MARIPOSAS BAJO LA PIEL

Leyendo a Rosa Montero en el peso del corazón, Bruna Husky la protagonista que es una replicante humana, cuenta los días que le restan de vida. La muerte programada como mecanismo de seguridad del sistema introducida por los ingenieros. Alguna vez he pensado en ese concepto de la vida como una cuenta atrás que da valor al futuro. El tiempo gastado ya no cuenta, sólo los minutos que nos quedan en el tanque de vida son importantes. Dicen que Galileo respondía a la pregunta de su edad diciendo los años que le quedaban de vida plena, no los que había vivido, aquellos ya no los tenía. Todos los modos de contar la vida llevan ineludiblemente al carpe diem, es un valor tan efímero, tan volátil, que no cabe sino llenarlo de experiencias y vivir cada instante como irrepetible.

La pregunta es si conocer el momento exacto de nuestra muerte nos ayudaría a vivirla con más intensidad, a apreciar el valor de cada latido. Bruna se quejaba de su destino, no tanto por conocer la hora de su final, si no porque era demasiado corto comparado con el de los humanos, cada día descontaba su patrimonio vital. Es posible que el verdadero fallo del sistema esté en nuestro diseño, la muerte no sobreviene a un determinado tiempo, espera agazapada tras la esquina, sale de la sombra y nos sorprende. Puede que esa incertidumbre sea nociva, pero el desconocimiento del momento final le da valor a la vida. Hace más acuciante la necesidad de tener presente nuestra mortalidad, no como un aviso doloroso, sino entendiéndola como un bien perecedero que es necesario salvaguardar y disfrutar.

El verdadero error de nuestro programa está en la percepción del tiempo, la creencia de que aún conociendo su finitud, acabamos creyendo que se prolonga indefinidamente. Hasta que se acerca el final y nuestras flaquezas nos muestran el rostro siniestro, nos agarramos a la esperanza de que burlaremos su presencia. Siempre pensamos que no nos ha llegado la hora, que todavía queda tiempo para concluir lo que quedará en el aire. Lo que un hombre no hace, nadie puede hacerlo por él, por tanto no existirá, se perderá en el tiempo.

En el fondo de nuestra conducta existe el miedo a la muerte. Sólo ese miedo implícito nos despierta las mariposas bajo la piel, nos hace sentir plenamente vivos. Cada emoción emana de la posibilidad de que acabe, el amor no es más que el miedo a estar sólo. El miedo es un gran aliado.

No quiero dejar de temer cada día no poder ver el siguiente, porque tengo muchas cosas por hacer, muchas ideas por escribir que ni siquiera son ahora crisálidas de mariposa. No es una visión pesimista, es una reivindicación de hacer consciente cada uno de esos detalles que nos despiertan el alma y que pasan a veces rozándonos sin apenas tocarnos. Dar valor a lo vivido, disfrutar de los recuerdos gratos como parte del acervo vital, dar el verdadero valor al presente sin confiar en el futuro.


"No hay pasado ni futuro, todo fluye en un eterno presente."
James Joyce