fin capítulo 7. Primeras noticias sobre Quica

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             Eso si hubiera sido una carrera de caracoles.
            No estaba para chistes, pero mi cabeza funcionaba ya como un motor a reacción,  la emoción me tenía disparado. Llegué hasta el banco y me posé a su lado sin darme cuenta de que él estaba dándole cháchara a otro viejo. El contertulio al ver un perico tan cerca trató de agarrarme. ¿Porqué los viejos pretenden coger todo aquello que es gratis? Tuve que volar y situarme en el árbol. Le hacía señas con las alas a mi compañero. Pero claro en realidad lo único que hacía era mover las alas, ¿Qué clase de señal es un periquito agitando las alas? Aristóteles, me miraba y sabía que pasaba algo. Empezó a intentar despedir al viejo que lo acompañaba, le hacía ver lo perentorio de volver a su casa, dónde seguramente ya estarían preocupados.
            -Te equivocas -decía el otro- en mi casa estoy más sólo que la una. Y nada haría más feliz a mi hijo que me perdiese, siempre que dejase bien arreglados los papeles de la herencia. Aunque creo que tendrán una decepción. Los hijos de puta estos de los bancos me han dejado sin parte de los ahorros de toda mi vida con lo de las preferentes.
            -Te comprendo pero yo tengo que irme ya, o tendré preocupados a todos.
            Se levantó sin más y partió en dirección este. Afortunadamente el otro viejo se levantó y partió en dirección opuesta. Yo vigilaba desde el árbol a los dos ancianos que venían caminando ya hacia nosotros. Fui hasta donde estaba Aristóteles y le conté lo sucedido.
            -¿Estás seguro?
            -¿Crees que si no estuviera seguro estaría así de nervioso?
            -Ya te pareces a los humanos, respondes con una pregunta.
            -Déjate de tonterías, vienen por detrás hacia aquí. Tienes que preguntarles por Quica.
            -Si voy y les asalto para decirles que busco a la periquita van a quedar un poco extrañados. Tenemos que planear las cosas. Tú déjame a mí que ya me las ingeniaré. Vamos a resguardarnos un poco y ver dónde van. Yo trataré de hacerme el encontradizo y les daré alguna explicación, ya se me ocurrirá algo.
            A eso llamaba Aristóteles planear. A “ya se me ocurrirá algo”.
            Cuando el destino no depende de ti. Cuando no eres más que espectador de tu propia vida, porque son otros quienes manejan los hilos, entonces sientes la impotencia del desamparado. Me sentía como un imbécil cuyo futuro no era más que un dibujo en la mente de un creador de cómic. Un mendigo de ayuda, un insignificante cascarón en un mar agitado, una pajarita de papel en un vendaval. No podía discutirle porque necesitaba su ayuda, pero me enervaba su aparente indolencia. Aunque tengo que reconocer que a veces las apariencias engañan y cuando se trata de un viejo tan rebuscado como el que me había dado por compañero, más todavía.
            Observamos como los dos ancianos se adentraban en la Avenida Monreal y entraban en los supermercados “el árbol” (no podía ser un Mercadona o Consum, tenía que ser “el árbol” como os digo, esta ciudad está embrujada).
            Les seguimos a cierta distancia. Aristóteles pensó que aquel era el lugar más adecuado, entraría a comprar comida para pájaros y se encontraría con ellos. Yo tenía que esperar fuera, en los árboles que hay en la acera de enfrente.
            El tiempo se detuvo. Allí encaramado a una rama, mimetizado con el follaje para no llamar la atención. La extraña sensación de la relatividad del tiempo. La lentitud insoportable del segundero en la espera o en la enfermedad.
            Allí de pie escondido del mundo, como olvidado en un cajón, encaramado en un estante de la librería que nadie consulta, me quedé inmóvil, al acecho.
            En mi torre de vigía que permitía el anonimato, el estar y no ser, existir sin ser visto. Sólo necesitaba que el tiempo pasara de nuevo a rescatarme de aquella retirada voluntaria. Desde allí, poco mundo, poca vida, estaba a mi alcance, o quizá no. Si miras atentamente el mundo, sin sentirte observado, libre de no ser actor en ese preciso instante, hay una riqueza inmensa en cada esquina.
            En aquella fachada verde del supermercado convergía el universo. Veía al hombre que sentado sobre sus piernas moraba en la puerta, como cancerbero del edificio. Desarrapado, apoyando sobre sus rodillas un cartón con algo escrito. Una súplica quizás o una historia. O quizás resumidas en un trozo de papel, la historia de las súplicas de muchos desarrapados juntas. Porque su historia era tan mísera que cabía en apenas unas líneas. Allí agarrando fuerte un pequeño recipiente de metal que sacudía para hacer sonar las monedas. Monedas pequeñas como su historia, monedas pobres que al saltar llamaban a otras monedas. Calderilla, el oro de los pobres, su tesoro de metal innoble. Ese dinero que todo lo puede en el mundo de los hombres, pero que en aquellas manos sólo alcanzaba para el pan y sobre todo para el vino. ¿Por qué no puede un miserable comprar vino? Es el alimento del cuerpo y del alma, lo he visto convertir a un mendigo en príncipe y a un príncipe en vasallo. Aquel hombre de zapatos dispares, rotos en las puntas de dar patadas al mundo que lo había traicionado. Con un pantalón de color imposible de definir, a juego con las manchas de su camisa y su chaqueta. Prendas de otros que las habían arrojado, regalado, entregado en casas de caridad. Aquel hombre sólo disponía de un atuendo, el uniforme de pobre a la puerta de un supermercado. Su cabeza poblada de pelo negro, engrasado y mal peinado como exigía el reglamento, hacía pensar en una edad que no correspondía a su posición. Era un hombre joven. Unos cuarenta (así a vista de pájaro), pero con una cara que delataba cuarenta siglos de mendicidad. Sólo los ojos parecían contradecir su rostro avejentado, de un azul trasparente. ¿Sería un emigrante? Los hombres de las tierras del este tienen ese rostro, y algunos comparten ese destino. ¿Acaso cada pueblo tiene escrita su historia y sus hombres y mujeres no pueden cambiarla? Se movía casi como un autómata al ritmo de la puerta de cristal automática. Cuando se abría para dejar entrar o salir, alargaba la mano, extendía su brazo poderoso y mostraba su tesoro, decía unas palabras que no llegaban hasta mí, pero que podía imaginar. A veces recibía un obsequio que tintineaba en el vaso junto con las otras monedas y sonreía. Mostraba sus dientes, blancos, con huecos oscuros que dejaban escapar su aliento, aún con la boca cerrada. Un olor a vino agriado o a mortadela barata o quizá los días en que un generoso dejara algún billete, olería a pollo. Qué puedo saber yo de la vida de un pobre de supermercado.
            Ni de los niños que caminaban por la acera en grupos, siempre gritando. Los niños no hablan, no pueden, sus palabras son demasiado impacientes para salir despacio, como sus dueños, siempre corriendo para llegar los primeros. Los primeros de cualquier cosa. Formar fila, entrar en el patio, subir al autobús. Aquellos niños que volvían del colegio, con sus cargadas mochilas, como los animales que he visto en la televisión con una gran joroba. Discutiendo, peleando y haciendo las paces todo al mismo tiempo. Ellos con sus pantalones cortos, calcetines azules y zapatillas, sobre la camisa una corbata que daba porte a la vestimenta. Ellas sin corbata, con la falda plisada, los mismos calcetines pero con zapatos. El grupo de niños que venía por la misma acera llegó a la puerta del supermercado mientras discutían sobre algo, imitando un combate a espada, apenas si perciben la imagen del hombre sentado.
            Son historias paralelas, que en un momento se han cruzado rompiendo el concepto de las líneas paralelas. En ese instante apenas se rozan, porque en el espacio tridimensional viven en un plano distinto. Sólo yo desde la atalaya podía dar testimonio de su sincronía.
            Pero mi atención estaba centrada en la puerta para ver salir a mi compañero. Cuando apareció se rompió todo el encanto de la contemplación y me precipité sobre él como un ave de presa. Me recibió con su acostumbrada sorna.
            -Como me vean en compañía de pajarracos y hablando con ellos van a pensar que soy  San Francisco de Asis o que estoy chalado. 
            Tenía razón, pero a veces me exasperaba su forma de hablarme. Aunque sabía que en el fondo estaba entregado al proyecto, casi tanto como yo. Quiso que fuéramos a casa y allí podíamos hablar más tranquilamente.
            El retorno fue un poco más ligero. Yo por mi ansia iba y venía, pero esta vez Aristóteles caminaba con un paso más ligero. Pensé que aquello era un buen presagio. Que tendría nuevas importantes para mí.
            Y tanto que lo fueron...
            Me contó que en el interior de la tienda se había identificado como el dueño de la tienda de animales donde compraron la periquita. Estuvo hablando con ellos ganándose su confianza. Los viejos son de por sí desconfiados. Pero es cierto que entre ellos existe una especie de convenio de mutua comprensión. Una especie de pacto de solidaridad. 
            Aristóteles me hizo atender porque era importante lo que tenía que contarme. Su expresión era seria y yo empecé a temerme lo peor. Hubiera preferido con mucho que me dirigiera alguna de sus frases cuchillo, que aquellos mimos en el trato.
            Los viejos habían comprado a Quica, pero para regalarla a su hijo y su nuera que los habían visitado, no para ellos. Los dos habían vuelto a Valencia, donde trabajaba su hijo. Habían estado una semana con ellos y como les gustaban mucho los animales habían pensado que aquel era un buen regalo. Ellos tenían un periquito que les hacía mucha compañía. Su nuera estaba ahora embarazada de seis meses y no trabajaba, de forma que tenía que ocupar el tiempo.
            Empecé a temblar y parecía que se iniciaría un ataque como los que tuve en mi juventud, pero como Aristóteles inició de nuevo la charla me quedé inmóvil, mudo, sujeto por las patas al respaldo de la silla en que me había posado.
            -Empezaron a contarme su vida y milagros y la de sus hijos. Traté de atender sin ser descortés. Llevé la conversación hacia Quica y les dije que tras la venta, nos habíamos dado cuenta de que el perico que compartía jaula había caído en una especie de depresión porque seguramente estaban emparejados. Que apenas conseguíamos que comieras y que pensábamos que podías morir de pena. Les hice un relato bastante lacrimógeno. Eso para dos viejos tiene mucha importancia. Algunos ancianos tienen el alma a flor de piel, sensibles a cualquier estímulo que exprima los lacrimales. Otros en cambio, ya me ves, estamos de vuelta de esas tonterías...
            Me hablaba como si quisiera convencerse de que un argumento como aquel nunca hubiera hecho mella en su ánimo. Como si yo no supiera lo que estaba haciendo, únicamente por ayudarme, poniendo en riesgo incluso su salud. Es cierto que los ancianos poseen un alma de doble cara. Una parte permeable a los problemas de los demás,  por la que son fácilmente impresionables. Pero por otra parte poseen una especie de coraza que utilizan para defender su precaria situación personal. Se les tacha de egoístas porque no renuncian a sus hábitos, sus manías. ¿Acaso son dueños de algo más que de un tiempo limitado de vida? No pueden por más que defenderse para vivirlo a su manera. No se puede robar la infancia a un niño. Debe acumular retales de felicidad con los que construir y reparar el tiempo que le queda. Pero a un niño le queda el futuro, está por hacer. Es más grave arrebatar la vejez a un anciano. Viene apurando a pequeños sorbos lo que le queda. Ya olvidó casi su niñez, es sólo pasado y apenas lo puede sujetar entre los dedos y el futuro huye de él porque sabe que es un perdedor declarado de la vida. Creo que entiendo mejor ahora a los viejos, ahora que voy compartiendo sus sinsabores.
            Aquellos dos ancianos no eran responsables de mi pérdida, no podía culparlos y sin embargo en aquel momento los odié. Los odié con todas mis fuerzas. Con un sentimiento casi ajeno a mi especie, como si aquello surgiera de una especie de trasvase emocional de los humanos. Un aguijón profundo me movía a maldecirlos. Eso a pesar de que después ellos fueran colaboradores necesarios para la continuación de nuestra búsqueda.
            Aristóteles continuó con el relato de su encuentro
            -Los tuve emocionados con tu precaria salud de viudo y les propuse regalarte a su hijo para que pudieras estar de nuevo con Quica. Les dije que yo me encargaría de los gastos de trasporte, sólo necesitaba la dirección y te enviaría lo más pronto posible.
            -¿Que me regalaste a su hijo sin siquiera preguntarme primero mi opinión? Tú no estás en tus cabales.
            -En eso estamos de acuerdo. Cómo se me ocurre no discutir con un perico acerca de su propiedad, cuando es él mismo el que está intentando encontrar a su pareja, y que sin duda ya lo habría hecho de no ser por la incompetencia de un viejo chocho como yo.
            -Perdona tienes razón. Entonces que tenemos que hacer ahora.
            -Ahora nada, pero mañana estamos invitados a tomar café en su casa. Y digo estamos porque tú también te vienes, querían verte. Así que ya estás ensayando la pose de pájaro abandonado, poniendo carita de pena, si es que los pericos la saben poner. Te llevaré en la jaula y quiero que te comportes como un triste periquito que sufre la ausencia de su amada, cabeza gacha, pegado a la barra, nada de revoloteos en la pajarera, ni cantos, de hablar en su presencia ni hablemos (valga la redundancia).
            Ya no me moví en toda la tarde, como si estuviera ensayando lo que me había propuesto Aristóteles, pero no me movía porque no tenía fuerza. Me atormentaban todas las dudas que no me atrevía ni siquiera a plantear a mi compañero. Ir a Valencia, no sabía ni como podía llegar hasta allí, ni si estaba muy lejos, encontrar a Quica, en una ciudad que sabía que era mucho más grande que Huesca. Si al menos fuese una golondrina o una paloma mensajera, la distancia no me parecería un mundo. ¿Estarían dispuestos a darnos la dirección de su hijo para algo tan inusual como que alguien casi desconocido le enviara un perico? ¿me aceptarían como presente o resultaría una carga que no deseaban y me darían a algún amigo para que me cuidase? Veía que la vida jugaba conmigo, que no deseaba que encontrase mi reposo. Estaba pasando el tiempo y no teníamos una solución en las manos. La desesperación se puede expresar matemáticamente como el producto del deseo por el tiempo que se necesita en alcanzarlo y en mi caso estaba llegando al límite. Si es que acaso la desesperación tiene un límite. A veces parece que no soportamos más la pena, que estamos al borde del abismo y que un pequeño empujón más nos precipitará en lo inevitable, la destrucción. Pero la vida nos pone a prueba y aleja nuestro objetivo y en vez de caer, volamos hasta el otro lado del precipicio. A veces los hombres, los pájaros, los perros y los dioses mismos soportan tensiones que nunca pensaron que serían capaces de soportar y salen de aquella lucha reforzados. Aunque eso sólo ocurre, cuando ya se ha salido, cuando después de no entregarse se vence al tiempo. Algunos se pierden en esa lucha, porque son derrotados y se precipitan al vacío.
            Podemos responder por nuestro pasado, somos en gran parte responsables de él, pero ya no merece esfuerzo, ya sucedió. El futuro se está sembrando en cada acto, no depende totalmente de nuestra voluntad pero es el verdadero objetivo. El pasado parece inamovible, por haber sido, cobra carta de realidad absoluta, sin embargo lo verdaderamente cierto es el futuro. Podemos cambiar el pasado en nuestra memoria, lo adornamos, lo suavizamos, limamos su aristas, perdiendo en ese proceso su autenticidad. El futuro ocurre con o sin nuestra ayuda y el hecho ocurrido es la autentica verdad, no podemos esconderla, está ahí reclamando su lugar. Ya la ignoraremos o hagamos de ella una verdad encubierta, pero cuando el futuro se hace presente es más real que nada.
            Yo veía ahora un futuro incierto y si hubiera podido hubiera llorado de rabia, de impotencia. Pero cuando la tarde fue cayendo en brazos de la oscuridad, cuando el sol se fue durmiendo acunado por el horizonte y desperté de pronto, rompí mi silencio de pájaro herido y le dije a Aristóteles:
            -Mañana vamos a hacer que nos den esa dirección. Encontraré a Quica aunque sea lo último que haga.
            -Creí que te morías tú antes que yo. Por un momento pensé que te entregabas a la melancolía, esa excusa de los pobres de espíritu que renuncian al combate antes de empezarlo.
            -Si no fuera por ti, seguramente estaría perdido, pero me haces sentir fuerte.
            -No sigas que eso parece una declaración de amor y lo último que quisiera es emparentarme con un perico.
            Callé porque sabía que esa declaración de amistad, de gratitud, habían sido para él un halago mayor que cualquier regalo. Aristóteles no quería parecer débil, no quería mostrar los flancos claramente accesibles que llegaban a su corazón, pero era un hombre bueno embroncado con la propia vida.
            La mañana siguiente era como un sin vivir dentro del cuerpo. Tuve que salir a volar y volví a la plaza de la Catedral. Ahora saludaba a todos los pájaros y en especial a las golondrinas. Habían dejado de ser para mí unos pajarracos vestidos de luto cuyo inmerecido mérito era el haber habitado los poemas de amor de poetas almibarados, para pasar casi a la categoría de héroes, pequeñas Sibilas del cielo. Estuve desfogándome recorriendo por primera vez las calles de Huesca sin un propósito, por el simple hecho de poseerlas, de hacerlas mías desde el aire. Fui a visitar a Salomé en el claustro de San Pedro el Viejo, como si quisiera decirle que no me iba a detener, que yo también rompería con los moldes de lo establecido, que bailaría si era preciso con el diablo para encontrarla, para estar de nuevo con Quica. Pudo ser el cambio en la incidencia de un rayo de sol o el parpadeo de mi membrana ocular pero me pareció como que la figura sonreía. Definitivamente estaba perdiendo el juicio. Volví a la jaula para comer y vi a mi compañero y amigo comiendo también, seguro que tan nervioso como yo para la cita que nos esperaba.
            -Que te parece la paradoja de que vivan en el Pasaje de las golondrinas, cuando fue una de ellas la que nos indicó el lugar. Y eso que a ti no te caían muy bien.
            -Eso era antes, ahora son mis pájaros preferidos, después de los periquitos por supuesto.
            -Veo que tus opiniones cambian según la conveniencia, no según argumentos de objetividad.
       -No soy nada objetivo. Ser, es subjetivo. La objetividad es para la ciencia no para  los sentimientos. Tampoco tú puedes presumir de se un modelo de imparcialidad en el juicio. Quizá el más ecuánime de los hombres que he conocido es tu hijo.
        -Hablas como un filosofo, como un orador, acerté en ponerte Pericles. Puede que acabe conociendo a mi propio hijo a través de un pájaro. Eso sí que sería una paradoja.
          -Seguramente os parecéis más de lo que creéis, pero estáis tan alejados que no llegáis a reconoceros. Yo no entiendo mucho pero ese sentimiento creo que lo llamáis orgullo o algo así.
            -Pues yo creo que te voy a llevar a las ferias y a los parlamentos, en ambos lugares podríamos hacernos ricos como charlatanes.
            -Saber hablar ha sido para mí el mayor de los regalos, pero también una de mis cadenas. He ido haciendo un viaje de cambio hacia algo que no soy. Inicie el camino inverso de Ícaro, él deseo ser pájaro siendo hombre y se quemó con el calor del sol, yo en cambio siendo pájaro quiero parecer hombre y quizá como él me estrelle también en el suelo. Deberías haberme llamado Oraci, que es el inverso de Ícaro.
            -Horacio fue un poeta latino perteneciente a la filosofía Epicúrea. Escribió en sus odas el famoso “Carpe Diem”, una invitación a disfrutar de la juventud. Dictado que ninguno de los dos puede ya seguir.
            -La juventud es el espacio que queda hasta la muerte. Alguien puede ser joven eternamente, siempre que crea que la vida aún le guarda algo para ser recogido.
            -Como filosofía es muy atractivo lo que dices, pero a la juventud se le opone la vejez. Hay un momento en la vida en que te das cuenta que aquello que estás haciendo es posiblemente la última vez que lo hagas. Tu último viaje a Paris, tu último beso apasionado, la muerte de tu último amigo, tu última comilona, tu último coito. Entonces te das cuenta de que eres viejo. No te espera nada nuevo a la vuelta de la esquina, todo lo que podías haber hecho debe estar acabado o quedará incompleto. Esa es la vejez, la sombra de la muerte que se acerca y se anuncia.
            -No habrías imaginado que ibas a conocer a un pájaro que hablaba, que te obligaría a correr las calles buscando una periquita. A tu vida aún le quedaba una última vez de algo que nunca habías hecho. Puede que queden más pájaros como yo en tu vida.

            -No creo que pudiera soportarlo. ¡Nos vamos! Hay que buscar a Quica y no pasarse el día cotorreando. Métete en la pajarera que es hora de salir.

capítulo 7

Capítulo 7
“La vida no enseña, es uno mismo quien aprende si abre los ojos”

            ¡¡Despierta!! ¡¡Levanta viejo!! No me dejes aquí sólo.
            No sé si por el grito, por mis plumas que se le metieron por la boca entreabierta de la que manaba un pequeño río de baba ahora adornado de plumón, o porque el dios de los pájaros tuvo a bien auxiliarme, Aristóteles despertó. Entreabrió los ojos y me miró extrañado, aturdido, noqueado, como si no fuera lógico que yo estuviera allí. Sonrió y se limpió la boca, incorporándose con dificultad en el sillón.
            -Desde luego no se puede descansar en esta casa. Es como si hubiera vuelto a tener niños pequeños. Me has dejado la casa que parece un gallinero.
            Nunca me habían sonado tan bien esas palabras de cascarrabias enfadado. Me puse a revolotear por la habitación como si hubiese perdido el juicio, hasta que me detuve frente a él.
            -Me has dado un susto de muerte. Nunca mejor dicho.
            -Serías el único que sentiría mi muerte y además por puro interés.
            -No creo que fuera el único, pero seriamos pocos en el entierro. Espabila porque necesito que me ayudes, tengo información, que no sé si es muy útil. Una golondrina me dijo esta mañana que ha visto una periquita azul al noroeste de la catedral, en una finca alta cerca de un edificio grande, con un patio en el que hay muchos niños y una señal roja en otra casa cercana.
            -Desde luego no se puede pedir más de un pájaro.
            -Y menos de una golondrina. Si al menos hubiera sido una paloma.
            -¿Te consideras mejor acaso? ¿Los periquitos son superiores? Debes saber que las golondrinas tienen una gran reputación. Y las palomas no son precisamente el pájaro que más ha contribuido a la luz del mundo. Mira el Espíritu Santo.
            -No pienso discutir ahora esto. ¿Cómo podemos saber dónde está ese edificio que dice la golondrina?
            -El que piensa como un pájaro eres tú. Has volado hacia allí.
            -Si pero no estoy seguro de que la dirección en que fui era la correcta. Hay varios edificios grandes y la marca roja de que habla es para mí un misterio.
            Entonces Aristóteles sacó un plano de la ciudad. Yo no podía ver nada allí porque ya os dije que los signos gráficos no son mi fuerte. Pero él con la paciencia de un maestro de escuela me señaló donde estábamos, identificó la catedral que venía dibujada y siguió su dedo hacia el norte-noroeste.
            -Hay tres o cuatro edificios grandes en esa dirección. El museo, el colegio seminario Santa Cruz, el convento de San Miguel o el Colegio de Salesianos. En dirección este está la plaza de toros pero tratándose de una golondrina, no confundiría el oeste con el este, y en la plaza de toros no hay muchos niños que digamos.
            Se quedó un rato mirando aquel papel lleno de cuadraditos, salpicados de espacios verdes que yo entendía que podían ser parques o jardines. Aunque él me había señalado los cuatro edificios diana, yo estaba absolutamente bloqueado, incapaz de situarme. He oído decir que las mujeres son incapaces de leer bien los mapas. Quizá el cerebro de los periquitos tenga el mismo problema, aunque ese razonamiento parecía harto inverosímil y estúpido.
            -Ya creo que sé a dónde se refería tu golondrina.
            -¿Cómo puedes estar tan seguro? Yo no veo nada.
            -Tú eres un perico y yo no.
            -Dime porque lo sabes.
            -He dicho que creo saberlo, aunque a decir verdad estoy bastante seguro. Tengo que decir por otra parte que a pesar de tus recelos la golondrina es muy observadora.
            -Déjate de rodeos y dime lo que sabes.
            -En estos cuatro edificios hay patios o jardines que podrían corresponder a lo que llama patio la golondrina, dos están juntos y aunque haya niños en el museo, el lugar más probable es el colegio de Salesianos. Y además ya imagino que es la señal roja que vio tu amiga.
            -No es mi amiga, aunque empiezo a quererla ahora. Sigue.
            -Junto al colegio de Salesianos, está la Cruz Roja y en el edificio habrá con seguridad una cruz de este color. Como me dijiste que la finca estaba cercana a ambas, lo más probable es que esté en la calle de María Auxiliadora.
            -En esta ciudad los nombres de las calles están de acuerdo con nuestra búsqueda.
            -No creo. Si no la casa estaría en la Costa Suspiro.
            Es verdad que el humor socarrón y la mala baba que Aristóteles esgrimía con frecuencia, apenas me molestaban. Yo había adoptado también ese espíritu y además ahora con la nueva noticia me sentía el más feliz de los pájaros. Aquellas deducciones sobre el plano me habían situado claramente como un indocumentado frente a un brillante Sherlock Holmes. Le había faltado decirme: “elemental querido Watson” Pero ni siquiera ese sentimiento de inferioridad pudo conmigo.
            -¡Vayámonos ya!
            -A estas horas los viejos estamos en casa a punto para ir a la cama y las ventanas suelen estar cerradas. Mañana empezaremos la búsqueda por la zona. Tú irás primero así intentas situar donde se encuentra Quica, yo ya me ocupare de hablar con los viejos.
            Pese a que no podía discutir la lógica de sus argumentos, el cuerpo me pedía ir al menos a situarme. Intentaría situar los edificios que habíamos estado viendo e inspeccionar la zona de nuestro objetivo principal. Salí precipitadamente de la casa, sin apenar haberle dicho lo que pretendía.
            Yo que ya no era un joven, al que no se le suponían aquellas conductas que llamamos “impulsos de juventud” me precipité hacia algún lugar situado al norte -noroeste de la catedral. La calle desengaño ya me era familiar, hasta me había familiarizado con el cartel taurino de la peña. La plaza de la catedral era como mi segunda casa. Reconocía perfectamente hasta las farolas en las que de cuando en cuando me había posado para descansar o aliviar el cuerpo. Incluso con aquella luz crepuscular percibía todos los detalles conocidos. Desde allí tenía cerca el museo, yo sabía donde estaba, porque había visitado su patio intentando ver desde sus cristales los cuadros de Ramón Acín. Un hombre que parecía un héroe para los oscenses, pero que lo era también para mí porque había dejado como legado su escultura de las pajaritas en el parque. Las había visitado con frecuencia porque esas figuras blancas, tan sencillas, tan elementales, representaban para mí la infancia. La esencia de la inocencia. No sé para los niños humanos que podía significar, pero yo las adoraba.
            Tampoco me parecía probable que aquel fuera el lugar señalado, así que me dirigí al oeste, buscando el sol que caía en picado hacia el horizonte. Entonces vi el edificio que podía corresponder al colegio. Pero a estas horas por supuesto, no había nadie. Intenté localizar la cruz roja, pero por más que daba vueltas alrededor no veía ninguna señal roja. ¿Qué esperaba que fuese un luminoso con una flecha señalándolo? Con la iluminación eléctrica de las farolas, los colores habían perdido su original,  y yo un pobre perico, no dotado de las artes de otras aves, me encontraba perdido en una parte de la ciudad que ya no reconocía.
            El norte y el sur, el este y el oeste son para mí conceptos que se relacionan con el sol. Yo no poseo detectores electromagnéticos, ni conozco el brillo de las estrellas. Era un navegante patético en la noche. Allí estaba como un mochuelo abriendo lo ojos para poder distinguir las calles, los espacios. Inútil intento de quien fue creado para el día. Mis ojos no veían más por más que los abriese, sin embargo mis oídos oían ahora que lo que antes no habían escuchado. Los sonidos de la noche, los silencios de la oscuridad son seguramente conciertos conocidos para sus habitantes, pero para mí eran como la música que precede al crimen en las películas de terror. En la tienda vi alguna de ellas,  a Trini le parecían interesantísimas, aunque se escondía y gritaba tanto, que al principio logró asustarnos ella lo que la película no conseguía. Estaba asustado.
            Los periquitos tenemos también miedos, como los hombres. Esa sí es una categoría impresa en nuestro arcaico cerebro. El miedo protector, el miedo maestro de conductas. No existen en nosotros miedos inducidos por la cultura, por la sociedad o por la religión, miedos que sólo el hombre ha creado. Con el mismo fin, crear conductas propicias, aunque en este caso beneficiosas sólo para quien las propaga. En el mundo de los pájaros no se teme a la cárcel o al infierno.
            El miedo es un sentimiento complicado. No existe un miedo. Podría decirse que existen los miedos, cada cual los suyos propios. Aunque puede que la base común sea el temor que provoca con respecto a la propia vida, una especie de sistema de alerta ante una situación de riesgo real o aparente, presente, futuro o incluso de experiencias anteriores. Como el dolor. Se piensa en la muerte como el elemento común a todos los miedos, pero en realidad la muerte puede no provocar miedo, siempre que nos sea ajena. Las escenas de cementerios, de muertos que se levantan o de crímenes salvajes pueden no afectar a quien toma la distancia de aquello con la realidad, con el riesgo hacia sí mismo. He visto funerales donde se habla amigablemente del muerto, alabando sus cualidades, incluso con alguna maldad bienintencionada respecto a sus veleidades. He visto como esas conversaciones acaban en sonrisas o en abiertas carcajadas, acalladas por lo inapropiado del momento. La muerte no asusta, si no es la propia.
            Pero allí sólo ante la ciudad, desorientado y pensando en la necesidad de encontrar a Quica, sentía miedo, terror a que me ocurriera algo y no pudiera ver por última vez a mi Salomé. En aquel oscuro paisaje de desconocidas calles y casas, sin capacidad para encontrar el camino de vuelta. Habiendo perdido mi refugio personal, sentía miedo. Me movía de ventana a ventana. Pensaba que los tejados no serían seguros por los gatos. Quizá podía encontrarme con nuestro amigo el gato negro que huyó de la tienda. Podía no reconocerme o quizá su tiempo en la calle habría empeorado su carácter y acabar en sus zarpas y en su estómago. No encontraba un abrigo apropiado, hasta que me refugié en una ventana cuya luz interior me permitía ver en su interior una pareja de jóvenes amantes, desnudos sobre la cama, hablando el lenguaje que sólo el amor entiende. Rompiendo con los cuerpos la física de lo miscible, abriendo con sus bocas las puertas y ventanas del alma. Allí en la contemplación de algo tan íntimo de aquellos dos extraños me acomodé sintiéndome acompañado y me dormí. Cerré los ojos permitiendo que el sol volviera a alcanzar el horizonte y abrirse camino para despertar el día y sus criaturas diurnas.
            Los pájaros no soñamos, es otra de mis carencias. He oído hablar de los sueños, donde los hombres más mediocres se convierten en héroes. Donde los cobardes son aguerridos y los valientes pueden llorar en el pecho de una mujer. Donde la realidad toma una dimensión nueva de posibilidades infinitas que rompe el rígido obrar de la Física. El sueño como una simulación de vida, donde actuamos ante hipótesis de situaciones que nos preocupan, que no son reales pero que podrían serlo. Nos da por tanto experiencia en aquello que aun no conocemos pero que podemos conocer en el futuro. El sueño está vetado para los pájaros. Dormimos pero no vivimos en el mundo de los sueños, navegamos por un río negro y oscuro, sin ver nada, esperando de nuevo el día. Abrir los ojos para renacer, para encontrarnos de nuevo en la ficción de nuestra propia vida.
            Cuando desperté y reanude la búsqueda de mi hogar, me paré para ver el lugar donde había pasado la noche.  Pude ver la coqueta fachada de piedra y las románticas rejas en los balcones. Junto a la puerta de la casa una luna menguante con un rostro risueño. Me había alojado, luego lo supe, en La Posada de la Luna, al abrigo de dos amantes desconocidos, que quizá como yo, estaban perdidos en la noche y se refugiaron en ese lugar encantado para amarse.
            Tuve que regresar primero a casa para avisar a Aristóteles, él seguía como lo había dejado en el sillón. Pero ahora en vez de tener cara de satisfacción por el éxito de sus pesquisas, mostraba abiertamente el rostro de la severidad. Me había comportado como un muchacho inconsciente y para colmo no había vuelto en toda la noche. Él había estado en vela (aunque no quería reconocerlo) esperándome. Se alegró de verme, pero no podía expresarlo. Estaba enfadado por mi precipitación, por mi salida urgente de adolescente. Se sentía como un padre que entiende los hechos, pero está obligado por su condición de tutor a reprenderlos. Me miró y finalmente dijo:
            -Creía que habías encontrado a tu chica y me habíais dejado tirado.
            -Me he perdido. Me desorienté y no supe volver anoche.
            Le conté lo sucedido como si en realidad tuviera que dar explicaciones a quien no tenía por qué tener ningún ascendente sobre mí. Pero no me costó demasiado reconocer que mi comportamiento había sido un poco alocado.
            -Esta vez saldremos juntos. Tú me seguirás a distancia por los tejados. No puedo permitir que me vean con un pájaro en el hombro. Bastante reputación tengo ya de raro para andar con esas. Y no puedo arrastrar el peso de la jaula todo el tiempo.
            Ni repliqué, no estaba en condiciones de hacerlo.
            Nunca he sufrido tanto de impaciencia. Nunca un camino me ha parecido tan largo y tedioso. Su paso era insufrible. Yo volaba un espacio y lo esperaba. A veces desde algún lugar le hacía señas como para decirle que avivara el paso. Tampoco podía gritar y que todo el mundo me oyese, pero era lento como las tortugas. Menos mal que bajó hasta la plaza mayor y desde allí por el coso alto fuimos acercándonos. Estaba ansioso por llegar, y como lo perros hacía pequeñas avanzadillas y retrocedía luego para comprobar que me seguía. Allí lo encontraba haciendo señas hacia el cielo como un poseso, diciéndome seguramente que no me adelantase. Con esas cuitas llegamos a la avenida Monreal, desde donde pude ver mi hospedaje de la noche anterior, aquella luna sonriente que parecía cucarme el ojo. Entrados en la calle empezamos a apreciar la espalda de la iglesia de María Auxiliadora, nos adentramos sin más en la calle del mismo nombre para buscar la cruz roja y ya desde lejos vi a Aristóteles que me hacía señas para que mirara adelante. Pude ver un bandera con la cruz, algunas ambulancias aparcadas con su misma señal y una puerta de garaje que llevaba el mismo distintivo. ¿Por qué le habría llamado tanto la atención a la golondrina esa señal? Era una pregunta que no íbamos a saber responder, pero tampoco nos importaba. Estábamos ahora en la zona, pero quedaba por aclarar cuál de las fincas podía ser la de Quica. Vi que mi compañero se sentaba en un banco en el lateral de la Cruz Roja. Acudí rápidamente para ver la estrategia.
            -La estrategia es primero coger aire. Estoy sin resuello. Además ahora te toca a ti. Yo estaré aquí estratégicamente situado a la sombra, por si veo pasar a la pareja de ancianos y tú buscaras por todos estos edificios.
            Una respuesta muy típica, a la altura de los grandes cínicos.
            Sólo esperaba que pudiéramos localizarla a través de alguna ventana. Si la golondrina pudo hablar con ella es porque la sacaban a un balcón o a una ventana, por tanto tenía que verla.
            -Te recomiendo que hagas una búsqueda ordenada y por tanto empieces por las calles de alrededor, mirando primero en las fincas, te dijo unas casas altas. Empieza por estas de aquí enfrente.
            Pasé la mañana de un balcón a otro, de ventana en ventana, primero en la calle donde Aristóteles se había sentado, luego las calles de atrás. Acudía de cuando en cuando a darle noticias, o mejor dicho a contarle que no tenía nada. Esperaba que él pudiera alentarme, darme palabras de apoyo y esperanza, pero mi maestro me daba pescozones, que le eran más propios.
            -Espabila que no tenemos todo el día. Tengo ya el culo cansado de estar sentado y todos me miran como un bicho raro por estar aquí tanto tiempo parado. Hasta ha venido un niñato a decirme si me había perdido y si podía ayudarme. Le enseñado el dedo más largo de mi mano.
            No sabía bien lo que me estaba diciendo, pero sabía que no habría sido una respuesta muy educada. Seguramente otra de las capacidades gráficas de los humanos. Era una ofensa para él que le tomaran por un inválido.

            Reanudé de nuevo la búsqueda y decidí cruzar la Avenida de la Paz para visitar unas fincas altas que se encontraban en el otro lado, entonces les vi. Salían del Pasaje de las golondrinas. No podía ser tanta casualidad. Las golondrinas nos habían orientado hacia nuestro objetivo y resultaba que vivían en una calle con su nombre. Huesca era sin duda una ciudad extraña. Me entraron las dudas ¿acaso estaba alucinando? Eran los dos ancianos que habían entrado en la tienda. ¿Estás seguro? Me dije a mí mismo. Absolutamente, o puede que el sol me esté ya afectando. No serán las ganas de encontrarlos, me decía. Pero eran ellos, me acerqué casi tanto que el viejo hizo un ademán con el bastón para apartarme como si fuera un mosquito pesado. No sabía que hacer. Yo no podía decirles nada. Seguramente se me hubieran muerto allí en el acto si un perico empieza a darles conversación. Me aseguré de la dirección que llevaban. Iban a cruzar la avenida e iban directamente hacia donde estaba Aristóteles. Menos mal porque cualquiera hace correr a mi compañero en pos de los dos ancianos.        (Continuará....)