OLVIDO

domingo, 18 de marzo de 2012

Su vida había trascurrido sin sobresaltos, discurría con la tranquilidad de un río cuyas aguas descienden mansamente en tierras llanas. Si se paraba a pensar no recordaba ningún momento especialmente tormentoso. Bien es verdad que su carácter era el de una optimista nata, siempre mirando la vida con un sentido positivo.

Era así y no puede decirse que fuera un mérito, no era una posición ensayada, premeditada o que hubiese cultivado con los años. La vida la había tratado bien y no podía ser desagradecida. Era una mujer afortunada, esto lo decía y lo sostenía ante los agoreros profesionales que se empeñan en lloriquear a nuestro alrededor. Poseía todo aquello que siempre hubiera soñado. Ahora que los tiempos eran grises para mucha gente, ella disfrutaba de una aparente normalidad. Tenía su trabajo, su marido, su hijos y una situación económica que sin ser boyante era bastante holgada.

A pesar de las dificultades de su familia, sus padres habían conseguido darles estudios a ella y sus tres hermanos. Desde pequeña recordaba haber sido una buena chica que no había cometido grandes tropelías. Casi se lamentaba de haber sido tan correcta, tan obediente, no haber cometido alguna pequeña locura que pudiese ahora esgrimir como testimonio de que también había sido joven. Incluso cuando conoció a su marido, el único novio que tuvo, la relación se había mantenido dentro de unos razonables límites en lo que se refería a acercamientos y tocamientos. Tan comedida, tan puritana, resultaba anacrónica incluso para sus amigas. Había estudiado en un colegio de monjas, pero muchas otras chicas que habían compartido estudios con ella, misas, rosarios y doctrina moral en aquel colegio, se habían comportado como auténticas devora hombres.
Después continuó los estudios en el instituto público donde conoció a Vicente y finalmente aprobó unas oposiciones a Secretaria de Juzgado.

Su buen carácter junto con su aplicación en el trabajo le habían granjeado la simpatía de los compañeros, que veían en ella una mujer modélica. Llegaba con puntualidad a su puesto y no le molestaba el trabajo duro entre las montañas de expedientes y de causas que se acumulaban en los despachos. Nunca había puesto objeciones si por necesidad debía quedarse algunas horas fuera del horario laboral.

Las tardes eran para ella un espacio de libertad, compartida con las tareas de la casa y de su hijo aún pequeño. Aquellas obligaciones no le suponían una carga, no veía en ellas la esclavitud del ama de casa, ni se sentía presa por su familia. Quizás había heredado aquello de su madre, una mujer conformada con lo que la vida le había ofrecido y orgullosa de haber hecho que sus hijos fueran más que ella. Su madre siempre decía esta frase, pero ella pensaba que sus padres habían luchado más que ella y tenían más valor porque habían sido capaces de levantar una familia desde cero, con el trabajo duro. Ella limpiando casas y él en la fábrica de calzado, dedicando todo su tiempo a un sólo propósito, los hijos. Se sentía tan orgullosa de ellos como lo estaban ellos de su única hija. Había aprendido de sus padres la prudencia como norma de vida. La contención, la neutralidad, el equilibrio, la virtud del término medio, la evitación de la pasión en el amor, en el discurso, en la opinión. Todo ello la había modelado como una persona incapaz de ofender, con ningún afán por medrar a costa de los demás, sensata, cauta y callada. Como decía su madre de la boca sale antes la necedad que la virtud. Aunque sabía que el mundo no compartía sus principios, estos eran los que inculcaba a su hijo. Esta era su biblia particular, su código moral y también se enorgullecía de ello.

La armonía de la vida es una quimera, vivimos en un sueño tejido con nuestros deseos. Somos lo que creemos ser, olvidando que en nuestro interior existen otros yo, pulsiones que tratamos de esconder porque no se ajustan a nuestra imagen de nosotros mismos. Somos parte verdad y parte ficción. Construimos una identidad compuesta de los retales que vamos tomando a lo largo del camino. Tratamos con esos pedazos que vamos recogiendo de ocultar aquello que no nos gusta que se vea y bordamos con hilos de color las virtudes que nos atribuimos para que todo el mundo las admire. Pero a pesar de todas las precauciones la vida siempre es capaz de sorprendernos.
  • Desearía hablar con doña Olvido Giménez Montes. Le llamo del Ayuntamiento. Hemos recibido una notificación sobre su abuelo.
  • Creo que se han equivocado. Yo soy Olvido pero no tengo abuelos, los dos murieron y no llegué ni a conocerlos.
  • Mire le hablo de Dº Vicente Montes Antón, por los datos que figuran en nuestros archivos su abuelo fue un represaliado de la Guerra Civil. Nos han informado que tras la exhumación de restos de una fosa común abierta tras las investigaciones incoadas por aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, se han hallado los restos mortales de varios hombres y mujeres entre los que están los de su abuelo. En el archivo se encontró el documento que incluye una lista de ejecutados el día 26 de marzo de 1942 y figura el nombre de su abuelo. Sólo queda el trámite de realizar una prueba de ADN para confirmar su identidad.
  • Pero nosotros no hemos solicitado la apertura de ninguna tumba, yo no sabía que mi abuelo había muerto de esa manera, nunca nos lo dijo mi abuela. Además no estamos interesados en lo que pasó hace tanto tiempo.
  • En cualquier caso, estamos en la obligación de ofrecerles la posibilidad de enterrar a su familiar si ustedes lo desean. Nos hemos dirigido a usted porque nos parecía más oportuno comunicarlo a una persona joven de la familia y evitar causar algún daño a su madre con la noticia.
  • Si claro, se lo agradezco sinceramente, hablaré con mi madre y nos haremos cargo. ¿Donde se encuentran los restos?
  • En el cementerio de la localidad de donde procede su abuelo y donde fue fusilado.
Fusilado, aquella palabra sonó como una descarga de fusil sobre ella. Como si se repitiera en sus oídos la escena que ocurrió en aquel oscuro lugar. La despertó a la realidad, estalló en medio de un mar de tranquilidad como el impacto de un obús, formando olas que iban llegando a modo de imágenes que no acababa de perfilar. Cómo podía imaginar que aquel conflicto lejano, que ella no había vivido y que había ido conociendo por libros, documentales, reportajes que siempre acababan aburriéndola, no había estado tan lejos de su familia. ¿Cómo su madre nunca le había contado la verdad de lo sucedido? ¿Porqué se había tejido un manto de silencio sobre la muerte de mi abuelo? ¿Porqué habíamos hecho desaparecer la figura de mi abuelo como el humo de los fusiles que lo mataron?

Cuando le conté a mi madre que se habían recuperado los restos de mi abuelo, su padre al que casi no recordaba, del que había perdido la noción de su existencia, no lloró, no dijo nada. Su silencio fue tan elocuente como lo que más tarde me contó.

Siendo ella niña vivían en una masía a las afueras del pueblo. Eran medieros de un rico terrateniente, cultivaban sus campos por un salario y mantenían la casa ordenada para cuando los amos venían en vacaciones con la familia. Entonces pasaban de la labranza de los campos y el cuidado de los animales, a hosteleros. Cuando acabó la Guerra y los nacionales fueron los vencedores, el trabajo en la casa se multiplicó durante las vacaciones y atendían también a los militares amigos del amo de la finca. Venían con sus familias a pasar algunas semanas, con sus coches nuevos, con sus hijos siempre limpios, con la ropa nueva de los domingos que era para ellos la de diario. Durante el invierno vivían solos en la casa. Sólo recibían la visita ocasional durante la noche de unos hombres que venían de la montaña, sucios, hambrientos, con las armas en los cintos. A ella le daban miedo, sólo los veían a través de las rendijas de la puerta de la habitación donde la encerraban a ellas con sus hermanas. Mi abuela les preparaba la comida, mi abuelo hablaba con ellos mientras cenaban alabando siempre la comida que les preparaban. Cuando acababan, mucho antes de que amaneciera volvían al monte dejándole a mi abuela el dinero por la comida.

“Una mañana vinieron hombres con fusiles, vestidos con camisas azules. Yo pensé que eran amigos del amo de la finca, porque sus amigos vestían igual. Se llevaron a mi padre y no volví a saber nada más de él. Quedamos solas en la finca mi madre y tres niñas pequeñas, no podíamos llevar la carga de trabajo que suponía. La despidieron por haber colaborado con aquellos maquis que venían a cenar a casa, la señora de la casa le dijo que habíamos tenido suerte de que ella creyese en Dios, porque merecíamos otro castigo peor.

Nos fuimos a la ciudad, mi madre pensó que era el único lugar donde podríamos vivir sin ser señalados por ser rojos. Nunca más se habló en casa de todo aquello, ni nos dijo que había sucedido a mi padre. Hubo un pacto de silencio. Nada podíamos hacer para devolver a mi padre, para devolvernos nuestra vida. Era mejor asumir que las cosas habían ocurrido así y debíamos conformarnos. Mi madre nos enseñó a no quejarnos, a trabajar y mirar a delante”.

Tras aquella historia, que para mí surgía del más oscuro de los desvanes de la familia volvió el silencio. El no saber que decir tras despertar a una realidad nueva. Como si el mundo de pronto hubiera cambiado y existiesen nuevos elementos para entender lo que hasta ahora había sido evidente. Sólo dijo: “ Si hija mía, recogeremos al abuelo y le daremos sepultura”.

Quizá ahora que veía más cerca su muerte pensó en la de su padre. Aquel desconocido que había pasado por su vida como un recuerdo fugaz, apenas como un sueño sin haber llegado a tomar forma, a adoptar su papel de padre, porque se fue cuando más lo necesitaban. Había desaparecido y nunca se habían parado a pensar porqué las dejó. No lo hicieron porque su madre les ordenó seguir adelante con la venda en los ojos, ciegos para ser felices, o algo así. Ahora quería verlo, tenerlo en sus brazos, enterrarlo, dejarlo reposar para poder descansar y poder evocar su recuerdo sin dañar a nadie, sin desobedecer el mandato de su madre.

Desde que le tomaron las muestras para el cotejo del ADN hasta que llegaron los resultados se tejió de nuevo un manto de palabras sueltas, de frases convencionales, que trataban de evitar aquel “contratiempo”, aquella incomoda verdad que había dormido esperando que alguien la destapara. No me contó nada más de aquellos días. Pensé que quizá ya lo había dicho todo, que en su memoria no existían más recuerdos porque habían sido borrados. Haciendo honor a su nombre, el olvido había sido su forma de enfrentarse a una realidad impuesta. Se habían convencido que no podían enfrentarse a hechos consumados desde la inferioridad del débil, del perdedor y existía un acuerdo tácito de eliminar aquel tiempo. Pero yo despertaba ahora a aquella verdad que me abría los ojos para entender como éramos, como se había forjado nuestro carácter. Eramos hijos de aquel destino que mi abuelo halló en una fosa común.

Fuimos al cementerio a por los restos. En su entrada tras la empinada cuesta destacaba sobre el muro blanco una frase junto a la cruz “ La vida no termina, sólo se trasforma”

¿Y la muerte, la muerte se trasforma?

Se trasforma en un acto impúdico cuando ocurre a manos de otros. Acaso la muerte no transforma al muerto en víctima y al asesino en verdugo, creando para siempre un vínculo inseparable. La muerte es parte de la vida, pero no todas las muertes son iguales. Hay muertes que son la culminación de una vida, lo que le dan sentido. Engrandecen al hombre que la vivió, hacen perdurar su recuerdo. El recuerdo es nuestro vínculo con el pasado, nos da la eternidad, nos hace dioses inmortales. Otras en cambio sólo sirven para ocultar la existencia de su propietario, borrarlo por siempre. No sólo acaban con su vida, sino con su recuerdo. Lo transforman en humo, en niebla, en una bruma que se desvanece y que sólo se espera de ella que desaparezca para dejar paso a la luz. Se le arrebata la posibilidad de ser y de haber sido. Se muere para siempre sin posibilidad de réplica, sin poder apelar al Dios de los hombres para redimir su causa. Hay muertes que se entierran y como decía la frase del cementerio, la vida se trasforma.

Se transforma en NADA. En silencio, en olvido.

Por eso fuimos a por los restos de mi abuelo, quizá fue por eso o por la necesidad de recuperarnos, de recoger los pedazos de nuestra vida que habían quedado desparramados en el trascurso de nuestro camino ciego hacia la felicidad. Fuimos juntas para honrar la memoria de un hombre que casi no existió, que estaba a punto de desaparecer con el último rayo de esperanza, la de su hija mayor que aún quedaba con vida para dar testimonio de su presencia en el mundo. Fuimos movidas por la inercia del respeto, por la lealtad a la sangre, por el fino hilo que aún nos unía a aquel desconocido. No queríamos con ello devolver al mundo su equilibrio, no pretendíamos instaurar una suerte de justicia divina que cerrase el círculo de nuestra existencia, sólo queríamos recuperar una parte de nosotros mismos perdida en la noche de los tiempos. Nuestro paso no era firme, era una marcha cansina hacia un fin necesario que no habíamos buscado.

Los trámites de identificación y de recepción de los restos no se salieron de un protocolo burocrático que estaba lejos de inspirarnos ninguna emoción. Aquella misión aceptada como una carga, deseábamos que fuera un trámite para retomar nuestra vida, saltando el obstáculo como un contratiempo que no supusiera ningún impedimento para seguir con nuestra normalidad.

La caja era un recipiente de plástico oscuro con cierre de presillas que cabía perfectamente en el maletero del coche y a la que ya habíamos buscado el correspondiente permiso para su enterramiento en nuestra ciudad.

Durante el viaje de vuelta no hablamos, el mismo silencio que se había mantenido durante años nos acompañaba en aquel viaje. Era como si todas las palabras que tuviéramos que decirnos estuvieran contenidas en aquella caja negra. No era dolor, no era tristeza, no era duelo, pena, aflicción. Ni era complicidad en el silencio, ni deseo de callar. Era la imposibilidad de expresar con palabras aquel sentimiento de impotencia, de hurto de una vida que había quedado incompleta.

Al llegar al nuevo cementerio nos cogimos de la mano, juntas abrimos la caja y juntas cerramos los ojos frente a un futuro que no podía ser el mismo después de aquel día. Al abrir la urna vino un escalofrío que sentimos como el abrazo de un muerto, como el reencuentro con quien nos había esperado desde hacía más de 60 años, allí en la tierra húmeda, agarrado a la esperanza de despedirse de su familia. Nos sentamos en el banco de madera, dejamos la caja en el suelo y me adelanté a tomar en mis manos la calavera. Aquel cráneo era como los que había visto muchas veces en la televisión, en el cine, en los libros. Sus órbitas miraban al vacío, la mandíbula desencajada de la articulación se abrió como en una carcajada, como en un grito cuya voz se escuchó quizás en otra dimensión.

Reproducimos a veces algunos actos que puede que residan en la memoria colectiva, porque me vi como Hamlet alzando aquel hueso preguntándome quienes somos. En ese acto quizás mimético se contiene la filosofía de mirarnos frente a frente con nuestro destino, con nuestra esencia. Lo que somos, lo que seremos está en la calavera, en aquella urna que contuvo las ideas, las pasiones, los ideales, todo aquello que nos hace sagrados ante la Creación.

Aquel Sancta Sanctorum de nuestra alma, si es que el alma puede residir en algún lugar, me devolvió a los años en que fue profanado. En aquel cráneo, con paredes suaves y lisas en su bóveda, pude ver como se rompía la armonía del mundo, aparecía un blasfemo orificio que horadaba su hermosura. El agujero de la bala que acabó con la vida de mi abuelo, quizá el tiro de gracia, ese cínico término que ejecuta el verdugo como expiación de su culpa, como último acto de humanidad, de una humanidad violada en el asesinato previo. Ese borrón en la inmaculada blancura de la calavera, ese oscuro círculo que se abría en aquellas paredes, ese disparo, lo percibí en mi propio cráneo.

Se abrió un abismo bajo mis pies y caí en el vértigo del desamparo, me sentí huérfana por primera vez. Sentí la desolación de mi madre, de mi abuela, de mis tías ante un destino al que las llevaron maniatadas, con la venda en los ojos, como un reo ante el cadalso. Como un inocente ajusticiado que aún no sabe como ha podido ocurrir, porqué absurdos designios se ve abocado a la infamia. Fue una caída al vacío, notaba como mi cuerpo perdía la gravidez y descendía en un remolino. Compartí el horror de mi abuelo en aquel instante en que se le privaba de su condición de individuo, anulándolo, impidiendo que su más profundo deseo pudiese albergar alguna esperanza. Quizá en aquella cabeza tiroteada se fijó el instante en que pensaba en la familia que había dejado abandonada, desprotegida. La pena insoportable de no poder verlos, abrazarlos, decirles cuanto los quería, cómo habían sido el único motor de su vida. Esa calavera contenía ahora alojada en su interior la bala y la idea. Era la prueba de vida de un ser que apenas fue y al que arrebataron su derecho a ser. Comprendí que en aquel fusilamiento estábamos también nosotras dos, como espectadoras a distancia. Y que ese aciago día en que fuimos separadas de nuestros orígenes no podía ser barrido por el viento de los tiempos. Lo que en aquella cabeza había sido pensado, amado, soñado, no podía quedarse en el olvido. Decidí recuperar la memoria de mi abuelo, hacerle volver, darle su dignidad mancillada.

Emprendí la búsqueda en los archivos de los expedientes de aquellos hombres y mujeres asesinados. Quería reconstruir sus últimos días, encontrar los motivos que llevaron a mi madre a la orfandad. Las causas que llevaron a aquellos militares franquistas a matar a un hombre. Quería entender como una sociedad basada en preceptos religiosos, dirigida por hombres de profundas convicciones católicas de las que hacían alarde como prueba de su virtud, trasgredían toda ley moral de su religión, golpeaban a su Dios con la culata de sus armas.

Leí la crónica de la guerra contada por unos y otros, las consignas de los mandos militares que animaban a sus correligionarios a la lucha contra la insurgencia, contra el marxismo malévolo. El ideólogo del Golpe de Estado el general Mola decía: Cualquiera que sea abierta o severamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado […] Hay que sembrar el terror, dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a los que no piensen como nosotros”. Y su rival y quizá su verdugo el general Franco arengaba: “Como el caballo de Atila, el bolchevismo seca la hierba, y las ciudades sólo son ruinas, cobardemente calcinadas, y los campos son razzia y abandono. Pero nosotros sabremos reedificarlo todo. Si invocamos las grandezas de la España imperial, es porque nos mueven con sus ideales sus empeños de salvación y fundación” Todo el cinismo de los discursos políticos cabía en la boca de los líderes: “ ...el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestro pecho; del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales por primera vez y en este orden, la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad”.

Escondí la cabeza de vergüenza por mí misma y por mis mayores, por los que desde un ideal equivocado creyeron que las urnas les daba derecho a la violación de las leyes y por aquellos que tras su victoria persiguieron sin miramiento a los vencidos. Yo era la voz de los muertos olvidados, de mis muertos enterrados sin respeto. Los otros muertos ya fueron santificados por la historia de los vencedores, aunque las loas no consiguieran restituirles la vida, al menos glorificaron su memoria. Los nuestros era sólo expedientes marchitos, olvidados en los archivos y tumbas de cadáveres hacinados, enterrados con prisas, muertos como traidores.
Encontré el acta de detención de mi abuelo. El relato de los hechos que llevaron a su asesinato.

ATESTADO DE LA COMANDANCIA DE LA GUARDIA CIVIL

DETENCION DE Vicente Montes Antón
Varon de 37 años, estatura regular, pelo castaño, cejas negras, ojos oscuros. Mediero de la finca “los olivares” del Baron de Rodera. Casado con Olvido Garrido Cerdan con tres hijas, la mayor de 10 años y las otras de 7 y 4 años.
Ha sido detenido por colaboración con los rojos huidos al monte, facilitandoles comida y cobijo en numerosas ocasiones. Por tanto responsable de los desmanes y saqueos cometidos por los maquis.
El comandante del puesto y su ayudante el numero Dº Aureliano Dominguez Rosas siguiendo las instrucciones de la superioridad toman declaración al tal Vicente para practicar diligencias y esclarecer los hechos delictivos de los rebeldes. A las preguntas realizadas contesta como sigue:
Que trabaja para el señor baron desde que era pequeño porque ya su familia trabajo con ellos. Que no conoce a los bandoleros que llaman maquis y que nunca a tenido ideas de izquierdas, que no participo en ninguno de los altercados acontecidos en el pueblo durante el regimen rojo. Que no sabe que fechorias cometian los individuos que se llegaron a su casa en dos o tres ocasiones por la noche. Que les davan de cenar porque llevaban armas y tenia miedo por su mujer y sus hijas. Que es una persona onrada que toda la vida a trabajado en el campo y tiene poca formacion porque no pudo ir al colegio de pequeño”
Interrogado sobre la declaracion de algunos vecinos que aseguran que no acude a misa los domingos y que un tio suyo era republicano refiere:
“Que no va a misa porque tiene que trabajar mucho para mantener la familia, pero que su mujer y sus hijas cumple con los mandamiento de la Iglesia y que en casa se enseña el respeto a la religion y los curas. Que su tio republicano lo es por parte de madre y que no tenia relacion con ellos. Que el no se metia en politica como le abia enseñado su padre y que su tio se fue del pueblo ace mucho tiempo y no abia vuelto a saber nada de el”
El individuo no muestra resistencia ni actitud violenta ante la Guardia Civil, se le informa que pasara a disposicion del juzgado para valorar los hechos y su colaboracion con los rojos.

21 enero de 1942


Tras su detención pasó dos meses en la cárcel junto a otros retenidos. El alcalde del pueblo durante el gobierno republicano era el más antiguo de los presos porque fue detenido en 1940 tras huir al monte con otros dos encarcelados, “el practicante” y Dº Servando el maestro que se entregaron después. Dos mujeres que formaban parte de las milicias populares, la mujer de un sindicalista ya muerto tras la guerra y Mariana una republicana convencida, que había vivido en Francia.

Coincidiendo con la fiesta de San José durante la noche, ocurrió un hecho que decidió el destino de todos ellos, un grupo de la denominada AGLA ,Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, decidió asestar un golpe de efecto al gobierno franquista. Asaltó la Iglesia, matando al cura que opuso resistencia y quemando la Parroquia de San Antonio Abad en lo que llamó una falla popular. Tras iniciarse el incendio se escondieron tras los muros del antiguo camposanto y cuando la Guardia Civil acudió al incendio los tirotearon, consiguiendo matar a dos guardias y el sereno que los había avisado.

En la comandancia del cuerpo de la Guardia Civil los siguientes días fueron un hervidero de mensajes con las autoridades militares, acudieron al pueblo inspectores de policía, policía secreta, el delegado del gobierno y autoridades políticas que fomentaban el honor patrio, la defensa de la Fe cristiana y de los valores del nuevo régimen, toda vez que hacían ver la crueldad de los rojos, aquellos degenerados que no respetaban a Dios y cometían el más atroz de los sacrilegios. Aquellos sucesos que todos los medios de comunicación se encargaron de agrandar y que los escribas del régimen trasmutaban en un acto heroico por parte del señor cura, que había caído defendiendo el cáliz de las hostias y los guardias que habían intentado repeler la agresión de un numeroso grupo de facinerosos. Acabaron convirtiendo la venganza en el único disolvente para aquella mancha, aquella afrenta al pueblo y a Dios. Los rojos encarcelados seguro que conocían los planes de los maquis y la presión sobre ellos no tardó en manifestarse en interrogatorios y palizas que no consiguieron obtener información de unos hombres y mujeres que ya eran sombras. Ante la imposibilidad de encontrar a los responsables, pese a las batidas que el ejercito había realizado en el monte, se optó por culpar de colaboracionistas a los encarcelados.

INDAGATORIA DE Dº Vicente Montes Antón
Preguntado si a sido complice del asesinato del parroco, los guardias y el sereno, dice que no.
Preguntado si conoce quien a sido el responsable de los hechos, dice que no.
Preguntado si conocía los planes de realizar dichos actos o si abia escuchado alguna vez a los maquis hablar de estos planes, dice que no.
Preguntado si han celebrado en la carcel como aseguran los guardias los hechos ocurridos en el pueblo la noche de San José, dice que no.
Preguntado si tiene algo más que manifestar, dice que el nunca a tenido nada que ver con los rojos y manifiesta que quiere ver a su familia para que no sufran por el que se encuentra bien.
Ante la negativa a colaborar y la evidente implicacion en los hechos acontecidos, que demuestra claramente su desprecio por el gobierno actual y su relacion con el marxismo, se le declara culpable de ser colaboracionista con el bando republicano en rebelion.
25 de marzo de 1942

En la mañana siguiente antes de que el sol levantara su mirada en aquellos días aun frescos de la recién estrenada primavera, cinco esclavos eran conducidos por sus amos al altar de los sacrificios. Fueron sacados de la cárcel con la falsa intención de un traslado. Cuando se vieron juntos en la furgoneta, custodiados por un grupo de Guardias Civiles y seguidos por otra camioneta con más guardias, sus miradas ya hablaban el lenguaje de los muertos.

El miedo, la soledad del condenado a muerte, que mira de frente su alma. La mente que vuela para atrapar todas las sensaciones, todos los instantes que prolonguen su tiempo. Los recuerdos agolpándose, tratando de robar protagonismo unos a otros. Al bajar de la camioneta ya no caminaban, volaban como seres ingrávidos, como ángeles que ya han perdido la corporeidad y caminan en el edén. Con un único pensamiento ya afirmado en sus mentes, la imagen de sus seres queridos. Ahí estaba mi abuela, mi madre y mis tías, justo en el momento antes de que se oyera un disparo o muchos o quizá un trueno o la voz del dios del odio, justo antes de caer junto aquella tapia del cementerio. En ese preciso momento nosotras estábamos ahí como testigos de la ejecución, sin saberlo, sin la conciencia de que poco después olvidaríamos aquello durante sesenta años. Hasta que en esa sepultura infame alguien hurgó y de la herida salieron los huesos con una bala en sus calaveras. Una bala que era un mensaje para que recordásemos, para que supiéramos que junto a ella estaba la imagen última, nuestro propio reflejo.



LA CULPA

sábado, 25 de febrero de 2012


Llevo varios días pensándolo, no puedo quitarme la idea de la cabeza. La culpa es como un martillo compresor, como esas máquinas taladradoras cuyo punzón va abriendo la tierra hasta llegar al agua.
Yo siento que este ansia está ya en el fondo de mi cerebro, quiere que mi crimen salga a la luz. No puedo consentirlo.
Mi reputación, mi credibilidad, mi posición… me han costado mucho, debo evitar que se sepa, tengo que apagar estas voces que tratan de revelar mi vergonzoso secreto.
No he sido siempre un soberbio ni un hipócrita. He tenido que esconderme tras estas máscaras para protegerme. ¿Es que acaso tú que estás leyendo no eres a veces un hipócrita? ¿ No existe en ti un lado oscuro donde no quieres mirar, porque hallarías un desconocido?
Debo encontrar una solución antes de que se sepa todo. No tengo miedo a la policía, no van a ser capaces de descubrirlo. Tengo miedo de mí mismo. Este crimen me ha poseído, lo noto recorrer mis entrañas, sube hasta el cerebro, aprieta el corazón hasta el colapso, en el estómago perfora su pared como una úlcera y deja que los ácidos me corroan. Las piernas no las siento y en ese momento sólo deseo correr.
Soy capaz de revelar mi secreto como estoy haciendo contigo lector - no te creas tan importante, este libro sólo está escrito para mí - porque debo escapar del encierro a que me somete mi acción, debo abandonar la prisión que me está derrotando desde dentro, como un troyano que se hubiera metido en mis venas.
Pensé que escribiendo mis pensamientos obsesivos conseguiría expulsarlos. Pero este soliloquio sólo ha conseguido que entre en la espiral del pensamiento único, reverberante, atormentador. Se está alimentando a sí mismo y crece como el alud desprendido por un grito de dolor que saliese del fondo del alma.
Estoy sentado en mi cuarto, casi a oscuras en mi sillón, dejando que el pacharán que trajo mi cuñado vaya matando el intruso.
No es suficiente, ahora lo sé. Tengo que buscar una alternativa, la solución definitiva.
Crees que estoy acabado porque no tengo un plan. No es cierto. Sé cual es el siguiente paso, el que zanjará al fin la cuestión y me liberará para siempre, pero lo reconozco tengo miedo. Hoy no te puedes fiar de nadie, ni de los curas. La confesión es mi plan de salvación. El instrumento que me permitirá expiar la culpa.
Necesito sacar toda esta bilis fuera, me estoy ahogando en ella. Alguien tiene que escucharme. Alguien que no me conozca, al que no le importe mi pecado porque está dispuesto a perdonarlo.
Sí, necesito el perdón, será el remedio a este mal. Si consigo contarlo, el sacerdote me ayudará a llevar la carga, lo involucraré en mi problema y no podrá dejarme sólo con él. Conseguiré al fin que la culpa me abandone.
Estás pensando que debería decírselo a mi mujer, pero eres un ignorante. Ella es el problema. Todo empezó cuando me abandonó con no recuerdo que pretextos vanos y excusas que no convencieron a nadie. Abandonarme a mí, como si fuera un cualquiera. Y además me dejó con él. Ahí empezó el martirio. Se apoderó de mi alma poco a poco, compartir mi vida, mi soledad con él, fue el mayor acto de crueldad que me regaló en nuestra separación. Sé que lo hizo a conciencia. Seguro que lo había planeado.
Ella es inteligente, sólo los inteligentes pueden ser taimados. Me darías la razón si la conocieses. Te encandilaría con sus dotes, acabarías convencido que ella sólo era una víctima. Te enamorarías como yo de su sonrisa. No puedo contárselo a ella porque convencería al mundo de que estoy loco.
Estoy seguro, un sacerdote es la solución. Desde siglos han exorcizado los demonios de los hombres.
Este Lucifer poderoso, ese Leviatán invencible, debe ser expulsado de mi mente para que la luz retorne. Sólo un sacerdote puede arrancar el mal de mi ser y redimir mis pecados.
Para la confesión estoy preparado, repase los preceptos de mi infancia, cuando el catecismo lo aprendíamos de memoria. Dolor de los pecados, propósito de enmienda, cumplir la penitencia. ..
Sé que ya no dudas de mi dolor, de esta agonía lenta que he sufrido desde mi acto. Sé que tú lector, también me exculparías, pero yo no necesito tu perdón. Quiero enmendar mi vida y haré lo que se me pida como penitencia para conseguir la redención.
San Juan Nepomuceno es una iglesia gris, el tiempo ha depositado sobre su estructura el paso de los años. Parece una vieja sentada en un banco que quisiera levantarse pero no tiene fuerza para hacerlo. Vista desde lejos da la sensación de estar deforme. No es altiva y no muestra simetría en sus formas, como quizá lo hizo en otro tiempo. Diríase que la osteoporosis hubiera atacado sus cimientos y la carcoma se hubiera tragado sus crucerías. Quizá la iglesia tuviera también alguna culpa no expiada que poco a poco la ha ido aniquilando.
El padre Benito ejerce allí su magisterio. Es un hombre gris, sin ser excesivamente mayor, aparenta cansado. La iglesia puede haber transmitido su espíritu al padre, o acaso el destino del hombre ha sido escrito para que se encuentren las almas gemelas. En cualquier caso, existe un perfecto maridaje entre la iglesia y su confesor, diría aún más con su parroquia, donde el luto impone el rigor de su reinado .
En su interior se filtra la luz tamizando de azul oscuro el aire. Es un aire espeso por la frialdad del recinto y esa bruma que huele a incienso, para mí resulta placentera. No hablaré de la austeridad del mobiliario ni de sus imágenes abandonadas en la soledad de las oscuras hornacinas. Sólo quiero describir el objeto que me impresionó sobremanera y que sin duda junto con la bonhomía del padre decidió mi elección.
El confesionario que se encuentra en el rincón derecho de la entrada, su madera oscurecida por los años y los pecados oídos. Tallada de forma magistral parece como si dos manos abrieran sus palmas para acogerte en su seno y de allí se pudiera salir limpio de alma hacia la casa de Dios. El reclinatorio almohadillado de un dulce terciopelo rojo, desgastado por las rodillas penitentes, pero con un noble porte que se elevaba hasta mi pecho. La rejilla trabajada como las ventanas de los gineceos árabes, donde las mujeres del sultán se asomaban a la vida sin ser vistas. Así pensaba que aquella ventana me protegía de la mirada del cura, quizá ausente, absorta en el misticismo o en la aburrida cotidianidad que llenaba el alma de aquel desconocido. Al otro lado una puerta daba entrada a un sacro recinto, a modo de celda de un eremita, que sentado iba a escuchar mi relato y darme la salvación.
Fui a las seis de la tarde, esa era la hora de la confesión. Sólo una mujer estaba esperando al párroco. Una mujer mayor, enlutada. ¿Qué pecados podía haber cometido aquella mujer comparado con mi crimen? Acabó pronto, como suponía. Tuve que pensar de nuevo como empezar, infundirme valor, estaba a punto de nacer un hombre renovado. ¡Adelante!
Me acerqué y me arrodillé ( no era tan blando el terciopelo como había imaginado), la madera se clavaba en mi rótula. Lo tenía todo ensayado iba a empezar con un “Ave María Purísima” y pasaría a contarle mi pecado; pero en el último momento el miedo busco una maniobra de distracción e inicie una retahíla de pequeños atentados contra los mandamientos, insulsa, sin personalidad. Percibí un silencio aburrido, condescendiente, que me instigó a descubrir mi verdadero propósito en la confesión: “Padre, he matado a un hombre”. Noté como se estremeció de súbito el sacerdote, oía su corazón cuyo rápido batir se hacía patente en la caja de resonancia de aquel confesionario. Lo había rescatado de la soledad, ese estado donde vagamos lejos del mundo que nos rodea, conversando con nuestro otro yo, viviendo al margen de lo real. El cura seguramente lo hubiera llamado oración. Yo creo que decimos hablar con Dios para no reconocer que hablamos con ese otro que vive en nuestro interior. No queremos reconocer ante los demás su presencia e invocamos lo divino. En cierta forma quizá estemos en lo cierto y exista algo divino, pero también algo diabólico a la vez. Ambos conceptos se necesitan, se complementan. El bien y el mal, el ángel y el demonio son inseparables, constituyen la esencia del hombre y su sublimación.
Ahora sí podía contarle mi historia a aquel sacerdote, porque era mío, lo había traído a mi mundo.
“ La culpa no ha sido del todo mía padre, él me ha provocado ha hecho nuestra convivencia insoportable. Yo no soy violento, nunca pensé que podía matar a alguien, pero poco a poco me fue transformando, fui más él. Al principio sólo percibía su presencia de forma fugaz, pero después se hizo corpóreo, lo veía a mi lado, me observaba, asentía o negaba como si tuviera la obligación de emitir un juicio no verbal de aquello que yo estaba realizando. Me acostumbre a él, casi lo necesitaba porque me daba su aprobación o su disconformidad, me sentía más seguro en mis decisiones cuando estábamos de acuerdo y acabé por darle la razón en muchas de ellas. Todo cambió cuando tomó la palabra, se creyó con derecho a hablar, a intervenir en mi vida, a cuestionar mis actos y hacérmelo saber de la forma más hiriente. Ironizaba con mis decisiones, exponía sus opiniones de forma descarada. El decía que era su obligación que debía ayudar a dirigir nuestra vida. ¿Nuestra vida? ¿Quién le había dado permiso para entrar?¿O acaso siempre estuvo dentro?
Nada fue lo mismo a partir de entonces. Hubo momentos en que pensé que era un sueño del que más tarde o temprano despertaría y no estaría conmigo; pero en lo más profundo sabía que aquello no ocurriría, que quizá tuviera razón y debíamos compartir la existencia porque a ambos nos pertenecía. A veces temía que desapareciera porque dejaba un vacío de soledad, me sentía como un cuerpo estelar en la infinita nada. El anhelo de los hombres de encontrar un alma complementaria es posiblemente la forma de evitar la presencia de este incomodo inquilino que es uno mismo bipartito.
No fue su presencia, ni sus comentarios lo que me llevaron al desenlace final. Lo que me decidió estaba escrito que ocurriera cuando me fue alejando de lo que más quería. Empecé a comportarme como un ególatra, como si todos los que me rodeaban quisieran arrebatarme mi vida. Dejé de compartir con mi mujer los momentos porque tenía miedo de perderlos. Temía que ese ser extraño y próximo a la vez, se adueñara de los tesoros que había ido acumulando en mi existencia. Precisamente así es como fue ganando la batalla, no fueron los demás los que cambiaron, yo hice que quien había estado a mi lado se sintiera rechazado, que quien había confiado en mí, no me la ofreciera de nuevo porque en mi obsesión había empezado a desconfiar de todos. Él ya estaba tan dentro de mí que yo no me reconocía, me había transformado. Cada vez era más el otro y mi yo se desvanecía como la ceniza entre las manos.
No podía consentir que alguien a quien no había dado permiso llevase el timón de mi vida rompiendo mis barcos contra las olas del infortunio. Lo maté llevado por la furia pero después sentí de nuevo la ternura de antaño con él. Era demasiado tarde. Fue un acto cruel conmigo mismo, porque ahora estaba sólo, en esa casa llena de recuerdos con el remordimiento de este crimen que me consume.
Estaba desesperado padre, sé que me perdonará por lo que hice”.
“Hijo mío: No eres dos, si no cien o mil, miríadas de ti mismo habitan tu interior. No se creo al hombre a imagen y semejanza de Dios sino a imagen y semejanza de todo lo creado. Dio un Universo entero a cada hombre para que buscara su destino, para que se encontrara en él. Quizás mi Dios es sólo una de esas estrellas que pueblan el cosmos, puede que tú y yo seamos creadores de hombres, dioses y demonios que se manifiestan en nosotros. No existe la felicidad en la soledad.
¿Acaso estás seguro de que mataste a quien dices? ¿ No es posible que en esa ceguera te mataras a ti mismo?
Yo te digo que mataste aquello que no querías ser y en ello no hay pecado. Tu penitencia es encontrar a los que quieres que te acompañen para vivir la vida sin culpa.

El silencio de las palabras

viernes, 23 de diciembre de 2011


Bonalba es un pueblo del interior, uno de esos pueblos de secano donde se mezclan las áridas tierras amarillas, con los montes que recortan el horizonte de un verde oscuro.
Llegué al pueblo en otoño cuando la pámpana viste de cálidos colores, cuando el viento hace silbar las hojas de los pinos. Llegué por un camino lleno de curvas con mi moto, llevaba el correo desde la oficina del pueblo a todas las pedanías del ayuntamiento.
El polvo y las piedras de los caminos habían tomado aquellos pasos y los hacían más vivos que las enlutadas calles de la ciudad. La moto no pensaba lo mismo, se sacudía como un poseso en plena crisis. Yo me agarraba a sus brazos como para intentar parar aquellas convulsiones. Ese paisaje que mezclaba los verdes con los rojos y púrpuras, que olía a monte, que respiraba vida en cada retazo no logré verlo hasta tiempo más tarde.
Al principio me pareció un pueblo más, las aldeas no son tan diferentes unas de otras. Las casas tienen desconchados y puertas de madera con gatera, las ventanas son estrechas y sólo a veces visten viejos visillos que roban luz a un interior que es sombrío por su desnudez más que por su oscuridad. El corral suele estar por detrás de la entrada principal, por lo que la calle la componen las puertas de unos vecinos que miran a los corrales de los de enfrente.
La plaza y la fuente de aquella aldea no venían en ninguna ruta turística. Los poyos de piedra daban consuelo a los pies y la fuente aliviaba la fatiga del polvo y el calor a hombres y animales. Eran simplemente para lo que servían, sin adornos. Tampoco eran tan diferentes sus olores. Los portales olían a comida de puchero o de brasa, los establos a ganado, la iglesia a incienso, su cura a naftalina, el alcalde a vino, los niños a colonia barata y su médico a éter o a medicinas. Todos los olores se mezclaban en una sinfonía que llenaba las calles e invitaba a pasearlas. Yo aprendí sus secretos y reconocía cada lugar con los ojos cerrados, pero eso fue después de que sucediera aquello.
Nunca pensé que me vendría a vivir a un lugar como este. Los compañeros de trabajo me decían que era absurdo trabajando en el pueblo, ir a vivir a un lugar donde no tenía ninguna posibilidad de divertirme, de hablar con gente que compartiera gustos y aficiones. Pero si yo no tenía otro divertimento que la lectura, para que quería gente con la que hablar. Buscaba la soledad, la tranquilidad, el silencio que me dejara hablar con mis libros.
Bueno no existía un silencio real. Los sonidos ocupaban el espacio y reverberaban en él acompañando a sus habitantes todo el día. Empezaba con el canto de los gallos que aún de noche, antes de que el albor llegara competían entre sí o dialogaban, quien sabe, creando en cada quiquiriquí un eco que era el canto de su vecino. Los pájaros se sumaban más tarde desde sus atalayas en los árboles que compartían lugar con las casas. Como si el pueblo de animales y hombres fuera todo uno, como si no perteneciera más a unos que a otros. Los gatos con sus maullidos y sus llantos, los perros que se molestaban de que cualquiera ocupara su espacio y retaban a sus vecinos en una coral de voces roncas y agudas. Algún asno que emitía su queja por tanto trabajo acumulado en el día. Y los hombres con sus voces y los niños con sus gritos y las mujeres con sus llamadas a los hijos, como campanas que reclamaran la atención, emitiendo una sola nota mantenida. Juannnnnnnn!!!!! A comer !!!!!!!
No había silencio, había bocanadas de vida en cada sonido, pero yo podía seguir leyendo mis palabras porque aquella música no me distraía.
El invierno llegó sin prisa, como la caída de las hojas, sin querer molestar la paz de sus moradores. Venía para dar descanso a las almas cansadas y cubrirlas con su manto blanco. Las tierras y su monte se unieron en ese recogimiento de cementerio, donde la soledad paseaba por las calles visitando cada nicho. La noche vestida de azul oscuro, trajo el frío y se llevó una parte de mis sentidos, que quedaron adormecidos, como congelados. Comencé a notar algunos síntomas de este entumecimiento, lo atribuí al gélido aliento del monte, como si fuera el mal de los alpinistas que dejan de percibir sus miembros por la isquemia. No había dolor, ni ocurrió de repente, fue un transito tan sosegado que no percibí su presencia hasta que me vi en una burbuja de espacio-tiempo donde estaba sólo.
El invierno es un tiempo propicio para las letras, inspira más al recogimiento y por ello quizá necesitamos comunicarnos con los otros para no quedar aislados, trabajaba más. Con mi moto iba casi cada día visitando estos paraísos perdidos para entregar las cartas que traían palabras de otros mundos lejanos a aquel donde moraban los hombres y mujeres que eran ahora mi mundo. Estaba más tranquilo pese al trabajo. Cuando ordenaba las cartas, cada dirección no era un código o unas letras, recorría las calles con la mente me transportaba a la aldea. Percibía los olores, veía a los hombres y mujeres moviéndose como sombras, ahora corpóreas. Mis compañeros me hablaban y seguía absorto en mis pensamientos. Ellos fueron quienes me avisaron que el silencio dormía en mi cabeza. Me estaba quedando sordo.
Cuando se pierde un sentido dicen que los demás se agudizan para compensar. Yo empecé a percibir todo aquello que hasta entonces estaba oculto. Disfruté de los campos incluso cuando el paisaje no ofrecía más que estériles espacios. Sentía mis pasos sobre las calles como percibiendo por primera vez que las pisaba. Saludaba a las personas como cada día, pero veía aquellos seres de otro modo, empecé a entenderles.
Hasta el invierno muere y de sus entrañas renace la vida que fue filtrándose en cada gota de lluvia que esperaba el calor de la tierra. La escarcha se convierte en rocío, el secano en vergel silvestre, el muerto en Lázaro renacido. Hay un manto de colores que un mago hizo brotar de su chistera dorada lanzada al cielo y suspendida en él, dando calor y luz. Pero mi oído no rebrotó, como mata muerta seguía negándose a recibir a los demás. Mis amigos intentaron ayudarme, hablaban despacio y levantaban la voz, como cuando se habla a los viejos. Yo me refugiaba en mi lectura, donde hacía audible las palabras que resonaban en mi cerebro como si fueran pronunciadas.
Esa primavera decidí que debía dejar el trabajo e irme a vivir al pueblo. El médico me dio la baja, quería que fuese a la ciudad, debía verme un especialista, pero pospuse la visita hasta estar instalado en mi nueva casa. La alquilé a Teodoro, él había quedado viudo y ocupaba sólo la parte baja de la casa, no podía subir las escaleras como antaño. Quien vive mucho tiempo, va viendo morir su cuerpo, va acompañando al lento declinar de sus capacidades, va perdiendo sus proyectos, su memoria, el propio dominio sobre su vida. Al menos así lo veía yo. Teodoro no se quejaba de sus limitaciones, no reclamaba a la vida lo que le había ido arrebatando en el tiempo. Se limitaba a vivir, siendo testigo de su propia existencia, sin pedir más de lo que el día le ofrecía. Se sentaba en la silla a la entrada de la casa y veía pasar el mundo, sintiéndose tan vivo como el ejecutivo cuya agenda está completa desde la semana anterior y pasa vertiginosamente por su vida creyéndose imprescindible. Él miraba sin pretender cambiar nada, no le pertenecía el mundo y por tanto no tenía derecho a cambiarlo. Sentía el sol que lo bañaba en la mañana y se retiraba cuando el calor le molestaba. Por la tarde se sentaba en el corral para sentir de nuevo el calor del sol, se sentaba a sus pies el perro que le había acompañado y había envejecido con él. Miraba sus gallinas corretear, picotear la comida que les echaba cada día y que había amasado con la parsimonia y la perfección de las cosas que sólo pueden hacerse de esta manera. Cuando caía la tarde se retiraba con la luz y se refugiaba en la lumbre que debía servirle para preparar su cena. Comía poco, dormía poco, hablaba economizando cada palabra como si tuviera sólo un puñado de ellas para toda la vida. Pero en cada gesto, en cada mirada expresaba páginas enteras de su vida, entregaba un manual de supervivencia, de autocontrol, de esos que ahora la gente necesita para mejorar y para triunfar.
Yo me acomodé en la planta superior donde tenía dos habitaciones, una la ocupaba para dormir y en la otra instalé mi cuarto de lectura. La habitación tenía una estantería que yo había llevado para dejar mis libros, una lámpara que también yo traje de mi piso. Fueron las escasas pertenencias que rescaté en el naufragio de mi vida anterior. Teodoro me dejó una mesa camilla con faldones de tela y con un brasero que en invierno podía rellenar con las brasas del hogar y un sillón de madera, tan viejo que no necesitó decirme que pertenecía a su padre. Estaba reparado varias veces el encordado y sobre el asiento reposaba un cojín plano que lo hacía cómodo. La estancia estaba iluminada por una ventana que daba al patio y que en las tardes el sol calentaba. Esa luz es la que siempre había deseado para acompañar mi lectura, creaba un clima de paz interior, paraba el tiempo. Desde la ventana como en una foto fija podía ver a mi amigo sentado con el perro a sus pies, ambos como figuras de un museo de cera, inmutables.
Compartíamos la planta baja donde el tenía su habitación tan huérfana de muebles como yo de sonidos. La cama de hierro forjado con su somier de muelles que seguramente crujían bajo su escaso peso, un mesita con cajón y un armario tan vacío como la estancia. En el rincón teníamos el espacio que llenaba nuestros momentos de mutua compañía, la chimenea de obra, con un pequeño escalón sobre el nivel del suelo. En su frontal se adivinaba un dibujo que en otro tiempo tuvo colores y dejaba ver unos niños desnudos sobre la arena y un mar tranquilo. Ahora la sombra del humo había dejado una pátina que hacía el efecto de que en aquella playa había caído la noche para siempre. Cuando nos sentábamos en el ocaso de la tarde delante del fuego, hablábamos sin pronunciar palabras, compartiendo la conversación con las caprichosas llamas que bailaban sobre los troncos,
No necesitaba mi oído para escuchar como me mostraba el camino que él había recorrido para llegar al karma, a la perfección de lo simple, de lo evidente que nos empeñamos en convertir en un misterio. Parece que sólo pudiera gozarse aquello que se reviste de finos brocados y complejas experiencias, sin advertir que la belleza y la vida está en lo elemental, en los sentimientos que erizan la piel. En el calor de un sonido, la tibieza de un relato, el frescor del agua, el contacto con una piel, en el perfume del mar se puede encontrar la felicidad, el instante que da valor a la vida.
Dejé pasar el tiempo sin cronómetro, si el sol sabía cuando salir y cuando ponerse, porque debía controlarlo. Viví lo pequeño como si fuera inmenso y lo grande lo convertí en fútil, innecesario. No deseé en este tiempo nada que no fuera vivir sin futuro, ni pasado, Carpe diem.
En el calor del verano los hombres miran el cielo para que no se agosten los trigales vestidos de ámbar y salpicados de encarnados lunares por las amapolas. Vigilan como las vides se van dando a la vida y sus racimos se engalanan de cárdenos colores. Se recogen a la sombra de los pinos y de las higueras en la tarde para dejar que el tiempo pase como la brisa fresca, dejando un regusto de paz.
Cuando finalizaba agosto Teodoro murió, casi como lo había visto vivir, se fue sin hacer ruido. No lo encontré sentado en su portal y supe que esa noche sofocante había adormecido su corazón para siempre. Lo dimos a la tierra sin ceremonias, sin palabras, respetando su deseo, devolviendo a su dueña lo que había prestado, agradeciendo su regalo.
En aquel breve tiempo que compartimos, aprendí que tenía cuanto necesitaba. Disfruté del silencio que me había sido otorgado y oí el sonido de las palabras que iba leyendo y que sin embargo nunca habían sido pronunciadas. Porque de esa doble naturaleza están dotadas las palabras de los hombres, algunos sólo saben oír el sonido de las palabras y viven sometidos a ellas y sus engaños. Los sabios saben descifrar el silencio de las palabras que esconden la fuente de la verdad.  

CUANDO EL DESTINO TE BUSQUE, NO TE ESCONDAS, SONRIE

domingo, 4 de diciembre de 2011


Unos momentos antes acababa de leer un libro, sólo el final fue realmente interesante, pero tras cerrarlo – cerrar un libro es como cerrar la puerta de una habitación de hotel, en el que te alojaste unos días - se despertó la necesidad de escribir algo. Subí al estudio donde tenía el Mac y mientras bajaba por la escalera pisé la bandolera de la bolsa en que lo guardo. Caí rodando, 13 escalones que se convirtieron en la rampa que descendía a las profundidades de mi alma. Una sucesión de imágenes acudieron de repente. Me di cuenta enseguida de que me estaba muriendo. Aquellas eran las imágenes de mi vida pasada y me anunciaban que acababa de consumir mi tiempo. Podría pensarse que estas imágenes son como una despedida o como un regalo, pero son en realidad como una especie de mueca irónica del destino que te muestra lo vivido en el momento en que vas a perderlo todo. Pueden no creerme pero vi como mi padre al rasurar a mi madre en el parto vio como asomaba un cordón caliente y blando y preguntaba a la comadrona:
-“Que és açò?
-Es la guía”
¿La guía? Que respuesta era aquella, acaso la comadrona trataba de mostrar su saber a través de acertijos. Yo que entonces aún no era ginecólogo veía claramente que era mi cordón umbilical prolapsado a través de la vulva. Tendrían que darse prisa en hacer una cesárea. Sólo una situación transversa pudo salvarme de aquello. Atravesado en el vientre de mi madre el cordón se prolapsó al romperse la bolsa pero mi cuerpo no comprimió aquel cordón umbilical. Ahora lo entiendo, en realidad como decía la matrona era la guía, la cinta, el vínculo con la vida.
¿Sería aquello lo que me indujo a hacerme ginecólogo después? No lo creo, pero tampoco nunca antes había sido consciente de mi nacimiento. Seguro que había bromeado alguna vez con mis compañeros sobre la posibilidad de que el feto nos oyese o supiese que estaba pasando. A veces la vida es capaz de sorprendernos con los más absurdos pensamientos pero quien puede decir que no son ciertos. Por si acaso sonríe y no digas nada.

CORRE,CORRE QUE TE PILLO

viernes, 8 de julio de 2011


No recuerda bien como paso, hace ya tiempo de ello. Quizá todo comenzó una tarde de final del verano, con el sol en su espalda, vio caminar su sombra que se prolongaba delante de él e instintivamente apretó el paso. No con una idea preconcebida, no porque de repente recordara que llegaba tarde. Fue algo así como el presentimiento de que aquel extraño que lo acompañaba habitualmente tuviera ganas de pelea. Aceleró el paso intentando dejar atrás su ingrávido compañero de viaje, parecía un marchador atlético en su sprint tratando de sacar la cabeza al contrario. La gente le miraba extrañada por la calle, aquel hombre realmente tenía prisa. Al girar la esquina se dio cuenta que había vencido, su oponente quedó atrás y pese a relajar el paso le seguía sin ninguna posibilidad de sobrepasarlo.
Aquello era una estupidez. Era absurdo disputar una carrera con la propia sombra. No obstante, la sensación que dejó en su cuerpo la irreal victoria, le había gustado. Serían las endorfinas, pero ahora caminaba más satisfecho, tanto que decidió fijar otro objetivo a batir. La joven que caminaba veinte metros delante de él, tenía además el incentivo de poder admirar mejor sus piernas, las faldas cortas le resultaban muy provocadoras. Aceleró discretamente el paso, fue ganando metro a metro posiciones, fijó la distancia, se deleitó con la visión de su caminar y decidió dar el asalto definitivo adelantándola mirando de reojo a su inesperada contrincante. Había sido una victoria demasiado fácil, los tacones la hacían lenta y al parecer no tenía tampoco intención de disputar con él una carrera. Que tontería, como iba a saberlo aquella chica. Pensó en ofrecer a otro transeúnte la posibilidad del duelo, pero tenía que ser una confrontación más justa, más de igual a igual. Aquel matrimonio de mediana edad caminaban a un paso más ligero y podían ser los dignos merecedores de su disputa. Estaba claro que tenían un objetivo y que se dirigían prestos a cumplirlo, intercambiaban pocas palabras, no querían perder resuello. Todo esto lo fue viendo mientras iba ganando terreno en su lucha, pero esta no iba a ser una victoria tan fácil, se tuvo que emplear a fondo, además le desviaron de su ruta prevista. Casi acabó corriendo en pos de esos dos desconocidos, tanto que al pasar a su lado, estirando la cabeza como si tratara de romper la cinta final, la mujer se asustó y asió su bolso temiendo un robo. Él se percató del movimiento y le pareció ofensivo, pero enfrascado en esa batalla contra el crono, siguió su desbocada carrera hacia ninguna parte.
De nuevo la esquina le salvó. Primero porque tenía que retomar la dirección perdida y luego porque podría huir de la mirada de aquellos dos ignorantes que sentía sobre su espalda. No entendían lo que ocurría y habían visto en él un ladrón. ¿Acaso tenía él aspecto de ladrón,? Vestía con corrección, se había afeitado y duchado esta mañana, aunque a estas alturas de carrera ya no podía dar fe de su olor corporal. Pero en cualquier caso nada en él podía sugerir a nadie que fuera un ladrón. O quizá si, pensó, podría ser un ladrón de tiempo.
Mientras se dirigía a su oficina tuvo sentimientos contradictorios. Se sentía un poco estúpido por haber iniciado aquellas competiciones imaginarias, aunque le habían proporcionado el placer de su elaboración y consecución con el éxito, que pensaba que era patente. Aún más, había llegado pronto a la oficina a pesar del pequeño desvío.
El trabajo en la tarde no difirió de otros días, su trabajo de corrector le gustaba, le permitía una cierta libertad. No dependía de otros para hacerlo. Hablaba poco en el trabajo, no se llevaba mal con nadie, es más podría decirse que los compañeros le tenían aprecio. Él era poco comunicativo, trataba de lo necesario, daba las instrucciones pertinentes de lo corregido en su despacho o en casa y sólo ocasionalmente quedaba con ellos para alguna celebración social. Nunca prolongaba esas reuniones en exceso porque le resultaban tediosas, intrascendentes (como si en su soledad hubiera más trascendencia), sujetas a formalismos sociales y charlas convencionales. Las excusas ya resultaban increíbles para todos pero las aceptaban como parte de su excentricidad.
Volvió a casa como de costumbre sobre las ocho y media, paso por el Kebab que resultaba su cena más habitual. Pensó en emprender una nueva carrera anónima contra los caminantes que encontró en su camino, pero se resistió a ello. Le parecía estúpido lo que esta tarde había hecho, no entendía muy bien porqué lo hizo. En su necesidad de demostrarse que aquello había sido un arrebato, caminó con calma, mirando lo que cada tarde veía en su camino a casa y que no le llamaba la atención. Hoy tampoco tenía la sensación de estar contemplando algo extraordinario pero tras llegar a casa no se sintió más aliviado por el paseo que por la carrera. Se había relajado tanto en su vuelta a casa que se perdió el inicio de la serie de televisión que solía ver cada noche. Acompañaba el kebab o la pizza con los avatares de los personajes de las series que en una u otra cadena desgranaban humor, misterio o inverosímiles situaciones de vecindario. Bones, el mentalista, CSI Miami, Castle, Aquí no hay quien viva o Aida, todos aliñaban con su compañía las monótonas cenas de Alberto. No había sido una gran idea eso de perder el tiempo caminando con parsimonia, no había podido ver el asesinato con que comenzaba Castle y eso le daba mucha rabia. No lo repetiría. Se fue a la cama, leyó un rato y decidió que era hora de dormir. Siempre le costaba conciliar el sueño, la lectura lo desvelaba, pero tampoco quería renunciar a ella. Leer era su pasión y su trabajo, pero le emocionaba entrar en la vida de sus personajes de ficción y formar parte de sus interesantes vidas llenas de amor, odio, violencia, que tras cerrar el libro no dejaba secuelas visibles y le permitía refugiarse en la seguridad de su previsible vida.
Esa noche los sueños continuaron manteniendo despiertos los fantasmas de la vigilia. Un torbellino de ideas agitaban su cabeza como queriendo ser protagonistas de la noche. Se sucedían las imágenes de la tarde, se veía corriendo por callejones que no reconocía, girando en cada esquina tratando de despistar a su perseguidor. No se atrevía a mirar hacia atrás porque sabía que algo terrible le perseguía. Tras interminables carreras en las que adelantaba chicas jóvenes, ancianos y parejas que le miraban ausentes a su angustia, sin ningún atisbo de solidaridad reconoció su calle y su portal y no lo dudó, entró mirando de reojo a su perseguidor que por un momento le pareció su sombra. Llegó en el momento en que en la televisión se iniciaba CSI Miami, ver a Horatio Caine le relajó, alejó de pronto sus miedos. Esa grandeza de héroe al quitarse las gafas con ademán de suficiencia, con la seguridad que sólo los grandes hombres tienen. Ahí acabó el vértigo y se sumió en la profundidad del sueño que anula todos los recuerdos y nos convierte en seres vulnerables pero felices.
La mañana solía invertirla en trabajar, tras el desayuno, salia a comprar si necesitada hacerlo. Tomaba siempre un café a las doce, oyendo la radio, habitualmente las noticias de la SER. Era casi el único contacto con la realidad política y social, que le producía un escaso interés. Mientras leía podía escuchar música si no necesitaba concentrarse. Satie, Rodrigo Leao, Ludovico Einaudi, Mark Knopfler, Amancio Prada o la música clásica llenaban los silencios de su casa con voces y melodías que le hacían sentirse acompañado. Esa mañana se levantó de buen humor, pese a recordar la agitación del sueño y que no había dormido mucho, estaba descansado. Hacía tiempo que no experimentaba una sensación así. Recordó la imagen final de Horatio Caine en la escena del crimen que lo relajó antes de dormirse definitivamente. Porqué no le habrían puesto a él Horatio, Richard, Augusto u otro nombre que sólo con nombrarlo impusiera carácter. Lo habían condenado a vivir con Alberto, demasiado largo y sonoro para un nombre banal. Incluso sin la o final habría resultado más determinante. Se hubiera conformado con nombres menos adustos, más convencionales pero cortos, que no requirieran un esfuerzo para nombrarlos: Juan, Paco, Luís...
En fin, a pesar de esto, hoy se veía como un hombre diferente. Pensaba que iba a ocurrir algo que cambiaría su futuro. Salió a la calle sin un propósito claro, algo le impulso a hacerlo. Una vez fuera pensó que compraría pan para almorzar pan tierno y no tostado tras descongelarlo como de costumbre. Caminaba deprisa, con la ansiedad de quien desea que cunda el tiempo y le permita hacer el millón de cosas que le restan. No se dio cuenta hasta que llevaba un rato, pero no dejó de caminar a buen ritmo, le daba la sensación que era el cuerpo el que le pedía acción. Quizás éste era el cambio, necesitaba sentirse dueño de su tiempo y administrarlo a su antojo.
No ocurrió de forma inmediata, fue un cambio lento pero imparable. Pensó que la tarde anterior había tenido una señal y quería seguir con determinación el camino que su cuerpo le había marcado. Debía rentabilizar su tiempo, ahorrarlo como se hace con el dinero o la energía y le permitiría disponer de fondos venideros. Ahora se convertiría en un hombre de acción, que valora el tesoro que la gente corriente (como él había sido hasta ahora) malgasta de forma absurda. Desde este momento caminaría siempre con paso firme, no en sentido figurado, sino en sentido literal. El ejercicio que la tarde anterior había iniciado al perseguir a los transeuntes iba a ser ahora su norma. Trazaría las rutas más cortas en sus desplazamientos, avivaría el paso (sin que llamase la atención a los demás) adelantando a quien se encontrase en su camino. Iban a ser pequeñas victorias que darían un gran triunfo final. Anotaría las mejoras obtenidas y sacaría un computo mensual de sus ganancias.
La semana siguiente hizo el primer recuento. Si bien los primeros días no habían sido muy ventajosos, ya advertía una tendencia esperanzadora. El primer día había ahorrado tres minutos, pero al finalizar la semana había logrado duplicar la ventaja. Llegaba al trabajo seis minutos antes, nadie pareció darle importancia, pero en el recuento semanal había ahorrado treinta y tres minutos. Sólo este cambio le supondría en adelante 42 minutos semanales, que eran casi cinco horas mensuales y que se convertirían en dos días y medio extras al cabo de un año. Se sentía lleno de vida y entendía que podía llegar a más, ahora era un hombre imparable en su nueva proyección.
En la semana siguiente introdujo algunas mejoras adelantando el despertador diez minutos. Se dio cuenta que le costaba menos levantarse, la perspectiva del incremento en el saldo de tiempo acumulado era un estimulante natural. No remoloneaba en la cama y se dirigía rápidamente a su cita con el aseo diario. Aquí también podría conseguir unos minutos suplementarios. Calculaba que en el último mes aquella aportación suponía un ahorro no menor de seis horas que venían a sumarse a las cinco obtenidas con su carrera hasta la oficina. La mañana le parecía más rentable, su actual pasión por optimizar el tiempo le hacía tomar conciencia de su importancia y creía vivirlo más. El café de la mañana dejó de acompañarlo con las noticias (siempre era lo mismo, la aburrida disputa política y el anecdotario luctuoso de cada día), a partir de ahora se conformaría con oír las noticias los fines de semana. Aprovecharía el café para repasar las notas tomadas en la mañana.
En el trabajo empezaron a notar los cambios, traía las correcciones adelantadas y llegaba antes, además su rendimiento parecía mayor. Sin embargo, a pesar de ver su disposición al trabajo y su ánimo más vivo, parecía como encerrado en sí mismo. No se equivocaban, otra mejora introducida en su febril lucha por acumular tiempo extra, era evitar perderlo con distracciones o charlas innecesarias durante el horario laboral. Se decía a sí mismo que los ricos lo son, no sólo por lo que ganan si no por no gastar inútilmente lo que tienen.
Habían pasado nueve meses del comienzo de su nueva vida (un embarazo feliz, con un parto no menos afortunado). Tras el recuento de los pingües beneficios obtenidos con su estrategia, era poseedor ahora de un saldo favorable de 139 horas más, lo que suponían 5,6 días. En lo que restaba de año podría incrementar su patrimonio a una semana, sin duda alguna.
No iba a conformarse con esto, su meta iba más allá, reduciría todo lo prescindible, se centraría en su objetivo e iría ganando la partida al tiempo. Había decidido trabajar en casa por las tardes y acudir a la oficina una vez por semana. Esto si que le reportaría un sustancioso beneficio. Su trabajo le permitía esta libertad y no habría mucho cambio con la situación actual, en la oficina estaba tan sólo como en casa. Cuando se lo planteó a su jefe, no pareció sorprenderse, es más se diría que lo esperaba. ¿Cómo iba a esperar esta petición? Eran imaginaciones suyas. Lo más probable era que la presentación que él había hecho, argumentando sobre la eficacia de la medida en cuanto ahorro de tiempo lo convenció.
A partir de este momento sus expectativas de ahorro se vieron incluso superadas. En la libertad de su casa, podía administrar los tiempos de una manera óptima. A estas alturas él ya era un verdadero experto en las finanzas y administración de cada segundo. Tenía que reconocer que los primeros meses fue duro, aislado en ese retiro voluntario. Cuando llevaba seis meses en su nueva condición de eremita urbano, el recuento de beneficios no podía ser más alentador. Cada día suponía un ahorro de una hora treinta y cinco minutos y crecía la ventaja que iba obteniendo al introducir cambios en el estilo de vida. Ahora conseguía 47.5 horas mensuales, casi doce días en medio año. El próximo año superaría el mes extra de ganancias. Quizá incluso más porque a partir de ahora reduciría las horas de sueño. Una disminución en una hora suponía un ahorro de 365 horas al año, quince días más de lo que obtenía en este momento. Dejó de ver sus series favoritas, eso le produciría unas ganancias de vértigo.
Es verdad que había descuidado su aseo personal y su dieta, salia sólo a comprar sus Kebab y algunas veces aprovechaba la visita a la oficina para comprar en el supermercado. El día que tenía que ir a la oficina se duchaba y afeitaba. Sin darse cuenta su casa se convirtió en un mundo donde el tiempo se trasladaba a una dimensión que sólo cabía en su propia realidad. Lo contaba, lo manoseaba, lo trasmutaba en oro. Contemplaba su brillo y le parecía que se iba acumulando en los rincones de la casa formando pilas de segundos y fajos de horas. Tan embelesado estaba en su creciente fortuna que aquella noche (o día, quien sabe) cuando la oscuridad de su conciencia le dijo que debía acostarse y el sueño vino a él, no pudo reconocerla. La había perseguido como otras tantas veces, corriendo por callejones, por avenidas, desviándose de su ruta en una carrera frenética. Intentando alcanzarla sin conseguirlo, era una digna adversaria que necesitaba ver aunque fuera con el rabillo del ojo tras adelantarla. Esa mujer lo invitaba a seguirla como en un desafío, sus gestos la delataban como un mujer entrada en años, pero su energía era inagotable. Pasó la noche en una persecución delirante, le faltaba el aliento, le dolía el pecho. ¿Cómo podía aquella mujer correr de esta manera? Algunas veces conseguía acercarse lo suficiente para ver parte de su rostro, pero entonces ella doblaba una esquina y desaparecía ganándole ventaja. Se sentía desfallecer y de pronto perdió la conciencia, se durmió.
Lo encontraron tres semanas después.En su oficina había faltado a alguna cita ocasionalmente, o había acudido a una hora inadecuada. Pero les extrañó no tener noticias de él, que no respondiera al teléfono, ni las llamadas en el timbre de su casa. Estaba tendido en el suelo agarrado al reloj, con un gesto de incredulidad en el rostro.
En su persecución hubo un momento de tregua que llegó tras el primer sueño, la mujer había aminorado la marcha como para darle ventaja. Entonces sacando fuerzas de su flaqueza, venciendo el profundo dolor que sentía en el fondo de su pecho, quizá en su alma, aceleró el paso hasta ponerse a su lado y pudo ver el rostro de la muerte. No la reconoció enseguida, pero su risa de triunfadora, su mirada inmisericorde le convencieron. Trató de hablar, pero las palabras no fluían de su boca, tenía que comunicarse con aquella mujer. Esto era un error, él tenía tiempo, tenía miles de segundos guardados, estaba en posesión de una fortuna inmensa y no podía haber llegado su hora. Se señalaba el reloj, le mostraba sus manecillas y se agarró a él como único refugio. Cayó en el profundo sueño dónde el tiempo se detiene y nada importa, no lo podía creer, consumió el último segundo de su conciencia para reconocer que estaba muerto.

NAMASTÉ (escrito en el aeropuerto de Bangalore, antes de salir de India)

sábado, 7 de mayo de 2011

A modo de saludo, entre hola , adios y gracias, Namasté es la palabra que abre las puertas. Una especie de ábrete Sésamo para la India. Te introduce en su mundo, crea una cierta complicidad. Agradecen oírlo, pronunciarla conjura los buenos espíritus e inicia una relación que de por sí suele ser de respeto y consideración. No hay recelo contra el extranjero, no hay desconfianza ni animosidad porque posee aquello que anhelarías tener. Este es un pueblo generoso. En ningún sitio me he sentido tan acogido. Son amables hasta lo indecible. No es una actitud fingida y no sólo la vemos en la gente de la calle. Los médicos con que trabajamos nos tratan de forma exquisita , todo el personal del hospital nos llama Sir, con respeto sin adulación. No te dejan agacharte a recoger algo que se cae, se anticipan, les gusta complacer sin ser serviles. Te hacen sentir importante en su espacio, se desviven por que estés bien. Qué pocas veces sientes ese reconocimiento en la vida diaria. Posiblemente nos ven como pertenecientes a un nivel social elevado. La verdad es que si la comparación se hiciera respecto a lo que poseemos, hasta los que se ven como infortunados en nuestro país, pasarían por ricos en la India. Es curioso que nosotros los vemos como una sociedad dónde la miseria es el signo más llamativo, pero lejos de envidiarnos ellos nos ven como una sociedad del despilfarro sin patrones que se deban imitar (esto último nos lo comentaba Balla, jefe médico del hospital de Kalyandurg donde trabajamos, que visitó España el pasado año y era la primera vez que salía de su país, le llamo la atención la cantidad de dinero que gastamos en necesidades creadas, de manera superflua).

Es posible que sea un pueblo acostumbrado a la sumisión, a la aceptación de rangos sociales como distintivo entre los individuos, asumiendo su posición con una docilidad que puede resultar enervante a nuestros ojos. Es cierto que vemos el problema de las castas como una crueldad, y las realidades que genera son hirientes (las castas están abolidas legalmente, pero siguen siendo una realidad social). Pero si nos abstraemos al problema ético del valor de los hombres, que desde nuestra mentalidad occidental es incuestionablemente de igualdad, aunque como en el caso indio solo sobre el papel. ¿Acaso nuestra sociedad no está basada en valores erróneos? No son la razón, la capacidad o la humanidad de los individuos los motores de la promoción social, sino que se basa en otros elementos más prosaicos como el dinero, el poder y la fuerza. No se pueden esperar sociedades justas con estas premisas. Occidente no ha demostrado ser el paladín de la justicia, sino del propio interés. No puede dar lecciones de moral cuando ha incumplido todas las normas éticas. No podemos despreciar aquello que no entendemos. Cada pueblo debe hacer su propia revolución en pro de sus individuos, pero cada pueblo tiene que iniciarla por si mismo y sólo lo hará cuando exista un caldo de cultivo aliñado con las especias que da la educación, el conocimiento y la cultura en mayúsculas. Los iluminados, los profetas, misioneros, voceros de un dios místico y justiciero que prediquen en el desierto. Quien desee ayudar en un cambio tiene que trabajar en él, comprometerse, sin discursos, movilizando conciencias desde los hechos. Esa fue la apuesta de Vicente Ferrer y ha hecho posible un cambio en esta compleja sociedad, en este espacio pequeño de Anantapur del que dependen unos cuatro millones de personas (en un país de más de mil millones).

Estas sociedades que ahora vemos rotas por la miseria, fueron en otro tiempo civilizaciones que brillaron con luz propia. Mientras Europa vivía en la oscuridad de la Edad Media en Asia se cultivaba el arte y la ciencia. Oriente fue el faro de las futuras culturas greco-romanas que se valieron de sus sabios para deslumbrar al mundo. Cuando el Renacimiento aún no había visto la luz, la ciudad de Vijayanagar era capital de un imperio cuyas construcciones hacían palidecer la sobriedad del arte románico (estuve el fin de semana en esta zona patrimonio de la Humanidad, es alucinante) Más tarde el imperio Mogol convivió y compitió con el nuevo renacer de Europa. Si bien es verdad que Asía ha tenido hasta ahora una evolución regresiva y Occidente se ha convertido en el vellocino de oro al que adoran los infieles, quien puede asegurar que el futuro no nos depare un destino distinto a la gloria que pensamos nos corresponde. Tampoco ellos pensarían que iban a acabar así. Estamos viendo como despierta el dragón asiático. Quizá un día sean ellos los que envíen cooperantes. En el bien de nuestras conciencias seamos solidarios y con ello demostraremos que nuestro progreso no sólo ha sido técnico sino humano. No existe ninguna política justa que no sea solidaria, no existe un hombre justo que no de algo de lo que tiene.


No hay árbol que el viento no haya sacudido. (proverbio Hindú)