capítulo 7

sábado, 13 de junio de 2015

Capítulo 7
“La vida no enseña, es uno mismo quien aprende si abre los ojos”

            ¡¡Despierta!! ¡¡Levanta viejo!! No me dejes aquí sólo.
            No sé si por el grito, por mis plumas que se le metieron por la boca entreabierta de la que manaba un pequeño río de baba ahora adornado de plumón, o porque el dios de los pájaros tuvo a bien auxiliarme, Aristóteles despertó. Entreabrió los ojos y me miró extrañado, aturdido, noqueado, como si no fuera lógico que yo estuviera allí. Sonrió y se limpió la boca, incorporándose con dificultad en el sillón.
            -Desde luego no se puede descansar en esta casa. Es como si hubiera vuelto a tener niños pequeños. Me has dejado la casa que parece un gallinero.
            Nunca me habían sonado tan bien esas palabras de cascarrabias enfadado. Me puse a revolotear por la habitación como si hubiese perdido el juicio, hasta que me detuve frente a él.
            -Me has dado un susto de muerte. Nunca mejor dicho.
            -Serías el único que sentiría mi muerte y además por puro interés.
            -No creo que fuera el único, pero seriamos pocos en el entierro. Espabila porque necesito que me ayudes, tengo información, que no sé si es muy útil. Una golondrina me dijo esta mañana que ha visto una periquita azul al noroeste de la catedral, en una finca alta cerca de un edificio grande, con un patio en el que hay muchos niños y una señal roja en otra casa cercana.
            -Desde luego no se puede pedir más de un pájaro.
            -Y menos de una golondrina. Si al menos hubiera sido una paloma.
            -¿Te consideras mejor acaso? ¿Los periquitos son superiores? Debes saber que las golondrinas tienen una gran reputación. Y las palomas no son precisamente el pájaro que más ha contribuido a la luz del mundo. Mira el Espíritu Santo.
            -No pienso discutir ahora esto. ¿Cómo podemos saber dónde está ese edificio que dice la golondrina?
            -El que piensa como un pájaro eres tú. Has volado hacia allí.
            -Si pero no estoy seguro de que la dirección en que fui era la correcta. Hay varios edificios grandes y la marca roja de que habla es para mí un misterio.
            Entonces Aristóteles sacó un plano de la ciudad. Yo no podía ver nada allí porque ya os dije que los signos gráficos no son mi fuerte. Pero él con la paciencia de un maestro de escuela me señaló donde estábamos, identificó la catedral que venía dibujada y siguió su dedo hacia el norte-noroeste.
            -Hay tres o cuatro edificios grandes en esa dirección. El museo, el colegio seminario Santa Cruz, el convento de San Miguel o el Colegio de Salesianos. En dirección este está la plaza de toros pero tratándose de una golondrina, no confundiría el oeste con el este, y en la plaza de toros no hay muchos niños que digamos.
            Se quedó un rato mirando aquel papel lleno de cuadraditos, salpicados de espacios verdes que yo entendía que podían ser parques o jardines. Aunque él me había señalado los cuatro edificios diana, yo estaba absolutamente bloqueado, incapaz de situarme. He oído decir que las mujeres son incapaces de leer bien los mapas. Quizá el cerebro de los periquitos tenga el mismo problema, aunque ese razonamiento parecía harto inverosímil y estúpido.
            -Ya creo que sé a dónde se refería tu golondrina.
            -¿Cómo puedes estar tan seguro? Yo no veo nada.
            -Tú eres un perico y yo no.
            -Dime porque lo sabes.
            -He dicho que creo saberlo, aunque a decir verdad estoy bastante seguro. Tengo que decir por otra parte que a pesar de tus recelos la golondrina es muy observadora.
            -Déjate de rodeos y dime lo que sabes.
            -En estos cuatro edificios hay patios o jardines que podrían corresponder a lo que llama patio la golondrina, dos están juntos y aunque haya niños en el museo, el lugar más probable es el colegio de Salesianos. Y además ya imagino que es la señal roja que vio tu amiga.
            -No es mi amiga, aunque empiezo a quererla ahora. Sigue.
            -Junto al colegio de Salesianos, está la Cruz Roja y en el edificio habrá con seguridad una cruz de este color. Como me dijiste que la finca estaba cercana a ambas, lo más probable es que esté en la calle de María Auxiliadora.
            -En esta ciudad los nombres de las calles están de acuerdo con nuestra búsqueda.
            -No creo. Si no la casa estaría en la Costa Suspiro.
            Es verdad que el humor socarrón y la mala baba que Aristóteles esgrimía con frecuencia, apenas me molestaban. Yo había adoptado también ese espíritu y además ahora con la nueva noticia me sentía el más feliz de los pájaros. Aquellas deducciones sobre el plano me habían situado claramente como un indocumentado frente a un brillante Sherlock Holmes. Le había faltado decirme: “elemental querido Watson” Pero ni siquiera ese sentimiento de inferioridad pudo conmigo.
            -¡Vayámonos ya!
            -A estas horas los viejos estamos en casa a punto para ir a la cama y las ventanas suelen estar cerradas. Mañana empezaremos la búsqueda por la zona. Tú irás primero así intentas situar donde se encuentra Quica, yo ya me ocupare de hablar con los viejos.
            Pese a que no podía discutir la lógica de sus argumentos, el cuerpo me pedía ir al menos a situarme. Intentaría situar los edificios que habíamos estado viendo e inspeccionar la zona de nuestro objetivo principal. Salí precipitadamente de la casa, sin apenar haberle dicho lo que pretendía.
            Yo que ya no era un joven, al que no se le suponían aquellas conductas que llamamos “impulsos de juventud” me precipité hacia algún lugar situado al norte -noroeste de la catedral. La calle desengaño ya me era familiar, hasta me había familiarizado con el cartel taurino de la peña. La plaza de la catedral era como mi segunda casa. Reconocía perfectamente hasta las farolas en las que de cuando en cuando me había posado para descansar o aliviar el cuerpo. Incluso con aquella luz crepuscular percibía todos los detalles conocidos. Desde allí tenía cerca el museo, yo sabía donde estaba, porque había visitado su patio intentando ver desde sus cristales los cuadros de Ramón Acín. Un hombre que parecía un héroe para los oscenses, pero que lo era también para mí porque había dejado como legado su escultura de las pajaritas en el parque. Las había visitado con frecuencia porque esas figuras blancas, tan sencillas, tan elementales, representaban para mí la infancia. La esencia de la inocencia. No sé para los niños humanos que podía significar, pero yo las adoraba.
            Tampoco me parecía probable que aquel fuera el lugar señalado, así que me dirigí al oeste, buscando el sol que caía en picado hacia el horizonte. Entonces vi el edificio que podía corresponder al colegio. Pero a estas horas por supuesto, no había nadie. Intenté localizar la cruz roja, pero por más que daba vueltas alrededor no veía ninguna señal roja. ¿Qué esperaba que fuese un luminoso con una flecha señalándolo? Con la iluminación eléctrica de las farolas, los colores habían perdido su original,  y yo un pobre perico, no dotado de las artes de otras aves, me encontraba perdido en una parte de la ciudad que ya no reconocía.
            El norte y el sur, el este y el oeste son para mí conceptos que se relacionan con el sol. Yo no poseo detectores electromagnéticos, ni conozco el brillo de las estrellas. Era un navegante patético en la noche. Allí estaba como un mochuelo abriendo lo ojos para poder distinguir las calles, los espacios. Inútil intento de quien fue creado para el día. Mis ojos no veían más por más que los abriese, sin embargo mis oídos oían ahora que lo que antes no habían escuchado. Los sonidos de la noche, los silencios de la oscuridad son seguramente conciertos conocidos para sus habitantes, pero para mí eran como la música que precede al crimen en las películas de terror. En la tienda vi alguna de ellas,  a Trini le parecían interesantísimas, aunque se escondía y gritaba tanto, que al principio logró asustarnos ella lo que la película no conseguía. Estaba asustado.
            Los periquitos tenemos también miedos, como los hombres. Esa sí es una categoría impresa en nuestro arcaico cerebro. El miedo protector, el miedo maestro de conductas. No existen en nosotros miedos inducidos por la cultura, por la sociedad o por la religión, miedos que sólo el hombre ha creado. Con el mismo fin, crear conductas propicias, aunque en este caso beneficiosas sólo para quien las propaga. En el mundo de los pájaros no se teme a la cárcel o al infierno.
            El miedo es un sentimiento complicado. No existe un miedo. Podría decirse que existen los miedos, cada cual los suyos propios. Aunque puede que la base común sea el temor que provoca con respecto a la propia vida, una especie de sistema de alerta ante una situación de riesgo real o aparente, presente, futuro o incluso de experiencias anteriores. Como el dolor. Se piensa en la muerte como el elemento común a todos los miedos, pero en realidad la muerte puede no provocar miedo, siempre que nos sea ajena. Las escenas de cementerios, de muertos que se levantan o de crímenes salvajes pueden no afectar a quien toma la distancia de aquello con la realidad, con el riesgo hacia sí mismo. He visto funerales donde se habla amigablemente del muerto, alabando sus cualidades, incluso con alguna maldad bienintencionada respecto a sus veleidades. He visto como esas conversaciones acaban en sonrisas o en abiertas carcajadas, acalladas por lo inapropiado del momento. La muerte no asusta, si no es la propia.
            Pero allí sólo ante la ciudad, desorientado y pensando en la necesidad de encontrar a Quica, sentía miedo, terror a que me ocurriera algo y no pudiera ver por última vez a mi Salomé. En aquel oscuro paisaje de desconocidas calles y casas, sin capacidad para encontrar el camino de vuelta. Habiendo perdido mi refugio personal, sentía miedo. Me movía de ventana a ventana. Pensaba que los tejados no serían seguros por los gatos. Quizá podía encontrarme con nuestro amigo el gato negro que huyó de la tienda. Podía no reconocerme o quizá su tiempo en la calle habría empeorado su carácter y acabar en sus zarpas y en su estómago. No encontraba un abrigo apropiado, hasta que me refugié en una ventana cuya luz interior me permitía ver en su interior una pareja de jóvenes amantes, desnudos sobre la cama, hablando el lenguaje que sólo el amor entiende. Rompiendo con los cuerpos la física de lo miscible, abriendo con sus bocas las puertas y ventanas del alma. Allí en la contemplación de algo tan íntimo de aquellos dos extraños me acomodé sintiéndome acompañado y me dormí. Cerré los ojos permitiendo que el sol volviera a alcanzar el horizonte y abrirse camino para despertar el día y sus criaturas diurnas.
            Los pájaros no soñamos, es otra de mis carencias. He oído hablar de los sueños, donde los hombres más mediocres se convierten en héroes. Donde los cobardes son aguerridos y los valientes pueden llorar en el pecho de una mujer. Donde la realidad toma una dimensión nueva de posibilidades infinitas que rompe el rígido obrar de la Física. El sueño como una simulación de vida, donde actuamos ante hipótesis de situaciones que nos preocupan, que no son reales pero que podrían serlo. Nos da por tanto experiencia en aquello que aun no conocemos pero que podemos conocer en el futuro. El sueño está vetado para los pájaros. Dormimos pero no vivimos en el mundo de los sueños, navegamos por un río negro y oscuro, sin ver nada, esperando de nuevo el día. Abrir los ojos para renacer, para encontrarnos de nuevo en la ficción de nuestra propia vida.
            Cuando desperté y reanude la búsqueda de mi hogar, me paré para ver el lugar donde había pasado la noche.  Pude ver la coqueta fachada de piedra y las románticas rejas en los balcones. Junto a la puerta de la casa una luna menguante con un rostro risueño. Me había alojado, luego lo supe, en La Posada de la Luna, al abrigo de dos amantes desconocidos, que quizá como yo, estaban perdidos en la noche y se refugiaron en ese lugar encantado para amarse.
            Tuve que regresar primero a casa para avisar a Aristóteles, él seguía como lo había dejado en el sillón. Pero ahora en vez de tener cara de satisfacción por el éxito de sus pesquisas, mostraba abiertamente el rostro de la severidad. Me había comportado como un muchacho inconsciente y para colmo no había vuelto en toda la noche. Él había estado en vela (aunque no quería reconocerlo) esperándome. Se alegró de verme, pero no podía expresarlo. Estaba enfadado por mi precipitación, por mi salida urgente de adolescente. Se sentía como un padre que entiende los hechos, pero está obligado por su condición de tutor a reprenderlos. Me miró y finalmente dijo:
            -Creía que habías encontrado a tu chica y me habíais dejado tirado.
            -Me he perdido. Me desorienté y no supe volver anoche.
            Le conté lo sucedido como si en realidad tuviera que dar explicaciones a quien no tenía por qué tener ningún ascendente sobre mí. Pero no me costó demasiado reconocer que mi comportamiento había sido un poco alocado.
            -Esta vez saldremos juntos. Tú me seguirás a distancia por los tejados. No puedo permitir que me vean con un pájaro en el hombro. Bastante reputación tengo ya de raro para andar con esas. Y no puedo arrastrar el peso de la jaula todo el tiempo.
            Ni repliqué, no estaba en condiciones de hacerlo.
            Nunca he sufrido tanto de impaciencia. Nunca un camino me ha parecido tan largo y tedioso. Su paso era insufrible. Yo volaba un espacio y lo esperaba. A veces desde algún lugar le hacía señas como para decirle que avivara el paso. Tampoco podía gritar y que todo el mundo me oyese, pero era lento como las tortugas. Menos mal que bajó hasta la plaza mayor y desde allí por el coso alto fuimos acercándonos. Estaba ansioso por llegar, y como lo perros hacía pequeñas avanzadillas y retrocedía luego para comprobar que me seguía. Allí lo encontraba haciendo señas hacia el cielo como un poseso, diciéndome seguramente que no me adelantase. Con esas cuitas llegamos a la avenida Monreal, desde donde pude ver mi hospedaje de la noche anterior, aquella luna sonriente que parecía cucarme el ojo. Entrados en la calle empezamos a apreciar la espalda de la iglesia de María Auxiliadora, nos adentramos sin más en la calle del mismo nombre para buscar la cruz roja y ya desde lejos vi a Aristóteles que me hacía señas para que mirara adelante. Pude ver un bandera con la cruz, algunas ambulancias aparcadas con su misma señal y una puerta de garaje que llevaba el mismo distintivo. ¿Por qué le habría llamado tanto la atención a la golondrina esa señal? Era una pregunta que no íbamos a saber responder, pero tampoco nos importaba. Estábamos ahora en la zona, pero quedaba por aclarar cuál de las fincas podía ser la de Quica. Vi que mi compañero se sentaba en un banco en el lateral de la Cruz Roja. Acudí rápidamente para ver la estrategia.
            -La estrategia es primero coger aire. Estoy sin resuello. Además ahora te toca a ti. Yo estaré aquí estratégicamente situado a la sombra, por si veo pasar a la pareja de ancianos y tú buscaras por todos estos edificios.
            Una respuesta muy típica, a la altura de los grandes cínicos.
            Sólo esperaba que pudiéramos localizarla a través de alguna ventana. Si la golondrina pudo hablar con ella es porque la sacaban a un balcón o a una ventana, por tanto tenía que verla.
            -Te recomiendo que hagas una búsqueda ordenada y por tanto empieces por las calles de alrededor, mirando primero en las fincas, te dijo unas casas altas. Empieza por estas de aquí enfrente.
            Pasé la mañana de un balcón a otro, de ventana en ventana, primero en la calle donde Aristóteles se había sentado, luego las calles de atrás. Acudía de cuando en cuando a darle noticias, o mejor dicho a contarle que no tenía nada. Esperaba que él pudiera alentarme, darme palabras de apoyo y esperanza, pero mi maestro me daba pescozones, que le eran más propios.
            -Espabila que no tenemos todo el día. Tengo ya el culo cansado de estar sentado y todos me miran como un bicho raro por estar aquí tanto tiempo parado. Hasta ha venido un niñato a decirme si me había perdido y si podía ayudarme. Le enseñado el dedo más largo de mi mano.
            No sabía bien lo que me estaba diciendo, pero sabía que no habría sido una respuesta muy educada. Seguramente otra de las capacidades gráficas de los humanos. Era una ofensa para él que le tomaran por un inválido.

            Reanudé de nuevo la búsqueda y decidí cruzar la Avenida de la Paz para visitar unas fincas altas que se encontraban en el otro lado, entonces les vi. Salían del Pasaje de las golondrinas. No podía ser tanta casualidad. Las golondrinas nos habían orientado hacia nuestro objetivo y resultaba que vivían en una calle con su nombre. Huesca era sin duda una ciudad extraña. Me entraron las dudas ¿acaso estaba alucinando? Eran los dos ancianos que habían entrado en la tienda. ¿Estás seguro? Me dije a mí mismo. Absolutamente, o puede que el sol me esté ya afectando. No serán las ganas de encontrarlos, me decía. Pero eran ellos, me acerqué casi tanto que el viejo hizo un ademán con el bastón para apartarme como si fuera un mosquito pesado. No sabía que hacer. Yo no podía decirles nada. Seguramente se me hubieran muerto allí en el acto si un perico empieza a darles conversación. Me aseguré de la dirección que llevaban. Iban a cruzar la avenida e iban directamente hacia donde estaba Aristóteles. Menos mal porque cualquiera hace correr a mi compañero en pos de los dos ancianos.        (Continuará....)      

FIN DEL CAPITULO 6

domingo, 31 de mayo de 2015



     -En un tiempo remoto, en que los dioses de ahora aún no habían sido creados, vivió una mujer sublime en su belleza, princesa de Edom hija de Herodia que en su juventud no había sido menos bella. En ellas la belleza y la maldad eran tan perfectas que sólo mirarlas corrompía el alma. Herodes por entonces convivía con la madre, mujer de su hermano Filipo. Gustaba admirar a la muchacha bailar en su palacio, ver sus sugerentes movimientos, deleitarse con su cuerpo que se intuía a través de las sutiles trasparencias del vestido. Salomé sabía que aquel baile hipnotizaba a los que miraban, que anulaba su voluntad. Conocía el poder de su movimiento, envolvía como las serpientes a su presa hasta que le mordía e inyectaba el veneno. Herodes poseído por el ardor que provoca la pasión, ciego por la lujuria quizás, le prometió lo que ella deseara incluso la mitad de su reino si bailaba para él. Y tras la danza Salomé exigió su trofeo. No eran palacios, ni esclavos, ni joyas, ni oro. Pidió algo que sólo el odio o el amor pueden pedir. La muerte. Exigió a Herodes la cabeza de Juan el Bautista, un hombre tenido por profeta, de la misma familia que Jesús de Nazaret. Había sido apresado por Herodes debido a que temía su mensaje y su poder sobre las gentes, porque criticaba su pecado al convivir con la mujer de su hermano. Por venganza, instigada por su madre pidió Salomé su cabeza, que tras decapitar le sirvieron con una bandeja de plata. Aunque esta es la versión oficial, a mí sin me gusta más la historia de Oscar Wilde y sé que fue el amor, el amor no correspondido de Juan el que quiso vengar Salomé para arrancarle el beso que le negaba en vida.
            Yo que había permanecido momificado, agarrado por mis patas al palo de mi jaula, estuve a punto de caer. Desmayarme de emoción. Pero tras un silencio de Aristóteles recuperé el habla.
            -¿Por qué te interesa tanto Salomé? Es una mujer perversa. Por celos o por rencor arrebata la vida a un inocente, sin  un atisbo de remordimiento.
            -No es el acto de Salomé lo que admiro de ella. Es lo que representa. La historia está vestida con el ropaje que se desea para llevar al oyente un mensaje perverso. La maldad del deseo de lo inalcanzable. La destrucción que provoca la belleza, la mujer que hace perder la razón y se paga con la culpa del remordimiento de una cabeza ensangrentada sobre una bandeja de plata que pesará sobre la conciencia para siempre. Para mí, Salomé no es el deseo oscuro de llevarte a la perdición. Es la belleza de su baile, la armonía de sus formas que pueden hacerte perder el sentido, pero a la vez elevarte hasta el paraíso. Si te fijas en el capitel, mientras la bailarina es el movimiento, su cuerpo se contornea elegantemente con los brazos en jarras, en una postura casi imposible de contorsionismo, el músico permanece estático, hierático, ausente a la realidad. Ella está llena de vida, apunto de escapar del capitel, mientras el arpista permanece atrapado en la piedra en que fue esculpido, como el resto de las figuras de los capiteles. Salomé rompe con el misticismo para abrirse a la realidad, rompe con las figuras inertes y toma vida. Pese a que es representada como el pecado, el mal al que está abocado todo aquel que ceda a las tentaciones terrenales, para mí es la salvación. Ella representa a la mujer creadora, rompedora de moldes, la victoria de la luz sobre la oscuridad, del placer sobre el dolor de la vida. Es la representación del triunfo de la belleza sobre la fealdad. Acuérdate de los ángeles que estaban representados en el capitel, tu mismo me dijiste que te parecían grotescos. Ella en cambio te seducirá.
            -¿Cómo sabes que me seducirá? ¿Acaso olvidas que no soy un hombre si no un pájaro y esas formas no son para mí sensuales?
            -Verás en ella como yo veo a tu propia Salomé. Al amor por el que serías capaz de cometer cualquier barbaridad. A la que ofrecerías como Herodes hasta la mitad de tu reino si bailara para ti. Nosotros somos como Salomé una grieta en el firme muro de la realidad, quizá por eso nos seduce la historia de la mujer, de su osadía y su desafío. ¿O acaso no estamos incumpliendo nosotros todas las reglas de la lógica, persiguiendo el amor? Un pájaro y un viejo, persiguiendo un sueño...
            No pude dormir esa noche. No estoy seguro de si los pájaros soñamos, porque nuestro sueño es como un duermevela, un estado de vigilia amodorrada, un sopor. Pero si sé que esa noche me visitaron imágenes de periquitas de cuerpos exquisitos, cabezas cortadas de pájaros cuyos ojos me miraban, espadas y sangre junto a músicas embriagadoras. Casi perdí el sentido de cual era mi objetivo al día siguiente en que me dirigí con las primeras luces del día a buscar la figura de Salomé entre los capiteles de San Pedro el Viejo. Sólo tras verlo y comprobar, como decía mi maestro, que su danza rompía la monotonía del resto de figuras, recordé que debía emprender la búsqueda de mi Salomé, como la había llamado Aristóteles. 
          Pasaron días en que la emoción del inicio se convertía en el tedio de la cotidianidad. Seguíamos buscando pero no teníamos resultados. Empezábamos a dudar de nuestra estrategia.
        Somos capaces de soportar casi todo. Somos invencibles. Somos indestructibles aunque no lo sepamos, aunque creamos que no podemos resistir, resistimos hasta la extenuación. 
       Somos frágiles, somos delicados. Peleamos con fuerza, pero nos quebramos como el cristal. Soportamos el peso de la vida y nos fundimos con la emoción del alma. Somos fuertes y débiles. Nos hace fuertes el futuro y sólo nos debilita el tiempo, cuando el futuro se acerca y no encontramos nada allí.
             No puedo decir de las dos semanas siguientes, más que no existieron. No se puede contar nada donde nada existe. El tiempo fue perdido, no corrió o si lo hizo parecía moverse en círculos, como nosotros. Un espacio vacío, un borrón en la memoria porque lo que se anotó ya se había dicho. Sucedía lo que puede ser olvidado sin perder nada, aquello que no sucede y no deja huella. Es posible que suceda pero nadie lo ve. Si no es visto, no existe, porque nadie es capaz de hacerlo propio. Dos semanas de conversaciones estúpidas, de diálogos de sordos con pájaros que cada vez me resultaban más odiosos. Los presos ya no me daban lástima, no los hubiera ayudado a escapar aunque me lo pidieran. No sabían, no conocían, no habían oído, no habían visto... ¿Entonces que eran?. ¿Mamarrachos, muebles con voz, adornos con plumas? Si no veían, ni oían, ni conocían ¿para qué estaban? ¿Qué dios inepto les había dado pico, voz, ojos, cerebro? Los pájaros libres que encontraba vivían su propia historia, aunque es verdad que se ofrecieron a contarme lo que pudieran ver. Les conté a todos mi propósito, sin revelar mi amistad con el viejo o mi capacidad de hablar. La historia les conmovía, sin duda, me hubieran ayudado si se hubieran tropezado de bruces con alguna información. Otra cosa es que fueran a buscarla. Tenían su propia vida, su compleja vida de pájaros y no podían dedicarse a otros propósitos que el de sobrevivir.
            Cada día salíamos, yo por la ventana y él por la puerta, nos dirigimos a la búsqueda, pero volvíamos a casa con las manos vacías y las piernas cansadas (yo con las alas cansadas, que sirve para ambas). Aristóteles cada día más agotado, porque el círculo se agrandaba y era mayor el espacio a cubrir.
            Empezaba a sentir el desaliento, ese gusano que roe las entrañas sin apenas ser percibido, con silenciosos mordiscos, que van dejando huecos en el ánimo. Los dos sentíamos la misma angustia, pero no lo hablábamos, dejábamos que nuestras charlas fueran a lo filosófico. A veces lo profundo es un excelente refugio contra  lo esencial, lo necesario. El mundo de las ideas que permanece en las cavernas del conocimiento es tan banal como las sombras que son la vida cotidiana. Nos refugiamos en la entelequia para no hablar de lo básico. Discutíamos de la divinidad, de la justicia y la libertad, pero no hablábamos de la soledad que llenaba nuestras existencias. Huíamos de comentar la decepción o la tristeza por el paso del tiempo sin frutos. Un tiempo que para ambos corría a gran velocidad. Él por su edad y yo porque mi vida de periquito, necesariamente más corta, nos acercaba a un final sin alcanzar a nuestro objetivo. Quizá era bueno no hablar del desencanto, porque es posible que aquello no hubiera hecho más que ahondar en el dolor, sin ser útil, ni mejorar nuestro ánimo.
            Lo único que decidimos fue cambiar la estrategia de búsqueda. En vez de cubrir el espacio como círculos a partir de la catedral que nos servía como referencia y que conforme se hacían más grandes eran más difíciles de cubrir, lo haríamos tomando segmentos de un círculo mayor. Como las porciones de queso que había visto comer a Aristóteles. Cada día tomaríamos una de ellas, hasta completar el gran círculo. De forma que el camino a recorrer fuera más corto. Esta fue una idea de él, porque decía que sus piernas no daban para más.
            El hecho fue que bien por el cambio o por que las cosas deben suceder, la semana siguiente hubo un cambio significativo, un resultado, aunque en aquel momento no sabíamos si era útil. Tuvimos algo a que agarrarnos. Como muchos descubrimientos fue un poco casual. En una de mis charlas con los pájaros con los que me encontraba encontré una posible pista. Fue una golondrina quien me lo dijo, por lo que al principio no lo creí. Las golondrinas pese a que están muy idealizadas en el ideario de los humanos, son pájaros inconsistentes, poco fiables, muy variables en su criterio. De la misma forma que realizan acrobáticos juegos aéreos con una maestría y elegancia perfecta, con cambios de dirección y recortes asombrosos persiguiendo mosquitos. De la misma manera realizan increíbles piruetas con sus pareceres. Son alegres y charlatanas, pero mentirosas e imaginativas, tan creativas en sus fábulas que no es aconsejable creer todo lo que dicen. Que cruzan inmensos territorios, mares, buscando el calor de África. ¿Quién puede creerlas? Yo en una ciudad pequeña no puedo orientarme apenas y ellas van a cruzar países enteros y el mar sin tener puntos de referencia, sin perderse y sin morir fatigadas en un vuelo tan brutal. Ya estaba acostumbrado a oír sus historietas de niñas presumidas y entraba en su juego por ganarme la confianza. Aún con eso no pude pasar por alto cuando comento una de ellas que por el noroeste más allá de la catedral, había estado hablando con una periquita azul que era nueva en la zona.
            Le pregunté por el nombre. ¿Cómo que el nombre? ¿Qué nombre? Me decía aquella estúpida, no sabía nada de nombres. No existía aquella palabra en el mundo de los pájaros. Si hubiera tenido manos la hubiera estrangulado, la hubiera torturado para que me ofreciera la información que necesitaba y certificara que no era una invención más de las suyas. Como aquello no era posible y si se hubiera ido volando no la hubiese alcanzado ni en sueños, le pregunté con amabilidad:
            -¿Cómo puedo llegar a esa zona?
            -Ya te lo dije. Volando al noroeste, pasada la catedral hay otro edificio con un patio y cerca de allí unas casas altas. Se ve desde lo alto una señal roja.
            - ¿Qué es una señal roja?.
            -Yo sé lo que he visto, pero no sé lo que significa.
            Otra vez echaba de menos tener manos para estrujarle el pescuezo.
            Otra vez calma y voz melosa de amigo agradecido.
            -El edificio con patio ¿Cómo es?
            -Es un edificio muy grande. Entran muchos niños. Yo que sé.
            Dispuesto como estaba ya a lanzarme sobre ella, salió volando. ¿Qué puedes esperar de una golondrina? No pueden estar quietas y si además les preguntas asuntos que le son ajenos... Tienen cosas tan importantes en que pensar... como cruzar océanos..
            -¡¡Vuelve que quiero preguntarte algo más!!
            Se perdió mi grito en el espacio vacío. Maldecí a aquel ser, sin pensar que no tenía nada antes y quizá ahora con lo que me había dicho podría conseguirlo.
            Cuando llegué a casa, por la tarde, esperaba poder contarle todo aquello a Aristóteles. Regresé pronto, al entrar encontré al viejo derrumbado sobre el sillón, lívido, ojeroso, inmóvil. El miedo me paralizó. No podía morirse ahora, lo necesitaba y él abandonaba el barco. Me precipité hacia él, desesperado. Revoloteando en su cara como si pudiera resucitarlo con el aire de mis alas. ¿Cómo comprobar si estaba muerto o aún vivía? ¿Y en caso de que así fuera, qué podía hacer? Mi cerebro  era pura agitación, un violento choque de ideas, un furioso vendaval de emociones. De la misma forma que había volado la golondrina dejándome con la palabra en la boca, me quedaba mudo de espanto al pensar que había perdido a mi brújula.

PARTE SEGUNDA. Las aventuras de un buscador

sábado, 23 de mayo de 2015


Capitulo 6.
“Nada cambia. Todo se desvanece”

            Allí estaba yo encaramado a la ventana. En el tiempo donde la noche y el día se disputan el triunfo. Cuando el sol libera su luz asomando tímido por el horizonte. Cuando la mañana fresca augura un día caluroso pero que invita a sumergirse en la vida, no quedarse al margen.
Allí estaba yo encaramado a la ventana.
            Cuando el tiempo no significa más que una lucha por llegar a la meta, pero a la vez el tiempo es irreal porque no atraviesa la barrera del presente. Un tiempo indefinido en que se mira al mundo con la desconfianza que se mira a un extraño. Allí estaba yo inmóvil en la ventana mirando el espacio que quedaba bajo mis patas. Una ciudad desconocida, casas, tejados de gente extraña, calles, iglesias, patios y jardines que no eran mi mundo, que hasta ese momento no habían sido mi mundo, pero que ahora si lo eran, o quizá no. Allí en las alturas, desde la ventana de un segundo piso de la plaza de la Moneda, viendo la calle Desengaño como una premonición, un aviso, un sarcasmo del destino. ¿Había sido casual que el viejo hubiera ido a vivir frente a la calle Desengaño? ¿No había en toda Huesca otro lugar más acogedor para un anciano que aquel piso sin ascensor?
            Allí desde la ventana, inmóvil, como un pájaro disecado, contemplaba la ciudad que amanecía, veía mi futuro incierto. Es posible que en aquel momento en que clavado sobre el alfeizar de la ventana no mirara nada, o mejor no viera nada. Sólo estaba allí cumpliendo un ritual, celebrando una libertad que no lo era, o que si lo era no sentía. Los momentos que la vida retiene en la memoria nunca son los momentos más importantes. No siempre son nítidos paisajes. Los elige porque imprimieron en el cerebro la imagen que certifica tu paso por aquel tiempo. Esa imagen era yo, allí en la ventana, estoico, como un fantasma que acechaba la ciudad que despertaba.
            Cuando el sol elevo su rostro y el brillo de su luz penetró en mis ojos, tuve que dejar de mirar y los abrí para verme allí encaramado a la ventana. Entonces comprendí que no debía pensar si no actuar. Volar y buscar a Quica.
            Desde la pajarera, desde mi infancia cuando aprendí a volar, no me había lanzado desde una altura para iniciar el vuelo. Ahora veía el precipicio de la fachada, con las calles abajo y no sabía si era capaz de recordar el vuelo de un pájaro libre.
            Es fácil acostumbrarse a la esclavitud, la indolente comodidad de quien sabe que no puede decidir su vida. Esa docilidad impuesta o asumida que permite un tránsito dulce-amargo, la indiferencia ante el mundo de quien se sabe al margen. En la libertad, el dolor, el desprecio, el miedo, el deseo, la felicidad, todo lo que la vida ofrece está en nuestras manos (en mi caso en las alas) y tenía que volar.
            Cerré los ojos y me lancé al vacío, ellas se movieron solas, como si hubieran estado años esperando esta oportunidad de demostrar su propósito. Cuando abrí los ojos estaba sobre los tejados, ascendiendo por la calle Desengaño y veía ya la torre de la catedral. Empecé entonces a ver que la altura, el poder que da la altura, sería siempre mi poder. Que los pájaros podemos ver desde el cielo aquello que los hombres imaginan en sueños. Tuve que detenerme en uno de esos tejados para tomar aliento y sentir que mi corazón de periquito que corría veloz en reposo, galopaba ahora en mi pecho. Me hizo sentir vivo de nuevo. Sólo con Quica se había desbocado como ahora. Y cuando me detuve, me vi a mí mismo allí encaramado a un tejado pero dueño de mi destino.
            Volví de nuevo a  la ventana para hablar con Aristóteles. Necesitaba contarle que estaba vivo, que su libertad no me había matado de emoción, que había vuelto a notar vibrar las cuerdas del impulso de vivir.
            Teníamos que establecer la estrategia de búsqueda. Tomaríamos como centro la plaza de la catedral y empezaríamos a buscar en círculos concéntricos. Debíamos tener cuidado en que no pasase desapercibido ningún espacio. Ser meticulosos en el examen de cada casa, de cada patio. Yo lo haría parándome en las ventanas y mirando a su través, escrutando los rincones. No llamaría la atención porque había otros pájaros como yo que desde que amaneciera iniciaban sus viajes a ninguna parte, hablándose en trinos y gorjeos. Abejarucos, ruiseñores, tordos, zorzales, alondras, gorriones, vencejos, chorlitos, todos aves de paso. Mezclado entre zureos de palomas y tórtolas, gritos de aviones y las golondrinas que cazaban si cesar en aquellos acrobáticos vuelos que yo admiraba. No era más que un extraño en aquel mundo nuevo. Un periquito que no pertenecía a aquel paisaje pero que no destacaba en la algarabía de la mañana.
            Aristóteles pasearía las calles de manera que pudiese encontrarse con el matrimonio que  compró a Quica, entablar con ellos un dialogo y la recompra del pájaro que por error le vendieron en la tienda de animales.
            Pasé la mañana en aquel tedioso oficio de buscador, de quijote enajenado, de voyeur improvisado mirando por ventanas y balcones, asomándome a vidas ajenas hasta que el sol fue calentando mi cuerpo. En cada parada sentía el aleteo de mi corazón que se aceleraba. ¿Podría encontrar a Quica? ¿Y si la viera que haría? No lo sabía, pero lo primero era encontrarla. Es verdad que algunos pájaros estaban en sus jaulas a la sombra en los patios o ventanas, cantaban músicas evocadoras de sueños que quizá sólo habían escuchado a otros. Eran como hasta entonces yo había sido, esclavos sin saberlo. Hablé con ellos, les pregunté por Quica. Ninguno podía darme información, vivían en el reducido mundo de sus casas, sin más contacto que el de sus propios amos y ocasionales visitas de pájaros libres. No envidiaban esa condición, si les hubiese abierto la  puerta de la jaula se hubieran quedado. ¿Qué puede ofrecer el mundo a un pájaro que no sea otra esclavitud diferente a aquella? La necesidad de buscar cada día alimento, la de volar evitando caer en manos de nuevos amos, huyendo de los gatos, esquivando peligros en una ciudad llena de ellos. La mayoría preferían esa confortable sumisión, la vida regalada en hermosas jaulas a cambio de sus trinos. No entendían como yo había escapado de la paz, para buscar a alguien que probablemente no me esperaba y no querría venir conmigo en esa absurda aventura. La historia se repetía tanto en machos como en hembras. Los afortunados que vivían en pareja tenían un motivo más para quedarse, notaba como mi conversación casi les molestaba por innecesaria. Por más que no fueran de gran ayuda no podía dejar de entender su punto de vista. No gasté el tiempo en mostrarles otros caminos, como hacía tiempo ya habíamos hecho en la pajarera. No entoné cantos libertarios como los de nuestro jilguero en la tienda.
            Aunque bebí varias veces de los pequeños posos de agua que quedaban en las fuentes, el castigo del calor y el cansancio fueron los acicates para volver a casa, al refugio que de momento tenía.
Vi la ventana abierta, la vi con otros ojos, con los ojos del hijo pródigo que espera ser recibido con alegría. Volvía a casa por propia voluntad, como un ser libre. Aunque a la vez volvía porque era un lugar donde encontrar comida y seguridad. Entré a mi jaula a comer y beber, a resarcirme de la jornada, que había sido parca en resultados pero generosa en sensaciones. Reposé sólo en la barra, dormitando hasta que Aristóteles volviera y poder contarle mis andanzas de Quijano.
            A la caída de la tarde llegó él, cansado, era un viejo que otrora había sido un hombre vigoroso, pero había agotado su tiempo y sus fuerzas. Él también había estado recorriendo las calles, había entrado en las tiendas, panaderías y ultramarinos para tratar de encontrar a los nuevos dueños de Quica. Había comido con su hijo después de visitar la tienda y juntos habían estado en el médico. Su hijo se empeñó en acompañarlo y en que lo visitara. Era un amigo suyo. Tras la visita, su hijo insistió en que fuera a vivir con él, estaba demasiado mayor para vivir sólo. Imaginaba que el pronóstico de su amigo no era muy optimista cuando su hijo le invitaba a su casa. Él ya lo sabía. Tuvo que sacar al cascarrabias que habitaba en su interior para evitar aquel error. Finalmente su hijo entre enfadado y aliviado cedió. Venía exhausto, las batallas contra la vida le cansaban más que los escalones de su casa. En el momento de entrar en la vivienda sin embargo un amago de sonrisa asomó a su cara. Quise ver una sonrisa donde es posible que sólo existiera un rictus de contrariedad, de inquietud, al verme en la jaula. No le pregunté, los dos necesitábamos hablar de otros asuntos. Lo dejé que recuperara el aliento, que desde su sillón encarado a la jaula y la ventana, tomara fuerzas para contarme sus descubrimientos, si es que los había, y sobre todo para que escuchase mis historias.
            Los dos convenimos que aquella estrategia, aquella búsqueda era la más útil, que más pronto o más tarde daría sus frutos. La Esperanza, aquella virtud perdida en el fondo de la Caja de Pandora, era ahora nuestra bandera. Él que había renegado de la esperanza como de un apestado. Él que la veía como el refugio de los débiles. Ahora alentaba la empresa de esperar, de no perder la Fe en nuestro proyecto.
            Aquel hombre, ateo beligerante que trataba de repudiar a Dios como a un leproso, ahora ejercía de penitente, de apóstol, predicando para mi la Fe y la Esperanza. Sólo me quedaba saber que mi liberación podía ser fruto de la Caridad. Las tres virtudes teologales al servicio de un católico renegado. Le hice ver la contradicción de aquella situación. Con tono sarcástico le lanceaba para molestarlo, pero a su vez para entrar definitivamente en la vida de aquel viejo sabio, resabiado por la vida.
            Primero explotó, enfurecido por la ofensa, quedó pensativo y estalló en una risa que me asustó más que la diatriba que previamente me había lanzado. Éramos una pareja extraña. Un periquito socarrón que no podía reírse más que de sí mismo. Un anciano ateo que lanzaba anatemas contra un pájaro charlatán. ¿Cómo es posible que la vida nos ofreciera paradojas tan ocurrentes? ¿Es posible que sólo seamos títeres cómicos de una ópera bufa y que la vida no sea más que esa representación? ¿O que estemos en manos de un sádico que se divierte a nuestra costa?
            Los dos acabamos riendo. Bueno más bien él reía, yo imitaba la risa. Los periquitos podemos imitar el canto de muchos pájaros y la risa es como un canto, o un llanto. Pero de la misma manera que no podemos llorar, no podemos reír. La risa no es la cualidad que más echo de menos entre mis carencias. La risa alivia la tensión, produce una especie de endorfinas, como el ejercicio. La risa puede ser también la forma de escape al miedo, a la inseguridad. La risa que borra lo oscuro, le da brillo a la negrura de la vida. Tiene poder, sin duda, como la palabra, como la súplica, pero teniendo la palabra no es necesaria la risa. Porque la risa es una especie de lenguaje sin palabras, pero que sucede a la palabra, por tanto se supedita a ella. Los mimos hacen reír sin hablar, lo conozco, los he visto con sus caras pintadas, creando un mudo discurso que inspira risa o pena. Por que en los hombres la palabra existe también en el gesto. Se puede decir mucho sin hablar. La boca, los ojos, las manos son como gargantas mudas que producen frases, poemas, maldiciones sin un sólo sonido. Un periquito tampoco puede gesticular, otra contrariedad, pero en cambio puede volar.
            Cuando la risa acabó, estábamos allí, cada uno en su lugar, mirándonos sin acabar de creer lo que veíamos, sin dejar de necesitar que fuera cierto. Los dos en el mismo barco, en la misma empresa. Sólo un día de búsqueda, pero vacío ¿Cuántos más quedarían?  Hasta cuando podíamos seguir con aquel plan.
            Todos los días parecían iguales, volvía a la tarde, siguiendo el rastro de San Pedro el viejo como me recordaba cada vez Aristóteles. Sería porque él también era un viejo y la iglesia le resultaba especialmente simpática. Una de las tardes con el sol coloreando en ocres los colores de la piedra, decidí pasarme por aquel templo que parecía una pobre parroquia avejentada, como su nombre. Me paré en uno de los árboles de la plaza, confundido mi verde con el de las escasas hojas que empezaban a brotarle a aquel árbol. Frente a mí quedaba la puerta arqueada sobre la que estaban escritos antiguos lenguajes que lejos de mí pretendía entender. Veía sobre el arco la figura de dos seres alados que sostenían una esfera con dibujos, miraban de frente con sus ojos saltones ¿me estaban mirando, o miraban a aquellos que entraban como reclamando su atención? No podía apartar la vista de aquella mezcla de pájaros y hombres que sostenían el ojo redondo con un mensaje que debía ser leído al penetrar en el templo. Yo había visto ángeles en imágenes, pero siempre resultaban seres imaginarios perfectos, rodeado de nubes, aureolados por una especie de divina virtud que los convertía en semidioses. Tan bellos, tan perfectos que dejaban de ser creíbles. Pero allí había dos hombres con rostros grotescos, dos figuras claramente imperfectas. De sus cuerpos nacían dos alas que parecían a punto de iniciar un vuelo. Era posible que aquellos seres, hombres-pájaro, hubieran existido alguna vez. Que mensaje portaban en sus manos. Lo preguntaría a mi maestro particular. Ese día tenía algo de qué hablar con Aristóteles que no fuera de la búsqueda.
            No entendí todo lo que me contó del Crismón, el símbolo representaba las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, junto con el alfa y omega que representan el principio y el final. Aquel dibujo era la representación de las bases del cristianismo. Todo un ensayo de teología reducido a un dibujo. Una representación del Dios, uno y trino que sólo un humano es capaz de comprender. Aunque tampoco mi contertulio era un convencido de aquel mensaje. Lo que realmente envidiaba era la capacidad de simbolizar, de resumir a un esquema, a un signo, una ley, una religión. Los hombres eran capaces de realizar las más grandes obras en el lenguaje. No se limitaban a hablar, a gesticular, eran capaces de escribir compilando el saber en una representación gráfica. No abría el pico ni para respirar, era tal la emoción que me contenía que sólo salí del encantamiento cuando me dijo:
            -¿No vas a acabar profesando la Fe de Cristo? porque no creo que pueda convencer a ningún cura para que te bautice.
            -Te burlas de mi, pero sólo admiraba la capacidad de entender un símbolo, la envidia que me produce, la emoción de poder explicar en una imagen una historia.
            -Los hombres eran entonces, tan incapaces como tú de leer las Sagradas Escrituras, eran los ministros de Dios quienes les explicaban el mensaje de la Iglesia. La pintura y la escultura han hecho mucho por el clero. Les han permitido llegar a los iletrados, para que resultaran tan crédulos como tú. Para creyesen en aquel mensaje divino enrevesado, adornaban la palabra de su Dios de historias llenas de personajes fantásticos. Hermosos, malvados, perversos, santos. Pocos de ellos eran gente normal, todos ellos se dejaban seducir por el pecado o bebían de la santidad en sus actos, obraban actos milagrosos, increíbles, sólo al alcance de los elegidos. Los humildes, los profanos, como tú, quedaban fascinados de vidas tan maravillosas, lejos de las suyas, mundanas y sometidas a las necesidades. Esa es la base de la Fe. La ilusión, la fantasía, el milagro, la redención, la esperanza en un futuro glorioso. No existe ninguna religión que no cree sus propios héroes y villanos, sus palacios, sus cielos e infiernos. Es justo maravillarse de aquel símbolo del Crismón, lejos de su significado, su concreción y su belleza es admirable. Yo también he pasado algunas tardes admirando aquel pórtico. Sólo cuando pienso en las vidas malgastadas por aquel mensaje, cierro los ojos y huyo de su poder de atracción, de su magnetismo.
            -Sólo hablas de las vidas malgastadas por un mensaje que habla de amor. Supongo que habrá habido alguna que se ha salvado por mediación de ese mensaje de fraternidad.
            -Los tontos como tu y yo vivimos el amor sin necesidad de dios o hicimos que Dios fuera para nosotros el otro. No somos ni más ni menos santos que los curas, los imanes o los rabinos. Pero como veo que te fascinan las historias de los hombres, te contaré la que en verdad más me gusta a mí. Cuando vuelvas a San Pedro el Viejo, mira en su claustro. Las columnas están rematadas en su parte más alta dónde se sujeta el arco por capiteles, son bases labradas de imágenes. Busca la de Salomé, la bailarina que se contonea al son de la música del arpa en un gesto provocador, sus cabellos caen como desprendiéndose, formando toda ella un arco. Escucha la historia que cuenta.
            Empezó entonces a contarme como si de un niño se tratara, la historia que le apasionaba, porque mientras la narraba cerraba los ojos como queriendo ver a la bella Salomé en su danza. O quizá recordando a su mujer, Inés, su musa.
           CONTINUARA...