sábado, 18 de julio de 2015

CAPÍTULO 8

Capítulo 8
“Si se abre una ventana, sal por ella. Al menos el sol te espera afuera”

            Salimos de la casa yo diría que con alegría aunque sabíamos que no íbamos a encontrar a Quica. Caminábamos contentos pese al arduo esfuerzo realizado y las muchas tribulaciones que nos había costado llegar hasta allí. Pero veíamos el horizonte a través de una ventana abierta, teníamos aún posibilidades de continuar la búsqueda con garantías de éxito. Nos dirigimos al domicilio de los viejos en el Pasaje Golondrinas, yo iba encerrado en la jaula que iba zarandeando mi compañero porque se le hacía difícil caminar sin mover los brazos. Trataba de ensayar la postura más adecuada pero con aquel movimiento era imposible concentrarse. Finalmente decidí que era mejor ir bien agarrado a la barra no fuera que de verdad acabara en una de esas sacudidas con un traumatismo cerebral. Nos costó una eternidad llegar, traté de decirle algo a Aristóteles  pero me dijo:
            -¡Cállate y no seas bocazas! No podemos cometer errores, no vayas a cometer la locura de hablar delante de esos vejestorios. Si los matas de un susto, nos quedamos sin saber donde vive su hijo.
            -Puede que vinieran al duelo con Quica y nos resuelven el problema.
            -¡Calla ya! Pareces un loro.
            No me atreví a reprochar porque su genio era imprevisible y además tenía razón. Yo conocía la finca, pero Aristóteles tenía la dirección completa. Cuando llegamos a la casa, llamamos al portero electrónico, sonó como el sonoro quejido de un barco en altamar. Creo que en ese momento a los dos nos temblaban las piernas (a mí las patas). Dentro del ascensor mi compañero, que muy a su pesar era trasparente como el cristal, se mostraba serio. Me dijo en un gesto que hacía honor a su verdadera naturaleza y no a la máscara que gustaba lucir:
            -Tranquilo, todo va a salir bien. Tú déjame a mí.
            Le creí, me sentí seguro con él, como un discípulo con el maestro. Seguro de que conseguiría convencerlos para que nos dieran la dirección y llegar hasta Valencia a recoger a mi querida Quica.
            El tiempo que iba pasando había desdibujado alguno de sus gestos, en mi memoria se perdían los pequeños detalles de su plumaje. No se borraban las imágenes de nuestro amor, pero la memoria era frágil y me daba miedo acabar perdiendo su recuerdo, su cara. En ese momento pensaba que aquello era imposible, nada podía borrar el tiempo cargado de emociones que habíamos compartido. Pero no era menos cierto que de alguna manera me había ido acostumbrando a esa nueva vida con el viejo y había adquirido ya hábitos diferentes. Me preguntaba si a ella podía estar pasándole lo mismo. Empecé a temer si podía olvidarme, no reconocerme cuando me viera. Ella también había iniciado una nueva vida y no podía ni imaginar que yo iba a ir a buscarla. Eso no se le podía ocurrir de ninguna manera. Apenas yo mismo lo creía. Quizá por eso haría un esfuerzo por olvidarme. Iniciar un nuevo camino porque el anterior era ya una senda muerta.
            Enfrascado en estos pensamientos me encontré de pronto entrando en la puerta recién abierta. Había sonado un ding dong que apenas había oído absorto en mis perturbadoras ideas. Me quedé inmóvil, recordé mi papel en la representación. El de pájaro deprimido. No sabía qué era para ellos un pájaro deprimido, pero yo si sabía como era ese sentimiento de abandono. Doble un poco la cabeza y quede rígido como si me hubieran disecado.
            La vieja me miró con atención y exclamó:
            -¡Pobrecito! Es verdad, se le ve muy triste, como roto. Será posible que un periquito sea tan sensible como para dejarse morir de pena al perder a su pareja.
            Tomó la jaula y me llevó en volandas hacia el comedor, dejándome sobre la mesa como para admirar mejor los efectos negativos del desamor en un pájaro. Daba la sensación que estaba dispuesta a iniciar una tesis sobre el tema por la atención que prestaba al fenómeno. El viejo era un poco más parco, se limitaba a asentir a todas las aseveraciones que su mujer expresaba. Estaba como al margen. No se puede decir que fuera indiferente, pero no acababa de entender porqué su  compañera estaba tan alterada por mi situación. Ni siquiera entendía como podíamos estar tan seguros que el motivo de mi aflicción fuera el abandono. Intentó expresarlo, pero desistió rápidamente ante el ataque feroz de su mujer.
            -Quizá el pájaro lo que tiene es otra cosa, a lo mejor está en la muda.
            -¡Cállate! ¿No lo ves? como el pobre lo que está es triste, no enfermo. Si los hombres no fueran tan insensibles lo verías.
            Y se volvió hacia Aristóteles como pidiendo disculpas por la generalización de su aserto. Aristóteles inclinó la cabeza intentando no entrar en el combate cuerpo a cuerpo en el que gustoso se hubiera metido. Yo seguía quieto, con la cabeza ladeada, intentando cerrar los ojos. Cómo me hubiera venido de bien en ese momento una lágrima surcando mi cara, resbalando por el pico. ¡Maldita naturaleza que me privaba de los privilegios de la ficción!
            Entre tanto sucedió algo inusual, algo imprevisto como en todo plan. En el extremo del salón había una jaula sobre un pie de los que la mantienen en el aire. Allí dentro se inició lo que fue al principio una pequeña revuelta de plumas y luego una algarabía de cantos y movimientos que no pudo por más que llamarnos a todos la atención. Pero si a los viejos les pareció una reacción emocional del perico que estaba en la jaula, yo puede ver con sorpresa que aquel que habitaba en la pajarera no era sino mi amigo Quico. ¡Increíble, no podía ser! El mundo era un pañuelo pero daba ganas de sonarse las narices en él. Ahora en este preciso momento en que interpretaba el papel de muerto, no podía resucitar de repente para responder a los gritos que me enviaba mi amigo.
            -¡¡Tico, Tico que soy yo!!. ¡¡Aquí, Aquí!! ¿No me ves, o es que ya no te hablas con los amigos? ¿No me reconoces? ¿Qué te pasa?
            Mi corazón estallaba de alegría, pero tenía que estar callado. Intenté como pude evitar mirarlo, hacer caso omiso a sus gritos. Hasta que la vieja lo reprendió:
            -¡Willy , cállate ya! No ves que el pobrecito está muy mal. ¿Qué te pasaría a ti si te hubieran apartado de todos los que querías?
            Acaso ignoraba la señora que fuimos apartados de todos los que nos querían para venir a llenar los huecos en los salones y en las vidas de ellos. Que en algún tiempo habíamos tenido padres, madres, hermanos, amigos. Posiblemente, sólo somos capaces de ver en los demás aquello que podría ser nuestra pena. Únicamente nos produce compasión lo que podría ser nuestro espejo reflejándonos, sólo lloramos en los demás por aquello que podría dolernos a nosotros mismos.
            Willy, digo Quico, no podía entender lo que ocurría, él no comprendía el lenguaje de los humanos. De la misma manera que salvo yo, ninguno de los presentes entendía el lenguaje de los pericos. Aristóteles miraba un tanto desconcertado, sabía que allí pasaba algo. Se acercó a la jaula y dijo:
            -A este perico le pasa algo.
            El dueño, ya cansado de tanto alboroto fue a darle un par de gritos a Quico. Inicialmente lo alteró más, pero finalmente se calmó. Imaginé y sufrí en silencio el dolor de mi pobre amigo. Tras la enorme alegría de reencontrarme, sufría la decepción de ser ignorado, la indiferencia y el rechazo más radical. Yo no le había ni siquiera mirado, no contestaba a sus gritos, comportándome como un alucinado.
            Para el viejo aquello no era más que la defensa de un espacio, de un territorio ante un intruso. Para ella un ataque de celos por pensar que el nuevo perico podía venir a robar el amor de sus dueños. Para Aristóteles un pájaro loco más, que gritaba en su jaula. Para mí una situación angustiosa que no podía resolver. Si bien hubiera querido gritarle a Quico: ¡estoy bien, tranquilo! ya te lo explicaré. No podía siquiera mover un ala porque encarnaba el papel del pájaro mudo, abatido, desesperado y no hubieran encajado mis gritos con ese rol. Como lo que allí me llevaba era conseguir la dirección del hijo de la dueña para poder encontrar a Quica, mantuve el tipo. Seguí inmóvil ante el desencanto de mi amigo.
            Aquella habitación era como el mismo mundo. Un espacio donde todos convivimos y cada cual tenía su propia realidad. Cada cual interpretando los hechos a su conveniencia, con su particular visión. Todos piensan que tienen razón y quizás nadie acierta, ni siquiera nosotros mismos. ¿Lo que vemos es realmente lo que ocurre? ¿O nos dejamos engañar por los sentidos, por nuestras necesidades, nuestros  apriorismos?
            En cualquier caso allí estábamos los cinco. Dos pericos y tres viejos, creyendo entendernos, juzgando, fingiendo, actuando, dejándonos llevar por la emoción. Patético cuadro surrealista, una perfecta escena de teatro del absurdo. Una ópera bufa, una comedia de enredos, donde lo trágico pierde su dramatismo, por lo cómico que parece.
            Yo me creía el más listo, entendía el lenguaje de los hombres y de los pájaros, a mitad camino entre un genio y un idiota permanecía paralizado. La vieja fue la que rompió el hielo de aquella escena, convirtiéndola en la secuencia de un vodevil cualquiera.
            -Siéntese, he preparado un café.
            Se sentaron alrededor de la mesilla e iniciaron una charla sobre los hijos, lo complicado de sus existencias en este mundo con el rumbo perdido. No puedo hablar por mi conocimiento del mundo ni de la historia, pero parece que esta podía haber sido la conversación de muchas generaciones de viejos antes. La juventud perdida, el mundo a la deriva, y ellos ausentes e impotentes ante aquel devenir. Hablaban y asentían como si existiera una auténtica unanimidad de criterio. Yo veía con mi cabeza inclinada (que ya me dolía) a Aristóteles asentir y sabía que su mimetismo de viejo convencional sólo era una farsa para agradar. Finalmente la conversación dio el giro esperado para comentar mi situación y los viejos estuvieron de acuerdo en intentar reagrupar a la periquita con aquel deshecho de pájaro antes de que muriera. Sobre todo si los gastos corrían a cargo de la pajarería. Sería como haber conseguido un dos por uno en el supermercado de los pájaros. Se comprometieron a hablar el día siguiente con su hijo para contarle su caso y si no le importaba al día siguiente podía pasar por allí y recoger la dirección. Mi compañero accedió gustoso. Inició con cortesía las despedidas alegando que ya había molestado bastante.
            -De ninguna manera, usted no nos ha molestado en absoluto y nos gustaría de veras ayudarle con el periquito.
            Cuando se levantaron, desde la jaula donde Quico estaba se inició una nueva algarabía. El revoltijo de plumas y gritos, que no eran más que intentos desesperados de mi amigo para que le contestara, llamó de nuevo la atención de los viejos. Todos se volvieron hacia él y le conminaron a calmarse. Aristóteles se acercó de nuevo para observar mejor el pájaro, pensó que tal vez había estado antes en la tienda.
            -A este pájaro le ocurre algo.
            -Debe ser la emoción de ver a otro congénere que lo ha excitado- dijo la vieja, olvidando el argumento de los celos.
            Aristóteles tomó la jaula donde yo estaba e iniciamos la huida de aquel encierro. Yo necesitaba cambiar de postura, engarrotado por mi forzada tortícolis, añoraba moverme, pero más aún que moverme, deseaba contarle a Aristóteles quien era el periquito que tanto jaleo había armado. Me dolía profundamente no haberme podido dirigir a él y dejarlo en la más cruel incertidumbre por mi extraño comportamiento. Ahora tenía que contarle a mi compañero quien era Quico y la necesidad de liberarlo también a él.
            Cuando la puerta del ascensor se cerró comencé mi acalorada perorata, mi desenfrenado monólogo, el incoherente de vómito de palabras propio de un orate.
            -¡Frena!¡Frena! Qué me estás diciendo, que hay otro pájaro que salvar, qué el perico ese que ha armado el griterío en la casa es tu amigo. Tú que te crees que yo soy el libertador de los periquitos, algo así como un Espartaco aviar. ¡Tú no estás bien! A ti te ha afectado todo esto a la cabeza.
            -¡Escúchame! Nosotros fuimos un trío inseparable. Estuvimos juntos todo el tiempo hasta que a Quica y a mí nos llevaron a tu tienda. No puedo dejar a mi amigo ahora que lo he encontrado. Ya me ha dolido bastante no poder moverme ni hablarle en la casa. Seguro que se ha quedado desconcertado por mi silencio.
            -Vamos a casa y hablaremos de todo este embrollo, a ver si se me ocurre algo. Ahora haz el favor de estar quieto en la jaula y que no me tomen por chiflado por ir hablando con un pájaro.
            Se abrieron las puertas del ascensor y encontramos a dos chicas jóvenes que esperaban para subir. Miraban a mi compañero con caras de incredulidad, habían oído las voces mientras el ascensor bajaba pero quien descendía era un viejo sólo con una jaula y un pájaro. Nos escrutaban con insistencia, imagino que suponiendo que aquel viejo chocheaba y hablaba sólo, pero no nos quitaban el ojo de encima.
            -¿Tengo monos en la cara o qué?
            Esa era la manera que tenía Aristóteles de romper cualquier encantamiento con su persona. Ir directo a la mandíbula, golpear con una frase descarada o hiriente.
            Las chicas bajaron la cabeza mientras entraban en el ascensor y se cerraban las puertas. Pudimos oír las risas de aquellas adolescentes que tomaban la vida como realmente era, como una comedia que mueve a risa. Eso que llaman los humanos : “reír por no llorar” y que sinceramente no he acabado de comprender. Los pájaros no alcanzamos a encajar las paradojas y los contrasentidos. Se nos escapan los juegos mentales, todas esas frases de las que gustan los humanos, son para mí incomprensibles. Frases como: “La excepción confirma la regla” “En principio, estoy en contra de los principios” “Aún soy ateo, gracias a Dios” me parecen absurdas, pero envidio no llegar a comprender su sentido.
            Salimos del edificio emprendiendo de nuevo el camino de retorno a casa. Se estaba haciendo una constante recorrer aquel camino de vuelta, con las manos vacías pero con la sensación de que entre los dedos quedaba algo, que habíamos asido en el último momento un cabo del que tirar.
            Al llegar a casa Aristóteles se dejó caer en el sillón, estaba agotado y pensé que era mejor dejarlo descansar. Entendía que no era fácil para él recorrer las calles persiguiendo fantasmas. Creo que se durmió o al menos quedó como en trance, pero tras un rato en ese estado de autismo, despertó súbitamente gritando, como tras una pesadilla:
            -¡Ya lo tengo! ¡Psitacosis, psitacosis!
            Me quedé mudo de espanto. No entendía nada, pero no parecía haber perdido el juicio, sino haber recobrado la luz, por su entusiasmo.
            -¿Qué te pasa?- pregunté algo preocupado.
            -Ya sé cómo recuperar a tu amigo. Como montó el numerito ese de los gritos y aspavientos en la jaula, voy a tratar de convencer a los viejos que tiene Psitacosis y que  es un riesgo para su salud. Los viejos aunque ven la muerte de cerca le huyen como a un apestado y no van a poner muchas trabas en desprenderse de él. Si acaso les propondré llevarles otro periquito a cambio que esté sano.
            -¿Sita que?
            -Psitacosis
            -¿Con esa palabreja quieres engañar a los viejos? Tan tontos no van a ser.
            -Una palabra puede tener tanto valor como si les pusiera un arma en la sien. Soy veterinario. Les diré que el comportamiento de tu amigo es un síntoma claro de una enfermedad que pueden trasmitir los pájaros y que puede tener consecuencias fatales. Enfermedades respiratorias graves, neumonía... Apuesto a que con eso los asusto lo suficiente como para que me regalen a Quico e incluso me lo sirvan en una bandeja con patatas.
            -No seas bestia. ¿Es verdad todo eso de la psitacosis?
            -Pues claro ignorante. Es una bacteria que realmente produce enfermedades transmisibles de pájaros a hombres. Yo sólo la voy a adornar un poco, por ejemplo vistiéndola de negro y con guadaña.
            -Los viejos sois unos canallas.
            -Hay de todo, como en los pericos. Unos están metidos en jaulas y otros van incordiando al resto del mundo con sus problemas.
            Me callé porque eso había sido un gancho directo a la boca (al pico en mi caso).
            Al pronto se levantó del sillón como movido por un resorte y salió de la casa, yo me precipité a la ventana para ver hacia dónde iba. Lo vi aparecer en la puerta y caminar con un brío que no le conocía, a pesar de que estaba cansado. Habíamos estado caminando desde casa de los viejos y además él no toleraba muy bien las reuniones familiares. Pero a pesar de esto ahora parecía un muerto resucitado, un Fénix renacido. Desapareció pronto de mi vista y estuve tentado de salir detrás de él. Sabía que cuando tenía algo en mente tenía que hacerlo, no consentía que nadie se interpusiese ni que nadie le entretuviera en su cometido. Me resigné a esperarle. Otra vez.
            Las horas trascurrían con la monotonía que otorga la espera, con la comezón de lo que tarda y se desea de inmediato. No podía hacer nada y a la vez sentía que debía hacer algo. Repasé mentalmente lo sucedido a lo largo del día. Era extraño pensar que existen días que transcurren en el más absoluto anonimato, mientras que en otros sucede lo que marca el futuro. El tiempo, la vida, no es una línea continua, es como un rosario. He visto esa especie de amuleto agarrado con las manos, repasándolo, recorriéndolo como si en sus pequeños nódulos estuviera contenida la idea y al frotarla con los dedos  se hiciera real, palpable. Cuando lo vi por primera vez no comprendía que pretendían las mujeres que lo manoseaban mientras hablaban en susurros. Era como una especie de ritual que invocaba a los dioses, todas ellas miraban hacia el cielo con los ojos perdidos. El sortilegio tomaba cuerpo entre sus dedos. El mantra que repetían al unísono creaba una suerte de magnetismo espiritual que convertía el grupo en un sólo ente. Nunca pude preguntar su significado, pero creo que al fin comprendí. Aquellas mujeres, sacerdotisas del cristo crucificado, contaban allí sus pecados. Por eso con cada cuenta salmodiaban la oración redentora, la plegaria del perdón. La vida pues era como aquellos rosarios, había momentos en que los dedos corren rápidos por el hilo y otros donde las piezas esféricas enhebradas hacen que se detenga el mundo y se acumulen allí las vivencias que pueden ser contadas, porque tienen verdadero valor. Así iba yo dando vuelta en mi memoria a los momentos que como las cuentas se quedaban entre los dedos. Paraba en cada uno de ellos para recitar mi propia salmodia, mi propio rezo que no era otro que el de encontrar a Quica.
            Cuando mi compañero volvió traía en las manos una bolsa que parecía ser el motivo de su precipitada salida. Me mostró su contenido con un sigilo que pareciera que encerraba el arma de algún homicidio. Había ido a la tienda y traía dos pequeños objetos, una cinta anaranjada y una botellita con cuentagotas rellena de un líquido trasparente. Comenzó a contarme su propósito, desvelaba aquello como un mago que descubre su truco a un alumno al que desea enseñar en su arte. Yo no entendí nada, pero fingí que su explicación había sido precisa y clara.
            -La idea es hacer creíble el diagnóstico. Esto es muy común entre la clase médica. Deben convencer al paciente de lo que acaban de descubrir, como si el paciente deseara ese conocimiento y no la solución a su mal. La explicación de la psitacosis les va a resultar tan extraña como lo fue para ti cuando te lo dije. Ya me encargaré yo de darles unas nociones generales de la enfermedad y los riesgos que entraña su contagio. Pero como en los buenos timos, siempre se requiere de algo que embote la mente mientras asimilan la información. No hay nada que convenza tanto como la vista. La mayor fullera de nuestros sentidos y a la que mayor crédito concedemos. Todo lo que  nuestros ojos ven, lo convertimos en verdad. Así pues mi truco será visual, se auto convencerán del riesgo y me pedirán consejo y solución. No necesitaré ni pedirles a Quico, me lo van a regalar.
            -¿Tú eras veterinario o un charlatán de feria? ¿Eso debe ser pecado, no?
            -A mi edad no tengo tiempo de cometer demasiados pecados que puedan empeorar mi situación en la eternidad. No tengo remordimientos por lo que voy a hacer. Si acaso tú deberías tenerlos. Si hay algo más abominable que el pecador, es el que induce al pecado, su instigador, y ese eres tú. Tú y esa idea de que vaya coleccionando pájaros en mi casa como si este fuera un parque temático de pericos.
            -Los periquitos estamos libres del pecado. Nos ha liberado el dios de los hombres porque no poseemos un alma inmortal. Si acaso rendiremos cuentas al dios de los pájaros. Vuestro salvador sólo se ocupó de vuestra salvación, no dijo nada de los pericos, los cerdos o los perros. Así que me importa poco cargar con la culpa. Es sólo que me he quedado mudo con tu maquiavélico plan para el engaño. Por cierto en que consiste el truco visual.
            -Esta tira naranja es papel de tornasol, cambia de color cuando reacciona con una base y en este frasco llevo una disolución de hidróxido potásico. Les diré que las heces del perico si contienen la bacteria modifican el color de la cinta y se pone verde o azul dependiendo la gravedad de la infección. De forma que cuando tome con la torunda una muestra de las cacas de tu amigo y las ponga sobre este portaobjetos, añadiré una gota de la disolución. Al poner en contacto la cinta va a ponerse azul como un pitufo porque tiene un ph muy básico. Ellos pondrán los ojos como platos y habrán comprobado científicamente la sospecha de la psitacosis, aunque lo que no saben es que aunque pusiéramos coca cola con  la potasa se teñiría de azul el papel de tornasol.
            -¿Cómo puedes saber si el viejo no es un químico retirado y te va a descubrir en tu representación de malabarista?
            -Es un riesgo que hay que correr, pero ese tipo tenía pinta de funcionario o contable y sabrá de química lo que tú de aritmética.
            -¿Eso qué es?
            -Tú confía en mí que soy un profesional.
            Como digo, no entendí nada de la explicación química, pero sí pude entender que el éxito de una mentira, lo que le daba carta de verdad, era crear el escenario adecuado y hacer partícipe al otro de su descubrimiento. De un descubrimiento amañado por supuesto.
            -Además este es un truco que por muy usado siempre funciona- añadió Aristóteles- esto ocurre a diario en la política, nos hacen ver la crisis con nuestros propios ojos: la quiebra de Lehman Brothers, la caída fulminante de la bolsa, periódicos y televisiones anunciándola. Cuando ya estamos convencidos de su veracidad, dejamos en sus manos nuestra voluntad, dejamos que nos arrebaten nuestros derechos,.. con tal de que los que la han provocado hagan desaparecer el fantasma de esa crisis inventada. No falla. ¿Cómo puedes entender que el día antes de que se pronunciara la palabra crisis, todo el mundo viviera en la burbuja de la abundancia y tras el grito sucumbiéramos a la depresión?
            Desde luego ese era el día en que mi compañero resultaba de lo más críptico para mí. No entendía lo que me contaba, pero no podía defraudarle. Yo de la crisis había oído hablar, incluso había percibido esa histeria colectiva, pero no acababa de entender el significado de lo que mi amigo me decía. La mente de los humanos es tan compleja que no puede ser entendida por un pájaro. Aunque no la entienden ni ellos mismos.

            Ocurre lo mismo en mi caso. Nuestro cerebro más simple no consigo entenderlo. Es lógico no ser capaz de penetrar los misterios de una mente. Si tuviéramos un cerebro tan potente como para entenderla, éste sería todavía más complicado. De forma que parece irremediable desconocer los mecanismos del pensamiento.
        CONTINUARA........