domingo, 17 de julio de 2016

DESPERTAR

Este fin de semana he empezado a leer “Y el cerebro creó al hombre” de Antonio Damasio. Me ha recordado una pequeña historia que escribí hace tiempo y no había publicado. El libro empieza hablando del concepto de conciencia: 

“Pocas cosas en nuestra biología son tan triviales en apariencia como ese producto que conocemos con el nombre de conciencia, la portentosa aptitud que consiste en tener una mente provista de un propietario, de un protagonista para la propia existencia, un sujeto que inspecciona el mundo por dentro y a su alrededor, un agente que en apariencia está listo para la acción. La conciencia no es simplemente un estado de vigilia. Estar despierto era sin duda indispensable para ese estado, pero no era su rasgo principal. El rasgo principal era más bien la mirada de contenidos que se desplegaban en mi mente, con independencia de lo lúcidos que fuesen o lo bien ordenados que estuviesen, estaban conectados a mi, al dueño de mi mente, a través de unos hilos invisibles que juntaban esos contenidos reuniéndolos en esa fiesta que siempre nos acompaña a la que llamamos “yo”. Y , lo que no es menos importante, la conexión era sentida; había una capacidad de sentir la experiencia de estar conectados a mi”

     Me parecía que este profesor de Neurociencia, Neurología y Psicología de la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles, empezaba a dar forma de ciencia a lo que yo había convertido en una especie de historia onírica a la que llamé: “La conciencia no es una ciencia”, a estas alturas ya sabéis lo que me gustan los juegos de palabras. La he recuperado y la publico.