jueves, 20 de agosto de 2015

EPÍLOGO. Lee antes el final del capítulo

Llegamos a casa de Javier como legítimos legados de su padre. Los extraños seres que lo acompañaron en su muerte eran ahora parte de su herencia. Y con ellos un sinfín de preguntas que trataban de esclarecer que había ocurrido allí en Valencia. Javier sabía que su padre había ido de viaje para acompañar a un amigo, eso le había dicho, pero ¿Cómo era posible que hubiera ido con Pericles y había vuelto con otros dos pericos? Además estaba seguro que la periquita era la que tiempo atrás habían vendido. ¿Era posible que su amigo valenciano comprara la periquita en su tienda? ¿Y quién era el otro pájaro?
            No deseaba respuestas, hubiera preferido que no hubiera preguntas. Pero su padre al que a pesar de sus diferencias quería, le dejaba en su muerte un puñado de acertijos, un cúmulo de misterios, que en su pereza vital no deseaba resolver. Pero la duda que más le dolía, aquella que le causaba más angustia era ¿Quién había sido aquel hombre? ¿Cómo no habían podido llegar a conocerse después de tanto tiempo de convivencia? Su padre había sido para él un extraño. No encontraba fuerzas ahora para desentrañar aquel absurdo embrollo tan propio de su padre. Hasta después de muerto trataba de sacarle de su paz, de su tranquila existencia de eremita.
             Al principio Javier nos regaba como tiestos de flores, nos daba agua, nos ponía comida, limpiaba nuestra jaula, pero no nos prestaba atención. Resultábamos molestos porque estábamos allí, señalándole que algo no encajaba en su ideal mundo imaginario. Éramos  una carga, una obligación impuesta. No me molestaba ser ignorado. Yo había decidido no volver a hablar con nadie. Con el tiempo ese trato como objetos inanimados me resultaba hiriente, sobre todo porque provenía de alguien que había formado parte de nuestra historia. Cuando le dirigí la palabra por primera vez, miró a su alrededor cerciorándose de que el origen de las voces no era su conciencia sino aquellos extraños pájaros. Supo en seguida que no respondería todas sus dudas, pero que sólo yo podía darle las claves para resolverlas.
            Me necesitaba para recobrar a su padre. Para recomponer su figura rota en una muerte a destiempo, improvisada y disparatada.
            Los dos necesitábamos recuperar a nuestro padre. Conocer a aquel viejo huraño que estaba lleno de contradicciones y vacío de maldad. Aristóteles se había convertido en nuestro común objetivo. Rescatarle de la muerte, darle de nuevo presencia y sentido, era una necesidad para ambos.
            Ese fue el pacto no escrito que se firmó en aquella primera conversación.
            Poco tiempo después Quico decidió volar libre, escrutar el mundo que un día habíamos soñado. Javier dejó que se fuera. Nosotros pese a que lamentamos su ida, sabíamos que él solo encontraría fuera la felicidad. 
            Quica se fue una noche de invierno, murió abrazada a mi, desde entonces el invierno se ha quedado conmigo esperando la primavera que vendrá después de la muerte. No deseo otra vida que la que tuve. Me he convencido como los humanos que encontraré a Quica y a los habitantes de la pajarera en la otra orilla.
            Javier y yo hemos pasado juntos los últimos años de mi vida a los que deseo ya un pronto final. La vida me ha dado mucho, más de lo que hubiera deseado, pero ahora solo me resta finalizar este relato. Tras culminar estas líneas todo cobrará sentido.
            Dejar mi historia como prueba de vida. De nuestras vidas. Mi voz no será otra que la de todos ellos que reclaman su lugar en el mundo.
            Mi palabra les pertenece tanto como a mí. Soy su portavoz, su vocero.


            Me llamo Pericles y esta es mi historia.




Espero que os haya gustado.
A propósito las imágenes son de una serie americana "A dos metros bajo tierra"
Interesante. Inquietante