domingo, 4 de octubre de 2015

EL AÑO 2000 SE HA QUEDADO VIEJO

El día 6 de octubre cumpliré 53 años. Coloco mi mano sobre la frente, como un pequeño tejado sobre los ojos para que tapen la luz que me deslumbra. Vuelvo la mirada hacia el horizonte. Miro hacia atrás, al tiempo pasado. Escruto aquel punto lejano, apretando los ojos para distinguir su borroso recuerdo. Sin darme cuenta estoy en mi infancia, aquellos años felices que a todos nos florecen en la memoria. Veo un niño, me veo en la calle con pantalón corto, verano, sentados a la fresca por la noche. Conversamos y pensamos en los futuros inciertos. Lejanos tiempos que vendrán dentro de muchas lunas, de incalculables veladas.

¿Qué será de nosotros en el año 2000?

¿Quién no se ha pregunto esto alguna vez? Parecía que después de aquella fecha el mundo iba a ser diferente, magnífico, la ciencia habría creado quien sabe cuántos maravillosos inventos. El cielo estaría lleno de ellos y nosotros los disfrutaríamos.

Llegó el 2000 y pese a los malos augurios impresos en la conciencia milenarista no hubo apocalipsis, no se produjo el efecto 2000 en los ordenadores, aquella especie de rebelión de los números que acabaría con los software, no vino el caos. Tan resacosos como el año anterior y tan pobres como la víspera, amaneció el nuevo día y el nuevo siglo. Nos despertamos treinta años más viejos. Algunos de nuestros proyectos hechos realidad y otros abandonados en el desván de los sueños.

El tiempo ha seguido corriendo atropelladamente. El mundo ha continuado su giro constante que no lleva a ninguna parte. Quince años después el 2000 parece viejo, pertenece al siglo pasado, pero no ha resuelto ninguno de sus grandes problemas. No hay naves surcando el cielo, ni hemos conquistado otros planetas, en este tiempo de tantos cambios, nada ha cambiado sustancialmente. Los miserables lamen su miseria y los lobos visten de frac. De nuevo nos dio esquinazo la ilusión de un mundo feliz.

Es tiempo de pensar en el 3000, allí quizá quepan los sueños que quedaron abandonados en la cuneta. ¿Cuántos milenios seremos capaces de aguantar?


Tango : Cambalache de Enrique Santos Discepolo 1934


Que el mundo fue y será una porquería
 ya lo sé...


(¡En el quinientos seis 
y en el dos mil también!).


Que siempre ha habido chorros, 
maquiavelos y estafaos,
 contentos y amargaos,
valores y dublé...


Pero que el siglo veinte
 es un despliegue
de maldá insolente,
 ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos
 en un merengue
 y en un mismo lodo
 todos manoseaos...



¡Hoy resulta que es lo mismo
 ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!


¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
 que un gran profesor!


No hay aplazaos 
ni escalafón,
los inmorales 
nos han igualao.


Si uno vive en la impostura
 y otro roba en su ambición,


¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...

¡Qué falta de respeto, qué atropello
a la razón!


¡Cualquiera es un señor!
¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
 y "La Mignón",
Don Chicho y Napoleón,
 Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera irrespetuosa 
de los cambalaches
 se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches 
ves llorar la Biblia
 contra un calefón...



¡Siglo veinte, cambalache
 problemático y febril!...
El que no llora no mama
 y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno 
nos vamos a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa 
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura 
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
 o está fuera de la ley...