CUENTO DE NAVIDAD

Iba sintiendo como la nariz perdía su horizontalidad y se deslizaba hacia abajo ladeándose en un gesto de hastío. Su cara adquiría un aspecto de fiereza que no encajaba con él, uno de sus ojos se había desprendido y casi alcanzaba la altura de la nariz. Ya no quedaba ninguna sonrisa en su boca. Lo que la Navidad le había regalado estaba llegando a su fin. Seguía manteniendo su sombrero sobre la cabeza y la bufanda ocultaba un poco aquel rostro roto, pero ya nada podía ser igual. La lluvia tenue pero persistente sustituyó a la nieve e iba socavando su figura. La lluvia siempre triste como el llanto.

Aquel muñeco que los niños levantaran con puñados de nieve, edificado sobre ilusiones, carreras, disputas y risas. Ese muñeco que nació alegre y vivió la felicidad de ser el centro de los juegos, al que dedicaron tiempo y amor sus hacedores, ahora se había convertido en una ruina. Nadie saldría a verlo cuando se disolviera en aquella lluvia que embarraría los caminos y mancharía su blanca nieve. Sólo quedarían de él pedazos de hielo informes. ¿Y sus brazos para que le servían si no podían defenderle de aquel desastre? Si en vez de una escoba le hubieran puesto un paraguas tal vez lograría ponerse a cubierto, pero irremediablemente estaba condenado a la muerte, al olvido que es peor que la muerte.

Los niños lo miraban ahora desde la ventana, tras los cristales empañados por el calor del hogar, él los veía asomarse y hablar entre ellos señalándole. Estarían pensando que el muñeco se estaba desmoronando y acertaban porque en su ánimo no quedaba sino la resignación de haber llegado a su fin. Nada podía hacerse, todo estaba perdido. Se derrumbaba por dentro.

El vagabundo de la Navidad pasó por su lado (siempre hay un vagabundo en las Navidades, es el que nos muestra lo real frente al ensueño de un mundo imaginario cargado de purpurinas y estrellas de cristal), vio su sombrero y su bufanda y pensó que él lo necesitaba más que aquel desecho de muñeco. Llevaba su cabeza descubierta, hacía tiempo que había perdido parte de su pelo mugriento y por las calvas se colaba el frio. En cuanto a la bufanda bien que le venía para taparse en el frio de la noche. Para arrebatarle el sombrero se valió de la escoba, desarmó al muñeco, golpeó su testa para tirar el sombrero y con el cayó el botón/ojo que ya había iniciado su viaje. Tiró de la bufanda y dejó allí desnudo las dos bolas de nieve que formaban el cuerpo y la cabeza del muñeco de nieve. Quedaban sólo los botones que abrochaban una chaqueta invisible sobre su prominente barriga.

Él al verse tan descubierto, tan vulnerable emitió una especie de suspiro, casi inaudible, tan sutil como una caricia del viento.

El vagabundo creyó oírlo pero pensó que aquello no era sino fruto del vino malo que había tomado. La duda se apoderó de él, se acercó más a la boca del muñeco y quedó estupefacto al oír:

-Llévate la bufanda y el sombrero a ti te van a hacer más falta que a mí, no creo que pase de esta noche, mi nieve se mezclará con el agua y correré por las alcantarillas.

El vagabundo no podía creerlo, el muñeco le había hablado y le regalaba sus escasas pertenencias. Nadie había sido tan generoso con él en los últimos tiempos. A la sorpresa le siguió el miedo, la duda de si estaba siendo engañado.

-Apresúrate, la lluvia te calará y de nada te van a servir mi sombrero y mi bufanda.

-Pero entonces ¿Qué pasará contigo?. No puedo consentir que te derritas, no dejaré que un amigo sufra tan infausto destino. – Así habló el vagabundo que en otro tiempo fue letrado y las tornas de la vida lo habían sumido en la pobreza, pero no en la indiferencia.

Anduvo raudo a su banco, la entrada con los cajeros automáticos eran su vivienda nocturna, su refugio, donde pasaba las noches y tenía su morada en los días de frío. Tomó los cartones que hacían de colchón y corrió hasta el muñeco de nieve para construirle una pequeña cabaña que lo pusiera a salvo de la lluvia. Clavó la escoba por el rabo, usó el pincho con que rastreaba en los contenedores de igual manera y fue acumulando los cartones para formar un pequeño porche que resguardara al muñeco. Se sintió satisfecho por la obra, le devolvió su sombrero y le colocó la bufanda como si un hombre de nieve pudiera necesitarla. Pero como ocurre en la vida, no existe la felicidad completa y cuando admiraba su obra se dio cuenta que los cartones se mojaban y acabarían dejando que el agua venciera.

Todo aquel proceso fue seguido atentamente por muchas miradas, que atentas desde los cristales observaban como el mendigo ayudaba al muñeco. Se conmovieron o quizá les indujo el espíritu de la Navidad, ese falso pretexto para hacer cosas buenas. Lo cierto es que un numeroso grupo de hombres, mujeres y niños dejaron por un momento sus comidas navideñas, abandonaron el calor de hogar que calentaba árboles luminosos y bajaron a la calle para construir un verdadero refugio al muñeco de nieve. Ayudaron al vagabundo. Colocaron de nuevo su nariz de zanahoria, aseguraron los ojos/botón en su lugar adecuado, colocaron un paraguas en su mano y buscaron entre los restos de nieve la más blanca para reconstruir las partes más deterioradas.

El muñeco agradecía cada gesto, alababa la bondad de sus salvadores, loaba sus virtudes, en fin que se deshizo en halagos para todos ellos. Quedaron todos satisfechos y contentos con el resultado y volvieron a sus hogares, vieron como anochecía cantando villancicos y se asomaban a la ventana para comprobar que el muñeco seguía a resguardo. Durmieron felices.

Todo hubiera acabado bien, como debiera en un cuento de Navidad, pero la vida no entiende de fechas, no se para a contemplar los duendes buenos, sigue su ritmo indiferente, inmisericorde a veces.

El agua que se acumuló bajo la acera hizo un gran charco y durante la noche, mientras todos dormían soñando con Reyes y pesebres, los coches iban pasando por la calzada y cada uno salpicaba al muñeco con el agua sucia encharcada, los camiones de reparto y hasta el autobús fueron lanzando andanadas de agua al muñeco hasta deshacer su corpachón y reducirlo a pedazos de hielo no reconocibles. A la mañana siguiente encontraron el sombrero y la bufanda empapados, los botones y la zanahoria esparcidos por el suelo. Empezaba a nevar de nuevo, algunos de los que se acercaron aseguran que oyeron desde alguno de los pedazos de hielo:

-No importo yo, el que importa es el mendigo.