domingo, 29 de octubre de 2017

TRUMP ANTOJO

Trampantojo. En la RAE: trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.
   
No estoy muy seguro que esto pueda ser mi propio trampantojo, el que yo me he formado de esta complicada realidad. Pido perdón por lo que pueda haber de erróneo.

   A veces, fruto del azar o mediante extraños conjuros, aparecen en nuestro entorno fenómenos distorsionadores que nos engañan a la vista y al sentido común. Que levante la mano quien piense que Trump no es un elemento desconcertante. Millones de personas le creyeron el estadista idóneo para la mayor potencia del mundo, sacaría de la miseria a los pobres que conviven con la opulencia y la riqueza ofensiva de los mega ricos. Lo auparon al poder aquellos que querían entrar a formar parte de ese sueño americano. No veían tras el flequillo rubio al magnate, al empresario que hasta ese momento se había dedicado a hacer crecer sus riquezas sin importarle la ética, ni la estética. Parecía el nuevo mesías por cuya grosera boca de dientes blanqueados salían promesas imposibles de cumplir, pero tan sugerentes, tan irreales, tan imposibles que parecían al alcance de la mano. De esta manera se le dio el cetro al falsario, porque la ilusión les cegó el intelecto, se dejaron seducir por mentiras adorables aunque quien las pronunciaba no tenía crédito para cumplirlas.

   No es exclusivo de los americanos ver realidades soñadas como verdades incuestionable. También nosotros andamos entre trampantojos, moviéndonos a trompazos, aceptando las trampas de los tramposos de siempre. La derecha que nos gobierna, que viene elegida por el dedo siempre acusador de Aznar (que nos juzga hasta desde su silencio y nos condena cuando habla), que a su vez proviene del magnánimo dedo de Fraga, originario de un régimen cuyo caudillo firmo de puño y letra la sentencia a muerte de demócratas y liberales. Ellos que no han sabido todavía soltar el lastre del postfranquismo y que se han bañado en las turbias aguas de la corrupción hasta salir embarrados de ese charco, ahora nos venden la redención. Se erigen como los verdaderos salvadores de la patria, la que llenaron de mentiras, de promesas incumplidas, de pufos bancarios, de fraudes electorales, de obra pública inacabada o con sobrecostes infames. Ahora van a ser los que nos saquen del agujero que se cavaba frente a sus narices sin mover un dedo y que ayudaron a cavar, ninguneando a los catalanes, presentando mociones de inconstitucionalidad al Estatut, arreglando el Tribunal Constitucional para que sirviera al propósito. Ellos, los ausentes hasta ayer, las sombras que no quisieron poner soluciones, esgrimen ahora la sacrosanta Constitución (texto al parecer de inspiración divina e inalterable) para imponer el Orden. Este artículo 155 que seguramente (perdón por mi ignorancia) se redactaría como un copia y pega de otras constituciones, sin saber muy bien para que servía (porque al parecer nadie lo sabía hasta anteayer), se viste de gala, se rellena de Derecho, de Garantías Civiles, de Orden Constitucional, de Salvaguarda de la Democracia (todo con mayúsculas por favor) y ya está listo para anular lo que con tanto esfuerzo hemos ido construyendo en los 42 años tras la dictadura. El trampantojo está servido y además parece la solución lógica, la necesaria, la única. Aún con la incertidumbre de si los declarados en rebeldía aceptaran de buen grado el correctivo, de si su aplicación requerirá de los servicios de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en una sociedad, la catalana, que está febrilmente excitada. 

   Del otro lado (aunque todo forma parte del mismo lado) el Procés y sus artífices, una suma de fuerzas que en otro momento hubiera sido impensable (la derecha burguesa de CiU reconvertida en PDeCAT a fuerza de escándalos de corrupción, la izquierda independentista de la CUP y Esquerra Republicana). Entre todos, con la inestimable ayuda de la inacción del Gobierno del Estado elaboraron el trampantojo de esta nueva ínsula Barataria en que han convertido a la República Independent de Catalunya. Apropiándose de un sentimiento de identidad legítimo, que no tiene porque ser excluyente, si no que puede conciliarse con el sentimiento de pertenecer a una tribu hispana o incluso a una tribu europea, han creado por inoperancia, por interés particular y no general, por incompetencia, un laberinto de salida incierta. Estos próceres elegidos democráticamente han subvertido la democracia. Han tratado de ningunear a los que no les votaron, han recontado el apoyo popular a partir de los movilizados en las calles sin contar los que enmudecían en sus casas, han dado legitimidad a un referéndum ridículo por ilegal, por falto de garantías, irrisorio a los ojos del mundo. Si no hubiera sido por la incompetencia de un Ministerio de Interior que provocó situaciones de violencia innecesaria, hubiera pasado por ser un festival de las urnas de nula relevancia política. Basándose en esta votación amañada en la participación por la falta de control, por la propaganda mediática desde los medios públicos (al mismo nivel que gobiernos fascistas han utilizado televisiones y prensa en el pasado), con un recuento en diferido, con anuncio de DUI si pero no (patético), convocatoria de elecciones(a los gritos de traidor) y vuelta atrás (al grito de ¡President, president!), negociaciones in extremis en que los negociadores se dejaban llevar más por su propio papel ante el público que por el verdadero interés general. Y finalmente la declaración de independencia, con un Parlament menguado de parlamentarios, a escondidas tras el voto secreto. Todo lo vergonzoso que podía imaginarse ha sido superado.
 Y ahora, aquí estamos en esta especie de sueño o pesadilla en la que políticos incompetentes nos han metido. Los actores de este trampantojo quedan deslegitimados para ofrecer soluciones si no han sabido encontrarlas antes. Los jueces deberán hacer ahora lo que no hicieron los políticos. Como suele decirse, siempre queda el consuelo de que la Historia les juzgará. Aunque visto lo visto, la Historia lleva una venda en los ojos (¡Ah no! ¡Eso era la Justicia!) ¡Apañados estamos!.


"—Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva: raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones; y pues vos sabéis que sé yo que no hay ninguno género de oficio destos de mayor cantía que no se granjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor don Quijote a dar cima y cabo a esta memorable aventura. Que ahora volváis sobre Clavileño con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón y de venta en venta, siempre que volviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, y a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que siempre han tenido, y mi voluntad será la mesma; y no pongáis duda en esta verdad, señor Sancho, que sería hacer notorio agravio al deseo que de serviros tengo.

—No más, señor —dijo Sancho—: yo soy un pobre escudero, y no puedo llevar a cuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a Nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan".

La Promesa de Don Quijote a Sancho Panza. La Ínsula Barataria.

sábado, 21 de octubre de 2017

ALGUNAS FOTOS









AIRE

  Tenía escritas algunas lágrimas vertidas en Etiopía, pero no podía llorarlas todavía. Hoy ya he tomado aire. Viernes. He comido en Gastroadictos con Amparo, Trini y Lidia. Esta noche he quedado a cenar con Julio, Mari Carmen, Juanra y Manu, los colegas de Gambo. Llevo ya 15 días de trabajo en el hospital. Estoy reconciliándome con el placer de la vida, a pesar de los avatares políticos y sus malas vibraciones. 

ME LLAMO SESAYI

   Me llamo Sesayi y me estoy muriendo. Oigo vuestros lamentos, vuestros gritos me llegan desde la calle. Distingo a mi hermana que grita mi nombre para que vuelva. Oigo a mi prima que es como mi hermana porque nos criamos juntas, grita desesperadamente. Cada vez que se abre la puerta de la maternidad y alguien porta noticias mías los gritos se agudizan. Mamite se ha desmayado ante la noticia. Ella también espera un hijo, me acompañó hasta el hospital con la mula. Yo iba sangrando, creía que perdería a mi hijo. Dejé en casa los otros tres, pequeños, ya casi huérfanos, aunque ellos no lo saben, no lo comprenderán hasta más adelante. Subíamos las cuestas que llevan hasta el hospital con una lluvia fina que amenazaba con ser torrente. Yo sólo pensaba en el calor que sentía entre mis piernas, que era la sangre que resbalaba lentamente, dulcemente. No me quedan fuerzas. Quisiera deciros que estoy bien, aquí en brazos de mi marido que me sujeta incorporada para que entre algo de aire en mis pulmones. Hacía tiempo que mi marido no me tomaba así, con esta ternura. Él sabe que me estoy muriendo, lo ve en la cara de los médicos, sus conversaciones inaccesibles no pueden esconder sus gestos severos. Ellos sufren porque no saben que hacer, conocen el final y ven a la muerte rondar mi lecho. Han quemado los últimos cartuchos, sabían que no serviría para nada pero deja más tranquilas sus conciencias.

   Cuando distinguimos la puerta del hospital pensé: “Estoy a salvo”, me agarré de nuevo a la vida y a mi hijo que estaba por nacer. Entré y me vieron pronto, no esperé como otros en la sala. Una médico joven me vio y me hizo una ecografía. ¿Cómo es posible ver dentro de mí, cómo lo hacen los médicos? Pude ver claramente a mi hijo moverse, aunque ya lo notaba, aquellas sombras me relajaron. “Misha” me dijo y yo me calmé. Había dejado de sangrar. Me pusieron un poco de sangre y medicación para mi hijo. Todo bien. Misha. Waan hunduu gaarida. No he vuelto a sangrar desde hace dos días. Esta mañana he sentido un poco de fatiga. Allí estaba mi madre, me dijo que era del miedo que traía, que ya todo iría bien. Ahora la veo aquí sentada. La han dejado entrar sólo a ella. Los demás siguen gritando en la calle. No puedo salir a decirles que estén tranquilos, que duermo en brazos de mi amado y siento como mi hijo duerme conmigo. Veo a mi madre con la cabeza baja, aguantando el llanto, tocando mi frente fría, como mi marido que también me habla. Oigo sus voces pero no puedo contestarles. Quisiera decirles tantas cosas. No tengo fuerzas, se me escapa el poco aire que consigo sin poder decir una palabra. Necesito todo mi aliento para mantener esa visión borrosa, sentir los brazos de mi marido abrazarme para mantenerme recostada. Es placentero. Es dulce la muerte. Es dejarse ir por el río, llevado por la corriente, meciéndome en el agua que no está fría. También oigo a los doctores, no me interesa lo que dicen, no tienen ahora nada para mí. Estoy sola con mi madre, mi hijo y mi marido. Los demás afuera. En la calle llueve, no puedo oír la lluvia pero siento la humedad, el olor a tierra mojada. Pronto estaré envuelta por el manto de la tierra. Desde allí espero poder seguir oyendo el mundo, espero poder sentir correr a mis hijos sobre mi, oírles gritar como ahora oigo a mi familia. Sus risas mientras juegan, su llanto al caerse. Quizá algún día lleguen hasta mí con sus amores y se besen y pueda sentir el temblor de sus piernas.

   Mi madre ha salido, lo se porque noto a mi marido y oigo más fuertes los gritos. Ha salido a decir que ya he muerto. Ahora mi marido me deja sobre la cama. También él está llorando. Me ama y yo a él. Pese a todo. Pese a esta vida miserable que nos impide ser del todo felices. Pese a que el frio, el calor, el hambre, la sarna nos castigan sin haber cometido falta alguna. A mis veintitrés años he vivido lo suficiente para conocer la alegría, el goce, el amor sublime pero también la pobreza que es como una espina clavada en el corazón. No la notas siempre, pero está ahí mortificándote, impidiendo que sonrías.

   Ahora envuelven mi cuerpo con una sábana. Alguien de mi familia ha dejado un paño blanco con ribete de colores y flecos, para que me envuelvan. Están pasándolo por debajo de mí y noto como las manos de los enfermeros me mueven. Me colocarán sobre una camilla y me llevarán a casa en volandas, recorreremos el hospital con gritos de dolor. El resto en silencio, mirando respetuosos el cortejo fúnebre. Lo he visto otras veces. Mi familia y mis amigos seguirán mi cuerpo envuelto en la mortaja, todos llorando. Todos menos yo que ya no me quedan lágrimas. El cielo también llora, como casi todas las tardes, se ha puesto gris y deja caer su agua para ablandar la tierra. Así será más fácil darme cobijo en sus entrañas.

   Gambo 5 de septiembre 2017

   (Quedan 6 días para el Año Nuevo Etíope)



viernes, 20 de octubre de 2017

¿DÓNDE VIVE DIOS EN GAMBO?

  ¿Acaso se aloja en las chabolas con paredes de boñigas y techo de paja? ¿Reside en las casas de adobe y suelos de tierra? ¿En el bosque? ¿En el rio Lepis que baja impetuoso de la montaña? ¿Es Dios la lluvia que cae cada tarde y embarra los caminos pero da un verde furioso al tef y los paisajes? ¿No estará escondiéndose en la iglesia a resguardo del frio y del sol? Es posible que Dios sólo more en los animales que llenan esta tierra, los borricos, los monos, … O quizás sea verdad que vive en el corazón de las mujeres y los hombres que sucumben a la pobreza.

  ¿Dónde está Dios en Gambo?

  Si Dios es justicia, nunca llegó a estas tierras altas. Si Dios es bondad, se perdió en la espesura de la selva y vive confundido con los reflejos del sol sobre los charcos o en los ojos de los niños. Si Dios es amor está en todas partes y en ninguna. Es etérea su presencia, forma parte del aire que respiran. Puede penetrar en los pulmones y exhalarse como un deseo para hacerlo real. Las mujeres buscan a Dios en sus maridos y en sus hijos. A veces lo encuentran. Los hombres buscan a Dios en sus manos y están vacías. Pero cuando acarician, cuando trabajan, cuando pegan, cuando luchan, cuando aman, miran sus manos como si fueran las manos de dios. Los niños llevan a Dios en sus piernas, sucias pero fuertes, imparables, soportando el peso del incierto futuro. Dios no está siempre en esta tierra, la visita de tanto en tanto, la bendice con la lluvia y con el sol tras la lluvia, promete venir a menudo, como las visitas, pero luego debe atender tantas miserias en el mundo que pasan los días sin volver. A veces semanas o meses. De pronto un día sin avisar aparece y posa la mano sobre uno de sus hijos y le da la felicidad o le devuelve la vida.

  A pesar de sus ausencias este es el lugar que prueba su existencia. No es posible tanta belleza sin que Dios exista. Es fácil adivinar su presencia en los ojos de los niños. La pureza, la inocencia se reflejan en su pupila. En los hombres y las mujeres si te fijas bien y olvidas sus harapos, su suciedad, en todos brilla la luz que anuncia que allí en el fondo de aquel cuerpo hay un alma, un ser que siente el dolor, el hambre, la injusticia. Dios está en la mirada de la gente. La de ellos y la nuestra. Las miradas que permiten ver a través del traje que compone la miseria, un hilito de esperanza en los Hombres. Si no es así. ¿De qué vale esta vida?

  10 septiembre de 2017 – 5/13/2009 año Etíope.

Mañana Año Nuevo

  EL 11 SEPTIEMBRE para los Etíopes significa el Año Nuevo, el final de la temporada de lluvias, el comienzo del sol. La primavera. Para nosotros el comienzo de una nueva Era dónde el Terrorismo es el arma de los locos y la excusa de los poderosos. Nuestro invierno.

  Y Dios de vacaciones.


TEDDY AFRO. ETHIOPIA
 




jueves, 12 de octubre de 2017

LA TEMPESTAD Y LA CALMA

Vivimos la terrible tempestad de las emociones. Si fuéramos gentes simples, si nuestras almas fueran elementales, disfrutaríamos del confort de la felicidad plena. Pero desgraciadamente, o quizá por alguna suerte de maldición, gozamos de un espíritu movido por fuerzas más poderosas que las que unen los átomos. En nuestro interior se guarda el arma más poderosa y destructiva, la emoción. Es posible que este arma pueda ser utilizada para el Bien, que tuviera otros fines su Creación. Lo cierto que es que ahora nos sumerge en un mar agitado, en un marasmo de sentimientos. Vivimos atónitos frente a lo que somos capaces de hacer por la emoción.

Si no lo habéis adivinado estoy hablando de Cataluña. Y por continuar con el símil del Homo Sapiens y su “distópica” realidad, veo en nuestro comportamiento la imagen del mono alzando el hueso para golpear al vecino. Hemos trocado el hueso por banderas, hemos cambiado el pelaje de simio por corbatas, hemos cambiado la sangre por tinta, los gruñidos por insultos y tertulias. Y defendemos  esos sentimientos como si se trataran de verdades inalienables, de axiomas que persisten desde siglos. Dejamos escritas sobre las Constituciones palabras que parecen surgidas del propio Creador, grabadas a fuego sobre las Tablas de la Ley. Las tomamos como verdades inalterables y si fuera un sacrilegio pretender modificarlas. Adornamos estas palabras de símbolos, las colocamos tras una bandera, las agitamos al viento, las pronunciamos con solemnidad, emitimos consignas que tocan el cerebro más arcaico, aquel que contiene las emociones y estalla la guerra. Abrimos sin preocupación la caja de Pandora porque nos hacen creer que se violan nuestros principios fundacionales como individuos. Desde que el Hombre se dotó de Humanidad la guerra es una constante, no ha cesado desde el principio de los Tiempos. Es posible que nunca termine. Debe estar en nuestros genes la necesidad de vencer al otro, de someterlo, de demostrar la fuerza, de que el triunfo no solo sea ganarlo en la batalla, si no humillarlo, hacerle morder el barro del fracaso.

Hablo en primera persona del plural porque somos responsables de lo que ocurre. Aunque estoy seguro de que como yo muchos no sientan la emoción de las patrias, de las fronteras, de las banderas.
“La música militar nunca me supo levantar” decía Brassens. Escuché a Josep Borrell decir el pasado día 8 una frase que creo que pertenece a Jean Monnet : “Las fronteras son las cicatrices que deja la Historia sobre la Tierra” y el propio Monnet hablaba en 1943 de la idea de Europa: "No habrá paz en Europa, si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional (...) Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables”.

Si somos más los que pensamos que no queremos movernos por emociones si no por el sentido común ( cal que recuperem el seny). ¿Por qué nos dejamos llevar por políticos nefastos, incapaces de entenderse? Si es que necesitamos vencer, la política es el arte de vencer sin iniciar la batalla. Apelar a la fuerza de la Razón y no a la razón de la Fuerza, convencer y no vencer como dice Unamuno. “La capacidad de resolver un conflicto sin lucha es lo que diferencia al prudente del ignorante” afirma Sun Tzu en “El arte de la Guerra”. Aunque también decía que todo el arte de la guerra está basado en el engaño. Nos engañan con señuelos, como a los toros de lidia. Nos colocan la muleta y entramos al trapo, cada uno embiste un trapo diferente. Estelada, cuatribarrada, rojo y gualda. “La guerra es muy mala escuela, no importa el disfraz que viste, perdonen que no me aliste bajo ninguna bandera, vale más cualquier quimera, que un trozo de tela triste” (Jorge Drexler).

Si no sirven para hacer política que se vayan. ¡Hagamos que se vayan! Deben ser despedidos por ineptos Rajoy y Puigdemont, por incapaces. ¡Que acaben las consignas y empiecen las palabras! No habrá paz sin diálogo, si se imponen artículos, si las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son los encargados de imponer la Ley, por muy justa que esta sea, no vendrá la calma. Vendrá el silencio de los derrotados, se enterrará el problema, pero sólo será una tregua ante la próxima tempestad que estallará más feroz, más violenta. Porque la emoción no puede silenciarse, sólo puede reconducirse hacia la tolerancia. Somos seres tribales y defendemos lo que creemos que es nuestro grupo, nos empleamos emocionalmente a este diseño genético, no podremos cambiarlo. Pero podemos hacer que la tribu sea mayor, que otros pertenezcan a ella, sólo es cuestión de encontrar lo que nos hace miembros del mismo Clan. No podemos renunciar a intentarlo o nos destruiremos. Sólo existe un arma capaz de vencer a la emoción, la palabra. ¡Hablemos! ¡Parlem!


Mlonga del Moro Judio. Jorge Drexler
 

sábado, 26 de agosto de 2017

VIVO EN UNA DISTOPÍA

Hoy me he dado cuenta.

Así fue como pasó.

Anoche cerca de las dos de la madrugada me acosté. No suelo ir a dormir tan tarde. Desvelado por la noche decidí tomar medio Zolpidem. Es un inductor del sueño y me ayuda cuando el traqueteo de la cotidianidad no deja reposar mis neuronas. No conseguía dormirme y decidí tomar media pastilla más. Quizá fuese una suerte de efecto paradójico o una alteración de niveles de melatonina, que se yo, lo cierto es que se abrió ante mí un estado de clarividencia, de luz cegadora, que no sólo me impedía dormir si no que agitó la velocidad de transmisión sináptica hasta convertir el pensamiento en turbulento.

¿Creéis que miento? Estoy seguro de lo que tomé, nunca probé la cocaína, el espit o cualquier otra droga como estáis pensando.

Vayamos a los hechos. En esa vorágine de pensamiento acelerado, en el marasmo de ideas que se agolpaban por hacerse ver, me encontré mirándome ante un espejo. No mirándome a mí mismo, si no a través de mí viendo el mundo.

Juro que era Zolpidem lo que tomé.

Miré al Hombre como elemento de la Evolución. Aquel Homo Sapiens que abandonó el estilo de cazador-recolector en pro de una evolución positiva y quizá sin saberlo inició la regresión de la especie. Desde un modelo de vida basado en la libertad, la búsqueda del alimento que proporcionaba el medio, integrado en la cadena como un eslabón más, pasó a ser agricultor. La primera revolución lo hundió en la esclavitud a la tierra. Atarse a un lugar, mirar cada día al cielo para esperar la lluvia y temer el granizo, trabajar de sol a sol. ¿Le colmó de felicidad? No lo sé. Le colmó de hijos al calor de un alimento más abundante y fue llenando el planeta. Más tarde, miles de años después llegó la revolución industrial, producir más era un imperativo para aumentar los alimentos, los objetos de consumo. Seguro que pensó: “Voy en el buen camino para conseguir la felicidad”. La vida buena no era tan buena para algunos, que acabaron siendo esclavos no de la tierra, si no de las fábricas. Y siguieron llenando el planeta de sapiens. La revolución informática, la inteligencia artificial, el “progreso” que es ahora exponencial pretende sacarnos de la esclavitud a las máquinas. Nos ofrece la posibilidad de tener tiempo para disfrutar de lo que compramos, de los objetos de consumo que ya son imprescindibles. Pero estamos librando justamente ahora la batalla de no ser esclavos de las pantallas, los móviles, los ordenadores, las televisiones… Sigue el planeta llenándose de hombres en busca de la felicidad. ¿Cuál es la realidad que veía ahora merced a mi hipervisión? Pude ver desde mi cama un mundo distópico para el Homo Sapiens que inició su andadura hace unos dos millones de años. Si aquel mono avanzado hubiera sido entonces capaz de pensar en un mundo futuro y escribirlo para nosotros, dudo que su utopía consistiera en la realidad actual. Un mundo de contrastes ofensivos, de contradicciones morales y de renuncias a principios irrenunciables.

Los que tenemos la suerte de habitar el Primer Mundo, la cúspide de la pirámide, el cénit de la civilización, vivimos sujetos al cronómetro, en nuestro trabajo y en nuestro ocio. Vigilados para nuestra seguridad, liderados por individuos incapaces (lejos de ser fruto de una Selección Natural darwiniana), encerrados en muros de cemento y rodeándonos de muros virtuales de prejuicios e ideologías. ¿Quién podría pensar que en un futuro utópico Trump sería el líder natural para la Humanidad, que pudiera dirigir los destinos del país más poderoso del mundo? Y sin irnos tan lejos, los políticos que nos gobiernan aquí dejan muchas dudas en su idoneidad, las instituciones que hemos creado para dar valor a nuestros ideales han ido perdiendo lustre y ahora no alcanzo a ver el brillo de casi ninguna. La Justicia no es justa, La Banca roba, el Parlamento miente y traiciona lo que prometió en elecciones, por lo que la Democracia está vacía, la Iglesia decepciona, los Ayuntamientos y Gobiernos se llenan de corruptos, Europa es un fraude. También las revoluciones sociales que emprendimos nos trajeron un capitalismo insolidario y voraz. Libertad, Igualdad y Fraternidad suenan a chiste en boca de cualquier ciudadano de este mundo “desarrollado”.

El Segundo Mundo persigue los principios del primero, sigue sus sendas, luego poca esperanza puede suscitar de cambio. Respecto al Tercer Mundo, eufemismo indecente del mundo pobre, soporta los males impuestos por la ambición de sus amos. Comparte con el Primer Mundo sus defectos sin disfrutar de ninguna de sus ventajas. El hambre, la enfermedad, la miseria, la degradación de la condición humana campa a sus anchas y hace más patente la insolidaridad y el autismo de nuestra sociedad.

Así pues vivimos en una distopía fantásticamente aceptada. Habría que escribirlo, para que los próximos habitantes del Planeta después de nuestra extinción, puedan tomar nota y cambiar el rumbo a la Evolución.

Me voy a tomar otro Zolpidem a ver si consigo dormirme.

Entre esos tipos y yo hay algo personal. Serrat
 

domingo, 20 de agosto de 2017

EL DOLOR NO SE PUEDE COMPARTIR

Cada día oigo en televisión y en radio, declaraciones institucionales, comunicados, mensajes oficiales, donde se comparte el dolor de las víctimas del atentado en las Ramblas. Repetimos las condolencias, sumamos palabras cada vez más compasivas hacia las familias y de desprecio hacia un acto de barbarie como el perpetrado, pero por más que nos empeñemos y sea de buena fe lo que decimos, ello no hace que el dolor de las familias rotas pueda ser compartido. Ni el la madre de ese niño de tres años, ni la esposa del americano que estaba en su aniversario de boda, ni la del canadiense, las portuguesas, los muchos franceses y por supuesto ni siquiera la de nuestros conciudadanos cuyo tiempo se ha quebrado momentáneamente. Tampoco podemos compartir el dolor de las madres de los chicos abatidos por la policía. Aunque sean asesinos, aunque su acción sea la más repugnante del mundo con esas muertes indiscriminadas y absurdas, sus madres llorarán sin consuelo, rezarán por ellos para que su culpa sea perdonada ante Dios. Cualquier Dios perdona a sus hijos, cualquier madre los defiende sea cual sea su pecado.

No me sirven los minutos de silencio, para mi son un intento de acallar las conciencias de las instituciones políticas que son las que más los convocan. Si acaso los gritos de la ciudadanía: “¡No tenim por!” son los únicos revulsivos contra la impotencia que supone un acto tan salvaje. No se trata de callar, debemos gritar esa y otras consignas que rompan un silencio cómplice que desde hace tiempo existe en la sociedad.

Las autoridades nos dicen: “No cambiarán nuestra forma de vida, no podrán arrebatarnos nuestra democracia”. Mensajes llenos de contenido engañoso, el terrorismo les sirve como argumento para el control y como escusa para su inacción. No venceremos a los bárbaros sólo con policía, con militares, con medidas de restricción de las libertades. Si los ganamos será con integración, con formación, con justicia social. No creo que existan soluciones sencillas, ni que sea posible erradicar la locura de los seres humanos, siempre habrá un salvaje que atente contra la vida de otros, por Alá, por Jesucristo, por motivos políticos, raciales o simplemente porque su mente está perturbada. NO debe cambiarse la sociedad por actos de dementes como estos, pero yo si creo que SI debemos cambiar. Construir democracias reales, sin miedos, con modelos de convivencia más solidarios, basados en aquellos principios que decimos defender que son la justicia, los derechos humanos y todos los argumentos que llenan la boca de los políticos de toda Europa y sin embargo están cada vez más ausentes en la realidad del mundo. La falacias del espíritu europeo que se perdió nada más topar contra decisiones valientes, el silencio cobarde ante el injusto reparto de la riqueza, nuestra contribución a esa injusticia y a los conflictos armados que son el caldo de cultivos del odio (más de 300.000 muertos en los seis años de conflicto en Siria). Los argumentos de los instigadores del terrorismo caen en el terreno abonado por la marginación, la incultura, la ideología excluyente, la insolidaridad, la guerra, la miseria. No podemos compartir el dolor, sólo podemos mitigarlo, quizá prevenirlo, pero únicamente si vamos a su raíz, a su causa. Necesitamos acción y no palabras ni minutos de silencio estériles.


"La calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona".
Federico García Lorca


El 18 de agosto de 1936 fue asesinado Federico García Lorca (como muchos otros) en la “Guerra Santa” del nacionalcatolicismo franquista.


domingo, 25 de junio de 2017

UNIVERSOS ROTOS

El viejo, sentado frene a la ventana veía caer la tarde, observaba con la mirada perdida los rojos ocultándose tras el horizonte. Estaba, como el día, acabando su tiempo, meciéndose con los últimos compases de la vida. Sin embargo, nadie podría pensar que la tristeza asomaba a su rostro. Aunque a decir verdad, quizás su rostro siempre había parecido triste. Demasiados huesos como le decía su madre. Su cara poseía unas prominencias óseas tan marcadas que las sombras se proyectaban en todas sus facciones. No había dulzura en sus rasgos, ni ternura en su mirada. Sólo la soledad se adueñaba de aquel cuerpo expuesto a la intemperie de la vida y vencido por ella. Pero el viejo resistía asomado a la ventana contemplando la vida con la indiferencia de quien ya nada espera. ¿Qué es la vida si no una eterna espera? Si no existe nada en lo que fijar la mirada, si no queda nada por ver, si no hay futuro, es que la vida llegó a su fin. Allí en la ventana era fácil dejar volar la mente hacia el recuerdo que es el único lugar que no muere. Por más lejos que quede siempre es posible volver la vista atrás y ver a través de nosotros mismos. Otros tiempos que ya pasaron a la historia de uno mismo y que no tienen más valor que el de darnos sentido siempre nos están esperando.

Recordaba su infancia. Quería ser amado pero no podía evitar crear una barrera invisible entre él y los demás. Sólo su madre traspasaba a veces aquel muro de silencios que lo tenía aislado en su cuarto, agarrado a cualquier objeto que le diera la certeza de estar presente. Sostenía con igual pasión un tornillo que hubiera encontrado, como la pierna de un muñeco. La pasión con que se agarraba a aquellos objetos era su deseo a permanecer unido a la realidad. Creía que si se soltaba podría desaparecer y adentrarse en otros mundos oscuros. Tantas veces había pensado que con la edad aquella sensación de desamparo desaparecería, que sólo pensaba en resistir. Aguantar un día más le acercaba a la posibilidad de dejar de ser un forastero en el mundo. Iba al colegio y se relacionaba con sus compañeros, siempre sujeto a un objeto fetiche. Estudiaba y creía de verdad que el estudio le permitiría encontrar las respuestas. El tiempo le demostró que la recompensa a su tesón sólo eran nuevas preguntas. Pasó por la adolescencia como quien atraviesa un desierto. Tenía sed pero carecía de agua. Tenía calor pero no había sombras en las que cobijarse. Caminaba y sus pies se hundían en la blanda arena, no podía marchar con un paso firme por aquel lugar que cedía a cada paso sin saber si acabaría finalmente en las arenas movedizas del fracaso. Esta vez llevaba agarrada de la mano otra mano, la de Julia. Los dos se movían con la inercia de sus músculos, con el dictado de moverse que les daba su mente, pero sin una dirección marcada, sin destino, sin propósito. Dicen que las almas gemelas se encuentran. No eran almas gemelas, eran almas en pena que se consolaban mutuamente. El día que perdió el paso y cayó, al levantarse ya no quedaba nadie que le diera la mano. Julia siguió caminando como una autómata y para cuando se dio cuenta ya estaba muy lejos para alcanzarla.

Estudió medicina. Conocer los misterios del cuerpo quizá le permitiría descubrir los arcanos del alma. Encontraría las respuestas ocultas entre los pliegues del dolor de los otros. Después de tanto tiempo adentrándose en la miseria de la enfermedad, buceando en los orígenes del sufrimiento, no consiguió comprender la injusticia de la vida. No era la muerte la que asolaba los cuerpos enfermos, era el miedo. En sus rostros aparecía un terror que iba creciendo conforme la enfermedad ganaba batallas. Los ojos se hundían en la profundidad de las cuencas, la boca se contraía en cortos espasmos que no hacían si no acentuar la sensación de pérdida. No obtuvo los resultados esperados, la medicina consiguió curar a algunos de sus pacientes, pero no halló el remedio para la fractura que en su Universo personal existía. Quizás aquello no tenía solución, quien nacía roto debía resignarse a convivir con los pedazos de su cuerpo quebrado. Trataba de ver a través de la ventana donde habían ido quedando los fragmentos que había ido perdiendo a lo largo de su vida. Podía ver sus miembros esparcidos por el pasado como si se trataran de las migas de pan que había ido dejando para encontrar el camino de vuelta.

Ahora ya no tenía que preocuparse de nada más, pronto llegaría la hora. Veía transformarse los rojos del crepúsculo en oscuridad y eso le devolvía la esperanza de que estaba cerca el fin. Necesitaba descansar, alcanzar el remanso de paz que concede la muerte. Sólo así quedarían olvidados sus Universos Rotos.


Escena de Los puentes de Madison (1995). Película de género romántico y drama. El futuro de Francesca Johnson parece predestinado cuando una bifurcación inesperada en el camino la hace cuestionar todo lo que había llegado a esperar de la vida.    

lunes, 19 de junio de 2017

EL POZO DE LA DESINSPIRACIÓN

Cuando la mente se vacía y cae en el pozo de la desesperanza, nada acude en ayuda de la inspiración. ¿Se agotaron los recursos o se trata simplemente de una situación transitoria? Es la monotonía quien apaga las luces de la creación, es el ritmo cansino de la vida el que adormece la comunicación con lo sobrenatural. La fuente de palabras y de ideas que brotaba clara desde las profundidades del alma, como un manantial que parecía inagotable, reposa ahora en las tranquilas aguas estancadas de una charca. ¿Cómo despertar al duende inspirador si no sabemos invocar su nombre ni conocemos su procedencia? Recibimos tanta información dolorosa, tanta basura se acumula en nuestro portal, que es difícil saludar el día con la alegría del enamorado. ¿Acaso el desamor nos hará volar a los pozos oscuros pero fructíferos de la tristeza o nos sumirá más aún en el letargo de la indiferencia? Dejar de mirar la vida desde el balcón de invierno del recuerdo, pasarse a la orilla del mar del futuro, bañarse allí los pies notando el frio entre los dedos, despertar la sonrisa, abrir los ojos, llenarse los pulmones con aire nuevo. Viajar, amar, escuchar, hablar, compartir… Para devolver la magia de la imaginación hay que conjugar los verbos que requieren compañía. La soledad no es mas que sentirse acompañado por uno mismo y proporciona la misma energía. Sea como sea, quiero pedir que vuelva la luz reveladora y que me permita seguir pulsando las letras que son como píldoras para seguir en pie.

Brains. Voltaire
 

domingo, 4 de junio de 2017

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN PARTO

Si tuviera que decir a la cámara algo que pudiera ser interesante acabaría pasando el tiempo de grabación con la mirada perdida en el cielo para ver descender la inspiración. Pero si me siento a escribir es más fácil que salga algo que viene seguro de dentro, que está ahí esperando ser invocado. Sólo hay que decir la palabra mágica, abracadabra, en mi caso Aurora.

Nadie conoce a nadie, somos como nos imaginan que somos. ¿Quién puede conocer los entresijos de una mente, si a veces no podemos vernos ni a nosotros mismos con claridad? Al final, digo que somos lo que los demás ven, o alguien parecido. Y ¿Qué me dices de adivinar como fueron, qué serán? Un desafío imposible, sólo al alcance de algo tan potente como la imaginación. De allí viene esta Aurora, puede que tenga rasgos reconocibles o tan contaminada sale de mi cariño que sólo es una fábula, un producto de factoría de ficción. Que más da, yo escribo, tú lees y por un momento hemos conectado nuestras mentes, uno en el otro. Es como un beso de felicitación que dice cuanto quieras que diga.

“Aurora a sus veinticinco años tiene un armario lleno de ilusiones, de cosas por hacer, de proyectos, de amigos. Tan lleno que parece va a romper las puertas y salir, desbordarse por la habitación. Lo mira y piensa: “ ja ficaré ordre un dia d´aquestos, però no tinc temps” No tiene tiempo porque su reloj corre tras ella diciéndole que queda tanto por hacer que debe correr. No es una huida desenfrenada, es una carrera necesaria para llenar tantos deseos como se agolpan en su mente. Llega al hospital temprano, ha tenido tiempo de preparar el desayuno a su marido y dejar todo en orden. No es una imposición, no podría hacerlo de otra manera, le place, disfruta de ello, por eso cuando llega al hospital ya lleva su sonrisa y sus labios pintados de rojo. Se viste con ese vestido corto de enfermera y antes de salir del baño se mira en el espejo, como para desearse suerte, pero a la vez para infundirse ánimo. “ Xé, no estic mal, en hi han de pijors!”

Cuando sale le sigue una estela de perfume que no consigue alcanzarla porque ella ya está en el paritorio. Allí entra irradiando luz, como su nombre, la que brilla. Más se alegran las compañeras que salen de guardia. Por fin el relevo a un noche larga, siempre tediosa. Los paritorios son salas tristes, donde los gritos de las mujeres, el sufrimiento, han dejado manchas en las paredes, han impregnado todo el espacio de una pátina de dolor. El paritorio es un espacio que puede convertirse en una cárcel si dejas que el dolor te posea. Pero con Aurora el dolor esta inerme, porque ella genera alegría, despierta esperanza. Cuando entra pinta de color aquellas paredes grises del mismo color que sus labios o de verde manzana o de azul turquesa. Habla a las mujeres con la determinación de un general que va a llevar a sus tropas a la victoria, con la dulzura de una madre que susurra a su hijo para que no tema en la oscuridad. “Ala xiqueta que aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un momentet” Hay una situación de desamparo mayor que la del miedo, la del dolor y el miedo. El parto tiene todos los ingredientes para romper la integridad de una mujer. Ni el amor al hijo puede a veces superar esa terrible necesidad de acabar con el martirio del dolor brutal, esencial, que parte de las entrañas y se abre camino hacia el sexo. El lugar que fue punto de partida de placer, de sueños es ahora un enemigo que se interpone al descanso, al fin del sufrimiento. “Cariñet, estem acabant, en un moment voràs al teu xiquet” No existe siempre el consuelo, pero tener una mano a la que agarrarse, alguien que te trasmite calor, alguien que te está diciendo con los ojos, si pudiera compartiría tu dolor, permite resistir, mantener la dignidad de ser mujer. La dignidad que no viene de sufrir para parir, si no la dignidad de ser la actriz principal en el proceso de la vida. Aurora es el faro en la tempestad, la luz del amanecer que disipa los fantasmas de la noche. Cuando el dolor estalla en grito y tras él viene el llanto del niño que ha nacido en sus manos, cuando el drama se convierte en felicidad, cuando todo estaba a punto de derrumbarse y ha conseguido mantener la calma, de nuevo sonríe : “ Tu veus, és preçios, com vas a ficar-li? Ara ja ha passat tot, en un momentet estaràs dalt bonica”

Aurora a los sesenta años tiene un armario lleno de ilusiones, un día de estos tendrá que poner orden o amenaza con romperse, pero no tiene tiempo, hay tantas cosas por hacer. Sale temprano para ir al hospital después de haber preparado el desayuno a su marido, él ya sabe que no es por obligación, lo hace por gusto y no podría dejar de hacerlo aunque quisiera. Entra el paritorio con una sonrisa y sus labios pintados y se pone el pijama de la guardia. Antes de salir del baño mira de reojo el espejo y piensa “Xé, no estic mal! En hi han de pijors!” Cuando abre las puertas de aluminio y entra en aquel sagrado recinto, donde la actividad de la noche ha dejado secuelas en los ojos y las caras de sus moradores, un chorro de agua fresca llega hasta aquellos durmientes “Xiquets, com esteu. Ale vaig a fer-vos un café. Qué tenim per açí? ” y se acerca al paritorio donde una mujer con epidural, junto a su marido esperan con cierta aprensión el cambio de turno sin saber quien les va a llegar. Sonríe la explora y le dice: “Cariñet aço està molt bé, estas casi en completa i acabarem en un moment”

Com que Aurora corre més que el temps, no podrà mai alcançarla, serà sempre la xiqueta, la germana, la mare de vinticinc anys que cuan obri la porta deixa entrar la llum, amb eixa risa oberta que surt dels morrets pintats en roig.


Un beset de Robert

Benifaraig 5 de juny de 2012



Ordinary World. Duran Duran
 

sábado, 27 de mayo de 2017

NAUFRAGIO INFORMATIVO

    Baño de sangre en Manchester, brutal atentado que ha matado 22 personas, entre ellos adolescentes y niños.

   Una nueva Tragedia en el mar se cobra la vida de al menos 34 inmigrantes, de ellos unos diez niños.

   Un grupo de hombres armados disparó la mañana del viernes contra una comitiva de autobuses cargados de cristianos coptos al sur de Egipto, matando al menos a 28 personas, muchos de ellos niños.

   Todo ocurrió durante esta semana, casi simultáneamente, pero no escuche el mismo ruido informativo con unas noticias que con otras. No se tuvieron los mismos minutos de silencio por las víctimas. No nos sentimos tan agredidos con todas las muertes. Ni todos los cadáveres de niños suscitan la misma indignación. Si comparamos la forma de abordar las noticias y la tinta que ha corrido para cada uno de los atroces crímenes, sabremos que estamos hablando de un naufragio informativo. La crisis humanitaria en Yemen no merece ni titulares, aunque los muertos siguen siendo niños.

Gregerias. Ramón Gómez de la Serna

viernes, 14 de abril de 2017

EL SIMIO ITINERANTE

Desde que unos primates cruzaron la llanura de Laetoli en Tanzania hace 3,6 millones de años y dejaron sus huellas en el fango de la ceniza volcánica, el hombre y sus ancestros no ha dejado de moverse. ¿Porqué se arriesgaron a salir de su tierra? ¿Qué nos  hace ser unos monos inquietos? Quizás resida en nuestro ADN o en nuestro cerebro repleto de circuitos reverberantes. Es posible que los motivos vengan del medio o del miedo, quién sabe. La búsqueda de nuevos territorios, la conquista, el poder o la ambición nos han hecho descubridores y nos ha permitido poblar la Tierra. Muchos hombres y mujeres a lo largo de la Historia han arriesgado sus vidas y las han perdido para buscar un lugar más apto, más amable, más bello o más rico. Este mono itinerante hizo posible que las civilizaciones se enriquecieran. Los viajes sirvieron para compartir conocimientos, cultura, ciencia, arte, alimentos, especias… Nuestros antecesores salieron de África, se adentraron en Asia o quizá cruzaron el mar para entrar en Europa seguramente movidos por los mismos motivos que ahora. Suben a barcazas y recorren interminables caminos plagados de peligros, con sus hijos de la mano para buscar un futuro mejor. Mujeres y hombres pasando hambre, dejando atrás sus casas y sus familias por un sueño. Ellos han sido los verdaderos fundadores de nuestro mundo, los emigrantes.

Ahora hemos decidido crear fronteras, levantar muros, dejarlos en campos de refugiados, abandonarlos a su suerte en el mar, permitir que naufraguen sus sueños. Hoy pensamos que cada cual debe permanecer donde le correspondió nacer, sin haberlo elegido, aún a sabiendas de lo injusta que resulta la vida de quien nació en la miseria, sea cual sea el lugar. No nos entra en la cabeza que pudimos ser nosotros los nacidos en el África que se muere de hambre, en el desierto arrasado por el sol o por las armas (las que les vendimos), en países donde la explotación es la norma, en los basureros del mundo moderno... Es absurdo que si en millones de años el ser humano ha sido trashumante, viajero, migrante o aventurero, cuando tu destino y el de los tuyos es la muerte no salgamos corriendo hacia adonde sea para cambiarlo. No existe un hombre o una mujer en el mundo que no desee un hogar confortable y seguro, alimentar a sus hijos, soñar con un futuro mejor. Musulmanes, cristianos, budistas, negros, amarillos, inteligentes o necios, pobres y millonarios, todos coincidimos en los mismos deseos, cada cual a su manera.

No hay un solo humano que se resigne si ve la vida de sus hijos al borde del abismo. Sin embargo a todos aquellos que corren para salvarse, les ponemos la zancadilla. Recuerdo como nos escandalizamos cuando una reportera puso el pie a un emigrante sirio en la frontera de Serbia. Todos nos solidarizamos con el pobre emigrante, lo trajimos a casa como disculpa ¿Qué hacen nuestros gobiernos, con nuestro consentimiento, cuando impiden la entrada de refugiados a las fronteras de nuestro pretendido paraíso? ¿No estamos poniendo zancadillas a los que tratan de saltar vallas y cruzar mares? Lo queramos o no somos cómplices de aquellos que se reúnen en cumbres políticas para resolver problemas que nunca se resuelven, de aquellos que dictan leyes en contra de los hombres para bien de los mercados, de los que levantan muros de palabras y miedos para justificar las murallas y las rejas.

Y si nos preguntan, todos somos Hombres de Paz. ¿Qué Paz puede querer quien consiente la guerra? Cómo pretendemos acabar con el odio si no acabamos con lo que lo produce. La injusticia, la ignorancia, la miseria (no la pobreza, si no la miseria sin futuro), el hambre, la violencia, la desigualdad aberrante, esos son los ingredientes del odio. No podemos haber estado caminando millones de años para acabar aceptando que los que huyen de la barbarie para salvarse son delincuentes, enemigos, seres peligrosos, terroristas en potencia. Si nuestras sociedades no han aprendido el valor de lo diferente, la solidaridad con sus congéneres, la necesidad de una moralidad centrada en el Hombre, es que la evolución ha sido un fracaso, una decepción y no un proceso extraordinario.

Jo vinc d'un silenci. Raimon

sábado, 1 de abril de 2017

TERRORISMO ES EL HAMBRE

Gracias a nuestros magníficos políticos, los de aquí y los de otros lugares del mundo civilizado, que ya han tomado conciencia, disponemos de leyes antiterroristas. Me siento más seguro.
Hemos conseguido aislar en nuestro país uno de los llamados lobos solitarios, la que se hace llamar Casandra. Tuvo la osadía de escribir un twitt que ella creía gracioso sobre un insigne personaje de nuestra historia, asesinado por ETA. ¿Acaso esto no es apología del Terrorismo? ¿No se le puede considerar miembro de un comando no fichado de la banda?

¿En serio, escribir un chiste malo es terrorismo? ¿Es que no han acabado la carrera los ilustres que dan valor de verdad a esta aseveración? Pura hipocresía. Tan aberrante que ofende nuestra inteligencia.

Podrían ver el terrorismo en otros actos. Ayer escuché que cada día se deposita un ramo de flores en la tumba de Franco desde 1976 pagado por el Estado. Aquel que inició una guerra civil, responsable de la represión posterior y de una dictadura fascista que acabó con la vida de miles de españoles. Miguel Hernández murió un 28 de marzo hace 75 años a manos del Régimen Franquista en la cárcel, por escribir poemas buenos, no chistes malos. Así que me resulta ofensivo estar contribuyendo con mi dinero a dicha ofrenda. Pero ¿Se puede culpar a quien cada día deja las flores de colaborador del Régimen? ¿Es Terrorismo de Estado pagar el ramo? Terrorismo me parece la pobreza instalada en el alma de nuestro país, la económica de muchos y la intelectual de otros. Terrorismo es el hambre.

Tenemos los medios para acabar con el hambre en el mundo y cada minuto muere un niño por desnutrición. ¿No podemos hacer una Ley Antiterrorista que acabe con la miseria? Quizá fuera más efectiva que las vigentes, la miseria es el caldo de cultivo de la rabia. Es el embrión de los salvajes que acaban pensando que el mal proviene de Occidente. Además la miseria ofende, o debería ofender nuestras mentes limpias de hombres y mujeres civilizados. Lo que ocurre es que tenemos corto alcance. Somos capaces de ver antes un twitt, un wassap, un SMS que la Historia repitiéndose como un eco.

"Me asusta una sociedad en la que la libertad de expresión, por lamentable que sea, pueda acarrear penas de prisión” Me inclino ante esta frase pronunciada por la nieta de Carrero Blanco. No se me ocurre mejor homenaje a la memoria de su abuelo. Ha recorrido el camino que algunos de nuestros jueces y políticos no se han planteado si quiera empezar a andar. Gracias a frases como esta y no a los ¡Arriba España! sigo pensando que podemos ser un país grande.


Adele - "Tired"

domingo, 12 de febrero de 2017

El Dios de los nuestros o las trompetas del Apocalipsis

Se oyen sonar desde hace tiempo las voces de quienes vaticinan el Fin de los Tiempos, son los augures del desastre. Hablan de un Dios furioso removiéndose en su trono y conteniendo la rabia a duras penas. Nos muestran los males de una sociedad descreída, un mundo de adoradores de ídolos contrapuesto al de los creyentes de los Misterios de la verdadera Fe. Dios dicta las normas del Bien y el Mal. Él es el Orden. Pero tantos dioses se erigen en verdaderos, tantos exigen lealtad absoluta y ciega, que el mundo les ha vuelto la espalda y los Hombres se han erigido en el único dios a adorar. Ese egocentrismo es la forja de nuestro modelo de sociedad. Yo como objetivo, Yo como fin, Yo buscándome a mi mismo, YO, Yo y yo. No hay una visión clara de que es lo que queremos para nosotros mismos, nos preguntan y decimos: La felicidad ¿Y qué significa ese hermoso vocablo? ¿Poseer, comprar, poder? Esencialmente significaría vivir, encontrar la vida como un regalo y vivirla.

No es un sueño irrealizable. No parece tan complicado. El problema es ¿Cuánto le pedimos a la vida? Y el segundo problema es si se puede ser feliz en un mundo atroz. Rodeados de miseria, de actos miserables, de personajes públicos de conductas obscenas. ¿Se puede ser del todo feliz si hay pobres muy pobres junto a ricos muy ricos?

Oigo los clarines de la furia desatada de un Dios justiciero. No será Él quien se levante del trono y empuñe la espada, no enviará a Abaddon su ángel destructor, ni habrá un Armagedón como anuncian las trompetas, serán los olvidados los que acaben con la locura en la que el Mundo camina. Ellos serán la plaga de langosta enviada para aniquilar a los que fueron marcados. Casandra grita desde hace siglos para avisar del futuro devastador que trae la Injusticia y el Hambre (El primero de los jinetes del Apocalipsis). La sacerdotisa conoce los arcanos de la adivinación, pero su maldición fue que nadie creería sus presagios. Nos mantenemos ciegos en este ejercicio de insolidaridad que nos destruye como especie.

Cada día nos encontramos con algún hecho nuevo que nos debería abrir los ojos: siguen muriendo niños en las playas de Europa, son asesinados en cárceles Sirias los opositores, torturados, colgados y el mundo sigue en silencio, la mayor cárcel del mundo a cielo abierto en Gaza sólo asoma de tanto en tanto a las conciencias, las hambrunas en África dejaron de ser noticia, como los genocidios, la muerte y la guerra (otros dos jinetes memorables).

Todo está preparado, los sellos del Libro Sagrado se han ido abriendo y se oyen ya las trompetas que anuncian la destrucción. La última en sonar lo hizo desde el Capitolio, al abrirse el sello apareció un nuevo jinete, monta como un cowboy el caballo blanco, es el cuarto jinete (el jinete de la Victoria, Trump significa Triunfo). Quizá parezca que galopa sobre un pollino y habla con la procacidad de los bárbaros, pero sabed que en su mano porta el arco que dios le ha dado (el Dios de los nuestros) para vencer a los infieles. En su cabeza coronada podéis ver un flequillo ridículo, pero bajo el pelo color de azafrán se esconde un cerebro lleno de viejas ideas que parecían enterradas, muros inexpugnables, negocios exitosos. Ha venido para abrirnos los ojos de lo cerca que nos encontramos del abismo, de cómo hemos sido capaces de abrir una zanja bajo nuestros pies con nuestras propias manos.

El Hombre demuestra a cada paso su torpeza y su enorme capacidad para hacer aquello que no le conviene. ¿Por error? No, por ignorancia, por miedo, por comodidad, por egoísmo. Lo cierto es que el caballo blanco agita las crines al viento y las multitudes enardecidas le aplauden.

¿Quién detendrá al jinete victorioso? ¿Seguiremos abriendo los sellos que llevan nuestro destino y nos arrastran al caos? ¿Seguirán sonando las trompetas del Apocalipsis hasta que el Fin sea irremediable?

Espero que alguno de los dioses que los Hombres adoran se levante de su trono y en vez de enviar ángeles destructores, envíen maestros, hombres libres, líderes sabios que nos devuelvan la esperanza.


El cantautor kenyà Ayub Ogada interpreta "Kothbiro"
 
 

domingo, 15 de enero de 2017

ELEGIA A UN HOME BO

Vicent, vull acomiadar-me de tu i vull dir-te gràcies. La teua personalitat captivadora, eixa ironia valenciana, la socarroneria sense maldat que curava, que ensenyava, que trencava les distàncies, era un art que assage cada dia per a poder paréixer-me a tu.

La mort és un pas necessari, tots ho sabem i tu ho sabies més que nosaltres perquè havies consolat a tanta gent en eixes circumstàncies. No tinc pena per la mort, tinc pena per nosaltres, perquè la vida ens ha privat massa prompte de la teua saviesa, del teu do natural de parlar en minúscules i fer-te entendre. Tots comprenien el que deies perquè no tenies pretensions de parèixer un docte home de Déu, sols havia voluntat d'ajudar amb la paraula i amb els fets. Déu ha perdut un home en la Terra que traduïra el seu missatge a paraules del poble però ha guanyat segur un conseller al seu costat i nosaltres un aliat per a les trompades de la vida.

Et tenim com a exemple, seràs un model, estaràs sempre al record i això et mantindrà sempre viu al nostre costat, és el consol que ens queda. Som amics, deixebles i orfes teus, però som també la prova del teu pas per la vida i viuràs per a sempre en nosaltres.

Gràcies Vicent.








CUENTO DE NAVIDAD

Iba sintiendo como la nariz perdía su horizontalidad y se deslizaba hacia abajo ladeándose en un gesto de hastío. Su cara adquiría un aspecto de fiereza que no encajaba con él, uno de sus ojos se había desprendido y casi alcanzaba la altura de la nariz. Ya no quedaba ninguna sonrisa en su boca. Lo que la Navidad le había regalado estaba llegando a su fin. Seguía manteniendo su sombrero sobre la cabeza y la bufanda ocultaba un poco aquel rostro roto, pero ya nada podía ser igual. La lluvia tenue pero persistente sustituyó a la nieve e iba socavando su figura. La lluvia siempre triste como el llanto.

Aquel muñeco que los niños levantaran con puñados de nieve, edificado sobre ilusiones, carreras, disputas y risas. Ese muñeco que nació alegre y vivió la felicidad de ser el centro de los juegos, al que dedicaron tiempo y amor sus hacedores, ahora se había convertido en una ruina. Nadie saldría a verlo cuando se disolviera en aquella lluvia que embarraría los caminos y mancharía su blanca nieve. Sólo quedarían de él pedazos de hielo informes. ¿Y sus brazos para que le servían si no podían defenderle de aquel desastre? Si en vez de una escoba le hubieran puesto un paraguas tal vez lograría ponerse a cubierto, pero irremediablemente estaba condenado a la muerte, al olvido que es peor que la muerte.

Los niños lo miraban ahora desde la ventana, tras los cristales empañados por el calor del hogar, él los veía asomarse y hablar entre ellos señalándole. Estarían pensando que el muñeco se estaba desmoronando y acertaban porque en su ánimo no quedaba sino la resignación de haber llegado a su fin. Nada podía hacerse, todo estaba perdido. Se derrumbaba por dentro.

El vagabundo de la Navidad pasó por su lado (siempre hay un vagabundo en las Navidades, es el que nos muestra lo real frente al ensueño de un mundo imaginario cargado de purpurinas y estrellas de cristal), vio su sombrero y su bufanda y pensó que él lo necesitaba más que aquel desecho de muñeco. Llevaba su cabeza descubierta, hacía tiempo que había perdido parte de su pelo mugriento y por las calvas se colaba el frio. En cuanto a la bufanda bien que le venía para taparse en el frio de la noche. Para arrebatarle el sombrero se valió de la escoba, desarmó al muñeco, golpeó su testa para tirar el sombrero y con el cayó el botón/ojo que ya había iniciado su viaje. Tiró de la bufanda y dejó allí desnudo las dos bolas de nieve que formaban el cuerpo y la cabeza del muñeco de nieve. Quedaban sólo los botones que abrochaban una chaqueta invisible sobre su prominente barriga.

Él al verse tan descubierto, tan vulnerable emitió una especie de suspiro, casi inaudible, tan sutil como una caricia del viento.

El vagabundo creyó oírlo pero pensó que aquello no era sino fruto del vino malo que había tomado. La duda se apoderó de él, se acercó más a la boca del muñeco y quedó estupefacto al oír:

-Llévate la bufanda y el sombrero a ti te van a hacer más falta que a mí, no creo que pase de esta noche, mi nieve se mezclará con el agua y correré por las alcantarillas.

El vagabundo no podía creerlo, el muñeco le había hablado y le regalaba sus escasas pertenencias. Nadie había sido tan generoso con él en los últimos tiempos. A la sorpresa le siguió el miedo, la duda de si estaba siendo engañado.

-Apresúrate, la lluvia te calará y de nada te van a servir mi sombrero y mi bufanda.

-Pero entonces ¿Qué pasará contigo?. No puedo consentir que te derritas, no dejaré que un amigo sufra tan infausto destino. – Así habló el vagabundo que en otro tiempo fue letrado y las tornas de la vida lo habían sumido en la pobreza, pero no en la indiferencia.

Anduvo raudo a su banco, la entrada con los cajeros automáticos eran su vivienda nocturna, su refugio, donde pasaba las noches y tenía su morada en los días de frío. Tomó los cartones que hacían de colchón y corrió hasta el muñeco de nieve para construirle una pequeña cabaña que lo pusiera a salvo de la lluvia. Clavó la escoba por el rabo, usó el pincho con que rastreaba en los contenedores de igual manera y fue acumulando los cartones para formar un pequeño porche que resguardara al muñeco. Se sintió satisfecho por la obra, le devolvió su sombrero y le colocó la bufanda como si un hombre de nieve pudiera necesitarla. Pero como ocurre en la vida, no existe la felicidad completa y cuando admiraba su obra se dio cuenta que los cartones se mojaban y acabarían dejando que el agua venciera.

Todo aquel proceso fue seguido atentamente por muchas miradas, que atentas desde los cristales observaban como el mendigo ayudaba al muñeco. Se conmovieron o quizá les indujo el espíritu de la Navidad, ese falso pretexto para hacer cosas buenas. Lo cierto es que un numeroso grupo de hombres, mujeres y niños dejaron por un momento sus comidas navideñas, abandonaron el calor de hogar que calentaba árboles luminosos y bajaron a la calle para construir un verdadero refugio al muñeco de nieve. Ayudaron al vagabundo. Colocaron de nuevo su nariz de zanahoria, aseguraron los ojos/botón en su lugar adecuado, colocaron un paraguas en su mano y buscaron entre los restos de nieve la más blanca para reconstruir las partes más deterioradas.

El muñeco agradecía cada gesto, alababa la bondad de sus salvadores, loaba sus virtudes, en fin que se deshizo en halagos para todos ellos. Quedaron todos satisfechos y contentos con el resultado y volvieron a sus hogares, vieron como anochecía cantando villancicos y se asomaban a la ventana para comprobar que el muñeco seguía a resguardo. Durmieron felices.

Todo hubiera acabado bien, como debiera en un cuento de Navidad, pero la vida no entiende de fechas, no se para a contemplar los duendes buenos, sigue su ritmo indiferente, inmisericorde a veces.

El agua que se acumuló bajo la acera hizo un gran charco y durante la noche, mientras todos dormían soñando con Reyes y pesebres, los coches iban pasando por la calzada y cada uno salpicaba al muñeco con el agua sucia encharcada, los camiones de reparto y hasta el autobús fueron lanzando andanadas de agua al muñeco hasta deshacer su corpachón y reducirlo a pedazos de hielo no reconocibles. A la mañana siguiente encontraron el sombrero y la bufanda empapados, los botones y la zanahoria esparcidos por el suelo. Empezaba a nevar de nuevo, algunos de los que se acercaron aseguran que oyeron desde alguno de los pedazos de hielo:

-No importo yo, el que importa es el mendigo.