naturaleza somos capaces de modificar los planes del Creador.
         
  Los dos conejos permanecían siempre acurrucados uno contra otro, pocas veces se movían por la caja, como por miedo a ser devorados por un predador que permaneciera al acecho. Su personalidad era tímida, retraída y cuando hablaban lo hacían con el mismo temor a equivocarse. Su voz era chillona, pero procuraban no molestar con ella y emitían opiniones que no supusieran un compromiso, que no requiriera defensa ante los demás. Eran jóvenes y esta circunstancia los hacía inseguros. Deseaban hablar pero no por el placer de la conversación, sólo por hacerse presentes y que no se olvidase que ellos también estaban allí. Eran frágiles, dulces. Hubiera sido imposible enfadarse con ellos, no quererlos.
           
 Los perros eran tres cachorros de muy corta edad,  se lamentaban continuamente de su pérdida. Añoraban a sus madres, las caricias, el calor de su cuerpo, la dulzura de sus pezones cuando mamaban recostados sobre la paja. No había consuelo para ellos porque sabíamos que aquello que habían perdido tan tempranamente, no iban a recuperarlo. Tratábamos de darles palabras de ánimo, hablarles con cariño. En la noche, cuando su quejido era constante y lo repetían como un mantra para ahuyentar los fantasmas de la noche, les susurrábamos canciones de cuna para que pudieran dormir. Quica y los canarios entonaban sus mejores cantos, los más sutiles para que se sintieran queridos, arropados por los sonidos y acababan dormidos los tres en un ovillo que enternecía. No debería haber animales tan pequeños alejados de sus madres, privar de una infancia a un animal es como arrancar un brote verde de un rosal y ponerlo en agua, nunca dará rosas.
         
   Los gatos sin embargo, pese a ser jóvenes eran más independientes, la siamesa era bella y perversa, rabiosamente inteligente. Su lengua hiriente no conocía la compasión. Les contaba a los perros historias de terror sobre sus próximos dueños que nosotros tratábamos de desmentir para mitigar el temor de los cachorros y quizá también el nuestro. Era arisca con su compañero al que desdeñaba, no le gustaba que éste pasara junto a ella rozándola, le gruñía y sacaba sus zarpas haciendo el gesto de arañarlo, aunque no llegaba a hacerlo, únicamente cuando mediaba la comida que debían de compartir. Él pese a su aspecto de gato negro pendenciero, era bonachón, le consentía sus desprecios, disculpaba su agrio carácter. Trataba de acariciarla con el lomo y con la cola, quería a través de la dulzura de su pelo suavizar su rencor  con el mundo.
      
      Ella se sentía superior porque decía que podía entender a los humanos, que conocía su lenguaje, incluso presumía de haber entablado conversación con uno de ellos. Yo nunca le dije que podía entender también lo que hablaban, me parecía una amiga peligrosa aquella gata que escondía tras sus ojos azules un velo de maldad. No acababa de creerla porque no concebía la conversación entre un humano y un gato como algo posible.
            
 Pienso que ese desprecio a los demás era posiblemente un mecanismo de defensa, un escudo frente a los golpes que la vida le había dado. Es posible que el humano con el que mantenía conversaciones hubiera sido el motivo de su comportamiento perverso. Ahora que conozco a los humanos, los creo capaces de convertir al más dócil de los animales en un ser malvado, en un asesino.
            
 En cualquier caso fue una relación breve, porque la compraron en los primeros meses y no lamentamos su pérdida. El gato negro se quedó sólo en aquella vitrina, junto con los perros separados por un cristal. Que la hubieran elegido a ella no había sido solamente un signo de desprecio a su persona, prefiriendo la belleza a la calidez de su tacto, a su ronroneo dulzón y complaciente. Echaba de menos a aquella hermosa gata a la que pese a sus desprecios amaba. Nunca lo dijo, no quiso reconocerlo, pero tras su partida se volvió melancólico, huraño. Los maullidos eran de dolor y de llamada. No tenía ya compañera y su amor se fue transformando en amargura. Ya no encrespaba el lomo para dejarse acariciar sino amenazante. Sus ojos mostraban el rencor y daba realmente miedo. Si no hubiéramos visto como había sido, compartiríamos el temor a los gatos negros. Pero su alma seguía siendo pura a su pesar y no podía dejar de ronronear a los perros para mitigar su temor, se restregaba sobre el cristal que servía de separación. Creo que si los hombres nos entendieran, habrían colocado a nuestro gato junto con los perros para que los cuidara y ello hubiera sido un bálsamo para su dolor y un consuelo para los desamparados cachorros. Pero esa pretendida enemistad entre perros y gatos mantuvo a nuestro amigo en la más triste de las soledades, incubando la pena hasta que esta se convirtió en un cáncer que no podía ser amputado como lo fue el tumor del jilguero. Su obsesión era escapar de la tienda para buscar a su gata, amarla, entregarse a ella. Incluso para que ella lo humillase. Su único objetivo era el amor y pese a ello la negrura de la maldad iba apoderándose poco a poco de su alma. El amor como veneno se había introducido en su sangre y ocupaba todo su ser. El sentimiento más puro, el más desinteresado, el que era capaz de hacer que renunciase a su propia identidad. El amor en estado puro, salvaje, lo iba hundiendo en un pozo de ofuscación del que sólo veía una salida. La huida. Lo fuimos perdiendo en esa carrera hacia la nada, en su locura de amor.

            Una  tarde llegó una cliente interesada por él, se dejó querer, recobró su antigua dulzura para que lo tomaran en brazos y cuando se sintió seguro, sacó sus garras, arañó a la mujer y escapó por la puerta, salió de nuestras vidas sin mirar atrás. Estoy seguro que hubiera querido despedirse de los cachorros, decirles que estuvieran tranquilos que él se cuidaría y algún día se encontrarían en un parque y podría correr y revolcarse por la hierba. Pero salió como una exhalación, con la elegancia y la velocidad de un felino. Oímos el grito de dolor de la mujer, el del hijo del dueño de la tienda, el grito de sorpresa del hombre que en ese momento entraba por la puerta y que permitió a nuestro amigo elegir ese preciso instante para cambiar su destino. Oímos después un claxon, varios frenazos y el ruido seco que ocasiono la colisión de dos coches. Se sucedieron como una cascada de sonidos que hacían presagiar el peor de los augurios, todos los pájaros callamos con las plumas erizadas, los conejos se quedaron inmóviles, los perros aturdidos se miraban entre ellos sin entender lo que pasaba y se pusieron a ladrar. A continuación el movimiento se recuperó en la tienda. Javier el hijo del dueño se asomó, un murmullo creciente iba convirtiéndose en el único sonido que podíamos oír. Lo único que nos preocupaba era nuestro amigo. Oí como comentaban que el gato había cruzado la calzada y había escapado hacia los callejones. Tuve que mentir a mis compañeros diciéndoles que vi a través de la ventana como nuestro amigo había salido indemne del accidente, no podía reconocer que lo había oído de las conversaciones de los clientes. La prueba definitiva  era que si hubiera muerto traerían el cadáver a la tienda. Todos tuvimos en ese momento la certeza de que encontraría a la gata siamesa y que la haría comprender la grandeza de su amor, lo imaginamos ya para siempre unido a ella.

            Javier se ocupó de la mujer que había arañado en su huida nuestro compañero. Eran pequeñas lesiones superficiales. Se disculpó, las limpió con un antiséptico del botiquín. Todo volvió a la normalidad. La tienda quedó de nuevo vacía y en silencio, todos teníamos nuestro pensamiento en los gatos que ya añorábamos, apenas darnos cuenta de que nuestra separación era definitiva.

            ¡Ostias! ¡Joder! 

            Esas fueron las palabras que me sacaron de mi soliloquio. Era Javier que tras despedir amablemente a la señora arañada había cerrado la puerta dispuesto a ajustar las cuentas de aquellos que mordíamos la mano del amo que nos daba de comer. Estaba furioso e impotente, sin saber contra quien dirigir aquella ira. Se le había escapado un gato, había quedado como un imbécil ante la cliente que también había huido y quién sabe si volvería. Caminaba  por la tienda, resoplando y mirándonos como para buscar un culpable que pudiera asumir el papel de víctima propiciatoria. Pero todo se esfumó como un suspiro, cerró los ojos y cuando los abrió ya era de nuevo él.

            Javier es el hijo del dueño de la tienda, en realidad el verdadero responsable del negocio. Cuando surgía un contratiempo que rompía el equilibrio perfecto de su mundo tranquilo, se transformaba. Se trasmutaba a un ser distinto, más atractivo, perdía de pronto la linealidad de su carácter comedido y bisoño, para tomar por breves momentos la severidad de un general en campaña. Tras la batalla con el mundo aparcaba sus armas y se prometía a sí mismo no retomar el combate, firmaba humillantes tratados de paz asumiendo la derrota que sólo existía en su ánimo. Era un hombre bueno, pero no apto para medirse en  la pelea por ocupar un lugar destacado en la sociedad. Prefería vivir en la retaguardia sin tomar parte en la justa, no pretendía trofeos de guerra, ni medallas al valor. Quería pasar por la vida siendo el escudero y no el señor que desafiaba sobre brioso corcel a su oponente para ganar el favor de la dama. Para esa ficción de héroe ya tenía los incruentos episodios de su mundo imaginario.

             Era una persona afable, que sentía verdadera pasión por los animales. No tenía estudios superiores, no había querido estudiar pese a la insistencia de su padre. Ello había constituido el mayor escollo en sus  relaciones. El padre, un hombre viejo que se había hecho a sí mismo, que había conseguido forjarse un futuro en unas circunstancias difíciles, siempre deseó que su hijo tuviera una formación sólida que le ayudase a salir adelante. Javier nunca tuvo vocación por estudiar. No es que fuera un calavera de los que sólo piensa en divertirse con los amigos. Estudió  bachiller sin pretensión de continuar los estudios ni destacar. Sin embargo era un amante de los libros, leía apasionadamente, lo veíamos devorar los libros durante los tiempos muertos en la tienda, cuando no había clientes y no tenía que reponer estanterías o arreglar el almacén. Se sentaba apoyado sobre el mostrador y se le veía perderse en los mundos fantásticos de aquellas ventanas de papel que se abrían al mundo. Aquellos tesoros que descubría en la mayor de las soledades, pasando las hojas como para encontrar un nuevo cofre cargado de monedas en la siguiente página. Cómo envidiaba yo esa posibilidad de adentrarme en mundos ajenos, en vidas de otros a través de la lectura. Porqué injusto reparto de dones se me excluía del placer de viajar al infinito a través de las palabras escritas que no podía descifrar. 

            Podía ver la televisión de la tienda, era como mi libro parlante, me permitían como a Javier salir al mundo sin moverme de la jaula, pero en mi caso me resultaba un mundo de extraños. Casi siempre veíamos reportajes de Naturaleza. Cuando estábamos con Trini, la dependienta que ayudaba a Javier, veíamos los seriales, algunas películas y los anuncios de infinidad de artículos que parecían imprescindibles para los humanos. Sus personajes parecían la invención de un perturbado, con sentimientos tan extraños a un periquito como para ellos pudiera resultar la imagen de un pájaro haciendo una crítica televisiva. Las complicadas relaciones entre hombres y mujeres que se hilvanaban en aquellas series me ayudaron a conocer a los hombres o quizás a formarme una imagen desenfocada de ellos. Fui aprendiendo como un colegial aplicado ante el televisor.

            Mis compañeros me veían tan atento a aquella caja que emitía imágenes y sonido que me creían hipnotizado ante aquel infernal aparato, como los mosquitos que giran alrededor de las bombillas. Sólo Quica me dejaba escapar de nuestro recinto acompañando aquellos personajes de ficción que cabían en un pequeño cuadrado. A veces me preguntaba qué es lo que ocurría en aquellas interminables peleas de hombres y mujeres que discutían a gritos y se amaban como posesos casi al mismo tiempo.      Cuando le contaba al oído las perfidias y los romanes de aquellos héroes de pacotilla, siempre exclamaba asombrada: ¡humanos!    
            Nadie es capaz de reconocer al diferente como diferente sin que tenga que mediar un sentimiento. A veces la solidaridad, el amor, la bondad, la generosidad permiten que lo anómalo de otros, sea aceptable si no entendible. Otras veces la indiferencia, el egoísmo, incluso la cerrazón en los argumentos hacen del diferente, distinto e irreconciliable con uno mismo, pero permiten su existencia. Quizá la verdadera integración del diferente sería dejar de verlo como tal. Entender que existen otros modos de ver la realidad, otros principios, otras actitudes frente al mundo. Una especie de Ley Moral universal cuyo principio único sería la ausencia de maldad. Todo aquello que no esté dirigido a dañar a otro es admisible. El mismo principio que aceptaríamos para nosotros debería tener una aplicación general. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esa máxima que sostienen todas las religiones humanas, que en su simpleza encierra todo el código moral necesario para vivir.

 ....................

ORACI. Capítulo 2

sábado, 7 de marzo de 2015

“Cada segundo deja de ser presente un instante después para formar parte de tu historia, el segundo que le sucederá es sólo un pequeño anticipo del futuro. La vida es un bien limitado, pero millonario en segundos” 

Fue un tiempo convulso, los acontecimientos pasaban ante nosotros como coches de carreras a toda velocidad sin poder ver mas que su estela y que nos dejaban aturdidos por el ruido que provocaban.

Tras nuestro rapto nos metieron en una jaula a todos juntos. Contagiados por la agitación de la pajarera donde todos trataban de huir, gritando, volando alocadamente, aquel pequeño recinto se convirtió en un torbellino. Nos movíamos en círculos, chocando en un vuelo frenético, se desprendían los plumones, se confundían los gritos de unos y otros. Parecía que la histeria se había apoderado de nosotros, almas dementes, locos en plena crisis, orates enajenados. 

Hasta que nos llevaron al coche. Tras cerrar las puertas y perderse el sonido de la pajarera todo pareció calmarse. Como la parálisis que se sucedía tras mis ataques, hubo un momento de silencio en que cada uno tomo conciencia de su situación. Nosotros tres nos miramos como cómplices satisfechos, compinches de correrías que han logrado llevar a cabo su jugada. Nuestros amigos retenidos contra su voluntad, obligados a emprender una nueva vida, quedaron en un silencio aterrador, la desesperanza hablaba por ellos. Tratamos de infundirles valor, animarles, trasmitirles nuestra ilusión en ese proyecto que no dejaba de ser pura ficción, puesto que ni nosotros mismos conocíamos lo que nos deparaba el futuro. 

No pasó mucho tiempo hasta que el coche se detuvo y el granjero tomo de nuevo la jaula con todos nosotros, los siete reos volvieron a la vida. A una realidad que temían pero que no tenían más remedio que afrontar. 

A menudo la vida nos deja tirados en la cuneta, como cadáveres ajusticiados. Sin previo aviso, sin preguntarnos si aceptamos la condena. Nos deja en un pozo oscuro del que vemos sólo la luz del brocal o en una cavidad tan profunda que la oscuridad es total. Otras nos regala un jardín con una fuente, un banquete de ambrosía, un genio de la lámpara y nos concede un deseo que parecía inalcanzable. 

La vida no tiene maldad ni bondad en ninguno de los dos hechos. Ocurre de esta manera quizás por la conjunción de los astros o por el capricho de los dioses, por la mano del azar, por los extraños designios de la fortuna. Ocurre sin más y debes aceptarlo como un hecho consumado, como la imposición de un padre que no te comprende o una madre complaciente. 

La vida te trata sin maldad. Yo diría que le somos indiferentes, que no conoce nuestro destino, actúa sin premeditación, sin alevosía pero también sin amor. No es la justicia divina quien lleva su mano, es la ruleta de la suerte. 

Lo que nos diferencia, lo verdaderamente importante, es la forma de aceptar este regalo o esta pena. Ante la adversidad buscar la salida, ante el dolor buscar el consuelo o sentirlo como prueba de vida, ante el infortunio mirar al futuro, ver lo que queda por delante, no lo que pudo ser. No emborracharse ante el éxito fruto de la casualidad, no enrocarse en la felicidad como un bien que nos pertenece. No hacer del dolor un muro infranqueable que nos aleja más de la vida y nos trae la soledad, la más dolorosa de las realidades. 

Otras veces parece que la vida se ha olvidado de nosotros que nos deja en una monótona secuencia de dejà vu que nos adormecen los sentidos. Decimos que la cotidianidad no nos ofrece más que repetir mecánicamente los mismos actos cada día, como las manecillas de un reloj recorriendo monótonamente la esfera. No es verdad. No atravesamos nunca dos veces el mismo río, cada instante cambian sus aguas. Cada momento hay miles de hechos de irrumpen en nuestra vida cotidiana, que hacen de cada instante un fotograma diferente lleno de matices. A veces sólo somos capaces de ver el conjunto, sin percibir los detalles. Aquello que a veces llamamos casualidades y que pasan inadvertidas. Dar sentido a la casualidad, no depende del azar, depende de nosotros mismos. 

A cada uno de nosotros tras aquel secuestro, la vida nos abría un camino nuevo y cada cual tomó lo que pudo. Nuestro proyecto, el diseño del sueño compartido que los tres teníamos, fue convirtiéndose en realidad, pero una realidad diferente a la que nosotros habíamos previsto. 

Estuvimos al principio todos juntos, compartíamos las penas, las ilusiones, los pensamientos. Fuimos convirtiendo aquella realidad en la definitiva, como si fuera a permanecer inmutable para siempre y fueron días en que llegamos a sentirnos felices. Nuestros siete compañeros ya no lloraban la pérdida de la pajarera , empezaban a ver en nuestra ilusión un proyecto posible, fuimos tomando a nuestros raptores como nuevos cuidadores. Nosotros tres en cambio nos convertimos en los predicadores de un nuevo credo, apóstoles de una verdad que sólo vivía en nuestra mente, pero que de tanto hablarla parecía dotada de corporeidad. La fuimos alimentando en aquellos días donde cada hora estaba dedicada a su génesis, la edificamos sobre la ilusión de romper con la triste monotonía que nos imponía la vida en la pajarera. Incorporamos al resto del grupo en la secta por la libertad. Teníamos hambre de conocer mundo, de vivir en mayúsculas. 

Comulgábamos ya todos del mismo sueño y la vida nos vino a devolver al mundo real. Llegaron los cuidadores para separarnos en parejas, colocarnos en jaulas más pequeñas destinadas al traslado a otros lugares. A Quica y a mi nos valió el estar siempre juntos para que llegado ese momento nos llevaran a la misma jaula. 

Vimos a través de los barrotes a nuestros compañeros con los ojos abiertos, sin atreverse a cerrarlos por miedo a perder para siempre la referencia del grupo. Quico nos miraba desesperado, él había quedado al margen, había sido desplazado apartado de nuestro lado. Veíamos por momentos quebrarse el coraje, la ilusión de nuestros sueños compartidos. Nos sentíamos desmembrados, troceados en porciones que no tenían capacidad por sí mismas de existir. Eso pensábamos en aquel momento, pero el motor que mueve la vida, era mucho más potente de lo que creíamos y ninguno hubiese podido imaginar que sería capaz de resistir lo que nos fue llegando. Pudimos durante un tiempo despedirnos, nos mirábamos y nos llamábamos a gritos, entregando los últimos mensajes, las últimas consignas para resistir, para afrontar un futuro que nos aterraba pero que era inevitable. 

La separación de Quico fue para Quica y para mí un dolor que dejó por un tiempo cicatrices profundas. No sólo su ausencia, también el desconocimiento de su destino, la percepción de que no habría reencuentro, nos dolía como una enfermedad terminal. Se rompía en añicos nuestro triángulo que parecía a prueba de bombas, a prueba de vidas. Sentíamos que su pérdida no era sino el comienzo de otras pérdidas, de un soltar lastre para mantener el barco a flote. 

La tristeza, la angustia no provenían sólo de su recuerdo, era el haber tomado conciencia de que todo lo que sucediera ya no dependía de nosotros mismos. La confianza que teníamos en nuestra indestructible unidad, la seguridad de que éramos capaces de cualquier hazaña se vino abajo. 

No éramos dueños de nuestro destino, no podíamos tomar las decisiones que nos afectaban. Éramos marionetas, títeres en manos de desconocidos, en manos de seres indiferentes a nuestro dolor, que no sabían siquiera que sufríamos. No podíamos esperar clemencia, ni comprensión de los hombres que unían y desunían nuestros destinos como si fueran niños jugando con sus muñecos. Es posible que los hombres sean a su vez manejados por otros seres superiores y estos a su vez sigan los dictados de mentes que están bajo las órdenes de criaturas esclavizadas por sus propios amos. No existe el libre albedrío, la naturaleza puede ser una cadena donde los amos se convierten en esclavos ignorando su dependencia, viviendo en la ilusión de una libertad que no es más que la ficción necesaria para mantenernos vivos. 

Para salir de esta oscuridad, de este desasosiego, tomamos la medicina del amor, éste fue el mórfico que adormeció el dolor de la herida. Durante los primeros días que pasamos en un recinto solos y después viajando hasta la tienda donde tuvimos nuestro primer destino, vivimos una especie de sueño con escasos momentos de vigilia. Decidimos que era necesario para resistir vivir mirándonos uno a otro. Vivir como si fuéramos los únicos habitantes del planeta, dedicando todo el tiempo a la contemplación del mundo como lo hicieron los ascetas, uniendo nuestras almas en una sola existencia. Pasábamos del amor místico al carnal, de la contemplación sensible al deleite sublime del sexo, del onírico mundo de las ideas a la unión de los cuerpos. Durante ese tiempo que trascurrió sin sentirlo, como si hubiera durado un segundo o un siglo, igual que trascurría en el periodo de pérdida de conciencia de las crisis epilépticas, igual que bajo los efectos de la anestesia. Ese fue el momento más real de mi vida, el que recuerdo como más vivo, porque conseguimos alejarnos del mundo para abrazar la vida con el ansia de un hambriento. 

Nos alejamos de la realidad, como unas vacaciones en el extranjero, como una visita al Hades. Conseguimos liberarnos de las cadenas que impone estar vivo, para estarlo de verdad. No estábamos pendientes del día o de la noche, del hambre o de la sed, del sueño, del futuro, del pasado. Ni siquiera el presente era importante. Sólo nosotros importábamos, éramos nuestro objetivo, el final, el camino, los medios para hallarlo. No había nada ni nadie salvo nosotros. No conocimos otro momento donde estuviéramos tan despiertos y tan ausentes. Sentimos como aunque las heridas seguían abiertas, el dolor había desaparecido. Nuestros picos se mantenían unidos cada minuto, susurrando la dulce melodía del amor. 

Tomamos tanta dosis de ese amor que entramos en un sopor etílico, en un estatus catatónico, que nos convirtió en dos pájaros de trapo y plumas, dos atontados, alienados o lunáticos. 

A nuestra llegada a la tienda seguíamos en este trance. Fue una mala presentación, nos vieron como dos pájaros bobos, pero supusieron que aquella actitud se debía al trauma de la captura y el viaje. 

Despertamos del letargo, tomamos conciencia de la nueva situación, pero no renunciamos a nuestra nueva droga. El largo tiempo que estuvimos juntos vino a dar la razón a nuestro sueño, se hizo realidad, vivimos posiblemente uno de los momentos más dulces de nuestras existencias. Las lágrimas del dolor por la pérdida de Quico (ya sabéis que los pájaros no lloran, es sólo una figura literaria para que me entendáis) fueron el líquido amniótico donde creció nuestro amor. Ya existía la compenetración de ideas, la idoneidad de caracteres, la simbiosis en las almas que se complementan y se necesitan. Pero eso no es suficiente para el amor, el amor es un estado de la mente, una disposición del alma que trasciende al cuerpo, trasporta sus impulsos eléctricos hasta los remotos poros de la piel. El amor como lo vivimos fue el clímax de un sentimiento que había ido creciendo en intensidad, que había brotado como la lava hirviendo de un volcán. Tenía una fuerza imparable, era incapaz de ser dominado, surgía del fondo para explotar como un universo contenido en una burbuja. De aquel tiempo cada segundo se convirtió en una vida entera porque supimos apreciar la esencia de la vida. 

En el amor somos iguales a los hombres, no creáis que la Naturaleza os eligió para amar sólo a vosotros. El amor es el único sentimiento que acerca a lo divino a hombres y animales. El amor a los hijos, a los seres que te cuidaron, a los que compartieron tu felicidad y tus penas, el amor a los demás que te impide dañar, el amor a otro ser que se antepone al amor a ti mismo. En los periquitos no existe el odio, no existe el rencor o la venganza. Puede haber indiferencia, instinto para la supervivencia, competencia que puede ocasionar dolor a otros, que perjudique a tus semejantes. Pero la maldad, la voluntad por dañar, esa perversión para aniquilar al otro, en someterlo por placer, eso es sólo cualidad de los hombres. 

Supimos adaptarnos a la nueva vida, cada hora que pasó fuimos tomando parte en aquella nueva comunidad. Eran casi todo cachorros, los tres perros, dos pastores alemanes de la misma camada y un dálmata de apenas unos meses. Dos gatos también de corta edad, una gata siamesa y otro negro azabache con unos ojos claros que hubiera atemorizado en cualquier película de terror si no fuera porque era extremadamente dulce y se deshacía en arrumacos. Ellos cinco ocupaban la cristalera de la tienda. Dentro, había varias jaulas en las que estábamos repartidos los demás. Nosotros dos ocupábamos una pequeña jaula sin grandes adornos, junto a la nuestra otra jaula con cinco pájaros: dos canarios, dos jilgueros y un ruiseñor y una más que contenía la estrella de los alados, una cacatúa blanca, con su penacho y su pretenciosa elegancia. 

Dos hámsteres ocupaban una jaula parecida a una carpa de circo, con sus ruedas, toboganes y pasadizos. Tres conejos blancos descansaban en una especie de caja abierta por arriba que permitía a los clientes acariciar el suave pelo mientras ellos trataban de esconderse en los rincones, permanente asustados, con lo ojos abiertos y rojos. Los peces eran los más numerosos, nunca pude comunicarme con ellos, eran como de otra dimensión en su tanque de agua en permanente cambio por las nuevas aportaciones y las compras. 

La tienda poseía además abundante material de complemento, accesorios para jaulas, comida para animales, libros de razas y del cuidado de las mascotas. 

De todos los miembros de aquella dispar familia los canarios fueron nuestros más cercanos amigos. Eran también una pareja, que si bien se habían conocido en la tienda, habían llegado a compenetrarse y mantenían una estrecha relación amorosa. Con ellos podíamos compartir conversaciones que la mayoría de las veces versaban sobre el amor. Es posible que habláramos del amor como quien habla del tiempo meteorológico cuando no sabe que decir. Pero el tema nos llevaba a menudo a otros aspectos de la vida que compartíamos en aquel encierro dulce y seguro. Era como encontrar un paisano cuando estás lejos de tu tierra. Nos resultaba fácil conectar, no podía haber una intimidad en nuestras charlas porque la distancia que separaba nuestras jaulas no permitía conversaciones privadas. Aún con eso llegábamos a hacernos mutuas confesiones cuando la tienda estaba llena y nuestras conversaciones se mezclaban con los sonidos de la actividad de una tienda de animales. Cuando se animaban esas charlas, ocurría a veces que llamaba la atención a los clientes que veían en nuestro canto el alborozo que se les supone a los pájaros, como si en su naturaleza no cupieses mas que la alegría. Entonces venían hasta nosotros y se detenían a mirarnos, se acercaban a las jaulas e incluso intentaban meter un dedo a través de los barrotes para acariciarnos, lo que provocaba que se interrumpiera el hilo de nuestra conversación. Cuando callábamos se alejaban comentando que seguramente nos habíamos asustado. Para los hombres los animales poseen sólo sentimientos primarios: hambre, sed, temor, alegría, nunca imaginarán la complejidad de nuestras mentes. No comprenden ni siquiera la de sus semejantes. Quica sabía que yo los entendía y me preguntaba por sus comentarios al oído, siempre interesada en aprender de los humanos. 

Nunca conté a mis compañeros de encierro mi capacidad para entender el lenguaje de los hombres. Podría haberlo hecho, no creo que tuviera ningún riesgo para mí, pero ya había sido el raro del grupo durante demasiado tiempo y pensaba con los años que ser uno más tiene algunas ventajas. Es distinto pasar desapercibido en el grupo que ser nadie, que no existir en él. Puedes ser feliz en un grupo donde no representas más que un individuo, precisamente porque permite tu individualidad. Puedes ejercer de ti mismo, aunque a veces necesites utilizar las máscaras de conveniencia que te mantengan al margen de la popularidad. 

El grupo sólo te afecta en las acciones comunes, en aquellas situaciones llamadas sociales, pero queda un enorme espacio para uno mismo. En la intimidad, pero también en la más populosa de las concentraciones uno puede mantenerse al margen, desarrollando sus propios pensamientos sólo con pequeños gestos que conforman a los demás y que parecen que participas de su mundo. La intimidad del pensamiento es uno de los mayores milagros de la naturaleza. El pensamiento es el único espacio de libertad completa, porque no necesita adaptarse a las leyes físicas, ni siquiera a las leyes de la convención social, nos hace libres frente al resto. Permite adoptar tu posición en el mundo sin necesidad de dar una explicación cierta de tus verdaderos motivos. Somos en parte lo que queremos ser, tenemos capacidad para escondernos en la masa, para disfrazarnos en la fiesta de la vida y elegir con quien compartir nuestra verdadera identidad. Quizá en esto consiste el amor o la amistad, es encontrar alguien capaz de conocer tu verdadero mundo, que no te pide que lo abandones, ni lo cambies, si acaso sólo que lo incluyas a él. 

La invisibilidad, el anonimato, tienen inconvenientes sin duda. No es posible realizar algunos de los sueños, de los retos personales desde una posición de ser uno más. Se requiere una posición de poder, un lugar destacado para cambiar las fuerzas que tratan de dirigir tu existencia. Pero a cambio esta trasparencia frente al mundo es la llave para poder pasearse por él sin sentir los ojos escrutadores del resto. Permite la libertad de movimientos del que no llama la atención, del que permanece en la sombra y decide por dónde quiere andar. 

El diferente, el triunfador, el líder, el sabio, el encantador , consiguen arrastrar tras de sí a los demás, pero esa condición de ser visible tiene también su coste. El peaje a pagar es la propia libertad, la pérdida de tu espacio que acaba siendo compartido por la multitud. El triunfador acaba ahogado por su éxito, el sabio por su ciencia y su estudio, el encantador no puede librarse de sus fans, el líder no lidera más que la vida de los demás pero no sabe a dónde se dirige la suya. 

Para ser feliz es necesario reconocer tu propia vida, la felicidad es la percepción de que recibes lo que pides a la vida. La felicidad está en la conciencia de estar vivo y en la capacidad de dirigir tu destino. Aunque admito que la felicidad no es un estado permanente, sino un rayo de luz que pasa fugaz por tu lado y debes estar atento para cazarlo. A veces choca contigo y le llamas suerte, pero las más de las veces es esquiva, hay que buscarla. 

En nuestra tienda el ruiseñor era el líder. Poseía las armas necesarias: un “pico de oro” como dirían los hombres, una determinación absoluta en hacer ver su verdad , los sueños de un visionario y la fe en sí mismo que creía compartida por todos los allí reunidos. Me recordaba un poco a mí mismo en los tiempos en que viví en la pajarera enamorado de mi propia imagen, como Narciso de su reflejo. Ese tiempo en que soñé que era el elegido para llevar a todo mi pueblo en el viaje al paraíso, abriendo las aguas del mar a mi paso. Sólo que entonces mi gente no quería viajar a ningún paraíso que estuviera fuera de aquella pajarera, porque la mayoría se sentían satisfechos. El ruiseñor se esforzaba en dirigir el destino de una comunidad que ya había caminado por senderos de frustración y no estaba dispuesta a sumarse a su visión de iluminado. Cada uno tenía sus razones. Incluso Quica y yo que habíamos sido antiguos activistas del escapismo vivíamos ahora un periodo de dulce apatía donde dejábamos a la vida que nos mostrase sus cartas sin pedir nada más que estar juntos. 

Los canarios nunca se habían planteado participar de revoluciones ajenas, menos ahora que también disfrutaban de las mieles del amor. Los jilgueros estaban en permanente conflicto con el mundo y la bella cacatúa creía que aquellas ideas eran propias de rufianes y plebeyos. El resto de animales prestaban poco crédito a un pájaro que como un predicador agorero se dedicaba permanentemente a tratar de dirigir sus vidas, demasiado cortas para tomar en serio sus apocalípticas profecías. 

Así es como el líder indiscutible se consumía en su afán de abrir las mentes de los obtusos, de regar la semilla del descontento para buscar el sueño de un mundo feliz. De tanto cantar sus canciones libertarias, de tanto silbar melodías de revolucionario se erigió en el más atractivo de los artículos de la tienda. En su desvarío no entendía que no era más que un objeto a la venta, un valor medible por el dinero que otro estuviera dispuesto a pagar y que aquellas diatribas cantadas no hacían más que aumentar su valor. Ignorante de que sus arengas no nos despertaban las ansias de libertad sino que sólo entusiasmaban a los clientes. Fue el primero en ser vendido. Involuntariamente su canto había sido un plan de fuga no premeditado. Aunque todos sabíamos que únicamente cambiaba el lugar no la condición. Seguiría siendo un preso, un pájaro enjaulado y más aún sería un pájaro encerrado en su propia quimera. 

Aunque era un descanso dejar de oír permanentemente su encendido discurso, todos lamentamos que se fuera y deseábamos en el fondo de nuestros corazones que encontrase allá donde fuera un alma gemela. Que con ella pudiese dirigir una revolución, como un general al frente de su ejército y fuera definitivamente feliz. .

..........(continuará)

14 DE FEBRERO

domingo, 15 de febrero de 2015

SIN ánimo de parecer cursi,
al publicar los amores de Pericles aprovechando la ocasión





ORACI (Continuación)

  Si bien al principio no estuve totalmente integrado era admitido en el grupo, aunque en un estatus de clara inferioridad. A mi no me importaba porque ello no suponía ningún menoscabo en mi orgullo. Compartía los juegos también con mis hermanas. Aún era demasiado joven para no poder estar con ellas, aunque pronto empecé a recibir  insinuaciones para que dedicara más tiempo a estar con los machos que con ellas. Ya existían suficientes razones para dar que hablar y no necesitaba añadir otras nuevas.

 La relación de los machos con las hembras se admite con permisividad cuando puede iniciarse el cortejo, hasta entonces los machos deben relacionarse entre ellos y lo mismo para las hembras. No voy a deciros que lo comparto, pero es así. No tengo conocimiento de otras sociedades aviares, si esta separación de sexos está tan arraigada, pero en nuestra pajarera esas eran las normas sociales. Convencionalismos de los que espero comprensión por parte de los humanos puesto que son verdaderos especialistas en la segregación de grupos por razones bien distintas. Entre los pájaros, al menos entre los periquitos no existen motivos de exclusión por razón del color de la pluma, la raza, el estatus social y muchos menos por motivos políticos o religiosos que nos son ajenos.

 Así pues pase mi infancia siendo el rarito de la familia. Sólo un hecho cambió mi posición frente al grupo. Cuando entrando en la edad que podíamos decir la pubertad de los periquitos, me veía abocado a la invisibilidad, a ser uno entre la multitud, a ser nadie. Sucedió un hecho que cambió el curso de mi vida.

 Era la primera incursión de los granjeros a la pajarera en varios meses y todos sabíamos cual era el significado de aquella visita. Venían como cada temporada a recoger crías para llevárselas y venderlas. Era como venir a recoger los frutos de un árbol maduro. Esta era una situación asumida por la pajarera, como un mal necesario. El dios de los pájaros lo mandaba de esa manera, o quizás  los dioses humanos dictaban aquella norma. Pero que fuera admitido como necesario, no significaba que alguno de ellos quisiera ser voluntariamente el candidato que se inmolara a ese sacrificio. Cuando el  granjero penetraba en nuestro territorio todos los periquitos volaban alrededor de la jaula para no ser atrapados pero yo no me moví. Sabían que yo deseaba salir de allí, explorar el mundo. Pese a ello mi familia me gritaba: “ ¡Tico, vuela, escóndete!” sobre todo mis padres. Pero en aquel totum revolutum el único que permaneció encaramado a su rama, fui yo. No hacía falta cogerme tan bruscamente, quería ir de buena gana. ¿Acaso no veían mi buena disposición? Mis padres seguían gritando pero yo les miraba condescendiente. Tenía decidido que quería marcharme y ver mundo. Sólo quise liberar una de las alas para despedirme y eso me costó un apretón que a poco me asfixia.

 Entonces sucedió, comenzó mi cuerpo con la particular lucha consigo mismo contrayéndose bajo la presión de la mano. Aquellos movimientos espasmódicos debieron sorprender al chico que vino a buscarnos y abrió la mano, yo no volé, quedé  tendido sobre el suelo y cuando volví  a la conciencia vi aquel muchacho que con los ojos muy abiertos me miraba y empujaba con un dedo mi cuerpo como queriendo reanimarme. Esta vez no había silencio en la jaula, el alboroto de la espantada general se había amortiguado pero no había desaparecido, pero vi como era el objeto de sus miradas casi indulgentes, como perdonando mis deudas ahora que iba a desaparecer. Oí al chico decir:   
  
 -¿Qué te pasa amigo, te asustaste demasiado? Venga arriba que hoy te voy a dejar para que te recuperes.

 No salía de mi asombro, había entendido a aquel hombre, el monstruo que me iba a llevar lejos me había llamado amigo y había tratado de animarme. En ese momento supe que mi vida ya no iba a estar allí, que quería salir, que había un mundo desconocido y nuevo que me estaba esperando.

 Como por arte de magia, a partir de entonces cambió mi posición en la pajarera, pasé de ser un raro a un héroe. Dejé de ser el tocapelotas, preguntatodo, resabidillo, a un verdadero valiente que no necesitaba colgarse de las patas bocabajo para demostrar que era un macho. Se me miraba con respeto, casi con envidia por parte de mis amigos. Era como si hubiera regresado del otro mundo sin llegar a haber salido siquiera. El haber sido tocado por la mano de dios, por la mano del hombre y continuar allí inmutable, me otorgaba un estatus de elegido. Desde entonces resultaban más interesantes mis aspiraciones para vivir en el mundo exterior, como las propias de un iluminado, de un ser especial que podía y tenía derecho a plantearlas por su especial condición. No necesitaba reclamar la atención con piruetas acrobáticas o cantos insinuantes a las hembras de la pajarera. Cuando me acercaba a su territorio cantando, me sentía estudiado, perseguido con la mirada. Me pavoneaba ufano, haciendo gala de ese halo de grandeza que me otorgó el contacto con el granjero. Puedo decir que no desaproveché esa ventaja, entonces joven como era no percibía lo efímero del triunfo, la ironía que la vida suele dar al destino y no esperaba que se volviese contra mí. La ignorancia nos hace atrevidos y estúpidos a la vez, pero quien no haya cometido estupideces en su juventud murió antes de tiempo.

 Pasé algún tiempo como un casanova casquivano, filtreando con todas las periquitas disponibles. Sus padres comenzaron a tomarme por un peligro porque no me mantenía fiel a ninguna de ellas. Había un interés especial en emparejar a los hijos porque los granjeros respetaban algunas parejas con el fin de poder mantener el criadero. De forma que el emparejamiento podía ser un salvoconducto a la deportación forzosa que de tanto en tanto se producía. Pero yo no buscaba una compañera, volaba de flor en flor, tomaba un poco de su néctar vertía en sus oídos la miel de mis fabulaciones, de mis cantos de sirena. Les susurraba aventuras en el mundo exterior como si fuera un conocedor del mismo, como si hubiera corrido libre y hubiese regresado para trovar sus misterios, para descubrirles la emoción de vivirlos. Mi verbo fue convincente un tiempo, el suficiente para que mi tránsito a la juventud de los pájaros fuera bajo los acordes de la lira, del amor vano, de los romances fútiles. Desperté la envidia de mis amigos, que pasaron a ser mis contrarios, que dejaron de verme como el elegido, para despreciarme como al egoísta, engreído que acaparaba todas las miradas y atenciones.

 Empecé a despertar de ese sueño de grandeza cuando vi lo patético que resultaba en esa actitud de galán de medio pelo, de truhán de pacotilla y ese fogonazo lo recibí de quien menos lo esperaba. Quica era la más tímida de las hermanas de uno de mis mejores amigos (aunque ahora Quico había empezado a rehuirme por mi torpe comportamiento). No era la periquita más llamativa, pero era bonita. Sus plumas de un azul cielo, más intenso en su espalda sobre las alas moteadas y ese rayado en la cabeza tenue que acababa cerca de sus grandes ojos que parecían abarcarlo todo. Miraba sin pretender llamar la atención, como disculpándose por si molestaba, pero si recalabas en la profundidad de los ojos, esa negrura te trasportaba, te absorbía. Su pecho de finas plumas azules, con pequeñas motitas blancas, como si fuera pecosa, la hacia aún mas graciosa.

  Ya veis lo que me pasó, después de ser el príncipe de vacuos cuentos de arrope y miel, con princesas que me adulaban, me fascinó la indiferente presencia de alguien que no prestaba oído a las paparruchadas de un fatuo engreído. Me colgué ya no de las ramas de la pajarera, sino de sus ojos, de lo que decía sin abrir el pico, de la sabiduría de su silencio frente la verborrea de mis discursos vanos.

  A veces el amor es un reto, surge de la provocación o del desafío. El amor puede surgir de una chispa, de una llama, de un relámpago; pero también puede surgir de un susurro, de una caricia, de un llanto apagado o un suspiro. Puede aparecer tras una ilusión, hacerse fuerte tras un desengaño, un dolor, un desgarro, una palabra. No creo que Quica tuviera una actitud estudiada en su indiferencia para captar mi atención, más bien le aburría la superficialidad de mi conducta. Ella era en aquel mundo mi igual, mi espejo y desde ese momento mi objetivo. Causó gran decepción (en mi club de fans) y a la vez alivio (en padres y pericos) mi extraña decisión de iniciar el cortejo de Quica abandonando las anteriores conquistas. El conquistador conquistado pasaba a ser un pobre diablo que renunciaba a la gloria por una plaza que carecía de valor, a lo sumo era un pequeño fortín frente a los impresionantes castillos cuyas murallas había escalado anteriormente. Pero estaban ciegos, no veían en Quica más que a una tímida e introvertida joven, cuando era una diosa que aún no había despertado y no era consciente de sus poderes.

 Tuve escaso éxito en mis primeros acercamientos puesto que de tanto usar las armas del amor cortés en mis anteriores batallas, siempre con acierto, no entendía como no producían el mismo resultado en el caso que me ocupaba. Quise desprenderme de los ropajes de galán para cambiar de estrategia, pero ya no resultaba creíble. Me odié por haber dejado de ser quien había sido, por haber renunciado a mi verdadera personalidad, por haberme perdido en otra vida que no era yo y que no deseaba prolongar.

 Pasamos la vida buscándonos y a veces somos tan evidentes que nos pasamos de largo. Siempre esperamos encontrarnos en lo fascinante de los demás, creemos que merecemos destacar y que el brillo que emanamos nos permitirá reconocernos fácilmente. A veces bastaría mirar en lo trasparente para vernos tratando de llamar la atención agitando los brazos. En la vida buscamos un lugar en que colocarnos, siempre nos parece que el que ocupamos no es el nuestro, que quizá nos hemos equivocado. Cuando dejamos ese lugar nos asalta la duda si no era acaso el que nos correspondía. Quizá dejamos libre el lugar que nos estaba destinado y esa duda nos desasosiega.

  La vida se vive en presente, no se puede pretender controlar todas sus variables, conocer todas las respuestas, basta con vivirla. Debemos aprender a valorar lo que tenemos sin renunciar a nuevas metas. La avaricia, la ambición no son motores del progreso, si no de la destrucción del individuo. La iniciativa, el hambre de saber que da el reconocerse ignorante, es lo que realmente nos hace grandes.

 Esa repetida aseveración de que la vida es la búsqueda de uno mismo no es más que un artificio, un sin sentido. No necesitamos buscarnos, ya nos tenemos, estamos ahí mismo, no hay que buscarnos en otras vidas. Somos quienes somos aunque no por ello permanezcamos inmutables. Es la propia vida quien nos va haciendo, nos va dando forma, vamos tomando en el camino los ropajes, los adornos, los útiles que nos conforman. Perder el tiempo en la búsqueda de un ser ajeno es renunciar a la propia existencia, es negarnos a nosotros mismos.

 Es lo que hice buscando parecerme a los que creía eran los ganadores, los triunfadores del mundo y no conseguí mas que el fracaso. Porque yo ya no deseaba ser el donjuán, yo deseaba ser yo. Sólo así me sentía capaz de llegar a ella, que permanecía en su torre mirando con condescendencia mis intentos de escalar sus murallas.

 Hacemos difícil lo fácil, complejo lo simple cuando aspiramos a llegar hasta los demás, porque queremos deslumbrarlos. Queremos demostrarles lo valiosos, lo importantes que somos y para ello no es suficiente el aproximarnos y ofrecernos, resulta más impactante el asalto, la toma por sorpresa. La forma más fácil de entrar en un castillo no es por sus murallas, es atravesando su puente levadizo y llamando a la puerta.

  Quica me abrió y ese fue el más feliz de mis logros en la pajarera, porque en ella encontré la correspondencia a mis preguntas, a mis dudas, con más preguntas y con más dudas, no con falsos axiomas, no con certidumbres inventadas. Con ella pude compartir el deseo de volar fuera de ese pequeño mundo seguro de la pajarera, en cuyo interior todo ocurría de una manera prefijada, como pactada, sin sobresaltos. Salvo cuando los granjeros venían a recolectar sus frutos, para arrebatar los hijos a las madres, para romper la paz. Eso era el tributo necesario a la armonía de aquel universo pequeño y limitado que nosotros ya habíamos decidido que no deseábamos como destino.

 Fue el tiempo más feliz porque en el enamoramiento inicial, en el despertar del amor, hay una entrega total. Todo lo que salía de su pico, todo lo que me cantaba al oído era para mí la verdad más exquisita, como si se abriera una ventana en mi mente y entrara la luz a raudales, todo cobraba sentido. Cada idea era como el nacimiento de un nuevo concepto, aunque hubiera pensado en él muchas veces, me parecía recién estrenado. Yo escuchaba sus palabras como si en ellas estuviera el alimento que necesitaba, la medicina que espera el enfermo para poder sanar. Después el placer de escuchar y ser escuchado fue para ambos el único deseo, la única necesidad, nos costaba separarnos en la noche porque nos quedaban muchos temas de los que hablar, demasiados para tener que esperar a que amaneciera.

 He sabido después como ese amor pierde el lustre de la emoción intensa y se cubre con la pátina de la cotidianidad. A veces escapa del aburrimiento o incluso del desamor o del odio, pero sin excepción pierde el brillo casi cegador de sus inicios. He podido amar con la virulencia de la juventud, con la pasión de la madurez, con la intensidad del amor verdadero. He vivido también el desengaño y el dolor que genera la pérdida de un ser amado. Ahora más cercano a mi final aún amo, si cabe con más intensidad todo lo vivido, cada momento, aferrándome a los días que me quedan, amándolos en cada segundo.

 Cuando nuestras almas o nuestras mentes se encontraron no quisieron separarse más, hablábamos de los proyectos que podríamos emprender afuera, de la grandeza de lo que alcanzábamos a ver desde nuestro pequeño mundo enrejado, de la libertad.

 Nadie es libre, ahora ya lo sé, lo aprendí en todos estos años. Desde que naces el peso de las circunstancias marcan tu vida, nadie decidió dónde empezar su camino. Pero en el camino si puedes elegir tu paso, las sendas, las veredas, cambiar la dirección  o el  destino al que deseas dirigirte. Sólo en ese contexto somos libres. La libertad como fin no tiene sentido, es inalcanzable además de innecesaria. No se puede esperar a gozar de la libertad completa a través de un camino de dolor, de castigo voluntario, de sacrificio, para un supuesto premio final que nos traiga la felicidad que no tuvimos. Y si ésta llega, que sea cuando ya no la necesitamos porque somos incapaces de disfrutarla. La libertad debe ser el medio, la brújula que dirija nuestros pasos.

 Disfrutarla en el trayecto no en la meta.

 Cada camino plantea unas dificultades y en algunos realmente pedregosos es difícil progresar. Nosotros no veíamos obstáculos en el camino, si caminábamos juntos creíamos que seríamos los dueños de nuestro destino. La libertad estaba afuera y salir era nuestro sueño.

 Al principio vivimos en la soledad del amor, la soledad necesaria y suficiente de los amantes que no necesitan al resto del mundo, que les bastan sus propios cuerpos, sus propias palabras. La ceguera del amor. Después fuimos abriendo los ojos a nuestro entorno. Entonces fuimos para toda la pajarera unas rara avis dentro de aquel mundo ordenado. Nada de extrañar para la mayoría que nos veía como dos peculiares seres que de forma natural se habían encontrado en su rareza. Decidimos que debíamos compartir nuestras ideas con los amigos. Especialmente con Quico que pasó a ser nuestro aliado, nuestro defensor ante el mundo. Nos reuníamos en la mañana y a primera hora de la tarde para conversar. Era cuando la pajarera tenía más vida, cuando los cantos de todos se convertían en una algarabía, en una fiesta sonora que atraía a veces a los niños de los granjeros, nos señalaban y parloteaban entre ellos también como si quisieran participar de nuestra conversación. Eran un elemento más de aquel cuadro que nadie pintó pero que aún persiste en mi retina, es el que viene a alegrarme las mañanas de sol que me quedan y que voy apurando sorbo a sorbo.

 Recuerdo aquel sol brillante de la mañana que proyectaba las sombras de las encinas sobre la pajarera, perfumándonos el aire de un frescor limpio, resaltando el verde profundo de esos árboles que siempre recordaré como los más bellos. Nos rodeaban cuatro de ellas, grandes, impresionantes, con unos troncos que se diría indestructibles, elevándose y extendiendo sus ramas, protegiéndonos como ángeles guardianes. Majestuosas siempre, cuando florecen y cuando regalan su fruto encapuchado. Me hubiera gustado poder entender también las palabras de las encinas, sus voces centenarias. Las imaginé siempre solitarias, calladas, acostumbradas a un soliloquio profundo consigo mismas, como los sabios filósofos que debaten para sí los misterios de la vida. Pero estoy seguro que en las tardes de siesta del verano, tras el bochorno, cuando se tiñen de rojo los verdes del campo o en invierno cuando esos mismos rayos son el último aliento cálido que anuncia el frío,  las encinas iniciaban largas charlas con sus voces quedas, roncas, tranquilas. Me hubiera gustado entenderlas,  hablar con ellas como quien pregunta a un profesor que ha vivido tanto, que todo lo conoce, que todo lo debe saber.

 En aquellos días todo tenía un brillo especial, cualquier detalle que apreciábamos fuera de las rejas de la pajarera  parecía maravilloso, como un adelanto de lo que nos esperaba afuera. No todos los pericos compartían nuestra meta de salir al mundo exterior. Algunos nos escuchaban embobados, asintiendo a lo que íbamos contando como si fuéramos expertos conocedores de ese mundo. La mayoría escuchaba nuestros relatos, nuestros planes como quien escucha a un contador de historias, por el divertimento de su narración, por la intriga del desenlace; pero no se planteaban participar de aquellas propuestas descabelladas en que perdían la supuesta libertad de la pajarera, la ilusoria seguridad.   
      
  Un tiempo pasamos ideando la fuga de la pajarera, aprovechando los momentos en que venían a traer comida o a limpiar la pajarera, pero todos los planes resultaban infructuosos, los cuidadores tenían mucho cuidado en no dejar puertas abiertas. No sabían que salvo nosotros nadie hubiera escapado de aquella cárcel. Finalmente decidimos que la única manera segura de salir era ofreciéndonos cuando nos vinieran a buscar.

 Cuando nos fuéramos se compadecerían de nosotros, pensarían lo afortunados que eran de no haber sido los elegidos y de permanecer en aquella jaula dorada. La compasión, la piedad, son sentimientos contradictorios, con un doble filo. Hablan del amor, de la capacidad de querer a alguien que padece, sentir su dolor y compartirlo. Pero a la vez es un sentimiento malvado por que consagra esa situación de dolor ajeno, la da por buena y nos coloca por encima, en una situación de privilegio, dejando al que padece con su pasión. Compadeciéndonos, aliviamos el peso de nuestra conciencia, pero no liberamos de su carga, ni aniquilamos la causa que la provoca al atormentado.

 El día en que el granjero volvió para recoger la nueva cosecha de pájaros, nos encontró dispuestos, eramos las víctimas propiciatorias que aceptaban de buen grado el sacrificio. Los tres nos dejamos atrapar con facilidad, casi nos precipitamos hacia la mano que a otros les parecía la del verdugo y a nosotros la del libertador que nos ofrecía un mundo nuevo.

  Tres fuimos los afortunados y siete los desgraciados que lamentaban su mala suerte, diez pájaros que unimos nuestro destino en un punto. La misma situación provocaba sentimientos opuestos en los dos grupos. Tratamos de tranquilizar a nuestros amigos y compañeros de fuga forzada. Estaban asustados, angustiados por el futuro que les esperaba, fuera de su hogar, lejos de sus seres queridos. No es que nosotros no echáramos de menos a nuestros familiares, pero habíamos idealizado tanto aquel momento que no podíamos sino disfrutarlo. Eramos ingenuos pero felices, tontos llenos de ilusiones, ignorantes que creían saberlo todo, pájaros llenos de vida, seres que podían saborear el paso de cada segundo porque permitía acercar el futuro, nuestra nueva vida.

Continuara.....