LA TEMPESTAD Y LA CALMA

Vivimos la terrible tempestad de las emociones. Si fuéramos gentes simples, si nuestras almas fueran elementales y etéreas, disfrutaríamos del confort de la felicidad plena. Pero desgraciadamente, o quizá por alguna suerte de maldición, gozamos de un espíritu movido por fuerzas más poderosas que las que unen los átomos. En nuestro interior se guarda el arma más poderosa y destructiva, la emoción. Es posible que este arma pueda ser utilizada para el Bien, que tuviera otros fines en su Creación. Lo cierto que es que ahora nos sumerge en un mar agitado, en un marasmo de sentimientos. Vivimos atónitos frente a lo que somos capaces de hacer o evitar hacer.

Si no lo habéis adivinado estoy hablando de Cataluña. Y por continuar con el símil del Homo Sapiens y su “distópica” realidad, veo en nuestro comportamiento la imagen del mono alzando el hueso para golpear al vecino. Hemos trocado el hueso por banderas, hemos cambiado el pelaje de simio por corbatas, hemos cambiado la sangre por tinta, hemos cambiado los gruñidos por insultos y tertulias. Y defendemos todo ello como si se tratara de verdades inalienables, de axiomas que persisten desde siglos. Dejamos escritos sobre Constituciones palabras que parecen surgidas del rayo del Creador y grabadas a fuego sobre las Tablas de la Ley. Las tomamos como verdades inalterables, como si se tratara de un sacrilegio pretender modificarlas. Adornamos estas palabras de símbolos, las colocamos tras una bandera, las agitamos al viento, las pronunciamos con solemnidad, emitimos consignas que tocan el cerebro más arcaico, aquel que contiene las emociones y estalla la guerra. Abrimos sin preocupación la caja de Pandora porque nos hacen creer que se violan nuestros principios fundacionales como individuos. Desde que el Hombre se dotó de Humanidad la guerra es una constante, no ha cesado desde el principio de los Tiempos. Es posible que nunca termine. Debe estar en nuestros genes la necesidad de vencer al otro, de someterlo, de demostrar la fuerza, de que el triunfo no solo sea ganarlo en la batalla, si no humillarlo, hacerle morder el barro del fracaso.

Hablo en primera persona del plural porque somos responsables de lo que ocurre. Aunque estoy seguro de que como yo muchos no sientan la emoción de las patrias, de las fronteras, de las banderas.

“La música militar nunca me supo levantar” decía Brassens. Escuché a Josep Borrell decir el pasado día 8 una frase que creo que pertenece a Jean Monnet : “Las fronteras son las cicatrices que deja la Historia sobre la Tierra” y el propio Monnet hablaba en 1943 de la idea de Europa: "No habrá paz en Europa, si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional (...) Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables”.

Si somos más los que pensamos que no queremos movernos por emociones si no por el sentido común ( cal que recuperem el seny). ¿Por qué nos dejamos llevar por políticos nefastos, incapaces de entenderse? Si es que necesitamos vencer, la política es el arte de vencer sin iniciar la batalla. Apelar a la fuerza de la Razón y no a la razón de la Fuerza, convencer y no vencer como dice Unamuno. “La capacidad de resolver un conflicto sin lucha es lo que diferencia al prudente del ignorante” afirma Sun Tzu en “El arte de la Guerra”. Aunque también decía que todo el arte de la guerra está basado en el engaño. Nos engañan con señuelos, como a los toros de lidia. Nos colocan la muleta y entramos al trapo, cada uno embiste un trapo diferente. Estelada, cuatribarrada, rojo y gualda. “La guerra es muy mala escuela, no importa el disfraz que viste, perdonen que no me aliste bajo ninguna bandera, vale más cualquier quimera, que un trozo de tela triste” (Jorge Drexler).

Si no sirven para hacer política que se vayan. ¡Hagamos que se vayan! Deben ser despedidos por ineptos Rajoy y Puigdemont, por incapaces. ¡Que acaben las consignas y empiecen las palabras! No habrá paz sin diálogo, si se imponen artículos, si las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son los encargados de imponer la Ley, por muy justa que esta sea, no vendrá la calma. Vendrá el silencio de los derrotados, se enterrará el problema, pero sólo será una tregua ante la próxima tempestad que estallará más feroz, más violenta. Porque la emoción no puede silenciarse, sólo puede reconducirse hacia la tolerancia. Somos seres tribales y defendemos lo que creemos que es nuestro grupo, nos empleamos emocionalmente a este diseño genético, no podremos cambiarlo. Pero podemos hacer que la tribu sea mayor, que otros pertenezcan a ella, sólo es cuestión de encontrar lo que nos hace miembros del mismo Clan. No podemos renunciar a intentarlo o nos destruiremos. Sólo existe un arma capaz de vencer a la emoción, la palabra. ¡Hablemos! ¡Parlem!


Mlonga del Moro Judio. Jorge Drexler
 

VIVO EN UNA DISTOPÍA

Hoy me he dado cuenta.

Así fue como pasó.

Anoche cerca de las dos de la madrugada me acosté. No suelo ir a dormir tan tarde. Desvelado por la noche decidí tomar medio Zolpidem. Es un inductor del sueño y me ayuda cuando el traqueteo de la cotidianidad no deja reposar mis neuronas. No conseguía dormirme y decidí tomar media pastilla más. Quizá fuese una suerte de efecto paradójico o una alteración de niveles de melatonina, que se yo, lo cierto es que se abrió ante mí un estado de clarividencia, de luz cegadora, que no sólo me impedía dormir si no que agitó la velocidad de transmisión sináptica hasta convertir el pensamiento en turbulento.

¿Creéis que miento? Estoy seguro de lo que tomé, nunca probé la cocaína, el espit o cualquier otra droga como estáis pensando.

Vayamos a los hechos. En esa vorágine de pensamiento acelerado, en el marasmo de ideas que se agolpaban por hacerse ver, me encontré mirándome ante un espejo. No mirándome a mí mismo, si no a través de mí viendo el mundo.

Juro que era Zolpidem lo que tomé.

Miré al Hombre como elemento de la Evolución. Aquel Homo Sapiens que abandonó el estilo de cazador-recolector en pro de una evolución positiva y quizá sin saberlo inició la regresión de la especie. Desde un modelo de vida basado en la libertad, la búsqueda del alimento que proporcionaba el medio, integrado en la cadena como un eslabón más, pasó a ser agricultor. La primera revolución lo hundió en la esclavitud a la tierra. Atarse a un lugar, mirar cada día al cielo para esperar la lluvia y temer el granizo, trabajar de sol a sol. ¿Le colmó de felicidad? No lo sé. Le colmó de hijos al calor de un alimento más abundante y fue llenando el planeta. Más tarde, miles de años después llegó la revolución industrial, producir más era un imperativo para aumentar los alimentos, los objetos de consumo. Seguro que pensó: “Voy en el buen camino para conseguir la felicidad”. La vida buena no era tan buena para algunos, que acabaron siendo esclavos no de la tierra, si no de las fábricas. Y siguieron llenando el planeta de sapiens. La revolución informática, la inteligencia artificial, el “progreso” que es ahora exponencial pretende sacarnos de la esclavitud a las máquinas. Nos ofrece la posibilidad de tener tiempo para disfrutar de lo que compramos, de los objetos de consumo que ya son imprescindibles. Pero estamos librando justamente ahora la batalla de no ser esclavos de las pantallas, los móviles, los ordenadores, las televisiones… Sigue el planeta llenándose de hombres en busca de la felicidad. ¿Cuál es la realidad que veía ahora merced a mi hipervisión? Pude ver desde mi cama un mundo distópico para el Homo Sapiens que inició su andadura hace unos dos millones de años. Si aquel mono avanzado hubiera sido entonces capaz de pensar en un mundo futuro y escribirlo para nosotros, dudo que su utopía consistiera en la realidad actual. Un mundo de contrastes ofensivos, de contradicciones morales y de renuncias a principios irrenunciables.

Los que tenemos la suerte de habitar el Primer Mundo, la cúspide de la pirámide, el cénit de la civilización, vivimos sujetos al cronómetro, en nuestro trabajo y en nuestro ocio. Vigilados para nuestra seguridad, liderados por individuos incapaces (lejos de ser fruto de una Selección Natural darwiniana), encerrados en muros de cemento y rodeándonos de muros virtuales de prejuicios e ideologías. ¿Quién podría pensar que en un futuro utópico Trump sería el líder natural para la Humanidad, que pudiera dirigir los destinos del país más poderoso del mundo? Y sin irnos tan lejos, los políticos que nos gobiernan aquí dejan muchas dudas en su idoneidad, las instituciones que hemos creado para dar valor a nuestros ideales han ido perdiendo lustre y ahora no alcanzo a ver el brillo de casi ninguna. La Justicia no es justa, La Banca roba, el Parlamento miente y traiciona lo que prometió en elecciones, por lo que la Democracia está vacía, la Iglesia decepciona, los Ayuntamientos y Gobiernos se llenan de corruptos, Europa es un fraude. También las revoluciones sociales que emprendimos nos trajeron un capitalismo insolidario y voraz. Libertad, Igualdad y Fraternidad suenan a chiste en boca de cualquier ciudadano de este mundo “desarrollado”.

El Segundo Mundo persigue los principios del primero, sigue sus sendas, luego poca esperanza puede suscitar de cambio. Respecto al Tercer Mundo, eufemismo indecente del mundo pobre, soporta los males impuestos por la ambición de sus amos. Comparte con el Primer Mundo sus defectos sin disfrutar de ninguna de sus ventajas. El hambre, la enfermedad, la miseria, la degradación de la condición humana campa a sus anchas y hace más patente la insolidaridad y el autismo de nuestra sociedad.

Así pues vivimos en una distopía fantásticamente aceptada. Habría que escribirlo, para que los próximos habitantes del Planeta después de nuestra extinción, puedan tomar nota y cambiar el rumbo a la Evolución.

Me voy a tomar otro Zolpidem a ver si consigo dormirme.

Entre esos tipos y yo hay algo personal. Serrat
 

EL DOLOR NO SE PUEDE COMPARTIR

Cada día oigo en televisión y en radio, declaraciones institucionales, comunicados, mensajes oficiales, donde se comparte el dolor de las víctimas del atentado en las Ramblas. Repetimos las condolencias, sumamos palabras cada vez más compasivas hacia las familias y de desprecio hacia un acto de barbarie como el perpetrado, pero por más que nos empeñemos y sea de buena fe lo que decimos, ello no hace que el dolor de las familias rotas pueda ser compartido. Ni el la madre de ese niño de tres años, ni la esposa del americano que estaba en su aniversario de boda, ni la del canadiense, las portuguesas, los muchos franceses y por supuesto ni siquiera la de nuestros conciudadanos cuyo tiempo se ha quebrado momentáneamente. Tampoco podemos compartir el dolor de las madres de los chicos abatidos por la policía. Aunque sean asesinos, aunque su acción sea la más repugnante del mundo con esas muertes indiscriminadas y absurdas, sus madres llorarán sin consuelo, rezarán por ellos para que su culpa sea perdonada ante Dios. Cualquier Dios perdona a sus hijos, cualquier madre los defiende sea cual sea su pecado.

No me sirven los minutos de silencio, para mi son un intento de acallar las conciencias de las instituciones políticas que son las que más los convocan. Si acaso los gritos de la ciudadanía: “¡No tenim por!” son los únicos revulsivos contra la impotencia que supone un acto tan salvaje. No se trata de callar, debemos gritar esa y otras consignas que rompan un silencio cómplice que desde hace tiempo existe en la sociedad.

Las autoridades nos dicen: “No cambiarán nuestra forma de vida, no podrán arrebatarnos nuestra democracia”. Mensajes llenos de contenido engañoso, el terrorismo les sirve como argumento para el control y como escusa para su inacción. No venceremos a los bárbaros sólo con policía, con militares, con medidas de restricción de las libertades. Si los ganamos será con integración, con formación, con justicia social. No creo que existan soluciones sencillas, ni que sea posible erradicar la locura de los seres humanos, siempre habrá un salvaje que atente contra la vida de otros, por Alá, por Jesucristo, por motivos políticos, raciales o simplemente porque su mente está perturbada. NO debe cambiarse la sociedad por actos de dementes como estos, pero yo si creo que SI debemos cambiar. Construir democracias reales, sin miedos, con modelos de convivencia más solidarios, basados en aquellos principios que decimos defender que son la justicia, los derechos humanos y todos los argumentos que llenan la boca de los políticos de toda Europa y sin embargo están cada vez más ausentes en la realidad del mundo. La falacias del espíritu europeo que se perdió nada más topar contra decisiones valientes, el silencio cobarde ante el injusto reparto de la riqueza, nuestra contribución a esa injusticia y a los conflictos armados que son el caldo de cultivos del odio (más de 300.000 muertos en los seis años de conflicto en Siria). Los argumentos de los instigadores del terrorismo caen en el terreno abonado por la marginación, la incultura, la ideología excluyente, la insolidaridad, la guerra, la miseria. No podemos compartir el dolor, sólo podemos mitigarlo, quizá prevenirlo, pero únicamente si vamos a su raíz, a su causa. Necesitamos acción y no palabras ni minutos de silencio estériles.


"La calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona".
Federico García Lorca


El 18 de agosto de 1936 fue asesinado Federico García Lorca (como muchos otros) en la “Guerra Santa” del nacionalcatolicismo franquista.


UNIVERSOS ROTOS

El viejo, sentado frene a la ventana veía caer la tarde, observaba con la mirada perdida los rojos ocultándose tras el horizonte. Estaba, como el día, acabando su tiempo, meciéndose con los últimos compases de la vida. Sin embargo, nadie podría pensar que la tristeza asomaba a su rostro. Aunque a decir verdad, quizás su rostro siempre había parecido triste. Demasiados huesos como le decía su madre. Su cara poseía unas prominencias óseas tan marcadas que las sombras se proyectaban en todas sus facciones. No había dulzura en sus rasgos, ni ternura en su mirada. Sólo la soledad se adueñaba de aquel cuerpo expuesto a la intemperie de la vida y vencido por ella. Pero el viejo resistía asomado a la ventana contemplando la vida con la indiferencia de quien ya nada espera. ¿Qué es la vida si no una eterna espera? Si no existe nada en lo que fijar la mirada, si no queda nada por ver, si no hay futuro, es que la vida llegó a su fin. Allí en la ventana era fácil dejar volar la mente hacia el recuerdo que es el único lugar que no muere. Por más lejos que quede siempre es posible volver la vista atrás y ver a través de nosotros mismos. Otros tiempos que ya pasaron a la historia de uno mismo y que no tienen más valor que el de darnos sentido siempre nos están esperando.

Recordaba su infancia. Quería ser amado pero no podía evitar crear una barrera invisible entre él y los demás. Sólo su madre traspasaba a veces aquel muro de silencios que lo tenía aislado en su cuarto, agarrado a cualquier objeto que le diera la certeza de estar presente. Sostenía con igual pasión un tornillo que hubiera encontrado, como la pierna de un muñeco. La pasión con que se agarraba a aquellos objetos era su deseo a permanecer unido a la realidad. Creía que si se soltaba podría desaparecer y adentrarse en otros mundos oscuros. Tantas veces había pensado que con la edad aquella sensación de desamparo desaparecería, que sólo pensaba en resistir. Aguantar un día más le acercaba a la posibilidad de dejar de ser un forastero en el mundo. Iba al colegio y se relacionaba con sus compañeros, siempre sujeto a un objeto fetiche. Estudiaba y creía de verdad que el estudio le permitiría encontrar las respuestas. El tiempo le demostró que la recompensa a su tesón sólo eran nuevas preguntas. Pasó por la adolescencia como quien atraviesa un desierto. Tenía sed pero carecía de agua. Tenía calor pero no había sombras en las que cobijarse. Caminaba y sus pies se hundían en la blanda arena, no podía marchar con un paso firme por aquel lugar que cedía a cada paso sin saber si acabaría finalmente en las arenas movedizas del fracaso. Esta vez llevaba agarrada de la mano otra mano, la de Julia. Los dos se movían con la inercia de sus músculos, con el dictado de moverse que les daba su mente, pero sin una dirección marcada, sin destino, sin propósito. Dicen que las almas gemelas se encuentran. No eran almas gemelas, eran almas en pena que se consolaban mutuamente. El día que perdió el paso y cayó, al levantarse ya no quedaba nadie que le diera la mano. Julia siguió caminando como una autómata y para cuando se dio cuenta ya estaba muy lejos para alcanzarla.

Estudió medicina. Conocer los misterios del cuerpo quizá le permitiría descubrir los arcanos del alma. Encontraría las respuestas ocultas entre los pliegues del dolor de los otros. Después de tanto tiempo adentrándose en la miseria de la enfermedad, buceando en los orígenes del sufrimiento, no consiguió comprender la injusticia de la vida. No era la muerte la que asolaba los cuerpos enfermos, era el miedo. En sus rostros aparecía un terror que iba creciendo conforme la enfermedad ganaba batallas. Los ojos se hundían en la profundidad de las cuencas, la boca se contraía en cortos espasmos que no hacían si no acentuar la sensación de pérdida. No obtuvo los resultados esperados, la medicina consiguió curar a algunos de sus pacientes, pero no halló el remedio para la fractura que en su Universo personal existía. Quizás aquello no tenía solución, quien nacía roto debía resignarse a convivir con los pedazos de su cuerpo quebrado. Trataba de ver a través de la ventana donde habían ido quedando los fragmentos que había ido perdiendo a lo largo de su vida. Podía ver sus miembros esparcidos por el pasado como si se trataran de las migas de pan que había ido dejando para encontrar el camino de vuelta.

Ahora ya no tenía que preocuparse de nada más, pronto llegaría la hora. Veía transformarse los rojos del crepúsculo en oscuridad y eso le devolvía la esperanza de que estaba cerca el fin. Necesitaba descansar, alcanzar el remanso de paz que concede la muerte. Sólo así quedarían olvidados sus Universos Rotos.


Escena de Los puentes de Madison (1995). Película de género romántico y drama. El futuro de Francesca Johnson parece predestinado cuando una bifurcación inesperada en el camino la hace cuestionar todo lo que había llegado a esperar de la vida.    

EL POZO DE LA DESINSPIRACIÓN

Cuando la mente se vacía y cae en el pozo de la desesperanza, nada acude en ayuda de la inspiración. ¿Se agotaron los recursos o se trata simplemente de una situación transitoria? Es la monotonía quien apaga las luces de la creación, es el ritmo cansino de la vida el que adormece la comunicación con lo sobrenatural. La fuente de palabras y de ideas que brotaba clara desde las profundidades del alma, como un manantial que parecía inagotable, reposa ahora en las tranquilas aguas estancadas de una charca. ¿Cómo despertar al duende inspirador si no sabemos invocar su nombre ni conocemos su procedencia? Recibimos tanta información dolorosa, tanta basura se acumula en nuestro portal, que es difícil saludar el día con la alegría del enamorado. ¿Acaso el desamor nos hará volar a los pozos oscuros pero fructíferos de la tristeza o nos sumirá más aún en el letargo de la indiferencia? Dejar de mirar la vida desde el balcón de invierno del recuerdo, pasarse a la orilla del mar del futuro, bañarse allí los pies notando el frio entre los dedos, despertar la sonrisa, abrir los ojos, llenarse los pulmones con aire nuevo. Viajar, amar, escuchar, hablar, compartir… Para devolver la magia de la imaginación hay que conjugar los verbos que requieren compañía. La soledad no es mas que sentirse acompañado por uno mismo y proporciona la misma energía. Sea como sea, quiero pedir que vuelva la luz reveladora y que me permita seguir pulsando las letras que son como píldoras para seguir en pie.

Brains. Voltaire
 

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN PARTO

Si tuviera que decir a la cámara algo que pudiera ser interesante acabaría pasando el tiempo de grabación con la mirada perdida en el cielo para ver descender la inspiración. Pero si me siento a escribir es más fácil que salga algo que viene seguro de dentro, que está ahí esperando ser invocado. Sólo hay que decir la palabra mágica, abracadabra, en mi caso Aurora.

Nadie conoce a nadie, somos como nos imaginan que somos. ¿Quién puede conocer los entresijos de una mente, si a veces no podemos vernos ni a nosotros mismos con claridad? Al final, digo que somos lo que los demás ven, o alguien parecido. Y ¿Qué me dices de adivinar como fueron, qué serán? Un desafío imposible, sólo al alcance de algo tan potente como la imaginación. De allí viene esta Aurora, puede que tenga rasgos reconocibles o tan contaminada sale de mi cariño que sólo es una fábula, un producto de factoría de ficción. Que más da, yo escribo, tú lees y por un momento hemos conectado nuestras mentes, uno en el otro. Es como un beso de felicitación que dice cuanto quieras que diga.

“Aurora a sus veinticinco años tiene un armario lleno de ilusiones, de cosas por hacer, de proyectos, de amigos. Tan lleno que parece va a romper las puertas y salir, desbordarse por la habitación. Lo mira y piensa: “ ja ficaré ordre un dia d´aquestos, però no tinc temps” No tiene tiempo porque su reloj corre tras ella diciéndole que queda tanto por hacer que debe correr. No es una huida desenfrenada, es una carrera necesaria para llenar tantos deseos como se agolpan en su mente. Llega al hospital temprano, ha tenido tiempo de preparar el desayuno a su marido y dejar todo en orden. No es una imposición, no podría hacerlo de otra manera, le place, disfruta de ello, por eso cuando llega al hospital ya lleva su sonrisa y sus labios pintados de rojo. Se viste con ese vestido corto de enfermera y antes de salir del baño se mira en el espejo, como para desearse suerte, pero a la vez para infundirse ánimo. “ Xé, no estic mal, en hi han de pijors!”

Cuando sale le sigue una estela de perfume que no consigue alcanzarla porque ella ya está en el paritorio. Allí entra irradiando luz, como su nombre, la que brilla. Más se alegran las compañeras que salen de guardia. Por fin el relevo a un noche larga, siempre tediosa. Los paritorios son salas tristes, donde los gritos de las mujeres, el sufrimiento, han dejado manchas en las paredes, han impregnado todo el espacio de una pátina de dolor. El paritorio es un espacio que puede convertirse en una cárcel si dejas que el dolor te posea. Pero con Aurora el dolor esta inerme, porque ella genera alegría, despierta esperanza. Cuando entra pinta de color aquellas paredes grises del mismo color que sus labios o de verde manzana o de azul turquesa. Habla a las mujeres con la determinación de un general que va a llevar a sus tropas a la victoria, con la dulzura de una madre que susurra a su hijo para que no tema en la oscuridad. “Ala xiqueta que aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un momentet” Hay una situación de desamparo mayor que la del miedo, la del dolor y el miedo. El parto tiene todos los ingredientes para romper la integridad de una mujer. Ni el amor al hijo puede a veces superar esa terrible necesidad de acabar con el martirio del dolor brutal, esencial, que parte de las entrañas y se abre camino hacia el sexo. El lugar que fue punto de partida de placer, de sueños es ahora un enemigo que se interpone al descanso, al fin del sufrimiento. “Cariñet, estem acabant, en un moment voràs al teu xiquet” No existe siempre el consuelo, pero tener una mano a la que agarrarse, alguien que te trasmite calor, alguien que te está diciendo con los ojos, si pudiera compartiría tu dolor, permite resistir, mantener la dignidad de ser mujer. La dignidad que no viene de sufrir para parir, si no la dignidad de ser la actriz principal en el proceso de la vida. Aurora es el faro en la tempestad, la luz del amanecer que disipa los fantasmas de la noche. Cuando el dolor estalla en grito y tras él viene el llanto del niño que ha nacido en sus manos, cuando el drama se convierte en felicidad, cuando todo estaba a punto de derrumbarse y ha conseguido mantener la calma, de nuevo sonríe : “ Tu veus, és preçios, com vas a ficar-li? Ara ja ha passat tot, en un momentet estaràs dalt bonica”

Aurora a los sesenta años tiene un armario lleno de ilusiones, un día de estos tendrá que poner orden o amenaza con romperse, pero no tiene tiempo, hay tantas cosas por hacer. Sale temprano para ir al hospital después de haber preparado el desayuno a su marido, él ya sabe que no es por obligación, lo hace por gusto y no podría dejar de hacerlo aunque quisiera. Entra el paritorio con una sonrisa y sus labios pintados y se pone el pijama de la guardia. Antes de salir del baño mira de reojo el espejo y piensa “Xé, no estic mal! En hi han de pijors!” Cuando abre las puertas de aluminio y entra en aquel sagrado recinto, donde la actividad de la noche ha dejado secuelas en los ojos y las caras de sus moradores, un chorro de agua fresca llega hasta aquellos durmientes “Xiquets, com esteu. Ale vaig a fer-vos un café. Qué tenim per açí? ” y se acerca al paritorio donde una mujer con epidural, junto a su marido esperan con cierta aprensión el cambio de turno sin saber quien les va a llegar. Sonríe la explora y le dice: “Cariñet aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un moment”

Com que Aurora corre més que el temps, no podrà mai alcançarla, serà sempre la xiqueta, la germana, la mare de vinticinc anys que cuan obri la porta deixa entrar la llum, amb eixa risa oberta que surt dels morrets pintats en roig.


Un beset de Robert

Benifaraig 5 de juny de 2012



Ordinary World. Duran Duran