viernes, 14 de abril de 2017

EL SIMIO ITINERANTE

Desde que unos primates cruzaron la llanura de Laetoli en Tanzania hace 3,6 millones de años y dejaron sus huellas en el fango de la ceniza volcánica, el hombre y sus ancestros no ha dejado de moverse. ¿Porqué se arriesgaron a salir de su tierra? ¿Qué nos  hace ser unos monos inquietos? Quizás resida en nuestro ADN o en nuestro cerebro repleto de circuitos reverberantes. Es posible que los motivos vengan del medio o del miedo, quién sabe. La búsqueda de nuevos territorios, la conquista, el poder o la ambición nos han hecho descubridores y nos ha permitido poblar la Tierra. Muchos hombres y mujeres a lo largo de la Historia han arriesgado sus vidas y las han perdido para buscar un lugar más apto, más amable, más bello o más rico. Este mono itinerante hizo posible que las civilizaciones se enriquecieran. Los viajes sirvieron para compartir conocimientos, cultura, ciencia, arte, alimentos, especias… Nuestros antecesores salieron de África, se adentraron en Asia o quizá cruzaron el mar para entrar en Europa seguramente movidos por los mismos motivos que ahora. Suben a barcazas y recorren interminables caminos plagados de peligros, con sus hijos de la mano para buscar un futuro mejor. Mujeres y hombres pasando hambre, dejando atrás sus casas y sus familias por un sueño. Ellos han sido los verdaderos fundadores de nuestro mundo, los emigrantes.

Ahora hemos decidido crear fronteras, levantar muros, dejarlos en campos de refugiados, abandonarlos a su suerte en el mar, permitir que naufraguen sus sueños. Hoy pensamos que cada cual debe permanecer donde le correspondió nacer, sin haberlo elegido, aún a sabiendas de lo injusta que resulta la vida de quien nació en la miseria, sea cual sea el lugar. No nos entra en la cabeza que pudimos ser nosotros los nacidos en el África que se muere de hambre, en el desierto arrasado por el sol o por las armas (las que les vendimos), en países donde la explotación es la norma, en los basureros del mundo moderno... Es absurdo que si en millones de años el ser humano ha sido trashumante, viajero, migrante o aventurero, cuando tu destino y el de los tuyos es la muerte no salgamos corriendo hacia adonde sea para cambiarlo. No existe un hombre o una mujer en el mundo que no desee un hogar confortable y seguro, alimentar a sus hijos, soñar con un futuro mejor. Musulmanes, cristianos, budistas, negros, amarillos, inteligentes o necios, pobres y millonarios, todos coincidimos en los mismos deseos, cada cual a su manera.

No hay un solo humano que se resigne si ve la vida de sus hijos al borde del abismo. Sin embargo a todos aquellos que corren para salvarse, les ponemos la zancadilla. Recuerdo como nos escandalizamos cuando una reportera puso el pie a un emigrante sirio en la frontera de Serbia. Todos nos solidarizamos con el pobre emigrante, lo trajimos a casa como disculpa ¿Qué hacen nuestros gobiernos, con nuestro consentimiento, cuando impiden la entrada de refugiados a las fronteras de nuestro pretendido paraíso? ¿No estamos poniendo zancadillas a los que tratan de saltar vallas y cruzar mares? Lo queramos o no somos cómplices de aquellos que se reúnen en cumbres políticas para resolver problemas que nunca se resuelven, de aquellos que dictan leyes en contra de los hombres para bien de los mercados, de los que levantan muros de palabras y miedos para justificar las murallas y las rejas.

Y si nos preguntan, todos somos Hombres de Paz. ¿Qué Paz puede querer quien consiente la guerra? Cómo pretendemos acabar con el odio si no acabamos con lo que lo produce. La injusticia, la ignorancia, la miseria (no la pobreza, si no la miseria sin futuro), el hambre, la violencia, la desigualdad aberrante, esos son los ingredientes del odio. No podemos haber estado caminando millones de años para acabar aceptando que los que huyen de la barbarie para salvarse son delincuentes, enemigos, seres peligrosos, terroristas en potencia. Si nuestras sociedades no han aprendido el valor de lo diferente, la solidaridad con sus congéneres, la necesidad de una moralidad centrada en el Hombre, es que la evolución ha sido un fracaso, una decepción y no un proceso extraordinario.

Jo vinc d'un silenci. Raimon