domingo, 4 de junio de 2017

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN PARTO

Si tuviera que decir a la cámara algo que pudiera ser interesante acabaría pasando el tiempo de grabación con la mirada perdida en el cielo para ver descender la inspiración. Pero si me siento a escribir es más fácil que salga algo que viene seguro de dentro, que está ahí esperando ser invocado. Sólo hay que decir la palabra mágica, abracadabra, en mi caso Aurora.

Nadie conoce a nadie, somos como nos imaginan que somos. ¿Quién puede conocer los entresijos de una mente, si a veces no podemos vernos ni a nosotros mismos con claridad? Al final, digo que somos lo que los demás ven, o alguien parecido. Y ¿Qué me dices de adivinar como fueron, qué serán? Un desafío imposible, sólo al alcance de algo tan potente como la imaginación. De allí viene esta Aurora, puede que tenga rasgos reconocibles o tan contaminada sale de mi cariño que sólo es una fábula, un producto de factoría de ficción. Que más da, yo escribo, tú lees y por un momento hemos conectado nuestras mentes, uno en el otro. Es como un beso de felicitación que dice cuanto quieras que diga.

“Aurora a sus veinticinco años tiene un armario lleno de ilusiones, de cosas por hacer, de proyectos, de amigos. Tan lleno que parece va a romper las puertas y salir, desbordarse por la habitación. Lo mira y piensa: “ ja ficaré ordre un dia d´aquestos, però no tinc temps” No tiene tiempo porque su reloj corre tras ella diciéndole que queda tanto por hacer que debe correr. No es una huida desenfrenada, es una carrera necesaria para llenar tantos deseos como se agolpan en su mente. Llega al hospital temprano, ha tenido tiempo de preparar el desayuno a su marido y dejar todo en orden. No es una imposición, no podría hacerlo de otra manera, le place, disfruta de ello, por eso cuando llega al hospital ya lleva su sonrisa y sus labios pintados de rojo. Se viste con ese vestido corto de enfermera y antes de salir del baño se mira en el espejo, como para desearse suerte, pero a la vez para infundirse ánimo. “ Xé, no estic mal, en hi han de pijors!”

Cuando sale le sigue una estela de perfume que no consigue alcanzarla porque ella ya está en el paritorio. Allí entra irradiando luz, como su nombre, la que brilla. Más se alegran las compañeras que salen de guardia. Por fin el relevo a un noche larga, siempre tediosa. Los paritorios son salas tristes, donde los gritos de las mujeres, el sufrimiento, han dejado manchas en las paredes, han impregnado todo el espacio de una pátina de dolor. El paritorio es un espacio que puede convertirse en una cárcel si dejas que el dolor te posea. Pero con Aurora el dolor esta inerme, porque ella genera alegría, despierta esperanza. Cuando entra pinta de color aquellas paredes grises del mismo color que sus labios o de verde manzana o de azul turquesa. Habla a las mujeres con la determinación de un general que va a llevar a sus tropas a la victoria, con la dulzura de una madre que susurra a su hijo para que no tema en la oscuridad. “Ala xiqueta que aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un momentet” Hay una situación de desamparo mayor que la del miedo, la del dolor y el miedo. El parto tiene todos los ingredientes para romper la integridad de una mujer. Ni el amor al hijo puede a veces superar esa terrible necesidad de acabar con el martirio del dolor brutal, esencial, que parte de las entrañas y se abre camino hacia el sexo. El lugar que fue punto de partida de placer, de sueños es ahora un enemigo que se interpone al descanso, al fin del sufrimiento. “Cariñet, estem acabant, en un moment voràs al teu xiquet” No existe siempre el consuelo, pero tener una mano a la que agarrarse, alguien que te trasmite calor, alguien que te está diciendo con los ojos, si pudiera compartiría tu dolor, permite resistir, mantener la dignidad de ser mujer. La dignidad que no viene de sufrir para parir, si no la dignidad de ser la actriz principal en el proceso de la vida. Aurora es el faro en la tempestad, la luz del amanecer que disipa los fantasmas de la noche. Cuando el dolor estalla en grito y tras él viene el llanto del niño que ha nacido en sus manos, cuando el drama se convierte en felicidad, cuando todo estaba a punto de derrumbarse y ha conseguido mantener la calma, de nuevo sonríe : “ Tu veus, és preçios, com vas a ficar-li? Ara ja ha passat tot, en un momentet estaràs dalt bonica”

Aurora a los sesenta años tiene un armario lleno de ilusiones, un día de estos tendrá que poner orden o amenaza con romperse, pero no tiene tiempo, hay tantas cosas por hacer. Sale temprano para ir al hospital después de haber preparado el desayuno a su marido, él ya sabe que no es por obligación, lo hace por gusto y no podría dejar de hacerlo aunque quisiera. Entra el paritorio con una sonrisa y sus labios pintados y se pone el pijama de la guardia. Antes de salir del baño mira de reojo el espejo y piensa “Xé, no estic mal! En hi han de pijors!” Cuando abre las puertas de aluminio y entra en aquel sagrado recinto, donde la actividad de la noche ha dejado secuelas en los ojos y las caras de sus moradores, un chorro de agua fresca llega hasta aquellos durmientes “Xiquets, com esteu. Ale vaig a fer-vos un café. Qué tenim per açí? ” y se acerca al paritorio donde una mujer con epidural, junto a su marido esperan con cierta aprensión el cambio de turno sin saber quien les va a llegar. Sonríe la explora y le dice: “Cariñet aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un moment”

Com que Aurora corre més que el temps, no podrà mai alcançarla, serà sempre la xiqueta, la germana, la mare de vinticinc anys que cuan obri la porta deixa entrar la llum, amb eixa risa oberta que surt dels morrets pintats en roig.


Un beset de Robert

Benifaraig 5 de juny de 2012



Ordinary World. Duran Duran