Si ahora no tienes tiempo, déjalo para otro rato. Esto es sólo para los momentos de entrevida.
ROSARIO
Rosario
nació con el estigma de los santos. Vino al mundo rodeada de
letanías, misales y libros de oración. Cuando abrió los ojos pudo
ver un grupo de mujeres enlutadas que alababan su cara de ángel, su
inmaculado rostro. Entre las alabanzas se intercambiaban salmos,
rezos y rosarios que constituyeron los sonidos fundacionales de
aquella alma. Claro está que ella no podía recordar nada de todo
esto, pero lo había vivido tantas veces en otros recién nacidos,
había participado en tantas ocasiones de aquella liturgia que para
ella era como haber asistido a su propio nacimiento.
Su
madre era una mujer enjuta, magra, había enviudado tempranamente,
tanto que sólo había podido darle a Dios una hija. Había
trasladado el luto de su pérdida a todas las facetas de la vida. Si
antes había sido una mujer callada, virtuosa, sumisa, ahora se había
convertido en una mujer triste y beata. Su condición de viuda
requería extremar la virtud que ella creía implícita en la
condición de mujer. Esta necesidad de vivir en santidad, en comunión
con los más exigentes preceptos de la ortodoxia cristiana, valía
tanto para ella como para su hija.
La
hija era el legado que Dios le dejó para honrar la memoria de su
marido, que tras su muerte había tomado la condición de mártir en
su conciencia. Cuando se casaron, ciertamente se querían, pero no
hubo pasión ni hubo amor, porque la boda había sido un arreglo de
familias. El arreglo entre dos jóvenes que necesitaban la condición
del matrimonio para seguir los cánones marcados por la sociedad.
Nacer en un pueblo pequeño, en aquellos tiempos en que la moral
venía escrita en letras de oro en el libro sagrado y era
reinterpretada por los sumos sacerdotes de la teocracia, hacía muy
difícil salirse del guión que cada cual estaba destinado a
representar.
En
su infancia Rosario jugaba con cruces, medallas de la virgen y
escapularios, como muñeca utilizaba el niño Jesús de porcelana y
corona de hojalata con forma de rayos de sol que en Navidades
presidía la entrada de casa. Acudió a la escuela de chicas, donde
aprendían a leer, escribir y las cuatro reglas (sumar, restar,
multiplicar y dividir) suficiente erudición para una mujer. Además
recibían una formación mucho más necesaria para afrontar el
matrimonio y las labores propias de su condición de mujer casada: la
obediencia, la virtud y la necesaria formación en el arte de la
cocina y la costura. A los libros del régimen para mujeres con las
historias de héroes y heroínas, se añadían las hagiografías de
las santas, mujeres que habían sufrido el martirio antes que
renunciar a su castidad o a su entrega a Dios. Con todo ello hubiera
sido una mujer preparada para tomar el yugo del matrimonio como una
bendición. Pero de tanta misa, de tanto rezo en los velatorios, de
tanto recato en las maneras, de tanto luto en las ropas, de tanta
seriedad en el semblante sin afeites, sin sombras de ojos ni color de
labios, el tiempo la fue apartando de los hombres.
Su
madre no encontró un pretendiente digno de la hija. Bien es verdad
que económicamente no aportaba una gran fortuna, habían sobrevivido
limpiando en casa del cura, cuidando la iglesia y realizando trabajos
de costura. Tampoco había fomentado la amistad verdadera, contaba
con el reconocimiento de ser una mujer devota, pero no con el aprecio
de sus vecinas que veían un lado oscuro en tantos excesos de
santidad. El tiempo fue ajando la piel y desojando las margaritas,
sin que encontrase un hombre adecuado a su cuerpo y alma sin
mancilla. A esta situación había contribuido también Rosario, que
no veía en los muchachos del pueblo candidatos a compartir su vida.
Encontraba demasiado rudas las maneras de los jóvenes. En la
iglesia o en las fiestas, únicos momentos en que existía una
proximidad suficiente, se comportaban como machos en celo atrayendo
la atención de las chicas y pavoneándose, sin que para ella
resultaran atrayentes dichos modales. Es cierto que en los bailes
quedaba siempre al margen, sin pareja. Los hombres la temían, había
en ella una seriedad excesiva que los ahuyentaba. Rosario había
llenado sus soledades de lecturas cuyos protagonistas eran soldados
con ademán de caballeros, héroes galanes, hombres de fe cuya
erudición asombraba a las damas. Encontraba a los hombres reales
como patanes gárrulos sin ningún atisbo de dulzura ni educación.
Cuando
la primavera de su vida estaba dando a su fin, sin haber florecido
ninguna flor en su jardín, comprendió que debía buscar una
alternativa a su vida. Las palabras del confesor y párroco del
pueblo la llevaron al convento de Carmelitas para dar allí sentido a
su fe. No es que le conminaran a tomar los hábitos, es que parecía
la única opción posible dadas las posibilidades planteadas. Una
mañana de invierno acudió al convento acompañada de su madre, cuyo
luto parecía aún más severo que de costumbre. Las monjas la
acogieron con el calor que los rigores de la estación escatimaban.
Eran mujeres sencillas, pero durante el tiempo en que vivió con
ellas pudo ver como debajo de cada hábito había un mundo rico, un
vergel que seguramente sólo florecía en la intimidad de su celda.
Cada una contaba una historia que irremisiblemente remitía al
cenobio. Todas ellas estaban ya en el otoño de sus vidas, pero en
todas ellas las nevadas habían cerrado los pasos, sólo la senda
hacia Dios había quedado expedita. Ellas se sabían en un camino sin
retorno pero veían en la novicia un proyecto en el que cabían
futuros diferentes. Todas se prestaron a darle consejos, cariñosos
mensajes que en vez de animarla a seguir la vocación de la oración
la llevaban a un vida lejos del retiro de los claustros. Ella
escuchaba pero su mente ya se había entregado a una misión, a un
fin más alto que cualquiera de los que podría alcanzar en una vida
de soledad en el pueblo. Hacía oídos sordos a esos cantos de sirena
que la animaban a vivir su juventud. Estaba preparada para entregarse
a Dios y nada la podía detener. En sus primeros meses de noviciado
era tal su ilusión, que los rigores del invierno y del estricto
horario del claustro no logró amedrentarla. La primavera llegó como
se había marchado el invierno, pero dejó un clima más propicio
para reunirse en el patio, para convivir con aquellas monjas que eran
para ellas como madres. En realidad eran aquellas mujeres las que la
habían adoptado como la hija que siempre hubieran querido tener,
como el regalo que la vida les había hecho en aquel lugar extraño.
Todas se habían entregado a la oración, habían tomado los votos
con verdadera fe, pero el tiempo les había ido arrebatando sino el
amor a Dios, el amor a la vida, a los hombres y sobre todo a su
propia comunidad que las retenía en un secuestro voluntario pero
cruel. La condición de monja no había podido anular la propia
condición de mujer, de persona, de ser sintiente. El claustro no les
había arrebatado la vida, si acaso, la había adormecido,
limitándola a las actividades que la vida monástica les permitía.
Pero a la vez tenía el extraño poder de añadirle valor a todo
aquello que no podía ser disfrutado en aquel estado. Para ellas
Rosario era un bien a proteger, un alma a salvar de aquel destino.
Cada una de ellas a su manera trataba de inculcar esta idea a la
novicia, por verdadero amor, sin menospreciar su vocación de
servicio a Dios.
Rosario
era un alma forjada a prueba del fuego de la tentación y llegó al
verano con la firme convicción de profesar los votos tan pronto como
la abadesa lo permitiera. La madre superiora que era una venerable
anciana, pero con una fuerza y un carácter que no le eran propios
por la edad, si bien no la animaba como las otras a renunciar,
callaba y le decía místicamente: “ Dios elegirá el momento, el
sabe cuando estarás preparada y nos lo hará saber”. El trabajo,
la oración, el horario, la seriedad de aquellos muros, el calor, la
melancolía que afecta a las jóvenes con frecuencia. Todo ello fue
mermando las fuerzas, cambiando el aspecto de aquella muchacha que
irradiaba luz y que ahora se veía el gris de su piel como reflejo de
una tristeza vaga que la invadía. El otoño fue quien profundizó la
brecha que se había abierto en el ánimo de Rosario, el tiempo frío,
la luz mortecina de la tarde, la lluvia que siempre parece
recordarnos el llanto, acabó por conquistar el corazón de aquella
criatura sensible. La tristeza vaga, sosegada, se fue trasformando en
un ansia asfixiante que le oprimía el pecho. Empezó a ver el
convento como otra realidad que se había trasmutado de un sueño a
un purgatorio. Sus monjas a las que quería de verdad y que tenía
por verdaderas madres, dejaban de ser celestiales espíritus, para
tomar cuerpo y ver en ellas mujeres de carne y hueso, con sus
defectos y virtudes, con su pasiones y sus frustraciones. Era una
comunidad extraña, se comportaban como devotas siervas de Dios
cuando estaban reunidas en el capítulo, pero cuando estaba con
alguna de ellas en privado veía como los pecados del mundo estaban
presentes también en aquel recinto sagrado. Se acusaban mutuamente
de glotonería, envidia, adulación a la abadesa, mostrando a la
comunidad tan aparentemente sólida en la Fe como un muro lleno de
grietas. Ver en aquellas mujeres entregadas a la salvación de los
hombres a cambio de su encierro, como la soledad iba mancillando sus
almas puras de novicia, convenció a Rosario que aquel no iba a ser
su destino. El invierno la encontró demacrada y delgada, la madre
superiora ya había recibido sin duda el veredicto divino para
preservar asa alma pura para otro cometido que seguramente la
esperaba. La sabiduría de aquella mujer fue para Rosario como una
aparición mariana, un chorro de luz que la atravesaba, que la hacía
trasparente. ¿Cómo podía aquella mujer callada conocerla tan bien,
si ni ella misma podía verse tan claramente? Habló largamente con
la abadesa y con el capellán, que si bien vieron en Rosario una
mujer con firmes creencias religiosas y buenas dotes para ser monja,
entendieron que en el convento se sentía atrapada y que ello minaría
su devoción con el tiempo. Le dieron la libertad, el permiso para
romper su noviciado. Fue como el renacimiento a la vida, en la
penumbra de su celda el alma se iba ennegreciendo, experimentaba
pensamientos que nunca antes había tenido. Ni la luz del claustro
con su verde ni el sonido del agua que corría con libertad llegaban
a devolverle la paz. La salida del convento fue una necesidad y un
alivio. La abadesa pudo conseguirle además un trabajo ayudando a una
vieja ama que cuidaba del nuevo rector de la parroquia de un pueblo
cercano. Acudiría durante el día para realizar las tareas
domésticas ayudando al ama y de noche dormiría en las habitaciones
de la comunidad que se utilizaban para fines benéficos, la relativa
juventud del párroco desaconsejaba cualquier otra opción.
Esta
tarea fue para Rosario, más que un trabajo, la realización de un
sueño. Sentía como su trabajo tenía una utilidad, dándole además
una posición social y lo más importante se desarrollaba entre
personas con una educación y sensibilidad que colmaban todas sus
expectativas. El ama la trató con cariño desde el momento en que
vio en ella las dotes de una mujer de iglesia, cuya devoción la
había llevado incluso a las puertas de ingresar en el convento. Ella
sabía muy bien que no todas las mujeres eran capaces de dar ese
paso, pero las que no lo daban no carecían por eso de virtudes. Lo
sabía bien porque ella misma había pasado por aquella situación.
El cura era un hombre joven, con una bondad natural y una exquisita
educación. Tomaba con Rosario una distancia en el trato que lejos de
ser una muestra de desprecio era señal de respeto absoluto,
necesario a la vez para evitar cualquier mala interpretación de sus
papeles. Si bien es verdad que con el paso del tiempo y con el
beneplácito del ama, don Servando accedió a leer para ambas las
Sagradas Escrituras, explicando con verdadera erudición los pasajes.
Para ella, aquellas lecturas eran como un anticipo de la gloria en el
cielo, para la vieja ama eran el sedante perfecto para conciliar el
sueño que por las noches era esquivo. De esta manera en la intimidad
de la casa pastoral se fue creando el ambiente de familiaridad en que
todos encontraban su equilibrio.
Las
faenas de la casa eran prácticamente función de Rosario porque la
vieja ama no tenía ya fuerzas para realizarlas. Mientras ella
cocinaba, Rosario barría, hacía las camas, lavaba la ropa, zurcía
algún que otro roto. Cuando manejaba las prendas del cura, Rosario
podía sentir la mirada vigilante del ama que la requería a manejar
aquellas prendas con indiferencia, pero no podía evitar que en el
fondo de su cuerpo se desataran pequeñas tormentas de arena, que le
producían calambres y un cosquilleo que la mirada de la vieja no
podía percibir. El ama fue empeorando su salud y el trabajo iba
recayendo cada vez más en Rosario, que ahora se ocupaba de la casa y
del cuidado de la mujer, se vio en la necesidad de pasar a dormir a
la casa parroquial para poder atender por la noche si era preciso al
ama. Ello no podía comportar ningún perjuicio a ojos de la
parroquia que conocía la probada virtud de las dos mujeres que se
ocupaban del cura y la progresiva senectud del ama, que requería la
ayuda de unos brazos más jóvenes. Además la vieja ama nunca
permitiría situaciones que pudiesen dar que hablar en la vivienda
más santa del pueblo.
No
hubo cambios importantes en la distribución de las tareas, si bien
esa vigilancia férrea del ama era a todas luces imposible pero
además innecesaria vista la distancia que separaba a los otros dos
inquilinos.
Rosario cuidaba de toda la ropa necesaria para los ritos: albas,
casullas, estolas, sotanas... eran lavadas y planchadas con la
veneración de unas prendas sagradas. Se ocupaba de que no faltase el
vino y el agua en las vinajeras y que la provisión de vino de misa
fuera suficiente. En la casa se ocupaba también de la intendencia y
del cuidado de las ropas del sacerdote. Lavaba con mimo sus prendas,
las planchaba, repasaba si existía algún desperfecto. No podía
negar que la ropa interior le causaba cierta desazón, más ahora que
el ama no la vigilaba y podía lavarla, plancharla y doblarla a su
gusto, reconocía para sí que doblaba y desdoblaba varias veces
alguna de aquellas prendas.
Todo
aquello cambió desde el día en que pudo ver a través de la rendija
de la puerta del baño mal cerrada el cuerpo desnudo del sacerdote,
que había adquirido por primera vez una dimensión humana, más
humana, que cuando lo veía por la casa encarnando el papel de hombre
de iglesia. Era la primera vez que veía un hombre desnudo, sólo las
pinturas y esculturas de los libros sagrados le habían mostrado
aquella anatomía diferente. Pero lo que había podido ver, aquellas
formas masculinas que en la figura de Cristo no reconocía por estar
siempre cubiertas, le habían trastornado el ánimo. Las tormentas de
arena que se despertaban en su interior eran ahora tempestades, cada
vez que doblaba aquellos calzoncillos intuía en su interior aquel
vello y aquella forma que seguramente el diablo había colocado en
los hombres para desafiar la virtud de las mujeres. No podía hacer
otra cosa que rezar, pero perdía el hilo en la oración que repetía
como un mantra tan automáticamente, que permitía a la mente viajar
entre tanto a las imágenes cuyo recuerdo quería evitar. Cuando el
cura se bañaba ella procuraba de nuevo pasar inadvertidamente para
entrever por los resquicios de la puerta aquellas imágenes que ahora
la atormentaban de día y de noche. Cuando ella tomaba su baño
semanal, dejaba ahora también la puerta discretamente abierta y
cuando se introducía como una vestal desnuda en la bañera pensaba
que en ese momento podía devolver el regalo de su desnudez, si por
un casual, dios no lo quiera, el cura se encontraba por allí.
En
las tardes que leían la Biblia al calor de la chimenea, mientras el
ama dormitaba, Rosario sentía que formaba una unión espiritual con
el sacerdote, como si ellos dos solos estuvieran ocupando ese
espacio, como si la vieja fuera sólo un mueble más.
Ocurrió
una tarde en que tras encontrarse fatigada el ama fue a su habitación
más pronto de lo habitual. Ellos continuaron la liturgia de la
lectura, pero se había creado ya el vínculo, la unión cósmica de
sus mentes a través de aquella lectura pausada que los iba acercando
en el espacio hasta que quedaron uno junto a otro. Leían el Cantar
de los cantares:
“
Levántate, aquilón, avanza, austro, soplad en mi jardín, que
corran sus perfumes. Mi amado va venir a su jardín, a comer sus
frutos exquisitos.
Yo
vengo a mi jardín, hermana mía, esposa, a coger de mi mirra y de mi
bálsamo, a comer de mi panal y de mi miel, a beber de mi vino y de
mi leche. Comed, amigos, y bebed, y embriagaos de amores...”
No
se sabe muy bien de donde partió el impulso, pero se encontraron
uniendo sus labios, buscándose en el mar de la noche, en el calor
del hogar, con la urgencia y la inexperiencia de algo nuevo que había
llegado sin pretenderlo. No había pecado en ello, no existía
premeditación, no había voluntad de caer en la tentación del
demonio. Ocurrió con la naturalidad de los efectos de la física, el
positivo buscó al negativo, el ácido a la base, el masculino al
femenino. Se perdieron en esa tormenta de manos, bocas y acabaron
vencidos y desnudos sobre la cama. Tanto impulso retenido, tanto
deseo acallado, se desató en el preciso instante en que se produjo
el milagro y un río de él corrió adentro, en los territorios de
ella, anegando todos sus huertos baldíos hasta entonces.
Como
en la oración después vino el silencio, un silencio pesado que
arrastraba las cadenas del arrepentimiento. Pero en ese silencio
había también mucho de súplica de los dos amantes, para que su
Dios bendijera aquella unión hecha de amor, de entrega, de verdadera
fe en el hombre. En aquel silencio había un ruego mutuo para que
aquel regalo de la vida, que era a su vez un regalo divino, no
acabara. Hubo un pequeño remanso en los días sucesivos en que los
dos se evitaban, pero se notaban próximos. Ambos escrutaron sus
almas para ver si aquella unión podía ser vista con comprensión a
los ojos de Dios. En ese tiempo de meditación, el rescoldo de la
pasión fue tomando fuerza y sus cuerpos encontraron la respuesta
inevitable a la pregunta de sus espíritus. Vivieron de nuevo el
éxtasis de los ascetas, la unión mística de los cuerpos y
decidieron no renunciar a aquel milagro. Se buscaban y se
encontraban, se deseaban y se temían, se amaban y les dolía ese
amor que era más fuerte que sus temores.
El
cristal más bello puede romperse con un sólo impacto, porque la
felicidad es frágil como el cristal. Cuando Rosario empezó a contar
los días en que le faltaba la menstruación y a temer sus
consecuencias, no quiso comunicárselo a su amante. Le rehuía y él
la recriminaba por ello, por hacerlo sufrir, como el purgatorio que
precede al cielo de su reencuentro. Pero los vahídos y las nauseas
que aparecieron en las semanas posteriores despertaron como por
ensalmo a la vieja ama, que recobró el ánimo para poner solución a
aquel problema del que sin duda ella también se sentía
responsable. Habló con Rosario y después con don Servando. No
existía otra solución cristiana que no fuera que la mujer
abandonara el hogar y con la discreción obligada tuviera su hijo
lejos de aquel lugar. Podía dejar en adopción la criatura nacida de
una relación que veía dirigida por el mismo diablo. Ya se ocuparía
ella de buscar una excusa convincente. No podía asegurar que las
malas lenguas no intuyeran la situación, pero no podían dar pábulo
a la maledicencia quedándose en la casa mientras el fruto del pecado
crecía en su vientre. El sacerdote presa de un dilema que no estaba
en su capacidad de hombre el afrontar, dejó hacer, se encerró en la
oración para expiar la culpa, mientras Rosario se iba de su vida
dejando una herida profunda.
No
fue un destierro, ni una expulsión del paraíso por haber tomado la
manzana del árbol prohibido. Fue para ella como una penitencia que
acataba con humildad. Y su hijo, lejos de parecerle el hijo del mal,
fue una bendición, la respuesta de Dios a sus oraciones.
Rosario
se fue a la ciudad, al cuidado de una casa de caridad de las monjas
carmelitas, al amparo de las malas lenguas. Su vida de madre soltera
podría haber sido contada a los niños como los de una heroína
cristiana, algunos mártires contaban con pecados en su vida que
habían sabido redimir con una ejemplar conducta y una entrega total
a la Fe. Pero ella no pasó a la historia de la Iglesia porque
escondía un secreto que parecía terrible para algunos. Su hijo era
una encarnación del pecado, fruto de la tentación, de la debilidad
de la carne y de la pérfida estrategia del demonio para tentar la
virtud de los hombres de fe. La prueba irrefutable de que la mujer
actúa a veces como instrumento de satanás y debe ser temida porque
encierra la semilla del mal.
No
guardó rencor a nadie, ni siquiera a su amante, siempre conservó en
su recuerdo aquellos momentos donde ambos compartieron la gloria de
los elegidos. La dulzura del momento en que quedaron saciados con las
manzanas del árbol de la vida.
A
su hijo lo llamó Jesús y cuando preguntaba por su padre le decía:
“ Hijo mio,Tú eres hijo de Dios ”. Tiempo habría de explicarle
lo complejo del amor, la oscura barrera entre el pecado y la virtud.
Ahora
sólo debería enseñarle a rezar.
VIRTUDES FUE LA PRIMERA
sábado, 12 de mayo de 2012
La historia se llamó primero "La puta y el ginecólogo" , ya sé que es una porquería de título, pero empecé a escribirla así. Después de las dos o tres primeras páginas la dejé porque no me acababa de gustar. Sólo me gustaba el personaje de Virtudes, el ginecólogo era patético. Quedó en el tintero mucho tiempo y un día retomé la historia pero decidí que se llamase como la protagonista.
VIRTUDES
Virtudes
no parecía un nombre muy propio para una puta. Sé que no está bien
decir puta así de entrada, meretriz, prostituta, puede sonar mejor.
Pero ella no se molestaba, casi se hubiera ofendido si le cambiáramos
por recato su condición. Cuando le preguntabas por su trabajo
siempre decía “yo soy puta”. En realidad yo admiraba aquella
mujer. Virtudes no carecía de virtudes, y no me refiero a las que
son propias de su oficio, sino aquellas que le hacían ser en el
término más amplio “buena gente”.
Cuando
vino a la consulta no tenía una enfermedad venérea que curar para
seguir trabajando. Vino pensando en que de igual manera que en los
bares es necesario pasar un control de Sanidad para la licencia, ella
tenía la obligación de revisar el local. Se había propuesto
mantener su lugar de trabajo en perfecto orden, hacer una puesta a
punto periódica del mismo.
“Vengo
para una revisión, pero yo estoy bien. Además sólo follo sin
condón con mi novio”
La
primera impresión ya habréis juzgado que no fue tan comprensiva
como he expresado al inicio. Qué hacia aquella tipa allí, de esa
guisa. Me iba a espantar la clientela mucho más fina que
habitualmente acudía a mi consulta. Bien es verdad que no siempre
los asuntos que traían a aquellas damas eran tan finos como sus
modales. El secreto de “confesión” me impide decirles cuantas
gonorreas se convertían en una infección por hongos, o que los
papilomas eran simples verruguitas.
“Doctor
explíquele a mi marido que esto lo puedo haber cogido en algún
baño público” “Por supuesto, pero no mencionaré que en ese
baño no estaba sola” pensaba yo.
En
cambio Virtudes nunca escondió su condición. La franqueza de su
lenguaje, la transparencia de su personalidad fue lo que me cautivó.
Acostumbraba a venir cada tres meses, en las primeras visitas el
trato era tan aséptico como el material que empleaba en la
exploración. Poco a poco sus visitas eran esperadas por mí, incluso
reservaba más tiempo para poder hablar con ella de su trabajo, de su
vida. Como si todo ello fuera estrictamente necesario para completar
la historia clínica o poder garantizar un correcto diagnóstico de:
“Está todo bien Virtudes”.
A
veces de forma espontánea me traía a la consulta los problemas
sexuales de alguno de sus clientes, pensaba que yo podría darle
alguna solución. Se sentía en la obligación de ayudarles porque
formaban parte de su trabajo, para ella era como llevarse trabajo a
casa. Alguno de esos problemas de erección, de eyaculación precoz,
de impotencia para los que mi capacidad terapéutica era casi nula,
ella poseía un probado método de sanación. Sin embargo siempre
quería escuchar la opinión de un profesional, con verdadera
disposición a aplicar el consejo que nunca supe darle. Yo le decía:
“Virtudes de eso sabes tú más que yo” y no lo decía con
fingida modestia, sino con la convicción de que así era.
Me
contaba algunas de las historias de esos hombres que no podían tener
una erección con sus mujeres, que con ellas no encontraban
satisfacción sexual. Hombres atrapados por su matrimonio, por las
convenciones sociales, por los tabúes aprendidos y asimilados, que
eran incapaces de ser libres en el único ámbito donde deberían
serlo que es su propia casa. Virtudes les dejaba hablar, se mostraba
comprensiva, les animaba, les hacía pequeñas preguntas para que se
sintieran atendidos y mantuvieran el hilo del relato. Finalmente les
aseguraba que su problema era de lo más común por lo que ni
siquiera era un problema. No había oído hablar de la mayéutica
socrática ni de la entrevista clínica dirigida pero sin duda había
adquirido una maestría natural en el trato de las penas ajenas.
Ellos volcaban en esta desconocida toda su frustración, todo su
miedo, como si estuvieran delante del psicoterapeuta. En el sentido
más verdadero sin pretender evitar calificativos hirientes, era una
verdadera profesional del sexo.
Nunca
se quejaba de como la había tratado la vida, el ser puta le venía
de herencia. Aunque ella decía que podría haber cambiado su destino
no quiso hacerlo, le parecía bien aquello. Nació en un burdel, la
criaron otras prostitutas que asumieron el papel de tías adoptivas.
No tuvo padre porque aquel que venía de tanto en tanto a pegar a su
madre y pedirle dinero, nunca lo reconoció como tal. Tampoco se
quejó cuando tras morir su madre de SIDA la internaron en un
orfanato y la dieron en acogida a “familias” que no siempre
tenían las condiciones de acoger a un huérfano. Siempre pensó que
ella era la culpable de ser una rebelde sin causa, que su carácter
era el responsable de la mala relación con sus tutores, de sus
palizas. Tras liberarse del yugo de la protección social a los
dieciocho años no tardó en ingresar en plantilla en alguno de los
burdeles en los que trabajaba por horas durante su minoría de edad.
Había elegido voluntariamente estar al servicio de los clientes,
porque la mayoría de ellos eran pobres diablos que se desahogaban
con ella, con lo que le permitían tener un sentido de utilidad en la
vida. Se podría decir que se sentía realizada con aquel oficio,
denostado en público, pero mantenido en todas las sociedades.
Repudiado y perseguido por los “puros” de espíritu, que
resultaban ser los mejores clientes de la casa. Me decía, sin ningún
ánimo de molestarme : “ Pásese algún día por allí doctor, ya
me encargo yo de que tenga un buen servicio. No crea, vienen muchos
doctores a visitarnos, también vienen políticos que pagan con VISA
del partido, abogados, notarios, artistas y algún que otro hombre de
iglesia necesitado de redimir ovejas negras. Todos ellos vienen y se
van discretamente, pero mientras están allí dan rienda suelta a sus
sueños. Nadie se va descontento, si acaso alguno se lleva los
remordimientos que le duran hasta la siguiente visita”
Con
toda razón, para ella el suyo era un trabajo honorable, con una
importante función pública, que cualquier gobierno sensato debería
haber pensado en proteger y alentar, con el fin de mejorar la salud
mental de sus ciudadanos. No ignoraba que aquello no ocurriría nunca
por la hipocresía de una sociedad que quería mostrar su cara más
“correcta” sin permitir sacar a la luz la oscura trastienda, en
la que ella se encontraba.
Nunca
me contó el origen de los moratones sobre los que la interrogaba.
“Usted dedíquese a los bajos doctor, de lo otro ya me ocuparé yo”
Sabía que aquellas huellas delataban a un sádico, que lejos de
necesitar los favores de una puta, necesitaba la cárcel y asistencia
psiquiátrica. Sólo lo supe después de la nota que me llegó
disculpándose de que no podía acudir a mi consulta porque debía de
cambiar de ciudad. Cuando acudí al club donde ella me había
invitado a experimentar la dulzura de su oficio, casi todos me
respondieron con evasivas. Tras mi insistencia, se acercó a mí un
animal con forma humana y modales de hiena y me dijo: “ ¿Tú que
quieres? ¿Porqué preguntas por esa puta? ¿Te has encoñado con
ella? Pues se ha ido porque si se queda un día más le habría
reventado la cabeza. Así que sal de mi vista si no quieres que te de
dos hostias, imbécil”
Tal
firmeza en los argumentos me convencieron casi en el acto, pero
también me convencieron de que Virtudes, había tenido la virtud de
saber desaparecer en el momento preciso en que estaba a punto de ser
un número más en los “desgraciados incidentes que ocurren en los
círculos de la prostitución”.
Pero
a la vez tuve el convencimiento de que por mucho que corriera aquella
virtuosa mujer, la violencia de aquellos excrementos de la sociedad
que generamos entre todos, acabarían alcanzándola. Sólo deseaba
poder decirle que aún estaba a tiempo de escapar de aquel mundo,
trabajar en mi consulta por ejemplo de recepcionista. Estuve buscando
un tiempo por algunos prostíbulos de las ciudades que visitaba, no
la encontré y no recibí más cartas. Este es mi reclamo por si ella
pudiera leerlo. Si alguno conoce a Virtudes por favor que se lo diga.
PARA LOS QUE SIEMPRE ESTAIS AHÍ
domingo, 18 de marzo de 2012
Tengo escritos varios cortos con nombre de mujer, un nombre que me sugiere una historia. No es la historia de ninguna mujer, ni tiene porque ninguna mujer parecerse a la historia. Es sólo la ficción de buscar unas sensaciones que me trasmiten ese nombre de mujer y con ellas reconstruir un personaje. Casi siempre exagerado e irreal, pero para mí tenía sentido.
La iré publicando de vez en cuando para no cansar y lo haré por el orden en que las escribí. Pero la primera será una excepción. Porque me emociona y porque ocurre en marzo. Se llama Olvido y surgió tras oír una noticia en la radio sobre una familia que reencuentra a su familia.
OLVIDO
Su vida había trascurrido sin sobresaltos, discurría con la tranquilidad de un río cuyas aguas descienden mansamente en tierras llanas. Si se paraba a pensar no recordaba ningún momento especialmente tormentoso. Bien es verdad que su carácter era el de una optimista nata, siempre mirando la vida con un sentido positivo.
Era así y no puede decirse que fuera un mérito, no era una posición ensayada, premeditada o que hubiese cultivado con los años. La vida la había tratado bien y no podía ser desagradecida. Era una mujer afortunada, esto lo decía y lo sostenía ante los agoreros profesionales que se empeñan en lloriquear a nuestro alrededor. Poseía todo aquello que siempre hubiera soñado. Ahora que los tiempos eran grises para mucha gente, ella disfrutaba de una aparente normalidad. Tenía su trabajo, su marido, su hijos y una situación económica que sin ser boyante era bastante holgada.
A pesar de las dificultades de su familia, sus padres habían conseguido darles estudios a ella y sus tres hermanos. Desde pequeña recordaba haber sido una buena chica que no había cometido grandes tropelías. Casi se lamentaba de haber sido tan correcta, tan obediente, no haber cometido alguna pequeña locura que pudiese ahora esgrimir como testimonio de que también había sido joven. Incluso cuando conoció a su marido, el único novio que tuvo, la relación se había mantenido dentro de unos razonables límites en lo que se refería a acercamientos y tocamientos. Tan comedida, tan puritana, resultaba anacrónica incluso para sus amigas. Había estudiado en un colegio de monjas, pero muchas otras chicas que habían compartido estudios con ella, misas, rosarios y doctrina moral en aquel colegio, se habían comportado como auténticas devora hombres.
Después continuó los estudios en el instituto público donde conoció a Vicente y finalmente aprobó unas oposiciones a Secretaria de Juzgado.
Su buen carácter junto con su aplicación en el trabajo le habían granjeado la simpatía de los compañeros, que veían en ella una mujer modélica. Llegaba con puntualidad a su puesto y no le molestaba el trabajo duro entre las montañas de expedientes y de causas que se acumulaban en los despachos. Nunca había puesto objeciones si por necesidad debía quedarse algunas horas fuera del horario laboral.
Las tardes eran para ella un espacio de libertad, compartida con las tareas de la casa y de su hijo aún pequeño. Aquellas obligaciones no le suponían una carga, no veía en ellas la esclavitud del ama de casa, ni se sentía presa por su familia. Quizás había heredado aquello de su madre, una mujer conformada con lo que la vida le había ofrecido y orgullosa de haber hecho que sus hijos fueran más que ella. Su madre siempre decía esta frase, pero ella pensaba que sus padres habían luchado más que ella y tenían más valor porque habían sido capaces de levantar una familia desde cero, con el trabajo duro. Ella limpiando casas y él en la fábrica de calzado, dedicando todo su tiempo a un sólo propósito, los hijos. Se sentía tan orgullosa de ellos como lo estaban ellos de su única hija. Había aprendido de sus padres la prudencia como norma de vida. La contención, la neutralidad, el equilibrio, la virtud del término medio, la evitación de la pasión en el amor, en el discurso, en la opinión. Todo ello la había modelado como una persona incapaz de ofender, con ningún afán por medrar a costa de los demás, sensata, cauta y callada. Como decía su madre de la boca sale antes la necedad que la virtud. Aunque sabía que el mundo no compartía sus principios, estos eran los que inculcaba a su hijo. Esta era su biblia particular, su código moral y también se enorgullecía de ello.
La armonía de la vida es una quimera, vivimos en un sueño tejido con nuestros deseos. Somos lo que creemos ser, olvidando que en nuestro interior existen otros yo, pulsiones que tratamos de esconder porque no se ajustan a nuestra imagen de nosotros mismos. Somos parte verdad y parte ficción. Construimos una identidad compuesta de los retales que vamos tomando a lo largo del camino. Tratamos con esos pedazos que vamos recogiendo de ocultar aquello que no nos gusta que se vea y bordamos con hilos de color las virtudes que nos atribuimos para que todo el mundo las admire. Pero a pesar de todas las precauciones la vida siempre es capaz de sorprendernos.
- Desearía hablar con doña Olvido Giménez Montes. Le llamo del Ayuntamiento. Hemos recibido una notificación sobre su abuelo.
- Creo que se han equivocado. Yo soy Olvido pero no tengo abuelos, los dos murieron y no llegué ni a conocerlos.
- Mire le hablo de Dº Vicente Montes Antón, por los datos que figuran en nuestros archivos su abuelo fue un represaliado de la Guerra Civil. Nos han informado que tras la exhumación de restos de una fosa común abierta tras las investigaciones incoadas por aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, se han hallado los restos mortales de varios hombres y mujeres entre los que están los de su abuelo. En el archivo se encontró el documento que incluye una lista de ejecutados el día 26 de marzo de 1942 y figura el nombre de su abuelo. Sólo queda el trámite de realizar una prueba de ADN para confirmar su identidad.
- Pero nosotros no hemos solicitado la apertura de ninguna tumba, yo no sabía que mi abuelo había muerto de esa manera, nunca nos lo dijo mi abuela. Además no estamos interesados en lo que pasó hace tanto tiempo.
- En cualquier caso, estamos en la obligación de ofrecerles la posibilidad de enterrar a su familiar si ustedes lo desean. Nos hemos dirigido a usted porque nos parecía más oportuno comunicarlo a una persona joven de la familia y evitar causar algún daño a su madre con la noticia.
- Si claro, se lo agradezco sinceramente, hablaré con mi madre y nos haremos cargo. ¿Donde se encuentran los restos?
- En el cementerio de la localidad de donde procede su abuelo y donde fue fusilado.
Fusilado, aquella palabra sonó como una descarga de fusil sobre ella. Como si se repitiera en sus oídos la escena que ocurrió en aquel oscuro lugar. La despertó a la realidad, estalló en medio de un mar de tranquilidad como el impacto de un obús, formando olas que iban llegando a modo de imágenes que no acababa de perfilar. Cómo podía imaginar que aquel conflicto lejano, que ella no había vivido y que había ido conociendo por libros, documentales, reportajes que siempre acababan aburriéndola, no había estado tan lejos de su familia. ¿Cómo su madre nunca le había contado la verdad de lo sucedido? ¿Porqué se había tejido un manto de silencio sobre la muerte de mi abuelo? ¿Porqué habíamos hecho desaparecer la figura de mi abuelo como el humo de los fusiles que lo mataron?
Cuando le conté a mi madre que se habían recuperado los restos de mi abuelo, su padre al que casi no recordaba, del que había perdido la noción de su existencia, no lloró, no dijo nada. Su silencio fue tan elocuente como lo que más tarde me contó.
Siendo ella niña vivían en una masía a las afueras del pueblo. Eran medieros de un rico terrateniente, cultivaban sus campos por un salario y mantenían la casa ordenada para cuando los amos venían en vacaciones con la familia. Entonces pasaban de la labranza de los campos y el cuidado de los animales, a hosteleros. Cuando acabó la Guerra y los nacionales fueron los vencedores, el trabajo en la casa se multiplicó durante las vacaciones y atendían también a los militares amigos del amo de la finca. Venían con sus familias a pasar algunas semanas, con sus coches nuevos, con sus hijos siempre limpios, con la ropa nueva de los domingos que era para ellos la de diario. Durante el invierno vivían solos en la casa. Sólo recibían la visita ocasional durante la noche de unos hombres que venían de la montaña, sucios, hambrientos, con las armas en los cintos. A ella le daban miedo, sólo los veían a través de las rendijas de la puerta de la habitación donde la encerraban a ellas con sus hermanas. Mi abuela les preparaba la comida, mi abuelo hablaba con ellos mientras cenaban alabando siempre la comida que les preparaban. Cuando acababan, mucho antes de que amaneciera volvían al monte dejándole a mi abuela el dinero por la comida.
“Una mañana vinieron hombres con fusiles, vestidos con camisas azules. Yo pensé que eran amigos del amo de la finca, porque sus amigos vestían igual. Se llevaron a mi padre y no volví a saber nada más de él. Quedamos solas en la finca mi madre y tres niñas pequeñas, no podíamos llevar la carga de trabajo que suponía. La despidieron por haber colaborado con aquellos maquis que venían a cenar a casa, la señora de la casa le dijo que habíamos tenido suerte de que ella creyese en Dios, porque merecíamos otro castigo peor.
Nos fuimos a la ciudad, mi madre pensó que era el único lugar donde podríamos vivir sin ser señalados por ser rojos. Nunca más se habló en casa de todo aquello, ni nos dijo que había sucedido a mi padre. Hubo un pacto de silencio. Nada podíamos hacer para devolver a mi padre, para devolvernos nuestra vida. Era mejor asumir que las cosas habían ocurrido así y debíamos conformarnos. Mi madre nos enseñó a no quejarnos, a trabajar y mirar a delante”.
Tras aquella historia, que para mí surgía del más oscuro de los desvanes de la familia volvió el silencio. El no saber que decir tras despertar a una realidad nueva. Como si el mundo de pronto hubiera cambiado y existiesen nuevos elementos para entender lo que hasta ahora había sido evidente. Sólo dijo: “ Si hija mía, recogeremos al abuelo y le daremos sepultura”.
Quizá ahora que veía más cerca su muerte pensó en la de su padre. Aquel desconocido que había pasado por su vida como un recuerdo fugaz, apenas como un sueño sin haber llegado a tomar forma, a adoptar su papel de padre, porque se fue cuando más lo necesitaban. Había desaparecido y nunca se habían parado a pensar porqué las dejó. No lo hicieron porque su madre les ordenó seguir adelante con la venda en los ojos, ciegos para ser felices, o algo así. Ahora quería verlo, tenerlo en sus brazos, enterrarlo, dejarlo reposar para poder descansar y poder evocar su recuerdo sin dañar a nadie, sin desobedecer el mandato de su madre.
Desde que le tomaron las muestras para el cotejo del ADN hasta que llegaron los resultados se tejió de nuevo un manto de palabras sueltas, de frases convencionales, que trataban de evitar aquel “contratiempo”, aquella incomoda verdad que había dormido esperando que alguien la destapara. No me contó nada más de aquellos días. Pensé que quizá ya lo había dicho todo, que en su memoria no existían más recuerdos porque habían sido borrados. Haciendo honor a su nombre, el olvido había sido su forma de enfrentarse a una realidad impuesta. Se habían convencido que no podían enfrentarse a hechos consumados desde la inferioridad del débil, del perdedor y existía un acuerdo tácito de eliminar aquel tiempo. Pero yo despertaba ahora a aquella verdad que me abría los ojos para entender como éramos, como se había forjado nuestro carácter. Eramos hijos de aquel destino que mi abuelo halló en una fosa común.
Fuimos al cementerio a por los restos. En su entrada tras la empinada cuesta destacaba sobre el muro blanco una frase junto a la cruz “ La vida no termina, sólo se trasforma”
¿Y la muerte, la muerte se trasforma?
Se trasforma en un acto impúdico cuando ocurre a manos de otros. Acaso la muerte no transforma al muerto en víctima y al asesino en verdugo, creando para siempre un vínculo inseparable. La muerte es parte de la vida, pero no todas las muertes son iguales. Hay muertes que son la culminación de una vida, lo que le dan sentido. Engrandecen al hombre que la vivió, hacen perdurar su recuerdo. El recuerdo es nuestro vínculo con el pasado, nos da la eternidad, nos hace dioses inmortales. Otras en cambio sólo sirven para ocultar la existencia de su propietario, borrarlo por siempre. No sólo acaban con su vida, sino con su recuerdo. Lo transforman en humo, en niebla, en una bruma que se desvanece y que sólo se espera de ella que desaparezca para dejar paso a la luz. Se le arrebata la posibilidad de ser y de haber sido. Se muere para siempre sin posibilidad de réplica, sin poder apelar al Dios de los hombres para redimir su causa. Hay muertes que se entierran y como decía la frase del cementerio, la vida se trasforma.
Se transforma en NADA. En silencio, en olvido.
Por eso fuimos a por los restos de mi abuelo, quizá fue por eso o por la necesidad de recuperarnos, de recoger los pedazos de nuestra vida que habían quedado desparramados en el trascurso de nuestro camino ciego hacia la felicidad. Fuimos juntas para honrar la memoria de un hombre que casi no existió, que estaba a punto de desaparecer con el último rayo de esperanza, la de su hija mayor que aún quedaba con vida para dar testimonio de su presencia en el mundo. Fuimos movidas por la inercia del respeto, por la lealtad a la sangre, por el fino hilo que aún nos unía a aquel desconocido. No queríamos con ello devolver al mundo su equilibrio, no pretendíamos instaurar una suerte de justicia divina que cerrase el círculo de nuestra existencia, sólo queríamos recuperar una parte de nosotros mismos perdida en la noche de los tiempos. Nuestro paso no era firme, era una marcha cansina hacia un fin necesario que no habíamos buscado.
Los trámites de identificación y de recepción de los restos no se salieron de un protocolo burocrático que estaba lejos de inspirarnos ninguna emoción. Aquella misión aceptada como una carga, deseábamos que fuera un trámite para retomar nuestra vida, saltando el obstáculo como un contratiempo que no supusiera ningún impedimento para seguir con nuestra normalidad.
La caja era un recipiente de plástico oscuro con cierre de presillas que cabía perfectamente en el maletero del coche y a la que ya habíamos buscado el correspondiente permiso para su enterramiento en nuestra ciudad.
Durante el viaje de vuelta no hablamos, el mismo silencio que se había mantenido durante años nos acompañaba en aquel viaje. Era como si todas las palabras que tuviéramos que decirnos estuvieran contenidas en aquella caja negra. No era dolor, no era tristeza, no era duelo, pena, aflicción. Ni era complicidad en el silencio, ni deseo de callar. Era la imposibilidad de expresar con palabras aquel sentimiento de impotencia, de hurto de una vida que había quedado incompleta.
Al llegar al nuevo cementerio nos cogimos de la mano, juntas abrimos la caja y juntas cerramos los ojos frente a un futuro que no podía ser el mismo después de aquel día. Al abrir la urna vino un escalofrío que sentimos como el abrazo de un muerto, como el reencuentro con quien nos había esperado desde hacía más de 60 años, allí en la tierra húmeda, agarrado a la esperanza de despedirse de su familia. Nos sentamos en el banco de madera, dejamos la caja en el suelo y me adelanté a tomar en mis manos la calavera. Aquel cráneo era como los que había visto muchas veces en la televisión, en el cine, en los libros. Sus órbitas miraban al vacío, la mandíbula desencajada de la articulación se abrió como en una carcajada, como en un grito cuya voz se escuchó quizás en otra dimensión.
Reproducimos a veces algunos actos que puede que residan en la memoria colectiva, porque me vi como Hamlet alzando aquel hueso preguntándome quienes somos. En ese acto quizás mimético se contiene la filosofía de mirarnos frente a frente con nuestro destino, con nuestra esencia. Lo que somos, lo que seremos está en la calavera, en aquella urna que contuvo las ideas, las pasiones, los ideales, todo aquello que nos hace sagrados ante la Creación.
Aquel Sancta Sanctorum de nuestra alma, si es que el alma puede residir en algún lugar, me devolvió a los años en que fue profanado. En aquel cráneo, con paredes suaves y lisas en su bóveda, pude ver como se rompía la armonía del mundo, aparecía un blasfemo orificio que horadaba su hermosura. El agujero de la bala que acabó con la vida de mi abuelo, quizá el tiro de gracia, ese cínico término que ejecuta el verdugo como expiación de su culpa, como último acto de humanidad, de una humanidad violada en el asesinato previo. Ese borrón en la inmaculada blancura de la calavera, ese oscuro círculo que se abría en aquellas paredes, ese disparo, lo percibí en mi propio cráneo.
Se abrió un abismo bajo mis pies y caí en el vértigo del desamparo, me sentí huérfana por primera vez. Sentí la desolación de mi madre, de mi abuela, de mis tías ante un destino al que las llevaron maniatadas, con la venda en los ojos, como un reo ante el cadalso. Como un inocente ajusticiado que aún no sabe como ha podido ocurrir, porqué absurdos designios se ve abocado a la infamia. Fue una caída al vacío, notaba como mi cuerpo perdía la gravidez y descendía en un remolino. Compartí el horror de mi abuelo en aquel instante en que se le privaba de su condición de individuo, anulándolo, impidiendo que su más profundo deseo pudiese albergar alguna esperanza. Quizá en aquella cabeza tiroteada se fijó el instante en que pensaba en la familia que había dejado abandonada, desprotegida. La pena insoportable de no poder verlos, abrazarlos, decirles cuanto los quería, cómo habían sido el único motor de su vida. Esa calavera contenía ahora alojada en su interior la bala y la idea. Era la prueba de vida de un ser que apenas fue y al que arrebataron su derecho a ser. Comprendí que en aquel fusilamiento estábamos también nosotras dos, como espectadoras a distancia. Y que ese aciago día en que fuimos separadas de nuestros orígenes no podía ser barrido por el viento de los tiempos. Lo que en aquella cabeza había sido pensado, amado, soñado, no podía quedarse en el olvido. Decidí recuperar la memoria de mi abuelo, hacerle volver, darle su dignidad mancillada.
Emprendí la búsqueda en los archivos de los expedientes de aquellos hombres y mujeres asesinados. Quería reconstruir sus últimos días, encontrar los motivos que llevaron a mi madre a la orfandad. Las causas que llevaron a aquellos militares franquistas a matar a un hombre. Quería entender como una sociedad basada en preceptos religiosos, dirigida por hombres de profundas convicciones católicas de las que hacían alarde como prueba de su virtud, trasgredían toda ley moral de su religión, golpeaban a su Dios con la culata de sus armas.
Leí la crónica de la guerra contada por unos y otros, las consignas de los mandos militares que animaban a sus correligionarios a la lucha contra la insurgencia, contra el marxismo malévolo. El ideólogo del Golpe de Estado el general Mola decía: “ Cualquiera que sea abierta o severamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado […] Hay que sembrar el terror, dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a los que no piensen como nosotros”. Y su rival y quizá su verdugo el general Franco arengaba: “Como el caballo de Atila, el bolchevismo seca la hierba, y las ciudades sólo son ruinas, cobardemente calcinadas, y los campos son razzia y abandono. Pero nosotros sabremos reedificarlo todo. Si invocamos las grandezas de la España imperial, es porque nos mueven con sus ideales sus empeños de salvación y fundación” Todo el cinismo de los discursos políticos cabía en la boca de los líderes: “ ...el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestro pecho; del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales por primera vez y en este orden, la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad”.
Escondí la cabeza de vergüenza por mí misma y por mis mayores, por los que desde un ideal equivocado creyeron que las urnas les daba derecho a la violación de las leyes y por aquellos que tras su victoria persiguieron sin miramiento a los vencidos. Yo era la voz de los muertos olvidados, de mis muertos enterrados sin respeto. Los otros muertos ya fueron santificados por la historia de los vencedores, aunque las loas no consiguieran restituirles la vida, al menos glorificaron su memoria. Los nuestros era sólo expedientes marchitos, olvidados en los archivos y tumbas de cadáveres hacinados, enterrados con prisas, muertos como traidores.
Encontré el acta de detención de mi abuelo. El relato de los hechos que llevaron a su asesinato.
ATESTADO DE LA COMANDANCIA DE LA GUARDIA CIVIL
DETENCION DE Vicente Montes Antón
Varon de 37 años, estatura regular, pelo castaño, cejas negras, ojos oscuros. Mediero de la finca “los olivares” del Baron de Rodera. Casado con Olvido Garrido Cerdan con tres hijas, la mayor de 10 años y las otras de 7 y 4 años.
Ha sido detenido por colaboración con los rojos huidos al monte, facilitandoles comida y cobijo en numerosas ocasiones. Por tanto responsable de los desmanes y saqueos cometidos por los maquis.
El comandante del puesto y su ayudante el numero Dº Aureliano Dominguez Rosas siguiendo las instrucciones de la superioridad toman declaración al tal Vicente para practicar diligencias y esclarecer los hechos delictivos de los rebeldes. A las preguntas realizadas contesta como sigue:
“ Que trabaja para el señor baron desde que era pequeño porque ya su familia trabajo con ellos. Que no conoce a los bandoleros que llaman maquis y que nunca a tenido ideas de izquierdas, que no participo en ninguno de los altercados acontecidos en el pueblo durante el regimen rojo. Que no sabe que fechorias cometian los individuos que se llegaron a su casa en dos o tres ocasiones por la noche. Que les davan de cenar porque llevaban armas y tenia miedo por su mujer y sus hijas. Que es una persona onrada que toda la vida a trabajado en el campo y tiene poca formacion porque no pudo ir al colegio de pequeño”
Interrogado sobre la declaracion de algunos vecinos que aseguran que no acude a misa los domingos y que un tio suyo era republicano refiere:
“Que no va a misa porque tiene que trabajar mucho para mantener la familia, pero que su mujer y sus hijas cumple con los mandamiento de la Iglesia y que en casa se enseña el respeto a la religion y los curas. Que su tio republicano lo es por parte de madre y que no tenia relacion con ellos. Que el no se metia en politica como le abia enseñado su padre y que su tio se fue del pueblo ace mucho tiempo y no abia vuelto a saber nada de el”
El individuo no muestra resistencia ni actitud violenta ante la Guardia Civil, se le informa que pasara a disposicion del juzgado para valorar los hechos y su colaboracion con los rojos.
21 enero de 1942
Tras su detención pasó dos meses en la cárcel junto a otros retenidos. El alcalde del pueblo durante el gobierno republicano era el más antiguo de los presos porque fue detenido en 1940 tras huir al monte con otros dos encarcelados, “el practicante” y Dº Servando el maestro que se entregaron después. Dos mujeres que formaban parte de las milicias populares, la mujer de un sindicalista ya muerto tras la guerra y Mariana una republicana convencida, que había vivido en Francia.
Coincidiendo con la fiesta de San José durante la noche, ocurrió un hecho que decidió el destino de todos ellos, un grupo de la denominada AGLA ,Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, decidió asestar un golpe de efecto al gobierno franquista. Asaltó la Iglesia, matando al cura que opuso resistencia y quemando la Parroquia de San Antonio Abad en lo que llamó una falla popular. Tras iniciarse el incendio se escondieron tras los muros del antiguo camposanto y cuando la Guardia Civil acudió al incendio los tirotearon, consiguiendo matar a dos guardias y el sereno que los había avisado.
En la comandancia del cuerpo de la Guardia Civil los siguientes días fueron un hervidero de mensajes con las autoridades militares, acudieron al pueblo inspectores de policía, policía secreta, el delegado del gobierno y autoridades políticas que fomentaban el honor patrio, la defensa de la Fe cristiana y de los valores del nuevo régimen, toda vez que hacían ver la crueldad de los rojos, aquellos degenerados que no respetaban a Dios y cometían el más atroz de los sacrilegios. Aquellos sucesos que todos los medios de comunicación se encargaron de agrandar y que los escribas del régimen trasmutaban en un acto heroico por parte del señor cura, que había caído defendiendo el cáliz de las hostias y los guardias que habían intentado repeler la agresión de un numeroso grupo de facinerosos. Acabaron convirtiendo la venganza en el único disolvente para aquella mancha, aquella afrenta al pueblo y a Dios. Los rojos encarcelados seguro que conocían los planes de los maquis y la presión sobre ellos no tardó en manifestarse en interrogatorios y palizas que no consiguieron obtener información de unos hombres y mujeres que ya eran sombras. Ante la imposibilidad de encontrar a los responsables, pese a las batidas que el ejercito había realizado en el monte, se optó por culpar de colaboracionistas a los encarcelados.
INDAGATORIA DE Dº Vicente Montes Antón
Preguntado si a sido complice del asesinato del parroco, los guardias y el sereno, dice que no.
Preguntado si conoce quien a sido el responsable de los hechos, dice que no.
Preguntado si conocía los planes de realizar dichos actos o si abia escuchado alguna vez a los maquis hablar de estos planes, dice que no.
Preguntado si han celebrado en la carcel como aseguran los guardias los hechos ocurridos en el pueblo la noche de San José, dice que no.
Preguntado si tiene algo más que manifestar, dice que el nunca a tenido nada que ver con los rojos y manifiesta que quiere ver a su familia para que no sufran por el que se encuentra bien.
Ante la negativa a colaborar y la evidente implicacion en los hechos acontecidos, que demuestra claramente su desprecio por el gobierno actual y su relacion con el marxismo, se le declara culpable de ser colaboracionista con el bando republicano en rebelion.
25 de marzo de 1942
En la mañana siguiente antes de que el sol levantara su mirada en aquellos días aun frescos de la recién estrenada primavera, cinco esclavos eran conducidos por sus amos al altar de los sacrificios. Fueron sacados de la cárcel con la falsa intención de un traslado. Cuando se vieron juntos en la furgoneta, custodiados por un grupo de Guardias Civiles y seguidos por otra camioneta con más guardias, sus miradas ya hablaban el lenguaje de los muertos.
El miedo, la soledad del condenado a muerte, que mira de frente su alma. La mente que vuela para atrapar todas las sensaciones, todos los instantes que prolonguen su tiempo. Los recuerdos agolpándose, tratando de robar protagonismo unos a otros. Al bajar de la camioneta ya no caminaban, volaban como seres ingrávidos, como ángeles que ya han perdido la corporeidad y caminan en el edén. Con un único pensamiento ya afirmado en sus mentes, la imagen de sus seres queridos. Ahí estaba mi abuela, mi madre y mis tías, justo en el momento antes de que se oyera un disparo o muchos o quizá un trueno o la voz del dios del odio, justo antes de caer junto aquella tapia del cementerio. En ese preciso momento nosotras estábamos ahí como testigos de la ejecución, sin saberlo, sin la conciencia de que poco después olvidaríamos aquello durante sesenta años. Hasta que en esa sepultura infame alguien hurgó y de la herida salieron los huesos con una bala en sus calaveras. Una bala que era un mensaje para que recordásemos, para que supiéramos que junto a ella estaba la imagen última, nuestro propio reflejo.
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