MATAR A UN RUISEÑOR

“La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”
Harper Lee

Los hombres que acaban con la esperanza de los pobres, los que se aprovechan de la ignorancia de los necios, los que se enriquecen con la mentira y con el humo que crean a propósito, los ilusionistas del miedo, los vendedores de salvación a cambio de esclavitud, los que profanan a Dios y sus preceptos con dogmas, los que hacen de su hipocresía una norma de vida y con ello dañan a los hijos de los hombres, los que aniquilan la posibilidad de crecer y pensar, de decidir en libertad, los que cierran las fronteras diciendo que están defendiendo su país y a cambio sólo ofrecen migajas de edulcorado patriotismo o de la cínica caridad. Todos ellos son cazadores furtivos de ruiseñores. Son los malvados señores de la guerra, los sirvientes del poder, los mecenas del engaño disfrazado.

El ruiseñor sólo desea hacerse presente, buscar amigos, encontrar algo de comer, volar libre, elegir su árbol. El mundo está repleto de ruiseñores. Cada día veo algunos de ellos tendidos sobre la arena de playas ajenas, asfixiado en el fondo de un camión que creía su pasaporte a la libertad, rebuscando en los basureros las sobras de otros o golpeado con la razón de la Ley.

Cuando creamos una sociedad tan desigual que condena a los pobres a empobrecerse, a los excluidos a permanecer al margen. Cuando la cultura no es un bien a proteger si no un privilegio a repartir, al dejar que se arrebate la casa a quien sólo tiene el techo que lo cobija junto a sus hijos, no podemos permitirnos no sentir algo de culpa. Incluso cuando aquel sea tan responsable de su situación como el resto. Es basura querer vender que la justicia manda desalojarlo y por ello ya resulta permisible. Es sucio siquiera mostrarse de acuerdo con que haya personas que puedan vivir arrastrándose en las aceras, hacinados en las fronteras porque huyen de la guerra y de la miseria.

¿Qué culpa puedo tener yo del hambre de África, de la guerra en Siria? Tampoco nos vemos responsables de que los corruptos conviertan la inmoralidad en premisa, a pesar de que los hayamos aupado a su sillón nos sentimos inocentes.

Nosotros somos palomas de la paz, nunca mataríamos a nadie, no queremos ver la pobreza del mundo, la injusticia nos causa repulsión. Sin embargo consentimos los crímenes de otros (los cuervos o los buitres les llamamos) y para lavar nuestra conciencia si acaso atendemos las demandas de caridad que se anuncian a bombo y platillo, enviamos SMS de solidaridad y firmamos manifiestos. No basta.

Para evitar la muerte de un ruiseñor es necesario convertirnos en águilas, halcones, azores libres de caperuza y estar dispuestos a volar y a defender nuestro territorio.