sábado, 26 de septiembre de 2015

INFOXICADOS

A veces nos quedamos impávidos frente a los inesperados acontecimientos que nos rodean, indignados frente a las traiciones recibidas por nuestros políticos. No podemos entender como pueden engañarnos una y otra vez. Precisamente a nosotros que todo lo sabemos. Creemos lo que parece obvio, vivimos en la sociedad de la información y en nuestra mano está todo el vasto mundo del ciberespacio. El poder de un ratón. El poder del click. Tras pronunciar la palabra mágica google, aparece como por arte de magia todo lo que pudiera necesitar cualquier mente inquieta. El hombre informado, el ser informático, el último eslabón de la cadena completamente sobrepasado por sus máquinas que le proporcionan más conocimiento del que son capaces de entender, de acumular.

Medios de comunicación a nuestro servicio, televisión, prensa, radio, móviles inteligentes que acceden en cualquier momento a la red. No tenemos ya tiempos muertos, si nos encontramos esperando el bus o incluso mientras hablamos con un amigo, tenemos otro que nos comunica por wassap sus últimas ocurrencias. Vemos las noticias en la televisión y resistimos la indigestión. La evolución nos ha hecho como a las cucarachas, indestructibles.Hemos subido a la rueda del mundo que gira ya a una velocidad de vértigo. Quién se permite contemplar el paisaje, bastante tenemos con permanecer agarrados para no caernos. El que probó a saltar no vuelve a subirse, no sabemos si porqué encontró la felicidad fuera o se despeño merced a la fuerza centrífuga.

Estar informados no significa ser entendidos, ni estar concienciados, ni poseer una buena educación. Estamos infoxicados, hemos sobrepasado claramente las dosis de información que éramos capaces de metabolizar y ahora nos encontramos sufriendo los efectos de una sobredosis. Los síntomas más evidentes son:

Ceguera. Observamos atentamente, visionamos cada escena una y otra vez pero no somos capaces de entenderlas. Ingerimos imágenes a tal velocidad que se bloquearon los sistemas del entendimiento. No vemos lo obvio porque está rodeado de mil artificios que lo esconden y lo adornan. Somos incapaces de mirar con objetividad porque la noticia ya viene previamente digerida, se puede tragar sin masticar y por tanto no apreciamos su sabor. Podríamos comernos una mierda y nos harían creer que es un filete. Puedes pasar horas delante de Youtube y ser incapaz de relatar con precisión lo que has visto y más aún, no recordar que es lo que inicialmente querías buscar.

Abotargamiento. Sopor. Abulia. Incapacidad de reacción ante los acontecimientos. Hace tiempo que entramos en una fase de hipermovilidad estática, es decir estamos en un movimiento continuo que no llega a ninguna parte. Me recuerda los espermatozoides que en la placa bajo el microscopio se mueven convulsivamente sobre sí mismos, en círculos y que nunca llegarán al óvulo. Recibimos los estímulos, tenemos respuestas a ellos, pero son respuestas automatizadas, no se procesan a nivel central. Esta hiperactividad, la excitación de la información produce un cansancio perpetuo, una especie de sueño vigil como el de las máquinas, la imposibilidad de actuar con un propósito, sino siguiendo el dictado de un circuito eléctrico prediseñado.

Verborrea. La novedad es que esa diarrea del verbo, dejó de ser oral para convertirse en digital. Son los dedos los que se mueven compulsivamente, componen palabras y frases, letras, abreviaciones y símbolos (-; . Estamos continuamente necesitados de comunicar aquello que sabemos aunque sea nimio e inútil. Nos hemos dotado de instrumentos que agilizan esa comunicación escrita a distancia. Pantallas de ida y vuelta que recorren el universo para atravesar los escasos metros que nos separan. Esa verborrea mediatizada nos resulta más atractiva que la dialéctica. También cuando queremos hablar necesitamos la intermediación de las máquinas que las transforman en ondas para luego recomponerlas en audio. Mientras caminas, mientras comes, mientras defecas, mientras amas, envías y recibes mensajes, hablas por teléfono, consultas la Tablet como si el tiempo corriera más que las propias emisiones que se mueven a la velocidad de la luz.

Pérdida de consciencia, de conocimiento. Este es el síntoma con mayor contrasentido. Si se persigue el conocimiento supremo, cómo se puede afirmar que la comunicación anule dicho propósito. La respuesta está en precisamente que hemos perdido la comunicación. Hemos hecho desaparecer los contenidos en mitad de un millar de palabras. Emitimos mensajes vacíos: hola! , Ja ja, J, ;) … infinidad de innecesarias palabras inconexas llenan las conversaciones que son en su más estricto sentido, virtuales, porque no hay intercambio de información. Las frases son meras coletillas, necesarias para la respuesta inmediata que se nos exige. El vaciarlas de contenido hace que se pierda la trasmisión de cualquier conocimiento. Hemos dejado de ser conscientes de nosotros mismos y de quien se sitúa en el otro lado. Cuando en esa comunicación no hay dos, sino un grupo, cientos o miles perdemos la referencia de nuestra propia identidad como individuo.

Necesitamos un tiempo nuevo en que se nos apliquen los cuidados necesarios para esta intoxicación informativa. Eméticos y purgantes son imprescindibles para devolver al hombre primitivo. El que no lleva una antena en el culo, el que no está permanentemente conectado, el que desconoce facebook, twenty, wassup y es capaz de sentarse una tarde en el campo mirando hacia poniente hasta que el sol se acuesta, sin mirar el reloj. Rescatemos al humano que se sienta en una terraza con una cerveza, un vino o un gin tonic (tanto da) junto a unos amigos que también desconectaron sus móviles y hablan del mundo y lo arreglan.

Será duro el síndrome de abstinencia pero cada vez esta infoxicación se cobra más víctimas inconscientes de sus riesgos.