domingo, 17 de octubre de 2010

EL PUENTE DE LA VIDA

Hay algo que no podré olvidar cuando llegue a casa, lo primero que echaré de menos de Djamena es el puente. El hospital está separado de la ciudad por este puente sobre el río Chari, que sólo pueden transitar bicis, motos y personas. Me levanto a las seis y media, amanece sobre las seis y desde la habitación ya se oyen los pitidos y el ajetreo sobre el puente. Ha empezado a vivir, y a cualquier hora de día, con el calor sofocante del mediodía, con viento, anocheciendo o ya cerrada la noche (es oscuro totalmente a las seis y media de la tarde), un enjambre de gente cargada de bultos, carros, bicis y motos con un número indeterminado de viajeros y los enseres más peculiares, discurren en un sentido y otro. Si te sientas a mirarlo no te cansas, cada segundo es distinto. Mujeres con vestidos de colores chillones, con cestos y bandejas en la cabeza, niños a la espalda. Jóvenes, viejos, policías, barberos, vendedores de jabón, de pescado seco, de tabaco, de refrescos, de todo lo que encuentras en las tiendas de los chinos , se mueven por el puente y están sentados en la carretera que lleva hasta él. Hipnotiza, engancha como el agua o el fuego cuando los miras, porque tiene formas infinitas. Conseguí ayer tarde hacer fotos, hablando con los vendedores y os juro que la puesta de sol que filmé, no creo que se me olvide nunca. Ni las fotos que tome desde la puerta del hospital, con las siluetas de todo este escenario móvil, recortado contra el sol rojo y amarillo del atardecer. Pese a la dureza, África como os dije, es bella hasta llorar.
El puente es un ser vivo, se agita por debajo con un río inmenso de aguas que parecen mansas pero que dejan adivinar la fuerza de la corriente; por arriba es un animal con miles de historias que transitan llevando sus penas, sus alegrías y sus cestos a cuestas. Cuando camino entre ellos, sólo es una historia más que se mueve por su espacio, sin inmutarlo. Porque es un animal paciente, que vive para ser habitado y al que dan forma y sentido todos los que pasamos rozando las barandillas, como acariciando su espalda, para que nos deje ser parte de sí mismo.
Ayer paseamos a la caída del sol por Walia (el barrio salido de las mil y una pesadillas) instalado dentro del río, con su mercado repleto de moscas. Hoy hemos paseado por el puente en dirección a la ciudad, hasta el barrio de Saigua, hemos tomado fotos piratas con el móvil y hemos comprado insecticida y aceite de oliva. El jueves quedamos en que preparar nosotros tortillas de patatas para cenar, bajaremos a comer en el bistrot y compraremos vino.
El vino, al que echamos de menos, como el puente está vivo y espero que cuente historias, de cada uno de los raros especímenes que habitamos esta casa (una tarde os contaré la historia de la casa Cabrini).