sábado, 23 de mayo de 2015

PARTE SEGUNDA. Las aventuras de un buscador


Capitulo 6.
“Nada cambia. Todo se desvanece”

            Allí estaba yo encaramado a la ventana. En el tiempo donde la noche y el día se disputan el triunfo. Cuando el sol libera su luz asomando tímido por el horizonte. Cuando la mañana fresca augura un día caluroso pero que invita a sumergirse en la vida, no quedarse al margen.
Allí estaba yo encaramado a la ventana.
            Cuando el tiempo no significa más que una lucha por llegar a la meta, pero a la vez el tiempo es irreal porque no atraviesa la barrera del presente. Un tiempo indefinido en que se mira al mundo con la desconfianza que se mira a un extraño. Allí estaba yo inmóvil en la ventana mirando el espacio que quedaba bajo mis patas. Una ciudad desconocida, casas, tejados de gente extraña, calles, iglesias, patios y jardines que no eran mi mundo, que hasta ese momento no habían sido mi mundo, pero que ahora si lo eran, o quizá no. Allí en las alturas, desde la ventana de un segundo piso de la plaza de la Moneda, viendo la calle Desengaño como una premonición, un aviso, un sarcasmo del destino. ¿Había sido casual que el viejo hubiera ido a vivir frente a la calle Desengaño? ¿No había en toda Huesca otro lugar más acogedor para un anciano que aquel piso sin ascensor?
            Allí desde la ventana, inmóvil, como un pájaro disecado, contemplaba la ciudad que amanecía, veía mi futuro incierto. Es posible que en aquel momento en que clavado sobre el alfeizar de la ventana no mirara nada, o mejor no viera nada. Sólo estaba allí cumpliendo un ritual, celebrando una libertad que no lo era, o que si lo era no sentía. Los momentos que la vida retiene en la memoria nunca son los momentos más importantes. No siempre son nítidos paisajes. Los elige porque imprimieron en el cerebro la imagen que certifica tu paso por aquel tiempo. Esa imagen era yo, allí en la ventana, estoico, como un fantasma que acechaba la ciudad que despertaba.
            Cuando el sol elevo su rostro y el brillo de su luz penetró en mis ojos, tuve que dejar de mirar y los abrí para verme allí encaramado a la ventana. Entonces comprendí que no debía pensar si no actuar. Volar y buscar a Quica.
            Desde la pajarera, desde mi infancia cuando aprendí a volar, no me había lanzado desde una altura para iniciar el vuelo. Ahora veía el precipicio de la fachada, con las calles abajo y no sabía si era capaz de recordar el vuelo de un pájaro libre.
            Es fácil acostumbrarse a la esclavitud, la indolente comodidad de quien sabe que no puede decidir su vida. Esa docilidad impuesta o asumida que permite un tránsito dulce-amargo, la indiferencia ante el mundo de quien se sabe al margen. En la libertad, el dolor, el desprecio, el miedo, el deseo, la felicidad, todo lo que la vida ofrece está en nuestras manos (en mi caso en las alas) y tenía que volar.
            Cerré los ojos y me lancé al vacío, ellas se movieron solas, como si hubieran estado años esperando esta oportunidad de demostrar su propósito. Cuando abrí los ojos estaba sobre los tejados, ascendiendo por la calle Desengaño y veía ya la torre de la catedral. Empecé entonces a ver que la altura, el poder que da la altura, sería siempre mi poder. Que los pájaros podemos ver desde el cielo aquello que los hombres imaginan en sueños. Tuve que detenerme en uno de esos tejados para tomar aliento y sentir que mi corazón de periquito que corría veloz en reposo, galopaba ahora en mi pecho. Me hizo sentir vivo de nuevo. Sólo con Quica se había desbocado como ahora. Y cuando me detuve, me vi a mí mismo allí encaramado a un tejado pero dueño de mi destino.
            Volví de nuevo a  la ventana para hablar con Aristóteles. Necesitaba contarle que estaba vivo, que su libertad no me había matado de emoción, que había vuelto a notar vibrar las cuerdas del impulso de vivir.
            Teníamos que establecer la estrategia de búsqueda. Tomaríamos como centro la plaza de la catedral y empezaríamos a buscar en círculos concéntricos. Debíamos tener cuidado en que no pasase desapercibido ningún espacio. Ser meticulosos en el examen de cada casa, de cada patio. Yo lo haría parándome en las ventanas y mirando a su través, escrutando los rincones. No llamaría la atención porque había otros pájaros como yo que desde que amaneciera iniciaban sus viajes a ninguna parte, hablándose en trinos y gorjeos. Abejarucos, ruiseñores, tordos, zorzales, alondras, gorriones, vencejos, chorlitos, todos aves de paso. Mezclado entre zureos de palomas y tórtolas, gritos de aviones y las golondrinas que cazaban si cesar en aquellos acrobáticos vuelos que yo admiraba. No era más que un extraño en aquel mundo nuevo. Un periquito que no pertenecía a aquel paisaje pero que no destacaba en la algarabía de la mañana.
            Aristóteles pasearía las calles de manera que pudiese encontrarse con el matrimonio que  compró a Quica, entablar con ellos un dialogo y la recompra del pájaro que por error le vendieron en la tienda de animales.
            Pasé la mañana en aquel tedioso oficio de buscador, de quijote enajenado, de voyeur improvisado mirando por ventanas y balcones, asomándome a vidas ajenas hasta que el sol fue calentando mi cuerpo. En cada parada sentía el aleteo de mi corazón que se aceleraba. ¿Podría encontrar a Quica? ¿Y si la viera que haría? No lo sabía, pero lo primero era encontrarla. Es verdad que algunos pájaros estaban en sus jaulas a la sombra en los patios o ventanas, cantaban músicas evocadoras de sueños que quizá sólo habían escuchado a otros. Eran como hasta entonces yo había sido, esclavos sin saberlo. Hablé con ellos, les pregunté por Quica. Ninguno podía darme información, vivían en el reducido mundo de sus casas, sin más contacto que el de sus propios amos y ocasionales visitas de pájaros libres. No envidiaban esa condición, si les hubiese abierto la  puerta de la jaula se hubieran quedado. ¿Qué puede ofrecer el mundo a un pájaro que no sea otra esclavitud diferente a aquella? La necesidad de buscar cada día alimento, la de volar evitando caer en manos de nuevos amos, huyendo de los gatos, esquivando peligros en una ciudad llena de ellos. La mayoría preferían esa confortable sumisión, la vida regalada en hermosas jaulas a cambio de sus trinos. No entendían como yo había escapado de la paz, para buscar a alguien que probablemente no me esperaba y no querría venir conmigo en esa absurda aventura. La historia se repetía tanto en machos como en hembras. Los afortunados que vivían en pareja tenían un motivo más para quedarse, notaba como mi conversación casi les molestaba por innecesaria. Por más que no fueran de gran ayuda no podía dejar de entender su punto de vista. No gasté el tiempo en mostrarles otros caminos, como hacía tiempo ya habíamos hecho en la pajarera. No entoné cantos libertarios como los de nuestro jilguero en la tienda.
            Aunque bebí varias veces de los pequeños posos de agua que quedaban en las fuentes, el castigo del calor y el cansancio fueron los acicates para volver a casa, al refugio que de momento tenía.
Vi la ventana abierta, la vi con otros ojos, con los ojos del hijo pródigo que espera ser recibido con alegría. Volvía a casa por propia voluntad, como un ser libre. Aunque a la vez volvía porque era un lugar donde encontrar comida y seguridad. Entré a mi jaula a comer y beber, a resarcirme de la jornada, que había sido parca en resultados pero generosa en sensaciones. Reposé sólo en la barra, dormitando hasta que Aristóteles volviera y poder contarle mis andanzas de Quijano.
            A la caída de la tarde llegó él, cansado, era un viejo que otrora había sido un hombre vigoroso, pero había agotado su tiempo y sus fuerzas. Él también había estado recorriendo las calles, había entrado en las tiendas, panaderías y ultramarinos para tratar de encontrar a los nuevos dueños de Quica. Había comido con su hijo después de visitar la tienda y juntos habían estado en el médico. Su hijo se empeñó en acompañarlo y en que lo visitara. Era un amigo suyo. Tras la visita, su hijo insistió en que fuera a vivir con él, estaba demasiado mayor para vivir sólo. Imaginaba que el pronóstico de su amigo no era muy optimista cuando su hijo le invitaba a su casa. Él ya lo sabía. Tuvo que sacar al cascarrabias que habitaba en su interior para evitar aquel error. Finalmente su hijo entre enfadado y aliviado cedió. Venía exhausto, las batallas contra la vida le cansaban más que los escalones de su casa. En el momento de entrar en la vivienda sin embargo un amago de sonrisa asomó a su cara. Quise ver una sonrisa donde es posible que sólo existiera un rictus de contrariedad, de inquietud, al verme en la jaula. No le pregunté, los dos necesitábamos hablar de otros asuntos. Lo dejé que recuperara el aliento, que desde su sillón encarado a la jaula y la ventana, tomara fuerzas para contarme sus descubrimientos, si es que los había, y sobre todo para que escuchase mis historias.
            Los dos convenimos que aquella estrategia, aquella búsqueda era la más útil, que más pronto o más tarde daría sus frutos. La Esperanza, aquella virtud perdida en el fondo de la Caja de Pandora, era ahora nuestra bandera. Él que había renegado de la esperanza como de un apestado. Él que la veía como el refugio de los débiles. Ahora alentaba la empresa de esperar, de no perder la Fe en nuestro proyecto.
            Aquel hombre, ateo beligerante que trataba de repudiar a Dios como a un leproso, ahora ejercía de penitente, de apóstol, predicando para mi la Fe y la Esperanza. Sólo me quedaba saber que mi liberación podía ser fruto de la Caridad. Las tres virtudes teologales al servicio de un católico renegado. Le hice ver la contradicción de aquella situación. Con tono sarcástico le lanceaba para molestarlo, pero a su vez para entrar definitivamente en la vida de aquel viejo sabio, resabiado por la vida.
            Primero explotó, enfurecido por la ofensa, quedó pensativo y estalló en una risa que me asustó más que la diatriba que previamente me había lanzado. Éramos una pareja extraña. Un periquito socarrón que no podía reírse más que de sí mismo. Un anciano ateo que lanzaba anatemas contra un pájaro charlatán. ¿Cómo es posible que la vida nos ofreciera paradojas tan ocurrentes? ¿Es posible que sólo seamos títeres cómicos de una ópera bufa y que la vida no sea más que esa representación? ¿O que estemos en manos de un sádico que se divierte a nuestra costa?
            Los dos acabamos riendo. Bueno más bien él reía, yo imitaba la risa. Los periquitos podemos imitar el canto de muchos pájaros y la risa es como un canto, o un llanto. Pero de la misma manera que no podemos llorar, no podemos reír. La risa no es la cualidad que más echo de menos entre mis carencias. La risa alivia la tensión, produce una especie de endorfinas, como el ejercicio. La risa puede ser también la forma de escape al miedo, a la inseguridad. La risa que borra lo oscuro, le da brillo a la negrura de la vida. Tiene poder, sin duda, como la palabra, como la súplica, pero teniendo la palabra no es necesaria la risa. Porque la risa es una especie de lenguaje sin palabras, pero que sucede a la palabra, por tanto se supedita a ella. Los mimos hacen reír sin hablar, lo conozco, los he visto con sus caras pintadas, creando un mudo discurso que inspira risa o pena. Por que en los hombres la palabra existe también en el gesto. Se puede decir mucho sin hablar. La boca, los ojos, las manos son como gargantas mudas que producen frases, poemas, maldiciones sin un sólo sonido. Un periquito tampoco puede gesticular, otra contrariedad, pero en cambio puede volar.
            Cuando la risa acabó, estábamos allí, cada uno en su lugar, mirándonos sin acabar de creer lo que veíamos, sin dejar de necesitar que fuera cierto. Los dos en el mismo barco, en la misma empresa. Sólo un día de búsqueda, pero vacío ¿Cuántos más quedarían?  Hasta cuando podíamos seguir con aquel plan.
            Todos los días parecían iguales, volvía a la tarde, siguiendo el rastro de San Pedro el viejo como me recordaba cada vez Aristóteles. Sería porque él también era un viejo y la iglesia le resultaba especialmente simpática. Una de las tardes con el sol coloreando en ocres los colores de la piedra, decidí pasarme por aquel templo que parecía una pobre parroquia avejentada, como su nombre. Me paré en uno de los árboles de la plaza, confundido mi verde con el de las escasas hojas que empezaban a brotarle a aquel árbol. Frente a mí quedaba la puerta arqueada sobre la que estaban escritos antiguos lenguajes que lejos de mí pretendía entender. Veía sobre el arco la figura de dos seres alados que sostenían una esfera con dibujos, miraban de frente con sus ojos saltones ¿me estaban mirando, o miraban a aquellos que entraban como reclamando su atención? No podía apartar la vista de aquella mezcla de pájaros y hombres que sostenían el ojo redondo con un mensaje que debía ser leído al penetrar en el templo. Yo había visto ángeles en imágenes, pero siempre resultaban seres imaginarios perfectos, rodeado de nubes, aureolados por una especie de divina virtud que los convertía en semidioses. Tan bellos, tan perfectos que dejaban de ser creíbles. Pero allí había dos hombres con rostros grotescos, dos figuras claramente imperfectas. De sus cuerpos nacían dos alas que parecían a punto de iniciar un vuelo. Era posible que aquellos seres, hombres-pájaro, hubieran existido alguna vez. Que mensaje portaban en sus manos. Lo preguntaría a mi maestro particular. Ese día tenía algo de qué hablar con Aristóteles que no fuera de la búsqueda.
            No entendí todo lo que me contó del Crismón, el símbolo representaba las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, junto con el alfa y omega que representan el principio y el final. Aquel dibujo era la representación de las bases del cristianismo. Todo un ensayo de teología reducido a un dibujo. Una representación del Dios, uno y trino que sólo un humano es capaz de comprender. Aunque tampoco mi contertulio era un convencido de aquel mensaje. Lo que realmente envidiaba era la capacidad de simbolizar, de resumir a un esquema, a un signo, una ley, una religión. Los hombres eran capaces de realizar las más grandes obras en el lenguaje. No se limitaban a hablar, a gesticular, eran capaces de escribir compilando el saber en una representación gráfica. No abría el pico ni para respirar, era tal la emoción que me contenía que sólo salí del encantamiento cuando me dijo:
            -¿No vas a acabar profesando la Fe de Cristo? porque no creo que pueda convencer a ningún cura para que te bautice.
            -Te burlas de mi, pero sólo admiraba la capacidad de entender un símbolo, la envidia que me produce, la emoción de poder explicar en una imagen una historia.
            -Los hombres eran entonces, tan incapaces como tú de leer las Sagradas Escrituras, eran los ministros de Dios quienes les explicaban el mensaje de la Iglesia. La pintura y la escultura han hecho mucho por el clero. Les han permitido llegar a los iletrados, para que resultaran tan crédulos como tú. Para creyesen en aquel mensaje divino enrevesado, adornaban la palabra de su Dios de historias llenas de personajes fantásticos. Hermosos, malvados, perversos, santos. Pocos de ellos eran gente normal, todos ellos se dejaban seducir por el pecado o bebían de la santidad en sus actos, obraban actos milagrosos, increíbles, sólo al alcance de los elegidos. Los humildes, los profanos, como tú, quedaban fascinados de vidas tan maravillosas, lejos de las suyas, mundanas y sometidas a las necesidades. Esa es la base de la Fe. La ilusión, la fantasía, el milagro, la redención, la esperanza en un futuro glorioso. No existe ninguna religión que no cree sus propios héroes y villanos, sus palacios, sus cielos e infiernos. Es justo maravillarse de aquel símbolo del Crismón, lejos de su significado, su concreción y su belleza es admirable. Yo también he pasado algunas tardes admirando aquel pórtico. Sólo cuando pienso en las vidas malgastadas por aquel mensaje, cierro los ojos y huyo de su poder de atracción, de su magnetismo.
            -Sólo hablas de las vidas malgastadas por un mensaje que habla de amor. Supongo que habrá habido alguna que se ha salvado por mediación de ese mensaje de fraternidad.
            -Los tontos como tu y yo vivimos el amor sin necesidad de dios o hicimos que Dios fuera para nosotros el otro. No somos ni más ni menos santos que los curas, los imanes o los rabinos. Pero como veo que te fascinan las historias de los hombres, te contaré la que en verdad más me gusta a mí. Cuando vuelvas a San Pedro el Viejo, mira en su claustro. Las columnas están rematadas en su parte más alta dónde se sujeta el arco por capiteles, son bases labradas de imágenes. Busca la de Salomé, la bailarina que se contonea al son de la música del arpa en un gesto provocador, sus cabellos caen como desprendiéndose, formando toda ella un arco. Escucha la historia que cuenta.
            Empezó entonces a contarme como si de un niño se tratara, la historia que le apasionaba, porque mientras la narraba cerraba los ojos como queriendo ver a la bella Salomé en su danza. O quizá recordando a su mujer, Inés, su musa.
           CONTINUARA...