sábado, 28 de noviembre de 2015

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER (Atentado en Paris,homenaje a los muertos por el terror)


Murieron aquellos hombres y mujeres, se desvanecieron como el humo de las bombas humanas que causaron su muerte, queda de ellos el recuerdo, la infatigable memoria de sus familias y la enfervorecida solidaridad del mundo, discursos imponentes los renombran, músicas que desgarran el alma suenan en su nombre, silencios atronadores quieren devolverlos a la vida, resucitar su espíritu de héroes forzados.
Promesas de venganza, de paz, que la madre patria será capaz de conseguir a costa de lo que sea necesario, sus hijos deben dormir tranquilos, los padres del mundo han decidido acabar con el terror que ayudaron a sembrar. Pronto aquellas proclamas serán rumores de vientos que se alejan, breves titulares o esquelas en negro. La tormenta que desataron, los ríos de tinta que fueron derramados no serán más que notas a pie de página de una larga historia de violencia que es la Humanidad.
       Mientras, aquellos hombres y mujeres corrientes, convertidos en insignia nacional serán poco a poco relegados al olvido, pasarán a la fosa común donde descansan los muertos. El calor inmenso que desataron sus cuerpos ardientes, las balas y las bombas que los hirieron se convertirán en un rescoldo apenas perceptible en el frio del invierno. Algunos pudieron haber sido grandes personajes, redentores del mundo o asesinos, nunca podrá saberse, la locura los ha convertido en un recuerdo que sólo será imborrable para sus padres y hermanos, para aquellos que los amaban y en los que no perderán la condición de mártires.
        En la misma pira funeraria, en el mismo altar del sacrificio hubo otros antes y después que ellos, Nueva York, Madrid, Londres. Ardieron como el fuego de un gran incendio, ocuparon los teletipos, las televisiones y las radios enviaron sus mejores reporteros, analistas, politólogos, economistas y reputados tertulianos debatieron hasta el hastío de sus consecuencias. Políticos, estadistas, primeros ministros, gobernadores, presidentes ofrecieron sus elaborados discursos para tranquilizar a las masas despavoridas, ofrecieron su poder otorgado, para acabar con la plaga del terror. No hemos olvidado sus nombres, todos traicionaron la promesa que hicieron por acción o por omisión. Se ensuciaron la boca con palabras que no debían pronunciarse y se marcharon a sus refugios acorazados.
        También Kenia, Tanzania, Irak, Mesopotamia, Mosul, Mali fueron inmolados en nombre de la barbarie, como Afganistan y como Siria soportaron el peso del Terror que siempre se revestía con el hábito de los libertadores. La luz de su hoguera fue menos brillante, los muertos tienen el peso que la noticia les otorga. Nada es y nada existe si no está en las portadas de los medios. Depende de lo grande que sea el titular, de si abre los noticiarios de todo el mundo, de si ocupa las tertulias de cada día, esos héroes caídos serán hombres y mujeres o sólo números. Su memoria se perderá en el instante que se paren las imprentas, quedará sólo el fuego fatuo de sus cadáveres.
      Honremos a los muertos, a los que fueron y a los que siguen habiendo. ¿Han desaparecido acaso ya los refugiados de Europa? ¿No devuelve el mar ya ningún muerto a las playas? ¿Cuántos niños muertos en la arena son necesarios, cuantos Aylan Kurdi para que las imprentas no se detengan? ¿No hay muertos en Palestina? ¿Se erradicó el Ébola del mundo y la miseria en África? ¿La esclavitud de niños y niñas ha desaparecido definitivamente?

La insoportable levedad de ser Nadie, apenas un titular, un minuto en el telediario, un segundo en las conciencias. Recemos por los hombres y mujeres que no pudieron serlo, pero acabemos con los políticos que nos prometen guerras limpias, venganzas encubiertas, que niegan negocios inconfesables. Al menos que no caiga sobre nuestra conciencia el haberlos puesto en el poder.

sábado, 21 de noviembre de 2015

RUIDO

Ruido, demasiado ruido.

Mi mente se encuentra aturdida por el ruido. El ruido de tertulias con gallos de pelea cacareando mentiras y medias verdades, ruido de mítines y soflamas de enardecidos líderes, escucho ruido de eslóganes, ruido de medios afines, ruido de radios y ruido de papel couche, ruido de propaganda barata, de acuerdos anunciados con bombo y platillo que nunca llegan, de pactos de estado, de futuros esplendorosos, ruido de mentiras insolentes, ruido de verdades que hieren, ruido de bombas, el ruido de las amenazas que es como el de las metralletas, ruido de multitudes soliviantadas, de pueblos que se arrodillan por el miedo, oigo tanto ruido que no puedo oír el sonido del mar que bate las olas y con ellas trae ilusiones en patera. Tanto es el ruido que golpea en mi oído que no escucho los gritos de la otra orilla, ni siquiera oigo los lamentos que desde la misma calle emiten los magullados por la fortuna.

Aunque ya no oigo ruido de sables, siguen sonando los estandartes, los himnos marciales, los gritos de arriba España y los de viva la República de Cataluña. Ruidos de parlamentos enloquecidos, el ruido espantoso del silencio apático de los gobernantes, el ruido de las estrategias frente a los diálogos.

En mi oído se agolpan los ruidos del galope de los que corren campo a través salvando fronteras, los gritos de los que llegan a la playa , de los que fueron baleados por la sinrazón de alguna causa, los gritos ahogados que los que sienten adentrarse el cuchillo en su garganta, el sonido ensordecedor de los cuerpos explosionados por cinturones bomba, el ruido de las sirenas tras los atentados, de los misiles lanzados contra el mal. Causan tanto ruido los gritos de los que mueren como de los que anuncian su venganza.

Oigo el ruido que producen las mentiras que hablan de una civilización construida sobre los cimientos de la democracia frente a la barbarie, un ruido tan infame como las arengas que llaman a la guerra santa. El mismo martilleo insufrible que causan los ataques preventivos, los misiles dirigidos sobre objetivos estratégicos o la lucha contra los infieles, los insurgentes, los terroristas, los guerrilleros, tanto ruido provocan que confundo a unos y otros. No escucho el sonido de las razones que hicieron un mundo tan desigual y las estrategias para apagar el odio que provoca la miseria.

Sólo escucho guerra contra la guerra.

No existe ningún sonido capaz de desactivar las bombas que no sea la palabra, no hay otro camino contra la violencia que la justicia, no hay argumentos capaces de convencer a los dementes pero si ideas que aparten a los hombres de la locura y del hambre.

Es necesario crear el silencio para escuchar las conciencias adormecidas por el miedo, nuestros salvadores no deben convertirse en nuestros amos.

Que callen las balas que hablen los hombres.

sábado, 7 de noviembre de 2015

EL INFRAMUNDO

Que ha sido de la poesía del Inframundo Clásico, aquellos pasajes cantados en los himnos Homéricos donde el mundo de Hades cobraba vida y se llenaba de sentido. Caronte dirigiendo la barca que cruza el rio Aqueronte a cambio del óbolo que el muerto portaba bajo la lengua o sobre el párpado. Al otro lado de la orilla Cerbero el perro de tres cabezas guardián de su puerta, encargado de que los espíritus de los muertos pudieran pasar e impidiendo su regreso. Ningún vivo pudo nunca entrar en el Reino de Hades salvo Orfeo, gracias al hipnotismo de su música evadió la vigilancia de Caronte y Cerbero.

El cristianismo devaluó la estética de aquel mundo oscuro y lo sumió en la llamas y el tormento, donde las almas injustas pasaban un juicio sumarísimo y se emitía una sentencia para la Eternidad. En aquel infierno cristiano reinaba un ser despreciable, el enemigo de Dios, el ángel caído que tomaba forma de macho cabrío, inclemente y privado de toda humanidad. Sólo Dante consiguió rescatarlo de esta imagen macabra y traspasó las fronteras de su Reino para hacerse humano. Allá en el Tártaro sin embargo mora su rey Hades, que lejos de ser una figura animal es un dios más. Tan humano que siente el impulso de raptar una compañera, toma a la ninfa Perséfone y la convierte en su reina, con ella se compadece de la pérdida de Eurídice la amada de Orfeo.

Ahora en este tiempo de agnosticismo, donde el laicismo gana ventaja frente a la vieja teocracia, se hunde en su propio foso el infierno cristiano y toma fuerza un nuevo inframundo que ya no habita en el abismo, sino que forma parte del propio mundo real. Se perdió definitivamente la escasa poética del Infierno de Dante y la realidad nos ofrece ahora un prosaico infierno sin Can Cerbero ni Caronte cobrando el óbolo. No hay demonios, ni calderas de Pedro Botero, el castigo no lo infringen las llamas. En este nuevo infierno, se pueden ver a los hombres deambulando entre contenedores buscando los restos de comida, familias enteras acudiendo a los comedores sociales donde se reparte la caridad o cruzando las aguas del Egeo huyendo de la guerra. La balanza de la justicia divina hace tiempo que se oxidó y su fiel resulta ya inservible. En este nuevo infierno vemos niños con hambre que serán hombres sin futuro. Este inframundo dotado de poblados de miseria sin agua corriente, convive con un cielo también desdibujado donde la ambrosía sólo está al alcance de los ricos, los demonios visten de Prada y huelen a Chanel, aunque de su boca sigue saliendo el aliento pútrido de los muertos que tragaron.

Vemos el nuevo infierno cada día en las pantallas de plasma y ya no nos espantan los demonios, nos vamos acostumbrando al fuego de la miseria, somos hombres ignífugos, supervivientes del caos de la moral cristiana. Espero que algún día puedan ser perdonados los pecados de nuestra apatía.