sábado, 4 de junio de 2016

RECUERDO, NO ES DOS VECES CUERDO

   ¿Por qué necesitas sentarte ante el escritorio y desgranar tu alma? ¿Qué carencias te empujan a desnudarte frente al papel en blanco? No sé cuál es el significado de la escritura, ni cuál su terapia. Ignoro si es un bálsamo del dolor o un ungüento para las rozaduras de la vida. Escribir es una pulsión que sale del fondo, del oscuro territorio del espíritu. Irreprimible y arrebatadora. La voluptuosidad de las palabras vestidas con las transparencias de tul y la delicada caricia de la seda. Sus significados ocultos tras la belleza, engañando y adormeciendo el entendimiento. 

   Una borrachera de sonidos no pronunciados, sólo susurrados en el oído de quien las dicta. ¿Es posible que sean ellas las que dirigen las manos del que escribe?

   Lo cierto es que aquí sentado otra vez golpeo suave las letras. Se componen frases saliendo a borbotones como el agua de un manantial inagotable. Unas aguas subterráneas que afloran a la superficie formando ríos de tinta. Obras sin pretexto, arte sin propósito, voces sin amo, palabras con alas, ingrávidos mensajes que no poseen destino concreto, huérfanas, bastardas. Ninguna palabra poseyó nunca un padre conocido porque fue nombrada por muchos antes siquiera que el primero la escribiera. Licenciosas, insubordinadas, salvajes, libérrimas, montaraces, dóciles monturas que se encabritan y te descabalgan, plácida compañía de perro pachón que se trasmutan en feroces mastines leales e infieles a la vez. Busco la razón de la escritura pero no existe. Es tanto como buscar el sentido de la vida. Son la misma cosa. Estar vivo, trasmitir los latidos del corazón a las pulsaciones de los dedos sobre el teclado, con su ritmo acompasado, en la arritmia de la fibrilación o en el paroxismo de la parada.

   El perfume del texto sobre la pantalla, una sutil fragancia etérea que traspasa el espacio y se percibe en el cerebro más arcaico.

   De todas las palabras escritas las que invocan los recuerdos son las más aromáticas, las de sabor más dulce y picante. En la memoria viven agazapadas hasta que el recuerdo es capaz de despertarlas y entonces las emociones mueven los dedos imparables sobre las letras. El recuerdo es ese infinito armario polvoriento que esconde los secretos más terribles y los más sorprendentes objetos que poblaron nuestra vida. Sin ellos caminaríamos desnudos. Aunque vivan allí acumulando polvo, cubiertos de telarañas, amontonados sin orden en el arcón escondido del desván, son la materia que nos compone.

   El recuerdo contiene el alma de cada uno, la intangible sustancia que queda tras el paso del tiempo. Es el poso del vino madurado en la barrica. Nuestra propia esencia hecha de imágenes imborrables, de sonidos sordos y olores fragantes, que sólo toman forma por las palabras. Pero si existe un recuerdo capaz de ensombrecer al resto, es el que proviene de la infancia. Allí se alojan las imágenes más sagradas, envueltas en aromas sugerentes y destellos de luz poderosos que anulan el ahora.

   Mi calle blanca, sin asfalto, imponiéndose al tiempo, volviendo al presente desde la lejanía. Recuerdo al niño que fui compartiendo aquel espacio infinito con los otros niños de la calle. Los veo a todos y cada uno de ellos con su edad de entonces jugando en mitad de la calle con nuestras peonzas, corriendo para saltar sobre la espalda de los amigos en el churro, mediamanga, mangotero. Compartiendo con las chicas los juegos que despertaban quizás las futuras sensaciones. También las estoy viendo ahora y recuerdo mis miedos, mis sueños, mis fantasías. Saltando en la comba, dejando volar las faldas y la imaginación en juegos que como mucho permitían un beso en la mejilla. Qué nítidas llegan a mí esas imágenes a pesar de estar en lo profundo de la memoria. Historias para el nodo, secuencias que serían sin duda en blanco y negro pero de las que percibo sus colores apagados por el polvo que acumularon en los cajones.

   Una mujer joven inclinada amasando la harina, las manos impregnadas de masa, arremangada, con el mandil de cuadros, añadiendo el agua y repartiendo a pellizcos la sal, como si bendijera aquella vasija de barro de cantos romos y verdes por el barniz cristalizado en el horno. Aquella mujer que te mira de tanto en tanto mientras sigue dando forma a la masa convirtiéndola en pequeños panes, redondos, con un agujero en medio donde cabe el universo.

-I eixe menudet?

-Eixe és el teu.

   Y de repente eres el centro del mundo, el protagonista de aquella obra que tras ser amasada se cubre de un paño blanquísimo para que duerma, para que crezca por el milagro de la levadura.

"Recordar" viene del latín recordare, que se compone del prefijo re- (‘de nuevo’) y un elemento cordare formado sobre el nombre cor, cordis (‘corazón’).
 Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor.


Homenatje a Teresa de Ovidi Montllor