jueves, 18 de febrero de 2016

LA VACUIDAD

Cuando leí las palabras de San Agustín (al final de la entrada El arte de hacerse el muerto) pensé en el valor de la palabra. Por eso me excuso si abuso de ella.

Por llenar los silencios rompemos la armonía del lenguaje, llenamos de palabras lo que simplemente deberían ser pausas. No sólo los sonidos llevan escritos mensajes, en ocasiones los silencios entienden un llanto sin necesidad de adornarlo con comprensión, los espacios vacíos llenan de fuerza un instante, los gestos dicen más que las palabras. Un abrazo, un beso, tomar de la mano, acompañar en la soledad, respetar el dolor sin decir nada llena de contenido el lenguaje.

Pero nos empeñamos en que nuestra boca sea oída. Nos gusta que nos escuchen y nos complace oírnos, al escribir es lo mismo, nos envanecen los sonidos de nuestras frases. El verdadero poder de la palabra está en la oportunidad, en que sea dicha en el momento preciso, que atine en su objetivo, que ejerza su acción sobre el hombre, como los fármacos sobre el órgano doliente, la palabra está hecha para sanar, para dar consuelo.

Al vecino le hablamos del tiempo en el ascensor: “Parece que va a refrescar, ha venido el invierno de repente, ya no hay estaciones sólo el calor y el frio…”
 ¿Somos acaso meteorólogos? Que afán de sintetizar el complejo cambio del clima resumiéndolo en frases vacías de contenido.

A los amigos les hablamos del trabajo, de nuestro titánico esfuerzo por mantenernos a flote en la vorágine del estrés diario: “Ha sido un día agotador, el jefe nos exige cada vez más, estoy deseando que llegue el viernes, mañana por la tarde tendré que trabajar…” ¿Qué pretendemos con ello, que nos reconforten, que nos animen, que nos infundan un valor del que carecemos?

En el trabajo hablamos de proyectos, de los daños que nos infringe la cotidianidad, de vacaciones venideras, de fines de semana ya pasados: “Este fin de semana me voy a esquiar, a comer con unos amigos, estoy hasta los huevos del jefe siempre jodiendo, deberíamos hacer un plan de trabajo….” ¿Los invitaste a ir contigo, estás dispuesto a plantarle cara al jefe, tienes ya el plan de trabajo que deberíais hacer?

En la escuela: “Los niños son cada vez menos responsables, la culpa de la educación está en la familia, …” en la frutería : “ hay que ver como están los tomates, si total no saben a nada, es que el precio lo incrementan los intermediarios…” en el taxi: “cada vez está peor el tráfico, cogemos el coche para todo, hasta para ir a la esquina y así nos va con la contaminación, como además no llueve…” En los entierros: “El pobre ha muerto feliz, casi no ha padecido, más pronto o más tarde a todos nos va a tocar…” en la lotería: “yo sólo quiero salud, el dinero me vendría bien, taparía algunos agujeros,…” En la política: “acataremos como no podía ser de otra forma el dictamen de la justicia, ante todo hay que anteponer la presunción de inocencia, entendemos la política como un servicio público, somos servidores del ciudadano…”

Cuanto caudal sonoro desaprovechado, que cantidad de palabras metidas en el saco de la banalidad. No somos el único animal que habla, muchos otros emiten sonidos, pero casi seguro que somos el que más mensajes innecesarios emitimos con nuestro lenguaje. Hablar por hablar. No digo que sea malo o inconveniente, sólo que es un desperdicio. Quizás si contamos hasta diez y pensamos algo interesante podemos romper el incomodo silencio con ideas, no con sonidos. 

Impongamos un voto de silencio para que se llene el vacío.

domingo, 14 de febrero de 2016

ROMANZA DEL TITIRITERO

¿Qué hiciste Titiritero?
¡A la cárcel! ¡A la cárcel!
Gritan los hombres de estado
¡A la cárcel! ¡A la cárcel!
Aplauden Bárcenas y Rato
La bruja queda tendida en el escenario
con su pancarta boca abajo.
Gora Alka-Eta
-Yo quería decir alcayata- dice el titiritero-
pero no sabía escribirlo.
¡A la cárcel! ¡A la cárcel!
En este país tan culto
quien comete una falta de ortografía
es más culpable que el que comete un hurto.
-Señoría que Shakespeare ha escrito Macbeth
e incita matar al Rey.
-¡A la cárcel! por exaltación al regicidio.
-Hay un hidalgo caballero que arremete contra los molinos
y dice que son gigantes.
-¡A la cárcel !por alteración del orden público y
atentado contra los bienes municipales.
-Señoría, Shakespeare y Cervantes ya están muertos.
Los dos murieron el mismo día.
-Lo que yo decía. Los mató la Justicia Divina.
-Señoría, Señoría que desde hace un Rato hay un ministro ahí
afuera, que ha desfalcado un banco.
-Tranquilo alguacil, que siga el procedimiento
que ya hemos hecho bastante justicia, de momento.




jueves, 4 de febrero de 2016

EL ARTE DE HACERSE EL MUERTO

"El arte de la guerra se basa en el engaño. ... Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo. Estas son las claves de la victoria para el estratega".

Sun Tzu (s. V a. C)


No estamos en una guerra, si no es la guerra contra la miseria y la injusticia. Aborrezco las estrategias políticas basadas en la inacción o el mutismo. No se puede dejar que los problemas se resuelvan solos o cuando estallan por inoperancia aparecer como salvapatrias de ingrato recuerdo.

No puedo digerir los gestos mudos, las palabras que no comprometen, las acciones estériles que no son más que aquello que ahora se denomina postureo. Se me revuelven las entrañas al ver a los líderes hacer como que hacen, decir como si hablaran, proponer imposibles, reiterarse en lo obvio y esconderse en lo evidente. No soporto ver a los políticos hacerse los muertos, desaparecer en escena, volatilizarse, agazaparse detrás de otros, esperar el error del contrario en el más absoluto silencio. Es la estrategia del cobarde, del que se aparta de la pelea, del que huye de la confrontación por miedo, por incapaz, por que perdió los argumentos. Me aburren aquellos que se escudan en los pecados de otros para parecer santos, los que aunque tienen las manos manchadas se exhiben como Nazarenos llevados injustamente al Gólgota, esos individuos siempre dispuestos a darnos lecciones de moral con la petulante insolencia del necio.


Estoy cansado de oír discursos escritos por otros y pronunciados sin derecho a réplica, sin público, rehuyendo las respuestas, utilizando lenguajes oraculares, que tanto sirven para un propósito como para el contrario, siempre a salvo tras la manida muletilla de: “Se han sacado mis palabras de contexto” o “Se ha hecho una interpretación torticera de mis palabras”.

La asepsia del plasma me da nauseas.

Estoy harto del “y tú más”, del insulto y la descalificación sin argumentos. Hemos visto como han convertido la vida pública en una pelea desde el barro. Los que han estado nadando en aguas pantanosas y pestilentes, denuncian la falta de transparencia de los contrarios. La corrupción debe ser siempre punible y rechazada de plano, sin ambages, no hay medias tintas, si se comete un delito no hay más prueba de la inocencia que su denuncia. No se puede proteger la suciedad porque esté bajo nuestras alfombras, eso no es valentía.

Hemos tolerado demasiado tiempo que los políticos se mantengan al margen de la sociedad pergeñando componendas a la sombra, demasiados intereses ocultos, hombres de paja y testaferros, excesivas sociedades interpuestas, negocios clandestinos, cuentas en paraísos fiscales, corruptos protegidos.

La política debe ser veraz, tenemos la obligación de exigir que la opinión sea expresada de forma clara, comprometida. Como Gabriel Celaya definía la poesía, así debe ser la política, como un arma cargada de futuro. Creo que la POLÍTICA es absolutamente necesaria para el gobierno, la política constructiva y basada en el compromiso, con permiso de Celaya “maldigo la política de quien no toma partido”.

La estrategia de hacerse el muerto ya no vale, son elegidos como nuestros valedores, deben enfrentarse en la arena del Parlamento, defendernos y defender sus propios argumentos. Acabó el tiempo del gobierno con cómodas mayorías, ahora es tiempo de hablar, de entenderse, de ceder y exigir, de jugar al juego de la democracia, de no temer al contrario sino utilizar su fuerza para vencerlo. Pactar no es renunciar, ceder no es claudicar, vencer no es aniquilar.

A mi edad sólo la lucha dialéctica es permisible, abomino tanto del inmovilismo como de el exhibicionismo en la política. Me produce tanta acidez el papel del convidado de piedra, como el del saltimbanqui, temo tanto los monólogos o la voz en off como el clamor de los tumultos. No espero exhibiciones de contorsionismo político, ni triples saltos mortales, no me sirven trapecistas que hagan piruetas en el aire sin red. Espero un debate de personas inteligentes, dispuestos a entender la verdad de los demás y a defender la suya propia, ya hace tiempo que dejé de creer en mayorías aplastantes, en los rodillos, pero quisiera pensar que es posible un gobierno hecho desde el diálogo para solucionar los verdaderos problemas, los que como sociedad da vergüenza reconocerse.

Es la hora de las palabras útiles.


“No tengo nada que decir contra las palabras, que son como vasos escogidos y preciosos, sino contra el vino del error que en ellas nos dan de beber los maestros a quienes se les han subido a la cabeza.”

San Agustín de Hipona (s IV d. C)