SOMOS COMO ANGELES

Somos como los ángeles, tan asépticos, tan neutrales y desapasionados como ellos.

Los ángeles que habitan el recinto sagrado de Dios son seres inmaculados, de un blanco casi transparente, seres alados carentes de género que no se embrutecen con el sexo. Ajenos a las pasiones mortales y a la esclavitud de tal mortalidad, por tanto a la necesidad de comer, calentarse, defecar o amar. Son seres ingrávidos, incontaminados, imputrescibles, con ellos el cielo goza de una pulcritud absoluta, incluso sus letrinas esán libres del hedor o las inmundicias, sólo útiles para atender algún visitante todavía no descontaminado de su humanidad.

Nosotros, salvo en lo que impone la esclavitud de la condición humana y su fisiología, somos como ángeles. Imparciales, ecuánimes, estoicos, indiferentes, inalcanzables al desánimo, incorruptibles. Pese a las vicisitudes de la política, del desgobierno, de la injusticia, de la aberrante maldad, de los intolerables desatinos cometidos en nombre de dios y de la patria (cada cual la suya) seguimos incólumes, sin menoscabo de nuestra autoestima, vivimos en la permanente seguridad de estar en lo cierto, de habitar un mundo donde los pecados son cometidos por otros. 

Estamos convencidos de que el mal no proviene de nosotros mismos, que si estuviera en nuestra mano hacerlo, pondríamos remedio a los oscuros presagios de esta sociedad. Vemos la ceguera de los otros, la paja instalada en su córnea, ignorando la viga incrustada en nuestro ojo, que nos parece una simple mota de polvo arrastrada por el viento. 

Estaríamos dispuestos al sacrificio si los demás se unieran como legión a nuestro ofertorio. Aceptamos dócilmente las imposiciones de los gobiernos hechas por el bien común, como prueba de  nuestra generosidad infinita, como la de los ángeles. Pensamos que el mundo se ha vuelto loco por algún desorden natural, una inevitable catástrofe desatada por las fuerzas del Universo, como un terremoto o inundación que en realidad no puede atribuirse más que a los inescrutables deseos de un dios aburrido. Si acaso, reconocemos la presencia de otros seres que no poseen nuestra angelical condición y pueden estar involucrados en la magnitud del desastre. Hay maldad, miseria, injusticia que producen repulsión. La ignominia se ha adueñado del mundo, pero nosotros seguimos en el cielo de los ignorantes, ajenos, ausentes, impasibles, inmutables.

Somos como malditos ángeles, desposeídos de sexo, de voluntad y de ánimo, esperando que el buen Dios venga con su espada a aniquilar al maligno. 

Algún día amanecerá nublado en nuestro cachito de cielo, la ambrosía se convertirá en hambre, la calma en tempestad y aquello que veíamos en el plasma pasará a estar tan próximo que notaremos su frio y su hedor. Entonces sabremos que no éramos como ángeles, éramos necios, ciegos, sordos y mudos.

Ojalá los ángeles despierten de su sueño, abran los ojos y vean.

Silvio Rodriguez. "Ángel para un final"