UNIVERSOS ROTOS

El viejo, sentado frene a la ventana vía caer la tarde, observaba con la mirada perdida los rojos ocultándose tras el horizonte. Estaba, como el día, acabando su tiempo, meciéndose con los últimos compases de la vida. Sin embargo, nadie podría pensar que la tristeza asomaba a su rostro. Aunque a decir verdad, quizás su rostro siempre había parecido triste. Demasiados huesos como le decía su madre. Su cara poseía unas prominencias óseas tan marcadas que las sombras se proyectaban en todas sus facciones. No había dulzura en sus rasgos, ni ternura en su mirada. Sólo la soledad se adueñaba de aquel cuerpo expuesto a la intemperie de la vida y vencido por ella. Pero el viejo resistía asomado a la ventana contemplando la vida con la indiferencia de quien ya nada espera. ¿Qué es la vida si no una eterna espera? Si no existe nada en lo que fijar la mirada, si no queda nada por ver, si no hay futuro, es que la vida llegó a su fin. Allí en la ventana era fácil dejar volar la mente hacia el recuerdo que es el único lugar que no muere. Por más lejos que quede siempre es posible volver la vista atrás y ver a través de nosotros mismos. Otros tiempos que ya pasaron a la historia de uno mismo y que no tienen más valor que el de darnos sentido siempre nos están esperando.

Recordaba su infancia. Quería ser amado pero no podía evitar crear una barrera invisible entre él y los demás. Sólo su madre traspasaba a veces aquel muro de silencios que lo tenía aislado en su cuarto, agarrado a cualquier objeto que le diera la certeza de estar presente. Sostenía con igual pasión un tornillo que hubiera encontrado, como la pierna de un muñeco. La pasión con que se agarraba a aquellos objetos era su deseo a permanecer unido a la realidad. Creía que si se soltaba podría desaparecer y adentrarse en otros mundos oscuros. Tantas veces había pensado que con la edad aquella sensación de desamparo desaparecería, que sólo pensaba en resistir. Aguantar un día más le acercaba a la posibilidad de dejar de ser un forastero en el mundo. Iba al colegio y se relacionaba con sus compañeros, siempre sujeto a un objeto fetiche. Estudiaba y creía de verdad que el estudio le permitiría encontrar las respuestas. El tiempo le demostró que la recompensa a su tesón sólo eran nuevas preguntas. Pasó por la adolescencia como quien atraviesa un desierto. Tenía sed pero carecía de agua. Tenía calor pero no había sombras en las que cobijarse. Caminaba y sus pies se hundían en la blanda arena, no podía marchar con un paso firme por aquel lugar que cedía a cada paso sin saber si acabaría finalmente en las arenas movedizas del fracaso. Esta vez llevaba agarrada de la mano otra mano, la de Julia. Los dos se movían con la inercia de sus músculos, con el dictado de moverse que les daba su mente, pero sin una dirección marcada, sin destino, sin propósito. Dicen que las almas gemelas se encuentran. No eran almas gemelas, eran almas en pena que se consolaban mutuamente. El día que perdió el paso y cayó, al levantarse ya no quedaba nadie que le diera la mano. Julia siguió caminando como una autómata y para cuando se dio cuenta ya estaba muy lejos para alcanzarla.

Estudió medicina. Conocer los misterios del cuerpo quizá le permitiría descubrir los arcanos del alma. Encontraría las respuestas ocultas entre los pliegues del dolor de los otros. Después de tanto tiempo adentrándose en la miseria de la enfermedad, buceando en los orígenes del sufrimiento, no consiguió comprender la injusticia de la vida. No era la muerte la que asolaba los cuerpos enfermos, era el miedo. En sus rostros aparecía un terror que iba creciendo conforme la enfermedad ganaba batallas. Los ojos se hundían en la profundidad de las cuencas, la boca se contraía en cortos espasmos que no hacían si no acentuar la sensación de pérdida. No obtuvo los resultados esperados, la medicina consiguió curar a algunos de sus pacientes, pero no halló el remedio para la fractura que en su Universo personal existía. Quizás aquello no tenía solución, quien nacía roto debía resignarse a convivir con los pedazos de su cuerpo quebrado. Trataba de ver a través de la ventana donde habían ido quedando los fragmentos que había ido perdiendo a lo largo de su vida. Podía ver sus miembros esparcidos por el pasado como si se trataran de las migas de pan que había ido dejando para encontrar el camino de vuelta.

Ahora ya no tenía que preocuparse de nada más, pronto llegaría la hora. Veía transformarse los rojos del crepúsculo en oscuridad y eso le devolvía la esperanza de que estaba cerca el fin. Necesitaba descansar, alcanzar el remanso de paz que concede la muerte. Sólo así quedarían olvidados sus Universos Rotos.


Escena de Los puentes de Madison (1995). Película de género romántico y drama. El futuro de Francesca Johnson parece predestinado cuando una bifurcación inesperada en el camino la hace cuestionar todo lo que había llegado a esperar de la vida.