fin capítulo 7. Primeras noticias sobre Quica

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             Eso si hubiera sido una carrera de caracoles.
            No estaba para chistes, pero mi cabeza funcionaba ya como un motor a reacción,  la emoción me tenía disparado. Llegué hasta el banco y me posé a su lado sin darme cuenta de que él estaba dándole cháchara a otro viejo. El contertulio al ver un perico tan cerca trató de agarrarme. ¿Porqué los viejos pretenden coger todo aquello que es gratis? Tuve que volar y situarme en el árbol. Le hacía señas con las alas a mi compañero. Pero claro en realidad lo único que hacía era mover las alas, ¿Qué clase de señal es un periquito agitando las alas? Aristóteles, me miraba y sabía que pasaba algo. Empezó a intentar despedir al viejo que lo acompañaba, le hacía ver lo perentorio de volver a su casa, dónde seguramente ya estarían preocupados.
            -Te equivocas -decía el otro- en mi casa estoy más sólo que la una. Y nada haría más feliz a mi hijo que me perdiese, siempre que dejase bien arreglados los papeles de la herencia. Aunque creo que tendrán una decepción. Los hijos de puta estos de los bancos me han dejado sin parte de los ahorros de toda mi vida con lo de las preferentes.
            -Te comprendo pero yo tengo que irme ya, o tendré preocupados a todos.
            Se levantó sin más y partió en dirección este. Afortunadamente el otro viejo se levantó y partió en dirección opuesta. Yo vigilaba desde el árbol a los dos ancianos que venían caminando ya hacia nosotros. Fui hasta donde estaba Aristóteles y le conté lo sucedido.
            -¿Estás seguro?
            -¿Crees que si no estuviera seguro estaría así de nervioso?
            -Ya te pareces a los humanos, respondes con una pregunta.
            -Déjate de tonterías, vienen por detrás hacia aquí. Tienes que preguntarles por Quica.
            -Si voy y les asalto para decirles que busco a la periquita van a quedar un poco extrañados. Tenemos que planear las cosas. Tú déjame a mí que ya me las ingeniaré. Vamos a resguardarnos un poco y ver dónde van. Yo trataré de hacerme el encontradizo y les daré alguna explicación, ya se me ocurrirá algo.
            A eso llamaba Aristóteles planear. A “ya se me ocurrirá algo”.
            Cuando el destino no depende de ti. Cuando no eres más que espectador de tu propia vida, porque son otros quienes manejan los hilos, entonces sientes la impotencia del desamparado. Me sentía como un imbécil cuyo futuro no era más que un dibujo en la mente de un creador de cómic. Un mendigo de ayuda, un insignificante cascarón en un mar agitado, una pajarita de papel en un vendaval. No podía discutirle porque necesitaba su ayuda, pero me enervaba su aparente indolencia. Aunque tengo que reconocer que a veces las apariencias engañan y cuando se trata de un viejo tan rebuscado como el que me había dado por compañero, más todavía.
            Observamos como los dos ancianos se adentraban en la Avenida Monreal y entraban en los supermercados “el árbol” (no podía ser un Mercadona o Consum, tenía que ser “el árbol” como os digo, esta ciudad está embrujada).
            Les seguimos a cierta distancia. Aristóteles pensó que aquel era el lugar más adecuado, entraría a comprar comida para pájaros y se encontraría con ellos. Yo tenía que esperar fuera, en los árboles que hay en la acera de enfrente.
            El tiempo se detuvo. Allí encaramado a una rama, mimetizado con el follaje para no llamar la atención. La extraña sensación de la relatividad del tiempo. La lentitud insoportable del segundero en la espera o en la enfermedad.
            Allí de pie escondido del mundo, como olvidado en un cajón, encaramado en un estante de la librería que nadie consulta, me quedé inmóvil, al acecho.
            En mi torre de vigía que permitía el anonimato, el estar y no ser, existir sin ser visto. Sólo necesitaba que el tiempo pasara de nuevo a rescatarme de aquella retirada voluntaria. Desde allí, poco mundo, poca vida, estaba a mi alcance, o quizá no. Si miras atentamente el mundo, sin sentirte observado, libre de no ser actor en ese preciso instante, hay una riqueza inmensa en cada esquina.
            En aquella fachada verde del supermercado convergía el universo. Veía al hombre que sentado sobre sus piernas moraba en la puerta, como cancerbero del edificio. Desarrapado, apoyando sobre sus rodillas un cartón con algo escrito. Una súplica quizás o una historia. O quizás resumidas en un trozo de papel, la historia de las súplicas de muchos desarrapados juntas. Porque su historia era tan mísera que cabía en apenas unas líneas. Allí agarrando fuerte un pequeño recipiente de metal que sacudía para hacer sonar las monedas. Monedas pequeñas como su historia, monedas pobres que al saltar llamaban a otras monedas. Calderilla, el oro de los pobres, su tesoro de metal innoble. Ese dinero que todo lo puede en el mundo de los hombres, pero que en aquellas manos sólo alcanzaba para el pan y sobre todo para el vino. ¿Por qué no puede un miserable comprar vino? Es el alimento del cuerpo y del alma, lo he visto convertir a un mendigo en príncipe y a un príncipe en vasallo. Aquel hombre de zapatos dispares, rotos en las puntas de dar patadas al mundo que lo había traicionado. Con un pantalón de color imposible de definir, a juego con las manchas de su camisa y su chaqueta. Prendas de otros que las habían arrojado, regalado, entregado en casas de caridad. Aquel hombre sólo disponía de un atuendo, el uniforme de pobre a la puerta de un supermercado. Su cabeza poblada de pelo negro, engrasado y mal peinado como exigía el reglamento, hacía pensar en una edad que no correspondía a su posición. Era un hombre joven. Unos cuarenta (así a vista de pájaro), pero con una cara que delataba cuarenta siglos de mendicidad. Sólo los ojos parecían contradecir su rostro avejentado, de un azul trasparente. ¿Sería un emigrante? Los hombres de las tierras del este tienen ese rostro, y algunos comparten ese destino. ¿Acaso cada pueblo tiene escrita su historia y sus hombres y mujeres no pueden cambiarla? Se movía casi como un autómata al ritmo de la puerta de cristal automática. Cuando se abría para dejar entrar o salir, alargaba la mano, extendía su brazo poderoso y mostraba su tesoro, decía unas palabras que no llegaban hasta mí, pero que podía imaginar. A veces recibía un obsequio que tintineaba en el vaso junto con las otras monedas y sonreía. Mostraba sus dientes, blancos, con huecos oscuros que dejaban escapar su aliento, aún con la boca cerrada. Un olor a vino agriado o a mortadela barata o quizá los días en que un generoso dejara algún billete, olería a pollo. Qué puedo saber yo de la vida de un pobre de supermercado.
            Ni de los niños que caminaban por la acera en grupos, siempre gritando. Los niños no hablan, no pueden, sus palabras son demasiado impacientes para salir despacio, como sus dueños, siempre corriendo para llegar los primeros. Los primeros de cualquier cosa. Formar fila, entrar en el patio, subir al autobús. Aquellos niños que volvían del colegio, con sus cargadas mochilas, como los animales que he visto en la televisión con una gran joroba. Discutiendo, peleando y haciendo las paces todo al mismo tiempo. Ellos con sus pantalones cortos, calcetines azules y zapatillas, sobre la camisa una corbata que daba porte a la vestimenta. Ellas sin corbata, con la falda plisada, los mismos calcetines pero con zapatos. El grupo de niños que venía por la misma acera llegó a la puerta del supermercado mientras discutían sobre algo, imitando un combate a espada, apenas si perciben la imagen del hombre sentado.
            Son historias paralelas, que en un momento se han cruzado rompiendo el concepto de las líneas paralelas. En ese instante apenas se rozan, porque en el espacio tridimensional viven en un plano distinto. Sólo yo desde la atalaya podía dar testimonio de su sincronía.
            Pero mi atención estaba centrada en la puerta para ver salir a mi compañero. Cuando apareció se rompió todo el encanto de la contemplación y me precipité sobre él como un ave de presa. Me recibió con su acostumbrada sorna.
            -Como me vean en compañía de pajarracos y hablando con ellos van a pensar que soy  San Francisco de Asis o que estoy chalado. 
            Tenía razón, pero a veces me exasperaba su forma de hablarme. Aunque sabía que en el fondo estaba entregado al proyecto, casi tanto como yo. Quiso que fuéramos a casa y allí podíamos hablar más tranquilamente.
            El retorno fue un poco más ligero. Yo por mi ansia iba y venía, pero esta vez Aristóteles caminaba con un paso más ligero. Pensé que aquello era un buen presagio. Que tendría nuevas importantes para mí.
            Y tanto que lo fueron...
            Me contó que en el interior de la tienda se había identificado como el dueño de la tienda de animales donde compraron la periquita. Estuvo hablando con ellos ganándose su confianza. Los viejos son de por sí desconfiados. Pero es cierto que entre ellos existe una especie de convenio de mutua comprensión. Una especie de pacto de solidaridad. 
            Aristóteles me hizo atender porque era importante lo que tenía que contarme. Su expresión era seria y yo empecé a temerme lo peor. Hubiera preferido con mucho que me dirigiera alguna de sus frases cuchillo, que aquellos mimos en el trato.
            Los viejos habían comprado a Quica, pero para regalarla a su hijo y su nuera que los habían visitado, no para ellos. Los dos habían vuelto a Valencia, donde trabajaba su hijo. Habían estado una semana con ellos y como les gustaban mucho los animales habían pensado que aquel era un buen regalo. Ellos tenían un periquito que les hacía mucha compañía. Su nuera estaba ahora embarazada de seis meses y no trabajaba, de forma que tenía que ocupar el tiempo.
            Empecé a temblar y parecía que se iniciaría un ataque como los que tuve en mi juventud, pero como Aristóteles inició de nuevo la charla me quedé inmóvil, mudo, sujeto por las patas al respaldo de la silla en que me había posado.
            -Empezaron a contarme su vida y milagros y la de sus hijos. Traté de atender sin ser descortés. Llevé la conversación hacia Quica y les dije que tras la venta, nos habíamos dado cuenta de que el perico que compartía jaula había caído en una especie de depresión porque seguramente estaban emparejados. Que apenas conseguíamos que comieras y que pensábamos que podías morir de pena. Les hice un relato bastante lacrimógeno. Eso para dos viejos tiene mucha importancia. Algunos ancianos tienen el alma a flor de piel, sensibles a cualquier estímulo que exprima los lacrimales. Otros en cambio, ya me ves, estamos de vuelta de esas tonterías...
            Me hablaba como si quisiera convencerse de que un argumento como aquel nunca hubiera hecho mella en su ánimo. Como si yo no supiera lo que estaba haciendo, únicamente por ayudarme, poniendo en riesgo incluso su salud. Es cierto que los ancianos poseen un alma de doble cara. Una parte permeable a los problemas de los demás,  por la que son fácilmente impresionables. Pero por otra parte poseen una especie de coraza que utilizan para defender su precaria situación personal. Se les tacha de egoístas porque no renuncian a sus hábitos, sus manías. ¿Acaso son dueños de algo más que de un tiempo limitado de vida? No pueden por más que defenderse para vivirlo a su manera. No se puede robar la infancia a un niño. Debe acumular retales de felicidad con los que construir y reparar el tiempo que le queda. Pero a un niño le queda el futuro, está por hacer. Es más grave arrebatar la vejez a un anciano. Viene apurando a pequeños sorbos lo que le queda. Ya olvidó casi su niñez, es sólo pasado y apenas lo puede sujetar entre los dedos y el futuro huye de él porque sabe que es un perdedor declarado de la vida. Creo que entiendo mejor ahora a los viejos, ahora que voy compartiendo sus sinsabores.
            Aquellos dos ancianos no eran responsables de mi pérdida, no podía culparlos y sin embargo en aquel momento los odié. Los odié con todas mis fuerzas. Con un sentimiento casi ajeno a mi especie, como si aquello surgiera de una especie de trasvase emocional de los humanos. Un aguijón profundo me movía a maldecirlos. Eso a pesar de que después ellos fueran colaboradores necesarios para la continuación de nuestra búsqueda.
            Aristóteles continuó con el relato de su encuentro
            -Los tuve emocionados con tu precaria salud de viudo y les propuse regalarte a su hijo para que pudieras estar de nuevo con Quica. Les dije que yo me encargaría de los gastos de trasporte, sólo necesitaba la dirección y te enviaría lo más pronto posible.
            -¿Que me regalaste a su hijo sin siquiera preguntarme primero mi opinión? Tú no estás en tus cabales.
            -En eso estamos de acuerdo. Cómo se me ocurre no discutir con un perico acerca de su propiedad, cuando es él mismo el que está intentando encontrar a su pareja, y que sin duda ya lo habría hecho de no ser por la incompetencia de un viejo chocho como yo.
            -Perdona tienes razón. Entonces que tenemos que hacer ahora.
            -Ahora nada, pero mañana estamos invitados a tomar café en su casa. Y digo estamos porque tú también te vienes, querían verte. Así que ya estás ensayando la pose de pájaro abandonado, poniendo carita de pena, si es que los pericos la saben poner. Te llevaré en la jaula y quiero que te comportes como un triste periquito que sufre la ausencia de su amada, cabeza gacha, pegado a la barra, nada de revoloteos en la pajarera, ni cantos, de hablar en su presencia ni hablemos (valga la redundancia).
            Ya no me moví en toda la tarde, como si estuviera ensayando lo que me había propuesto Aristóteles, pero no me movía porque no tenía fuerza. Me atormentaban todas las dudas que no me atrevía ni siquiera a plantear a mi compañero. Ir a Valencia, no sabía ni como podía llegar hasta allí, ni si estaba muy lejos, encontrar a Quica, en una ciudad que sabía que era mucho más grande que Huesca. Si al menos fuese una golondrina o una paloma mensajera, la distancia no me parecería un mundo. ¿Estarían dispuestos a darnos la dirección de su hijo para algo tan inusual como que alguien casi desconocido le enviara un perico? ¿me aceptarían como presente o resultaría una carga que no deseaban y me darían a algún amigo para que me cuidase? Veía que la vida jugaba conmigo, que no deseaba que encontrase mi reposo. Estaba pasando el tiempo y no teníamos una solución en las manos. La desesperación se puede expresar matemáticamente como el producto del deseo por el tiempo que se necesita en alcanzarlo y en mi caso estaba llegando al límite. Si es que acaso la desesperación tiene un límite. A veces parece que no soportamos más la pena, que estamos al borde del abismo y que un pequeño empujón más nos precipitará en lo inevitable, la destrucción. Pero la vida nos pone a prueba y aleja nuestro objetivo y en vez de caer, volamos hasta el otro lado del precipicio. A veces los hombres, los pájaros, los perros y los dioses mismos soportan tensiones que nunca pensaron que serían capaces de soportar y salen de aquella lucha reforzados. Aunque eso sólo ocurre, cuando ya se ha salido, cuando después de no entregarse se vence al tiempo. Algunos se pierden en esa lucha, porque son derrotados y se precipitan al vacío.
            Podemos responder por nuestro pasado, somos en gran parte responsables de él, pero ya no merece esfuerzo, ya sucedió. El futuro se está sembrando en cada acto, no depende totalmente de nuestra voluntad pero es el verdadero objetivo. El pasado parece inamovible, por haber sido, cobra carta de realidad absoluta, sin embargo lo verdaderamente cierto es el futuro. Podemos cambiar el pasado en nuestra memoria, lo adornamos, lo suavizamos, limamos su aristas, perdiendo en ese proceso su autenticidad. El futuro ocurre con o sin nuestra ayuda y el hecho ocurrido es la autentica verdad, no podemos esconderla, está ahí reclamando su lugar. Ya la ignoraremos o hagamos de ella una verdad encubierta, pero cuando el futuro se hace presente es más real que nada.
            Yo veía ahora un futuro incierto y si hubiera podido hubiera llorado de rabia, de impotencia. Pero cuando la tarde fue cayendo en brazos de la oscuridad, cuando el sol se fue durmiendo acunado por el horizonte y desperté de pronto, rompí mi silencio de pájaro herido y le dije a Aristóteles:
            -Mañana vamos a hacer que nos den esa dirección. Encontraré a Quica aunque sea lo último que haga.
            -Creí que te morías tú antes que yo. Por un momento pensé que te entregabas a la melancolía, esa excusa de los pobres de espíritu que renuncian al combate antes de empezarlo.
            -Si no fuera por ti, seguramente estaría perdido, pero me haces sentir fuerte.
            -No sigas que eso parece una declaración de amor y lo último que quisiera es emparentarme con un perico.
            Callé porque sabía que esa declaración de amistad, de gratitud, habían sido para él un halago mayor que cualquier regalo. Aristóteles no quería parecer débil, no quería mostrar los flancos claramente accesibles que llegaban a su corazón, pero era un hombre bueno embroncado con la propia vida.
            La mañana siguiente era como un sin vivir dentro del cuerpo. Tuve que salir a volar y volví a la plaza de la Catedral. Ahora saludaba a todos los pájaros y en especial a las golondrinas. Habían dejado de ser para mí unos pajarracos vestidos de luto cuyo inmerecido mérito era el haber habitado los poemas de amor de poetas almibarados, para pasar casi a la categoría de héroes, pequeñas Sibilas del cielo. Estuve desfogándome recorriendo por primera vez las calles de Huesca sin un propósito, por el simple hecho de poseerlas, de hacerlas mías desde el aire. Fui a visitar a Salomé en el claustro de San Pedro el Viejo, como si quisiera decirle que no me iba a detener, que yo también rompería con los moldes de lo establecido, que bailaría si era preciso con el diablo para encontrarla, para estar de nuevo con Quica. Pudo ser el cambio en la incidencia de un rayo de sol o el parpadeo de mi membrana ocular pero me pareció como que la figura sonreía. Definitivamente estaba perdiendo el juicio. Volví a la jaula para comer y vi a mi compañero y amigo comiendo también, seguro que tan nervioso como yo para la cita que nos esperaba.
            -Que te parece la paradoja de que vivan en el Pasaje de las golondrinas, cuando fue una de ellas la que nos indicó el lugar. Y eso que a ti no te caían muy bien.
            -Eso era antes, ahora son mis pájaros preferidos, después de los periquitos por supuesto.
            -Veo que tus opiniones cambian según la conveniencia, no según argumentos de objetividad.
       -No soy nada objetivo. Ser, es subjetivo. La objetividad es para la ciencia no para  los sentimientos. Tampoco tú puedes presumir de se un modelo de imparcialidad en el juicio. Quizá el más ecuánime de los hombres que he conocido es tu hijo.
        -Hablas como un filosofo, como un orador, acerté en ponerte Pericles. Puede que acabe conociendo a mi propio hijo a través de un pájaro. Eso sí que sería una paradoja.
          -Seguramente os parecéis más de lo que creéis, pero estáis tan alejados que no llegáis a reconoceros. Yo no entiendo mucho pero ese sentimiento creo que lo llamáis orgullo o algo así.
            -Pues yo creo que te voy a llevar a las ferias y a los parlamentos, en ambos lugares podríamos hacernos ricos como charlatanes.
            -Saber hablar ha sido para mí el mayor de los regalos, pero también una de mis cadenas. He ido haciendo un viaje de cambio hacia algo que no soy. Inicie el camino inverso de Ícaro, él deseo ser pájaro siendo hombre y se quemó con el calor del sol, yo en cambio siendo pájaro quiero parecer hombre y quizá como él me estrelle también en el suelo. Deberías haberme llamado Oraci, que es el inverso de Ícaro.
            -Horacio fue un poeta latino perteneciente a la filosofía Epicúrea. Escribió en sus odas el famoso “Carpe Diem”, una invitación a disfrutar de la juventud. Dictado que ninguno de los dos puede ya seguir.
            -La juventud es el espacio que queda hasta la muerte. Alguien puede ser joven eternamente, siempre que crea que la vida aún le guarda algo para ser recogido.
            -Como filosofía es muy atractivo lo que dices, pero a la juventud se le opone la vejez. Hay un momento en la vida en que te das cuenta que aquello que estás haciendo es posiblemente la última vez que lo hagas. Tu último viaje a Paris, tu último beso apasionado, la muerte de tu último amigo, tu última comilona, tu último coito. Entonces te das cuenta de que eres viejo. No te espera nada nuevo a la vuelta de la esquina, todo lo que podías haber hecho debe estar acabado o quedará incompleto. Esa es la vejez, la sombra de la muerte que se acerca y se anuncia.
            -No habrías imaginado que ibas a conocer a un pájaro que hablaba, que te obligaría a correr las calles buscando una periquita. A tu vida aún le quedaba una última vez de algo que nunca habías hecho. Puede que queden más pájaros como yo en tu vida.

            -No creo que pudiera soportarlo. ¡Nos vamos! Hay que buscar a Quica y no pasarse el día cotorreando. Métete en la pajarera que es hora de salir.