AFRICA MON AMOUR

martes, 9 de octubre de 2012




África es un vendaval de sensaciones, un marasmo para los sentidos. Contradictoria e imposible de entender desde mis esquemas. Maravillosa, bella, fascinante, mágica, se nos acaban los adjetivos cuando pensamos en la utópica imagen de la fotografía. Pero... y las chozas de adobe, la suciedad en que viven, la miseria, la malaria, tuberculosis, SIDA... Todo eso queda oculto por la ceguera colectiva que no queremos ver. 


Sus gentes son respetuosas, entrañables, pero también crueles, violentas, indiferentes incluso a su propio destino. Son amigos generosos, pero veo también en ellos una carencia en el concepto del amor. Las relaciones de pareja no parecen estar dirigidas a quererse, quizás a complementarse para un objetivo fundamental que son los hijos, única riqueza junto con el ganado y la casa (no quiero decir ambas cosas estén al mismo nivel). Los niños hablan con orgulloso de su familia, del número de hermanos y hermanas, dicen que su mayor satisfacción es reunirse todos juntos en casa. Ahora (septiembre en nuestro calendario) en su fiesta de año nuevo los imagino en el barracón de adobe, con el barro hasta la puerta , alrededor de la comida especial que preparó su madre, pollo al curry con injera, patatas cocidas con berberé y café etíope. Pienso que en ese preciso instante toda la felicidad de mucho tiempo se agolpa en aquel lugar pero el día después los devuelve a una realidad demasiado cruel. La pobreza es tan extrema, la miseria tan humillante que no les cabe otra posibilidad que sobrevivir, que ser egoístas. Los niños sufren las mismas carencias, pero ignoran otras posibilidades, felices sin sus zapatos, chapoteando en el barro, vestidos con una camiseta raída y a veces con pantalones heredados de otra generación. Las niñas con sus vestiditos que perdieron el color hace mucho y sólo se adivina debajo de una suciedad que confiere un tono marrón como para mimetizarse al lodo que lo envuelve todo.
Todo menos el verde, un verde luminoso. La vegetación es casi lo único que podría decirse que goza de una salud envidiable. La lluvia diaria, el sol que se abre camino entre las nubes casi siempre presentes. Un cielo imprescindible en el paisaje. Vistos desde la distancia aquellos enormes prados de tef, trigo o maizales, o los inmensos bosques de eucaliptus, hayedos y acacias parecen mágicos. Atravesados por caminos embarrados, con sus charcos brillantes por el sol y el inabarcable cielo azul-gris que choca contra las montañas al fondo. No es difícil pensar que es un paraíso, pero en realidad es una caricatura del mismo, un esperpento donde la belleza pierde su gracia por el dolor que encierran sus habitantes. Es un edén engañoso, un infierno si se vive en sus condiciones. 

        

Nosotros somos la isla que se mantiene a salvo entre tanta miseria. De cuando en cuando cogemos el bote y nos acercamos, con nuestra ropa más o menos limpia, los zapatos deportivos que evitan que nos manchemos de barro. Nuestras batas blancas que imponen la autoridad del hombre blanco, la medicina milagrosa del sabio. Si supieran que poco se puede hacer con lo que tenemos y cuanto no podemos hacer con lo que sabemos. Pero somos el referente, nos entregan su vida, confiados, porque creen en nosotros, porque sienten la desesperación del enfermo.
Las mujeres casi siempre víctimas propiciatorias de estas sociedades empobrecidas y víctimas de su propia condición de mujer. Los nueve, diez, doce embarazos consumen mucha energía y mucha vida. Todas ellas aparentan una edad que no tienen, envejecidas prematuramente por el trabajo, por los partos, por las infames condiciones de vida que comparten con sus hombres y con sus hijos. Entran a la consulta temerosas, calladas, con su shama o nettala, cubierta la cabeza, a veces la boca y esperan la pregunta del traductor: Racon ke mani o Esa si Dhukuba? No te cuentan nada de la tiña o la sarna a la que posiblemente se han acostumbrado. Les duele todo el alma entera y sólo saben decirlo señalándose la cabeza, el estómago, las piernas ( escribimos rheumatic pain, burning,...) pero como se escribe en inglés me duele la miseria. 


Me duele este cansancio de haber parido diez hijos, como describir el dolor de soportar que dos hayan muerto, el hartazgo de comer poco, de soportar al marido que no la trata con cariño (o que le pega), que por la noche se satisface sin creerla con derecho al placer. Aquello no se puede traducir y si para tratarlo sólo tienes ibuprofeno, paracetamol, omeprazol o multivitámínicos te sientes un poco médico de pega, un farsante. Como ginecólogo me preguntan por su regla que desapareció hace unos años después de quinto o sexto hijo y quieren más (ellas o sus maridos, o ellas porque si no sus maridos no las quieren). Se suben las faldas sin pudor ( a veces tienen vergüenza pero la autoridad del enfermero hace que no pongan trabas) ¿qué se puede saber sólo con dos dedos de una historia obstétrica que si la conociera me parecería una película de terror? Me acojo a la ecografía, la ignorancia si se disfraza de técnica se nota menos. Tenemos un buen ecógrafo mi alivio cuando veo a una embarazada, porque la imagen de su hijo es para ella como un medicamento. Decirles si es niño o niña, que todo está bien, Misha, repito hasta que me traducen. No sonríen mucho, ni lloran, solo asienten con esa aahh! aspirada o asse, asse que repiten como un mantra a lo que les explican. Ni siquiera en las malas noticias parecen inmutarse, un hijo muerto o una malformación supongo que es una gran decepción, pero lo asumen con una entereza pasmosa. Tienen tantos a los que cuidar y otros por venir que no parece que les afecte. En nuestro ámbito este es uno de los mayores dramas que se vive en la obstetricia, aquí sólo un acontecimiento más.

        


Me ha impresionado muy gratamente la atención de las comadronas a las mujeres, les hablan, las tranquilizan, les ayudan mucho. No es que el parto tenga las condiciones óptimas, la asepsia es la que es, pero la cuidan dentro de sus posibilidades. Se les nota además una buena preparación obstétrica y supongo que lidian con problemas para los que nosotros requerimos muchos más recursos y personal. El parto sigue siendo duro, sin epidural por supuesto, con poca analgesia. Son mujeres fuertes, que tras el parto no viene un celador con camilla para llevarlas a la planta, se levantan y van andando a su cama. No protestan, no las he oído gritar. Estoicamente asumen aquel trance con entereza porque así se lo han enseñado “parirás con dolor”. No estamos tan lejos de esto, si miramos atrás 50-60 años, como parieron nuestras madres o abuelas. No tenemos a veces memoria para lo propio, parece que siempre hemos sido ricos. Lo que ocurre que en este lugar la miseria se ve tanto que duele.
En el hospital veo una labor enorme al intentar batirse con la enfermedad, pero en realidad la lucha es contra la pobreza. No se trata de caridad, se trata de entender que la enfermedad es una alienación para el ser humano cuando ante esta situación está desprotegido. No es sólo necesario trabajar para curarlos, a veces cuando no se puede hacer nada, cuando sabes que van a morir, lo que necesitan es sentirse atendidos. Que alguien les haga ver que no están solos. La grandeza de los gobiernos no se ve en los palacios, no en los estadios, ni en los polideportivos que construyen e inauguran antes de las elecciones, se ve en el cuidado de los más débiles, de los enfermos, de los dependientes. La enfermedad nos hace tan vulnerables, tan frágiles que no puede dejarse en manos de los mercados. Es un bien innegociable, un derecho que no podemos permitir que nos arrebaten. No se necesita piedad ni caridad si no justicia, sólo la justicia dignifica a las sociedades, en la nuestra y en la suya. La historia no la escriben los justos pero enseña que sólo los soñadores serán dignos de figurar en ella, porque al menos habrán intentado hacer de la justicia su bandera.
África es bella hasta con sus miserias, al menos para nosotros que la vemos de lejos, como un paisaje que se desvanece en el recuerdo cuando te sientas en el sofá de casa.


EL DOLOR FORMA PARTE DE LA VIDA, PERO DOLORES ES SOLO UNA HISTORIA

sábado, 25 de agosto de 2012

No me gusta ser pájaro de mal agüero, ni darle a nadie el día. Dolores no es ni la historia de una mujer, ni conozco a nadie así.  Es una forma personal de ver el dolor dentro de una historia. Pero por increíble que parezca, seguro que hay mil formas más de decir dolor. En estos tiempos, también en los pasados y vista la historia sin duda en los futuros. Para compensar en la próxima entrada será más amable, o no. ya sabéis que vuelvo  a Africa y no me sienta del todo bien.

DOLORES

El dolor es nuestro aliado dicen los médicos. Un mecanismo de alarma que nos pone en guardia ante las disfunciones del organismo. El dolor como maestro evita repetir errores que nos ponen en riesgo. El dolor es un acicate para la vida, para arremeter contra ella cuando te pone a prueba. El dolor como ascesis, como medio para llegar a la virtud expía y redime las culpas.

El placer y el dolor a un paso de distancia, a veces superpuestos, casi indistinguibles, excitando nuestras terminaciones nerviosas con impulsos que el cerebro transforma indistintamente en angustia o en goce.

Sentir dolor es sentirse vivo, presente, tener conciencia de estar en el mundo, de ser como individuo. Sufro luego existo, sólo pensar no garantiza estar vivo. En los sueños pensamos, nuestra mente elabora proyectos, discute ideas, sin embargo el dolor nos despierta, nos trae a la vida en ese intervalo que es el sueño. En el sueño eterno, en la muerte no existe dolor, porque el dolor es vida.

Puede que todo esto sirva para el dolor leve, la molestia que embarra el camino, que incordia sin evitar que sigas haciendo tu vida. Incluso para el dolor agudo, punzante, que nos provoca el grito, que nos trae al ser primitivo, al que se defiende , al que lucha, al que se rebela contra esa lacra. Ese puede ser un dolor aceptable, positivo, incluso necesario. Yo he vivido el dolor del parto, la epidural mitigó ese tormento que acompañaba a la maternidad. Pero imagino como nos parieron nuestras madres, con un dolor que viene desde las entrañas, que en cada contracción te arranca un grito. El dolor que te mortifica, que te hace negar hasta a tu propio hijo cuando desgarra tu cuerpo y lo expulsas como si fuera un demonio. Sin embargo tras ese infierno, el fruto permite el olvido y la paz, el sentimiento de haber dado vida a un ser que es parte de nosotras mismas, aplaca el recuerdo del dolor. Algunas mujeres perciben aquella experiencia dolorosa como positiva, gratificante por la recompensa obtenida. La viven como la culminación de un deseo quizá impreso en la memoria de las mujeres, un impulso creador que nace de lo trascendente.

Vemos el dolor como un accidente temporal. Ni por un momento pensamos en el dolor como un continuo. Hay un tiempo después del dolor, una luz al final del túnel. Vemos al dolor en color negro por contraste a los colores brillantes de la felicidad.

Qué me diríais si ese dolor fuera eterno, si cada segundo dolería y le siguiera el dolor del segundo siguiente, de forma interminable. Dolería el tic-tac del reloj porque el propio golpe del segundero desencadenaría ese dolor. Si el dolor fuera la constante, la norma sin excepción, si el dolor se convirtiera en el motor, en la gasolina, en el camino, en la meta. El dolor ocupándolo todo, vistiendo tu vida de un color que ya no podría ser negro, porque no hay contraste.

Yo lo veo blanco, blanco de hospital, de algodones entre los que quisiera dormir, blanco de batas, de fármacos, blanco de luz que molesta sólo con mirarla.

Un dolor que no viene de fuera, que sale de dentro de un cuerpo en apariencia completo, sin desperfectos. Incomprensible para nadie, ni para mí misma. Inimaginable, porque la propia percepción de un dolor tan terrible, tan atroz se hace incompatible con vivir. La paradoja surge porque el daño no se ve, no es una quemadura, un arañazo, un flemón, una herida donde la sangre hace visible el dolor, lo justifica. Cómo creer en la cordura de quien diga que duele el parpadeo, el habla, un beso o una caricia. Cómo entender que el pensar en levantarse de la cama supone un esfuerzo doloroso. Una meta que se debe superar con el valor de un titán, con el sacrificio de un atleta exhausto que consume su último aliento al ver la cinta. No se puede comprender como el dolor puede ser el único pensamiento, la monótona melodía que te acompaña, con escasos instantes en que tratas de distraerlo para que permita no perder el contacto que te queda con el mundo.Todo ello se resume con la brevedad de un diagnóstico. Aséptico, erudito, blanco, tan inmaculado como la pronunciación del médico: “ Usted tiene fibromialgia” .

Al oírlo sólo experimentas el dolor de la palabra, no el consuelo de un pronóstico, no la esperanza de una cura. Duele desde antes de que emitieran aquella sentencia y duele cada momento después sintiéndote marcado por el dolor como su víctima, como una víctima que jamás podrá librarse de él. No maldigo a los médicos, no maldigo al dolor, sólo puedo maldecir mi mala fortuna. Tal vez el responsable de aquel error cósmico es la fatalidad o tal vez estoy pagando el error de un dios imperfecto.

La Escala Visual Analógica (EVA) que se utiliza para valorar su intensidad tiene nombre de mujer, quizá porque el dolor está en nuestra conciencia moral del pecado original o quizá porque sólo una mujer pueda soportarlo.

El dolor genera un respeto sobre la persona que sufre, un reconocimiento de valor infundado, porque el sufrimiento no es voluntario. Es un parasito que se introduce en el cuerpo y en la mente, pasa a formar parte de tu propia vida. Sin solicitar su presencia, sin culpa, sin mérito para ser poseedor de él. Ni siquiera es un castigo divino, el azote de un juez vengador que pretenda infligir un daño, mortificar al reo. No se puede pedir una razón para su existencia, no se explica, no se justifica. No hallo culpables en los que hacer recaer la responsabilidad de mi injusta condena, ni siquiera en mi misma.

Nací como tú con el llanto de la vida, no del dolor. El llanto de la respiración, el grito de gozo por llegar a ser. Estuve libre de dolor – del dolor malvado- hasta los treinta y cinco años. Pasé mi infancia en un sueño de felicidad, claro que lloré, seguro que tuve dolores de barriga, de anginas, de muelas, pero todos fueron olvidados. De la infancia no recuerdo ningún dolor que me haya dejado la más mínima huella. La infancia viene a ser como un referente de recuerdos benévolos. Pero la vida empieza más tarde, cuando empiezas a tener la conciencia de lo que posees y lo que pierdes. En ese transito por la adolescencia también puedo decir que fui feliz. Me dolió el corazón y me estalló de gozo, a veces sin poder precisar en que momentos ocurrió cada cosa. Viví con la pasión que sólo se es capaz de vivir en ese tiempo.

Estudié, aprendí, lloré, reí, amé y hasta seguramente odié con ese odio sin maldad que los jóvenes tienen ante la adversidad. Acabé magisterio y he dado clase en preescolar hasta que escribieron mi sentencia en un informe médico. Los niños fueron mi alegría, mi soporte en los momentos que pudieran ser difíciles. Tuve tiempos de penuria económica, no los recuerdo con pesar. La escuela me dio además a mi alma gemela, un sólido apoyo, una luz en las incertidumbres, aunque como yo no conociera las respuestas. Fue mi gran amor, el amor en mayúsculas. El que me acompaña incluso ahora que transitamos por caminos oscuros, con las tinieblas de mi enfermedad persiguiéndonos.

Con Valentín tuve dos hijos. Ellos son mi estímulo, el asidero al que me aferro para levantarme cada día. Pienso en ellos y despierto del duermevela de cada noche, donde el sueño no llega a vencer a mi dolor. Abro los ojos y me esfuerzo por mantenerlos abiertos para que cuando se vayan al colegio me encuentren despierta, incluso a veces levantada tras hacer acopio de las fuerzas que me quedan. Sonrío con una mueca entre el gozo y el sufrimiento. Los beso aunque me atraviesen agujas en los labios.

El tratamiento que me recomiendan los médicos me alivia, no niego su voluntad de sanar, pero más que quitar el dolor lo adormece, baja la intensidad. El único inconveniente es que también a mí me hacen entrar en un sopor que no deseo. Prefiero a veces el martirio a la ausencia de consciencia. Deseo permanecer junto a mi familia pese al suplicio de soportar a veces el martilleo del mal que recorre mi cuerpo siguiendo cada día rutas distintas. A veces son las articulaciones de los pies al levantarme, a las que siguen las rodillas, caderas y un hormigueo en las manos y las piernas incapaz de controlar, que adquieren movimiento por sí mismas. Otras el dolor se inicia en la cabeza, resulta como un tambor cuya vibración rebotase en cada pared del cráneo y repitiese los ecos.

He probado todos los tratamientos: analgésicos, relajantes, antidepresivos, magnetoterapia, yoga, … me he prestado a cualquier ensayo clínico que pudiera sacarme del abismo, que me devolviera mi vida anterior. Ahora sé que no es posible y lo asumo. No existe un tratamiento para el dolor físico cuando no es objetivable una causa, cuando no se ha producido un error, un fallo del sistema. Los antiprostaglandínicos, los inhibidores de la recaptación de serotonina,.. nada tienen que hacer ante un dolor esencial, inmanente, que sólo podría arrancarse desprendiéndose del propio ser.

Sólo concibo un dolor más intenso que el mio, el de una madre que pierde a un hijo. No sé si podría soportarlo, me aterra sólo la idea. El dolor no viene aquí de ninguna parte del cuerpo, ni está en la mente. Es el dolor de la negación a la vida, la antítesis al propio sentido de estar vivo, de proyectar tu vida finita en tus hijos. Cada vez que veo el rostro de la madre de Dios en el descendimiento de la cruz o en una piedad, siento la brutalidad de la idea de perder un hijo. La impotencia, la desesperación, el querer dar explicación a una muerte que cambiarías por la tuya. La imagen me resulta tan cruel, tan atroz que siento una necesidad de llorar, de verter la hiel que se acumula en el alma ante una visión tan desgarradora. Siempre hay algo más allá del mal, ese puede ser un consuelo, aunque no consigo agarrarme a él.

Pensáis que deseo la muerte. Si así fuera la buscaría y la encontraría, ninguna muerte puede ser más dolorosa que lo que ahora siento. Deseo la vida, aunque admito desearía otra vida, aceptaría un cambalache con Dios o con el diablo y a cambio de este dolor entregaría mi alma.

Amo la vida porque antes de ahora la he vivido. Aunque no siempre la percibí, no siempre fui consciente de que estaba viviendo. La existencia es un tránsito que hacemos a ciegas, sordos a los cantos de sirena, atados al mástil para no ceder a las tentaciones. Ahora echo de menos no haberme dejado llevar por las emociones. Haber realizado las locuras y las corduras que en cada momento me regalaba la vida. Haber sido libre cuando pude. El dolor es una cárcel con barrotes como cuchillas, como alfileres. Es la más atroz de las condenas, infinitamente más cruel que la pena capital. Todos vivimos en el corredor de la muerte, sin conocer cuando llegará el decreto de nuestra ejecución. Disfrutamos de permisos carcelarios, de horas de patio, de taller de trabajo, de salón de actos... No somos conscientes de nuestra mortalidad a cada instante, ello nos permite ser más libres, aunque a veces pasamos por alto el valor de la propia vida. Yo vivo en la humillación permanente de la celda de castigo, con un carcelero sordo a mi pena, que a veces pienso que soy yo misma.

El dolor no tiene dignidad, no merece respeto, no fortalece el espíritu, no ilumina la verdad , aunque a veces te abre los ojos, permite distinguir a quien te quiere. Es verdad que he encontrado a los amigos en el dolor, a mis hijos y sobre todo a mi marido. Es más fácil separar la paja del trigo, distinguir el amor frente al interés, la entrega frente al egoísmo. No hablo del egoísmo o el interés malvados, sino del que emana de la necesidad de buscar el propio bien, la propia felicidad. El egoísmo justificable y entendible, que está en la propia naturaleza de los seres vivos, motor del impulso vital necesario para competir en la Naturaleza.

Con mi marido y mis hijos entablo las batallas de esta guerra pérdida. Formamos un grupo de guerrilleros que vencen en cada escaramuza a sabiendas de que el final será la derrota. Pero en cada pequeña victoria vivimos intensamente nuestra percepción de aliados, de luchadores por la vida, de maquis echados al monte con la rabia de derrotar al que nos arrebató el derecho a la felicidad absoluta.

Mi dolor será un estímulo para crecer en amor a mis hijos, sé que este calvario les engendrará valor, que a través de él verán la vida de otra manera. En el dolor ajeno, fundamentalmente cuando nos afecta, cuando compartimos la carga del sufrimiento, se forja el espíritu del hombre. Nos abre la mente a un sentido de la vida, dónde el valor de los momentos adquiere una dimensión más plena. Cambia nuestra percepción de este mundo donde tasamos lo material y lo inmaterial, la realidad y los sueños,

El dolor será el aliado de mis hijos en su vida. Quizá esa es mi recompensa, quizá este es el propósito de mi existencia.
Lo acepto y afirmo que quiero vivirlo.


UNA DE MIS PREFERIDAS

viernes, 22 de junio de 2012

Esta es una de mis mujeres preferidas, lejos de parecer frágil es poderosa. Puede ser anacrónica pero es un personaje lleno de sensibilidad, lleno de vida. Una vida que dormía en lo profundo de los convencionalismos, pero que no puede ser retenida por ninguna fuerza, que se abre camino siempre.



ROSARIO


Rosario nació con el estigma de los santos. Vino al mundo rodeada de letanías, misales y libros de oración. Cuando abrió los ojos pudo ver un grupo de mujeres enlutadas que alababan su cara de ángel, su inmaculado rostro. Entre las alabanzas se intercambiaban salmos, rezos y rosarios que constituyeron los sonidos fundacionales de aquella alma. Claro está que ella no podía recordar nada de todo esto, pero lo había vivido tantas veces en otros recién nacidos, había participado en tantas ocasiones de aquella liturgia que para ella era como haber asistido a su propio nacimiento.
Su madre era una mujer enjuta, magra, había enviudado tempranamente, tanto que sólo había podido darle a Dios una hija. Había trasladado el luto de su pérdida a todas las facetas de la vida. Si antes había sido una mujer callada, virtuosa, sumisa, ahora se había convertido en una mujer triste y beata. Su condición de viuda requería extremar la virtud que ella creía implícita en la condición de mujer. Esta necesidad de vivir en santidad, en comunión con los más exigentes preceptos de la ortodoxia cristiana, valía tanto para ella como para su hija.
La hija era el legado que Dios le dejó para honrar la memoria de su marido, que tras su muerte había tomado la condición de mártir en su conciencia. Cuando se casaron, ciertamente se querían, pero no hubo pasión ni hubo amor, porque la boda había sido un arreglo de familias. El arreglo entre dos jóvenes que necesitaban la condición del matrimonio para seguir los cánones marcados por la sociedad. Nacer en un pueblo pequeño, en aquellos tiempos en que la moral venía escrita en letras de oro en el libro sagrado y era reinterpretada por los sumos sacerdotes de la teocracia, hacía muy difícil salirse del guión que cada cual estaba destinado a representar.
En su infancia Rosario jugaba con cruces, medallas de la virgen y escapularios, como muñeca utilizaba el niño Jesús de porcelana y corona de hojalata con forma de rayos de sol que en Navidades presidía la entrada de casa. Acudió a la escuela de chicas, donde aprendían a leer, escribir y las cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir) suficiente erudición para una mujer. Además recibían una formación mucho más necesaria para afrontar el matrimonio y las labores propias de su condición de mujer casada: la obediencia, la virtud y la necesaria formación en el arte de la cocina y la costura. A los libros del régimen para mujeres con las historias de héroes y heroínas, se añadían las hagiografías de las santas, mujeres que habían sufrido el martirio antes que renunciar a su castidad o a su entrega a Dios. Con todo ello hubiera sido una mujer preparada para tomar el yugo del matrimonio como una bendición. Pero de tanta misa, de tanto rezo en los velatorios, de tanto recato en las maneras, de tanto luto en las ropas, de tanta seriedad en el semblante sin afeites, sin sombras de ojos ni color de labios, el tiempo la fue apartando de los hombres.
Su madre no encontró un pretendiente digno de la hija. Bien es verdad que económicamente no aportaba una gran fortuna, habían sobrevivido limpiando en casa del cura, cuidando la iglesia y realizando trabajos de costura. Tampoco había fomentado la amistad verdadera, contaba con el reconocimiento de ser una mujer devota, pero no con el aprecio de sus vecinas que veían un lado oscuro en tantos excesos de santidad. El tiempo fue ajando la piel y desojando las margaritas, sin que encontrase un hombre adecuado a su cuerpo y alma sin mancilla. A esta situación había contribuido también Rosario, que no veía en los muchachos del pueblo candidatos a compartir su vida. Encontraba demasiado rudas las maneras de los jóvenes. En la iglesia o en las fiestas, únicos momentos en que existía una proximidad suficiente, se comportaban como machos en celo atrayendo la atención de las chicas y pavoneándose, sin que para ella resultaran atrayentes dichos modales. Es cierto que en los bailes quedaba siempre al margen, sin pareja. Los hombres la temían, había en ella una seriedad excesiva que los ahuyentaba. Rosario había llenado sus soledades de lecturas cuyos protagonistas eran soldados con ademán de caballeros, héroes galanes, hombres de fe cuya erudición asombraba a las damas. Encontraba a los hombres reales como patanes gárrulos sin ningún atisbo de dulzura ni educación.
Cuando la primavera de su vida estaba dando a su fin, sin haber florecido ninguna flor en su jardín, comprendió que debía buscar una alternativa a su vida. Las palabras del confesor y párroco del pueblo la llevaron al convento de Carmelitas para dar allí sentido a su fe. No es que le conminaran a tomar los hábitos, es que parecía la única opción posible dadas las posibilidades planteadas. Una mañana de invierno acudió al convento acompañada de su madre, cuyo luto parecía aún más severo que de costumbre. Las monjas la acogieron con el calor que los rigores de la estación escatimaban. Eran mujeres sencillas, pero durante el tiempo en que vivió con ellas pudo ver como debajo de cada hábito había un mundo rico, un vergel que seguramente sólo florecía en la intimidad de su celda. Cada una contaba una historia que irremisiblemente remitía al cenobio. Todas ellas estaban ya en el otoño de sus vidas, pero en todas ellas las nevadas habían cerrado los pasos, sólo la senda hacia Dios había quedado expedita. Ellas se sabían en un camino sin retorno pero veían en la novicia un proyecto en el que cabían futuros diferentes. Todas se prestaron a darle consejos, cariñosos mensajes que en vez de animarla a seguir la vocación de la oración la llevaban a un vida lejos del retiro de los claustros. Ella escuchaba pero su mente ya se había entregado a una misión, a un fin más alto que cualquiera de los que podría alcanzar en una vida de soledad en el pueblo. Hacía oídos sordos a esos cantos de sirena que la animaban a vivir su juventud. Estaba preparada para entregarse a Dios y nada la podía detener. En sus primeros meses de noviciado era tal su ilusión, que los rigores del invierno y del estricto horario del claustro no logró amedrentarla. La primavera llegó como se había marchado el invierno, pero dejó un clima más propicio para reunirse en el patio, para convivir con aquellas monjas que eran para ellas como madres. En realidad eran aquellas mujeres las que la habían adoptado como la hija que siempre hubieran querido tener, como el regalo que la vida les había hecho en aquel lugar extraño. Todas se habían entregado a la oración, habían tomado los votos con verdadera fe, pero el tiempo les había ido arrebatando sino el amor a Dios, el amor a la vida, a los hombres y sobre todo a su propia comunidad que las retenía en un secuestro voluntario pero cruel. La condición de monja no había podido anular la propia condición de mujer, de persona, de ser sintiente. El claustro no les había arrebatado la vida, si acaso, la había adormecido, limitándola a las actividades que la vida monástica les permitía. Pero a la vez tenía el extraño poder de añadirle valor a todo aquello que no podía ser disfrutado en aquel estado. Para ellas Rosario era un bien a proteger, un alma a salvar de aquel destino. Cada una de ellas a su manera trataba de inculcar esta idea a la novicia, por verdadero amor, sin menospreciar su vocación de servicio a Dios.
Rosario era un alma forjada a prueba del fuego de la tentación y llegó al verano con la firme convicción de profesar los votos tan pronto como la abadesa lo permitiera. La madre superiora que era una venerable anciana, pero con una fuerza y un carácter que no le eran propios por la edad, si bien no la animaba como las otras a renunciar, callaba y le decía místicamente: “ Dios elegirá el momento, el sabe cuando estarás preparada y nos lo hará saber”. El trabajo, la oración, el horario, la seriedad de aquellos muros, el calor, la melancolía que afecta a las jóvenes con frecuencia. Todo ello fue mermando las fuerzas, cambiando el aspecto de aquella muchacha que irradiaba luz y que ahora se veía el gris de su piel como reflejo de una tristeza vaga que la invadía. El otoño fue quien profundizó la brecha que se había abierto en el ánimo de Rosario, el tiempo frío, la luz mortecina de la tarde, la lluvia que siempre parece recordarnos el llanto, acabó por conquistar el corazón de aquella criatura sensible. La tristeza vaga, sosegada, se fue trasformando en un ansia asfixiante que le oprimía el pecho. Empezó a ver el convento como otra realidad que se había trasmutado de un sueño a un purgatorio. Sus monjas a las que quería de verdad y que tenía por verdaderas madres, dejaban de ser celestiales espíritus, para tomar cuerpo y ver en ellas mujeres de carne y hueso, con sus defectos y virtudes, con su pasiones y sus frustraciones. Era una comunidad extraña, se comportaban como devotas siervas de Dios cuando estaban reunidas en el capítulo, pero cuando estaba con alguna de ellas en privado veía como los pecados del mundo estaban presentes también en aquel recinto sagrado. Se acusaban mutuamente de glotonería, envidia, adulación a la abadesa, mostrando a la comunidad tan aparentemente sólida en la Fe como un muro lleno de grietas. Ver en aquellas mujeres entregadas a la salvación de los hombres a cambio de su encierro, como la soledad iba mancillando sus almas puras de novicia, convenció a Rosario que aquel no iba a ser su destino. El invierno la encontró demacrada y delgada, la madre superiora ya había recibido sin duda el veredicto divino para preservar asa alma pura para otro cometido que seguramente la esperaba. La sabiduría de aquella mujer fue para Rosario como una aparición mariana, un chorro de luz que la atravesaba, que la hacía trasparente. ¿Cómo podía aquella mujer callada conocerla tan bien, si ni ella misma podía verse tan claramente? Habló largamente con la abadesa y con el capellán, que si bien vieron en Rosario una mujer con firmes creencias religiosas y buenas dotes para ser monja, entendieron que en el convento se sentía atrapada y que ello minaría su devoción con el tiempo. Le dieron la libertad, el permiso para romper su noviciado. Fue como el renacimiento a la vida, en la penumbra de su celda el alma se iba ennegreciendo, experimentaba pensamientos que nunca antes había tenido. Ni la luz del claustro con su verde ni el sonido del agua que corría con libertad llegaban a devolverle la paz. La salida del convento fue una necesidad y un alivio. La abadesa pudo conseguirle además un trabajo ayudando a una vieja ama que cuidaba del nuevo rector de la parroquia de un pueblo cercano. Acudiría durante el día para realizar las tareas domésticas ayudando al ama y de noche dormiría en las habitaciones de la comunidad que se utilizaban para fines benéficos, la relativa juventud del párroco desaconsejaba cualquier otra opción.
Esta tarea fue para Rosario, más que un trabajo, la realización de un sueño. Sentía como su trabajo tenía una utilidad, dándole además una posición social y lo más importante se desarrollaba entre personas con una educación y sensibilidad que colmaban todas sus expectativas. El ama la trató con cariño desde el momento en que vio en ella las dotes de una mujer de iglesia, cuya devoción la había llevado incluso a las puertas de ingresar en el convento. Ella sabía muy bien que no todas las mujeres eran capaces de dar ese paso, pero las que no lo daban no carecían por eso de virtudes. Lo sabía bien porque ella misma había pasado por aquella situación. El cura era un hombre joven, con una bondad natural y una exquisita educación. Tomaba con Rosario una distancia en el trato que lejos de ser una muestra de desprecio era señal de respeto absoluto, necesario a la vez para evitar cualquier mala interpretación de sus papeles. Si bien es verdad que con el paso del tiempo y con el beneplácito del ama, don Servando accedió a leer para ambas las Sagradas Escrituras, explicando con verdadera erudición los pasajes. Para ella, aquellas lecturas eran como un anticipo de la gloria en el cielo, para la vieja ama eran el sedante perfecto para conciliar el sueño que por las noches era esquivo. De esta manera en la intimidad de la casa pastoral se fue creando el ambiente de familiaridad en que todos encontraban su equilibrio.
Las faenas de la casa eran prácticamente función de Rosario porque la vieja ama no tenía ya fuerzas para realizarlas. Mientras ella cocinaba, Rosario barría, hacía las camas, lavaba la ropa, zurcía algún que otro roto. Cuando manejaba las prendas del cura, Rosario podía sentir la mirada vigilante del ama que la requería a manejar aquellas prendas con indiferencia, pero no podía evitar que en el fondo de su cuerpo se desataran pequeñas tormentas de arena, que le producían calambres y un cosquilleo que la mirada de la vieja no podía percibir. El ama fue empeorando su salud y el trabajo iba recayendo cada vez más en Rosario, que ahora se ocupaba de la casa y del cuidado de la mujer, se vio en la necesidad de pasar a dormir a la casa parroquial para poder atender por la noche si era preciso al ama. Ello no podía comportar ningún perjuicio a ojos de la parroquia que conocía la probada virtud de las dos mujeres que se ocupaban del cura y la progresiva senectud del ama, que requería la ayuda de unos brazos más jóvenes. Además la vieja ama nunca permitiría situaciones que pudiesen dar que hablar en la vivienda más santa del pueblo.
No hubo cambios importantes en la distribución de las tareas, si bien esa vigilancia férrea del ama era a todas luces imposible pero además innecesaria vista la distancia que separaba a los otros dos inquilinos.
Rosario cuidaba de toda la ropa necesaria para los ritos: albas, casullas, estolas, sotanas... eran lavadas y planchadas con la veneración de unas prendas sagradas. Se ocupaba de que no faltase el vino y el agua en las vinajeras y que la provisión de vino de misa fuera suficiente. En la casa se ocupaba también de la intendencia y del cuidado de las ropas del sacerdote. Lavaba con mimo sus prendas, las planchaba, repasaba si existía algún desperfecto. No podía negar que la ropa interior le causaba cierta desazón, más ahora que el ama no la vigilaba y podía lavarla, plancharla y doblarla a su gusto, reconocía para sí que doblaba y desdoblaba varias veces alguna de aquellas prendas.
Todo aquello cambió desde el día en que pudo ver a través de la rendija de la puerta del baño mal cerrada el cuerpo desnudo del sacerdote, que había adquirido por primera vez una dimensión humana, más humana, que cuando lo veía por la casa encarnando el papel de hombre de iglesia. Era la primera vez que veía un hombre desnudo, sólo las pinturas y esculturas de los libros sagrados le habían mostrado aquella anatomía diferente. Pero lo que había podido ver, aquellas formas masculinas que en la figura de Cristo no reconocía por estar siempre cubiertas, le habían trastornado el ánimo. Las tormentas de arena que se despertaban en su interior eran ahora tempestades, cada vez que doblaba aquellos calzoncillos intuía en su interior aquel vello y aquella forma que seguramente el diablo había colocado en los hombres para desafiar la virtud de las mujeres. No podía hacer otra cosa que rezar, pero perdía el hilo en la oración que repetía como un mantra tan automáticamente, que permitía a la mente viajar entre tanto a las imágenes cuyo recuerdo quería evitar. Cuando el cura se bañaba ella procuraba de nuevo pasar inadvertidamente para entrever por los resquicios de la puerta aquellas imágenes que ahora la atormentaban de día y de noche. Cuando ella tomaba su baño semanal, dejaba ahora también la puerta discretamente abierta y cuando se introducía como una vestal desnuda en la bañera pensaba que en ese momento podía devolver el regalo de su desnudez, si por un casual, dios no lo quiera, el cura se encontraba por allí.
En las tardes que leían la Biblia al calor de la chimenea, mientras el ama dormitaba, Rosario sentía que formaba una unión espiritual con el sacerdote, como si ellos dos solos estuvieran ocupando ese espacio, como si la vieja fuera sólo un mueble más.
Ocurrió una tarde en que tras encontrarse fatigada el ama fue a su habitación más pronto de lo habitual. Ellos continuaron la liturgia de la lectura, pero se había creado ya el vínculo, la unión cósmica de sus mentes a través de aquella lectura pausada que los iba acercando en el espacio hasta que quedaron uno junto a otro. Leían el Cantar de los cantares:
“ Levántate, aquilón, avanza, austro, soplad en mi jardín, que corran sus perfumes. Mi amado va venir a su jardín, a comer sus frutos exquisitos.
Yo vengo a mi jardín, hermana mía, esposa, a coger de mi mirra y de mi bálsamo, a comer de mi panal y de mi miel, a beber de mi vino y de mi leche. Comed, amigos, y bebed, y embriagaos de amores...”
No se sabe muy bien de donde partió el impulso, pero se encontraron uniendo sus labios, buscándose en el mar de la noche, en el calor del hogar, con la urgencia y la inexperiencia de algo nuevo que había llegado sin pretenderlo. No había pecado en ello, no existía premeditación, no había voluntad de caer en la tentación del demonio. Ocurrió con la naturalidad de los efectos de la física, el positivo buscó al negativo, el ácido a la base, el masculino al femenino. Se perdieron en esa tormenta de manos, bocas y acabaron vencidos y desnudos sobre la cama. Tanto impulso retenido, tanto deseo acallado, se desató en el preciso instante en que se produjo el milagro y un río de él corrió adentro, en los territorios de ella, anegando todos sus huertos baldíos hasta entonces.
Como en la oración después vino el silencio, un silencio pesado que arrastraba las cadenas del arrepentimiento. Pero en ese silencio había también mucho de súplica de los dos amantes, para que su Dios bendijera aquella unión hecha de amor, de entrega, de verdadera fe en el hombre. En aquel silencio había un ruego mutuo para que aquel regalo de la vida, que era a su vez un regalo divino, no acabara. Hubo un pequeño remanso en los días sucesivos en que los dos se evitaban, pero se notaban próximos. Ambos escrutaron sus almas para ver si aquella unión podía ser vista con comprensión a los ojos de Dios. En ese tiempo de meditación, el rescoldo de la pasión fue tomando fuerza y sus cuerpos encontraron la respuesta inevitable a la pregunta de sus espíritus. Vivieron de nuevo el éxtasis de los ascetas, la unión mística de los cuerpos y decidieron no renunciar a aquel milagro. Se buscaban y se encontraban, se deseaban y se temían, se amaban y les dolía ese amor que era más fuerte que sus temores.
El cristal más bello puede romperse con un sólo impacto, porque la felicidad es frágil como el cristal. Cuando Rosario empezó a contar los días en que le faltaba la menstruación y a temer sus consecuencias, no quiso comunicárselo a su amante. Le rehuía y él la recriminaba por ello, por hacerlo sufrir, como el purgatorio que precede al cielo de su reencuentro. Pero los vahídos y las nauseas que aparecieron en las semanas posteriores despertaron como por ensalmo a la vieja ama, que recobró el ánimo para poner solución a aquel problema del que sin duda ella también se sentía responsable. Habló con Rosario y después con don Servando. No existía otra solución cristiana que no fuera que la mujer abandonara el hogar y con la discreción obligada tuviera su hijo lejos de aquel lugar. Podía dejar en adopción la criatura nacida de una relación que veía dirigida por el mismo diablo. Ya se ocuparía ella de buscar una excusa convincente. No podía asegurar que las malas lenguas no intuyeran la situación, pero no podían dar pábulo a la maledicencia quedándose en la casa mientras el fruto del pecado crecía en su vientre. El sacerdote presa de un dilema que no estaba en su capacidad de hombre el afrontar, dejó hacer, se encerró en la oración para expiar la culpa, mientras Rosario se iba de su vida dejando una herida profunda.
No fue un destierro, ni una expulsión del paraíso por haber tomado la manzana del árbol prohibido. Fue para ella como una penitencia que acataba con humildad. Y su hijo, lejos de parecerle el hijo del mal, fue una bendición, la respuesta de Dios a sus oraciones.
Rosario se fue a la ciudad, al cuidado de una casa de caridad de las monjas carmelitas, al amparo de las malas lenguas. Su vida de madre soltera podría haber sido contada a los niños como los de una heroína cristiana, algunos mártires contaban con pecados en su vida que habían sabido redimir con una ejemplar conducta y una entrega total a la Fe. Pero ella no pasó a la historia de la Iglesia porque escondía un secreto que parecía terrible para algunos. Su hijo era una encarnación del pecado, fruto de la tentación, de la debilidad de la carne y de la pérfida estrategia del demonio para tentar la virtud de los hombres de fe. La prueba irrefutable de que la mujer actúa a veces como instrumento de satanás y debe ser temida porque encierra la semilla del mal.
No guardó rencor a nadie, ni siquiera a su amante, siempre conservó en su recuerdo aquellos momentos donde ambos compartieron la gloria de los elegidos. La dulzura del momento en que quedaron saciados con las manzanas del árbol de la vida.
A su hijo lo llamó Jesús y cuando preguntaba por su padre le decía: “ Hijo mio,Tú eres hijo de Dios ”. Tiempo habría de explicarle lo complejo del amor, la oscura barrera entre el pecado y la virtud.
Ahora sólo debería enseñarle a rezar.

VIRTUDES FUE LA PRIMERA

sábado, 12 de mayo de 2012

La historia se llamó primero "La puta y el ginecólogo" , ya sé que es una porquería de título, pero empecé a escribirla así. Después de las dos o tres primeras páginas la dejé porque no me acababa de gustar. Sólo me gustaba el personaje de Virtudes, el ginecólogo era patético. Quedó en el tintero mucho tiempo y un día retomé la historia pero decidí que se llamase como la protagonista.

El nombre de Virtudes me pareció que escondía perfectamente a la mujer que había debajo de la fachada y resumía su esencia.Bueno elucubraciones que me llevaron a pensar en varios nombres de mujer que me sugerían historias.