FIN DEL CAPITULO 6



     -En un tiempo remoto, en que los dioses de ahora aún no habían sido creados, vivió una mujer sublime en su belleza, princesa de Edom hija de Herodia que en su juventud no había sido menos bella. En ellas la belleza y la maldad eran tan perfectas que sólo mirarlas corrompía el alma. Herodes por entonces convivía con la madre, mujer de su hermano Filipo. Gustaba admirar a la muchacha bailar en su palacio, ver sus sugerentes movimientos, deleitarse con su cuerpo que se intuía a través de las sutiles trasparencias del vestido. Salomé sabía que aquel baile hipnotizaba a los que miraban, que anulaba su voluntad. Conocía el poder de su movimiento, envolvía como las serpientes a su presa hasta que le mordía e inyectaba el veneno. Herodes poseído por el ardor que provoca la pasión, ciego por la lujuria quizás, le prometió lo que ella deseara incluso la mitad de su reino si bailaba para él. Y tras la danza Salomé exigió su trofeo. No eran palacios, ni esclavos, ni joyas, ni oro. Pidió algo que sólo el odio o el amor pueden pedir. La muerte. Exigió a Herodes la cabeza de Juan el Bautista, un hombre tenido por profeta, de la misma familia que Jesús de Nazaret. Había sido apresado por Herodes debido a que temía su mensaje y su poder sobre las gentes, porque criticaba su pecado al convivir con la mujer de su hermano. Por venganza, instigada por su madre pidió Salomé su cabeza, que tras decapitar le sirvieron con una bandeja de plata. Aunque esta es la versión oficial, a mí sin me gusta más la historia de Oscar Wilde y sé que fue el amor, el amor no correspondido de Juan el que quiso vengar Salomé para arrancarle el beso que le negaba en vida.
            Yo que había permanecido momificado, agarrado por mis patas al palo de mi jaula, estuve a punto de caer. Desmayarme de emoción. Pero tras un silencio de Aristóteles recuperé el habla.
            -¿Por qué te interesa tanto Salomé? Es una mujer perversa. Por celos o por rencor arrebata la vida a un inocente, sin  un atisbo de remordimiento.
            -No es el acto de Salomé lo que admiro de ella. Es lo que representa. La historia está vestida con el ropaje que se desea para llevar al oyente un mensaje perverso. La maldad del deseo de lo inalcanzable. La destrucción que provoca la belleza, la mujer que hace perder la razón y se paga con la culpa del remordimiento de una cabeza ensangrentada sobre una bandeja de plata que pesará sobre la conciencia para siempre. Para mí, Salomé no es el deseo oscuro de llevarte a la perdición. Es la belleza de su baile, la armonía de sus formas que pueden hacerte perder el sentido, pero a la vez elevarte hasta el paraíso. Si te fijas en el capitel, mientras la bailarina es el movimiento, su cuerpo se contornea elegantemente con los brazos en jarras, en una postura casi imposible de contorsionismo, el músico permanece estático, hierático, ausente a la realidad. Ella está llena de vida, apunto de escapar del capitel, mientras el arpista permanece atrapado en la piedra en que fue esculpido, como el resto de las figuras de los capiteles. Salomé rompe con el misticismo para abrirse a la realidad, rompe con las figuras inertes y toma vida. Pese a que es representada como el pecado, el mal al que está abocado todo aquel que ceda a las tentaciones terrenales, para mí es la salvación. Ella representa a la mujer creadora, rompedora de moldes, la victoria de la luz sobre la oscuridad, del placer sobre el dolor de la vida. Es la representación del triunfo de la belleza sobre la fealdad. Acuérdate de los ángeles que estaban representados en el capitel, tu mismo me dijiste que te parecían grotescos. Ella en cambio te seducirá.
            -¿Cómo sabes que me seducirá? ¿Acaso olvidas que no soy un hombre si no un pájaro y esas formas no son para mí sensuales?
            -Verás en ella como yo veo a tu propia Salomé. Al amor por el que serías capaz de cometer cualquier barbaridad. A la que ofrecerías como Herodes hasta la mitad de tu reino si bailara para ti. Nosotros somos como Salomé una grieta en el firme muro de la realidad, quizá por eso nos seduce la historia de la mujer, de su osadía y su desafío. ¿O acaso no estamos incumpliendo nosotros todas las reglas de la lógica, persiguiendo el amor? Un pájaro y un viejo, persiguiendo un sueño...
            No pude dormir esa noche. No estoy seguro de si los pájaros soñamos, porque nuestro sueño es como un duermevela, un estado de vigilia amodorrada, un sopor. Pero si sé que esa noche me visitaron imágenes de periquitas de cuerpos exquisitos, cabezas cortadas de pájaros cuyos ojos me miraban, espadas y sangre junto a músicas embriagadoras. Casi perdí el sentido de cual era mi objetivo al día siguiente en que me dirigí con las primeras luces del día a buscar la figura de Salomé entre los capiteles de San Pedro el Viejo. Sólo tras verlo y comprobar, como decía mi maestro, que su danza rompía la monotonía del resto de figuras, recordé que debía emprender la búsqueda de mi Salomé, como la había llamado Aristóteles. 
          Pasaron días en que la emoción del inicio se convertía en el tedio de la cotidianidad. Seguíamos buscando pero no teníamos resultados. Empezábamos a dudar de nuestra estrategia.
        Somos capaces de soportar casi todo. Somos invencibles. Somos indestructibles aunque no lo sepamos, aunque creamos que no podemos resistir, resistimos hasta la extenuación. 
       Somos frágiles, somos delicados. Peleamos con fuerza, pero nos quebramos como el cristal. Soportamos el peso de la vida y nos fundimos con la emoción del alma. Somos fuertes y débiles. Nos hace fuertes el futuro y sólo nos debilita el tiempo, cuando el futuro se acerca y no encontramos nada allí.
             No puedo decir de las dos semanas siguientes, más que no existieron. No se puede contar nada donde nada existe. El tiempo fue perdido, no corrió o si lo hizo parecía moverse en círculos, como nosotros. Un espacio vacío, un borrón en la memoria porque lo que se anotó ya se había dicho. Sucedía lo que puede ser olvidado sin perder nada, aquello que no sucede y no deja huella. Es posible que suceda pero nadie lo ve. Si no es visto, no existe, porque nadie es capaz de hacerlo propio. Dos semanas de conversaciones estúpidas, de diálogos de sordos con pájaros que cada vez me resultaban más odiosos. Los presos ya no me daban lástima, no los hubiera ayudado a escapar aunque me lo pidieran. No sabían, no conocían, no habían oído, no habían visto... ¿Entonces que eran?. ¿Mamarrachos, muebles con voz, adornos con plumas? Si no veían, ni oían, ni conocían ¿para qué estaban? ¿Qué dios inepto les había dado pico, voz, ojos, cerebro? Los pájaros libres que encontraba vivían su propia historia, aunque es verdad que se ofrecieron a contarme lo que pudieran ver. Les conté a todos mi propósito, sin revelar mi amistad con el viejo o mi capacidad de hablar. La historia les conmovía, sin duda, me hubieran ayudado si se hubieran tropezado de bruces con alguna información. Otra cosa es que fueran a buscarla. Tenían su propia vida, su compleja vida de pájaros y no podían dedicarse a otros propósitos que el de sobrevivir.
            Cada día salíamos, yo por la ventana y él por la puerta, nos dirigimos a la búsqueda, pero volvíamos a casa con las manos vacías y las piernas cansadas (yo con las alas cansadas, que sirve para ambas). Aristóteles cada día más agotado, porque el círculo se agrandaba y era mayor el espacio a cubrir.
            Empezaba a sentir el desaliento, ese gusano que roe las entrañas sin apenas ser percibido, con silenciosos mordiscos, que van dejando huecos en el ánimo. Los dos sentíamos la misma angustia, pero no lo hablábamos, dejábamos que nuestras charlas fueran a lo filosófico. A veces lo profundo es un excelente refugio contra  lo esencial, lo necesario. El mundo de las ideas que permanece en las cavernas del conocimiento es tan banal como las sombras que son la vida cotidiana. Nos refugiamos en la entelequia para no hablar de lo básico. Discutíamos de la divinidad, de la justicia y la libertad, pero no hablábamos de la soledad que llenaba nuestras existencias. Huíamos de comentar la decepción o la tristeza por el paso del tiempo sin frutos. Un tiempo que para ambos corría a gran velocidad. Él por su edad y yo porque mi vida de periquito, necesariamente más corta, nos acercaba a un final sin alcanzar a nuestro objetivo. Quizá era bueno no hablar del desencanto, porque es posible que aquello no hubiera hecho más que ahondar en el dolor, sin ser útil, ni mejorar nuestro ánimo.
            Lo único que decidimos fue cambiar la estrategia de búsqueda. En vez de cubrir el espacio como círculos a partir de la catedral que nos servía como referencia y que conforme se hacían más grandes eran más difíciles de cubrir, lo haríamos tomando segmentos de un círculo mayor. Como las porciones de queso que había visto comer a Aristóteles. Cada día tomaríamos una de ellas, hasta completar el gran círculo. De forma que el camino a recorrer fuera más corto. Esta fue una idea de él, porque decía que sus piernas no daban para más.
            El hecho fue que bien por el cambio o por que las cosas deben suceder, la semana siguiente hubo un cambio significativo, un resultado, aunque en aquel momento no sabíamos si era útil. Tuvimos algo a que agarrarnos. Como muchos descubrimientos fue un poco casual. En una de mis charlas con los pájaros con los que me encontraba encontré una posible pista. Fue una golondrina quien me lo dijo, por lo que al principio no lo creí. Las golondrinas pese a que están muy idealizadas en el ideario de los humanos, son pájaros inconsistentes, poco fiables, muy variables en su criterio. De la misma forma que realizan acrobáticos juegos aéreos con una maestría y elegancia perfecta, con cambios de dirección y recortes asombrosos persiguiendo mosquitos. De la misma manera realizan increíbles piruetas con sus pareceres. Son alegres y charlatanas, pero mentirosas e imaginativas, tan creativas en sus fábulas que no es aconsejable creer todo lo que dicen. Que cruzan inmensos territorios, mares, buscando el calor de África. ¿Quién puede creerlas? Yo en una ciudad pequeña no puedo orientarme apenas y ellas van a cruzar países enteros y el mar sin tener puntos de referencia, sin perderse y sin morir fatigadas en un vuelo tan brutal. Ya estaba acostumbrado a oír sus historietas de niñas presumidas y entraba en su juego por ganarme la confianza. Aún con eso no pude pasar por alto cuando comento una de ellas que por el noroeste más allá de la catedral, había estado hablando con una periquita azul que era nueva en la zona.
            Le pregunté por el nombre. ¿Cómo que el nombre? ¿Qué nombre? Me decía aquella estúpida, no sabía nada de nombres. No existía aquella palabra en el mundo de los pájaros. Si hubiera tenido manos la hubiera estrangulado, la hubiera torturado para que me ofreciera la información que necesitaba y certificara que no era una invención más de las suyas. Como aquello no era posible y si se hubiera ido volando no la hubiese alcanzado ni en sueños, le pregunté con amabilidad:
            -¿Cómo puedo llegar a esa zona?
            -Ya te lo dije. Volando al noroeste, pasada la catedral hay otro edificio con un patio y cerca de allí unas casas altas. Se ve desde lo alto una señal roja.
            - ¿Qué es una señal roja?.
            -Yo sé lo que he visto, pero no sé lo que significa.
            Otra vez echaba de menos tener manos para estrujarle el pescuezo.
            Otra vez calma y voz melosa de amigo agradecido.
            -El edificio con patio ¿Cómo es?
            -Es un edificio muy grande. Entran muchos niños. Yo que sé.
            Dispuesto como estaba ya a lanzarme sobre ella, salió volando. ¿Qué puedes esperar de una golondrina? No pueden estar quietas y si además les preguntas asuntos que le son ajenos... Tienen cosas tan importantes en que pensar... como cruzar océanos..
            -¡¡Vuelve que quiero preguntarte algo más!!
            Se perdió mi grito en el espacio vacío. Maldecí a aquel ser, sin pensar que no tenía nada antes y quizá ahora con lo que me había dicho podría conseguirlo.
            Cuando llegué a casa, por la tarde, esperaba poder contarle todo aquello a Aristóteles. Regresé pronto, al entrar encontré al viejo derrumbado sobre el sillón, lívido, ojeroso, inmóvil. El miedo me paralizó. No podía morirse ahora, lo necesitaba y él abandonaba el barco. Me precipité hacia él, desesperado. Revoloteando en su cara como si pudiera resucitarlo con el aire de mis alas. ¿Cómo comprobar si estaba muerto o aún vivía? ¿Y en caso de que así fuera, qué podía hacer? Mi cerebro  era pura agitación, un violento choque de ideas, un furioso vendaval de emociones. De la misma forma que había volado la golondrina dejándome con la palabra en la boca, me quedaba mudo de espanto al pensar que había perdido a mi brújula.