EL PESO DE LA VIDA

   A veces la vida te hace pensar que se trata de un engaño, que el mero hecho de vivir no es un regalo, si no una especie de prueba en la que debemos sortear los obstáculos y regatear las penas. Cargamos con el encargo de vivir, sin saber bien que peso soportaremos en la mochila. Si bien es verdad que en la mayoría de los casos la juventud pasea por el jardín de las Hespérides comiendo la fruta fresca de sus manzanos, llegados a las fronteras de la madurez en nuestro saco hay suficientes piedras como para que cualquier subida nos parezca una empinada cuesta. Arrastras su peso con la determinación de quien todavía siente joven el corazón y con la valentía del “no me dejaré vencer por el desánimo”. Cuando tras la subida viene el llano crees que has vencido a la vida, que derrotaste los malos augurios de los funestos hados. Sin embargo nunca una cuesta costara tanto si no viniera con otras de la mano. Subes laderas arrastrando las piedras como Sísifo y descansas a respirar, si acaso miras el paisaje mientras recobras el aliento. Cada mañana emprendes el castigo de subir tu carga sabiendo que si cae rodarán los cantos hasta la base ¿Cuánto peso soporta una espalda, cuánto dolor un cuerpo?

   Debemos entender que el mero hecho de vivir viene aderezado con la sal y con la miel, con la olorosa canela y con la pimienta negra. Aceptemos que las piedras que vayamos subiendo por la cuesta pueden ayudarnos a construir nuestro refugio arriba en la cima. Piedra a piedra, golpe a golpe, verso a verso, con cada fracaso construir un muro a la tristeza, con cada enfermedad un ungüento, con cada desilusión un sueño. Porque si no, nuestro empeño es baldío, nuestra existencia un vacío que en nada representa lo que somos. Estamos hechos de barro y fuego, el barro es nuestra materia y se resiente con los vientos, pero el fuego que poseemos alimenta nuestra inmaterial esencia y el viento no puede si no hacerla más grande. Podemos bajar la rodilla al suelo por el peso de nuestra carga, tropezar con las piedras del camino, pero si miras hacia la cima, si piensas el paisaje que te espera tras la subida no puedes entregarte a la desesperanza. Hay que vivir cada momento como semilla irrepetible de la que florecerá el futuro. La vida es demasiado valiosa para arrojar la toalla ante un contratiempo, debemos ascender sin miedo, sin mirar lo que queda, sin volver la vista para valorar lo que ya subimos. Cada paso es una reafirmación de que estamos dispuestos a llegar hasta la meta. El peso de la vida siempre dependerá de la atención que le prestemos. Se soporta mejor con la cabeza erguida, con el cuerpo enhiesto. Relativizar el concepto de sufrimiento, el dolor es objetivo, real, duele lo que lesiona, pero el sufrimiento es la interpretación que hacemos de los hechos que nos causan dolor, depende de el enfoque con que los miremos. Una herida nos duele, pero no tiene porque hacernos sufrir. La soledad, un rechazo, un miedo, una duda pueden hacer sufrir nuestra alma sin lesión aparente.

   No necesitamos ser duros como la piedra, porque la piedra puede romperse con el golpe del cincel, es frágil. Debemos ser fuertes, que significa moldeables, positivos, invencibles, dueños de nuestro futuro, resilientes.

Palabras para Julia de Paco Ibáñez y José Agustín Goytisolo