EL DOLOR NO SE PUEDE COMPARTIR

Cada día oigo en televisión y en radio, declaraciones institucionales, comunicados, mensajes oficiales, donde se comparte el dolor de las víctimas del atentado en las Ramblas. Repetimos las condolencias, sumamos palabras cada vez más compasivas hacia las familias y de desprecio hacia un acto de barbarie como el perpetrado, pero por más que nos empeñemos y sea de buena fe lo que decimos, ello no hace que el dolor de las familias rotas pueda ser compartido. Ni el la madre de ese niño de tres años, ni la esposa del americano que estaba en su aniversario de boda, ni la del canadiense, las portuguesas, los muchos franceses y por supuesto ni siquiera la de nuestros conciudadanos cuyo tiempo se ha quebrado momentáneamente. Tampoco podemos compartir el dolor de las madres de los chicos abatidos por la policía. Aunque sean asesinos, aunque su acción sea la más repugnante del mundo con esas muertes indiscriminadas y absurdas, sus madres llorarán sin consuelo, rezarán por ellos para que su culpa sea perdonada ante Dios. Cualquier Dios perdona a sus hijos, cualquier madre los defiende sea cual sea su pecado.

No me sirven los minutos de silencio, para mi son un intento de acallar las conciencias de las instituciones políticas que son las que más los convocan. Si acaso los gritos de la ciudadanía: “¡No tenim por!” son los únicos revulsivos contra la impotencia que supone un acto tan salvaje. No se trata de callar, debemos gritar esa y otras consignas que rompan un silencio cómplice que desde hace tiempo existe en la sociedad.

Las autoridades nos dicen: “No cambiarán nuestra forma de vida, no podrán arrebatarnos nuestra democracia”. Mensajes llenos de contenido engañoso, el terrorismo les sirve como argumento para el control y como escusa para su inacción. No venceremos a los bárbaros sólo con policía, con militares, con medidas de restricción de las libertades. Si los ganamos será con integración, con formación, con justicia social. No creo que existan soluciones sencillas, ni que sea posible erradicar la locura de los seres humanos, siempre habrá un salvaje que atente contra la vida de otros, por Alá, por Jesucristo, por motivos políticos, raciales o simplemente porque su mente está perturbada. NO debe cambiarse la sociedad por actos de dementes como estos, pero yo si creo que SI debemos cambiar. Construir democracias reales, sin miedos, con modelos de convivencia más solidarios, basados en aquellos principios que decimos defender que son la justicia, los derechos humanos y todos los argumentos que llenan la boca de los políticos de toda Europa y sin embargo están cada vez más ausentes en la realidad del mundo. La falacias del espíritu europeo que se perdió nada más topar contra decisiones valientes, el silencio cobarde ante el injusto reparto de la riqueza, nuestra contribución a esa injusticia y a los conflictos armados que son el caldo de cultivos del odio (más de 300.000 muertos en los seis años de conflicto en Siria). Los argumentos de los instigadores del terrorismo caen en el terreno abonado por la marginación, la incultura, la ideología excluyente, la insolidaridad, la guerra, la miseria. No podemos compartir el dolor, sólo podemos mitigarlo, quizá prevenirlo, pero únicamente si vamos a su raíz, a su causa. Necesitamos acción y no palabras ni minutos de silencio estériles.


"La calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona".
Federico García Lorca


El 18 de agosto de 1936 fue asesinado Federico García Lorca (como muchos otros) en la “Guerra Santa” del nacionalcatolicismo franquista.


UNIVERSOS ROTOS

El viejo, sentado frene a la ventana veía caer la tarde, observaba con la mirada perdida los rojos ocultándose tras el horizonte. Estaba, como el día, acabando su tiempo, meciéndose con los últimos compases de la vida. Sin embargo, nadie podría pensar que la tristeza asomaba a su rostro. Aunque a decir verdad, quizás su rostro siempre había parecido triste. Demasiados huesos como le decía su madre. Su cara poseía unas prominencias óseas tan marcadas que las sombras se proyectaban en todas sus facciones. No había dulzura en sus rasgos, ni ternura en su mirada. Sólo la soledad se adueñaba de aquel cuerpo expuesto a la intemperie de la vida y vencido por ella. Pero el viejo resistía asomado a la ventana contemplando la vida con la indiferencia de quien ya nada espera. ¿Qué es la vida si no una eterna espera? Si no existe nada en lo que fijar la mirada, si no queda nada por ver, si no hay futuro, es que la vida llegó a su fin. Allí en la ventana era fácil dejar volar la mente hacia el recuerdo que es el único lugar que no muere. Por más lejos que quede siempre es posible volver la vista atrás y ver a través de nosotros mismos. Otros tiempos que ya pasaron a la historia de uno mismo y que no tienen más valor que el de darnos sentido siempre nos están esperando.

Recordaba su infancia. Quería ser amado pero no podía evitar crear una barrera invisible entre él y los demás. Sólo su madre traspasaba a veces aquel muro de silencios que lo tenía aislado en su cuarto, agarrado a cualquier objeto que le diera la certeza de estar presente. Sostenía con igual pasión un tornillo que hubiera encontrado, como la pierna de un muñeco. La pasión con que se agarraba a aquellos objetos era su deseo a permanecer unido a la realidad. Creía que si se soltaba podría desaparecer y adentrarse en otros mundos oscuros. Tantas veces había pensado que con la edad aquella sensación de desamparo desaparecería, que sólo pensaba en resistir. Aguantar un día más le acercaba a la posibilidad de dejar de ser un forastero en el mundo. Iba al colegio y se relacionaba con sus compañeros, siempre sujeto a un objeto fetiche. Estudiaba y creía de verdad que el estudio le permitiría encontrar las respuestas. El tiempo le demostró que la recompensa a su tesón sólo eran nuevas preguntas. Pasó por la adolescencia como quien atraviesa un desierto. Tenía sed pero carecía de agua. Tenía calor pero no había sombras en las que cobijarse. Caminaba y sus pies se hundían en la blanda arena, no podía marchar con un paso firme por aquel lugar que cedía a cada paso sin saber si acabaría finalmente en las arenas movedizas del fracaso. Esta vez llevaba agarrada de la mano otra mano, la de Julia. Los dos se movían con la inercia de sus músculos, con el dictado de moverse que les daba su mente, pero sin una dirección marcada, sin destino, sin propósito. Dicen que las almas gemelas se encuentran. No eran almas gemelas, eran almas en pena que se consolaban mutuamente. El día que perdió el paso y cayó, al levantarse ya no quedaba nadie que le diera la mano. Julia siguió caminando como una autómata y para cuando se dio cuenta ya estaba muy lejos para alcanzarla.

Estudió medicina. Conocer los misterios del cuerpo quizá le permitiría descubrir los arcanos del alma. Encontraría las respuestas ocultas entre los pliegues del dolor de los otros. Después de tanto tiempo adentrándose en la miseria de la enfermedad, buceando en los orígenes del sufrimiento, no consiguió comprender la injusticia de la vida. No era la muerte la que asolaba los cuerpos enfermos, era el miedo. En sus rostros aparecía un terror que iba creciendo conforme la enfermedad ganaba batallas. Los ojos se hundían en la profundidad de las cuencas, la boca se contraía en cortos espasmos que no hacían si no acentuar la sensación de pérdida. No obtuvo los resultados esperados, la medicina consiguió curar a algunos de sus pacientes, pero no halló el remedio para la fractura que en su Universo personal existía. Quizás aquello no tenía solución, quien nacía roto debía resignarse a convivir con los pedazos de su cuerpo quebrado. Trataba de ver a través de la ventana donde habían ido quedando los fragmentos que había ido perdiendo a lo largo de su vida. Podía ver sus miembros esparcidos por el pasado como si se trataran de las migas de pan que había ido dejando para encontrar el camino de vuelta.

Ahora ya no tenía que preocuparse de nada más, pronto llegaría la hora. Veía transformarse los rojos del crepúsculo en oscuridad y eso le devolvía la esperanza de que estaba cerca el fin. Necesitaba descansar, alcanzar el remanso de paz que concede la muerte. Sólo así quedarían olvidados sus Universos Rotos.


Escena de Los puentes de Madison (1995). Película de género romántico y drama. El futuro de Francesca Johnson parece predestinado cuando una bifurcación inesperada en el camino la hace cuestionar todo lo que había llegado a esperar de la vida.    

EL POZO DE LA DESINSPIRACIÓN

Cuando la mente se vacía y cae en el pozo de la desesperanza, nada acude en ayuda de la inspiración. ¿Se agotaron los recursos o se trata simplemente de una situación transitoria? Es la monotonía quien apaga las luces de la creación, es el ritmo cansino de la vida el que adormece la comunicación con lo sobrenatural. La fuente de palabras y de ideas que brotaba clara desde las profundidades del alma, como un manantial que parecía inagotable, reposa ahora en las tranquilas aguas estancadas de una charca. ¿Cómo despertar al duende inspirador si no sabemos invocar su nombre ni conocemos su procedencia? Recibimos tanta información dolorosa, tanta basura se acumula en nuestro portal, que es difícil saludar el día con la alegría del enamorado. ¿Acaso el desamor nos hará volar a los pozos oscuros pero fructíferos de la tristeza o nos sumirá más aún en el letargo de la indiferencia? Dejar de mirar la vida desde el balcón de invierno del recuerdo, pasarse a la orilla del mar del futuro, bañarse allí los pies notando el frio entre los dedos, despertar la sonrisa, abrir los ojos, llenarse los pulmones con aire nuevo. Viajar, amar, escuchar, hablar, compartir… Para devolver la magia de la imaginación hay que conjugar los verbos que requieren compañía. La soledad no es mas que sentirse acompañado por uno mismo y proporciona la misma energía. Sea como sea, quiero pedir que vuelva la luz reveladora y que me permita seguir pulsando las letras que son como píldoras para seguir en pie.

Brains. Voltaire
 

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN PARTO

Si tuviera que decir a la cámara algo que pudiera ser interesante acabaría pasando el tiempo de grabación con la mirada perdida en el cielo para ver descender la inspiración. Pero si me siento a escribir es más fácil que salga algo que viene seguro de dentro, que está ahí esperando ser invocado. Sólo hay que decir la palabra mágica, abracadabra, en mi caso Aurora.

Nadie conoce a nadie, somos como nos imaginan que somos. ¿Quién puede conocer los entresijos de una mente, si a veces no podemos vernos ni a nosotros mismos con claridad? Al final, digo que somos lo que los demás ven, o alguien parecido. Y ¿Qué me dices de adivinar como fueron, qué serán? Un desafío imposible, sólo al alcance de algo tan potente como la imaginación. De allí viene esta Aurora, puede que tenga rasgos reconocibles o tan contaminada sale de mi cariño que sólo es una fábula, un producto de factoría de ficción. Que más da, yo escribo, tú lees y por un momento hemos conectado nuestras mentes, uno en el otro. Es como un beso de felicitación que dice cuanto quieras que diga.

“Aurora a sus veinticinco años tiene un armario lleno de ilusiones, de cosas por hacer, de proyectos, de amigos. Tan lleno que parece va a romper las puertas y salir, desbordarse por la habitación. Lo mira y piensa: “ ja ficaré ordre un dia d´aquestos, però no tinc temps” No tiene tiempo porque su reloj corre tras ella diciéndole que queda tanto por hacer que debe correr. No es una huida desenfrenada, es una carrera necesaria para llenar tantos deseos como se agolpan en su mente. Llega al hospital temprano, ha tenido tiempo de preparar el desayuno a su marido y dejar todo en orden. No es una imposición, no podría hacerlo de otra manera, le place, disfruta de ello, por eso cuando llega al hospital ya lleva su sonrisa y sus labios pintados de rojo. Se viste con ese vestido corto de enfermera y antes de salir del baño se mira en el espejo, como para desearse suerte, pero a la vez para infundirse ánimo. “ Xé, no estic mal, en hi han de pijors!”

Cuando sale le sigue una estela de perfume que no consigue alcanzarla porque ella ya está en el paritorio. Allí entra irradiando luz, como su nombre, la que brilla. Más se alegran las compañeras que salen de guardia. Por fin el relevo a un noche larga, siempre tediosa. Los paritorios son salas tristes, donde los gritos de las mujeres, el sufrimiento, han dejado manchas en las paredes, han impregnado todo el espacio de una pátina de dolor. El paritorio es un espacio que puede convertirse en una cárcel si dejas que el dolor te posea. Pero con Aurora el dolor esta inerme, porque ella genera alegría, despierta esperanza. Cuando entra pinta de color aquellas paredes grises del mismo color que sus labios o de verde manzana o de azul turquesa. Habla a las mujeres con la determinación de un general que va a llevar a sus tropas a la victoria, con la dulzura de una madre que susurra a su hijo para que no tema en la oscuridad. “Ala xiqueta que aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un momentet” Hay una situación de desamparo mayor que la del miedo, la del dolor y el miedo. El parto tiene todos los ingredientes para romper la integridad de una mujer. Ni el amor al hijo puede a veces superar esa terrible necesidad de acabar con el martirio del dolor brutal, esencial, que parte de las entrañas y se abre camino hacia el sexo. El lugar que fue punto de partida de placer, de sueños es ahora un enemigo que se interpone al descanso, al fin del sufrimiento. “Cariñet, estem acabant, en un moment voràs al teu xiquet” No existe siempre el consuelo, pero tener una mano a la que agarrarse, alguien que te trasmite calor, alguien que te está diciendo con los ojos, si pudiera compartiría tu dolor, permite resistir, mantener la dignidad de ser mujer. La dignidad que no viene de sufrir para parir, si no la dignidad de ser la actriz principal en el proceso de la vida. Aurora es el faro en la tempestad, la luz del amanecer que disipa los fantasmas de la noche. Cuando el dolor estalla en grito y tras él viene el llanto del niño que ha nacido en sus manos, cuando el drama se convierte en felicidad, cuando todo estaba a punto de derrumbarse y ha conseguido mantener la calma, de nuevo sonríe : “ Tu veus, és preçios, com vas a ficar-li? Ara ja ha passat tot, en un momentet estaràs dalt bonica”

Aurora a los sesenta años tiene un armario lleno de ilusiones, un día de estos tendrá que poner orden o amenaza con romperse, pero no tiene tiempo, hay tantas cosas por hacer. Sale temprano para ir al hospital después de haber preparado el desayuno a su marido, él ya sabe que no es por obligación, lo hace por gusto y no podría dejar de hacerlo aunque quisiera. Entra el paritorio con una sonrisa y sus labios pintados y se pone el pijama de la guardia. Antes de salir del baño mira de reojo el espejo y piensa “Xé, no estic mal! En hi han de pijors!” Cuando abre las puertas de aluminio y entra en aquel sagrado recinto, donde la actividad de la noche ha dejado secuelas en los ojos y las caras de sus moradores, un chorro de agua fresca llega hasta aquellos durmientes “Xiquets, com esteu. Ale vaig a fer-vos un café. Qué tenim per açí? ” y se acerca al paritorio donde una mujer con epidural, junto a su marido esperan con cierta aprensión el cambio de turno sin saber quien les va a llegar. Sonríe la explora y le dice: “Cariñet aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un moment”

Com que Aurora corre més que el temps, no podrà mai alcançarla, serà sempre la xiqueta, la germana, la mare de vinticinc anys que cuan obri la porta deixa entrar la llum, amb eixa risa oberta que surt dels morrets pintats en roig.


Un beset de Robert

Benifaraig 5 de juny de 2012



Ordinary World. Duran Duran
 

NAUFRAGIO INFORMATIVO

    Baño de sangre en Manchester, brutal atentado que ha matado 22 personas, entre ellos adolescentes y niños.

   Una nueva Tragedia en el mar se cobra la vida de al menos 34 inmigrantes, de ellos unos diez niños.

   Un grupo de hombres armados disparó la mañana del viernes contra una comitiva de autobuses cargados de cristianos coptos al sur de Egipto, matando al menos a 28 personas, muchos de ellos niños.

   Todo ocurrió durante esta semana, casi simultáneamente, pero no escuche el mismo ruido informativo con unas noticias que con otras. No se tuvieron los mismos minutos de silencio por las víctimas. No nos sentimos tan agredidos con todas las muertes. Ni todos los cadáveres de niños suscitan la misma indignación. Si comparamos la forma de abordar las noticias y la tinta que ha corrido para cada uno de los atroces crímenes, sabremos que estamos hablando de un naufragio informativo. La crisis humanitaria en Yemen no merece ni titulares, aunque los muertos siguen siendo niños.

Gregerias. Ramón Gómez de la Serna

EL SIMIO ITINERANTE

Desde que unos primates cruzaron la llanura de Laetoli en Tanzania hace 3,6 millones de años y dejaron sus huellas en el fango de la ceniza volcánica, el hombre y sus ancestros no ha dejado de moverse. ¿Porqué se arriesgaron a salir de su tierra? ¿Qué nos  hace ser unos monos inquietos? Quizás resida en nuestro ADN o en nuestro cerebro repleto de circuitos reverberantes. Es posible que los motivos vengan del medio o del miedo, quién sabe. La búsqueda de nuevos territorios, la conquista, el poder o la ambición nos han hecho descubridores y nos ha permitido poblar la Tierra. Muchos hombres y mujeres a lo largo de la Historia han arriesgado sus vidas y las han perdido para buscar un lugar más apto, más amable, más bello o más rico. Este mono itinerante hizo posible que las civilizaciones se enriquecieran. Los viajes sirvieron para compartir conocimientos, cultura, ciencia, arte, alimentos, especias… Nuestros antecesores salieron de África, se adentraron en Asia o quizá cruzaron el mar para entrar en Europa seguramente movidos por los mismos motivos que ahora. Suben a barcazas y recorren interminables caminos plagados de peligros, con sus hijos de la mano para buscar un futuro mejor. Mujeres y hombres pasando hambre, dejando atrás sus casas y sus familias por un sueño. Ellos han sido los verdaderos fundadores de nuestro mundo, los emigrantes.

Ahora hemos decidido crear fronteras, levantar muros, dejarlos en campos de refugiados, abandonarlos a su suerte en el mar, permitir que naufraguen sus sueños. Hoy pensamos que cada cual debe permanecer donde le correspondió nacer, sin haberlo elegido, aún a sabiendas de lo injusta que resulta la vida de quien nació en la miseria, sea cual sea el lugar. No nos entra en la cabeza que pudimos ser nosotros los nacidos en el África que se muere de hambre, en el desierto arrasado por el sol o por las armas (las que les vendimos), en países donde la explotación es la norma, en los basureros del mundo moderno... Es absurdo que si en millones de años el ser humano ha sido trashumante, viajero, migrante o aventurero, cuando tu destino y el de los tuyos es la muerte no salgamos corriendo hacia adonde sea para cambiarlo. No existe un hombre o una mujer en el mundo que no desee un hogar confortable y seguro, alimentar a sus hijos, soñar con un futuro mejor. Musulmanes, cristianos, budistas, negros, amarillos, inteligentes o necios, pobres y millonarios, todos coincidimos en los mismos deseos, cada cual a su manera.

No hay un solo humano que se resigne si ve la vida de sus hijos al borde del abismo. Sin embargo a todos aquellos que corren para salvarse, les ponemos la zancadilla. Recuerdo como nos escandalizamos cuando una reportera puso el pie a un emigrante sirio en la frontera de Serbia. Todos nos solidarizamos con el pobre emigrante, lo trajimos a casa como disculpa ¿Qué hacen nuestros gobiernos, con nuestro consentimiento, cuando impiden la entrada de refugiados a las fronteras de nuestro pretendido paraíso? ¿No estamos poniendo zancadillas a los que tratan de saltar vallas y cruzar mares? Lo queramos o no somos cómplices de aquellos que se reúnen en cumbres políticas para resolver problemas que nunca se resuelven, de aquellos que dictan leyes en contra de los hombres para bien de los mercados, de los que levantan muros de palabras y miedos para justificar las murallas y las rejas.

Y si nos preguntan, todos somos Hombres de Paz. ¿Qué Paz puede querer quien consiente la guerra? Cómo pretendemos acabar con el odio si no acabamos con lo que lo produce. La injusticia, la ignorancia, la miseria (no la pobreza, si no la miseria sin futuro), el hambre, la violencia, la desigualdad aberrante, esos son los ingredientes del odio. No podemos haber estado caminando millones de años para acabar aceptando que los que huyen de la barbarie para salvarse son delincuentes, enemigos, seres peligrosos, terroristas en potencia. Si nuestras sociedades no han aprendido el valor de lo diferente, la solidaridad con sus congéneres, la necesidad de una moralidad centrada en el Hombre, es que la evolución ha sido un fracaso, una decepción y no un proceso extraordinario.

Jo vinc d'un silenci. Raimon