Resulta difícil pensar que un demente o un psicópata puede llegar a tener tanto poder que pueda poner en riesgo al mundo. Parecería imposible si no fuera porque la Historia ya ha dado muestras de que no es tan difícil. Si asumimos pues, que un idiota puede llegar a la cúspide y tener en sus manos el botón del desastre, por qué no disponemos de herramientas para el control de esta emergencia.
Elegir un líder no es depositar en él la confianza ciega. A estas alturas no podemos creer en la fábula del ser inequívoco, dotado de la facultad de hablar y actuar con total acierto. Nadie posee la virtud, la sabiduría, la visión de aportar ideas indiscutibles y actuar de manera indubitable. No atenta contra la libertad pedir responsabilidades ante las decisiones, controlar los actos de quien tiene un poder que implica a muchos, establecer límites a su acción es totalmente necesario. Parar los pies no es cortar las alas.
¿Quién puede creer ahora en la infalibilidad del Papa? Dotamos a un hombre de una divinidad probadamente incierta a lo largo de la Historia. El Credo y sus principios han ido cambiando pese a Encíclicas y Exhortaciones Apostólicas que en su momento sentaron doctrina. Concilios y Sínodos han establecido verdades teológicas y Principios de la Fe, rebatidos posteriormente. ¿Qué pasaría si en un cónclave se eligiera un Papa con una enfermedad mental que decidiera cambiar todas las verdades que hasta ahora han sido dogma? Para llegar a la Verdad de Dios, ningún Hombre puede tener la última palabra.
Tan anacrónica o más que la figura de Papa es la del Rey. El primero se elige por un cónclave de hombres dotados de autoridad dentro del seno de la institución, el otro hereda el título por la vía de la sangre. Una herencia que no garantiza preparación, honorabilidad, capacidad ni siquiera confiere por sí misma empatía y entrega a la misión de reinar. ¿Un rey puede ser inviolable? Unir a los derechos dinásticos y los privilegios de la realeza la indulgencia plenaria ante los desmanes es un absoluto desatino. Si como sociedad aceptamos la institución de la monarquía, debemos exigirle al monarca que cumpla sus obligaciones con absoluta transparencia, limpieza y honorabilidad. Si no es así la sociedad debe tener mecanismos que castiguen su incumplimiento como a los propios ciudadanos. Si permitimos que desde el trono se conculque el principio de la Justicia nunca podremos aspirar a sociedades justas.
No somos tan ingenuos para creer que la Justicia administrada por hombres tiene la virtud de ser imparcial, objetiva, igualitaria, ciega ante el reo. Hemos visto como se condena al pobre más duramente que al poderoso. Que la Justicia aplica varas de medir diferentes con una hipocresía que es digna de ser calificada como tendenciosa. Se inventan pruebas a conveniencia, se da pábulo a la mentira y se ignora la verdad con el fin de pervertir los hechos. Pese a ello, existen mecanismos que a veces permiten revertir la injusticia.
No podemos acostumbrarnos a palabras como infalible, inviolable, intocable, indubitable, invulnerable, inimputable. Son demasiado solemnes, demasiado categóricas. Pero en este momento, en que perdimos la vergüenza y el crédito como sociedad, que hemos cerrado los ojos ante un genocidio y hemos ido dejando que los monstruos actuaran sin control, estamos ya en el límite de acabar expiando nuestros propios pecados con la violencia que están generando. Si no se pone fin a la barbarie y a la ruptura de las mínimas normas de convivencia de lo que creíamos que era el mundo civilizado, si no se dice basta y se para a los insensatos que iniciaron abyectos proyectos homicidas, acabaremos todos en el lodo.
No basta con las palabras. Está visto que las palabras no pueden parar las bombas, pero sí se pueden parar con decisiones de los gobiernos. La determinación de la ruptura con esos comportamientos, el aislamiento de los genocidas, la denuncia clara y la decisión de parar la escalada de terror que ha matado miles de inocentes y que puede añadir a la cuenta la vida de los que nos creemos ajenos al conflicto, los que presenciamos desde la distancia la guerra, enmudecidos por su violencia y mudos.
No es posible que hayamos creado obras que sobrecogen el alma, música, arte, tecnología.. No puedo creer que enviemos a gente a la luna y no seamos capaces de parar a los idiotas.
https://youtu.be/q5v1PuhZ2zY?si=04PdrDu-OQY-qwgk