jueves, 4 de febrero de 2016

EL ARTE DE HACERSE EL MUERTO

"El arte de la guerra se basa en el engaño. ... Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo. Estas son las claves de la victoria para el estratega".

Sun Tzu (s. V a. C)


No estamos en una guerra, si no es la guerra contra la miseria y la injusticia. Aborrezco las estrategias políticas basadas en la inacción o el mutismo. No se puede dejar que los problemas se resuelvan solos o cuando estallan por inoperancia aparecer como salvapatrias de ingrato recuerdo.

No puedo digerir los gestos mudos, las palabras que no comprometen, las acciones estériles que no son más que aquello que ahora se denomina postureo. Se me revuelven las entrañas al ver a los líderes hacer como que hacen, decir como si hablaran, proponer imposibles, reiterarse en lo obvio y esconderse en lo evidente. No soporto ver a los políticos hacerse los muertos, desaparecer en escena, volatilizarse, agazaparse detrás de otros, esperar el error del contrario en el más absoluto silencio. Es la estrategia del cobarde, del que se aparta de la pelea, del que huye de la confrontación por miedo, por incapaz, por que perdió los argumentos. Me aburren aquellos que se escudan en los pecados de otros para parecer santos, los que aunque tienen las manos manchadas se exhiben como Nazarenos llevados injustamente al Gólgota, esos individuos siempre dispuestos a darnos lecciones de moral con la petulante insolencia del necio.


Estoy cansado de oír discursos escritos por otros y pronunciados sin derecho a réplica, sin público, rehuyendo las respuestas, utilizando lenguajes oraculares, que tanto sirven para un propósito como para el contrario, siempre a salvo tras la manida muletilla de: “Se han sacado mis palabras de contexto” o “Se ha hecho una interpretación torticera de mis palabras”.

La asepsia del plasma me da nauseas.

Estoy harto del “y tú más”, del insulto y la descalificación sin argumentos. Hemos visto como han convertido la vida pública en una pelea desde el barro. Los que han estado nadando en aguas pantanosas y pestilentes, denuncian la falta de transparencia de los contrarios. La corrupción debe ser siempre punible y rechazada de plano, sin ambages, no hay medias tintas, si se comete un delito no hay más prueba de la inocencia que su denuncia. No se puede proteger la suciedad porque esté bajo nuestras alfombras, eso no es valentía.

Hemos tolerado demasiado tiempo que los políticos se mantengan al margen de la sociedad pergeñando componendas a la sombra, demasiados intereses ocultos, hombres de paja y testaferros, excesivas sociedades interpuestas, negocios clandestinos, cuentas en paraísos fiscales, corruptos protegidos.

La política debe ser veraz, tenemos la obligación de exigir que la opinión sea expresada de forma clara, comprometida. Como Gabriel Celaya definía la poesía, así debe ser la política, como un arma cargada de futuro. Creo que la POLÍTICA es absolutamente necesaria para el gobierno, la política constructiva y basada en el compromiso, con permiso de Celaya “maldigo la política de quien no toma partido”.

La estrategia de hacerse el muerto ya no vale, son elegidos como nuestros valedores, deben enfrentarse en la arena del Parlamento, defendernos y defender sus propios argumentos. Acabó el tiempo del gobierno con cómodas mayorías, ahora es tiempo de hablar, de entenderse, de ceder y exigir, de jugar al juego de la democracia, de no temer al contrario sino utilizar su fuerza para vencerlo. Pactar no es renunciar, ceder no es claudicar, vencer no es aniquilar.

A mi edad sólo la lucha dialéctica es permisible, abomino tanto del inmovilismo como de el exhibicionismo en la política. Me produce tanta acidez el papel del convidado de piedra, como el del saltimbanqui, temo tanto los monólogos o la voz en off como el clamor de los tumultos. No espero exhibiciones de contorsionismo político, ni triples saltos mortales, no me sirven trapecistas que hagan piruetas en el aire sin red. Espero un debate de personas inteligentes, dispuestos a entender la verdad de los demás y a defender la suya propia, ya hace tiempo que dejé de creer en mayorías aplastantes, en los rodillos, pero quisiera pensar que es posible un gobierno hecho desde el diálogo para solucionar los verdaderos problemas, los que como sociedad da vergüenza reconocerse.

Es la hora de las palabras útiles.


“No tengo nada que decir contra las palabras, que son como vasos escogidos y preciosos, sino contra el vino del error que en ellas nos dan de beber los maestros a quienes se les han subido a la cabeza.”

San Agustín de Hipona (s IV d. C)