domingo, 12 de febrero de 2017

El Dios de los nuestros o las trompetas del Apocalipsis

Se oyen sonar desde hace tiempo las voces de quienes vaticinan el Fin de los Tiempos, son los augures del desastre. Hablan de un Dios furioso removiéndose en su trono y conteniendo la rabia a duras penas. Nos muestran los males de una sociedad descreída, un mundo de adoradores de ídolos contrapuesto al de los creyentes de los Misterios de la verdadera Fe. Dios dicta las normas del Bien y el Mal. Él es el Orden. Pero tantos dioses se erigen en verdaderos, tantos exigen lealtad absoluta y ciega, que el mundo les ha vuelto la espalda y los Hombres se han erigido en el único dios a adorar. Ese egocentrismo es la forja de nuestro modelo de sociedad. Yo como objetivo, Yo como fin, Yo buscándome a mi mismo, YO, Yo y yo. No hay una visión clara de que es lo que queremos para nosotros mismos, nos preguntan y decimos: La felicidad ¿Y qué significa ese hermoso vocablo? ¿Poseer, comprar, poder? Esencialmente significaría vivir, encontrar la vida como un regalo y vivirla.

No es un sueño irrealizable. No parece tan complicado. El problema es ¿Cuánto le pedimos a la vida? Y el segundo problema es si se puede ser feliz en un mundo atroz. Rodeados de miseria, de actos miserables, de personajes públicos de conductas obscenas. ¿Se puede ser del todo feliz si hay pobres muy pobres junto a ricos muy ricos?

Oigo los clarines de la furia desatada de un Dios justiciero. No será Él quien se levante del trono y empuñe la espada, no enviará a Abaddon su ángel destructor, ni habrá un Armagedón como anuncian las trompetas, serán los olvidados los que acaben con la locura en la que el Mundo camina. Ellos serán la plaga de langosta enviada para aniquilar a los que fueron marcados. Casandra grita desde hace siglos para avisar del futuro devastador que trae la Injusticia y el Hambre (El primero de los jinetes del Apocalipsis). La sacerdotisa conoce los arcanos de la adivinación, pero su maldición fue que nadie creería sus presagios. Nos mantenemos ciegos en este ejercicio de insolidaridad que nos destruye como especie.

Cada día nos encontramos con algún hecho nuevo que nos debería abrir los ojos: siguen muriendo niños en las playas de Europa, son asesinados en cárceles Sirias los opositores, torturados, colgados y el mundo sigue en silencio, la mayor cárcel del mundo a cielo abierto en Gaza sólo asoma de tanto en tanto a las conciencias, las hambrunas en África dejaron de ser noticia, como los genocidios, la muerte y la guerra (otros dos jinetes memorables).

Todo está preparado, los sellos del Libro Sagrado se han ido abriendo y se oyen ya las trompetas que anuncian la destrucción. La última en sonar lo hizo desde el Capitolio, al abrirse el sello apareció un nuevo jinete, monta como un cowboy el caballo blanco, es el cuarto jinete (el jinete de la Victoria, Trump significa Triunfo). Quizá parezca que galopa sobre un pollino y habla con la procacidad de los bárbaros, pero sabed que en su mano porta el arco que dios le ha dado (el Dios de los nuestros) para vencer a los infieles. En su cabeza coronada podéis ver un flequillo ridículo, pero bajo el pelo color de azafrán se esconde un cerebro lleno de viejas ideas que parecían enterradas, muros inexpugnables, negocios exitosos. Ha venido para abrirnos los ojos de lo cerca que nos encontramos del abismo, de cómo hemos sido capaces de abrir una zanja bajo nuestros pies con nuestras propias manos.

El Hombre demuestra a cada paso su torpeza y su enorme capacidad para hacer aquello que no le conviene. ¿Por error? No, por ignorancia, por miedo, por comodidad, por egoísmo. Lo cierto es que el caballo blanco agita las crines al viento y las multitudes enardecidas le aplauden.

¿Quién detendrá al jinete victorioso? ¿Seguiremos abriendo los sellos que llevan nuestro destino y nos arrastran al caos? ¿Seguirán sonando las trompetas del Apocalipsis hasta que el Fin sea irremediable?

Espero que alguno de los dioses que los Hombres adoran se levante de su trono y en vez de enviar ángeles destructores, envíen maestros, hombres libres, líderes sabios que nos devuelvan la esperanza.


El cantautor kenyà Ayub Ogada interpreta "Kothbiro"