domingo, 31 de octubre de 2010

VIAJE A ITACA (Sólo para Penélope)





Ni soy Ulises ni el viaje que emprendimos era una Odisea, no hubo que rescatar a ninguna Helena, ni luchar contra el cíclope. Nuestra barca era un cascarón de nuez. Nuestras ninfas y princesas de color negro, en nada sugerían la aventura del héroe (ni siquiera eran las diosas de ébano que nos venden en las pasarelas). Entramos en Troya escondidos en el caballo de la cooperación internacional, abrimos las puertas Esceas y vivimos entre ellos disfrazados de hombres sabios, pero como el caballo, sólo fue un señuelo para que nos dejaran tomar sus diosas, para poder aprender en esta patria lejana lo que en nuestra tierra no se enseña. No hay dioses en el Olimpo, no hay hombres negros ni blancos, no hay sueños imposibles. Sólo hay realidades tan duras que parecen inasumibles, tierras humilladas por la pobreza, vidas tan huérfanas de futuro que apenas si nacen están al borde del abismo. Como Ulises tuve que cegar a Polifemo para abrir mis ojos y dar luz a este drama, pero si el hastío de los dioses o el paso tiempo lo relega al olvido, que sea la memoria de los hombres, de los nuevos Ulises, la que haga que nunca se silencien sus nombres. Que estas pequeñas historias sean como el caballo de Troya para abrir las murallas que cada uno ha ido formando y pueda ganar la libertad.
Os vemos tan cerca, os soñamos tan próximos que ahora no miramos hacia atrás, no buscamos las respuestas que vinimos a buscar, si acaso se esconden ya en nuestras almas. Ahora sólo vemos la luz cegadora de nuestra tierra que nos llama, seguimos el faro, ciegos de oscuridad, porque el regreso es el camino que ansiamos recorrer. Llegamos sedientos de abrazos y besos, hambrientos de palabras de amigos, de llanto de madres, de calor de hogar. Vemos asomados desde la proa de nuestra barca, sobre este mar oscuro, los pañuelos que agitáis en la orilla. Os oímos gritar con ardientes palabras de ánimo que hacen el espacio que nos separa más pequeño por momentos. Ya llegamos.
Entre tanto, paciente, pero con un miedo que crece ante el fugaz instante del encuentro, que ansia pero que teme, para que no se quiebre ninguna de las ilusiones creadas, Penélope nos espera. El manto que tejió con el fino hilo de los recuerdos, de los besos pendientes, de las palabras guardadas para la vuelta, será el paño que enjuagará las lágrimas de la alegría del reencuentro, el que nos cubra y nos proteja del frío que produjo la ausencia. Ahora ya no miramos atrás, sólo oteamos el horizonte, esperamos encontrar tras la siguiente ola su figura alzando los brazos, llamándonos con su voz de sirena, mostrándonos el camino. Ella es el norte, la guía de esta travesía, y nos conducirá a un puerto seguro donde amarrar, allí donde curarán las heridas del espíritu.
Ahora emprendo el viaje a Itáca sediento de mi destino, la oscuridad es mi guía, el sol poniente mi sino....” (La llum de Itáca. Ellies)