viernes, 31 de julio de 2015

FIN DEL CAPÍTULO 8

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       La mañana siguiente estuve todo el tiempo pendiente de Aristóteles. Había quedado esa tarde en ir a visitar a los viejos. Hubiera querido poder acompañarle, ser espectador de aquel juego de prestidigitación que me había revelado.
            Él estaba absorto en la lectura de El arte de la Guerra, un opúsculo que me dijo le enseñaba más que los libros de filosofía. No podía entender que ahora la guerra y su arte pudieran ser motivo de interés de mi amigo. Pero nada en él me parecía ya extraño. Cuando se encontraba en esa fase de meditación, de autismo emocional, no debía ser molestado. Ya había recibido anteriormente alguna muestra de su sistema de defensa ante intrusos. “No tienes nada mejor que hacer que molestarme” decía sin levantar la vista y mirarme, como si hablase con un pensamiento perturbador que le estuviera fastidiando.
            Yo estaba inquieto. Hoy podía haber un cambio radical en mi vida. Quico y yo podíamos de nuevo estar juntos. Deseaba aclararle todos los acontecimientos que se habían sucedido y que seguramente lo habían sumido en la desazón. Decepcionado con mi conducta, extrañado por mi inexplicable reacción. Podía recuperar una parte de mi vida perdida. Y lo más importante, hoy podíamos conseguir la dirección de Valencia para seguir con la búsqueda de mi amada. Estaba sobre todo inquieto porque nada de ello dependía de mí mismo. Estaba en manos del destino. Estaba en manos de un viejo que pese a que sabía que deseaba ayudarme tenía limitadas sus fuerzas. Maldecía a la vida por abandonarme a aquella arbitraria situación de la que no podía escapar y a la que me veía casi obligado a estar agradecido.
            Los dos en una misma habitación y en mundos distintos. Cada cual sumido en sus propias reflexiones, tan distantes y tan cercanos. No acababa de entender como habíamos llegado a reunirnos en un lugar común partiendo de orígenes tan dispares.  Naturalezas que deberían correr caminos diferentes tropezando en un punto del espacio. La vida nos conduce como si fuera nuestro lazarillo, llevándonos por los caminos que se le antojan. Me venía a la memoria un juego al había visto a los niños jugar. Uno de ellos con los ojos vendados se dejada dar vueltas, giraba sobre sí perdiendo las referencias que tenía. Iniciaba la marcha con las manos extendidas, caminando inseguro, tropezando, moviéndose en dirección a los gritos de los otros que corrían a su alrededor. Le empujaban, le decían dónde tenía que ir, pero sin su vista no era más que un títere en manos de los otros.
            Somos plumas al viento, mecidas por las corrientes de aire que soplan gigantes o dioses. Trazamos piruetas, círculos, creamos figuras hermosas en el espacio, pero no somos mas que volutas de humo movidas al capricho de voluntades ajenas. En nuestro inconsciente nos creemos libres porque nos movemos. Atravesamos las tormentas y pensamos que nuestra determinación ha sido la causa. Somos esclavos de nuestra condición de seres vivos. Si acaso nos queda la esperanza de que en ese viaje que emprendemos podamos disfrutar del paisaje, dejarnos acompañar por otros, amarlos, en eso consiste ser felices.
            La tarde llegó como llegan las tardes de verano al son de las horas lentas del mediodía, con un calor sofocante que recomendaba esperar para llegarse hasta casa de los viejos. En la ciudad el canto de los grillos no está tan presente como en el campo. Alguna chicharra que se cuela en casa o que desde la ventana pone el estribillo al canto de un sol hiriente. Callados, adormecidos por la modorra de aquel silencio pesado. Denso por el calor y denso por los pensamientos no expresados, que no dormían, que a pesar de no salir de las bocas paseaban por nuestra mentes. Un cansancio casi enfermizo se apodera de los cuerpos en esos días calurosos. En nuestro caso, ese tedio, ese hastío por moverse, estaba orlado por la incertidumbre de nuestro objetivo. Aristóteles no decía nada, pero lo conocía lo suficiente para saber que su estado de ánimo no era en estos momentos el mejor de sus últimos días. Para romper aquel mal de ojo, esa negrura espesa sino del pesimismo, de la duda, se me ocurrió hacer una gracia.
            -Porqué no vamos a casa de los viejos y les contamos la historia como es, yo hablo con ellos y les revelo mis dotes. Podemos incluso decirles que en realidad Quico no es un perico, es una especie de brujo atrapado en una maldición y que debemos liberarlo. Eso creo que también los asustaría lo suficiente como para que nos dejaran llevárnoslo.
            -Entonces te va a dar a ti la dirección de su hijo Rita la cantaora. A un pájaro loco rodeado de otras tantas figuras enloquecidas, incluyéndome a mí, colaborador de todo este sarao. No nos daría esa dirección ni borracho. Nos quedaríamos compuestos y sin novio. Con toda la ciudad de Valencia para buscar a una perica que quien sabe dónde estará.
            -Era broma, sólo es que te veo un poco alicaído, como si no creyeras en ese magnífico espectáculo que ayer escenificaste para mí.
            -La verdad estoy preocupado. No sabemos si los hijos han sido tan inocentes en creer lo de tu melancolía. Quizás les han abierto los ojos y les han dicho que hay por ahí personajes que tratan de entrar en casa con las excusas más peregrinas y no nos dejen ni entrar. Hay tanta maldad en el mundo, que fiarse del vecino es como dejar a tu mujer en manos de un play boy.
            -Eso último me lo tendrás que explicar. Yo había oído cowboy en las pelis de vaqueros. No sé si lo de play boy es como un vaquero mariquita.
            -¡Déjalo! A veces cuando hablo contigo acabo sintiéndome como un viejo que está para ir al loquero. He pensado a veces si lo que me pasa es que tengo un desdoblamiento de la personalidad y no hablas tú si no que soy yo quien dice la cosas. Como los locos que oyen voces que les dan órdenes.
            -Sólo me faltaba que ahora un viejo pensara que mis palabras son también suyas, que toda mi vida es pura invención de él mismo. No deben existir delirios tan sofisticados. No soy un entendido, pero creo que la mayoría reciben órdenes de entes superiores. Tú serías el primero que recibe las órdenes de un periquito.
            -Sólo me faltaba en casa un pájaro loco y psiquiatra. ¿Tu amigo al que vamos a salvar no habla verdad? Porque si le da a la lengua como tú, ya os podéis ir buscando un circo y no darme la tabarra sólo a mí.
            -Mi amigo el pobre estará angustiado porque mi actitud del otro día estoy seguro que lo tiene muy preocupado.
            -No te preocupes, no he tirado la toalla. Sólo esperaba que el sol fuera un poco menos fuerte, para ir a casa de los viejos. Estoy seguro de que saldrá todo bien.
            Poco después salía mi compañero de casa, dejándome casi tan deprimido como cuando representaba el papel de pájaro desamparado. Siempre que me quedaba sólo percibía un miedo que no quería reconocer. Desde mis patas notaba como ascendía una corriente fría que erizaba el plumón que aún quedaba bajo las alas. Es un decir, en realidad lo que notaba era la descomposición de mis intestinos, pero eso no resulta tan literario (alguna pequeña concesión debéis hacer a un pájaro que trata de contaros sus vivencias). Tras dejar mi rastro en la jaula, gracias a dios que me pillo en ella, salí hasta la ventana. No quería ver a mi compañero alejarse, ello me hubiera llenado de mas congoja si cabe. Quería respirar, oler el aire caliente de la tarde cargado de esencias, para devolver algo de paz a mi espíritu.
            Los pájaros percibimos el mundo de manera diferente a los humanos. Vosotros habláis de los cinco sentidos (oído, olfato, gusto, vista y tacto), pero para nosotros no tienen la misma importancia. El tacto y el gusto no significan casi nada para nuestra comprensión del mundo. El oído es lógicamente importante para percibir el entorno. En condiciones de libertad, es un sentido de alarma para el peligro. Pero la vista y el olfato son los pilares de nuestro comportamiento.
            Ver desde las alturas siempre os dije que es la verdadera ventaja sobre el hombre. Vosotros sólo veis lo que se sitúa delante, miráis a corta distancia. No es sólo la forma de ver, es así como os relacionáis. Sólo lo inmediato tiene valor, sólo lo que es visible y palpable existe. Ese es vuestro error en la compresión del mundo. La vista es como decía Aristóteles la más falsa de las verdades. Sólo es posible ver la forma exterior, no se puede escrutar el contenido de las personas ni de las cosas. Pero para vosotros os basta. El espectro de lo visible es sólo una mínima parte de lo real. Sobre todo con una visión tan limitada como la vuestra. No concebís el mundo de otra manera que de la forma en que lo veis. Pero os habéis preguntado alguna vez si es más real vuestro mundo que el de un murciélago, ciego, pero con la capacidad de oír las cosas, descubrirlas por su contorno sonoro. O el de un gato, que en la noche percibe el mundo escondido de la luz, el movimiento sutil del aire, de sus presas, el olor del miedo de su víctima. Una serpiente también vigila su medio por la química de su lengua, un olfato trasladado a una nariz bífida. El mundo no se creó sólo para el hombre, por tanto no puede ser sólo como él lo percibe.
            Para los pájaros el mundo visual se parece al vuestro, pero la diferencia está en la perspectiva. Tenemos un campo de visión más amplio, no miramos el árbol sino el bosque, no vemos la casa sino la ciudad. No hay un hombre frente a nosotros sino la gente. Sólo en eso os veo más indefensos, inferiores. Puedo percibir el mundo como un espacio amplio y no como mi propio espacio. Pero además los pájaros tenemos el olfato. Los olores conforman una realidad mucho más rica que la que proporciona la vista. El olor de los elementos habla de su contenido, de su origen, de su estado. Ver a través del olfato permite conocer la profundidad de lo que se observa. Se puede oler la edad. La infancia huele a lavanda, al frescor de la madrugada en primavera. La juventud huele a madera, a resina de pino, a sombra de higuera, mezcla de su sabia y el aroma del aire en sus hojas. La vejez huele a tabaco (a hoja seca y podrida, fermentada) y a orina. La edad de los hombres y los animales huele igual, aunque cambian los matices. Olemos a lo que comemos, porque al comer integramos en nuestra propia carne las fragancias y los olores de nuestros alimentos. En los carnívoros sus presas acaban constituyéndoles, incorporando sus átomos, es posible que en esos átomos este contenida la esencia del perfume de nuestros cuerpos. Los jabones, los perfumes no son sino intentos de esconder la presencia del olor real, la esencia inevitable de lo que somos, de lo que emana de nuestra naturaleza. Olemos a lo que vivimos, la felicidad, el desamor, la soledad, todo tiene un aroma específico. La felicidad huele al jazmín en verano, el desamor tiene olor de vinagre porque se descompone el olor de vino dulce que tiene el amor. La soledad tiene un aroma seco y persistente, a estepa, a noche de invierno, a intemperie. La bondad contiene el olor de la rosa y la canela, mientras que la maldad es fétida, está corrompida como la carne que la oculta. 
            Los sabios antiguos, los doctores, los físicos y los filósofos de los hombres conocían la verdad de la materia. Los humores cuyo equilibrio indicaba el estado de salud. La bilis, la flema, la sangre, en exceso o defecto constituía la salud o la enfermedad. El olor acre de la bilis y el tufo dulzón de la flema. El olor de la sangre. Su poder ha sido motivo de muchas historias de hombres y animales, de hombres como animales. Mi amigo Aristóteles me ha contado las historias de los olores en la medicina en el diagnóstico de los clásicos y en la medicina Ayurvédica hindú. El olor a manzana de la boca de los diabéticos y las embarazadas tras los vómitos, el olor de la orina a Jarabe de Arce, el olor a ratón o moho de la fenilcetonuria, la halitosis del malnutrido o el enfermo de intestino… Todo ello perdido en el olvido porque los aromas del mundo interesan menos que sus manifestaciones visuales. Una ecografía, una radiografía tiene más credibilidad que mil olores, a pesar de que no son más que sombras en blanco y negro.
            A veces yo mismo me parezco un pedante. Pido perdón por ello. Quién soy yo para dar lecciones a nadie. Sólo soy un pájaro asomado a la ventana, que espera lo imposible, que sueña un sueño de hombre siendo un pájaro. Entre tanto sólo me queda asomarme a la ventana y respirar el aire cálido que me trae el aroma de árboles del parque, el perfume de las flores regadas en la tarde, el olor de la sombra en los callejones que es fresco como el olor de la hierba. Dejadme que mire el horizonte y huela la piel del mundo.
            Caía la tarde, pero la luz de un sol rojo en el horizonte se resistía a dejarse vencer por la noche, ladrona de los colores. Miraba desde mi puesto de vigía  las calles por donde podía aparecer mi amigo. Tenía el corazón en un puño. Aquel plan perfecto podría haberse convertido en una comedia. Todo plan parece perfecto hasta que se ejecuta. Podía ver venir a Aristóteles sin una jaula en la mano y sabría entonces que habíamos fracasado. O quizá no viniera, para evitar decirme que no había colado su engaño, que habían sido más listos que nosotros. Entonces me quedaría ahí en la ventana, perdiéndome en el infinito, como un adorno, como un tiesto de flores, inmóvil.
Justo en ese momento de la tarde, antes de que las farolas se enciendan dando un brillo amarillo a las calles, en ese preciso instante donde las sombras aparecen, en el momento en que se oyen en los minaretes la llamada del almuédano a la oración de los musulmanes porque no se distingue un hilo blanco de uno negro, los vi. Los acompañaba el tañer de las campanas que llamaban a la misa de las ocho, pero parecía que lo que hacían era celebrar su triunfo. A lo lejos, caminando deprisa una sombra curvada sobre el suelo por el peso de sus años y por la jaula que portaba en la mano, desde mi distancia no podía saber si era una pajarera o una bolsa de compra del mercado. Pero su paso, su ligereza a pesar del cansancio que tendría, me decía que traía a Quico. Venía como un guerrero que ha vencido en la batalla, esas batallas que aprendía en su libro. Cansado, victorioso, alzando la cabeza para decir: lo hice, aquí estoy amigo.
            Les esperé en la puerta, para verlos entrar. Quico venía asustado. Al verme le cambió el rostro, apareció en él la expresión de sorpresa, que no iba a abandonar en aquella tarde y noche que fueron eternas. La primera palabra que pronuncié fue gracias, para a continuación hablarle a Quico y decirle que estuviera tranquilo que Aristóteles era un amigo.
            -¿Será un amigo tuyo pero a mi esta tarde me metió un palito por el culo? ¿no sé que clase de amistad es esa?
            -Espera que cuando te cuente toda la verdad, lo del palito va a ser un cuento de
pijas (las pijas, son en el mundo de los periquitos, como las hadas para los niños. Son una especie de seres inmateriales, tan puros como el agua de los ríos. Se las representa como periquitas de un blanco inmaculado, cuyo vuelo es tan silencioso y su gracia tan grande que sólo con mirarte pueden convertirte en otro pájaro. Generalmente son benefactoras y forman parte de historias que nos contaban en la infancia.)
            -Tico, no sabes lo mejor. He visto a Quica. La trajeron a casa los viejos donde yo vivía, pero luego se la llevaron. No nos pusieron juntos en la misma jaula, pero estábamos tan cerca que pudimos contarnos todo. Estaba abatida por la separación, decía que no podría volverte a ver nunca más. Yo le dije que eso no era posible saberlo, quien nos iba a decir que nos encontraríamos después de tanto tiempo. La vida está llena de sorpresas.
            -Sabía que Quica había estado en la casa, de hecho llegamos a la casa buscándola a ella. Encontrarte a ti fue la sorpresa.
            -¿Cómo podías saber que había estado allí?
            -Me lo dijo una golondrina.
            - ¡Tú me tomas las plumas!
            -Créeme, cuando fuimos a la casa el viejo y yo, era para tratar de sonsacarles la dirección de dónde habían enviado a Quica. Yo representaba el papel de periquito abandonado y sumido en una intensa depresión, por eso no podía responderte cuando nos vimos y comenzaste a gritar.
            -La verdad que llegue a pensar que te pasaba algo serio. Te veía muy estropeado.
            Quico miraba de reojo al viejo, como intentando resituarlo en la escena después de su “experiencia” con el palito en su culo. Aristóteles estaba sentado en el sillón, abatido, exhausto y sabía que primero tenía que aclararle la situación al nuevo inquilino. Después podríamos hablar tranquilamente.
            Quico que aún se encontraba en estado de shock y que no acababa de verme como el amigo de siempre dada mi actitud la última vez que nos vimos, continuó hablando.
            -Quieres decir que tu vives con el viejo como si fuerais dos colegas. Tú te has dado al alpiste fermentado. (Era algo así como decir, tu te has fumado algo o has comido hongos alucinógenos).
            -Escucha Quico, no quiero que me interrumpas. La historia es larga y parece increíble pero es lo que hay.
            Empecé por contarle que yo conocía el idioma de los hombres y que lo hablaba. Sus ojos comenzaron a abrirse con expresión de espanto y continuaron así toda la tarde. Le relaté como tras nuestra separación, Quica y yo estuvimos en la tienda de Aristóteles, que dirige su hijo. De ello hacía al menos ya un año y pico (es curioso que los humanos utilicen la palabra pico para algo que excede de una cantidad definida, es seguramente porque sobresale como nuestro pico de la cara). Perdimos todo contacto con los demás, pero vivimos juntos un tiempo que pese a que os extrañábamos, sobre todo a ti, fue un tiempo de felicidad completa. Compartimos jaula todo el tiempo en la tienda y nos quisimos más que lo que nunca nos habíamos querido. Era como si dos huérfanos, ya perdidos en el mundo, se aferrasen uno al otro más de lo que la vida los había unido en la desgracia. Todo cambió cuando vendieron a Quica. Entonces fue cuando volví a tener otro de mis ataques y donde Aristóteles que nos había observado en silencio todo el tiempo, me rescató, me devolvió la libertad y descubrió mi capacidad para hablar su lenguaje. Ni yo mismo era consciente de esa capacidad. Desde hacía mucho tiempo entendía lo que los hombres hablaban (Quica lo sabía, pero no lo dijimos a nadie más para evitar problemas). El viejo me ayuda a buscar a tu hermana y tras largos días de búsqueda localizamos a los ancianos que habían venido a comprar a Quica. Por eso fuimos a su casa. Aunque ya sabíamos que Quica estaba en casa de su hijo, al que la habían regalado, necesitábamos conseguir la dirección para ir a buscarla. Ahí es donde entró mi papel de periquito deprimido, como te dije.
            -¿Y lo del palito?
            -Dale con el palito. Te ha llegado al alma.
            -No tan arriba, pero casi.
            -Cuando llegamos y te vi, convencí a Aristóteles para que consiguiera liberarte. Su idea fue decirles a los viejos que estabas enfermo y para ello necesitaba una muestra de tus cacas. No sé porque no lo tomó de la jaula.
            -La jaula está más limpia que el agua. La vieja no para de quitar cualquier rastro de suciedad. En eso si que digo que era una bendición, aunque me ponía un poco histérico esa obsesión por limpiar.
            -Entonces ya sabes porque fue a buscar la muestra al origen.
            -¿Cómo consiguió que los viejos me dejaran ir con él después de aquello?
            -Eso es más complicado, pero les hizo una demostración de tu enfermedad.
            -Pero ¿Cómo de grave estoy? Yo no noto nada.
            -No estas enfermo. Era una invención para traerte aquí.
            -¡Vosotros sí que estáis enfermos! Es decir, que tú y el viejo ese os inventáis mi enfermedad, convencéis a los otros viejos de lo malo que estoy y me traes aquí para contarme una historia, que empiezo a pensar que es otra invención vuestra.
            -Escucha Quico. Ya sé lo difícil que resulta entender este embrollo, pero lo importante es que estamos juntos otra vez y que vamos a ir a buscar a Quica.
            -¿Juntos tu y yo? O ¿juntos los tres?
            -No podemos ir tú y yo solos, necesitamos a Aristóteles.
            Cuando Quico estaba a punto de replicar, seguramente para hacer una nueva referencia al palito, nuestro anfitrión nos dirigió la palabra como si ambos pudiéramos responderle.
            -¿Las señoras han acabado ya de contarse sus cuitas? ¿o necesitamos toda la noche para tal menester?
            Su voz me sonó tan extraña después de mi larga charla en el lenguaje de los pájaros que me quedé mudo. Quico empezó a gritar como alejándose de aquella voz que había roto el encantamiento de nuestro mundo animal. Pero yo necesitaba hablar con él y no me pare a explicarle a mi amigo perico qué pasaba.
            -¿Conseguiste la dirección?
            -¡Ah! Con que esas tenemos, por el interés te quiero Andrés.
            -No te entiendo. ¿Tienes o no tienes la dirección?
            -Mi querido Pericles, tus aladas palabras son órdenes para mí. Nada se le resiste a este humilde vasallo y tengo la dirección en Valencia, junto con una carta de recomendación y el agradecimiento más sincero de los dos viejos.
            -Casi me siento mal.
            -Pues a mí me ha parecido de lo más divertido. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien y más que nos vamos a divertir en Valencia.
            -Me das un poco de miedo. Sobre todo después de saber que atacas a los periquitos y les metes palitos por el culo. Mi amigo no te lo perdona.
            -En aquella jaula se podían comer sopas. Después de decir que necesitaba una muestra de heces, no iba a estar esperando a que nos la sirviera tu amigo, así que no tuve más remedio que ejercer de villano y tomarla.
            -Espero que no tengas que tomar decisiones de este calibre mas veces, no pienso dejar que me tomes muestras de donde te parezca.
            -Menos cháchara y a descansar que mañana hay que planificar el viaje.
            -Te lo he dicho antes, pero quiero repetirlo. Gracias. Sin ti estaría perdido.
            -Dejemos el rollo sentimental. A dormir
            Sabía que Aristóteles no era de los que les gustaba la adulación y no traté de insistir en el tema. Pero también conocía que si de algo no iba sobrado era de gestos de cariño, y aunque fueran de un pájaro, sé que los agradecía profundamente. Aunque se negaría a admitirlo incluso bajo tortura.
            -¿Cuál es la dirección?- dije antes de dejar la conversación hasta el día siguiente.
            -No lo vas a creer. Calle Serranos, a la altura de la Calle Perdiz.
            -No puede ser que vayamos del Pasaje Golondrinas a la Calle Perdiz, parece una broma.
            -Las perdices son más fáciles de cazar, tienen un vuelo corto.


sábado, 18 de julio de 2015

CAPÍTULO 8

Capítulo 8
“Si se abre una ventana, sal por ella. Al menos el sol te espera afuera”

            Salimos de la casa yo diría que con alegría aunque sabíamos que no íbamos a encontrar a Quica. Caminábamos contentos pese al arduo esfuerzo realizado y las muchas tribulaciones que nos había costado llegar hasta allí. Pero veíamos el horizonte a través de una ventana abierta, teníamos aún posibilidades de continuar la búsqueda con garantías de éxito. Nos dirigimos al domicilio de los viejos en el Pasaje Golondrinas, yo iba encerrado en la jaula que iba zarandeando mi compañero porque se le hacía difícil caminar sin mover los brazos. Trataba de ensayar la postura más adecuada pero con aquel movimiento era imposible concentrarse. Finalmente decidí que era mejor ir bien agarrado a la barra no fuera que de verdad acabara en una de esas sacudidas con un traumatismo cerebral. Nos costó una eternidad llegar, traté de decirle algo a Aristóteles  pero me dijo:
            -¡Cállate y no seas bocazas! No podemos cometer errores, no vayas a cometer la locura de hablar delante de esos vejestorios. Si los matas de un susto, nos quedamos sin saber donde vive su hijo.
            -Puede que vinieran al duelo con Quica y nos resuelven el problema.
            -¡Calla ya! Pareces un loro.
            No me atreví a reprochar porque su genio era imprevisible y además tenía razón. Yo conocía la finca, pero Aristóteles tenía la dirección completa. Cuando llegamos a la casa, llamamos al portero electrónico, sonó como el sonoro quejido de un barco en altamar. Creo que en ese momento a los dos nos temblaban las piernas (a mí las patas). Dentro del ascensor mi compañero, que muy a su pesar era trasparente como el cristal, se mostraba serio. Me dijo en un gesto que hacía honor a su verdadera naturaleza y no a la máscara que gustaba lucir:
            -Tranquilo, todo va a salir bien. Tú déjame a mí.
            Le creí, me sentí seguro con él, como un discípulo con el maestro. Seguro de que conseguiría convencerlos para que nos dieran la dirección y llegar hasta Valencia a recoger a mi querida Quica.
            El tiempo que iba pasando había desdibujado alguno de sus gestos, en mi memoria se perdían los pequeños detalles de su plumaje. No se borraban las imágenes de nuestro amor, pero la memoria era frágil y me daba miedo acabar perdiendo su recuerdo, su cara. En ese momento pensaba que aquello era imposible, nada podía borrar el tiempo cargado de emociones que habíamos compartido. Pero no era menos cierto que de alguna manera me había ido acostumbrando a esa nueva vida con el viejo y había adquirido ya hábitos diferentes. Me preguntaba si a ella podía estar pasándole lo mismo. Empecé a temer si podía olvidarme, no reconocerme cuando me viera. Ella también había iniciado una nueva vida y no podía ni imaginar que yo iba a ir a buscarla. Eso no se le podía ocurrir de ninguna manera. Apenas yo mismo lo creía. Quizá por eso haría un esfuerzo por olvidarme. Iniciar un nuevo camino porque el anterior era ya una senda muerta.
            Enfrascado en estos pensamientos me encontré de pronto entrando en la puerta recién abierta. Había sonado un ding dong que apenas había oído absorto en mis perturbadoras ideas. Me quedé inmóvil, recordé mi papel en la representación. El de pájaro deprimido. No sabía qué era para ellos un pájaro deprimido, pero yo si sabía como era ese sentimiento de abandono. Doble un poco la cabeza y quede rígido como si me hubieran disecado.
            La vieja me miró con atención y exclamó:
            -¡Pobrecito! Es verdad, se le ve muy triste, como roto. Será posible que un periquito sea tan sensible como para dejarse morir de pena al perder a su pareja.
            Tomó la jaula y me llevó en volandas hacia el comedor, dejándome sobre la mesa como para admirar mejor los efectos negativos del desamor en un pájaro. Daba la sensación que estaba dispuesta a iniciar una tesis sobre el tema por la atención que prestaba al fenómeno. El viejo era un poco más parco, se limitaba a asentir a todas las aseveraciones que su mujer expresaba. Estaba como al margen. No se puede decir que fuera indiferente, pero no acababa de entender porqué su  compañera estaba tan alterada por mi situación. Ni siquiera entendía como podíamos estar tan seguros que el motivo de mi aflicción fuera el abandono. Intentó expresarlo, pero desistió rápidamente ante el ataque feroz de su mujer.
            -Quizá el pájaro lo que tiene es otra cosa, a lo mejor está en la muda.
            -¡Cállate! ¿No lo ves? como el pobre lo que está es triste, no enfermo. Si los hombres no fueran tan insensibles lo verías.
            Y se volvió hacia Aristóteles como pidiendo disculpas por la generalización de su aserto. Aristóteles inclinó la cabeza intentando no entrar en el combate cuerpo a cuerpo en el que gustoso se hubiera metido. Yo seguía quieto, con la cabeza ladeada, intentando cerrar los ojos. Cómo me hubiera venido de bien en ese momento una lágrima surcando mi cara, resbalando por el pico. ¡Maldita naturaleza que me privaba de los privilegios de la ficción!
            Entre tanto sucedió algo inusual, algo imprevisto como en todo plan. En el extremo del salón había una jaula sobre un pie de los que la mantienen en el aire. Allí dentro se inició lo que fue al principio una pequeña revuelta de plumas y luego una algarabía de cantos y movimientos que no pudo por más que llamarnos a todos la atención. Pero si a los viejos les pareció una reacción emocional del perico que estaba en la jaula, yo puede ver con sorpresa que aquel que habitaba en la pajarera no era sino mi amigo Quico. ¡Increíble, no podía ser! El mundo era un pañuelo pero daba ganas de sonarse las narices en él. Ahora en este preciso momento en que interpretaba el papel de muerto, no podía resucitar de repente para responder a los gritos que me enviaba mi amigo.
            -¡¡Tico, Tico que soy yo!!. ¡¡Aquí, Aquí!! ¿No me ves, o es que ya no te hablas con los amigos? ¿No me reconoces? ¿Qué te pasa?
            Mi corazón estallaba de alegría, pero tenía que estar callado. Intenté como pude evitar mirarlo, hacer caso omiso a sus gritos. Hasta que la vieja lo reprendió:
            -¡Willy , cállate ya! No ves que el pobrecito está muy mal. ¿Qué te pasaría a ti si te hubieran apartado de todos los que querías?
            Acaso ignoraba la señora que fuimos apartados de todos los que nos querían para venir a llenar los huecos en los salones y en las vidas de ellos. Que en algún tiempo habíamos tenido padres, madres, hermanos, amigos. Posiblemente, sólo somos capaces de ver en los demás aquello que podría ser nuestra pena. Únicamente nos produce compasión lo que podría ser nuestro espejo reflejándonos, sólo lloramos en los demás por aquello que podría dolernos a nosotros mismos.
            Willy, digo Quico, no podía entender lo que ocurría, él no comprendía el lenguaje de los humanos. De la misma manera que salvo yo, ninguno de los presentes entendía el lenguaje de los pericos. Aristóteles miraba un tanto desconcertado, sabía que allí pasaba algo. Se acercó a la jaula y dijo:
            -A este perico le pasa algo.
            El dueño, ya cansado de tanto alboroto fue a darle un par de gritos a Quico. Inicialmente lo alteró más, pero finalmente se calmó. Imaginé y sufrí en silencio el dolor de mi pobre amigo. Tras la enorme alegría de reencontrarme, sufría la decepción de ser ignorado, la indiferencia y el rechazo más radical. Yo no le había ni siquiera mirado, no contestaba a sus gritos, comportándome como un alucinado.
            Para el viejo aquello no era más que la defensa de un espacio, de un territorio ante un intruso. Para ella un ataque de celos por pensar que el nuevo perico podía venir a robar el amor de sus dueños. Para Aristóteles un pájaro loco más, que gritaba en su jaula. Para mí una situación angustiosa que no podía resolver. Si bien hubiera querido gritarle a Quico: ¡estoy bien, tranquilo! ya te lo explicaré. No podía siquiera mover un ala porque encarnaba el papel del pájaro mudo, abatido, desesperado y no hubieran encajado mis gritos con ese rol. Como lo que allí me llevaba era conseguir la dirección del hijo de la dueña para poder encontrar a Quica, mantuve el tipo. Seguí inmóvil ante el desencanto de mi amigo.
            Aquella habitación era como el mismo mundo. Un espacio donde todos convivimos y cada cual tenía su propia realidad. Cada cual interpretando los hechos a su conveniencia, con su particular visión. Todos piensan que tienen razón y quizás nadie acierta, ni siquiera nosotros mismos. ¿Lo que vemos es realmente lo que ocurre? ¿O nos dejamos engañar por los sentidos, por nuestras necesidades, nuestros  apriorismos?
            En cualquier caso allí estábamos los cinco. Dos pericos y tres viejos, creyendo entendernos, juzgando, fingiendo, actuando, dejándonos llevar por la emoción. Patético cuadro surrealista, una perfecta escena de teatro del absurdo. Una ópera bufa, una comedia de enredos, donde lo trágico pierde su dramatismo, por lo cómico que parece.
            Yo me creía el más listo, entendía el lenguaje de los hombres y de los pájaros, a mitad camino entre un genio y un idiota permanecía paralizado. La vieja fue la que rompió el hielo de aquella escena, convirtiéndola en la secuencia de un vodevil cualquiera.
            -Siéntese, he preparado un café.
            Se sentaron alrededor de la mesilla e iniciaron una charla sobre los hijos, lo complicado de sus existencias en este mundo con el rumbo perdido. No puedo hablar por mi conocimiento del mundo ni de la historia, pero parece que esta podía haber sido la conversación de muchas generaciones de viejos antes. La juventud perdida, el mundo a la deriva, y ellos ausentes e impotentes ante aquel devenir. Hablaban y asentían como si existiera una auténtica unanimidad de criterio. Yo veía con mi cabeza inclinada (que ya me dolía) a Aristóteles asentir y sabía que su mimetismo de viejo convencional sólo era una farsa para agradar. Finalmente la conversación dio el giro esperado para comentar mi situación y los viejos estuvieron de acuerdo en intentar reagrupar a la periquita con aquel deshecho de pájaro antes de que muriera. Sobre todo si los gastos corrían a cargo de la pajarería. Sería como haber conseguido un dos por uno en el supermercado de los pájaros. Se comprometieron a hablar el día siguiente con su hijo para contarle su caso y si no le importaba al día siguiente podía pasar por allí y recoger la dirección. Mi compañero accedió gustoso. Inició con cortesía las despedidas alegando que ya había molestado bastante.
            -De ninguna manera, usted no nos ha molestado en absoluto y nos gustaría de veras ayudarle con el periquito.
            Cuando se levantaron, desde la jaula donde Quico estaba se inició una nueva algarabía. El revoltijo de plumas y gritos, que no eran más que intentos desesperados de mi amigo para que le contestara, llamó de nuevo la atención de los viejos. Todos se volvieron hacia él y le conminaron a calmarse. Aristóteles se acercó de nuevo para observar mejor el pájaro, pensó que tal vez había estado antes en la tienda.
            -A este pájaro le ocurre algo.
            -Debe ser la emoción de ver a otro congénere que lo ha excitado- dijo la vieja, olvidando el argumento de los celos.
            Aristóteles tomó la jaula donde yo estaba e iniciamos la huida de aquel encierro. Yo necesitaba cambiar de postura, engarrotado por mi forzada tortícolis, añoraba moverme, pero más aún que moverme, deseaba contarle a Aristóteles quien era el periquito que tanto jaleo había armado. Me dolía profundamente no haberme podido dirigir a él y dejarlo en la más cruel incertidumbre por mi extraño comportamiento. Ahora tenía que contarle a mi compañero quien era Quico y la necesidad de liberarlo también a él.
            Cuando la puerta del ascensor se cerró comencé mi acalorada perorata, mi desenfrenado monólogo, el incoherente de vómito de palabras propio de un orate.
            -¡Frena!¡Frena! Qué me estás diciendo, que hay otro pájaro que salvar, qué el perico ese que ha armado el griterío en la casa es tu amigo. Tú que te crees que yo soy el libertador de los periquitos, algo así como un Espartaco aviar. ¡Tú no estás bien! A ti te ha afectado todo esto a la cabeza.
            -¡Escúchame! Nosotros fuimos un trío inseparable. Estuvimos juntos todo el tiempo hasta que a Quica y a mí nos llevaron a tu tienda. No puedo dejar a mi amigo ahora que lo he encontrado. Ya me ha dolido bastante no poder moverme ni hablarle en la casa. Seguro que se ha quedado desconcertado por mi silencio.
            -Vamos a casa y hablaremos de todo este embrollo, a ver si se me ocurre algo. Ahora haz el favor de estar quieto en la jaula y que no me tomen por chiflado por ir hablando con un pájaro.
            Se abrieron las puertas del ascensor y encontramos a dos chicas jóvenes que esperaban para subir. Miraban a mi compañero con caras de incredulidad, habían oído las voces mientras el ascensor bajaba pero quien descendía era un viejo sólo con una jaula y un pájaro. Nos escrutaban con insistencia, imagino que suponiendo que aquel viejo chocheaba y hablaba sólo, pero no nos quitaban el ojo de encima.
            -¿Tengo monos en la cara o qué?
            Esa era la manera que tenía Aristóteles de romper cualquier encantamiento con su persona. Ir directo a la mandíbula, golpear con una frase descarada o hiriente.
            Las chicas bajaron la cabeza mientras entraban en el ascensor y se cerraban las puertas. Pudimos oír las risas de aquellas adolescentes que tomaban la vida como realmente era, como una comedia que mueve a risa. Eso que llaman los humanos : “reír por no llorar” y que sinceramente no he acabado de comprender. Los pájaros no alcanzamos a encajar las paradojas y los contrasentidos. Se nos escapan los juegos mentales, todas esas frases de las que gustan los humanos, son para mí incomprensibles. Frases como: “La excepción confirma la regla” “En principio, estoy en contra de los principios” “Aún soy ateo, gracias a Dios” me parecen absurdas, pero envidio no llegar a comprender su sentido.
            Salimos del edificio emprendiendo de nuevo el camino de retorno a casa. Se estaba haciendo una constante recorrer aquel camino de vuelta, con las manos vacías pero con la sensación de que entre los dedos quedaba algo, que habíamos asido en el último momento un cabo del que tirar.
            Al llegar a casa Aristóteles se dejó caer en el sillón, estaba agotado y pensé que era mejor dejarlo descansar. Entendía que no era fácil para él recorrer las calles persiguiendo fantasmas. Creo que se durmió o al menos quedó como en trance, pero tras un rato en ese estado de autismo, despertó súbitamente gritando, como tras una pesadilla:
            -¡Ya lo tengo! ¡Psitacosis, psitacosis!
            Me quedé mudo de espanto. No entendía nada, pero no parecía haber perdido el juicio, sino haber recobrado la luz, por su entusiasmo.
            -¿Qué te pasa?- pregunté algo preocupado.
            -Ya sé cómo recuperar a tu amigo. Como montó el numerito ese de los gritos y aspavientos en la jaula, voy a tratar de convencer a los viejos que tiene Psitacosis y que  es un riesgo para su salud. Los viejos aunque ven la muerte de cerca le huyen como a un apestado y no van a poner muchas trabas en desprenderse de él. Si acaso les propondré llevarles otro periquito a cambio que esté sano.
            -¿Sita que?
            -Psitacosis
            -¿Con esa palabreja quieres engañar a los viejos? Tan tontos no van a ser.
            -Una palabra puede tener tanto valor como si les pusiera un arma en la sien. Soy veterinario. Les diré que el comportamiento de tu amigo es un síntoma claro de una enfermedad que pueden trasmitir los pájaros y que puede tener consecuencias fatales. Enfermedades respiratorias graves, neumonía... Apuesto a que con eso los asusto lo suficiente como para que me regalen a Quico e incluso me lo sirvan en una bandeja con patatas.
            -No seas bestia. ¿Es verdad todo eso de la psitacosis?
            -Pues claro ignorante. Es una bacteria que realmente produce enfermedades transmisibles de pájaros a hombres. Yo sólo la voy a adornar un poco, por ejemplo vistiéndola de negro y con guadaña.
            -Los viejos sois unos canallas.
            -Hay de todo, como en los pericos. Unos están metidos en jaulas y otros van incordiando al resto del mundo con sus problemas.
            Me callé porque eso había sido un gancho directo a la boca (al pico en mi caso).
            Al pronto se levantó del sillón como movido por un resorte y salió de la casa, yo me precipité a la ventana para ver hacia dónde iba. Lo vi aparecer en la puerta y caminar con un brío que no le conocía, a pesar de que estaba cansado. Habíamos estado caminando desde casa de los viejos y además él no toleraba muy bien las reuniones familiares. Pero a pesar de esto ahora parecía un muerto resucitado, un Fénix renacido. Desapareció pronto de mi vista y estuve tentado de salir detrás de él. Sabía que cuando tenía algo en mente tenía que hacerlo, no consentía que nadie se interpusiese ni que nadie le entretuviera en su cometido. Me resigné a esperarle. Otra vez.
            Las horas trascurrían con la monotonía que otorga la espera, con la comezón de lo que tarda y se desea de inmediato. No podía hacer nada y a la vez sentía que debía hacer algo. Repasé mentalmente lo sucedido a lo largo del día. Era extraño pensar que existen días que transcurren en el más absoluto anonimato, mientras que en otros sucede lo que marca el futuro. El tiempo, la vida, no es una línea continua, es como un rosario. He visto esa especie de amuleto agarrado con las manos, repasándolo, recorriéndolo como si en sus pequeños nódulos estuviera contenida la idea y al frotarla con los dedos  se hiciera real, palpable. Cuando lo vi por primera vez no comprendía que pretendían las mujeres que lo manoseaban mientras hablaban en susurros. Era como una especie de ritual que invocaba a los dioses, todas ellas miraban hacia el cielo con los ojos perdidos. El sortilegio tomaba cuerpo entre sus dedos. El mantra que repetían al unísono creaba una suerte de magnetismo espiritual que convertía el grupo en un sólo ente. Nunca pude preguntar su significado, pero creo que al fin comprendí. Aquellas mujeres, sacerdotisas del cristo crucificado, contaban allí sus pecados. Por eso con cada cuenta salmodiaban la oración redentora, la plegaria del perdón. La vida pues era como aquellos rosarios, había momentos en que los dedos corren rápidos por el hilo y otros donde las piezas esféricas enhebradas hacen que se detenga el mundo y se acumulen allí las vivencias que pueden ser contadas, porque tienen verdadero valor. Así iba yo dando vuelta en mi memoria a los momentos que como las cuentas se quedaban entre los dedos. Paraba en cada uno de ellos para recitar mi propia salmodia, mi propio rezo que no era otro que el de encontrar a Quica.
            Cuando mi compañero volvió traía en las manos una bolsa que parecía ser el motivo de su precipitada salida. Me mostró su contenido con un sigilo que pareciera que encerraba el arma de algún homicidio. Había ido a la tienda y traía dos pequeños objetos, una cinta anaranjada y una botellita con cuentagotas rellena de un líquido trasparente. Comenzó a contarme su propósito, desvelaba aquello como un mago que descubre su truco a un alumno al que desea enseñar en su arte. Yo no entendí nada, pero fingí que su explicación había sido precisa y clara.
            -La idea es hacer creíble el diagnóstico. Esto es muy común entre la clase médica. Deben convencer al paciente de lo que acaban de descubrir, como si el paciente deseara ese conocimiento y no la solución a su mal. La explicación de la psitacosis les va a resultar tan extraña como lo fue para ti cuando te lo dije. Ya me encargaré yo de darles unas nociones generales de la enfermedad y los riesgos que entraña su contagio. Pero como en los buenos timos, siempre se requiere de algo que embote la mente mientras asimilan la información. No hay nada que convenza tanto como la vista. La mayor fullera de nuestros sentidos y a la que mayor crédito concedemos. Todo lo que  nuestros ojos ven, lo convertimos en verdad. Así pues mi truco será visual, se auto convencerán del riesgo y me pedirán consejo y solución. No necesitaré ni pedirles a Quico, me lo van a regalar.
            -¿Tú eras veterinario o un charlatán de feria? ¿Eso debe ser pecado, no?
            -A mi edad no tengo tiempo de cometer demasiados pecados que puedan empeorar mi situación en la eternidad. No tengo remordimientos por lo que voy a hacer. Si acaso tú deberías tenerlos. Si hay algo más abominable que el pecador, es el que induce al pecado, su instigador, y ese eres tú. Tú y esa idea de que vaya coleccionando pájaros en mi casa como si este fuera un parque temático de pericos.
            -Los periquitos estamos libres del pecado. Nos ha liberado el dios de los hombres porque no poseemos un alma inmortal. Si acaso rendiremos cuentas al dios de los pájaros. Vuestro salvador sólo se ocupó de vuestra salvación, no dijo nada de los pericos, los cerdos o los perros. Así que me importa poco cargar con la culpa. Es sólo que me he quedado mudo con tu maquiavélico plan para el engaño. Por cierto en que consiste el truco visual.
            -Esta tira naranja es papel de tornasol, cambia de color cuando reacciona con una base y en este frasco llevo una disolución de hidróxido potásico. Les diré que las heces del perico si contienen la bacteria modifican el color de la cinta y se pone verde o azul dependiendo la gravedad de la infección. De forma que cuando tome con la torunda una muestra de las cacas de tu amigo y las ponga sobre este portaobjetos, añadiré una gota de la disolución. Al poner en contacto la cinta va a ponerse azul como un pitufo porque tiene un ph muy básico. Ellos pondrán los ojos como platos y habrán comprobado científicamente la sospecha de la psitacosis, aunque lo que no saben es que aunque pusiéramos coca cola con  la potasa se teñiría de azul el papel de tornasol.
            -¿Cómo puedes saber si el viejo no es un químico retirado y te va a descubrir en tu representación de malabarista?
            -Es un riesgo que hay que correr, pero ese tipo tenía pinta de funcionario o contable y sabrá de química lo que tú de aritmética.
            -¿Eso qué es?
            -Tú confía en mí que soy un profesional.
            Como digo, no entendí nada de la explicación química, pero sí pude entender que el éxito de una mentira, lo que le daba carta de verdad, era crear el escenario adecuado y hacer partícipe al otro de su descubrimiento. De un descubrimiento amañado por supuesto.
            -Además este es un truco que por muy usado siempre funciona- añadió Aristóteles- esto ocurre a diario en la política, nos hacen ver la crisis con nuestros propios ojos: la quiebra de Lehman Brothers, la caída fulminante de la bolsa, periódicos y televisiones anunciándola. Cuando ya estamos convencidos de su veracidad, dejamos en sus manos nuestra voluntad, dejamos que nos arrebaten nuestros derechos,.. con tal de que los que la han provocado hagan desaparecer el fantasma de esa crisis inventada. No falla. ¿Cómo puedes entender que el día antes de que se pronunciara la palabra crisis, todo el mundo viviera en la burbuja de la abundancia y tras el grito sucumbiéramos a la depresión?
            Desde luego ese era el día en que mi compañero resultaba de lo más críptico para mí. No entendía lo que me contaba, pero no podía defraudarle. Yo de la crisis había oído hablar, incluso había percibido esa histeria colectiva, pero no acababa de entender el significado de lo que mi amigo me decía. La mente de los humanos es tan compleja que no puede ser entendida por un pájaro. Aunque no la entienden ni ellos mismos.

            Ocurre lo mismo en mi caso. Nuestro cerebro más simple no consigo entenderlo. Es lógico no ser capaz de penetrar los misterios de una mente. Si tuviéramos un cerebro tan potente como para entenderla, éste sería todavía más complicado. De forma que parece irremediable desconocer los mecanismos del pensamiento.
        CONTINUARA........