FIN DEL CAPÍTULO 8

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       La mañana siguiente estuve todo el tiempo pendiente de Aristóteles. Había quedado esa tarde en ir a visitar a los viejos. Hubiera querido poder acompañarle, ser espectador de aquel juego de prestidigitación que me había revelado.
            Él estaba absorto en la lectura de El arte de la Guerra, un opúsculo que me dijo le enseñaba más que los libros de filosofía. No podía entender que ahora la guerra y su arte pudieran ser motivo de interés de mi amigo. Pero nada en él me parecía ya extraño. Cuando se encontraba en esa fase de meditación, de autismo emocional, no debía ser molestado. Ya había recibido anteriormente alguna muestra de su sistema de defensa ante intrusos. “No tienes nada mejor que hacer que molestarme” decía sin levantar la vista y mirarme, como si hablase con un pensamiento perturbador que le estuviera fastidiando.
            Yo estaba inquieto. Hoy podía haber un cambio radical en mi vida. Quico y yo podíamos de nuevo estar juntos. Deseaba aclararle todos los acontecimientos que se habían sucedido y que seguramente lo habían sumido en la desazón. Decepcionado con mi conducta, extrañado por mi inexplicable reacción. Podía recuperar una parte de mi vida perdida. Y lo más importante, hoy podíamos conseguir la dirección de Valencia para seguir con la búsqueda de mi amada. Estaba sobre todo inquieto porque nada de ello dependía de mí mismo. Estaba en manos del destino. Estaba en manos de un viejo que pese a que sabía que deseaba ayudarme tenía limitadas sus fuerzas. Maldecía a la vida por abandonarme a aquella arbitraria situación de la que no podía escapar y a la que me veía casi obligado a estar agradecido.
            Los dos en una misma habitación y en mundos distintos. Cada cual sumido en sus propias reflexiones, tan distantes y tan cercanos. No acababa de entender como habíamos llegado a reunirnos en un lugar común partiendo de orígenes tan dispares.  Naturalezas que deberían correr caminos diferentes tropezando en un punto del espacio. La vida nos conduce como si fuera nuestro lazarillo, llevándonos por los caminos que se le antojan. Me venía a la memoria un juego al había visto a los niños jugar. Uno de ellos con los ojos vendados se dejada dar vueltas, giraba sobre sí perdiendo las referencias que tenía. Iniciaba la marcha con las manos extendidas, caminando inseguro, tropezando, moviéndose en dirección a los gritos de los otros que corrían a su alrededor. Le empujaban, le decían dónde tenía que ir, pero sin su vista no era más que un títere en manos de los otros.
            Somos plumas al viento, mecidas por las corrientes de aire que soplan gigantes o dioses. Trazamos piruetas, círculos, creamos figuras hermosas en el espacio, pero no somos mas que volutas de humo movidas al capricho de voluntades ajenas. En nuestro inconsciente nos creemos libres porque nos movemos. Atravesamos las tormentas y pensamos que nuestra determinación ha sido la causa. Somos esclavos de nuestra condición de seres vivos. Si acaso nos queda la esperanza de que en ese viaje que emprendemos podamos disfrutar del paisaje, dejarnos acompañar por otros, amarlos, en eso consiste ser felices.
            La tarde llegó como llegan las tardes de verano al son de las horas lentas del mediodía, con un calor sofocante que recomendaba esperar para llegarse hasta casa de los viejos. En la ciudad el canto de los grillos no está tan presente como en el campo. Alguna chicharra que se cuela en casa o que desde la ventana pone el estribillo al canto de un sol hiriente. Callados, adormecidos por la modorra de aquel silencio pesado. Denso por el calor y denso por los pensamientos no expresados, que no dormían, que a pesar de no salir de las bocas paseaban por nuestra mentes. Un cansancio casi enfermizo se apodera de los cuerpos en esos días calurosos. En nuestro caso, ese tedio, ese hastío por moverse, estaba orlado por la incertidumbre de nuestro objetivo. Aristóteles no decía nada, pero lo conocía lo suficiente para saber que su estado de ánimo no era en estos momentos el mejor de sus últimos días. Para romper aquel mal de ojo, esa negrura espesa sino del pesimismo, de la duda, se me ocurrió hacer una gracia.
            -Porqué no vamos a casa de los viejos y les contamos la historia como es, yo hablo con ellos y les revelo mis dotes. Podemos incluso decirles que en realidad Quico no es un perico, es una especie de brujo atrapado en una maldición y que debemos liberarlo. Eso creo que también los asustaría lo suficiente como para que nos dejaran llevárnoslo.
            -Entonces te va a dar a ti la dirección de su hijo Rita la cantaora. A un pájaro loco rodeado de otras tantas figuras enloquecidas, incluyéndome a mí, colaborador de todo este sarao. No nos daría esa dirección ni borracho. Nos quedaríamos compuestos y sin novio. Con toda la ciudad de Valencia para buscar a una perica que quien sabe dónde estará.
            -Era broma, sólo es que te veo un poco alicaído, como si no creyeras en ese magnífico espectáculo que ayer escenificaste para mí.
            -La verdad estoy preocupado. No sabemos si los hijos han sido tan inocentes en creer lo de tu melancolía. Quizás les han abierto los ojos y les han dicho que hay por ahí personajes que tratan de entrar en casa con las excusas más peregrinas y no nos dejen ni entrar. Hay tanta maldad en el mundo, que fiarse del vecino es como dejar a tu mujer en manos de un play boy.
            -Eso último me lo tendrás que explicar. Yo había oído cowboy en las pelis de vaqueros. No sé si lo de play boy es como un vaquero mariquita.
            -¡Déjalo! A veces cuando hablo contigo acabo sintiéndome como un viejo que está para ir al loquero. He pensado a veces si lo que me pasa es que tengo un desdoblamiento de la personalidad y no hablas tú si no que soy yo quien dice la cosas. Como los locos que oyen voces que les dan órdenes.
            -Sólo me faltaba que ahora un viejo pensara que mis palabras son también suyas, que toda mi vida es pura invención de él mismo. No deben existir delirios tan sofisticados. No soy un entendido, pero creo que la mayoría reciben órdenes de entes superiores. Tú serías el primero que recibe las órdenes de un periquito.
            -Sólo me faltaba en casa un pájaro loco y psiquiatra. ¿Tu amigo al que vamos a salvar no habla verdad? Porque si le da a la lengua como tú, ya os podéis ir buscando un circo y no darme la tabarra sólo a mí.
            -Mi amigo el pobre estará angustiado porque mi actitud del otro día estoy seguro que lo tiene muy preocupado.
            -No te preocupes, no he tirado la toalla. Sólo esperaba que el sol fuera un poco menos fuerte, para ir a casa de los viejos. Estoy seguro de que saldrá todo bien.
            Poco después salía mi compañero de casa, dejándome casi tan deprimido como cuando representaba el papel de pájaro desamparado. Siempre que me quedaba sólo percibía un miedo que no quería reconocer. Desde mis patas notaba como ascendía una corriente fría que erizaba el plumón que aún quedaba bajo las alas. Es un decir, en realidad lo que notaba era la descomposición de mis intestinos, pero eso no resulta tan literario (alguna pequeña concesión debéis hacer a un pájaro que trata de contaros sus vivencias). Tras dejar mi rastro en la jaula, gracias a dios que me pillo en ella, salí hasta la ventana. No quería ver a mi compañero alejarse, ello me hubiera llenado de mas congoja si cabe. Quería respirar, oler el aire caliente de la tarde cargado de esencias, para devolver algo de paz a mi espíritu.
            Los pájaros percibimos el mundo de manera diferente a los humanos. Vosotros habláis de los cinco sentidos (oído, olfato, gusto, vista y tacto), pero para nosotros no tienen la misma importancia. El tacto y el gusto no significan casi nada para nuestra comprensión del mundo. El oído es lógicamente importante para percibir el entorno. En condiciones de libertad, es un sentido de alarma para el peligro. Pero la vista y el olfato son los pilares de nuestro comportamiento.
            Ver desde las alturas siempre os dije que es la verdadera ventaja sobre el hombre. Vosotros sólo veis lo que se sitúa delante, miráis a corta distancia. No es sólo la forma de ver, es así como os relacionáis. Sólo lo inmediato tiene valor, sólo lo que es visible y palpable existe. Ese es vuestro error en la compresión del mundo. La vista es como decía Aristóteles la más falsa de las verdades. Sólo es posible ver la forma exterior, no se puede escrutar el contenido de las personas ni de las cosas. Pero para vosotros os basta. El espectro de lo visible es sólo una mínima parte de lo real. Sobre todo con una visión tan limitada como la vuestra. No concebís el mundo de otra manera que de la forma en que lo veis. Pero os habéis preguntado alguna vez si es más real vuestro mundo que el de un murciélago, ciego, pero con la capacidad de oír las cosas, descubrirlas por su contorno sonoro. O el de un gato, que en la noche percibe el mundo escondido de la luz, el movimiento sutil del aire, de sus presas, el olor del miedo de su víctima. Una serpiente también vigila su medio por la química de su lengua, un olfato trasladado a una nariz bífida. El mundo no se creó sólo para el hombre, por tanto no puede ser sólo como él lo percibe.
            Para los pájaros el mundo visual se parece al vuestro, pero la diferencia está en la perspectiva. Tenemos un campo de visión más amplio, no miramos el árbol sino el bosque, no vemos la casa sino la ciudad. No hay un hombre frente a nosotros sino la gente. Sólo en eso os veo más indefensos, inferiores. Puedo percibir el mundo como un espacio amplio y no como mi propio espacio. Pero además los pájaros tenemos el olfato. Los olores conforman una realidad mucho más rica que la que proporciona la vista. El olor de los elementos habla de su contenido, de su origen, de su estado. Ver a través del olfato permite conocer la profundidad de lo que se observa. Se puede oler la edad. La infancia huele a lavanda, al frescor de la madrugada en primavera. La juventud huele a madera, a resina de pino, a sombra de higuera, mezcla de su sabia y el aroma del aire en sus hojas. La vejez huele a tabaco (a hoja seca y podrida, fermentada) y a orina. La edad de los hombres y los animales huele igual, aunque cambian los matices. Olemos a lo que comemos, porque al comer integramos en nuestra propia carne las fragancias y los olores de nuestros alimentos. En los carnívoros sus presas acaban constituyéndoles, incorporando sus átomos, es posible que en esos átomos este contenida la esencia del perfume de nuestros cuerpos. Los jabones, los perfumes no son sino intentos de esconder la presencia del olor real, la esencia inevitable de lo que somos, de lo que emana de nuestra naturaleza. Olemos a lo que vivimos, la felicidad, el desamor, la soledad, todo tiene un aroma específico. La felicidad huele al jazmín en verano, el desamor tiene olor de vinagre porque se descompone el olor de vino dulce que tiene el amor. La soledad tiene un aroma seco y persistente, a estepa, a noche de invierno, a intemperie. La bondad contiene el olor de la rosa y la canela, mientras que la maldad es fétida, está corrompida como la carne que la oculta. 
            Los sabios antiguos, los doctores, los físicos y los filósofos de los hombres conocían la verdad de la materia. Los humores cuyo equilibrio indicaba el estado de salud. La bilis, la flema, la sangre, en exceso o defecto constituía la salud o la enfermedad. El olor acre de la bilis y el tufo dulzón de la flema. El olor de la sangre. Su poder ha sido motivo de muchas historias de hombres y animales, de hombres como animales. Mi amigo Aristóteles me ha contado las historias de los olores en la medicina en el diagnóstico de los clásicos y en la medicina Ayurvédica hindú. El olor a manzana de la boca de los diabéticos y las embarazadas tras los vómitos, el olor de la orina a Jarabe de Arce, el olor a ratón o moho de la fenilcetonuria, la halitosis del malnutrido o el enfermo de intestino… Todo ello perdido en el olvido porque los aromas del mundo interesan menos que sus manifestaciones visuales. Una ecografía, una radiografía tiene más credibilidad que mil olores, a pesar de que no son más que sombras en blanco y negro.
            A veces yo mismo me parezco un pedante. Pido perdón por ello. Quién soy yo para dar lecciones a nadie. Sólo soy un pájaro asomado a la ventana, que espera lo imposible, que sueña un sueño de hombre siendo un pájaro. Entre tanto sólo me queda asomarme a la ventana y respirar el aire cálido que me trae el aroma de árboles del parque, el perfume de las flores regadas en la tarde, el olor de la sombra en los callejones que es fresco como el olor de la hierba. Dejadme que mire el horizonte y huela la piel del mundo.
            Caía la tarde, pero la luz de un sol rojo en el horizonte se resistía a dejarse vencer por la noche, ladrona de los colores. Miraba desde mi puesto de vigía  las calles por donde podía aparecer mi amigo. Tenía el corazón en un puño. Aquel plan perfecto podría haberse convertido en una comedia. Todo plan parece perfecto hasta que se ejecuta. Podía ver venir a Aristóteles sin una jaula en la mano y sabría entonces que habíamos fracasado. O quizá no viniera, para evitar decirme que no había colado su engaño, que habían sido más listos que nosotros. Entonces me quedaría ahí en la ventana, perdiéndome en el infinito, como un adorno, como un tiesto de flores, inmóvil.
Justo en ese momento de la tarde, antes de que las farolas se enciendan dando un brillo amarillo a las calles, en ese preciso instante donde las sombras aparecen, en el momento en que se oyen en los minaretes la llamada del almuédano a la oración de los musulmanes porque no se distingue un hilo blanco de uno negro, los vi. Los acompañaba el tañer de las campanas que llamaban a la misa de las ocho, pero parecía que lo que hacían era celebrar su triunfo. A lo lejos, caminando deprisa una sombra curvada sobre el suelo por el peso de sus años y por la jaula que portaba en la mano, desde mi distancia no podía saber si era una pajarera o una bolsa de compra del mercado. Pero su paso, su ligereza a pesar del cansancio que tendría, me decía que traía a Quico. Venía como un guerrero que ha vencido en la batalla, esas batallas que aprendía en su libro. Cansado, victorioso, alzando la cabeza para decir: lo hice, aquí estoy amigo.
            Les esperé en la puerta, para verlos entrar. Quico venía asustado. Al verme le cambió el rostro, apareció en él la expresión de sorpresa, que no iba a abandonar en aquella tarde y noche que fueron eternas. La primera palabra que pronuncié fue gracias, para a continuación hablarle a Quico y decirle que estuviera tranquilo que Aristóteles era un amigo.
            -¿Será un amigo tuyo pero a mi esta tarde me metió un palito por el culo? ¿no sé que clase de amistad es esa?
            -Espera que cuando te cuente toda la verdad, lo del palito va a ser un cuento de
pijas (las pijas, son en el mundo de los periquitos, como las hadas para los niños. Son una especie de seres inmateriales, tan puros como el agua de los ríos. Se las representa como periquitas de un blanco inmaculado, cuyo vuelo es tan silencioso y su gracia tan grande que sólo con mirarte pueden convertirte en otro pájaro. Generalmente son benefactoras y forman parte de historias que nos contaban en la infancia.)
            -Tico, no sabes lo mejor. He visto a Quica. La trajeron a casa los viejos donde yo vivía, pero luego se la llevaron. No nos pusieron juntos en la misma jaula, pero estábamos tan cerca que pudimos contarnos todo. Estaba abatida por la separación, decía que no podría volverte a ver nunca más. Yo le dije que eso no era posible saberlo, quien nos iba a decir que nos encontraríamos después de tanto tiempo. La vida está llena de sorpresas.
            -Sabía que Quica había estado en la casa, de hecho llegamos a la casa buscándola a ella. Encontrarte a ti fue la sorpresa.
            -¿Cómo podías saber que había estado allí?
            -Me lo dijo una golondrina.
            - ¡Tú me tomas las plumas!
            -Créeme, cuando fuimos a la casa el viejo y yo, era para tratar de sonsacarles la dirección de dónde habían enviado a Quica. Yo representaba el papel de periquito abandonado y sumido en una intensa depresión, por eso no podía responderte cuando nos vimos y comenzaste a gritar.
            -La verdad que llegue a pensar que te pasaba algo serio. Te veía muy estropeado.
            Quico miraba de reojo al viejo, como intentando resituarlo en la escena después de su “experiencia” con el palito en su culo. Aristóteles estaba sentado en el sillón, abatido, exhausto y sabía que primero tenía que aclararle la situación al nuevo inquilino. Después podríamos hablar tranquilamente.
            Quico que aún se encontraba en estado de shock y que no acababa de verme como el amigo de siempre dada mi actitud la última vez que nos vimos, continuó hablando.
            -Quieres decir que tu vives con el viejo como si fuerais dos colegas. Tú te has dado al alpiste fermentado. (Era algo así como decir, tu te has fumado algo o has comido hongos alucinógenos).
            -Escucha Quico, no quiero que me interrumpas. La historia es larga y parece increíble pero es lo que hay.
            Empecé por contarle que yo conocía el idioma de los hombres y que lo hablaba. Sus ojos comenzaron a abrirse con expresión de espanto y continuaron así toda la tarde. Le relaté como tras nuestra separación, Quica y yo estuvimos en la tienda de Aristóteles, que dirige su hijo. De ello hacía al menos ya un año y pico (es curioso que los humanos utilicen la palabra pico para algo que excede de una cantidad definida, es seguramente porque sobresale como nuestro pico de la cara). Perdimos todo contacto con los demás, pero vivimos juntos un tiempo que pese a que os extrañábamos, sobre todo a ti, fue un tiempo de felicidad completa. Compartimos jaula todo el tiempo en la tienda y nos quisimos más que lo que nunca nos habíamos querido. Era como si dos huérfanos, ya perdidos en el mundo, se aferrasen uno al otro más de lo que la vida los había unido en la desgracia. Todo cambió cuando vendieron a Quica. Entonces fue cuando volví a tener otro de mis ataques y donde Aristóteles que nos había observado en silencio todo el tiempo, me rescató, me devolvió la libertad y descubrió mi capacidad para hablar su lenguaje. Ni yo mismo era consciente de esa capacidad. Desde hacía mucho tiempo entendía lo que los hombres hablaban (Quica lo sabía, pero no lo dijimos a nadie más para evitar problemas). El viejo me ayuda a buscar a tu hermana y tras largos días de búsqueda localizamos a los ancianos que habían venido a comprar a Quica. Por eso fuimos a su casa. Aunque ya sabíamos que Quica estaba en casa de su hijo, al que la habían regalado, necesitábamos conseguir la dirección para ir a buscarla. Ahí es donde entró mi papel de periquito deprimido, como te dije.
            -¿Y lo del palito?
            -Dale con el palito. Te ha llegado al alma.
            -No tan arriba, pero casi.
            -Cuando llegamos y te vi, convencí a Aristóteles para que consiguiera liberarte. Su idea fue decirles a los viejos que estabas enfermo y para ello necesitaba una muestra de tus cacas. No sé porque no lo tomó de la jaula.
            -La jaula está más limpia que el agua. La vieja no para de quitar cualquier rastro de suciedad. En eso si que digo que era una bendición, aunque me ponía un poco histérico esa obsesión por limpiar.
            -Entonces ya sabes porque fue a buscar la muestra al origen.
            -¿Cómo consiguió que los viejos me dejaran ir con él después de aquello?
            -Eso es más complicado, pero les hizo una demostración de tu enfermedad.
            -Pero ¿Cómo de grave estoy? Yo no noto nada.
            -No estas enfermo. Era una invención para traerte aquí.
            -¡Vosotros sí que estáis enfermos! Es decir, que tú y el viejo ese os inventáis mi enfermedad, convencéis a los otros viejos de lo malo que estoy y me traes aquí para contarme una historia, que empiezo a pensar que es otra invención vuestra.
            -Escucha Quico. Ya sé lo difícil que resulta entender este embrollo, pero lo importante es que estamos juntos otra vez y que vamos a ir a buscar a Quica.
            -¿Juntos tu y yo? O ¿juntos los tres?
            -No podemos ir tú y yo solos, necesitamos a Aristóteles.
            Cuando Quico estaba a punto de replicar, seguramente para hacer una nueva referencia al palito, nuestro anfitrión nos dirigió la palabra como si ambos pudiéramos responderle.
            -¿Las señoras han acabado ya de contarse sus cuitas? ¿o necesitamos toda la noche para tal menester?
            Su voz me sonó tan extraña después de mi larga charla en el lenguaje de los pájaros que me quedé mudo. Quico empezó a gritar como alejándose de aquella voz que había roto el encantamiento de nuestro mundo animal. Pero yo necesitaba hablar con él y no me pare a explicarle a mi amigo perico qué pasaba.
            -¿Conseguiste la dirección?
            -¡Ah! Con que esas tenemos, por el interés te quiero Andrés.
            -No te entiendo. ¿Tienes o no tienes la dirección?
            -Mi querido Pericles, tus aladas palabras son órdenes para mí. Nada se le resiste a este humilde vasallo y tengo la dirección en Valencia, junto con una carta de recomendación y el agradecimiento más sincero de los dos viejos.
            -Casi me siento mal.
            -Pues a mí me ha parecido de lo más divertido. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien y más que nos vamos a divertir en Valencia.
            -Me das un poco de miedo. Sobre todo después de saber que atacas a los periquitos y les metes palitos por el culo. Mi amigo no te lo perdona.
            -En aquella jaula se podían comer sopas. Después de decir que necesitaba una muestra de heces, no iba a estar esperando a que nos la sirviera tu amigo, así que no tuve más remedio que ejercer de villano y tomarla.
            -Espero que no tengas que tomar decisiones de este calibre mas veces, no pienso dejar que me tomes muestras de donde te parezca.
            -Menos cháchara y a descansar que mañana hay que planificar el viaje.
            -Te lo he dicho antes, pero quiero repetirlo. Gracias. Sin ti estaría perdido.
            -Dejemos el rollo sentimental. A dormir
            Sabía que Aristóteles no era de los que les gustaba la adulación y no traté de insistir en el tema. Pero también conocía que si de algo no iba sobrado era de gestos de cariño, y aunque fueran de un pájaro, sé que los agradecía profundamente. Aunque se negaría a admitirlo incluso bajo tortura.
            -¿Cuál es la dirección?- dije antes de dejar la conversación hasta el día siguiente.
            -No lo vas a creer. Calle Serranos, a la altura de la Calle Perdiz.
            -No puede ser que vayamos del Pasaje Golondrinas a la Calle Perdiz, parece una broma.
            -Las perdices son más fáciles de cazar, tienen un vuelo corto.